Seguimos en esta sucursal del Paraíso llamada Falador mientras los elf reparan nuestra nave. Ya tiene de nuevo la tremenda capacidad artillera de antes, y aún más, por las mejoras que los técnicos elf han introducido.
Por cierto: algo no funcionaba bien en la depuradora de aguas y había sustancias que no se eliminaban completamente. Sin comentarios.
Es muy probable que permanezcamos aquí otros cinco o seis días aunque la nave estará mañana en perfectas condiciones, si es posible que ese cacharro lo esté alguna vez. Los elf opinan que nos vendrán muy bien unos días de descanso, y nosotros no tenemos nada que oponer, sobre todo sabiendo que los skag siguen aún ahí fuera, aunque cada vez más debilitados.
Los elf han añadido a la Esperanza dos cazas de los suyos para el caso de que la nave principal sea derribada o queramos ir a algún sitio sin necesidad de llevar la casa a cuestas, como los antalet.
En realidad, sirven para luchar con una maniobrabilidad equiparable a la de los cazas enemigos, pero yo no quiero ni pensar en salir al espacio en uno de esos trastos diminutos. Si llega el caso iré en el de Snorr y utilizaremos el otro como reserva.
Son unos aparatos preciosos: pequeños, ligeros, manejables y con una gran potencia de fuego para su tamaño. Está claro que los elf consideran muy importante nuestra misión; de lo contrario nunca nos habrían confiado dos de sus cazas para que podamos fisgar en ellos. Snorr está algo enfadado porque dice que los viajeros llevan años intentando robar uno de esos cazas y ahora se lo regalan, con lo que, moralmente, no puede desmontarlo.
Los humanos lo haríamos piezas hasta que no quedara ninguna mayor que una bujía. En eso somos mucho menos escrupulosos que los viajeros.
Respecto al planeta Falador, es simplemente maravilloso. Por supuesto, no he tenido tiempo para conocer más que una ridícula parte de él. Aquí viven los árboles más grandes que he visto en mi vida. Así es como yo me imagino esos árboles gigantes que dicen que hubo en la Tierra. Además, estos tienen unas admirables flores amarillas que desprenden una fragancia difícil de describir, pero que parece que calma los ánimos, que tranquiliza.
Probablemente contenga alguna sustancia psicotrópica o alucinógena, pero eso aquí no es ningún problema porque la gente no se mata por ellas.
La hierba se parece mucho a la de la Tierra, pero creo que es más oscura. Digo creo porque hace tanto tiempo que no la veo que ya no me atrevería a asegurarlo.
Los elf se gobiernan con una monarquía electiva, aunque aquí, en Falador, el gobernador no sirve para nada porque todo el mundo parece saber lo que tiene que hacer. Eliet me dijo que cuando el anterior gobernador se fue al otro lado, el rey tardo treinta y cuatro años en nombrar uno nuevo. Si llegamos a pasar en la Tierra ese tiempo sin gobierno, cuando al fin aparezca un dirigente ya no tendrá a nadie a quien gobernar.
Los elf no tienen ni idea de dónde puede estar la Tierra, pero me han dado una noticia importantísima: han encontrado una sonda terrestre que emite un mensaje para los navegantes extraviados como yo. El mensaje dice: «El viento no arrastra las sombras». Los elf no entienden nada, y yo tampoco, lo que es mucho más triste, pero pensaré en ello hasta que dé con la clave.
De todos modos, esa sonda es de poco antes de que se trasladara la Tierra, así que el lugar donde se encontró no aporta ningún dato. Lo único útil es el mensaje, que no logro comprender, pero contiene algo que me resulta vagamente familiar.
La opinión de Snorr es muy curiosa: cree que significa que la Tierra va a ser enmascarada de algún modo. Es una posibilidad pero no me ayuda en nada.
Volviendo a nuestra vida en Falador, he de decir que las mujeres elf son las más hermosas que he visto en mi vida. Hasta ahora sólo había visto hombres, aunque sé que hay mujeres elf combatiendo en esta guerra. También me ha llamado la atención el que, aunque los elf tengan una tecnología muy avanzada, sigan instruyéndose en el manejo de armas arcaicas, como la espada y el arco.
Snorr pudo darse el placer de luchar a espada con un elf, y es la primera vez que lo veo rodar por el suelo y además alegrarse. Perdió más de una docena de combates, y cuanto más humillante era la derrota más reía y con más brío volvía a recoger la espada para enfrentarse de nuevo a su adversario. Más tarde me explicó que se alegraba tanto de ver que aún había alguien en el Universo capaz de manejar una espada que no le importaba perder. Él creía que sólo los viajeros conservaban el arte de la esgrima, pero al ver que los elf también lo hacen y sabiendo que los elf no morirán en esta guerra, se llenó de alegría al descubrir que las últimas espadas no desaparecerían junto a los últimos viajeros.
En la lucha cuerpo a cuerpo la cosa estuvo más igualada porque Snorr es muy corpulento, pero también el elf era duro de pelar. Incluso Snorr envidió la escuela militar de los elf, así que los humanos ni siquiera deberíamos poder pasar por delante de ella.
Es una lástima que los elf sean tan pocos: si fueran más numerosos nadie se atrevería a atacar nuestra parte de Universo.
Dentro de unos días estaremos de nuevo en nuestra nave, envueltos en esta cochina guerra y empecinados en sacar adelante nuestra descabellada misión, pero el saber que existe un planeta como este nos ayudará a seguir adelante, porque hay algo bello por lo que luchar y un lugar para volver después de la victoria.
De esta bella gente sólo me queda una duda: tengo la impresión de que saben quienes son los merot, de dónde vienen y qué quieren pero cuando se lo pregunté se limitaron a sonreír. Lo más probable es que si prefieren no compartir esa información es porque tienen sus buenas razones, porque por una vez han abandonado su neutralidad para tomar partido, pero no deja de inquietarme ése silencio, sobre todo por lo que imagino.
¿Por qué será que en estos casos la imaginación es siempre peor que la más terrible realidad?
He dicho que es peor. En realidad, eso espero.