¡Dios mío, como echo de menos a Hannah! No es que ahora me sienta más solo que antes: al contrario, estoy muy a gusto con mi extraño compañero de viaje. Tampoco es que sienta especial necesidad de cariño, pero en estos momentos que estoy viviendo me gustaría tener a alguien a quien contárselo, alguien que quisiera escuchar mi historia por una razón distinta de la curiosidad.
Es en los momentos más intensos cuando se siente con más vehemencia el deseo de que alguien piense en ti, de no flotar en un intersticio entre el mundo que conociste y el que no sabes si existe, en una grieta del tiempo donde nada está completamente definido.
Quizás todo salga bien y pueda regresar a la Tierra, quizás todo salga muy bien y pueda regresar a la Tierra después de ver derrotados a los merot, pero tal vez en la Tierra no haya nada para mí, salvo mi raza y mi civilización. Allí no me espera nadie: todos me creen muerto.
Todos verán al héroe, al explorador perdido, al guerrero que se unió a los viajeros, pero nadie estará esperando por Albert Wandel, el hombre que desea volver a ver su Hannah, pero no sabe si ella murió o se casó con otro, convencida de que él nunca volvería.
Si todo sale bien habré sacrificado mi vida a la Humanidad, y la verdad, la Humanidad me importa un carajo. ¡Al diablo la Humanidad!
Siento nauseas sólo de pensar en los homenajes, en los parabienes que me dedicarán si un día regreso; y en todas las enciclopedias y anuarios incorporando mi nombre a sus últimas ediciones, como premio, justo premio a mi esfuerzo y mi sacrificio. Porque la posteridad siempre es un premio, es el pago que entienden justo para el que ha perdido su tiempo por gente que no le importaba en absoluto.
Si vuelvo, pasaré sin duda a la posteridad, pero no conozco a nadie que haya podido comprar un minuto más de vida a cambio de esa asquerosa trascendencia, y yo lo que necesito es tiempo, tiempo para recuperar mi vida, tiempo para emplearlo junto a la gente que quiero, porque tanto me da si me recuerdan o no cuando haya muerto. A veces, cuando me conformo con la superficie de las cosas, saboreo la vanidad de pasar a una historia que no sé hasta cuándo durará, pero luego vuelve siempre la consciencia de que ninguna vanidad vale lo que a menudo piden por ella, y menos aún, casi es un chiste, la vanidad de los muertos.
Si un día regreso, habré conquistado con todos mis sufrimientos un lugar entre otros varios millares de nombres, entre artistas, científicos, estadistas, visionarios y criminales, unos cuantos paquetes de memoria en todos los ordenadores de la Tierra y algunos de otras civilizaciones, pero no sé, no soy capaz de adivinar que han ganado con ello los que ya están inscritos en esos listados. No sé qué diferencia hay entre figurar en el monumento a los caídos o en el registro civil, o en ninguna parte, y como no lo sé no estoy dispuesto a mover un dedo por el aplauso o el recuerdo de gente a la que nunca conoceré.
Hacer depender la vida de la memoria de los demás es ser un mendigo eterno.





