Cambios en el Concepto, Organización y Tiempo de Trabajo (II)
La noción actual de trabajo (en sus vertientes instrumental, individual, ética, social e institucional) es fruto de una evolución histórica en la que cabe distinguir cuatro etapas:
• En la polis griega la sociedad como tal se definía como un mundo opuesto al trabajo. Ocupaciones de orden superior como la filosofía y la política no se consideraban trabajo. El trabajo era algo peyorativo y no se le atribuía un valor ideológico central . Hasta el s. XVIII el término “trabajo” (labour, arbeit, lavoro, travail) designaba el esfuerzo de los siervos y los jornaleros.
• Durante el s. XVIII, el trabajo es a la vez el medio empleado para aumentar la riqueza y el factor de emancipación de la persona, cuyo lugar en la sociedad empieza a reconocerse. El trabajo, la prestación individual negociable en un contrato y objeto de intercambio, sirve para integrar al individuo en el todo social y regular las relaciones sociales. Pero en esta época el trabajo no se valoraba o glorificaba.
El verdadero descubrimiento que promueve este siglo no es el de la necesidad del trabajo (necesidad que existía desde la antigüedad), sino el de la necesidad de la libertad del trabajo .
• El s. XIX añade una dimensión fundamental. Exactamente cuando se desarrollan condiciones laborales inhumanas, se establece toda una ideología del trabajo, el cual aparece a la vez como expresión de una auténtica libertad creadora y como instrumento de una verdadera obra colectiva.
Según WEBER , “el espíritu del capitalismo era el trabajo”. De esta forma, “la clase trabajadora se conformó con su destino mientras se le pudo prometer la salvación eterna (ética protestante del trabajo). En cuanto desapareció esta esperanza, tuvieron que producirse tensiones en la sociedad que desde entonces no han parado de crecer”.
El trabajo, gracias a la racionalización económica, pasa de servir al autoconsumo al intercambio mercantil; deja de ser actividad privada y sumisión a las necesidades naturales, sometiéndola de forma aún más grande a los instrumentos de dicha racionalización .
Como señala KELLY , la ética del trabajo se distorsionó, convir-tiéndose en una regla descarnada de control social que forzaba a las clases pobres a someterse a la mercantilización de la mano de obra y a la noria tenebrosa y satánica del sistema fabril. En la era industrial, el trabajo pasó a ser venerado —e impuesto— como medio de asegurarse capacidad adquisitiva.
Para MARX, la producción, y por consiguiente el trabajo, son el punto central en que se efectúa la alquimia del vínculo social. El trabajo se convierte en sinónimo de actividad plenamente humana (convirtiéndose en una necesidad cuando deje de ser una obligación); hasta un punto —utópico— en el que el trabajo ya no representará esfuerzo, sufrimiento y sacrificio.
• En el s. XX, el trabajo permite alcanzar la plenitud personal sólo a través del aumento de salarios y del consumo. Como señala HABERMAS , “al ciudadano se le indemniza por las penalidades que, pese a todo, sigue suponiendo la condición de asalariado, aunque ahora sea más descansada. Se le indemniza con derechos en su papel de usuario de las burocracias establecidas por el Estado de bienestar y mediante poder adquisitivo, en su papel de consumidor de mercancías. Por consiguiente, la palanca que permite pacificar el antagonismo de clases sigue siendo la neu-tralización de la capacidad de conflicto que continúa albergando el trabajo asalariado”. El trabajo se convierte en el indicador convencional para asignar el bienestar nacional y valorar las responsabilidades públicas del ciudadano .
El siglo había comenzado con la reivindicación universal de los derechos del trabajador. A mediados de la centuria la principal demanda era el derecho al trabajo, entendido como el derecho a ocupar un puesto de trabajo, que se concretaba en el concepto de pleno empleo. Del trabajo como obligación habíamos pasado al trabajo como derecho . Sin embargo, para algunos autores, entre ellos STANDING , con la difusión de los altos niveles de desempleo de las décadas de los setenta y ochenta y debido a la influencia de la Escuela de Chicago, el derecho al trabajo se difuminó gradualmente. En los años 90, el mensaje central consistía en la existencia de una obligación de trabajar, que se resumía en el “principio de reciprocidad” y en la regla de que “no hay derechos (prestaciones estatales) sin obligaciones (trabajo o formación)”. Es necesario un replanteamiento del derecho al trabajo, desde la perspectiva de la evolución desde el concepto de trabajo al de ocupación —una ocupación decorosa—(la posibilidad de desarrollar y aplicar sus destrezas, y de realizarse en el trabajo con un sentimiento de dignidad y orgullo, concediéndoles un mayor grado de autonomía y autocontrol). .
En las sociedades democráticas modernas el trabajo se había convertido en un valor nuclear e integrador, prácticamente sin alternativa alguna. El hombre sólo tenía identidad y personalidad en y a través del trabajo .
En palabras de HANDY , estos cambios son algo más que un ajuste cíclico, encontrándonos en un momento en el que debemos reconocer que las cosas están cambiando, que el trabajo no volverá a ser ya lo que era, y que lo más prudente es tomar en consideración cómo va a ser y qué es lo que hay que hacer. Desde este punto de vista, la sociedad del trabajo parece que ha prolongado en exceso su vida.
Las ideas del trabajo como realización, como expansión de la individualidad, como alternativa gozosa a la ociosidad, están en retirada frente al utilitarismo sin escrúpulos de la competencia mundial y la ideología racionalista. E igualmente lo está la ética del trabajo que en el siglo XIX contribuyó a encerrar a los trabajadores pobres en la “jaula de hierro” de las fábricas .
Es necesaria otra manera de entender el trabajo que, teniendo muy en cuenta su dimensión económica, no la absolutice, y subraye que es, ante todo, un derecho fundamental de toda persona: sin un trabajo socialmente reconocido no podemos vivir humanamente, no podemos realizarnos como personas . Además, un trabajo que tiene como efecto y como fin hacer economizar trabajo no puede, al mismo tiempo, glorificar el trabajo como la fuente esencial de la identidad y el pleno desarrollo personal .
Esta situación no es nueva, anteriormente otros autores ya ponían su mirada en los fenómenos que se vislumbraban en la década de los setenta, “la disminución relativa del proletariado industrial, la progre-siva reducción de los tiempos de trabajo y la consiguiente ampliación del tiempo de ocio...” .
Antes de pasar a ver el efecto de las nuevas tecnologías sobre el trabajo, no debemos obviar que también la competencia internacional implica que, en un mundo globalizado de libre comercio , si aumenta el rendimiento se puede seguir vendiendo sólo si se produce a más bajo coste, lo cual a la larga significa también menos trabajo.
• En la polis griega la sociedad como tal se definía como un mundo opuesto al trabajo. Ocupaciones de orden superior como la filosofía y la política no se consideraban trabajo. El trabajo era algo peyorativo y no se le atribuía un valor ideológico central . Hasta el s. XVIII el término “trabajo” (labour, arbeit, lavoro, travail) designaba el esfuerzo de los siervos y los jornaleros.
• Durante el s. XVIII, el trabajo es a la vez el medio empleado para aumentar la riqueza y el factor de emancipación de la persona, cuyo lugar en la sociedad empieza a reconocerse. El trabajo, la prestación individual negociable en un contrato y objeto de intercambio, sirve para integrar al individuo en el todo social y regular las relaciones sociales. Pero en esta época el trabajo no se valoraba o glorificaba.
El verdadero descubrimiento que promueve este siglo no es el de la necesidad del trabajo (necesidad que existía desde la antigüedad), sino el de la necesidad de la libertad del trabajo .
• El s. XIX añade una dimensión fundamental. Exactamente cuando se desarrollan condiciones laborales inhumanas, se establece toda una ideología del trabajo, el cual aparece a la vez como expresión de una auténtica libertad creadora y como instrumento de una verdadera obra colectiva.
Según WEBER , “el espíritu del capitalismo era el trabajo”. De esta forma, “la clase trabajadora se conformó con su destino mientras se le pudo prometer la salvación eterna (ética protestante del trabajo). En cuanto desapareció esta esperanza, tuvieron que producirse tensiones en la sociedad que desde entonces no han parado de crecer”.
El trabajo, gracias a la racionalización económica, pasa de servir al autoconsumo al intercambio mercantil; deja de ser actividad privada y sumisión a las necesidades naturales, sometiéndola de forma aún más grande a los instrumentos de dicha racionalización .
Como señala KELLY , la ética del trabajo se distorsionó, convir-tiéndose en una regla descarnada de control social que forzaba a las clases pobres a someterse a la mercantilización de la mano de obra y a la noria tenebrosa y satánica del sistema fabril. En la era industrial, el trabajo pasó a ser venerado —e impuesto— como medio de asegurarse capacidad adquisitiva.
Para MARX, la producción, y por consiguiente el trabajo, son el punto central en que se efectúa la alquimia del vínculo social. El trabajo se convierte en sinónimo de actividad plenamente humana (convirtiéndose en una necesidad cuando deje de ser una obligación); hasta un punto —utópico— en el que el trabajo ya no representará esfuerzo, sufrimiento y sacrificio.
• En el s. XX, el trabajo permite alcanzar la plenitud personal sólo a través del aumento de salarios y del consumo. Como señala HABERMAS , “al ciudadano se le indemniza por las penalidades que, pese a todo, sigue suponiendo la condición de asalariado, aunque ahora sea más descansada. Se le indemniza con derechos en su papel de usuario de las burocracias establecidas por el Estado de bienestar y mediante poder adquisitivo, en su papel de consumidor de mercancías. Por consiguiente, la palanca que permite pacificar el antagonismo de clases sigue siendo la neu-tralización de la capacidad de conflicto que continúa albergando el trabajo asalariado”. El trabajo se convierte en el indicador convencional para asignar el bienestar nacional y valorar las responsabilidades públicas del ciudadano .
El siglo había comenzado con la reivindicación universal de los derechos del trabajador. A mediados de la centuria la principal demanda era el derecho al trabajo, entendido como el derecho a ocupar un puesto de trabajo, que se concretaba en el concepto de pleno empleo. Del trabajo como obligación habíamos pasado al trabajo como derecho . Sin embargo, para algunos autores, entre ellos STANDING , con la difusión de los altos niveles de desempleo de las décadas de los setenta y ochenta y debido a la influencia de la Escuela de Chicago, el derecho al trabajo se difuminó gradualmente. En los años 90, el mensaje central consistía en la existencia de una obligación de trabajar, que se resumía en el “principio de reciprocidad” y en la regla de que “no hay derechos (prestaciones estatales) sin obligaciones (trabajo o formación)”. Es necesario un replanteamiento del derecho al trabajo, desde la perspectiva de la evolución desde el concepto de trabajo al de ocupación —una ocupación decorosa—(la posibilidad de desarrollar y aplicar sus destrezas, y de realizarse en el trabajo con un sentimiento de dignidad y orgullo, concediéndoles un mayor grado de autonomía y autocontrol). .
En las sociedades democráticas modernas el trabajo se había convertido en un valor nuclear e integrador, prácticamente sin alternativa alguna. El hombre sólo tenía identidad y personalidad en y a través del trabajo .
En palabras de HANDY , estos cambios son algo más que un ajuste cíclico, encontrándonos en un momento en el que debemos reconocer que las cosas están cambiando, que el trabajo no volverá a ser ya lo que era, y que lo más prudente es tomar en consideración cómo va a ser y qué es lo que hay que hacer. Desde este punto de vista, la sociedad del trabajo parece que ha prolongado en exceso su vida.
Las ideas del trabajo como realización, como expansión de la individualidad, como alternativa gozosa a la ociosidad, están en retirada frente al utilitarismo sin escrúpulos de la competencia mundial y la ideología racionalista. E igualmente lo está la ética del trabajo que en el siglo XIX contribuyó a encerrar a los trabajadores pobres en la “jaula de hierro” de las fábricas .
Es necesaria otra manera de entender el trabajo que, teniendo muy en cuenta su dimensión económica, no la absolutice, y subraye que es, ante todo, un derecho fundamental de toda persona: sin un trabajo socialmente reconocido no podemos vivir humanamente, no podemos realizarnos como personas . Además, un trabajo que tiene como efecto y como fin hacer economizar trabajo no puede, al mismo tiempo, glorificar el trabajo como la fuente esencial de la identidad y el pleno desarrollo personal .
Esta situación no es nueva, anteriormente otros autores ya ponían su mirada en los fenómenos que se vislumbraban en la década de los setenta, “la disminución relativa del proletariado industrial, la progre-siva reducción de los tiempos de trabajo y la consiguiente ampliación del tiempo de ocio...” .
Antes de pasar a ver el efecto de las nuevas tecnologías sobre el trabajo, no debemos obviar que también la competencia internacional implica que, en un mundo globalizado de libre comercio , si aumenta el rendimiento se puede seguir vendiendo sólo si se produce a más bajo coste, lo cual a la larga significa también menos trabajo.
Comentario:
Estimado José Carlos, nada más lejos de la realidad. Insisto en que se puede criticar el "sistema" (liberalismo) desde dentro y aceptarlo en distintos grados. Desde luego apuesto por la libertad individual, por la libertad de mercado... pero con un límite. Es ahí donde entra el papel del Estado. Pero tenemos que ponernos de acuerdo en qué forma de Estado.
Comentario:
"la ética del trabajo se distorsionó, convir-tiéndose en una regla descarnada de control social que forzaba a las clases pobres a someterse a la mercantilización de la mano de obra y a la noria tenebrosa y satánica del sistema fabril. En la era industrial, el trabajo pasó a ser venerado —e impuesto— como medio de asegurarse capacidad adquisitiva" Más Marx y Habermas.
Javier, ¿eres marxista?
Javier, ¿eres marxista?
Comentario:
A tu último párrafo no le veo el sentido. Puede producirse una disminución del trabajo a nivel local, pero a nivel global, no sucedería esto.
Además al aumentar la productividad, se puede producir lo mismo con menos trabajo, esto redunda en mejor calidad de vida y mayor producción.
Además al aumentar la productividad, se puede producir lo mismo con menos trabajo, esto redunda en mejor calidad de vida y mayor producción.
Comentario:
Erpayo, tranquilo, todo a su tiempo. Si tienes una paciencia infinita, al final de esta serie de artículos, podrás tener una visión de conjunto de lo que quiero transmitir y eso, tal vez, te lleve a cuestionarte algunas cosas.
Comentario:
joder colega, se te pira la pinza mazo...
toda esta parrafada lo único que hace es demostrar que lo "laboral" (en cuanto diferente de lo mercantil) no es más que un puro invento.
Cada ser humano tiene una capacidad de producir bienes y servicios... y para los que no tienen otra cosa (capital) alquilar esas capacidades productivas le permite cubrir sus necesidades.
Y la tecnología permite aumentar esa capacidad productiva, por lo que alquilando esa capacidad durante menos tiempo puedo cubrir no solo mis necesidades sino también mis lujos.
En definitiva: menos rollos que la vida es más sencilla.
toda esta parrafada lo único que hace es demostrar que lo "laboral" (en cuanto diferente de lo mercantil) no es más que un puro invento.
Cada ser humano tiene una capacidad de producir bienes y servicios... y para los que no tienen otra cosa (capital) alquilar esas capacidades productivas le permite cubrir sus necesidades.
Y la tecnología permite aumentar esa capacidad productiva, por lo que alquilando esa capacidad durante menos tiempo puedo cubrir no solo mis necesidades sino también mis lujos.
En definitiva: menos rollos que la vida es más sencilla.