Cambios en el Concepto, Organización y Tiempo de Trabajo (V)
Como acabamos de ver, las nuevas formas de organización del trabajo (y especialmente la flexibilización de la jornada) han hecho aparecer una nueva concepción de la jornada de trabajo (con desarrollo de una zona gris entre tiempo de trabajo y tiempo libre). Además, la dimensión colectiva del trabajo (negociación colectiva) se ve cuestionada por la individualización de las formas de vida y de trabajo .
El tiempo juega a la vez, como límite de la sujeción del trabajador y como criterio de medida del valor del intercambio de trabajo. Esto ha implicado la definición de una duración legal del trabajo y un modelo de vida laboral basado en la oposición entre tiempo de trabajo y tiempo libre, relegando al olvido el tiempo de trabajo no asalariado. La modificación de las reglas de organización del trabajo conlleva la erosión de la propia relación de trabajo .
Es preciso un “nuevo contrato social” entre trabajadores y empresarios; un reajuste entre economía y sociedad. Se trataría de reducir el tiempo de la economía y aumentar el tiempo en que la sociedad se produce a sí misma . Ya la Directiva 93/104 CE (Art. 13) establece el: “principio general de la adecuación del trabajo al hombre”.
Para sectores crecientes y emergentes de la población (especialmente los jóvenes) el trabajo ya no es la forma exclusiva de articulación social, ni el modelo de socialización e identificación personal que determina y subordina necesariamente a los demás (familia, educación, ocio personal, vida social, cultural, etc.).
En palabras de A. DE MIGUEL, “estamos en un tiempo caracterizado por la erosión de la ética del trabajo”. “La semana laboral se transforma en un mal necesario para poder vivir realmente”. Esto provocará que emergan reivindicaciones relativas a la duración y a la organización de la jornada laboral. Las encuestas confirman la individualización creciente de la organización del tiempo de trabajo, así como una importancia decreciente del tanto por ciento de trabajadores que tienen el mismo horario todos los días y el mismo número de días trabajados por semana .
Como ya mencionamos anteriormente, el lugar que ocupa el trabajo en nuestra organización social es un resultado, un hecho, no una característica estructural de las sociedades humanas. Dicho de otra forma, el trabajo es el medio fundamental de la interacción social y de la realización individual, pero lo es por casualidad, no por naturaleza; ha adquirido este carácter de manera reciente como consecuencia de las circunstancias inherentes a un determinado estado histórico del que quizá estemos saliendo o del que sin duda sería deseable que saliéramos .
En la perspectiva de esta evolución, la cesión de su tiempo deja de ser el objetivo principal de la obligación del trabajador, que, de obligación de medios, se transforma en obligación de resultados (horas variables, disponibilidad, determinación anual del tiempo de trabajo, etc.; que constituyen los signos más tangibles de un cambio que responde a la evolución de las técnicas, a la rentabilización del capital y a la demanda del cliente). Esta evolución contiene el germen de un desmantelamiento progresivo de todos los ritmos colectivos, que gobernaban la vida dentro y fuera de la empresa (descanso nocturno, descanso dominical, pausa de mediodía...) y del correspondiente descenso de las solidaridades (sindicales, familiares y de convivencia). Para salir de este dilema hay que considerar el tiempo, no ya exclusivamente como tiempo de trabajo, como medida del intercambio trabajo/salario, sino también como experiencia subjetiva, es decir, como tiempo de la vida del trabajador .
Ya no hay trabajo, trabajo con jornada completa, para toda la vida, para todo el mundo, siguiendo las formas que hemos conocido durante el periodo industrial desde 1850 hasta 1975. Hemos pasado de una sociedad de pleno empleo a una sociedad de empleo parcial . Un 30% de la fuerza laboral actual está formada por empleados a tiempo parcial o por cuenta propia. Una parte de este empleo corresponde a actividades de alto valor añadido, sin embargo, la mayoría forman parte de un ejército de reserva de semiparados con disponibilidad permanente. Esto ha provocado que la sociedad esté ya empezando a adaptarse a un nuevo estilo de trabajo.
Lo que está cambiando y constituye una transformación cultural sin precedentes es la concienciación de que el sentido último del trabajo (individual y colectivamente) es producir tiempo libre o liberar tiempo (para el desarrollo personal o la participación social). En esta misma línea, SUPIOT afirma que es necesaria una conciliación ente el trabajo y la vida personal y familiar. La búsqueda de nuevos equilibrios entre el tiempo de trabajo y los demás tiempos exigirá negociaciones más amplias y complejas.
¿Qué hacer con el tiempo de no trabajo? En el tiempo disponible pueden tejerse nuevas relaciones de cooperación, comunicación, intercambio. El tiempo de la vida ya no tiene que ser administrado en función del tiempo de trabajo; es el trabajo el que debe encontrar su puesto, subordinado, en un proyecto de vida. Esto constituye una idea opuesta al marxismo pues, en éste, primero se debe llevar a cabo una liberación en el trabajo, para luego poder liberarse de él.
El pleno empleo responde no sólo a un deseo de dominación por parte del empresario, sino también, y más profundamente, dentro de la lógica fordista, al deseo de dar forma al modo de vida y al modo de consumo en función únicamente de la racionalidad económica, objetivada en la necesidad de rentabilizar cantidades crecientes de capital .
Algunos autores, entre ellos AZNAR o GORZ , plantean redistribuir un tiempo que la productividad ha liberado del trabajo, un tiempo social. Desde este punto de vista, toda política, sea cual sea la ideología que la sustenta, es falaz si no reconoce el hecho de que ya no puede haber pleno empleo para todos y de que el trabajo ya no es el punto de gravedad de la vida y ni siquiera la principal actividad del individuo.
Las soluciones pasan por una reducción del tiempo de trabajo por escalones plurianuales fijados de antemano. También se plantea la posibilidad de fijar una renta mínima garantizada (independiente del trabajo), renta que ya existía en Gran Bretaña en 1795 y que se fijaba en función del precio del pan. Sin embargo, para otros autores esta renta mínima no resuelve el problema de fondo, funcionaría como salario de marginalidad y de exclusión social.
Para MEDA, la propuesta de RIFKIN del tercer sector (asociativo, solidario, etc.) o la de la renta mínima conducirían, a medio o a largo plazo, a una dualización de la sociedad. En la que estas personas acogidas por el tercer sector o subvencionadas gozarían de menor protección, menores derechos y menor consideración. Se trataría más bien de impedir que por sí sola la actividad productiva invada todo el espacio y todo el tiempo individual y social y, por consiguiente, de conseguir una nueva articulación de los diferentes tiempos individuales y de éstos con los tiempos sociales .
Según BECK , Europa debería apostar por el trabajo cívico. A diferencia de otras posturas, propone que el modelo alternativo a la sociedad laboral no es la sociedad del tiempo libre, ni de las actividades plurales (trabajo doméstico, familiar o voluntario) sino la sociedad de la libertad política. Según esta idea, deberíamos financiar trabajo cívico en vez de paro. Un trabajo voluntario y autónomo, una especie de empresa del bien común (una síntesis entre la Madre Teresa y Bill Gates). No se remunera con dinero sino que se debe recompensar con derechos a pensiones de jubilación, políticas de créditos, etc. Deberíamos pasar de una sociedad laboral a una sociedad de actividades y trabajadores plurales, que impida las diferencias insalvables entre quienes tienen demasiado trabajo y quienes no tienen ninguno, puesto que estas formas de empleo precarias y variadas constituyen la categoría laboral que está registrando la tasa de crecimiento más elevado.
Si analizamos por ejemplo la situación de EE.UU. podemos ver que, según LUTTWAK : “la gente va al trabajo sin saber si le van a mantener el puesto. Esta situación vale para toda la clase media, incluidos los profesionales altamente cualificados. Carecen del colchón de las leyes laborales europeas y de los sueldos contractualmente garantizados en caso de despido”. En una encuesta realizada por The New York Times en 1994, dos de cada cinco trabajadores americanos expresaban su preocupación ante un despido, una reducción de jornada o una disminución de salarios. Además, se produce el “círculo del trabajo informal y precario”, que obliga a los afectados a trabajar más por menos; se compensa la pérdida de ingresos procedentes de trabajos precarios, con trabajos paralelos en el mercado negro, seudoautónomo, o a tiempo parcial, lo que a su vez provoca una mayor precarización.
El contrato temporal, a tiempo parcial y la subcontratación buscan conseguir menores exigencias en cuanto a salarios, tendencia que se acelerará en los próximos años . Esta “preocupante” realidad ya la justificaba SMITH en 1747: “podemos decir sin temor que una reducción de los salarios en las fábricas ... será una bendición y una ventaja para la nación y no hará un daño real a los pobres” .
La racionalidad económica no tiene espacio para el tiempo auténticamente libre. Exige el pleno empleo de los individuos empleados en virtud no de una necesidad objetiva sino de su lógica originaria; el salario debe ser fijado de manera que incite al obrero a hacer el esfuerzo máximo .
Sin embargo, las reivindicaciones salariales son las únicas que no hacen mella en la racionalidad del sistema económico. En cambio, las reivindicaciones referentes a la intensidad y duración del trabajo, su organización y naturaleza, son subversivas.
Como nos señala GORZ , la seguridad en el empleo tiene como reverso la precariedad y la inseguridad. A partir de los años 70 se ha producido, en todas las sociedades industrializadas, una dualización de la sociedad: una capa de trabajadores estables frente a una masa creciente de trabajadores precarios.
Según W. LECHTER, del Instituto de Investigación de los sindicatos alemanes, asistimos a una doble flexibilidad:
• Por un lado funcional, que afecta al núcleo estable de trabajadores.
• Por otro, numérica, que afecta a la mano de obra periférica y a la mano de obra externa.
Para este autor se tiende a la siguiente distribución numérica (núcleo estable 25%, mano de obra periférica 25%, mano de obra externa 50%). De ahí que el antagonismo de los intereses del trabajo y del capital esté recubierto por un antagonismo creciente entre los intereses del núcleo estable por una parte, y de los trabajadores periféricos y de los parados, por otra. Una de las consecuencias de este panorama es que los sindicatos llevan camino de llegar a ser una especie de compañía de seguros mutualista para la categoría relativamente reducida y privilegiada de los trabajadores estables.
La dualidad entre un núcleo duro fiel, altamente cualificado e integrado en la empresa, y una periferia inestable es hoy día un rasgo general, con diversos grados .
Hasta ahora, el empleo típico o normal (a tiempo completo e indefinido) era la única vía de acceso a un lugar digno en la sociedad. Este lugar central se cuestiona por el paro y el desarrollo de nuevas formas de empleo precario o a tiempo parcial.
El desempleo masivo y de larga duración ha conducido a considerar el reparto del tiempo de trabajo como un posible instrumento de lucha contra el paro. Sin embargo, la situación más frecuente es aquella en la que el tiempo parcial resulta más sufrido que escogido, afectando principalmente a las mujeres y sin conseguir una redistribución equilibrada de las responsabilidades familiares.
Por otro lado, el viejo modelo de jornada completa y empleo para toda la vida era y es netamente masculino y no se aviene a las pautas discontinuas de empleo femenino. Era una ficción interesada y sexista, dado que implicaba garantizar a todos los hombres de la “clase trabajadora” un puesto de trabajo remunerado a jornada completa. El trabajo de la mujer se pasaba por alto en su mayor parte, y la participación femenina en el mercado de trabajo se consideraba “secundaria” . El trabajo fue siempre la profesión de persona y media. Trabajo para el varón y el resto, casa, niños, etc. para la mujer.
La igualdad entre hombres y mujeres implica condiciones iguales en la elección individual entre tiempo de trabajo asalariado, no mercantil (trabajo familiar y formación personal; concebido como un momento normal en la carrera del trabajador y no como una ruptura en su biografía personal, atendiendo a los derechos de antigüedad, remuneración, jubilación, etc.) y tiempo de ocio .
El tiempo del trabajador no es únicamente el tiempo de prestación del trabajo; es también, y en primer lugar, el tiempo de la duración del contrato. De esta forma, se plantea la posibilidad de establecer derechos a permisos o ausencia, que permitan devolver al trabajador la libertad de su tiempo sin cuestionar la continuidad del vínculo contractual de subordinación. Se trataría de suspensiones del contrato por iniciativa del trabajador y cuya duración está asimilada a tiempo de trabajo (cuidado y educación de los hijos, actividades públicas o de interés general, representación colectiva, formación profesional, etc.) .
Sin embargo, en algunos casos, el tiempo disponible es vivido como una limitación debido a la falta de recursos monetarios, mientras que el tiempo de trabajo puede aparecer como liberador de la cotidianeidad (reduciendo el tiempo de trabajo podemos provocar un incremento de las desigualdades). Esto sólo podría cambiar si la valoración del tiempo disponible dejara de depender de los recursos monetarios. Es necesaria una política de equipamientos culturales que haga accesible a todos una valoración no mercantil del tiempo libre . Se trataría de reducir el lugar que ocupa el trabajo en la vida individual y social, al mismo tiempo que el reparto del trabajo entre el conjunto de la población activa, desarro-llando otras actividades privadas y públicas, igualmente necesarias, para la realización individual y la vida democrática .
También otros autores como HEGEL, HABERMAS o ARENDT, afirman que para hacer una sociedad no basta con producir, además, es preciso edificar instituciones políticas, espacios en que el vínculo social se teja de manera distinta a como lo hace en la yuxtaposición o en la cooperación mecánica del orden productivo.
Si el pleno empleo no puede ya ser asumido por la sociedad, deja entonces de ser un mecanismo adecuado, o justo, para la distribución de riqueza (desempleo, desigualdad social...). El pleno empleo, de plena dedicación, para toda la vida y bien pagado no es viable. Alguno de estos puntos tiene que ceder. Esta es la primera y la más crucial de las elecciones que la sociedad futura tiene que hacer .
El tiempo juega a la vez, como límite de la sujeción del trabajador y como criterio de medida del valor del intercambio de trabajo. Esto ha implicado la definición de una duración legal del trabajo y un modelo de vida laboral basado en la oposición entre tiempo de trabajo y tiempo libre, relegando al olvido el tiempo de trabajo no asalariado. La modificación de las reglas de organización del trabajo conlleva la erosión de la propia relación de trabajo .
Es preciso un “nuevo contrato social” entre trabajadores y empresarios; un reajuste entre economía y sociedad. Se trataría de reducir el tiempo de la economía y aumentar el tiempo en que la sociedad se produce a sí misma . Ya la Directiva 93/104 CE (Art. 13) establece el: “principio general de la adecuación del trabajo al hombre”.
Para sectores crecientes y emergentes de la población (especialmente los jóvenes) el trabajo ya no es la forma exclusiva de articulación social, ni el modelo de socialización e identificación personal que determina y subordina necesariamente a los demás (familia, educación, ocio personal, vida social, cultural, etc.).
En palabras de A. DE MIGUEL, “estamos en un tiempo caracterizado por la erosión de la ética del trabajo”. “La semana laboral se transforma en un mal necesario para poder vivir realmente”. Esto provocará que emergan reivindicaciones relativas a la duración y a la organización de la jornada laboral. Las encuestas confirman la individualización creciente de la organización del tiempo de trabajo, así como una importancia decreciente del tanto por ciento de trabajadores que tienen el mismo horario todos los días y el mismo número de días trabajados por semana .
Como ya mencionamos anteriormente, el lugar que ocupa el trabajo en nuestra organización social es un resultado, un hecho, no una característica estructural de las sociedades humanas. Dicho de otra forma, el trabajo es el medio fundamental de la interacción social y de la realización individual, pero lo es por casualidad, no por naturaleza; ha adquirido este carácter de manera reciente como consecuencia de las circunstancias inherentes a un determinado estado histórico del que quizá estemos saliendo o del que sin duda sería deseable que saliéramos .
En la perspectiva de esta evolución, la cesión de su tiempo deja de ser el objetivo principal de la obligación del trabajador, que, de obligación de medios, se transforma en obligación de resultados (horas variables, disponibilidad, determinación anual del tiempo de trabajo, etc.; que constituyen los signos más tangibles de un cambio que responde a la evolución de las técnicas, a la rentabilización del capital y a la demanda del cliente). Esta evolución contiene el germen de un desmantelamiento progresivo de todos los ritmos colectivos, que gobernaban la vida dentro y fuera de la empresa (descanso nocturno, descanso dominical, pausa de mediodía...) y del correspondiente descenso de las solidaridades (sindicales, familiares y de convivencia). Para salir de este dilema hay que considerar el tiempo, no ya exclusivamente como tiempo de trabajo, como medida del intercambio trabajo/salario, sino también como experiencia subjetiva, es decir, como tiempo de la vida del trabajador .
Ya no hay trabajo, trabajo con jornada completa, para toda la vida, para todo el mundo, siguiendo las formas que hemos conocido durante el periodo industrial desde 1850 hasta 1975. Hemos pasado de una sociedad de pleno empleo a una sociedad de empleo parcial . Un 30% de la fuerza laboral actual está formada por empleados a tiempo parcial o por cuenta propia. Una parte de este empleo corresponde a actividades de alto valor añadido, sin embargo, la mayoría forman parte de un ejército de reserva de semiparados con disponibilidad permanente. Esto ha provocado que la sociedad esté ya empezando a adaptarse a un nuevo estilo de trabajo.
Lo que está cambiando y constituye una transformación cultural sin precedentes es la concienciación de que el sentido último del trabajo (individual y colectivamente) es producir tiempo libre o liberar tiempo (para el desarrollo personal o la participación social). En esta misma línea, SUPIOT afirma que es necesaria una conciliación ente el trabajo y la vida personal y familiar. La búsqueda de nuevos equilibrios entre el tiempo de trabajo y los demás tiempos exigirá negociaciones más amplias y complejas.
¿Qué hacer con el tiempo de no trabajo? En el tiempo disponible pueden tejerse nuevas relaciones de cooperación, comunicación, intercambio. El tiempo de la vida ya no tiene que ser administrado en función del tiempo de trabajo; es el trabajo el que debe encontrar su puesto, subordinado, en un proyecto de vida. Esto constituye una idea opuesta al marxismo pues, en éste, primero se debe llevar a cabo una liberación en el trabajo, para luego poder liberarse de él.
El pleno empleo responde no sólo a un deseo de dominación por parte del empresario, sino también, y más profundamente, dentro de la lógica fordista, al deseo de dar forma al modo de vida y al modo de consumo en función únicamente de la racionalidad económica, objetivada en la necesidad de rentabilizar cantidades crecientes de capital .
Algunos autores, entre ellos AZNAR o GORZ , plantean redistribuir un tiempo que la productividad ha liberado del trabajo, un tiempo social. Desde este punto de vista, toda política, sea cual sea la ideología que la sustenta, es falaz si no reconoce el hecho de que ya no puede haber pleno empleo para todos y de que el trabajo ya no es el punto de gravedad de la vida y ni siquiera la principal actividad del individuo.
Las soluciones pasan por una reducción del tiempo de trabajo por escalones plurianuales fijados de antemano. También se plantea la posibilidad de fijar una renta mínima garantizada (independiente del trabajo), renta que ya existía en Gran Bretaña en 1795 y que se fijaba en función del precio del pan. Sin embargo, para otros autores esta renta mínima no resuelve el problema de fondo, funcionaría como salario de marginalidad y de exclusión social.
Para MEDA, la propuesta de RIFKIN del tercer sector (asociativo, solidario, etc.) o la de la renta mínima conducirían, a medio o a largo plazo, a una dualización de la sociedad. En la que estas personas acogidas por el tercer sector o subvencionadas gozarían de menor protección, menores derechos y menor consideración. Se trataría más bien de impedir que por sí sola la actividad productiva invada todo el espacio y todo el tiempo individual y social y, por consiguiente, de conseguir una nueva articulación de los diferentes tiempos individuales y de éstos con los tiempos sociales .
Según BECK , Europa debería apostar por el trabajo cívico. A diferencia de otras posturas, propone que el modelo alternativo a la sociedad laboral no es la sociedad del tiempo libre, ni de las actividades plurales (trabajo doméstico, familiar o voluntario) sino la sociedad de la libertad política. Según esta idea, deberíamos financiar trabajo cívico en vez de paro. Un trabajo voluntario y autónomo, una especie de empresa del bien común (una síntesis entre la Madre Teresa y Bill Gates). No se remunera con dinero sino que se debe recompensar con derechos a pensiones de jubilación, políticas de créditos, etc. Deberíamos pasar de una sociedad laboral a una sociedad de actividades y trabajadores plurales, que impida las diferencias insalvables entre quienes tienen demasiado trabajo y quienes no tienen ninguno, puesto que estas formas de empleo precarias y variadas constituyen la categoría laboral que está registrando la tasa de crecimiento más elevado.
Si analizamos por ejemplo la situación de EE.UU. podemos ver que, según LUTTWAK : “la gente va al trabajo sin saber si le van a mantener el puesto. Esta situación vale para toda la clase media, incluidos los profesionales altamente cualificados. Carecen del colchón de las leyes laborales europeas y de los sueldos contractualmente garantizados en caso de despido”. En una encuesta realizada por The New York Times en 1994, dos de cada cinco trabajadores americanos expresaban su preocupación ante un despido, una reducción de jornada o una disminución de salarios. Además, se produce el “círculo del trabajo informal y precario”, que obliga a los afectados a trabajar más por menos; se compensa la pérdida de ingresos procedentes de trabajos precarios, con trabajos paralelos en el mercado negro, seudoautónomo, o a tiempo parcial, lo que a su vez provoca una mayor precarización.
El contrato temporal, a tiempo parcial y la subcontratación buscan conseguir menores exigencias en cuanto a salarios, tendencia que se acelerará en los próximos años . Esta “preocupante” realidad ya la justificaba SMITH en 1747: “podemos decir sin temor que una reducción de los salarios en las fábricas ... será una bendición y una ventaja para la nación y no hará un daño real a los pobres” .
La racionalidad económica no tiene espacio para el tiempo auténticamente libre. Exige el pleno empleo de los individuos empleados en virtud no de una necesidad objetiva sino de su lógica originaria; el salario debe ser fijado de manera que incite al obrero a hacer el esfuerzo máximo .
Sin embargo, las reivindicaciones salariales son las únicas que no hacen mella en la racionalidad del sistema económico. En cambio, las reivindicaciones referentes a la intensidad y duración del trabajo, su organización y naturaleza, son subversivas.
Como nos señala GORZ , la seguridad en el empleo tiene como reverso la precariedad y la inseguridad. A partir de los años 70 se ha producido, en todas las sociedades industrializadas, una dualización de la sociedad: una capa de trabajadores estables frente a una masa creciente de trabajadores precarios.
Según W. LECHTER, del Instituto de Investigación de los sindicatos alemanes, asistimos a una doble flexibilidad:
• Por un lado funcional, que afecta al núcleo estable de trabajadores.
• Por otro, numérica, que afecta a la mano de obra periférica y a la mano de obra externa.
Para este autor se tiende a la siguiente distribución numérica (núcleo estable 25%, mano de obra periférica 25%, mano de obra externa 50%). De ahí que el antagonismo de los intereses del trabajo y del capital esté recubierto por un antagonismo creciente entre los intereses del núcleo estable por una parte, y de los trabajadores periféricos y de los parados, por otra. Una de las consecuencias de este panorama es que los sindicatos llevan camino de llegar a ser una especie de compañía de seguros mutualista para la categoría relativamente reducida y privilegiada de los trabajadores estables.
La dualidad entre un núcleo duro fiel, altamente cualificado e integrado en la empresa, y una periferia inestable es hoy día un rasgo general, con diversos grados .
Hasta ahora, el empleo típico o normal (a tiempo completo e indefinido) era la única vía de acceso a un lugar digno en la sociedad. Este lugar central se cuestiona por el paro y el desarrollo de nuevas formas de empleo precario o a tiempo parcial.
El desempleo masivo y de larga duración ha conducido a considerar el reparto del tiempo de trabajo como un posible instrumento de lucha contra el paro. Sin embargo, la situación más frecuente es aquella en la que el tiempo parcial resulta más sufrido que escogido, afectando principalmente a las mujeres y sin conseguir una redistribución equilibrada de las responsabilidades familiares.
Por otro lado, el viejo modelo de jornada completa y empleo para toda la vida era y es netamente masculino y no se aviene a las pautas discontinuas de empleo femenino. Era una ficción interesada y sexista, dado que implicaba garantizar a todos los hombres de la “clase trabajadora” un puesto de trabajo remunerado a jornada completa. El trabajo de la mujer se pasaba por alto en su mayor parte, y la participación femenina en el mercado de trabajo se consideraba “secundaria” . El trabajo fue siempre la profesión de persona y media. Trabajo para el varón y el resto, casa, niños, etc. para la mujer.
La igualdad entre hombres y mujeres implica condiciones iguales en la elección individual entre tiempo de trabajo asalariado, no mercantil (trabajo familiar y formación personal; concebido como un momento normal en la carrera del trabajador y no como una ruptura en su biografía personal, atendiendo a los derechos de antigüedad, remuneración, jubilación, etc.) y tiempo de ocio .
El tiempo del trabajador no es únicamente el tiempo de prestación del trabajo; es también, y en primer lugar, el tiempo de la duración del contrato. De esta forma, se plantea la posibilidad de establecer derechos a permisos o ausencia, que permitan devolver al trabajador la libertad de su tiempo sin cuestionar la continuidad del vínculo contractual de subordinación. Se trataría de suspensiones del contrato por iniciativa del trabajador y cuya duración está asimilada a tiempo de trabajo (cuidado y educación de los hijos, actividades públicas o de interés general, representación colectiva, formación profesional, etc.) .
Sin embargo, en algunos casos, el tiempo disponible es vivido como una limitación debido a la falta de recursos monetarios, mientras que el tiempo de trabajo puede aparecer como liberador de la cotidianeidad (reduciendo el tiempo de trabajo podemos provocar un incremento de las desigualdades). Esto sólo podría cambiar si la valoración del tiempo disponible dejara de depender de los recursos monetarios. Es necesaria una política de equipamientos culturales que haga accesible a todos una valoración no mercantil del tiempo libre . Se trataría de reducir el lugar que ocupa el trabajo en la vida individual y social, al mismo tiempo que el reparto del trabajo entre el conjunto de la población activa, desarro-llando otras actividades privadas y públicas, igualmente necesarias, para la realización individual y la vida democrática .
También otros autores como HEGEL, HABERMAS o ARENDT, afirman que para hacer una sociedad no basta con producir, además, es preciso edificar instituciones políticas, espacios en que el vínculo social se teja de manera distinta a como lo hace en la yuxtaposición o en la cooperación mecánica del orden productivo.
Si el pleno empleo no puede ya ser asumido por la sociedad, deja entonces de ser un mecanismo adecuado, o justo, para la distribución de riqueza (desempleo, desigualdad social...). El pleno empleo, de plena dedicación, para toda la vida y bien pagado no es viable. Alguno de estos puntos tiene que ceder. Esta es la primera y la más crucial de las elecciones que la sociedad futura tiene que hacer .