Parece que aún no había llegado mi hora. Conseguimos salir de allí de milagro, pero salimos. Nos esperaban tres naves skag y se repitió la historia de nuestro primer encuentro con esas ratas de cloaca: dos de las naves fueron destruidas y la tercera huyó. Esta vez el combate fue más fácil porque ya estoy empezando a cogerle el truco a los skag. Los cañones de cola hacen estragos entre nuestros enemigos, que tratan de tomarnos la espalda para derribarnos. Snorr, inocentemente, se deja coger la cola, y yo los abraso en cuanto se ponen a tiro. Snorr dice que soy más malo que la escoria del Infierno, lo que significa que ha dejado de preocuparse de que falle y los sorprendidos seamos nosotros. Aunque reconozco que todavía me falta mucho por aprender, yo mismo me sorprendo de la sangre fría con que afronto el fuego enemigo antes de responder con el nuestro. Incluso me he librado del miedo que antes tenía y consigo mantener la calma cuando resultamos alcanzados, aunque hasta ahora no hemos recibido daños de consideración. Todavía recuerdo el ataque de histeria que sufrí cuando murió Alexis y la verdad es que ya no me parece posible que se repita aquello.
No sé dónde se han metido las otras naves skag pero tengo la impresión de que la suerte ha estado con nosotros en esta ocasión: seguramente habían ido a su base en busca de refuerzos y salimos en el momento oportuno. Snorr dice que también puede ser que se tratara de unidades desarmadas que recibían escolta de las que nos atacaron. Sea como fuere, ya era hora de que saliera algo bien.
Esta vez por sugerencia mía, hemos pintado siete pequeñas rayas blancas en el fuselaje de la nave como indicativo de los enemigos destruidos. A este paso tendremos un buen lugar entre los ases de esta guerra, aunque será difícil que lleguemos a ser los primeros porque hay ya un elf que ha derribado 91 naves enemigas, entre skag y merot. Ese tipo debe de ser hermano o cuñado del ángel aquel de la espada flamígera.
Nunca me he alegrado tanto de hacerle caso a Snorr con la tontería de la pintura como cuando nos ocultamos en la luna del planeta Salvación. Si no llegamos a pintar la nave de negro estamos apañados.
Por lo visto, el negro no siempre es el color de la muerte.