Cambios en el Concepto, Organización y Tiempo de Trabajo (IV)
La aparición y desarrollo de nuevas formas de organización del trabajo es un proceso complejo, en el que intervienen una variedad de factores íntimamente imbricados entre sí. Factores, entre los que hay que tener en cuenta la competitividad de los mercados, las transformaciones en los productos y servicios, la utilización de nuevas tecnologías, el nivel de cualificación y competencia profesional de la fuerza de trabajo, el modelo de relaciones industriales dominante, etc.
El fordismo se basaba en condiciones técnico-económicas de producción (producción en serie) cuya viabilidad se veía asegurada por las dimensiones de los mercados y la composición de la demanda. En este sentido, el productor fordista como productor en masa se organizaba para producir en grandes volúmenes un único bien poco diferenciado. De este binomio, producción en serie/consumo de masa, se desprendía una organización correspondiente del trabajo (y por tanto de la relación salarial) basada en la doble jerarquización taylorista: horizontal (parcelización de tareas) y vertical (entre concepción y ejecución).
El Taylorismo, como sistema de organización del trabajo, se apoya en tres principios fundamentales:
• La separación entre el trabajo manual y el intelectual. Se pretende su separación en aras a la productividad. Se retiran del control de los trabajadores los procesos de planificación y organización, que ahora son dirigidos por técnicos y profesionales.
• Organización del trabajo en torno a la idea fundamental de “tarea”. El trabajo de cada operario ha de estar fijado de antemano con instrucciones precisas sobre el contenido de la tarea, el modo de realizarla y los medios de que dispone para ello.
- Fragmentación del trabajo en el máximo número de tareas simples y fáciles, a realizar en cortos espacios de tiempo.
- Separación de las tareas indirectas (preparación de materiales, mantenimiento de las máquinas, etc.) de las directas (trabajo de producción propiamente dicho).
- Reducción de las cualificaciones exigidas para cualquier tarea y, consiguientemente, del tiempo de aprendizaje necesario para ello.
• Control directo y externo, tanto sobre los trabajadores como sobre los resultados de su trabajo. Vigilancia y supervisión extremas en el desarrollo del trabajo.
Las consecuencias de este sistema de organización del trabajo fueron bastante negativas para los trabajadores: realizaban tareas fragmentarias, simples y repetitivas, trabajo poco cualificado, supervisión y control excesivos, ausencia de toda autonomía y responsabilidad en el desempeño del trabajo, desaprovechamiento de sus capacidades de iniciativa, etc.
La pretendida función social del fordismo, sin precedentes en la historia de las relaciones laborales, era la de extender y corregir las formas de explotación precedentes en un movimiento general de racionalización . Sin embargo, la imagen de las nuevas fábricas no era muy distinta de la que ofrecía Tiempos Modernos.
Para GORZ , la organización científica del trabajo despoja al trabajo y a los trabajadores de toda calidad humana. El taylorismo, supuso un esfuerzo constante por separar el trabajo, en tanto que categoría económica cuantificable, de la persona del trabajador. Pero, como señala M. WEBER , “en todo proceso de racionalización quien no asciende, desciende”.
Otros autores van todavía más allá, afirmando que la fábrica fordista nació no tanto para asegurar la producción como para garantizar el control de la mano de obra sin la cual carecía de sentido todo el edificio industrial. La nueva fase de acumulación de capital, que se alumbró con las nuevas técnicas de producción en masa y de gestión de la fuerza de trabajo, no consiguió por tanto salvar la oposición entre capital y trabajo.
Surgió una nueva lógica social: la justificación de la explotación laboral por medio de su compensación en el acceso al consumo . El trabajo para el consumo expresa esta alienación radical de la vida en la que el tiempo de no trabajo sólo tiene sentido en y por lo que propor-ciona el trabajo (el salario destinado al consumo). Se llegó a un punto en el que el “burgués” y el “obrero” habían dejado de ser extraños el uno para el otro, compartían los mismos deseos, era simplemente un problema de redistribución (Estado del Bienestar).
Como señalan MARX y ENGELS, la división del trabajo es un cómodo y útil medio, un hábil empleo de las fuerzas humanas para el desarrollo de la sociedad, pero disminuye la capacidad de cada hombre individualmente considerado” . En este misma línea BECK señala que, en el capitalismo el trabajador renuncia a la retórica de la lucha de clases y recibe, en contrapartida, la promesa (estatalmente sancionada) de un nivel de vida cada vez más alto (deal fordístico) y de una seguridad social cada vez mayor. A cambio, deja su identidad política como ciudadano en el vestuario del lugar de trabajo.
Sin embargo, y ya desde sus inicios, el taylorismo (o la organización científica del trabajo) encontró resistencias por parte de los trabajadores. Pero es sobre los años 60 cuando estas resistencias se hacen sentir de manera particular en ciertos sectores de trabajadores en las sociedades más desarrolladas. Resistencias debidas al mayor nivel de educación de los jóvenes, a la mejora del estándar de vida y un mercado laboral más favorable a los trabajadores, favoreciendo un clima de insatisfacción con las condiciones laborales y la organización del trabajo propias del taylorismo .
El panorama cambió en las décadas de los 70 y 80 debido a la transformación de los mercados y al desarrollo de nuevas tecnologías.
• Con la crisis, los mercados se hacen más competitivos, inestables y heterogéneos. Las empresas se replantean su estrategia de producción. Es preciso competir no sólo en base a precios, sino a calidad. Han de ajustarse a las exigencias que marcan los clientes. Las estrategias a seguir deben ser más flexibles y apoyarse en la cualificación de los trabajadores.
• Las nuevas tecnologías permiten obtener una gran variedad de productos y servicios, de mayor calidad y con mayor capacidad para responder a las exigencias específicas de los diferentes sectores de clientes.
Al comienzo de los años setenta, la organización jerárquica y rígida típica del taylorismo y del fordismo se había convertido en un obstáculo para la competitividad, que pedía más capacidad de reacción para asegurar la satisfacción del cliente. Pero esa rigidez era necesaria para mantener el control sobre los trabajadores fuertemente organizados, en una época en la que el paro no daba ningún miedo. El hallazgo del modelo neo-liberal consiste en haber liberado la organización del trabajo profundizando en la dominación de los trabajadores .
En los años ochenta, bajo la influencia sobre todo del modelo japonés, se desarrollan las reorganizaciones “centrífugas”: círculos de calidad, equipos autónomos, grupos de proyecto, etc.
La ideología del “recurso humano” prepara la instrumentalización -o, como dice HABERMAS , la colonización- por la racionalidad económica de las aspiraciones no económicas: la empresa de nuevo tipo se esforzará por tomarlas en consideración, porque son factores de productividad y de competitividad. La imagen de la empresa convertida en lugar de realización personal de sus trabajadores es una creación ideológica que sirve de pantalla a la percepción de las transformaciones reales: sustitución de trabajadores por máquinas, aumento de productividad con disminución de fuerza laboral, trabajadores bien remunerados a costa de paro, precariedad, descualificación e inseguridad.
El modelo fordista de relaciones laborales dejará de ser el marco único de inspiración o referencia del patrón normativo para coexistir con otras formas de organización del trabajo de la sociedad postindustrial.
El llamado postfordismo parece inaugurar una nueva estrategia de relaciones sociales. Si la era de producción en masa se fundó en la rígida separación de funciones y en la estricta jerarquización de la cadena de mando, los centros de la nueva organización del trabajo se nos presentan como la realización capitalista de la autogestión de la producción.
Pero el postfordismo nos recuerda el paternalismo del s. XIX, regresando a una estrategia de sometimiento de la fuerza de trabajo, que recrea en el medio laboral las condiciones de una neocomunidad, en la que se dan de forma falsificada todos los lazos afectivos de una pequeña aldea al servicio de un fin productivo.
Siguiendo a GORZ , la formulación del nuevo régimen laboral como, capitalismo autogestionado, se ajusta mejor a las nuevas condiciones de lo que en principio se pudiese imaginar: ausencia de control obrero por la interiorización absoluta del control, autonomía e iniciativa laboral por la identificación total con los fines de la empresa, continuidad entre trabajo y vida reunidas en el ciclo producción/consumo. Ya no es necesaria la mirada patronal, la racionalidad económica ha penetrado los deseos del trabajador.
El postfordismo es ante todo un nuevo método de organización y gestión del trabajo que añadido a una serie de innovaciones tecnológicas (automatización, informatización de la producción...) constituye lo que se ha bautizado como producción flexible. Se trata de producir pequeños volúmenes de mercancías (que pueden ser renovadas en su forma o función en cualquier momento), a gran velocidad y con un coste mínimo. El marketing y la publicidad se adelantan a la producción: primero se concibe la imagen y luego se fabrica el producto. Se crea una nueva necesidad y luego el producto que la satisface.
La supuesta liberación en y del trabajo se inicia curiosamente tras la derrota definitiva del movimiento obrero. Los años ochenta han mostrado que el compromiso fordista no era más que un armisticio provisional: los patrones se sirvieron de la recesión y del paro para debilitar y eliminar a los sindicatos allí donde pudieron. Como señala SUPIOT , los sindicatos actuales están en la retaguardia industrial en una sociedad postindustrial.
El régimen de crecimiento neoliberal define una nueva configuración de poderes en la empresa y la sociedad, una nueva división social del trabajo: los mercados financieros mundializados, el poder de los accionistas, la organización en red y la descentralización de la organización del trabajo, la autonomía controlada, la cooperación forzada. Para algunos autores, entre ellos BECK , la utopía neoliberal de la libertad de mercado es una especie de marxismo sin Marx; o como señala JOSPIN: “economía de mercado, sí; sociedad de mercado, no”. En esta mima línea, para GORZ : “la utopía del libre mercado no es la solución, sino la verdadera fuente del problema”.
La empresa pionera en la innovación de las nuevas formas de trabajo (Toyota) fue la primera también que derivó buena parte de su producción a empresas subcontratistas en donde las condiciones de trabajo se deterioraban debido a la competitividad y desregulación impuesta por la empresa matriz.
Asistimos a nuevas formas de trabajar, nuevas tecnologías y por supuesto, actitudes inéditas ante el trabajo. Sin embargo, seguimos encerrados en unas formas y modos de organización del trabajo que fueron diseñadas para otra época.
En la actualidad, el trabajo se desintegra en su ejecución, se fragmenta en su organización. El trabajo pierde su identidad colectiva, se individualiza cada vez más (alejándose progresivamente de las regulaciones colectivas de la organización fordista). Se difuminan las diferencias entre: trabajo y capital, empresa y mercado, trabajador por cuenta propia y empleado, trabajo doméstico y profesional, trabajo autónomo y trabajo dependiente. El trabajo regular se está “fragmen-tando” contractual y temporalmente.
La autonomía es, por una astucia de la historia, la última solución al eterno problema del control capitalista del trabajo . En este punto sería preciso, siguiendo el hilo argumental del estudio, introducirnos en el debate sobre el trabajo autónomo y el derecho del trabajo, la validez del criterio de subordinación, etc., sin embargo este punto, aunque importante, se escapa por su amplitud de nuestro propósito .
El fordismo se basaba en condiciones técnico-económicas de producción (producción en serie) cuya viabilidad se veía asegurada por las dimensiones de los mercados y la composición de la demanda. En este sentido, el productor fordista como productor en masa se organizaba para producir en grandes volúmenes un único bien poco diferenciado. De este binomio, producción en serie/consumo de masa, se desprendía una organización correspondiente del trabajo (y por tanto de la relación salarial) basada en la doble jerarquización taylorista: horizontal (parcelización de tareas) y vertical (entre concepción y ejecución).
El Taylorismo, como sistema de organización del trabajo, se apoya en tres principios fundamentales:
• La separación entre el trabajo manual y el intelectual. Se pretende su separación en aras a la productividad. Se retiran del control de los trabajadores los procesos de planificación y organización, que ahora son dirigidos por técnicos y profesionales.
• Organización del trabajo en torno a la idea fundamental de “tarea”. El trabajo de cada operario ha de estar fijado de antemano con instrucciones precisas sobre el contenido de la tarea, el modo de realizarla y los medios de que dispone para ello.
- Fragmentación del trabajo en el máximo número de tareas simples y fáciles, a realizar en cortos espacios de tiempo.
- Separación de las tareas indirectas (preparación de materiales, mantenimiento de las máquinas, etc.) de las directas (trabajo de producción propiamente dicho).
- Reducción de las cualificaciones exigidas para cualquier tarea y, consiguientemente, del tiempo de aprendizaje necesario para ello.
• Control directo y externo, tanto sobre los trabajadores como sobre los resultados de su trabajo. Vigilancia y supervisión extremas en el desarrollo del trabajo.
Las consecuencias de este sistema de organización del trabajo fueron bastante negativas para los trabajadores: realizaban tareas fragmentarias, simples y repetitivas, trabajo poco cualificado, supervisión y control excesivos, ausencia de toda autonomía y responsabilidad en el desempeño del trabajo, desaprovechamiento de sus capacidades de iniciativa, etc.
La pretendida función social del fordismo, sin precedentes en la historia de las relaciones laborales, era la de extender y corregir las formas de explotación precedentes en un movimiento general de racionalización . Sin embargo, la imagen de las nuevas fábricas no era muy distinta de la que ofrecía Tiempos Modernos.
Para GORZ , la organización científica del trabajo despoja al trabajo y a los trabajadores de toda calidad humana. El taylorismo, supuso un esfuerzo constante por separar el trabajo, en tanto que categoría económica cuantificable, de la persona del trabajador. Pero, como señala M. WEBER , “en todo proceso de racionalización quien no asciende, desciende”.
Otros autores van todavía más allá, afirmando que la fábrica fordista nació no tanto para asegurar la producción como para garantizar el control de la mano de obra sin la cual carecía de sentido todo el edificio industrial. La nueva fase de acumulación de capital, que se alumbró con las nuevas técnicas de producción en masa y de gestión de la fuerza de trabajo, no consiguió por tanto salvar la oposición entre capital y trabajo.
Surgió una nueva lógica social: la justificación de la explotación laboral por medio de su compensación en el acceso al consumo . El trabajo para el consumo expresa esta alienación radical de la vida en la que el tiempo de no trabajo sólo tiene sentido en y por lo que propor-ciona el trabajo (el salario destinado al consumo). Se llegó a un punto en el que el “burgués” y el “obrero” habían dejado de ser extraños el uno para el otro, compartían los mismos deseos, era simplemente un problema de redistribución (Estado del Bienestar).
Como señalan MARX y ENGELS, la división del trabajo es un cómodo y útil medio, un hábil empleo de las fuerzas humanas para el desarrollo de la sociedad, pero disminuye la capacidad de cada hombre individualmente considerado” . En este misma línea BECK señala que, en el capitalismo el trabajador renuncia a la retórica de la lucha de clases y recibe, en contrapartida, la promesa (estatalmente sancionada) de un nivel de vida cada vez más alto (deal fordístico) y de una seguridad social cada vez mayor. A cambio, deja su identidad política como ciudadano en el vestuario del lugar de trabajo.
Sin embargo, y ya desde sus inicios, el taylorismo (o la organización científica del trabajo) encontró resistencias por parte de los trabajadores. Pero es sobre los años 60 cuando estas resistencias se hacen sentir de manera particular en ciertos sectores de trabajadores en las sociedades más desarrolladas. Resistencias debidas al mayor nivel de educación de los jóvenes, a la mejora del estándar de vida y un mercado laboral más favorable a los trabajadores, favoreciendo un clima de insatisfacción con las condiciones laborales y la organización del trabajo propias del taylorismo .
El panorama cambió en las décadas de los 70 y 80 debido a la transformación de los mercados y al desarrollo de nuevas tecnologías.
• Con la crisis, los mercados se hacen más competitivos, inestables y heterogéneos. Las empresas se replantean su estrategia de producción. Es preciso competir no sólo en base a precios, sino a calidad. Han de ajustarse a las exigencias que marcan los clientes. Las estrategias a seguir deben ser más flexibles y apoyarse en la cualificación de los trabajadores.
• Las nuevas tecnologías permiten obtener una gran variedad de productos y servicios, de mayor calidad y con mayor capacidad para responder a las exigencias específicas de los diferentes sectores de clientes.
Al comienzo de los años setenta, la organización jerárquica y rígida típica del taylorismo y del fordismo se había convertido en un obstáculo para la competitividad, que pedía más capacidad de reacción para asegurar la satisfacción del cliente. Pero esa rigidez era necesaria para mantener el control sobre los trabajadores fuertemente organizados, en una época en la que el paro no daba ningún miedo. El hallazgo del modelo neo-liberal consiste en haber liberado la organización del trabajo profundizando en la dominación de los trabajadores .
En los años ochenta, bajo la influencia sobre todo del modelo japonés, se desarrollan las reorganizaciones “centrífugas”: círculos de calidad, equipos autónomos, grupos de proyecto, etc.
La ideología del “recurso humano” prepara la instrumentalización -o, como dice HABERMAS , la colonización- por la racionalidad económica de las aspiraciones no económicas: la empresa de nuevo tipo se esforzará por tomarlas en consideración, porque son factores de productividad y de competitividad. La imagen de la empresa convertida en lugar de realización personal de sus trabajadores es una creación ideológica que sirve de pantalla a la percepción de las transformaciones reales: sustitución de trabajadores por máquinas, aumento de productividad con disminución de fuerza laboral, trabajadores bien remunerados a costa de paro, precariedad, descualificación e inseguridad.
El modelo fordista de relaciones laborales dejará de ser el marco único de inspiración o referencia del patrón normativo para coexistir con otras formas de organización del trabajo de la sociedad postindustrial.
El llamado postfordismo parece inaugurar una nueva estrategia de relaciones sociales. Si la era de producción en masa se fundó en la rígida separación de funciones y en la estricta jerarquización de la cadena de mando, los centros de la nueva organización del trabajo se nos presentan como la realización capitalista de la autogestión de la producción.
Pero el postfordismo nos recuerda el paternalismo del s. XIX, regresando a una estrategia de sometimiento de la fuerza de trabajo, que recrea en el medio laboral las condiciones de una neocomunidad, en la que se dan de forma falsificada todos los lazos afectivos de una pequeña aldea al servicio de un fin productivo.
Siguiendo a GORZ , la formulación del nuevo régimen laboral como, capitalismo autogestionado, se ajusta mejor a las nuevas condiciones de lo que en principio se pudiese imaginar: ausencia de control obrero por la interiorización absoluta del control, autonomía e iniciativa laboral por la identificación total con los fines de la empresa, continuidad entre trabajo y vida reunidas en el ciclo producción/consumo. Ya no es necesaria la mirada patronal, la racionalidad económica ha penetrado los deseos del trabajador.
El postfordismo es ante todo un nuevo método de organización y gestión del trabajo que añadido a una serie de innovaciones tecnológicas (automatización, informatización de la producción...) constituye lo que se ha bautizado como producción flexible. Se trata de producir pequeños volúmenes de mercancías (que pueden ser renovadas en su forma o función en cualquier momento), a gran velocidad y con un coste mínimo. El marketing y la publicidad se adelantan a la producción: primero se concibe la imagen y luego se fabrica el producto. Se crea una nueva necesidad y luego el producto que la satisface.
La supuesta liberación en y del trabajo se inicia curiosamente tras la derrota definitiva del movimiento obrero. Los años ochenta han mostrado que el compromiso fordista no era más que un armisticio provisional: los patrones se sirvieron de la recesión y del paro para debilitar y eliminar a los sindicatos allí donde pudieron. Como señala SUPIOT , los sindicatos actuales están en la retaguardia industrial en una sociedad postindustrial.
El régimen de crecimiento neoliberal define una nueva configuración de poderes en la empresa y la sociedad, una nueva división social del trabajo: los mercados financieros mundializados, el poder de los accionistas, la organización en red y la descentralización de la organización del trabajo, la autonomía controlada, la cooperación forzada. Para algunos autores, entre ellos BECK , la utopía neoliberal de la libertad de mercado es una especie de marxismo sin Marx; o como señala JOSPIN: “economía de mercado, sí; sociedad de mercado, no”. En esta mima línea, para GORZ : “la utopía del libre mercado no es la solución, sino la verdadera fuente del problema”.
La empresa pionera en la innovación de las nuevas formas de trabajo (Toyota) fue la primera también que derivó buena parte de su producción a empresas subcontratistas en donde las condiciones de trabajo se deterioraban debido a la competitividad y desregulación impuesta por la empresa matriz.
Asistimos a nuevas formas de trabajar, nuevas tecnologías y por supuesto, actitudes inéditas ante el trabajo. Sin embargo, seguimos encerrados en unas formas y modos de organización del trabajo que fueron diseñadas para otra época.
En la actualidad, el trabajo se desintegra en su ejecución, se fragmenta en su organización. El trabajo pierde su identidad colectiva, se individualiza cada vez más (alejándose progresivamente de las regulaciones colectivas de la organización fordista). Se difuminan las diferencias entre: trabajo y capital, empresa y mercado, trabajador por cuenta propia y empleado, trabajo doméstico y profesional, trabajo autónomo y trabajo dependiente. El trabajo regular se está “fragmen-tando” contractual y temporalmente.
La autonomía es, por una astucia de la historia, la última solución al eterno problema del control capitalista del trabajo . En este punto sería preciso, siguiendo el hilo argumental del estudio, introducirnos en el debate sobre el trabajo autónomo y el derecho del trabajo, la validez del criterio de subordinación, etc., sin embargo este punto, aunque importante, se escapa por su amplitud de nuestro propósito .
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