Hacia un nuevo Derecho Laboral: Conclusiones
Nos encontramos en un mundo loco porque todo el sistema social sigue basado en el viejo modelo laboral, que para muchos no existe.
La conjunción de cambios técnicos y políticos hace que el comercio internacional gane terreno y socave los ordenamientos nacionales. Uno de los primeros afectados son los derechos laborales, sospechosos de entorpecer la eficacia económica.
Con una mano se ha buscado convertir el trabajo en un material “flexible”, adaptable en “tiempo real” a las necesidades de la economía; con la otra, se despliegan actividades “sociales” o “humanitarias” para asegurar un mínimo de subsistencia o de ocupaciones a la multitud en aumento de quienes se encuentran así privados de la posibilidad de vivir de su trabajo. La normativa, el estatuto que se atribuya al trabajo no podrá limitarse a un problema de ingeniería de los recursos humanos, pues es el elemento principal de un orden justo.
Surge ahora un “sistema de subempleo” desestandarizado, fragmentado y plural, con formas de trabajo retribuido altamente flexibles, descentralizadas temporal y espacialmente, y desregularizadas. Pero, cuantas más relaciones laborales se “desregularizan” y “flexibilizan” (en cuanto a horario, lugar de trabajo y al propio contrato —individualización—) más rápidamente se transforma la sociedad laboral en una sociedad de riesgo.
Otra de las consecuencias de la desregulación y la flexibilización del trabajo es el auge de la economía informal. Las prácticas laborales informales son, por tanto, unos modos heterodoxos de asegurar unos ingresos, a menudo también en esa zona imprecisa situada entre lo “legal” y lo “ilegal”. Como señala CASTELLS, la economía informal no es una condición individual, sino una fuente de ingresos caracterizada por una rasgo esencial: no está regulada por las instituciones de la sociedad y tiene lugar en un contexto legal y social en el que están reguladas otras actividades semejantes.
La informalización e individualización (distinta totalmente de las regulaciones colectivas de la organización “fordista”) del trabajo convencional está afectando por igual a todos los países occidentales. Sin embargo, lo que en Europa es la tarea primordial del Estado, es decir, la nivelación de las desigualdades producidas por el mercado desenfrenado, es la definición clásica de la libertad americana.
A falta de una sociedad capaz de autorregularse, el Estado ha regulado la expansión económica y el funcionamiento del mercado, ha institucionalizado la negociación colectiva del compromiso entre clases (rebautizados como “interlocutores sociales”), ha hecho socialmente tolerable y materialmente viable el despliegue de la racionalidad económica gracias a las mismas reglas y a los mismos límites que él le imponía. Sin embargo, actualmente el poder de regulación de los Estados nacionales ha sido tomado, por el flanco, por la internacionalización del capital y, sobre todo, por la mundialización del mercado.
Desde la sociedad preindustrial hasta la sociedad postindustrial se ha producido una inversión total. Antes la vulnerabilidad se originaba en el exceso de coacciones, mientras que ahora aparece suscitada por el debilitamiento de las protecciones . La exigencia, repetida hasta la saciedad, de “flexibilidad” no significa en realidad sino que se están debilitando, o muriendo, las reglas sobre cómo se estipulan los convenios laborales colectivos o las directrices sobre la protección laboral.
El desmoronamiento o el deterioro de los derechos conferidos al trabajo entraña para unos falta de trabajo e inutilidad en la sociedad; para otros, exceso de trabajo e indisponibilidad para la sociedad. Las transformaciones del trabajo deben conllevar una reconsideración práctica y concreta del ordenamiento y las reglas jurídicas que lo rigen ahora. El derecho ha de ser el órgano esencial de su recomposición, pues, como demuestra CASTEL, es el derecho el que ha conferido al trabajo valor y dignidad en Europa.
Según SUPIOT y CASTEL, “el contrato y la posibilidad de aportar al mercado una capacidad de trabajo determinada establecieron un orden social más igualitario, permitieron salir de un estado en que las relaciones se basaban en la dependencia personal y dieron a los individuos la posibilidad de emanciparse de las tutelas tradicionales”.
La función institucional del derecho tiene lugar en dos planos. Por un lado, el del funcionamiento del mercado, inconcebible sin que se fijen las reglas del intercambio, esto es, el derecho de los contratos, con lo que implica de definición de los principios de libertad e igualdad entre quienes actúan en ese mercado. Por otro lado, el de las relaciones entre el mercado y los ámbitos de la vida social que no pueden obedecer a las reglas del intercambio mercantil, en particular el ámbito político y el ámbito de la vida privada. Pues bien, hasta ahora el derecho laboral sólo ha tenido realmente en cuenta el primero de esos planos. El trabajo ha sido asimilado a una de sus modalidades, la del trabajo subordinado que se efectúa a cambio de dinero en un mercado.
Los más débiles son quienes más padecen las consecuencias —en forma de desempleo, precariedad o salarios de miseria— de esa doble inadaptación. Según los casos, la falta de trabajo, de tiempo o de dinero socava las condiciones necesarias para hacer una vida equilibrada. La nueva ley de bronce que el capital hace pesar sobre el trabajo en la economía mundializada, así como el movimiento resultante de igualación internacional de los derechos laborales, ponen en entredicho las seguridades anejas al trabajo. Apremia, pues, más que nunca redefinir unos derechos humanos en el trabajo que correspondan a las condiciones de nuestra época.
Estos derechos humanos en el trabajo deben referirse a todas las formas de actividad personal al servicio de otros, formas que pueden sucederse en la vida de cada cual. En cuanto se trate de un trabajo útil para la sociedad, habría que adscribirle un conjunto coherente de derechos sociales, dotarle de un estatuto que reconociese su participación en una vida normal, sin desconocer su singularidad.
El Derecho del Trabajo sigue, en buena medida, asentado sobre unas bases que no se acomodan a las profundas modificaciones experimentadas. Requiere una apertura a nuevas formas de trabajo, no necesariamente subordinado y no canalizado, por tanto, únicamente a través del contrato de trabajo.
Para otros autores, el problema reside en saber si, después de las etapas de tutela y de la comunidad basada en la dependencia personal, después de la etapa del contrato y de la autonomía individual, será posible, o quizá absolutamente necesario, pasar a una tercera etapa que mantendría las ventajas de las dos anteriores y que sobre todo nos permitiría superar los obstáculos específicos de las sociedades basadas en el contrato.
Sin embargo, otras posturas defienden la idea de que las fronteras que el contrato de trabajo marca seguirán delimitando su esfera de actuación. Pero el Derecho del Trabajo no debe limitarse a éste, ampliando sus fronteras a las nuevas formas de prestación y organización del trabajo (formas no mercantiles como el trabajo voluntario, la propia formación o trabajos de desempleados ajenos a esquemas contractuales). Sería preciso crear un Derecho al Trabajo discontinuo, teniendo en cuenta otros tipos de trabajo, a parte del convencional, como el doméstico o el cívico.
La característica más específica del trabajo asalariado reside, desde el punto de vista jurídico, en el menoscabo de la libertad individual que entraña forzosamente. El objeto propio del derecho del trabajo asalariado es poner límites a ese menoscabo: por una parte, restringiendo las atribuciones del empleador a lo estrictamente necesario para la ejecución del contrato laboral; por otra, restituyendo a los trabajadores en un plano colectivo las libertades que pierden en el plano personal (derecho a la afiliación sindical, a la negociación colectiva, a la huelga).
La función social del Derecho del Trabajo debe extenderse a las nuevas formas de trabajar y no centrarse exclusivamente sobre el empleo. El nuevo Derecho del Trabajo, asentado sobre una noción amplia de trabajo, ha de atender a las transformaciones del estatuto jurídico y a los periodos de transición entre actividad e inactividad que se suceden en la vida laboral.
Pero, asistimos a una dificultad a la hora de concebir un estatuto profesional capaz de integrar la individualización y la movilidad de las carreras profesionales. Una posible solución sería establecer un nuevo estatuto profesional, que añada a la organización estática de la relación laboral una organización dinámica de las transiciones entre sucesivas situaciones laborales: derecho de acceso al empleo, principio de continuidad en el empleo, derecho de reinsercción.
Debe existir un derecho a pasar de una situación de trabajo a otra (créditos de horas para formación, cuidado de hijos, etc.). Lo que constituye un nuevo tipo de derechos sociales, derechos sociales de giro, que deberían poder disfrutarse durante, después y en el transcurso del contrato de trabajo. Considerándose este tiempo como asimilable al tiempo de trabajo. Sin embargo, tradicionalmente, cuando se ha considerado la actividad humana a partir de valores distintos del valor mercantil (por ejemplo, la formación personal, el cuidado de los hijos, etc.), se ha hallado excluida de esta definición “institucional“ del trabajo.
Las propuestas son variadas, FOUCAULD propone edificar un sistema que proporcione seguridad, continuidad y estabilidad a las personas enfrentadas en la actualidad a una multiplicidad de situaciones posibles y a un deber permanente de adaptación. LYON-CAEN aboga por la transición a un nuevo derecho laboral, el cual sería por fin digno de su nombre al salir del marco estrecho de la subordinación jurídica.
El derecho laboral ha sido, con la seguridad social, la gran invención jurídica del siglo XX, y sus planteamientos generales (que el contrato de trabajo reglamente la condición de asalariado, el convenio colectivo, las libertades sindicales y el derecho de huelga) no han perdido ni un ápice de validez. Unicamente habrá que adaptarlas de manera continua al cambio socioeconómico, sin dejar de referirlas a los valores que constituyen sus cimientos.
Este es el principal problema que, desde mi punto de vista, acecha al Derecho del Trabajo, las modificaciones producidas en los últimos años y, probablemente en mayor medida las venideras, están menoscabando precisamente esos cimientos. ¿Será entonces el Derecho del Trabajo capaz de cumplir su función social?
Según la doctrina jurisprudencial (sentencia del TC 3/83), el Derecho Laboral es “el ordenamiento compensador e igualador en orden a la corrección de las desigualdades fundamentales”. La finalidad del Derecho del Trabajo es la integración, institucionalización o juridificación de los conflictos sociales. Esa función social surge como reacción ante el conflicto social entre el capital y el trabajo asalariado en la sociedad capitalista industrial.
Además, al propio tiempo que instrumento protector de las relaciones sociales que legaliza a través del contrato, el ordenamiento laboral limita ciertamente la explotación de la fuerza de trabajo y garantiza importantes medio de acción de los trabajadores.
Sin embargo, como ya expusimos anteriormente parece “indispensable” ampliar, cuantitativamente y cualitativamente, el “ámbito de ese contrato” (tanto desde el lado del propio trabajo objeto del contrato, como del lado del trabajador sujeto a dicho contrato). Por otro lado, y desde mi punto de vista, parece que el ordenamiento actual no “limita” la explotación de la fuerza de trabajo, ni “garantiza” los medios de acción a los trabajadores (¿qué pasaría si se pretende, como parece, dar un paso más y reformar el ámbito de la negociación colectiva, uno de los corazones del sistema?).
En ningún caso la acción legislativa puede desmantelar el núcleo esencial del acuerdo social sobreentendido... so pena de privar al cuerpo jurídico laboral de su función legitimadora primaria.
Es decir, no estamos juzgando aquí solamente la efectividad del cuerpo normativo laboral sino, como ya señalé, el ataque a los cimientos mismos del sistema. Estos cambios, desde esta perspectiva, conducen a una verdadera “desnaturalización” de su pretendida función social.
El Derecho del Trabajo ha convivido siempre... con los “incómodos” requerimientos de la economía, sin embargo, tal vez esa incomodidad se convierta en “imposibilidad”. En palabras de THUROW, y como hemos repasado en los capítulos anteriores: “el capital ha declarado la guerra a la clase obrera y ha ganado; el capital ha ganado metamorfoseando el trabajo, desmaterializándolo, aboliéndolo masivamente”.
En la actualidad, se divisan también otras fuentes de conflicto, como por ejemplo, posibles acuerdos para la normalización global del mercado laboral.
Por tanto y a modo de conclusión general, podemos afirmar que mientras el Derecho del Trabajo no se adapte al cambio en el propio concepto de trabajo —que no olvidemos, constituye su objeto—, a sus nuevas formas de organización y también a su importancia relativa en cuanto al tiempo, no estará en condiciones de seguir desempeñando la función social que le sirvió de origen.
La conjunción de cambios técnicos y políticos hace que el comercio internacional gane terreno y socave los ordenamientos nacionales. Uno de los primeros afectados son los derechos laborales, sospechosos de entorpecer la eficacia económica.
Con una mano se ha buscado convertir el trabajo en un material “flexible”, adaptable en “tiempo real” a las necesidades de la economía; con la otra, se despliegan actividades “sociales” o “humanitarias” para asegurar un mínimo de subsistencia o de ocupaciones a la multitud en aumento de quienes se encuentran así privados de la posibilidad de vivir de su trabajo. La normativa, el estatuto que se atribuya al trabajo no podrá limitarse a un problema de ingeniería de los recursos humanos, pues es el elemento principal de un orden justo.
Surge ahora un “sistema de subempleo” desestandarizado, fragmentado y plural, con formas de trabajo retribuido altamente flexibles, descentralizadas temporal y espacialmente, y desregularizadas. Pero, cuantas más relaciones laborales se “desregularizan” y “flexibilizan” (en cuanto a horario, lugar de trabajo y al propio contrato —individualización—) más rápidamente se transforma la sociedad laboral en una sociedad de riesgo.
Otra de las consecuencias de la desregulación y la flexibilización del trabajo es el auge de la economía informal. Las prácticas laborales informales son, por tanto, unos modos heterodoxos de asegurar unos ingresos, a menudo también en esa zona imprecisa situada entre lo “legal” y lo “ilegal”. Como señala CASTELLS, la economía informal no es una condición individual, sino una fuente de ingresos caracterizada por una rasgo esencial: no está regulada por las instituciones de la sociedad y tiene lugar en un contexto legal y social en el que están reguladas otras actividades semejantes.
La informalización e individualización (distinta totalmente de las regulaciones colectivas de la organización “fordista”) del trabajo convencional está afectando por igual a todos los países occidentales. Sin embargo, lo que en Europa es la tarea primordial del Estado, es decir, la nivelación de las desigualdades producidas por el mercado desenfrenado, es la definición clásica de la libertad americana.
A falta de una sociedad capaz de autorregularse, el Estado ha regulado la expansión económica y el funcionamiento del mercado, ha institucionalizado la negociación colectiva del compromiso entre clases (rebautizados como “interlocutores sociales”), ha hecho socialmente tolerable y materialmente viable el despliegue de la racionalidad económica gracias a las mismas reglas y a los mismos límites que él le imponía. Sin embargo, actualmente el poder de regulación de los Estados nacionales ha sido tomado, por el flanco, por la internacionalización del capital y, sobre todo, por la mundialización del mercado.
Desde la sociedad preindustrial hasta la sociedad postindustrial se ha producido una inversión total. Antes la vulnerabilidad se originaba en el exceso de coacciones, mientras que ahora aparece suscitada por el debilitamiento de las protecciones . La exigencia, repetida hasta la saciedad, de “flexibilidad” no significa en realidad sino que se están debilitando, o muriendo, las reglas sobre cómo se estipulan los convenios laborales colectivos o las directrices sobre la protección laboral.
El desmoronamiento o el deterioro de los derechos conferidos al trabajo entraña para unos falta de trabajo e inutilidad en la sociedad; para otros, exceso de trabajo e indisponibilidad para la sociedad. Las transformaciones del trabajo deben conllevar una reconsideración práctica y concreta del ordenamiento y las reglas jurídicas que lo rigen ahora. El derecho ha de ser el órgano esencial de su recomposición, pues, como demuestra CASTEL, es el derecho el que ha conferido al trabajo valor y dignidad en Europa.
Según SUPIOT y CASTEL, “el contrato y la posibilidad de aportar al mercado una capacidad de trabajo determinada establecieron un orden social más igualitario, permitieron salir de un estado en que las relaciones se basaban en la dependencia personal y dieron a los individuos la posibilidad de emanciparse de las tutelas tradicionales”.
La función institucional del derecho tiene lugar en dos planos. Por un lado, el del funcionamiento del mercado, inconcebible sin que se fijen las reglas del intercambio, esto es, el derecho de los contratos, con lo que implica de definición de los principios de libertad e igualdad entre quienes actúan en ese mercado. Por otro lado, el de las relaciones entre el mercado y los ámbitos de la vida social que no pueden obedecer a las reglas del intercambio mercantil, en particular el ámbito político y el ámbito de la vida privada. Pues bien, hasta ahora el derecho laboral sólo ha tenido realmente en cuenta el primero de esos planos. El trabajo ha sido asimilado a una de sus modalidades, la del trabajo subordinado que se efectúa a cambio de dinero en un mercado.
Los más débiles son quienes más padecen las consecuencias —en forma de desempleo, precariedad o salarios de miseria— de esa doble inadaptación. Según los casos, la falta de trabajo, de tiempo o de dinero socava las condiciones necesarias para hacer una vida equilibrada. La nueva ley de bronce que el capital hace pesar sobre el trabajo en la economía mundializada, así como el movimiento resultante de igualación internacional de los derechos laborales, ponen en entredicho las seguridades anejas al trabajo. Apremia, pues, más que nunca redefinir unos derechos humanos en el trabajo que correspondan a las condiciones de nuestra época.
Estos derechos humanos en el trabajo deben referirse a todas las formas de actividad personal al servicio de otros, formas que pueden sucederse en la vida de cada cual. En cuanto se trate de un trabajo útil para la sociedad, habría que adscribirle un conjunto coherente de derechos sociales, dotarle de un estatuto que reconociese su participación en una vida normal, sin desconocer su singularidad.
El Derecho del Trabajo sigue, en buena medida, asentado sobre unas bases que no se acomodan a las profundas modificaciones experimentadas. Requiere una apertura a nuevas formas de trabajo, no necesariamente subordinado y no canalizado, por tanto, únicamente a través del contrato de trabajo.
Para otros autores, el problema reside en saber si, después de las etapas de tutela y de la comunidad basada en la dependencia personal, después de la etapa del contrato y de la autonomía individual, será posible, o quizá absolutamente necesario, pasar a una tercera etapa que mantendría las ventajas de las dos anteriores y que sobre todo nos permitiría superar los obstáculos específicos de las sociedades basadas en el contrato.
Sin embargo, otras posturas defienden la idea de que las fronteras que el contrato de trabajo marca seguirán delimitando su esfera de actuación. Pero el Derecho del Trabajo no debe limitarse a éste, ampliando sus fronteras a las nuevas formas de prestación y organización del trabajo (formas no mercantiles como el trabajo voluntario, la propia formación o trabajos de desempleados ajenos a esquemas contractuales). Sería preciso crear un Derecho al Trabajo discontinuo, teniendo en cuenta otros tipos de trabajo, a parte del convencional, como el doméstico o el cívico.
La característica más específica del trabajo asalariado reside, desde el punto de vista jurídico, en el menoscabo de la libertad individual que entraña forzosamente. El objeto propio del derecho del trabajo asalariado es poner límites a ese menoscabo: por una parte, restringiendo las atribuciones del empleador a lo estrictamente necesario para la ejecución del contrato laboral; por otra, restituyendo a los trabajadores en un plano colectivo las libertades que pierden en el plano personal (derecho a la afiliación sindical, a la negociación colectiva, a la huelga).
La función social del Derecho del Trabajo debe extenderse a las nuevas formas de trabajar y no centrarse exclusivamente sobre el empleo. El nuevo Derecho del Trabajo, asentado sobre una noción amplia de trabajo, ha de atender a las transformaciones del estatuto jurídico y a los periodos de transición entre actividad e inactividad que se suceden en la vida laboral.
Pero, asistimos a una dificultad a la hora de concebir un estatuto profesional capaz de integrar la individualización y la movilidad de las carreras profesionales. Una posible solución sería establecer un nuevo estatuto profesional, que añada a la organización estática de la relación laboral una organización dinámica de las transiciones entre sucesivas situaciones laborales: derecho de acceso al empleo, principio de continuidad en el empleo, derecho de reinsercción.
Debe existir un derecho a pasar de una situación de trabajo a otra (créditos de horas para formación, cuidado de hijos, etc.). Lo que constituye un nuevo tipo de derechos sociales, derechos sociales de giro, que deberían poder disfrutarse durante, después y en el transcurso del contrato de trabajo. Considerándose este tiempo como asimilable al tiempo de trabajo. Sin embargo, tradicionalmente, cuando se ha considerado la actividad humana a partir de valores distintos del valor mercantil (por ejemplo, la formación personal, el cuidado de los hijos, etc.), se ha hallado excluida de esta definición “institucional“ del trabajo.
Las propuestas son variadas, FOUCAULD propone edificar un sistema que proporcione seguridad, continuidad y estabilidad a las personas enfrentadas en la actualidad a una multiplicidad de situaciones posibles y a un deber permanente de adaptación. LYON-CAEN aboga por la transición a un nuevo derecho laboral, el cual sería por fin digno de su nombre al salir del marco estrecho de la subordinación jurídica.
El derecho laboral ha sido, con la seguridad social, la gran invención jurídica del siglo XX, y sus planteamientos generales (que el contrato de trabajo reglamente la condición de asalariado, el convenio colectivo, las libertades sindicales y el derecho de huelga) no han perdido ni un ápice de validez. Unicamente habrá que adaptarlas de manera continua al cambio socioeconómico, sin dejar de referirlas a los valores que constituyen sus cimientos.
Este es el principal problema que, desde mi punto de vista, acecha al Derecho del Trabajo, las modificaciones producidas en los últimos años y, probablemente en mayor medida las venideras, están menoscabando precisamente esos cimientos. ¿Será entonces el Derecho del Trabajo capaz de cumplir su función social?
Según la doctrina jurisprudencial (sentencia del TC 3/83), el Derecho Laboral es “el ordenamiento compensador e igualador en orden a la corrección de las desigualdades fundamentales”. La finalidad del Derecho del Trabajo es la integración, institucionalización o juridificación de los conflictos sociales. Esa función social surge como reacción ante el conflicto social entre el capital y el trabajo asalariado en la sociedad capitalista industrial.
Además, al propio tiempo que instrumento protector de las relaciones sociales que legaliza a través del contrato, el ordenamiento laboral limita ciertamente la explotación de la fuerza de trabajo y garantiza importantes medio de acción de los trabajadores.
Sin embargo, como ya expusimos anteriormente parece “indispensable” ampliar, cuantitativamente y cualitativamente, el “ámbito de ese contrato” (tanto desde el lado del propio trabajo objeto del contrato, como del lado del trabajador sujeto a dicho contrato). Por otro lado, y desde mi punto de vista, parece que el ordenamiento actual no “limita” la explotación de la fuerza de trabajo, ni “garantiza” los medios de acción a los trabajadores (¿qué pasaría si se pretende, como parece, dar un paso más y reformar el ámbito de la negociación colectiva, uno de los corazones del sistema?).
En ningún caso la acción legislativa puede desmantelar el núcleo esencial del acuerdo social sobreentendido... so pena de privar al cuerpo jurídico laboral de su función legitimadora primaria.
Es decir, no estamos juzgando aquí solamente la efectividad del cuerpo normativo laboral sino, como ya señalé, el ataque a los cimientos mismos del sistema. Estos cambios, desde esta perspectiva, conducen a una verdadera “desnaturalización” de su pretendida función social.
El Derecho del Trabajo ha convivido siempre... con los “incómodos” requerimientos de la economía, sin embargo, tal vez esa incomodidad se convierta en “imposibilidad”. En palabras de THUROW, y como hemos repasado en los capítulos anteriores: “el capital ha declarado la guerra a la clase obrera y ha ganado; el capital ha ganado metamorfoseando el trabajo, desmaterializándolo, aboliéndolo masivamente”.
En la actualidad, se divisan también otras fuentes de conflicto, como por ejemplo, posibles acuerdos para la normalización global del mercado laboral.
Por tanto y a modo de conclusión general, podemos afirmar que mientras el Derecho del Trabajo no se adapte al cambio en el propio concepto de trabajo —que no olvidemos, constituye su objeto—, a sus nuevas formas de organización y también a su importancia relativa en cuanto al tiempo, no estará en condiciones de seguir desempeñando la función social que le sirvió de origen.
Bibliografía Básica
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Cambios en el Concepto, Organización y Tiempo de Trabajo (V)
Como acabamos de ver, las nuevas formas de organización del trabajo (y especialmente la flexibilización de la jornada) han hecho aparecer una nueva concepción de la jornada de trabajo (con desarrollo de una zona gris entre tiempo de trabajo y tiempo libre). Además, la dimensión colectiva del trabajo (negociación colectiva) se ve cuestionada por la individualización de las formas de vida y de trabajo .
El tiempo juega a la vez, como límite de la sujeción del trabajador y como criterio de medida del valor del intercambio de trabajo. Esto ha implicado la definición de una duración legal del trabajo y un modelo de vida laboral basado en la oposición entre tiempo de trabajo y tiempo libre, relegando al olvido el tiempo de trabajo no asalariado. La modificación de las reglas de organización del trabajo conlleva la erosión de la propia relación de trabajo .
Es preciso un “nuevo contrato social” entre trabajadores y empresarios; un reajuste entre economía y sociedad. Se trataría de reducir el tiempo de la economía y aumentar el tiempo en que la sociedad se produce a sí misma . Ya la Directiva 93/104 CE (Art. 13) establece el: “principio general de la adecuación del trabajo al hombre”.
Para sectores crecientes y emergentes de la población (especialmente los jóvenes) el trabajo ya no es la forma exclusiva de articulación social, ni el modelo de socialización e identificación personal que determina y subordina necesariamente a los demás (familia, educación, ocio personal, vida social, cultural, etc.).
En palabras de A. DE MIGUEL, “estamos en un tiempo caracterizado por la erosión de la ética del trabajo”. “La semana laboral se transforma en un mal necesario para poder vivir realmente”. Esto provocará que emergan reivindicaciones relativas a la duración y a la organización de la jornada laboral. Las encuestas confirman la individualización creciente de la organización del tiempo de trabajo, así como una importancia decreciente del tanto por ciento de trabajadores que tienen el mismo horario todos los días y el mismo número de días trabajados por semana .
Como ya mencionamos anteriormente, el lugar que ocupa el trabajo en nuestra organización social es un resultado, un hecho, no una característica estructural de las sociedades humanas. Dicho de otra forma, el trabajo es el medio fundamental de la interacción social y de la realización individual, pero lo es por casualidad, no por naturaleza; ha adquirido este carácter de manera reciente como consecuencia de las circunstancias inherentes a un determinado estado histórico del que quizá estemos saliendo o del que sin duda sería deseable que saliéramos .
En la perspectiva de esta evolución, la cesión de su tiempo deja de ser el objetivo principal de la obligación del trabajador, que, de obligación de medios, se transforma en obligación de resultados (horas variables, disponibilidad, determinación anual del tiempo de trabajo, etc.; que constituyen los signos más tangibles de un cambio que responde a la evolución de las técnicas, a la rentabilización del capital y a la demanda del cliente). Esta evolución contiene el germen de un desmantelamiento progresivo de todos los ritmos colectivos, que gobernaban la vida dentro y fuera de la empresa (descanso nocturno, descanso dominical, pausa de mediodía...) y del correspondiente descenso de las solidaridades (sindicales, familiares y de convivencia). Para salir de este dilema hay que considerar el tiempo, no ya exclusivamente como tiempo de trabajo, como medida del intercambio trabajo/salario, sino también como experiencia subjetiva, es decir, como tiempo de la vida del trabajador .
Ya no hay trabajo, trabajo con jornada completa, para toda la vida, para todo el mundo, siguiendo las formas que hemos conocido durante el periodo industrial desde 1850 hasta 1975. Hemos pasado de una sociedad de pleno empleo a una sociedad de empleo parcial . Un 30% de la fuerza laboral actual está formada por empleados a tiempo parcial o por cuenta propia. Una parte de este empleo corresponde a actividades de alto valor añadido, sin embargo, la mayoría forman parte de un ejército de reserva de semiparados con disponibilidad permanente. Esto ha provocado que la sociedad esté ya empezando a adaptarse a un nuevo estilo de trabajo.
Lo que está cambiando y constituye una transformación cultural sin precedentes es la concienciación de que el sentido último del trabajo (individual y colectivamente) es producir tiempo libre o liberar tiempo (para el desarrollo personal o la participación social). En esta misma línea, SUPIOT afirma que es necesaria una conciliación ente el trabajo y la vida personal y familiar. La búsqueda de nuevos equilibrios entre el tiempo de trabajo y los demás tiempos exigirá negociaciones más amplias y complejas.
¿Qué hacer con el tiempo de no trabajo? En el tiempo disponible pueden tejerse nuevas relaciones de cooperación, comunicación, intercambio. El tiempo de la vida ya no tiene que ser administrado en función del tiempo de trabajo; es el trabajo el que debe encontrar su puesto, subordinado, en un proyecto de vida. Esto constituye una idea opuesta al marxismo pues, en éste, primero se debe llevar a cabo una liberación en el trabajo, para luego poder liberarse de él.
El pleno empleo responde no sólo a un deseo de dominación por parte del empresario, sino también, y más profundamente, dentro de la lógica fordista, al deseo de dar forma al modo de vida y al modo de consumo en función únicamente de la racionalidad económica, objetivada en la necesidad de rentabilizar cantidades crecientes de capital .
Algunos autores, entre ellos AZNAR o GORZ , plantean redistribuir un tiempo que la productividad ha liberado del trabajo, un tiempo social. Desde este punto de vista, toda política, sea cual sea la ideología que la sustenta, es falaz si no reconoce el hecho de que ya no puede haber pleno empleo para todos y de que el trabajo ya no es el punto de gravedad de la vida y ni siquiera la principal actividad del individuo.
Las soluciones pasan por una reducción del tiempo de trabajo por escalones plurianuales fijados de antemano. También se plantea la posibilidad de fijar una renta mínima garantizada (independiente del trabajo), renta que ya existía en Gran Bretaña en 1795 y que se fijaba en función del precio del pan. Sin embargo, para otros autores esta renta mínima no resuelve el problema de fondo, funcionaría como salario de marginalidad y de exclusión social.
Para MEDA, la propuesta de RIFKIN del tercer sector (asociativo, solidario, etc.) o la de la renta mínima conducirían, a medio o a largo plazo, a una dualización de la sociedad. En la que estas personas acogidas por el tercer sector o subvencionadas gozarían de menor protección, menores derechos y menor consideración. Se trataría más bien de impedir que por sí sola la actividad productiva invada todo el espacio y todo el tiempo individual y social y, por consiguiente, de conseguir una nueva articulación de los diferentes tiempos individuales y de éstos con los tiempos sociales .
Según BECK , Europa debería apostar por el trabajo cívico. A diferencia de otras posturas, propone que el modelo alternativo a la sociedad laboral no es la sociedad del tiempo libre, ni de las actividades plurales (trabajo doméstico, familiar o voluntario) sino la sociedad de la libertad política. Según esta idea, deberíamos financiar trabajo cívico en vez de paro. Un trabajo voluntario y autónomo, una especie de empresa del bien común (una síntesis entre la Madre Teresa y Bill Gates). No se remunera con dinero sino que se debe recompensar con derechos a pensiones de jubilación, políticas de créditos, etc. Deberíamos pasar de una sociedad laboral a una sociedad de actividades y trabajadores plurales, que impida las diferencias insalvables entre quienes tienen demasiado trabajo y quienes no tienen ninguno, puesto que estas formas de empleo precarias y variadas constituyen la categoría laboral que está registrando la tasa de crecimiento más elevado.
Si analizamos por ejemplo la situación de EE.UU. podemos ver que, según LUTTWAK : “la gente va al trabajo sin saber si le van a mantener el puesto. Esta situación vale para toda la clase media, incluidos los profesionales altamente cualificados. Carecen del colchón de las leyes laborales europeas y de los sueldos contractualmente garantizados en caso de despido”. En una encuesta realizada por The New York Times en 1994, dos de cada cinco trabajadores americanos expresaban su preocupación ante un despido, una reducción de jornada o una disminución de salarios. Además, se produce el “círculo del trabajo informal y precario”, que obliga a los afectados a trabajar más por menos; se compensa la pérdida de ingresos procedentes de trabajos precarios, con trabajos paralelos en el mercado negro, seudoautónomo, o a tiempo parcial, lo que a su vez provoca una mayor precarización.
El contrato temporal, a tiempo parcial y la subcontratación buscan conseguir menores exigencias en cuanto a salarios, tendencia que se acelerará en los próximos años . Esta “preocupante” realidad ya la justificaba SMITH en 1747: “podemos decir sin temor que una reducción de los salarios en las fábricas ... será una bendición y una ventaja para la nación y no hará un daño real a los pobres” .
La racionalidad económica no tiene espacio para el tiempo auténticamente libre. Exige el pleno empleo de los individuos empleados en virtud no de una necesidad objetiva sino de su lógica originaria; el salario debe ser fijado de manera que incite al obrero a hacer el esfuerzo máximo .
Sin embargo, las reivindicaciones salariales son las únicas que no hacen mella en la racionalidad del sistema económico. En cambio, las reivindicaciones referentes a la intensidad y duración del trabajo, su organización y naturaleza, son subversivas.
Como nos señala GORZ , la seguridad en el empleo tiene como reverso la precariedad y la inseguridad. A partir de los años 70 se ha producido, en todas las sociedades industrializadas, una dualización de la sociedad: una capa de trabajadores estables frente a una masa creciente de trabajadores precarios.
Según W. LECHTER, del Instituto de Investigación de los sindicatos alemanes, asistimos a una doble flexibilidad:
• Por un lado funcional, que afecta al núcleo estable de trabajadores.
• Por otro, numérica, que afecta a la mano de obra periférica y a la mano de obra externa.
Para este autor se tiende a la siguiente distribución numérica (núcleo estable 25%, mano de obra periférica 25%, mano de obra externa 50%). De ahí que el antagonismo de los intereses del trabajo y del capital esté recubierto por un antagonismo creciente entre los intereses del núcleo estable por una parte, y de los trabajadores periféricos y de los parados, por otra. Una de las consecuencias de este panorama es que los sindicatos llevan camino de llegar a ser una especie de compañía de seguros mutualista para la categoría relativamente reducida y privilegiada de los trabajadores estables.
La dualidad entre un núcleo duro fiel, altamente cualificado e integrado en la empresa, y una periferia inestable es hoy día un rasgo general, con diversos grados .
Hasta ahora, el empleo típico o normal (a tiempo completo e indefinido) era la única vía de acceso a un lugar digno en la sociedad. Este lugar central se cuestiona por el paro y el desarrollo de nuevas formas de empleo precario o a tiempo parcial.
El desempleo masivo y de larga duración ha conducido a considerar el reparto del tiempo de trabajo como un posible instrumento de lucha contra el paro. Sin embargo, la situación más frecuente es aquella en la que el tiempo parcial resulta más sufrido que escogido, afectando principalmente a las mujeres y sin conseguir una redistribución equilibrada de las responsabilidades familiares.
Por otro lado, el viejo modelo de jornada completa y empleo para toda la vida era y es netamente masculino y no se aviene a las pautas discontinuas de empleo femenino. Era una ficción interesada y sexista, dado que implicaba garantizar a todos los hombres de la “clase trabajadora” un puesto de trabajo remunerado a jornada completa. El trabajo de la mujer se pasaba por alto en su mayor parte, y la participación femenina en el mercado de trabajo se consideraba “secundaria” . El trabajo fue siempre la profesión de persona y media. Trabajo para el varón y el resto, casa, niños, etc. para la mujer.
La igualdad entre hombres y mujeres implica condiciones iguales en la elección individual entre tiempo de trabajo asalariado, no mercantil (trabajo familiar y formación personal; concebido como un momento normal en la carrera del trabajador y no como una ruptura en su biografía personal, atendiendo a los derechos de antigüedad, remuneración, jubilación, etc.) y tiempo de ocio .
El tiempo del trabajador no es únicamente el tiempo de prestación del trabajo; es también, y en primer lugar, el tiempo de la duración del contrato. De esta forma, se plantea la posibilidad de establecer derechos a permisos o ausencia, que permitan devolver al trabajador la libertad de su tiempo sin cuestionar la continuidad del vínculo contractual de subordinación. Se trataría de suspensiones del contrato por iniciativa del trabajador y cuya duración está asimilada a tiempo de trabajo (cuidado y educación de los hijos, actividades públicas o de interés general, representación colectiva, formación profesional, etc.) .
Sin embargo, en algunos casos, el tiempo disponible es vivido como una limitación debido a la falta de recursos monetarios, mientras que el tiempo de trabajo puede aparecer como liberador de la cotidianeidad (reduciendo el tiempo de trabajo podemos provocar un incremento de las desigualdades). Esto sólo podría cambiar si la valoración del tiempo disponible dejara de depender de los recursos monetarios. Es necesaria una política de equipamientos culturales que haga accesible a todos una valoración no mercantil del tiempo libre . Se trataría de reducir el lugar que ocupa el trabajo en la vida individual y social, al mismo tiempo que el reparto del trabajo entre el conjunto de la población activa, desarro-llando otras actividades privadas y públicas, igualmente necesarias, para la realización individual y la vida democrática .
También otros autores como HEGEL, HABERMAS o ARENDT, afirman que para hacer una sociedad no basta con producir, además, es preciso edificar instituciones políticas, espacios en que el vínculo social se teja de manera distinta a como lo hace en la yuxtaposición o en la cooperación mecánica del orden productivo.
Si el pleno empleo no puede ya ser asumido por la sociedad, deja entonces de ser un mecanismo adecuado, o justo, para la distribución de riqueza (desempleo, desigualdad social...). El pleno empleo, de plena dedicación, para toda la vida y bien pagado no es viable. Alguno de estos puntos tiene que ceder. Esta es la primera y la más crucial de las elecciones que la sociedad futura tiene que hacer .
El tiempo juega a la vez, como límite de la sujeción del trabajador y como criterio de medida del valor del intercambio de trabajo. Esto ha implicado la definición de una duración legal del trabajo y un modelo de vida laboral basado en la oposición entre tiempo de trabajo y tiempo libre, relegando al olvido el tiempo de trabajo no asalariado. La modificación de las reglas de organización del trabajo conlleva la erosión de la propia relación de trabajo .
Es preciso un “nuevo contrato social” entre trabajadores y empresarios; un reajuste entre economía y sociedad. Se trataría de reducir el tiempo de la economía y aumentar el tiempo en que la sociedad se produce a sí misma . Ya la Directiva 93/104 CE (Art. 13) establece el: “principio general de la adecuación del trabajo al hombre”.
Para sectores crecientes y emergentes de la población (especialmente los jóvenes) el trabajo ya no es la forma exclusiva de articulación social, ni el modelo de socialización e identificación personal que determina y subordina necesariamente a los demás (familia, educación, ocio personal, vida social, cultural, etc.).
En palabras de A. DE MIGUEL, “estamos en un tiempo caracterizado por la erosión de la ética del trabajo”. “La semana laboral se transforma en un mal necesario para poder vivir realmente”. Esto provocará que emergan reivindicaciones relativas a la duración y a la organización de la jornada laboral. Las encuestas confirman la individualización creciente de la organización del tiempo de trabajo, así como una importancia decreciente del tanto por ciento de trabajadores que tienen el mismo horario todos los días y el mismo número de días trabajados por semana .
Como ya mencionamos anteriormente, el lugar que ocupa el trabajo en nuestra organización social es un resultado, un hecho, no una característica estructural de las sociedades humanas. Dicho de otra forma, el trabajo es el medio fundamental de la interacción social y de la realización individual, pero lo es por casualidad, no por naturaleza; ha adquirido este carácter de manera reciente como consecuencia de las circunstancias inherentes a un determinado estado histórico del que quizá estemos saliendo o del que sin duda sería deseable que saliéramos .
En la perspectiva de esta evolución, la cesión de su tiempo deja de ser el objetivo principal de la obligación del trabajador, que, de obligación de medios, se transforma en obligación de resultados (horas variables, disponibilidad, determinación anual del tiempo de trabajo, etc.; que constituyen los signos más tangibles de un cambio que responde a la evolución de las técnicas, a la rentabilización del capital y a la demanda del cliente). Esta evolución contiene el germen de un desmantelamiento progresivo de todos los ritmos colectivos, que gobernaban la vida dentro y fuera de la empresa (descanso nocturno, descanso dominical, pausa de mediodía...) y del correspondiente descenso de las solidaridades (sindicales, familiares y de convivencia). Para salir de este dilema hay que considerar el tiempo, no ya exclusivamente como tiempo de trabajo, como medida del intercambio trabajo/salario, sino también como experiencia subjetiva, es decir, como tiempo de la vida del trabajador .
Ya no hay trabajo, trabajo con jornada completa, para toda la vida, para todo el mundo, siguiendo las formas que hemos conocido durante el periodo industrial desde 1850 hasta 1975. Hemos pasado de una sociedad de pleno empleo a una sociedad de empleo parcial . Un 30% de la fuerza laboral actual está formada por empleados a tiempo parcial o por cuenta propia. Una parte de este empleo corresponde a actividades de alto valor añadido, sin embargo, la mayoría forman parte de un ejército de reserva de semiparados con disponibilidad permanente. Esto ha provocado que la sociedad esté ya empezando a adaptarse a un nuevo estilo de trabajo.
Lo que está cambiando y constituye una transformación cultural sin precedentes es la concienciación de que el sentido último del trabajo (individual y colectivamente) es producir tiempo libre o liberar tiempo (para el desarrollo personal o la participación social). En esta misma línea, SUPIOT afirma que es necesaria una conciliación ente el trabajo y la vida personal y familiar. La búsqueda de nuevos equilibrios entre el tiempo de trabajo y los demás tiempos exigirá negociaciones más amplias y complejas.
¿Qué hacer con el tiempo de no trabajo? En el tiempo disponible pueden tejerse nuevas relaciones de cooperación, comunicación, intercambio. El tiempo de la vida ya no tiene que ser administrado en función del tiempo de trabajo; es el trabajo el que debe encontrar su puesto, subordinado, en un proyecto de vida. Esto constituye una idea opuesta al marxismo pues, en éste, primero se debe llevar a cabo una liberación en el trabajo, para luego poder liberarse de él.
El pleno empleo responde no sólo a un deseo de dominación por parte del empresario, sino también, y más profundamente, dentro de la lógica fordista, al deseo de dar forma al modo de vida y al modo de consumo en función únicamente de la racionalidad económica, objetivada en la necesidad de rentabilizar cantidades crecientes de capital .
Algunos autores, entre ellos AZNAR o GORZ , plantean redistribuir un tiempo que la productividad ha liberado del trabajo, un tiempo social. Desde este punto de vista, toda política, sea cual sea la ideología que la sustenta, es falaz si no reconoce el hecho de que ya no puede haber pleno empleo para todos y de que el trabajo ya no es el punto de gravedad de la vida y ni siquiera la principal actividad del individuo.
Las soluciones pasan por una reducción del tiempo de trabajo por escalones plurianuales fijados de antemano. También se plantea la posibilidad de fijar una renta mínima garantizada (independiente del trabajo), renta que ya existía en Gran Bretaña en 1795 y que se fijaba en función del precio del pan. Sin embargo, para otros autores esta renta mínima no resuelve el problema de fondo, funcionaría como salario de marginalidad y de exclusión social.
Para MEDA, la propuesta de RIFKIN del tercer sector (asociativo, solidario, etc.) o la de la renta mínima conducirían, a medio o a largo plazo, a una dualización de la sociedad. En la que estas personas acogidas por el tercer sector o subvencionadas gozarían de menor protección, menores derechos y menor consideración. Se trataría más bien de impedir que por sí sola la actividad productiva invada todo el espacio y todo el tiempo individual y social y, por consiguiente, de conseguir una nueva articulación de los diferentes tiempos individuales y de éstos con los tiempos sociales .
Según BECK , Europa debería apostar por el trabajo cívico. A diferencia de otras posturas, propone que el modelo alternativo a la sociedad laboral no es la sociedad del tiempo libre, ni de las actividades plurales (trabajo doméstico, familiar o voluntario) sino la sociedad de la libertad política. Según esta idea, deberíamos financiar trabajo cívico en vez de paro. Un trabajo voluntario y autónomo, una especie de empresa del bien común (una síntesis entre la Madre Teresa y Bill Gates). No se remunera con dinero sino que se debe recompensar con derechos a pensiones de jubilación, políticas de créditos, etc. Deberíamos pasar de una sociedad laboral a una sociedad de actividades y trabajadores plurales, que impida las diferencias insalvables entre quienes tienen demasiado trabajo y quienes no tienen ninguno, puesto que estas formas de empleo precarias y variadas constituyen la categoría laboral que está registrando la tasa de crecimiento más elevado.
Si analizamos por ejemplo la situación de EE.UU. podemos ver que, según LUTTWAK : “la gente va al trabajo sin saber si le van a mantener el puesto. Esta situación vale para toda la clase media, incluidos los profesionales altamente cualificados. Carecen del colchón de las leyes laborales europeas y de los sueldos contractualmente garantizados en caso de despido”. En una encuesta realizada por The New York Times en 1994, dos de cada cinco trabajadores americanos expresaban su preocupación ante un despido, una reducción de jornada o una disminución de salarios. Además, se produce el “círculo del trabajo informal y precario”, que obliga a los afectados a trabajar más por menos; se compensa la pérdida de ingresos procedentes de trabajos precarios, con trabajos paralelos en el mercado negro, seudoautónomo, o a tiempo parcial, lo que a su vez provoca una mayor precarización.
El contrato temporal, a tiempo parcial y la subcontratación buscan conseguir menores exigencias en cuanto a salarios, tendencia que se acelerará en los próximos años . Esta “preocupante” realidad ya la justificaba SMITH en 1747: “podemos decir sin temor que una reducción de los salarios en las fábricas ... será una bendición y una ventaja para la nación y no hará un daño real a los pobres” .
La racionalidad económica no tiene espacio para el tiempo auténticamente libre. Exige el pleno empleo de los individuos empleados en virtud no de una necesidad objetiva sino de su lógica originaria; el salario debe ser fijado de manera que incite al obrero a hacer el esfuerzo máximo .
Sin embargo, las reivindicaciones salariales son las únicas que no hacen mella en la racionalidad del sistema económico. En cambio, las reivindicaciones referentes a la intensidad y duración del trabajo, su organización y naturaleza, son subversivas.
Como nos señala GORZ , la seguridad en el empleo tiene como reverso la precariedad y la inseguridad. A partir de los años 70 se ha producido, en todas las sociedades industrializadas, una dualización de la sociedad: una capa de trabajadores estables frente a una masa creciente de trabajadores precarios.
Según W. LECHTER, del Instituto de Investigación de los sindicatos alemanes, asistimos a una doble flexibilidad:
• Por un lado funcional, que afecta al núcleo estable de trabajadores.
• Por otro, numérica, que afecta a la mano de obra periférica y a la mano de obra externa.
Para este autor se tiende a la siguiente distribución numérica (núcleo estable 25%, mano de obra periférica 25%, mano de obra externa 50%). De ahí que el antagonismo de los intereses del trabajo y del capital esté recubierto por un antagonismo creciente entre los intereses del núcleo estable por una parte, y de los trabajadores periféricos y de los parados, por otra. Una de las consecuencias de este panorama es que los sindicatos llevan camino de llegar a ser una especie de compañía de seguros mutualista para la categoría relativamente reducida y privilegiada de los trabajadores estables.
La dualidad entre un núcleo duro fiel, altamente cualificado e integrado en la empresa, y una periferia inestable es hoy día un rasgo general, con diversos grados .
Hasta ahora, el empleo típico o normal (a tiempo completo e indefinido) era la única vía de acceso a un lugar digno en la sociedad. Este lugar central se cuestiona por el paro y el desarrollo de nuevas formas de empleo precario o a tiempo parcial.
El desempleo masivo y de larga duración ha conducido a considerar el reparto del tiempo de trabajo como un posible instrumento de lucha contra el paro. Sin embargo, la situación más frecuente es aquella en la que el tiempo parcial resulta más sufrido que escogido, afectando principalmente a las mujeres y sin conseguir una redistribución equilibrada de las responsabilidades familiares.
Por otro lado, el viejo modelo de jornada completa y empleo para toda la vida era y es netamente masculino y no se aviene a las pautas discontinuas de empleo femenino. Era una ficción interesada y sexista, dado que implicaba garantizar a todos los hombres de la “clase trabajadora” un puesto de trabajo remunerado a jornada completa. El trabajo de la mujer se pasaba por alto en su mayor parte, y la participación femenina en el mercado de trabajo se consideraba “secundaria” . El trabajo fue siempre la profesión de persona y media. Trabajo para el varón y el resto, casa, niños, etc. para la mujer.
La igualdad entre hombres y mujeres implica condiciones iguales en la elección individual entre tiempo de trabajo asalariado, no mercantil (trabajo familiar y formación personal; concebido como un momento normal en la carrera del trabajador y no como una ruptura en su biografía personal, atendiendo a los derechos de antigüedad, remuneración, jubilación, etc.) y tiempo de ocio .
El tiempo del trabajador no es únicamente el tiempo de prestación del trabajo; es también, y en primer lugar, el tiempo de la duración del contrato. De esta forma, se plantea la posibilidad de establecer derechos a permisos o ausencia, que permitan devolver al trabajador la libertad de su tiempo sin cuestionar la continuidad del vínculo contractual de subordinación. Se trataría de suspensiones del contrato por iniciativa del trabajador y cuya duración está asimilada a tiempo de trabajo (cuidado y educación de los hijos, actividades públicas o de interés general, representación colectiva, formación profesional, etc.) .
Sin embargo, en algunos casos, el tiempo disponible es vivido como una limitación debido a la falta de recursos monetarios, mientras que el tiempo de trabajo puede aparecer como liberador de la cotidianeidad (reduciendo el tiempo de trabajo podemos provocar un incremento de las desigualdades). Esto sólo podría cambiar si la valoración del tiempo disponible dejara de depender de los recursos monetarios. Es necesaria una política de equipamientos culturales que haga accesible a todos una valoración no mercantil del tiempo libre . Se trataría de reducir el lugar que ocupa el trabajo en la vida individual y social, al mismo tiempo que el reparto del trabajo entre el conjunto de la población activa, desarro-llando otras actividades privadas y públicas, igualmente necesarias, para la realización individual y la vida democrática .
También otros autores como HEGEL, HABERMAS o ARENDT, afirman que para hacer una sociedad no basta con producir, además, es preciso edificar instituciones políticas, espacios en que el vínculo social se teja de manera distinta a como lo hace en la yuxtaposición o en la cooperación mecánica del orden productivo.
Si el pleno empleo no puede ya ser asumido por la sociedad, deja entonces de ser un mecanismo adecuado, o justo, para la distribución de riqueza (desempleo, desigualdad social...). El pleno empleo, de plena dedicación, para toda la vida y bien pagado no es viable. Alguno de estos puntos tiene que ceder. Esta es la primera y la más crucial de las elecciones que la sociedad futura tiene que hacer .
Cambios en el Concepto, Organización y Tiempo de Trabajo (IV)
La aparición y desarrollo de nuevas formas de organización del trabajo es un proceso complejo, en el que intervienen una variedad de factores íntimamente imbricados entre sí. Factores, entre los que hay que tener en cuenta la competitividad de los mercados, las transformaciones en los productos y servicios, la utilización de nuevas tecnologías, el nivel de cualificación y competencia profesional de la fuerza de trabajo, el modelo de relaciones industriales dominante, etc.
El fordismo se basaba en condiciones técnico-económicas de producción (producción en serie) cuya viabilidad se veía asegurada por las dimensiones de los mercados y la composición de la demanda. En este sentido, el productor fordista como productor en masa se organizaba para producir en grandes volúmenes un único bien poco diferenciado. De este binomio, producción en serie/consumo de masa, se desprendía una organización correspondiente del trabajo (y por tanto de la relación salarial) basada en la doble jerarquización taylorista: horizontal (parcelización de tareas) y vertical (entre concepción y ejecución).
El Taylorismo, como sistema de organización del trabajo, se apoya en tres principios fundamentales:
• La separación entre el trabajo manual y el intelectual. Se pretende su separación en aras a la productividad. Se retiran del control de los trabajadores los procesos de planificación y organización, que ahora son dirigidos por técnicos y profesionales.
• Organización del trabajo en torno a la idea fundamental de “tarea”. El trabajo de cada operario ha de estar fijado de antemano con instrucciones precisas sobre el contenido de la tarea, el modo de realizarla y los medios de que dispone para ello.
- Fragmentación del trabajo en el máximo número de tareas simples y fáciles, a realizar en cortos espacios de tiempo.
- Separación de las tareas indirectas (preparación de materiales, mantenimiento de las máquinas, etc.) de las directas (trabajo de producción propiamente dicho).
- Reducción de las cualificaciones exigidas para cualquier tarea y, consiguientemente, del tiempo de aprendizaje necesario para ello.
• Control directo y externo, tanto sobre los trabajadores como sobre los resultados de su trabajo. Vigilancia y supervisión extremas en el desarrollo del trabajo.
Las consecuencias de este sistema de organización del trabajo fueron bastante negativas para los trabajadores: realizaban tareas fragmentarias, simples y repetitivas, trabajo poco cualificado, supervisión y control excesivos, ausencia de toda autonomía y responsabilidad en el desempeño del trabajo, desaprovechamiento de sus capacidades de iniciativa, etc.
La pretendida función social del fordismo, sin precedentes en la historia de las relaciones laborales, era la de extender y corregir las formas de explotación precedentes en un movimiento general de racionalización . Sin embargo, la imagen de las nuevas fábricas no era muy distinta de la que ofrecía Tiempos Modernos.
Para GORZ , la organización científica del trabajo despoja al trabajo y a los trabajadores de toda calidad humana. El taylorismo, supuso un esfuerzo constante por separar el trabajo, en tanto que categoría económica cuantificable, de la persona del trabajador. Pero, como señala M. WEBER , “en todo proceso de racionalización quien no asciende, desciende”.
Otros autores van todavía más allá, afirmando que la fábrica fordista nació no tanto para asegurar la producción como para garantizar el control de la mano de obra sin la cual carecía de sentido todo el edificio industrial. La nueva fase de acumulación de capital, que se alumbró con las nuevas técnicas de producción en masa y de gestión de la fuerza de trabajo, no consiguió por tanto salvar la oposición entre capital y trabajo.
Surgió una nueva lógica social: la justificación de la explotación laboral por medio de su compensación en el acceso al consumo . El trabajo para el consumo expresa esta alienación radical de la vida en la que el tiempo de no trabajo sólo tiene sentido en y por lo que propor-ciona el trabajo (el salario destinado al consumo). Se llegó a un punto en el que el “burgués” y el “obrero” habían dejado de ser extraños el uno para el otro, compartían los mismos deseos, era simplemente un problema de redistribución (Estado del Bienestar).
Como señalan MARX y ENGELS, la división del trabajo es un cómodo y útil medio, un hábil empleo de las fuerzas humanas para el desarrollo de la sociedad, pero disminuye la capacidad de cada hombre individualmente considerado” . En este misma línea BECK señala que, en el capitalismo el trabajador renuncia a la retórica de la lucha de clases y recibe, en contrapartida, la promesa (estatalmente sancionada) de un nivel de vida cada vez más alto (deal fordístico) y de una seguridad social cada vez mayor. A cambio, deja su identidad política como ciudadano en el vestuario del lugar de trabajo.
Sin embargo, y ya desde sus inicios, el taylorismo (o la organización científica del trabajo) encontró resistencias por parte de los trabajadores. Pero es sobre los años 60 cuando estas resistencias se hacen sentir de manera particular en ciertos sectores de trabajadores en las sociedades más desarrolladas. Resistencias debidas al mayor nivel de educación de los jóvenes, a la mejora del estándar de vida y un mercado laboral más favorable a los trabajadores, favoreciendo un clima de insatisfacción con las condiciones laborales y la organización del trabajo propias del taylorismo .
El panorama cambió en las décadas de los 70 y 80 debido a la transformación de los mercados y al desarrollo de nuevas tecnologías.
• Con la crisis, los mercados se hacen más competitivos, inestables y heterogéneos. Las empresas se replantean su estrategia de producción. Es preciso competir no sólo en base a precios, sino a calidad. Han de ajustarse a las exigencias que marcan los clientes. Las estrategias a seguir deben ser más flexibles y apoyarse en la cualificación de los trabajadores.
• Las nuevas tecnologías permiten obtener una gran variedad de productos y servicios, de mayor calidad y con mayor capacidad para responder a las exigencias específicas de los diferentes sectores de clientes.
Al comienzo de los años setenta, la organización jerárquica y rígida típica del taylorismo y del fordismo se había convertido en un obstáculo para la competitividad, que pedía más capacidad de reacción para asegurar la satisfacción del cliente. Pero esa rigidez era necesaria para mantener el control sobre los trabajadores fuertemente organizados, en una época en la que el paro no daba ningún miedo. El hallazgo del modelo neo-liberal consiste en haber liberado la organización del trabajo profundizando en la dominación de los trabajadores .
En los años ochenta, bajo la influencia sobre todo del modelo japonés, se desarrollan las reorganizaciones “centrífugas”: círculos de calidad, equipos autónomos, grupos de proyecto, etc.
La ideología del “recurso humano” prepara la instrumentalización -o, como dice HABERMAS , la colonización- por la racionalidad económica de las aspiraciones no económicas: la empresa de nuevo tipo se esforzará por tomarlas en consideración, porque son factores de productividad y de competitividad. La imagen de la empresa convertida en lugar de realización personal de sus trabajadores es una creación ideológica que sirve de pantalla a la percepción de las transformaciones reales: sustitución de trabajadores por máquinas, aumento de productividad con disminución de fuerza laboral, trabajadores bien remunerados a costa de paro, precariedad, descualificación e inseguridad.
El modelo fordista de relaciones laborales dejará de ser el marco único de inspiración o referencia del patrón normativo para coexistir con otras formas de organización del trabajo de la sociedad postindustrial.
El llamado postfordismo parece inaugurar una nueva estrategia de relaciones sociales. Si la era de producción en masa se fundó en la rígida separación de funciones y en la estricta jerarquización de la cadena de mando, los centros de la nueva organización del trabajo se nos presentan como la realización capitalista de la autogestión de la producción.
Pero el postfordismo nos recuerda el paternalismo del s. XIX, regresando a una estrategia de sometimiento de la fuerza de trabajo, que recrea en el medio laboral las condiciones de una neocomunidad, en la que se dan de forma falsificada todos los lazos afectivos de una pequeña aldea al servicio de un fin productivo.
Siguiendo a GORZ , la formulación del nuevo régimen laboral como, capitalismo autogestionado, se ajusta mejor a las nuevas condiciones de lo que en principio se pudiese imaginar: ausencia de control obrero por la interiorización absoluta del control, autonomía e iniciativa laboral por la identificación total con los fines de la empresa, continuidad entre trabajo y vida reunidas en el ciclo producción/consumo. Ya no es necesaria la mirada patronal, la racionalidad económica ha penetrado los deseos del trabajador.
El postfordismo es ante todo un nuevo método de organización y gestión del trabajo que añadido a una serie de innovaciones tecnológicas (automatización, informatización de la producción...) constituye lo que se ha bautizado como producción flexible. Se trata de producir pequeños volúmenes de mercancías (que pueden ser renovadas en su forma o función en cualquier momento), a gran velocidad y con un coste mínimo. El marketing y la publicidad se adelantan a la producción: primero se concibe la imagen y luego se fabrica el producto. Se crea una nueva necesidad y luego el producto que la satisface.
La supuesta liberación en y del trabajo se inicia curiosamente tras la derrota definitiva del movimiento obrero. Los años ochenta han mostrado que el compromiso fordista no era más que un armisticio provisional: los patrones se sirvieron de la recesión y del paro para debilitar y eliminar a los sindicatos allí donde pudieron. Como señala SUPIOT , los sindicatos actuales están en la retaguardia industrial en una sociedad postindustrial.
El régimen de crecimiento neoliberal define una nueva configuración de poderes en la empresa y la sociedad, una nueva división social del trabajo: los mercados financieros mundializados, el poder de los accionistas, la organización en red y la descentralización de la organización del trabajo, la autonomía controlada, la cooperación forzada. Para algunos autores, entre ellos BECK , la utopía neoliberal de la libertad de mercado es una especie de marxismo sin Marx; o como señala JOSPIN: “economía de mercado, sí; sociedad de mercado, no”. En esta mima línea, para GORZ : “la utopía del libre mercado no es la solución, sino la verdadera fuente del problema”.
La empresa pionera en la innovación de las nuevas formas de trabajo (Toyota) fue la primera también que derivó buena parte de su producción a empresas subcontratistas en donde las condiciones de trabajo se deterioraban debido a la competitividad y desregulación impuesta por la empresa matriz.
Asistimos a nuevas formas de trabajar, nuevas tecnologías y por supuesto, actitudes inéditas ante el trabajo. Sin embargo, seguimos encerrados en unas formas y modos de organización del trabajo que fueron diseñadas para otra época.
En la actualidad, el trabajo se desintegra en su ejecución, se fragmenta en su organización. El trabajo pierde su identidad colectiva, se individualiza cada vez más (alejándose progresivamente de las regulaciones colectivas de la organización fordista). Se difuminan las diferencias entre: trabajo y capital, empresa y mercado, trabajador por cuenta propia y empleado, trabajo doméstico y profesional, trabajo autónomo y trabajo dependiente. El trabajo regular se está “fragmen-tando” contractual y temporalmente.
La autonomía es, por una astucia de la historia, la última solución al eterno problema del control capitalista del trabajo . En este punto sería preciso, siguiendo el hilo argumental del estudio, introducirnos en el debate sobre el trabajo autónomo y el derecho del trabajo, la validez del criterio de subordinación, etc., sin embargo este punto, aunque importante, se escapa por su amplitud de nuestro propósito .
El fordismo se basaba en condiciones técnico-económicas de producción (producción en serie) cuya viabilidad se veía asegurada por las dimensiones de los mercados y la composición de la demanda. En este sentido, el productor fordista como productor en masa se organizaba para producir en grandes volúmenes un único bien poco diferenciado. De este binomio, producción en serie/consumo de masa, se desprendía una organización correspondiente del trabajo (y por tanto de la relación salarial) basada en la doble jerarquización taylorista: horizontal (parcelización de tareas) y vertical (entre concepción y ejecución).
El Taylorismo, como sistema de organización del trabajo, se apoya en tres principios fundamentales:
• La separación entre el trabajo manual y el intelectual. Se pretende su separación en aras a la productividad. Se retiran del control de los trabajadores los procesos de planificación y organización, que ahora son dirigidos por técnicos y profesionales.
• Organización del trabajo en torno a la idea fundamental de “tarea”. El trabajo de cada operario ha de estar fijado de antemano con instrucciones precisas sobre el contenido de la tarea, el modo de realizarla y los medios de que dispone para ello.
- Fragmentación del trabajo en el máximo número de tareas simples y fáciles, a realizar en cortos espacios de tiempo.
- Separación de las tareas indirectas (preparación de materiales, mantenimiento de las máquinas, etc.) de las directas (trabajo de producción propiamente dicho).
- Reducción de las cualificaciones exigidas para cualquier tarea y, consiguientemente, del tiempo de aprendizaje necesario para ello.
• Control directo y externo, tanto sobre los trabajadores como sobre los resultados de su trabajo. Vigilancia y supervisión extremas en el desarrollo del trabajo.
Las consecuencias de este sistema de organización del trabajo fueron bastante negativas para los trabajadores: realizaban tareas fragmentarias, simples y repetitivas, trabajo poco cualificado, supervisión y control excesivos, ausencia de toda autonomía y responsabilidad en el desempeño del trabajo, desaprovechamiento de sus capacidades de iniciativa, etc.
La pretendida función social del fordismo, sin precedentes en la historia de las relaciones laborales, era la de extender y corregir las formas de explotación precedentes en un movimiento general de racionalización . Sin embargo, la imagen de las nuevas fábricas no era muy distinta de la que ofrecía Tiempos Modernos.
Para GORZ , la organización científica del trabajo despoja al trabajo y a los trabajadores de toda calidad humana. El taylorismo, supuso un esfuerzo constante por separar el trabajo, en tanto que categoría económica cuantificable, de la persona del trabajador. Pero, como señala M. WEBER , “en todo proceso de racionalización quien no asciende, desciende”.
Otros autores van todavía más allá, afirmando que la fábrica fordista nació no tanto para asegurar la producción como para garantizar el control de la mano de obra sin la cual carecía de sentido todo el edificio industrial. La nueva fase de acumulación de capital, que se alumbró con las nuevas técnicas de producción en masa y de gestión de la fuerza de trabajo, no consiguió por tanto salvar la oposición entre capital y trabajo.
Surgió una nueva lógica social: la justificación de la explotación laboral por medio de su compensación en el acceso al consumo . El trabajo para el consumo expresa esta alienación radical de la vida en la que el tiempo de no trabajo sólo tiene sentido en y por lo que propor-ciona el trabajo (el salario destinado al consumo). Se llegó a un punto en el que el “burgués” y el “obrero” habían dejado de ser extraños el uno para el otro, compartían los mismos deseos, era simplemente un problema de redistribución (Estado del Bienestar).
Como señalan MARX y ENGELS, la división del trabajo es un cómodo y útil medio, un hábil empleo de las fuerzas humanas para el desarrollo de la sociedad, pero disminuye la capacidad de cada hombre individualmente considerado” . En este misma línea BECK señala que, en el capitalismo el trabajador renuncia a la retórica de la lucha de clases y recibe, en contrapartida, la promesa (estatalmente sancionada) de un nivel de vida cada vez más alto (deal fordístico) y de una seguridad social cada vez mayor. A cambio, deja su identidad política como ciudadano en el vestuario del lugar de trabajo.
Sin embargo, y ya desde sus inicios, el taylorismo (o la organización científica del trabajo) encontró resistencias por parte de los trabajadores. Pero es sobre los años 60 cuando estas resistencias se hacen sentir de manera particular en ciertos sectores de trabajadores en las sociedades más desarrolladas. Resistencias debidas al mayor nivel de educación de los jóvenes, a la mejora del estándar de vida y un mercado laboral más favorable a los trabajadores, favoreciendo un clima de insatisfacción con las condiciones laborales y la organización del trabajo propias del taylorismo .
El panorama cambió en las décadas de los 70 y 80 debido a la transformación de los mercados y al desarrollo de nuevas tecnologías.
• Con la crisis, los mercados se hacen más competitivos, inestables y heterogéneos. Las empresas se replantean su estrategia de producción. Es preciso competir no sólo en base a precios, sino a calidad. Han de ajustarse a las exigencias que marcan los clientes. Las estrategias a seguir deben ser más flexibles y apoyarse en la cualificación de los trabajadores.
• Las nuevas tecnologías permiten obtener una gran variedad de productos y servicios, de mayor calidad y con mayor capacidad para responder a las exigencias específicas de los diferentes sectores de clientes.
Al comienzo de los años setenta, la organización jerárquica y rígida típica del taylorismo y del fordismo se había convertido en un obstáculo para la competitividad, que pedía más capacidad de reacción para asegurar la satisfacción del cliente. Pero esa rigidez era necesaria para mantener el control sobre los trabajadores fuertemente organizados, en una época en la que el paro no daba ningún miedo. El hallazgo del modelo neo-liberal consiste en haber liberado la organización del trabajo profundizando en la dominación de los trabajadores .
En los años ochenta, bajo la influencia sobre todo del modelo japonés, se desarrollan las reorganizaciones “centrífugas”: círculos de calidad, equipos autónomos, grupos de proyecto, etc.
La ideología del “recurso humano” prepara la instrumentalización -o, como dice HABERMAS , la colonización- por la racionalidad económica de las aspiraciones no económicas: la empresa de nuevo tipo se esforzará por tomarlas en consideración, porque son factores de productividad y de competitividad. La imagen de la empresa convertida en lugar de realización personal de sus trabajadores es una creación ideológica que sirve de pantalla a la percepción de las transformaciones reales: sustitución de trabajadores por máquinas, aumento de productividad con disminución de fuerza laboral, trabajadores bien remunerados a costa de paro, precariedad, descualificación e inseguridad.
El modelo fordista de relaciones laborales dejará de ser el marco único de inspiración o referencia del patrón normativo para coexistir con otras formas de organización del trabajo de la sociedad postindustrial.
El llamado postfordismo parece inaugurar una nueva estrategia de relaciones sociales. Si la era de producción en masa se fundó en la rígida separación de funciones y en la estricta jerarquización de la cadena de mando, los centros de la nueva organización del trabajo se nos presentan como la realización capitalista de la autogestión de la producción.
Pero el postfordismo nos recuerda el paternalismo del s. XIX, regresando a una estrategia de sometimiento de la fuerza de trabajo, que recrea en el medio laboral las condiciones de una neocomunidad, en la que se dan de forma falsificada todos los lazos afectivos de una pequeña aldea al servicio de un fin productivo.
Siguiendo a GORZ , la formulación del nuevo régimen laboral como, capitalismo autogestionado, se ajusta mejor a las nuevas condiciones de lo que en principio se pudiese imaginar: ausencia de control obrero por la interiorización absoluta del control, autonomía e iniciativa laboral por la identificación total con los fines de la empresa, continuidad entre trabajo y vida reunidas en el ciclo producción/consumo. Ya no es necesaria la mirada patronal, la racionalidad económica ha penetrado los deseos del trabajador.
El postfordismo es ante todo un nuevo método de organización y gestión del trabajo que añadido a una serie de innovaciones tecnológicas (automatización, informatización de la producción...) constituye lo que se ha bautizado como producción flexible. Se trata de producir pequeños volúmenes de mercancías (que pueden ser renovadas en su forma o función en cualquier momento), a gran velocidad y con un coste mínimo. El marketing y la publicidad se adelantan a la producción: primero se concibe la imagen y luego se fabrica el producto. Se crea una nueva necesidad y luego el producto que la satisface.
La supuesta liberación en y del trabajo se inicia curiosamente tras la derrota definitiva del movimiento obrero. Los años ochenta han mostrado que el compromiso fordista no era más que un armisticio provisional: los patrones se sirvieron de la recesión y del paro para debilitar y eliminar a los sindicatos allí donde pudieron. Como señala SUPIOT , los sindicatos actuales están en la retaguardia industrial en una sociedad postindustrial.
El régimen de crecimiento neoliberal define una nueva configuración de poderes en la empresa y la sociedad, una nueva división social del trabajo: los mercados financieros mundializados, el poder de los accionistas, la organización en red y la descentralización de la organización del trabajo, la autonomía controlada, la cooperación forzada. Para algunos autores, entre ellos BECK , la utopía neoliberal de la libertad de mercado es una especie de marxismo sin Marx; o como señala JOSPIN: “economía de mercado, sí; sociedad de mercado, no”. En esta mima línea, para GORZ : “la utopía del libre mercado no es la solución, sino la verdadera fuente del problema”.
La empresa pionera en la innovación de las nuevas formas de trabajo (Toyota) fue la primera también que derivó buena parte de su producción a empresas subcontratistas en donde las condiciones de trabajo se deterioraban debido a la competitividad y desregulación impuesta por la empresa matriz.
Asistimos a nuevas formas de trabajar, nuevas tecnologías y por supuesto, actitudes inéditas ante el trabajo. Sin embargo, seguimos encerrados en unas formas y modos de organización del trabajo que fueron diseñadas para otra época.
En la actualidad, el trabajo se desintegra en su ejecución, se fragmenta en su organización. El trabajo pierde su identidad colectiva, se individualiza cada vez más (alejándose progresivamente de las regulaciones colectivas de la organización fordista). Se difuminan las diferencias entre: trabajo y capital, empresa y mercado, trabajador por cuenta propia y empleado, trabajo doméstico y profesional, trabajo autónomo y trabajo dependiente. El trabajo regular se está “fragmen-tando” contractual y temporalmente.
La autonomía es, por una astucia de la historia, la última solución al eterno problema del control capitalista del trabajo . En este punto sería preciso, siguiendo el hilo argumental del estudio, introducirnos en el debate sobre el trabajo autónomo y el derecho del trabajo, la validez del criterio de subordinación, etc., sin embargo este punto, aunque importante, se escapa por su amplitud de nuestro propósito .
Cambios en el Concepto, Organización y Tiempo de Trabajo (III)
Para muchos autores el trabajo toca a su fin. DRUCKER vaticina la desaparición del trabajo como factor clave de la producción, convirtiéndose en “el proceso inacabado de la sociedad capitalista”. DAHRENDORF ya se preguntaba en 1982 ¿hacia dónde nos conduce la abolición del trabajo?. Asimismo, HABERMAS, en 1985, anunciaba el fin, histórica-mente previsible, de la sociedad fundada sobre el trabajo.
La introducción de nuevas tecnologías, con sus ganancias implícitas en productividad, como señalan RIFKIN o AZNAR, es la responsable del fin del trabajo. Desde esta perspectiva se afirma que produciremos riquezas sin trabajo o casi sin trabajo. Si la era industrial acabó con la esclavitud, la era de la información acabará con el empleo masivo.
En la actualidad, la economía global puede producir una mayor cantidad de bienes y servicios empleando un tanto por ciento significativamente menor de masa laboral . Un reciente estudio europeo pronostica que en los próximos 30 años tan sólo un 2% de la actual fuerza laboral será necesaria para producir todos los bienes necesarios para satisfacer la demanda total.
Parece pues que, pese a la opinión de muchos expertos, la tecnología no es la solución. COOLEY , en su libro Arquitecto o Abeja, señala hasta qué punto puede ser descualificadora la nueva tecnología, a pesar de todo su potencial óptimo, si se la considera como una máquina con un hombre a su servicio, en lugar de como una herramienta al servicio del hombre. En este sentido, los americanos tienen una frase, “hi-tech needs hi-touch” (la alta tecnología requiere mucho tacto).
Sin embargo, otras posturas señalan que la hipótesis del fin del trabajo no tiene en cuenta uno de los principios del capitalismo avanzado, el supuesto funcional de la expansión ilimitada de los mercados. Desde este punto de vista, el capitalismo nunca se enfrentará, salvo en momentos de crisis, con la posibilidad del fin del trabajo, es demasiado flexible, encontrará la forma de hacernos cabalgar con nuevas necesidades a medida que aumenta la productividad (y el desempleo) en los sectores que satisfacían las viejas.
Del sector industrial y de servicios se está pasando a la sociedad del saber y de la información . Este paso cambiará radicalmente no sólo el mundo laboral, sino también el propio concepto de trabajo (Bell, Drucker, Castells, Lash, Urry). El saber, que no el trabajo, se convierte en la principal fuente de riqueza social. Pero, contrariamente a los trabajadores del sistema capitalista, a ellos les pertenecen tanto los “medios como las herramientas de producción” . Además, allí donde el ingrediente básico no es el esfuerzo físico, sino el conocimiento, la ecuación entre el coste y el precio se desmorona, pues no sabemos como se evalúa el conocimiento.
Aunque, probablemente sea utópico pensar que en el futuro no habrá trabajo —tal y como lo hemos conocido durante los siglos XIX y XX—, que sólo existirán trabajadores del conocimiento que, de esta forma, se liberarán del poder del empresario, parece que este panorama puede ser algo más que una tendencia y, por tanto, nos debe invitar a reflexionar sobre ello .
En la actualidad, cuando el peso relativo de la clase trabajadora ha disminuido de forma significativa, los trabajadores relacionados con el conocimiento y la información se han convertido en la parte más importante de la ecuación económica . En la década de los noventa, ocho de cada diez nuevos empleos en las economías desarrolladas implicaban trabajo de conocimiento o procesamiento de la información. Además, aproximadamente 55 millones de personas en el mundo trabajan con el ordenador fuera de sus centros de trabajo. Esta situación nos puede conducir a una selección de los altamente cualificados (una especie de darwinismo tecnológico-educativo).
Para algunos autores, entre ellos DRUCKER , asistimos al conflicto de clases entre los dos grupos dominantes en la sociedad poscapitalista: los trabajadores del conocimiento y de la información, y los trabajadores de servicios.
Desde mi punto de vista, la clave está en saber cómo van a quedar distribuidas las ganancias en productividad durante la era de la información, cuando el trabajo deje de ser el mecanismo normal de distribución; eso nos conducirá a revisar los derechos ligados a él. Para ciertos autores, llegados a este punto, las alternativas pasan por una reducción de la jornada o la creación de una economía social (que genere empleos para los que se han quedado fuera del mercado de trabajo), ambos aspectos serán analizados más adelante.
Por tanto, debemos volver la espalda a la sociedad laboral convencional para redefinir el “trabajo” y el “empleo”, y abrir nuevos caminos para un reordenamiento no sólo de las organización social y empresarial del trabajo, sino también de la sociedad, puesto que la introducción de tecnología deja al ser humano sin autodefinición válida o función social.
El trabajo constituye desde hace dos siglos, como hemos visto, la relación social fundamental, en torno a la cual se articula el llamado contrato social. Sin embargo, como señala H. ARENDT, la característica más perturbadora de la sociedad actual es sin duda la reaparición de los “trabajadores sin trabajo”.
Hoy vemos claramente que el trabajo no puede cumplir todas las funciones que le hemos querido encomendar desde hace poco tiempo. Si el trabajo no es la única manera de realizarse que tiene el individuo, si no es el modo esencial con arreglo al cual se puede establecer el vínculo social, quizá sea absurdo querer dar a todas las actividades la forma del trabajo (que es una de las posturas actuales más comunes, léase GORZ por ejemplo), so pretexto de que es menester salvar el vínculo social. Lo veremos enseguida.
Próximo artículo:
La metamorfosis del trabajo: la superación del modelo taylorista/fordista
La introducción de nuevas tecnologías, con sus ganancias implícitas en productividad, como señalan RIFKIN o AZNAR, es la responsable del fin del trabajo. Desde esta perspectiva se afirma que produciremos riquezas sin trabajo o casi sin trabajo. Si la era industrial acabó con la esclavitud, la era de la información acabará con el empleo masivo.
En la actualidad, la economía global puede producir una mayor cantidad de bienes y servicios empleando un tanto por ciento significativamente menor de masa laboral . Un reciente estudio europeo pronostica que en los próximos 30 años tan sólo un 2% de la actual fuerza laboral será necesaria para producir todos los bienes necesarios para satisfacer la demanda total.
Parece pues que, pese a la opinión de muchos expertos, la tecnología no es la solución. COOLEY , en su libro Arquitecto o Abeja, señala hasta qué punto puede ser descualificadora la nueva tecnología, a pesar de todo su potencial óptimo, si se la considera como una máquina con un hombre a su servicio, en lugar de como una herramienta al servicio del hombre. En este sentido, los americanos tienen una frase, “hi-tech needs hi-touch” (la alta tecnología requiere mucho tacto).
Sin embargo, otras posturas señalan que la hipótesis del fin del trabajo no tiene en cuenta uno de los principios del capitalismo avanzado, el supuesto funcional de la expansión ilimitada de los mercados. Desde este punto de vista, el capitalismo nunca se enfrentará, salvo en momentos de crisis, con la posibilidad del fin del trabajo, es demasiado flexible, encontrará la forma de hacernos cabalgar con nuevas necesidades a medida que aumenta la productividad (y el desempleo) en los sectores que satisfacían las viejas.
Del sector industrial y de servicios se está pasando a la sociedad del saber y de la información . Este paso cambiará radicalmente no sólo el mundo laboral, sino también el propio concepto de trabajo (Bell, Drucker, Castells, Lash, Urry). El saber, que no el trabajo, se convierte en la principal fuente de riqueza social. Pero, contrariamente a los trabajadores del sistema capitalista, a ellos les pertenecen tanto los “medios como las herramientas de producción” . Además, allí donde el ingrediente básico no es el esfuerzo físico, sino el conocimiento, la ecuación entre el coste y el precio se desmorona, pues no sabemos como se evalúa el conocimiento.
Aunque, probablemente sea utópico pensar que en el futuro no habrá trabajo —tal y como lo hemos conocido durante los siglos XIX y XX—, que sólo existirán trabajadores del conocimiento que, de esta forma, se liberarán del poder del empresario, parece que este panorama puede ser algo más que una tendencia y, por tanto, nos debe invitar a reflexionar sobre ello .
En la actualidad, cuando el peso relativo de la clase trabajadora ha disminuido de forma significativa, los trabajadores relacionados con el conocimiento y la información se han convertido en la parte más importante de la ecuación económica . En la década de los noventa, ocho de cada diez nuevos empleos en las economías desarrolladas implicaban trabajo de conocimiento o procesamiento de la información. Además, aproximadamente 55 millones de personas en el mundo trabajan con el ordenador fuera de sus centros de trabajo. Esta situación nos puede conducir a una selección de los altamente cualificados (una especie de darwinismo tecnológico-educativo).
Para algunos autores, entre ellos DRUCKER , asistimos al conflicto de clases entre los dos grupos dominantes en la sociedad poscapitalista: los trabajadores del conocimiento y de la información, y los trabajadores de servicios.
Desde mi punto de vista, la clave está en saber cómo van a quedar distribuidas las ganancias en productividad durante la era de la información, cuando el trabajo deje de ser el mecanismo normal de distribución; eso nos conducirá a revisar los derechos ligados a él. Para ciertos autores, llegados a este punto, las alternativas pasan por una reducción de la jornada o la creación de una economía social (que genere empleos para los que se han quedado fuera del mercado de trabajo), ambos aspectos serán analizados más adelante.
Por tanto, debemos volver la espalda a la sociedad laboral convencional para redefinir el “trabajo” y el “empleo”, y abrir nuevos caminos para un reordenamiento no sólo de las organización social y empresarial del trabajo, sino también de la sociedad, puesto que la introducción de tecnología deja al ser humano sin autodefinición válida o función social.
El trabajo constituye desde hace dos siglos, como hemos visto, la relación social fundamental, en torno a la cual se articula el llamado contrato social. Sin embargo, como señala H. ARENDT, la característica más perturbadora de la sociedad actual es sin duda la reaparición de los “trabajadores sin trabajo”.
Hoy vemos claramente que el trabajo no puede cumplir todas las funciones que le hemos querido encomendar desde hace poco tiempo. Si el trabajo no es la única manera de realizarse que tiene el individuo, si no es el modo esencial con arreglo al cual se puede establecer el vínculo social, quizá sea absurdo querer dar a todas las actividades la forma del trabajo (que es una de las posturas actuales más comunes, léase GORZ por ejemplo), so pretexto de que es menester salvar el vínculo social. Lo veremos enseguida.
Próximo artículo:
La metamorfosis del trabajo: la superación del modelo taylorista/fordista
Cambios en el Concepto, Organización y Tiempo de Trabajo (II)
La noción actual de trabajo (en sus vertientes instrumental, individual, ética, social e institucional) es fruto de una evolución histórica en la que cabe distinguir cuatro etapas:
• En la polis griega la sociedad como tal se definía como un mundo opuesto al trabajo. Ocupaciones de orden superior como la filosofía y la política no se consideraban trabajo. El trabajo era algo peyorativo y no se le atribuía un valor ideológico central . Hasta el s. XVIII el término “trabajo” (labour, arbeit, lavoro, travail) designaba el esfuerzo de los siervos y los jornaleros.
• Durante el s. XVIII, el trabajo es a la vez el medio empleado para aumentar la riqueza y el factor de emancipación de la persona, cuyo lugar en la sociedad empieza a reconocerse. El trabajo, la prestación individual negociable en un contrato y objeto de intercambio, sirve para integrar al individuo en el todo social y regular las relaciones sociales. Pero en esta época el trabajo no se valoraba o glorificaba.
El verdadero descubrimiento que promueve este siglo no es el de la necesidad del trabajo (necesidad que existía desde la antigüedad), sino el de la necesidad de la libertad del trabajo .
• El s. XIX añade una dimensión fundamental. Exactamente cuando se desarrollan condiciones laborales inhumanas, se establece toda una ideología del trabajo, el cual aparece a la vez como expresión de una auténtica libertad creadora y como instrumento de una verdadera obra colectiva.
Según WEBER , “el espíritu del capitalismo era el trabajo”. De esta forma, “la clase trabajadora se conformó con su destino mientras se le pudo prometer la salvación eterna (ética protestante del trabajo). En cuanto desapareció esta esperanza, tuvieron que producirse tensiones en la sociedad que desde entonces no han parado de crecer”.
El trabajo, gracias a la racionalización económica, pasa de servir al autoconsumo al intercambio mercantil; deja de ser actividad privada y sumisión a las necesidades naturales, sometiéndola de forma aún más grande a los instrumentos de dicha racionalización .
Como señala KELLY , la ética del trabajo se distorsionó, convir-tiéndose en una regla descarnada de control social que forzaba a las clases pobres a someterse a la mercantilización de la mano de obra y a la noria tenebrosa y satánica del sistema fabril. En la era industrial, el trabajo pasó a ser venerado —e impuesto— como medio de asegurarse capacidad adquisitiva.
Para MARX, la producción, y por consiguiente el trabajo, son el punto central en que se efectúa la alquimia del vínculo social. El trabajo se convierte en sinónimo de actividad plenamente humana (convirtiéndose en una necesidad cuando deje de ser una obligación); hasta un punto —utópico— en el que el trabajo ya no representará esfuerzo, sufrimiento y sacrificio.
• En el s. XX, el trabajo permite alcanzar la plenitud personal sólo a través del aumento de salarios y del consumo. Como señala HABERMAS , “al ciudadano se le indemniza por las penalidades que, pese a todo, sigue suponiendo la condición de asalariado, aunque ahora sea más descansada. Se le indemniza con derechos en su papel de usuario de las burocracias establecidas por el Estado de bienestar y mediante poder adquisitivo, en su papel de consumidor de mercancías. Por consiguiente, la palanca que permite pacificar el antagonismo de clases sigue siendo la neu-tralización de la capacidad de conflicto que continúa albergando el trabajo asalariado”. El trabajo se convierte en el indicador convencional para asignar el bienestar nacional y valorar las responsabilidades públicas del ciudadano .
El siglo había comenzado con la reivindicación universal de los derechos del trabajador. A mediados de la centuria la principal demanda era el derecho al trabajo, entendido como el derecho a ocupar un puesto de trabajo, que se concretaba en el concepto de pleno empleo. Del trabajo como obligación habíamos pasado al trabajo como derecho . Sin embargo, para algunos autores, entre ellos STANDING , con la difusión de los altos niveles de desempleo de las décadas de los setenta y ochenta y debido a la influencia de la Escuela de Chicago, el derecho al trabajo se difuminó gradualmente. En los años 90, el mensaje central consistía en la existencia de una obligación de trabajar, que se resumía en el “principio de reciprocidad” y en la regla de que “no hay derechos (prestaciones estatales) sin obligaciones (trabajo o formación)”. Es necesario un replanteamiento del derecho al trabajo, desde la perspectiva de la evolución desde el concepto de trabajo al de ocupación —una ocupación decorosa—(la posibilidad de desarrollar y aplicar sus destrezas, y de realizarse en el trabajo con un sentimiento de dignidad y orgullo, concediéndoles un mayor grado de autonomía y autocontrol). .
En las sociedades democráticas modernas el trabajo se había convertido en un valor nuclear e integrador, prácticamente sin alternativa alguna. El hombre sólo tenía identidad y personalidad en y a través del trabajo .
En palabras de HANDY , estos cambios son algo más que un ajuste cíclico, encontrándonos en un momento en el que debemos reconocer que las cosas están cambiando, que el trabajo no volverá a ser ya lo que era, y que lo más prudente es tomar en consideración cómo va a ser y qué es lo que hay que hacer. Desde este punto de vista, la sociedad del trabajo parece que ha prolongado en exceso su vida.
Las ideas del trabajo como realización, como expansión de la individualidad, como alternativa gozosa a la ociosidad, están en retirada frente al utilitarismo sin escrúpulos de la competencia mundial y la ideología racionalista. E igualmente lo está la ética del trabajo que en el siglo XIX contribuyó a encerrar a los trabajadores pobres en la “jaula de hierro” de las fábricas .
Es necesaria otra manera de entender el trabajo que, teniendo muy en cuenta su dimensión económica, no la absolutice, y subraye que es, ante todo, un derecho fundamental de toda persona: sin un trabajo socialmente reconocido no podemos vivir humanamente, no podemos realizarnos como personas . Además, un trabajo que tiene como efecto y como fin hacer economizar trabajo no puede, al mismo tiempo, glorificar el trabajo como la fuente esencial de la identidad y el pleno desarrollo personal .
Esta situación no es nueva, anteriormente otros autores ya ponían su mirada en los fenómenos que se vislumbraban en la década de los setenta, “la disminución relativa del proletariado industrial, la progre-siva reducción de los tiempos de trabajo y la consiguiente ampliación del tiempo de ocio...” .
Antes de pasar a ver el efecto de las nuevas tecnologías sobre el trabajo, no debemos obviar que también la competencia internacional implica que, en un mundo globalizado de libre comercio , si aumenta el rendimiento se puede seguir vendiendo sólo si se produce a más bajo coste, lo cual a la larga significa también menos trabajo.
• En la polis griega la sociedad como tal se definía como un mundo opuesto al trabajo. Ocupaciones de orden superior como la filosofía y la política no se consideraban trabajo. El trabajo era algo peyorativo y no se le atribuía un valor ideológico central . Hasta el s. XVIII el término “trabajo” (labour, arbeit, lavoro, travail) designaba el esfuerzo de los siervos y los jornaleros.
• Durante el s. XVIII, el trabajo es a la vez el medio empleado para aumentar la riqueza y el factor de emancipación de la persona, cuyo lugar en la sociedad empieza a reconocerse. El trabajo, la prestación individual negociable en un contrato y objeto de intercambio, sirve para integrar al individuo en el todo social y regular las relaciones sociales. Pero en esta época el trabajo no se valoraba o glorificaba.
El verdadero descubrimiento que promueve este siglo no es el de la necesidad del trabajo (necesidad que existía desde la antigüedad), sino el de la necesidad de la libertad del trabajo .
• El s. XIX añade una dimensión fundamental. Exactamente cuando se desarrollan condiciones laborales inhumanas, se establece toda una ideología del trabajo, el cual aparece a la vez como expresión de una auténtica libertad creadora y como instrumento de una verdadera obra colectiva.
Según WEBER , “el espíritu del capitalismo era el trabajo”. De esta forma, “la clase trabajadora se conformó con su destino mientras se le pudo prometer la salvación eterna (ética protestante del trabajo). En cuanto desapareció esta esperanza, tuvieron que producirse tensiones en la sociedad que desde entonces no han parado de crecer”.
El trabajo, gracias a la racionalización económica, pasa de servir al autoconsumo al intercambio mercantil; deja de ser actividad privada y sumisión a las necesidades naturales, sometiéndola de forma aún más grande a los instrumentos de dicha racionalización .
Como señala KELLY , la ética del trabajo se distorsionó, convir-tiéndose en una regla descarnada de control social que forzaba a las clases pobres a someterse a la mercantilización de la mano de obra y a la noria tenebrosa y satánica del sistema fabril. En la era industrial, el trabajo pasó a ser venerado —e impuesto— como medio de asegurarse capacidad adquisitiva.
Para MARX, la producción, y por consiguiente el trabajo, son el punto central en que se efectúa la alquimia del vínculo social. El trabajo se convierte en sinónimo de actividad plenamente humana (convirtiéndose en una necesidad cuando deje de ser una obligación); hasta un punto —utópico— en el que el trabajo ya no representará esfuerzo, sufrimiento y sacrificio.
• En el s. XX, el trabajo permite alcanzar la plenitud personal sólo a través del aumento de salarios y del consumo. Como señala HABERMAS , “al ciudadano se le indemniza por las penalidades que, pese a todo, sigue suponiendo la condición de asalariado, aunque ahora sea más descansada. Se le indemniza con derechos en su papel de usuario de las burocracias establecidas por el Estado de bienestar y mediante poder adquisitivo, en su papel de consumidor de mercancías. Por consiguiente, la palanca que permite pacificar el antagonismo de clases sigue siendo la neu-tralización de la capacidad de conflicto que continúa albergando el trabajo asalariado”. El trabajo se convierte en el indicador convencional para asignar el bienestar nacional y valorar las responsabilidades públicas del ciudadano .
El siglo había comenzado con la reivindicación universal de los derechos del trabajador. A mediados de la centuria la principal demanda era el derecho al trabajo, entendido como el derecho a ocupar un puesto de trabajo, que se concretaba en el concepto de pleno empleo. Del trabajo como obligación habíamos pasado al trabajo como derecho . Sin embargo, para algunos autores, entre ellos STANDING , con la difusión de los altos niveles de desempleo de las décadas de los setenta y ochenta y debido a la influencia de la Escuela de Chicago, el derecho al trabajo se difuminó gradualmente. En los años 90, el mensaje central consistía en la existencia de una obligación de trabajar, que se resumía en el “principio de reciprocidad” y en la regla de que “no hay derechos (prestaciones estatales) sin obligaciones (trabajo o formación)”. Es necesario un replanteamiento del derecho al trabajo, desde la perspectiva de la evolución desde el concepto de trabajo al de ocupación —una ocupación decorosa—(la posibilidad de desarrollar y aplicar sus destrezas, y de realizarse en el trabajo con un sentimiento de dignidad y orgullo, concediéndoles un mayor grado de autonomía y autocontrol). .
En las sociedades democráticas modernas el trabajo se había convertido en un valor nuclear e integrador, prácticamente sin alternativa alguna. El hombre sólo tenía identidad y personalidad en y a través del trabajo .
En palabras de HANDY , estos cambios son algo más que un ajuste cíclico, encontrándonos en un momento en el que debemos reconocer que las cosas están cambiando, que el trabajo no volverá a ser ya lo que era, y que lo más prudente es tomar en consideración cómo va a ser y qué es lo que hay que hacer. Desde este punto de vista, la sociedad del trabajo parece que ha prolongado en exceso su vida.
Las ideas del trabajo como realización, como expansión de la individualidad, como alternativa gozosa a la ociosidad, están en retirada frente al utilitarismo sin escrúpulos de la competencia mundial y la ideología racionalista. E igualmente lo está la ética del trabajo que en el siglo XIX contribuyó a encerrar a los trabajadores pobres en la “jaula de hierro” de las fábricas .
Es necesaria otra manera de entender el trabajo que, teniendo muy en cuenta su dimensión económica, no la absolutice, y subraye que es, ante todo, un derecho fundamental de toda persona: sin un trabajo socialmente reconocido no podemos vivir humanamente, no podemos realizarnos como personas . Además, un trabajo que tiene como efecto y como fin hacer economizar trabajo no puede, al mismo tiempo, glorificar el trabajo como la fuente esencial de la identidad y el pleno desarrollo personal .
Esta situación no es nueva, anteriormente otros autores ya ponían su mirada en los fenómenos que se vislumbraban en la década de los setenta, “la disminución relativa del proletariado industrial, la progre-siva reducción de los tiempos de trabajo y la consiguiente ampliación del tiempo de ocio...” .
Antes de pasar a ver el efecto de las nuevas tecnologías sobre el trabajo, no debemos obviar que también la competencia internacional implica que, en un mundo globalizado de libre comercio , si aumenta el rendimiento se puede seguir vendiendo sólo si se produce a más bajo coste, lo cual a la larga significa también menos trabajo.
Cambios en el Concepto, Organización y Tiempo de Trabajo (I)
“La vida es acción, no producción”
(Aristóteles)
"El saber del individuo cuenta más que el tiempo de la máquina. El hombre, llevando consigo su propio capital, lleva una parte (tendencialmente preponderante) del capital de la empresa... ¿Quién podrá mañana considerarse propietario de esta parte?"
(Ulrich Beck)
“Para existir la empresa capitalista moderna tiene necesidad de un derecho con el que se pueda contar lo mismo que con una máquina.”
(Max Weber)
“Una de las funciones históricas fundamentales del Derecho del Trabajo ha sido la de garantizar las condiciones de la cohesión social. Esta función sólo se podrá seguir realizando en la medida en que el Derecho del Trabajo se adapte a la evolución de las formas de organización del trabajo en la sociedad contemporánea y no se repliegue sobre aquellas que le dieron nacimiento y que hoy resultan menos tradicionales”
(Alain Supiot)
INTRODUCCIÓN.-
La gran transformación contemporánea, como sucedió con la revolución industrial, obligará —está obligando ya— a replantear la cuestión del trabajo. Además, la mundialización de la economía de mercado le da una dimensión sin precedentes.
El trabajo opone resistencia a todas esas fuerzas contrarias entre las que se pretende encerrarlo, ante todo a la oposición entre lo económico y lo social.
Ha ido surgiendo una corriente de pensamiento que abandona toda esperanza de recuperar el sentido humano del trabajo. Esta postura rechaza como un espejismo la “utopía industrial” del XIX, de la liberación y la realización del ser humano concreto en y por el trabajo. Lo que ha dado origen a una civilización que ha hecho del trabajo el tiempo y el valor central de la vida.
Lo que nosotros llamamos “trabajo” es una invención de la modernidad. La forma en que lo conocemos y lo situamos en el centro de la vida individual y social fue inventado y luego generalizado con la industrialización. El concepto de trabajo es resultado de una cons-trucción, que desde luego no siempre ha estado asociada a las ideas de creación de valor, transformación de la naturaleza y realización personal; que es un objeto estratificado, no sólo porque tiene significados múltiples (factor de producción, libertad creadora, medio de distribución de la renta y asignador de la posición socioeconómica y del nivel de derechos sociales de cada cual), sino también porque es una mezcla de elementos objetivos, utopías, sueños y fantasías.
Sin duda, el trabajo es el factor más importante de socialización. La sociedad industrial se entiende como una sociedad de trabajadores y, como tal, se distingue de todas las precedentes.
Próximo artículo:
DEL TRABAJO COMO OBLIGACIÓN AL TRABAJO COMO DERECHO.-
(Aristóteles)
"El saber del individuo cuenta más que el tiempo de la máquina. El hombre, llevando consigo su propio capital, lleva una parte (tendencialmente preponderante) del capital de la empresa... ¿Quién podrá mañana considerarse propietario de esta parte?"
(Ulrich Beck)
“Para existir la empresa capitalista moderna tiene necesidad de un derecho con el que se pueda contar lo mismo que con una máquina.”
(Max Weber)
“Una de las funciones históricas fundamentales del Derecho del Trabajo ha sido la de garantizar las condiciones de la cohesión social. Esta función sólo se podrá seguir realizando en la medida en que el Derecho del Trabajo se adapte a la evolución de las formas de organización del trabajo en la sociedad contemporánea y no se repliegue sobre aquellas que le dieron nacimiento y que hoy resultan menos tradicionales”
(Alain Supiot)
INTRODUCCIÓN.-
La gran transformación contemporánea, como sucedió con la revolución industrial, obligará —está obligando ya— a replantear la cuestión del trabajo. Además, la mundialización de la economía de mercado le da una dimensión sin precedentes.
El trabajo opone resistencia a todas esas fuerzas contrarias entre las que se pretende encerrarlo, ante todo a la oposición entre lo económico y lo social.
Ha ido surgiendo una corriente de pensamiento que abandona toda esperanza de recuperar el sentido humano del trabajo. Esta postura rechaza como un espejismo la “utopía industrial” del XIX, de la liberación y la realización del ser humano concreto en y por el trabajo. Lo que ha dado origen a una civilización que ha hecho del trabajo el tiempo y el valor central de la vida.
Lo que nosotros llamamos “trabajo” es una invención de la modernidad. La forma en que lo conocemos y lo situamos en el centro de la vida individual y social fue inventado y luego generalizado con la industrialización. El concepto de trabajo es resultado de una cons-trucción, que desde luego no siempre ha estado asociada a las ideas de creación de valor, transformación de la naturaleza y realización personal; que es un objeto estratificado, no sólo porque tiene significados múltiples (factor de producción, libertad creadora, medio de distribución de la renta y asignador de la posición socioeconómica y del nivel de derechos sociales de cada cual), sino también porque es una mezcla de elementos objetivos, utopías, sueños y fantasías.
Sin duda, el trabajo es el factor más importante de socialización. La sociedad industrial se entiende como una sociedad de trabajadores y, como tal, se distingue de todas las precedentes.
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