<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed version="0.3" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns="http://purl.org/atom/ns#"><title><![CDATA[Diario de un indeciso (supongo)]]></title><link rel="" type="" href="" title=""/><link rel="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[ID]]></id><tagline><![CDATA[&#32;]]></tagline><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><entry><title><![CDATA[La verdad, ¿podremos soportarla? Las preguntas del Mundo de dentro]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200606]]></issued><modified><![CDATA[200606]]></modified><created><![CDATA[200606]]></created><summary><![CDATA[La verdad, ¿podremos soportarla? Las preguntas del Mundo de dentro]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[La verdad, ¿podremos soportarla? Las preguntas del Mundo de dentro]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_26.htm"><![CDATA[Hoy me he preguntado la cantidad de verdad que seremos capaces de soportar. Me pregunto también si es posible aceptar la verdad en estado puro.<br/>El maquillaje nos permite demasiadas veces crear un fondo de veracidad falso, pero efectivo. Así ocurre en el debate político, que nos incapacita para afrontar cuestiones pues el maquillaje es excesivo y acaba funcionando como camuflaje.<br/>El candidato a la presidencia del gobierno del primer partido de la oposición tiene hoy el camino más despejado que ayer, pero lleno de zancadillas. Al enemigo que huye la puente de plata, que decían los clásicos. El alcalde de una cimportante ciudad apenas le hace sombra. Maquillaje: una grabación de la trama marbellí. Algunos en Génova se frotan las manos, otros las crispan. Pero los que las mantienen en los bolsillos siguen pensando.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Kafka se pasea con levita amarilla por el Mundo de dentro]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200606]]></issued><modified><![CDATA[200606]]></modified><created><![CDATA[200606]]></created><summary><![CDATA[Kafka se pasea con levita amarilla por el Mundo de dentro]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Kafka se pasea con levita amarilla por el Mundo de dentro]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_25.htm"><![CDATA[Soledad. La soledad del corredor de fondo. Todo va demasiado rápido. Lo dicen hasta los periódicos en sus informaciones sobre gente que comparece ante gente. Quedan en libertad, y otros desean que no suceda así. Es difícil analizar la realidad, emitir juicios de valor. Hay gente que necesita mis juicios de valor. Pero en ocasiones se llega a un punto en el que presiento que no tengo valor para emitir juicios. Me pagan por ello. Estoy instalándome en la paradoja.<br/>Leo documentos. Subrayo. Tomo notas. Pero la pantalla en blanco de Word me agobia. ¿Podrá esperar? No. Esto no espera. Pero lo que se espera de mí es un informe. ¿Dónde acaban mis informes? ¿Quién los lee? ¿A qué otros informes acaban sumándose?<br/>En las reuniones se nos exige una visión, que pongamos sobre la mesa una explicación del mundo. Pero los visionarios no aciertan, ¿o sí? Todos sabemos que ciertas cosas tienen que suceder antes del verano. Lo damos por hecho. Son las reglas. No están escritas, pero todos las conocemos. Están ahí, en carpetas amarillas sobre las que se van pegando esas notas adhesivas también amarillas.<br/>En la reunión de hoy no he dicho nada. ¿No tienes nada que decir? No. No tengo nada que decir. Se nos ha recordado que los papeles no circulen por los despachos. Todos en el armario blindado. He pensado en las señoras de la limpieza, limpiando el polvo y echando un vistazo a las carpetas amarillas. Me gustaría preguntarle ¿y usted cómo lo ve, señora? ¿Qué le parece si usted y yo nos sentamos a diseñar una estrategia, a prever respuestas a corto plazo en el plano político? ¿Trazamos las líneas? Sí, ya sabe, una línea. Lo importante es delimitar esa línea. Nítida. Precisa y a la vez vulnerable y flexible.<br/>Esa línea cambia cada día. Lo he comentado con C., me hacen falta un par de asesores, estoy en un momento kafkiano, totalmente: <i>El proceso</i>, Franz Kafka, y el proceso. Las carpetas amarillas son materia gris, contienen extrañas circunvoluciones por las que circula la información, densa y pastosa. Como grumos de una sustancia que se acaba pegando a las paredes y acaba solidificándose.<br/>Cuando me iba he echado una última mirada al despacho de la jefa. Al fondo el armario robusto de color gris, donde están las carpetas amarillas. Parecía un extraño animal que estuviese en un rincón, agotado. Por un momento me lo he imaginado respirando, trasudando, agotado por la digestión de su interior. Un interior vivo sobre el que planea el fracaso.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[El mundo de fuera. Una sonrisa a las 7:20 de la mañana]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200602]]></issued><modified><![CDATA[200602]]></modified><created><![CDATA[200602]]></created><summary><![CDATA[El mundo de fuera. Una sonrisa a las 7:20 de la mañana]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[El mundo de fuera. Una sonrisa a las 7:20 de la mañana]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_24.htm"><![CDATA[Madridmemata empieza a despertar por las vísceras del metro. Es un acontecimiento metálico y ruidoso que tiene lugar en el subsuelo arterial de la ciudad. Las miserias de la noche se retiran entonces y dejan paso a las miserias del día. La contraposición oscuridad luz no tiene aquí ningún sentido. Se diría que la ciudad empieza a salir del corto letargo de la noche siguiendo unas pautas milimétricas, perfectas, como el cuerpo de esos insectos en los que la cabeza es un complemento exacto del abdomen y éste justifica la existencia de las extremidades de acuerdo a unas leyes naturales que rigen desde épocas remotas.<br/>Abajo siempre es la misma hora, los trabajadores del metro lo saben bien, tal vez por ello buscan con avidez el sol, como si necesitasen encontrar la constatación de un raro fenómeno. A veces los observo cuando cambian de turno y se dirigen al exterior; al alcanzar la calle levantan la cabeza y entornan los ojos, es un gesto mecánico mil veces repetido. Les es indiferente que el día esté soleado o nublado, que llueva, o sea  de noche. El gesto se repite de manera invariable, casi como una seña de identidad, cuyo sentido está en la repetición sistemática del movimiento del sujeto, no en su objeto.<br/>En la boca del metro una mujer con una sonrisa me pone cada mañana un periódico gratuito en la mano, es sudamericana. Me dice gracias, lo mismo que el día anterior, invariablemente le devuelvo la sonrisa y las gracias y me dirijo al andén escuchando música. Hoy, Charlie Haden, Pat Metheny y el recuerdo del café han convertido el viaje subterráneo en algo soportable. Los pequeños auriculares me aíslan del ruido metálico y oscuro, el monstruo se despereza y la luz fría que ilumina sus entrañas parece por momentos que va a solidificarse. En el vagón casi nadie habla y la lectura superficial del periódico empieza a despertarme a la realidad. La ciudad respira un aire pastoso y caliente en su interior que contrasta con el de fuera, frío y húmedo.<br/>La sonrisa de esa mujer es un eco en mi retina. Nunca leo más allá de la portada el periódico que me entrega. Lo dejo siempre sobre mi mesa y allí me lo vuelvo a encontrar al día siguiente. Al final de la semana los ejemplares acumulados terminan en la papelera con un leve sentimiento de culpabilidad o de traición, no lo sé muy bien.<br/>No sé cómo se llama. Pero sé que contribuye a ayudarme a afrontar la jornada. A veces pienso que debería pararme un instante, cuando el papel nos une, momento en que siento que empieza el día, y después de devolverle las gracias preguntarle qué tal, cómo va todo, qué frío hace hoy, ¿verdad?, qué tal por aquí, cuánto tiempo lleva en Madrid... Darle las gracias por su amabilidad a cero grados, no sólo por su periódico.<br/>Lo he comentado en una reunión esta mañana: una sonrisa y un periódico gratuito, por ese orden. Parece algo banal, tal vez puede que lo sea. Es una buena forma de empezar el día, supongo. Me pregunto cuánto ganará esa persona, si entre sus obligaciones contractuales está sonreír, cuál será su horario, qué habrá dejado en su tierra y qué ha encontrado en esta, quién será su familia, qué pensará de alguien que lleva un periódico bajo el brazo y la boca tapada por una bufanda que le devuelve un gracias que con toda seguridad no oye.<br/>Alguno de mis compañeros, trajeado funcionario de nivel A, de verdades y convicciones absolutas, Audi A4 en el parking oficial, de esos que se quejan de lo carísimos que se han puesto los adosados en Pozuelo y hablan por el móvil a todas horas, puso muy bien puesta su condescendiente sonrisa cuando he pedido disculpas por no ceñirme al tema de la reunión e introducir digresiones que no vienen a cuento. ¡Lástima que las únicas digresiones que a estos les interesan sean únicamente aquellas relacionadas con el adelanto de las elecciones generales! Tan inanes y vacías.<br/>Probablemente también mañana amanezca un día frío en Madridmemata, pero voy a dejarme la bufanda en casa.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[El mundo de fuera: soledad]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200602]]></issued><modified><![CDATA[200602]]></modified><created><![CDATA[200602]]></created><summary><![CDATA[El mundo de fuera: soledad]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[El mundo de fuera: soledad]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_23.htm"><![CDATA[El lunes de esta semana que muere hoy domingo reparé, cuando tomaba café, en la presencia de una mujer que hacía lo mismo al principio de la barra, junto al ventanal. Estaba un poco girada, en una postura que le permitía indistintamente ver la calle y el interior de la cafetería. Había depositado su bolso encima del mostrador y sacaba de él a intervalos regulares un teléfono móvil que volvía a guardar después de una breve mirada. Parecía estar esperando una llamada y dejaba que el café se enfriase en su taza sin tomárselo. Me resultó una visión interesante.<br/>La observé detenidamente, tal vez debería decir analíticamente, pero me parece presuntuoso por mi parte. La curiosidad era lo único que me movía a mirarla. Dejó que se enfriara el café. Sacó el teléfono una vez más, lo depositó sobre la superficie metálica de la barra y cerró la cremallera del bolso. Miraba el teléfono de manera inexpresiva, como si este fuera un objeto cualquiera carente de todo significado para ella.<br/>No sé por qué en aquel momento pensé que era una mujer sola. Tal vez debería decir que estaba sola, pues mi cualidad de mero observador no me permitía ir más allá de esa simple conjetura, pero lo cierto es que en aquellos momentos parecía la imagen de la soledad o una representación muy próxima. Era una mujer sola.<br/>Al salir de la cafetería y pasamos junto a ella pude observarla más de cerca por unos instantes, apenas unos segundos. Cuando subíamos en el ascensor, C. me ha preguntado por qué miraba a esa mujer, si creía conocerla. Le he dicho que no, que no la conocía. Es evidente que mi gesto no ha pasado inadvertido, ni para C. ni para los demás. Ciertamente me quedé ensimismado, me suele pasar con cierta frecuencia cuando veo a alguien que por alguna razón que se me escapa recaba mi atención; entonces, es como si pretendiera ir con mi mirada más allá de lo que la propia mirada ve, y me interrogo sobre la persona y lo que de ella me ha llamado la atención o ha excitado mi imaginación.<br/>La imagen de aquella mujer permaneció en mi memoria el resto de la mañana, como una de esas fotos sepias con contornos poco definidos. No soy suspicaz, pero temía que alguien más me hiciese la misma pregunta, me hubiera resultado estúpidamente insoportable. Pero nadie me comentó nada más. Tal vez en el mundo de dentro creen conocerme, o, al menos conocen la imagen que de mí proyecto aquí, nada diferente, por cierto, a la real, suponiendo que ello sea así, cosa que a veces dudo, pero en fin.<br/>Los días siguientes colocaron a la mujer de la cafetería en el olvido hasta el viernes, en que la volví a ver en el mismo lugar. Para no sentirme incómodo fingí no haberla visto. Era ella sin duda. Esta vez me pareció definitivamente una mujer sola en un escenario geográfico en el que discurren una buena parte de los dramas contemporáneos: la barra de un bar. Es un escenario en que resulta fácil paliar la soledad rodeado de gente, o, al menos, creer ilusoriamente que es así. La soledad en compañía, el mundo ilusorio de las apariencias, en donde la existencia acompañada de ruido parece más llevadera, donde el dolor se amortigua en las conversaciones de los demás, en la posibilidad, incluso, de encontrar a alguien en una situación similar y compartir o creer compartir el naufragio personal, ése que nos parece exclusivo, sentido como propio, cuando es un mal contemporáneo extendido, abarcador.<br/>La soledad implica una ausencia, tal vez la falta del otro. Suele ser frecuentemente ocasional y muchas veces relativa. Pero siempre causa daño, acaso porque nos hace vulnerables al no poder refugiarnos o encontrar consuelo en ese otro. Nos debilita, aun a pesar de que tenemos tendencia a creer que nos fortalece. La vida se convierte entonces es un desconcierto, en gestos repetidos que se interpretan como las señales de un modo de vida que a uno le ha tocado vivir. Sentirse atrapado en la soledad es una manifestación de ese destino que ha deparado la falta de afecto. Uno, entonces, se siente carente de algo sin saber reconocer bien de qué y eso lo condiciona en la relación con los demás, el único lugar posible de la otredad. Uno, además, teme no pertenecer a nada porque no pertenece a nadie, quizás ni a uno mismo. Uno, también, se mueve entre el deseo y el temor. Pocos encuentran en ello algo que les haga fuertes. Demasiados, algo que les debilita.<br/>Esa sensación de soledad, tan extendida en el mundo urbano actual, es la que me pareció ver el lunes y el viernes en aquella mujer acodada en la barra, rumiando sus pensamientos mientras se enfriaba el café. Esa soledad que a uno le aleja de sí mismo después de haberlo hecho de los demás, hasta que un día dejas de preguntarte qué sucedería si abrieras tu corazón.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Tomar partido]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200601]]></issued><modified><![CDATA[200601]]></modified><created><![CDATA[200601]]></created><summary><![CDATA[Tomar partido]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Tomar partido]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_22.htm"><![CDATA[Esta semana he asistido involuntariamente a una situación de la que  he intentado distanciarme, lo que no he logrado del todo. La visión de lo contemplado me ha perseguido durante unos días y me ha obligado a tomar una determinada posición.<br/>   Los alineamientos personales en las relaciones laborales siempre significan ponerse a favor de alguien colocándose enfrente de otro alguien, inevitablemente. Tomar partido es una acción compleja, que puede desencadenar a su vez otras acciones, es decir, tomas de posición, que incidirán  de manea precisa en el funcionamiento del engranaje laboral, bien para engrasarlo, bien para corromperlo. Parece que el azar no funciona aquí, sí el método y el control, o al menos eso suponen determinadas personas, ésas que a sí mismas se consideran como bienpensantes —otros les calificarían de manipuladores—, y que están persuadidas de que el mundo en cierta manera les pertenece porque creen tener todo bajo control, ésas que tratan de atraerte hacia sí antes de que lo haga otro, pues a veces están en juego demasiados intereses y conviene tener a punto el juego de alianzas<br/>   Conseguir una reflexión productiva sobre el mundo de dentro desde dentro es una empresa condenada al fracaso, y la contemplación de miradas cargadas de sentido, de sentido rastrero y miserable, nos habla del precio que hay que pagar en ocasiones por la quimera.<br/>   En determinados ambientes la reducción simplista de las relaciones personales funciona perfectamente engrasada y nunca, o casi nunca, tiene nadie nada que objetar. Hacer causa común con alguien implica frecuentemente desgastarse, ciertamente, aunque tal vez redunde en la previsión respecto al futuro; y quién no alberga una pequeña dosis de mezquindad, sobredosis en algunos casos.<br/>   Cuando aterricé aquí tenía asumido la provisionalidad de este trabajo: ya dije que un dedo me puso, y otro (o tal vez el mismo) me quitará. Muy bien: como regla de juego es muy simple y funcional, tenerla clara ahorra problemas y yo la recuerdo a diario (o casi). Pero el mundo de dentro, es decir, este trabajo y su entorno laboral, es sinuoso, y la peor cara del monstruo puede aflorar con facilidad. Para poder tener cumplida noticia del asunto, se me hace necesario relatarlo, o, al menos, relatar cómo lo viví, ya que como sujeto reconozco la parte de subjetividad que me ha tocado y la entiendo como una limitación en la percepción de la realidad. Sería deplorable no asumir la existencia de un punto de vista personal aferrándose patéticamente a la objetividad. El caso, tal y como lo viví, sucintamente es como sigue.<br/>   Mi jefa tiene tres secretarias, de las tres una es la jefa de la secretaría (cargo de confianza, o sea: dedo), y las otras dos son funcionarias, aunque esas plazas son de designación directa y no salen a concurso. De estas dos secretarias, una trabaja por la mañana y la otra tiene el turno de tarde. La jefa de la secretaría trabaja toda la mañana y algunas horas por la tarde, o algunas tardes. Mi jefa se trajo a P., su jefa de secretaría y a M., ambas ya trabajaban con ella en otro destino. Del anterior equipo sólo quedó la secretaria de la tarde. Con ellas hablo frecuentemente por teléfono y me ponen con mi jefa. Con las tres tengo una buena relación, es decir: una relación normal.<br/>   Una mañana de esta semana postnavideña bajé al despacho para ver con mi jefa unos papeles, estaba ocupada y P. me dijo que esperase allí con ellas. Estaban de animada charla con un asesor de otra área y me puse a leer El País. Estaban hablando del funcionamiento de la secretaría, y el asesor les decía que el despacho sólo funcionaba bien por las mañanas, cuando estaban ellas. Algunas tardes, decía, “esto suele ser un desastre, esa mujer no se entera de nada, es una estúpida y una incompetente, yo ya he tenido algún problema con ella”; las otras asentían y añadían más comentarios en la misma línea en los que se apreciaba claramente una intención, muy superficial, pero una intención al fin y al cabo. ¡Qué fácil resulta a veces entrar en descalificaciones! Todo bastante deprimente, por fortuna, entré a despachar con la jefa y dejé de escuchar lo que decían.<br/>   De vuelta a mi despacho le referí lo sucedido a C., le dije que me había sentido mal, pero que ahora me siento peor por no haber intervenido, por haberme callado. Conozco un poco a esa secretaria de la tarde, en alguna ocasión ha venido por los despachos de arriba, hablaba con C., entraba a decirme algo siempre; en dos o tres ocasiones hemos bajado a tomar un café con ella por la tarde, charlábamos, comentábamos algún suceso, alguna noticia... Las veces que hemos hablado en su despacho he visto que tenía un libro sobre la mesa junto al bolso, unas veces forrado, otras no. Esto es algo en lo que me fijo, pues me da confianza, me siento próximo a las personas que leen. Desde el primer momento me pareció una persona correcta que desempeña adecuadamente su trabajo, por eso creo que lo que decían de ella y el tono en el que lo decían es injusto y desproporcionado, tiene que haber oscuros motivos, resentimientos, lo que sea, pero tiene que haber algo. Le he preguntado a C. por ella. Se conocen desde hace varios años, se conocen bastante, son amigas. He intentado que esta conversación no parezca una banalidad, un simple cotilleo, pero quiero saber. Saber para comprender.<br/>   C. me ha dicho que “esta secretaria está aquí desde la última época del PSOE, y aquí siguió con el PP. Es decir, aquí estaba cuando vinisteis vosotros. Estaba por la mañana junto con otra compañera, por la tarde había otra secretaria. P. echó a una y pasó a esta chica a la tarde. Te aseguro que es una persona excelente y muy buena y competente en su puesto de trabajo, por eso ha estado en esa secretaría durante todos estos años, con gente de varios gobiernos, gobiernos del PSOE y gobiernos del PP. Cuando entró aquí era interina, aprobó la oposición hace poco. El jefe anterior, del PP, no quiso que se fuera y le firmó la plaza. Si lleva aquí tantos años y ha estado con varios jefes no será tan incompetente como dicen esos”.<br/>   Todo este asunto me descoloca bastante. Me siento próximo a esa persona y a la vez distante de los otros. La banalidad de los comentarios ofensivos me ofende, especialmente los de aquellos que medran a costa de otros. Me parece algo ruin.<br/>   Decía Goethe que sólo conocemos verdaderamente al que nos hace sufrir.<br/>   Ojalá aquí nadie me conozca de verdad. Ojalá nunca nadie me conozca de verdad si es que el alemán estaba en lo cierto.<br/>   Me he posicionado de una determinada manera. Me parece inevitable hacerlo, me siento bien haciéndolo. He sentido necesario tomar partido, frente a la otra opción, la de mirar para otro lado. No es un impulso, algo irracional o mecánico. Es una opción intelectual y emocional. Me hubiera gustado que sólo fuera intelectual, pero no puedo desprenderme de mis emociones. Me ha parecido y me parece una opción moral inexcusable.<br/>   ¡Qué fácil resulta hacer daño, herir a los demás! La banalidad del mal, lo definió una filósofa alemana.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Aurelia, la hija de C.]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200601]]></issued><modified><![CDATA[200601]]></modified><created><![CDATA[200601]]></created><summary><![CDATA[Aurelia, la hija de C.]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Aurelia, la hija de C.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_21.htm"><![CDATA[Si uno está solo, debe preguntarse por la soledad. Cuando estoy en el despacho siento que no estoy aquí, pero aún no sé dónde estoy. Hoy parecía que iba a llover en Madrid, pero no lo ha hecho. Cuando llueve, los ojos de algunas mujeres brillan de una manera especial, me gusta mirar esos ojos cuando me cruzo con ellas por la calle o, a su lado, miramos un escaparate. Yo busco en el reflejo del cristal sus ojos.  A veces esos ojos buscan los míos en el cristal. Mirarse con una desconocida en un cristal de un escaparate es una sensación extraña. Tal vez en ese momento podría divagar sobre la mujer, pero prefiero no hacerlo, no pensar en nada, dejarme llevar. Esta mañana he bajado a tomar el café con C., nuestra secretaria. Antes de entrar en la cafetería he elaborado una pequeña argucia para que se detuviera delante de la cristalera, ha mirado al interior y yo he mirado sus ojos en el reflejo. Tal vez podría parecer una extraña composición, pero era bien simple: un hombre y una mujer frente a un cristal. ¿Qué he visto en sus ojos? Sólo sus ojos. Tal vez no he sabido ver más allá, pero el reflejo del vidrio me reflejaba también a mí. Por unos segundos no he pensado en nada. Hemos tomado el café casi en silencio, ella prefería que la iniciativa de la conversación la tomara yo. Yo esperaba que lo hiciera ella. Tal vez de lejos pareciéramos una pareja convencional. Convencional en el silencio, en los gestos medidos y repetidos, cortado, por favor, con poca leche, en mediana, gracias. Lo convencional da dolor, pero no siempre lo sentimos. C. sabe cómo van las cosas, pero preferimos no hablar de ello. ¿Realmente sé cómo van las cosas? A veces pienso que las cosas van por sí solas, con independencia de las personas. Estas Navidades apenas he pasado por el despacho, los moscosos, ya se sabe. La víspera de Reyes fui por la mañana a llevar uno de esos equipos de música portátiles, los patéticos altavocillos del ordenador me deprimen, aunque estén mudos, son apéndices patéticos de color gris que se suman con facilidad a la mediocridad ambiental. El equipo de música no es gran cosa, ciertamente, pero a mí me da la sensación de que la música se expande algo por el despacho. Cuando C. lo ha visto se ha sonreído. Le he dicho que puede utilizar los compactos que tengo en un cajón de la mesa. Sé que los cuidará. Con ella estaba una niña, su hija. Estaba enferma y no ha querido dejarla sola en casa. Tiene ocho años. Su hermano es mayor, pero C. parece que no se fía mucho de él. Le he preguntado qué tal estaba, me ha mirado y no ha abierto la boca. Tal vez tendría que haberle dicho que era guapa, y realmente lo era. He ido a por un café a la máquina y le he traído un zumo. ¿Cómo te llamas? Se llama  Aurelia. Creo que ha dicho gracias, tal vez acias. Por si acaso he dicho de nada, Aurelia. La he mirado y se ha ido junto a su madre. Debería haber traído otro zumo para mí. El café de la máquina sabe a café de la máquina. C. le ha dicho a su hija que con este señor trabaja mamá, ¿y qué es lo que haces?, vaya, habló, Iba a decir que no lo sé exactamente. Pero le he dicho que trabajaba para una señora que es mi jefa, que iba a reuniones con otros señores y que despachaba en ocasiones con la gran jefa, que es mi jefa. Por la forma en que me ha mirado y luego ha mirado a su madre deduzco que no se ha enterado de nada. Tal vez tema por la integridad de su madre, postura sensata en una hija inteligente, y esta niña parece que lo es. Mira todo, su mirada no para, me escruta con fijeza, lo mira todo con profesionalidad. Creo que en el fondo desea contrastar lo que su madre le ha dicho que hacemos aquí. Le he dicho que se venga conmigo a mi despacho y se siente un sillón delante de mi mesa. Me ha mirado con una cara que quiero interpretar como inexpresiva. Le he dicho que tu mamá me conoce, seguro que te habrá hablado de mí, venga siéntate ahí, yo me voy a marchar y te dejo al cuidado del despacho. Se ha sentado tranquilamente. Le he explicado qué tecla debe pulsar en el teléfono para hablar con su mamá, y que ya me tenía que marchar. Me gustaría que volvieras cuando no estés enferma, y entonces te explicaré el trabajo que hacemos aquí, aunque ya te lo habrá explicado mamá, pues eso, tenemos reuniones, hacemos informes, nos traen papeles de otros sitios que tenemos que leer, hablamos mucho por teléfono, con muchas personas; unas veces nos llaman ellos, otras llamamos nosotros. Tu mamá me pasa las llamadas, busca los números de la gente que yo no me sé, tiene una agenda donde apunta las llamadas, las reuniones, hace fotocopias, bueno, ya te lo habrá explicado ella. Me he despedido de C. y les he deseado a las dos felices reyes. En el coche he decidido enfilar para Crisol de Juan Bravo, mi mujer me ha pedido que le compre una biografía de Felipe González, aprovecharé para echar un vistazo y comprar algo. Es un auténtico placer salir del tráfico de la Castellana y saber que en unos minutos estaré dando vueltas entre libros. He aparcado en Castelló y antes de salir del coche he llamado a mi despacho. El teléfono ha sonado unos instantes, lo ha cogido C. y le he dicho que me pase con Aurelia. ¿Sabes quién soy?, bien, ¿dónde estás?, ¿estás cómoda? Yo ahora estoy en una librería, me voy a comprar unos libros y voy a comprar uno para ti, ¿quieres elegirlo tú o lo elijo yo? Creo que no acaba de entenderme, está enferma, tal vez tenga fiebre. Bueno ya lo elegiré yo. Te puedes sentar en mi sillón, que te dé mamá folios de la impresora y pintas, y cuídame el despacho. Me ha colgado.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[La peor cara del mundo de dentro]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200511]]></issued><modified><![CDATA[200511]]></modified><created><![CDATA[200511]]></created><summary><![CDATA[La peor cara del mundo de dentro]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[La peor cara del mundo de dentro]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_20.htm"><![CDATA[Cuando el trabajo se complica en determinadas situaciones surgen encontronazos entre la lealtad y esa parcela rebelde que cada uno lleva dentro.<br/>Lealtad y sumisión por una parte y autonomía por otra. Ese es el dilema.<br/>El hecho de ocupar un puesto de confianza no implica automáticamente que uno tenga que ser fiel inexcusablemente a ciertos postulados. Confiazan sí, sumisión absoluta, no.<br/>1ª norma básica a tener en cuenta: el dedo que te puso puede ser el que te quite. Muy bien. Yo no tengo apego al cargo y vistas las encuestas del CIS más de uno puede empezar a pensar lo mismo.<br/><br/>Apunte para una posible revisión del código ético de mi puesto de trabajo: soy un asesor, no un sirviente. Se supone que estoy en este lugar porque alguien, con un criterio meramente subjetivo, vio en mí o en mi trabajo una cierta idoneidad para hacer lo que estos momentos estoy haciendo: intentar hacer las cosas lo mejor posible. Lo cual no implica necesariamente formar parte del coro de aduladores de turno. Cuando todo va bien, todos somos felices, pero ¿y cuando las cosas se tuercen?<br/>Las afinidades son eso afinidades, nada más.<br/>Pero que no se me pida decir lo que no quiero decir, por mucho que otro u otros quieran oírlo.<br/>Lo malo de estar jodido es que siempre habrá alguien que quiera joderte del todo. Si alguien lee esto, que me disculpe el empleo de este lenguaje, pero me parece que es expresivo de mi estado de ánimo.<br/>Tal vez debería cerra esta bitácora, aunque como lugar donde monologar con uno mismo no está mal del todo.<br/>En fin. Mañana es viernes. Reunión a media mañana, lugares comunes, algo de cinismo, el visionario de turno y poco más.<br/>Guardemos las distancias y la compostura. Si la cosa se tuerce, sonrisa irónica y dosis de autocomplacencia.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[El mundo de dentro. Sábado 29 de octubre de 2005. Lecturas (y III).]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200510]]></issued><modified><![CDATA[200510]]></modified><created><![CDATA[200510]]></created><summary><![CDATA[El mundo de dentro. Sábado 29 de octubre de 2005. Lecturas (y III).]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[El mundo de dentro. Sábado 29 de octubre de 2005. Lecturas (y III).]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_19.htm"><![CDATA[En la calma del mundo de fuera analizo y evalúo los datos recabados en la encuesta. En esta parcela del mundo de dentro en la que me muevo, en este momento se está leyendo lo siguiente:<br/>1.&#9;<i>El código da Vinci</i>. Novela. (Dos asesores y una secretaria)<br/>2.&#9;<i>Expiación</i>. Novela. (El conserje del Gabinete de Prensa y una secretaria de Prensa)<br/>3.&#9;<i>Últimas noticias de nuestro mundo</i>. Novela. C., mi secretaria compartida.<br/>4.&#9;<i>La inteligencia fracasada</i>. Ensayo. Un asesor.<br/>5.&#9;<i>Estaciones de paso</i>. Relatos. J.<br/>6.&#9;<i>Cuentos completos</i>. Cuentos. El indeciso que suscribe.<br/><br/>La prevalencia de la narrativa es más que evidente. Sorprende un poco la convivencia de dos novelas tan distintas y tan distantes como <i>Expiación </i>y <i>El código </i>(tengo que echar alguna parrafada con ese conserje). Ausencia total de poesía, este mundo de dentro es demasiado prosaico, y un ensayo divulgativo. No está nada mal. No incluyo a Serafín, el camarero, pues el libro que se trae entre manos es una colección de sudokus. <br/>El viernes aparecí en el despacho veinte minutos antes (el metro no tiene atascos) con mi libro bajo el brazo, sin forrar, vistoso (Anagrama tiene las tapas en color amarillo paja), este gesto me ha permitido terminar mi pequeña encuesta fácilmente. Tal y como tenía previsto, interés general por el libro: te lo piden, lo miran, parecen sopesarlo, miran la portada, la contraportada, y te lanzan la pregunta tópica: “¿Qué tal está?”, como si te preguntaran por tu hija con gripe desde hace dos días, o por la tarta del postre. Respuesta general (y tópica): “Bien, me está gustando”. Y ahí queda todo, el interlocutor se da por satisfecho, te devuelve el libro sonriente (esto no falla), te comentan lo que están leyendo ellos, sin que medie pregunta alguna por mi parte, y aquí no ha pasado nada. Deben ser las reglas del mundo de dentro.<br/>La conversación con C. ha sido mucho más productiva (ya nada me sorprende): hemos hablado de Capote, de su novela <i>A sangre fría</i>, de otras lecturas, me ha dicho que es licenciada en Historia del Arte y una apasionada de la Literatura, que subraya los libros con lápiz, que hace anotaciones en esas notas amarillas que se pegan y las coloca en las páginas que llamaron su atención (a C. estas notas le deben encantar, su mesa y el ordenador están repletas de ellas, y las renueva periódicamente), en fin, una buena parrafada.<br/>Hemos bajado a media mañana a tomar café y hemos hablado de la costumbre de subrayar los libros y de las notas amarillas, me ha dicho que por esa razón no le gusta prestar los libros que lee, pues contienen algo de ella que le avergüenza que los demás conozcan. Le recuerdo que a mí me ofreció prestarme la novela de Gándara que estaba leyendo. ¿Cuando la termine y me la deje, qué hará con las notas amarillas, las dejará o las despegará? La he puesto en un buen aprieto y me he divertido (un poco). Venga, me ha dicho, vámonos, que se nos hace tarde. Pero no sin comprar antes el cupón del viernes, uno cada uno y a medias, incluido Serafín, que se apunta a un bombardeo con esto de las loterías, cupones y demás. Al que le toque la serie reparte con los otros dos. Seamos respetuosos con las costumbres, ¿por qué no?<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[El mundo de dentro. Miércoles 26 de octubre. Lecturas (II)]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200510]]></issued><modified><![CDATA[200510]]></modified><created><![CDATA[200510]]></created><summary><![CDATA[El mundo de dentro. Miércoles 26 de octubre. Lecturas (II)]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[El mundo de dentro. Miércoles 26 de octubre. Lecturas (II)]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_18.htm"><![CDATA[A la primera oportunidad que se me ha presentado esta mañana he retomado el tema de mi particular encuesta. Los resultados me han llevado a concluir que debo aparecer por aquí lo antes posible con un libro bajo el brazo, pues la posesión —y la supuesta lectura, añado yo— de un libro aporta un caudal de prestigio social inestimable en este entorno aburridamente funcionarial.<br/>Mira tú por dónde soy el único de mis compañeros que (aún) no ha venido con un libro. Espero, al menos, que la posesión, la lectura y la realización íntegra del crucigrama de <i>El País </i>me redima, si no en todo, al menos en parte de este pecadillo venial.<br/>He revisado durante unos minutos mi cometido en este despacho: es un poco variopinto, concedo, pero nada tiene que ver con la lectura de libros. Bien es cierto que los rollos de informes que a veces tengo que leerme me empujan con denuedo a la lectura, pero en casa.<br/>[INCISO. Desocupado lector: intuyo que has intuido que soy un lector mediano, tampoco vamos a exagerar. Lo que ocurre es que no vengo leyendo al despacho, y que, una vez aquí, lo que leo no es Literatura precisamente; vamos a llamarlo, por puro convencionalismo, prosa.]<br/>En una reunión a última hora de la mañana J. me ha preguntado por la encuesta, que le dé resultados. Me he puesto trascendente y le he dicho que preferiría no hacerlo. Ha insistido y le he vuelto a decir lo mismo. Bartleby, ya sabes, el escribiente. Pues así me siento yo algunos días. Ya te comentaré, le he dicho dando la cuestión por zanjada.<br/>Buena gente este J. Está leyendo <i>Estaciones de paso</i>, de Almudena Grandes. Le he dicho que el sábado próximo la autora hablará de su libro con Juan Cruz en las tertulias de Crisol. Le he propuesto ir juntos y tomar unas cervezas por allí. Ya veremos.<br/>Creo que mañana jueves o el sábado como muy tarde tendré los resultados de la encuesta.<br/>Estoy leyendo los <i>Cuentos completos</i> de Truman Capote. Mañana voy a trabajar en metro.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[El mundo de dentro. Martes 25 de octubre de 2005. Lecturas (I).]]></title><link rel="Diario de un indeciso (supongo)" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/atom.xml" title="Diario de un indeciso (supongo)"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200510]]></issued><modified><![CDATA[200510]]></modified><created><![CDATA[200510]]></created><summary><![CDATA[El mundo de dentro. Martes 25 de octubre de 2005. Lecturas (I).]]></summary><author><name><![CDATA[Ricardo Reis]]></name></author><dc:subject><![CDATA[El mundo de dentro. Martes 25 de octubre de 2005. Lecturas (I).]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/diariodeunindeciso/c_17.htm"><![CDATA[Esta mañana he comenzado a realizar una prospección de lecturas en mi círculo más cercano (C., la secretaria compartida; J. el asesor con el que comparto secretaria; M., otro de los asesores; un conserje que ha venido a traer unas carpetas y Serafín, el camarero del bar donde bajamos a desayunar).<br/>Renuncio a describir las caras de sorpresa, los adjetivos valorativos podrían suponer un verdadero conflicto (afortunadamente nadie del mundo de dentro me lee —espero—, y ustedes, amables lectores del mundo de fuera creo que me entienden). Pero vayamos por partes (esta frase no es original: está ampliamente documentado que era la expresión favorita de Jack el Destripador).<br/>El hecho de ser un indeciso no entra en contradicción con que sea un observador, creo; es más, incluso me atrevo a calificarme de buen observador. Pues bien, vengo notando de un tiempo a esta parte en el mundo de dentro que muchos acuden con libros al trabajo, y he constatado en mi círculo cercano la profusión de gruesos volúmenes, casi todos ellos forrados [Apunte para idea de fomento campaña lectura: leyendo al trabajo]. Esta observación me ha llevado a un análisis somero de la cuestión, de donde he inferido un dato verdaderamente estremecedor: yo no traigo libro, como mucho traigo <i>El País</i>.<br/>Una vez repuesto del dato (la estadística atonta, pero no mata) he concluido en primera instancia que la posesión de un libro está en relación directa con el medio de transporte empleado, es decir, las personas que vienen a este mundo en transporte público leen en el trayecto, quienes venimos en coche, obviamente, no podemos hacerlo [Apunte para idea fomento lectura transporte público: la novela para el metro, la poesía para el autobús, ¿o acaso al revés? Ojo: encajar teatro y ensayo: ¿tren, avión?...). A pesar de lo fundado del razonamiento, la tesis inicial se tambalea, pues repasando datos empíricos concluyo que algunos de los que traen libro vienen en coche.<br/>Tengo que reunir toda la información y procesarla adecuadamente, y para ello es imprescindible que conozca el título del libro y el género al que este se adscribe. Estos dos últimos datos me faltan, por el momento.<br/>He empezado por C. El libro, forrado, estaba sobre su mesa. Le he pedido permiso para echarle un vistazo: <i>Últimas noticias de nuestro mundo</i>, de Alejandro Gándara. Novela. El volumen estaba forrado con un bonito papel de color vino, debe ser el color de moda para forros de este otoño-invierno. Lo he hojeado brevemente y he visto que había subrayado algunas partes. En ciertas páginas había pegadas esas notas amarillas en las que había algo escrito. He sentido un poco de vergüenza y he devuelto el libro a su lugar. C. me ha preguntado si conocía el libro. No. Antes de que me preguntase por el autor le he dicho que he leído de él una novela titulada <i>Un amor pequeño</i>. Me ha dicho que me lo presta cuando termine de leerlo. La verdad es que el título me ha llamado especialmente la atención.<br/>Le he dicho directamente que estaba haciendo una encuesta minimalista, de andar por casa, vamos, sobre la lectura en nuestros despachos y alrededores. Se ha reído, supongo que por lo de los alrededores. Evidentemente la primera encuestada eres tú. Se ha seguido riendo. Yo creía que esto era algo serio pero me lo voy a tener que replantear. Cuando me ha preguntado para qué hacía esa encuesta, no he sabido qué decirle, aunque he retomado la iniciativa y le he dicho que no lo sabía, ¿acaso desconocía a estas alturas que yo era un asesor indeciso? Más risas. En fin, espero retomar el tema mañana un poco, sólo un poco, más en serio.<br/>]]></content></entry></feed>
