He olvidado decir que en el fallido ataque a la nave afiot conseguimos algo más que unos litros de agua y un sistema de comunicaciones que no sabemos cómo funciona: conseguimos un pequeño, rudimentario y desafinado equipo de música. La grabación más moderna es de 2871, pero un poco de música, aunque sea música afiot, siempre es de agradecer.
Por razones que todavía no puedo comprender, y dudo que llegue a entenderlas nunca, el ordenador de a bordo tiene voz, y hasta varias voces, pero no puede interpretar música alguna, ni reproducir grabaciones, ni siquiera convertir en sonidos los millares de partituras que hay en sus bncos de memoria.
Mi aparato se estropeó al mismo tiempo que el sistema de comunicaciones, y las grabaciones que tengo no son compatibles con el aparato afiot, así que tendremos que digerir música aguda y estridente, aunque es mucho mejor que el silencio de las estrellas.
A veces pienso que el silencio es un ser vivo que nos abraza y nos acaricia, tratando de convencernos de que nos suicidemos. Veo al silencio como a una hermosa y maligna mujer que te ofrece sus encantos, lasciva y tentadora, y aguarda con un puñal bajo la ropa para asesinarte en cuanto la abraces. El silencio es a menudo tan tentador porque calma nuestras heridas, pero en realidad no es más que una droga que nos ayuda a morir. La verdadera solución está en las palabras, en echar fuera eso que queremos guardarnos sólo para nosotros, porque en el fondo no hacemos sino regocijarnos en el dolor que sentimos. Hay que darle un puntapié a la ramera del silencio, hay que gritarle que no nos interesa su maldito cuerpo. Lo malo es que tarde o temprano el silencio nos alcanza y se vuelve tan espeso que los podemos sentir en las yemas de los dedos, y cuando palpamos el silencio sentimos un escalofrío al darnos cuenta de que acariciamos la nada, de que en nuestra boca ya no hay palabras hermosas que pronunciar... y entonces echamos de menos a Hannah, y lloramos por ella, pero también en silencio.
Si, lloramos en silencio porque ni siquiera tenemos valor para llorar con franqueza, como los niños pequeños, que aún no tienen miedo a nada. Y así, un silencio nos lleva a otro hasta que no sabemos cual fue el primero, y envenena nuestra lágrimas para que nos escuezan los ojos en vez de ayudarnos a ver más claro. Me he prometido que nunca más lloraré en silencio: si he de hacerlo, al menos que sea para librarme de mis penas y no para guardarlas en esos horribles cofres donde los desesperados atesoran sus miserias.
Yo he estado desesperado y sé lo que ocurre cuando no se busca una salida con el suficiente coraje. Hace tiempo, antes de encontrar a Snorr, cuando estuve al bordo del suicidio, escribí algo sobre la desesperación, algo que no vale mucho pero prefiero que no se pierda, como ocurre con la mayoría de las cosas que guardamos. Decía así:
En las llanuras de la autocompasión,
envuelto en la sórdida manta
de las razones que huyeron,
yace en pie un cadáver nuevo.
Sus ojos sin mirada
vagan a la deriva
por donde acaso hubo horizonte
buscando el punto de fuga de sus perspectivas
sin saber que cualquier punto es de fuga
cuando se miran los paisajes de la nada.
Harto de malvivir en su lucha
prefirió bienmorir en conformidad
y se ha cortado las venas de la ilusión
con la hoja con que antes se afeitaba
las derrotas cada mañana.
Con las heridas abiertas
pero sin sangre que manar
se clava en el suelo como un árbol seco
que eleva sus brazos al cielo
implorando un leñador,
y entre tanto, yace erguido,
muerto pero en pie,
en pie, pero muerto.
Yace al lado de otro hombres,
cadáveres anteriores
descarnados de valor,
reencarnados en miseria:
son los militantes del suicidio,
ahorcados con la soga del para qué,
paraqueidistas con bandera blanca,
espectros de proyectos malogrados,
mal logrados espectros que proyectan
lúgubres sombras de olvido,
tan vasta que incluso ellos
olvidaron que están muertos
y en quimérica existencia
malríen, malaman y malsufren
hasta que remueren.
Yo fui un desesperado que tuvo la suerte de resucitar, aunque más que la suerte fue el coraje lo que me devolvió a la vida. Ahora tenemos la música de los afiot, una basura de música, pero una basura que mata a este aterrador silencio que nos envuelve. ¡Bendita sea la música de los afiot!