Seguimos navegando en este trasto, aproximándonos al planeta que los viajeros nos han señalado como punto de aprovisionamiento. Luego, seguiremos camino hacia Ojos de Muerte.
Por cierto: creo que aún no he contado que Kenshoughi llamó así al planeta porque está totalmente cubierto de nieve, salvo dos gigantescos cráteres volcánicos semejantes a dos ojos.
Parece ser que Kenshoughi presintió que iba a llegarle allí el final; de los contrario, un hombre tan alegre como él no le hubiera puesto nunca un nombre tan funesto a un planeta.
Quizás sea cierto lo que me contó Snorr sobre el Destino y haya gente capaz de conocerlo de antemano. Si es así, no les envidio. Pero bueno, mejor será que me centre y deje de plantearme como creíbles ciertas tonterías, o antes de llegar a la Tierra, si llego, acabaré majara perdido.
Ayer me contó otro pedazo de historia, pero no lo anoté porque no quería llenar el diario de mitología viajera. Hoy me he arrepentido y no quiero dejar de copiar la transcripción que el ordenador de a bordo hizo de sus palabras. La historia es un poco caótica e ininteligible, pero tiene retazos muy interesantes. Estas fueron las palabras de mi buen compañero de fatigas:
Cuando Osimén y los suyos se fueron, pasó mucho tiempo antes de que pudieran quebrar algún destino, pues el tapiz de Attá tenía los hilos muy finos y era difícil deshacer su obra sin que surgiera otra igualmente prevista e inmutable.
Pero Osimén y lo suyos no cedían al desaliento y al final encontraron el modo de romper las leyes que regían el conjunto, y muchas criaturas escaparon de las ataduras de la fatalidad.
Animados por su victoria, los Gabilkim empezaron a buscar seguidores entre las criaturas de Attá, y en todas partes hallaron seres dispuestos a luchar contra los hados. Satisfecho, Osimén les enseñó el arte de invocar a las fuerzas que Attá había dejado dispersas, y esos seres, capaces de encauzar el poder de la naturaleza, impresionaron tanto a sus semejantes que llegaron a ser jefes de sus pueblos, y así muchas razas fueron dirigidas por quienes ya no estaban atados al destino.
Muchos se liberaron de ese modo y la fatalidad llegó a estallar en algunas civilizaciones, pero he aquí que un destino más grande e inmutable aguardaba agazapado y sucedió que las más brillantes civilizaciones caminaron hacia su autodestrucción, pues todo lo que es realmente grande anhela su propio final para dejar sitio a quien ha de ser más grande aún, porque sólo el mezquino quiere permanecer para perpetuar su mezquindad.
Por eso, las culturas que se hacían grandes de espíritu y corazón perecían en su propio fuego buscando algo aún más perfecto que no podía convivir con ellas, y así la libertad moría antes de extenderse como el río que se sume sin alcanzar ningún mar.
Osimén vio con tristeza el fin de las civilizaciones libres y aprendió con dolor que otorgar el poder a gentes libres no era el camino apropiado. Y buscó en su corazón y halló las palabras de Attá, al que aún reconocía como maestro y Señor, y decidió que los hombres libres no debían ser gobernantas, sino guerreros, pues es en las guerras donde se consuman los destinos al tiempo que se tronchan las vidas, y así fue como empezó la segunda batalla contra el Destino, la que dicen los sabios que no tendrá fin, porque la Fatalidad es obra de Attá y no puede ser destruida. Otros sin embargo creen que un día reinará la paz, porque también un martillo puede destruir una guadaña siendo los dos obra del herrero, y por eso siguen en pie los Gabilkim luchando contra su propio destino, que es el ser eternamente perdedores.
Yo he tratado de contarle a Snorr nuestras historias sobre la Creación y cómo fue el hombre expulsado del Paraíso, pero ya estaba al corriente de todo. Parece ser que es un devorador de historias y no es fácil contarle algo nuevo.
Porque por muy originales que nos creamos en un momento dado, resulta que eso mismo que pensamos o decimos ya lo pensó o escribió antes alguien. Tal es la multitud de hombres, de seres vivos y pensantes que han pasado por el universo, desde el comienzo de todo. Las ideas y las historias pueden ser infinitas, o casi, si algo nos enseñan las leyes de la combinatoria, pero el número de seres a que ha alumbrado las estrellas, y los que quedan por venir, no anda tampoco muy lejos de esa cifra.
Le he dicho esto a Snorr y, con una sonrisa, me ha contestado que, afortunadamente, no todos piensan. Este tipo es incorregible.





