El simio azul es un glotón (I)
Una lágrima cayó al fondo de la taza, se mezcló con el agua, el desinfectante que le daba su color químico y azulado y su propio vómito. María sintió una profunda tristeza.
Pensó que no quería derramar más lágrimas en la cisterna.
Pero así era el sacrificio personal; a pesar de tener un aspecto prácticamente saludable – salvo, quizás, por las profundas ojeras y marcas blancas en las uñas y puntas abiertas en el pelo -, realizaba aquel rito de exorcismo alimenticio todos los domingos, y algún día entre semana.
Sólo cuando un detalle tan, en apariencia, vulgarmente poético como sus lágrimas mezcladas con el vómito, le hizo estremecerse, pudo coger algo de perspectiva. Desde que empezara con estas prácticas, cada vez que cruzaba la puerta del baño conseguía desembarazarse de su sentido común, que permanecía flotando sobre su cabeza, unidos ambos por un fino hilo; y aquel momento hizo que tirara del hilo para sí antes de tiempo. Más tarde recordaría ese instante, porque fue cuando sus fluidos convergieron cuando pudo situarse a la distancia justa para comprender la locura que estaba haciendo.
Se apoyó en la cisterna para levantarse y acabó sentada sobre la taza, a punto de reír. Todo era ridículo. Un año se había pasado ocultando ese pedacito repugnante y miserable de su vida, con un miedo permanente a ser descubierta por su familia. Se imaginaba yendo a terapia, sometida a la mirada acusadora, o condescendiente, de todos cuanto la rodeaban (incluso de quienes le exigían un canon de belleza que le costaba alcanzar); y sentía sudores fríos, y se veía incapaz de soportar la presión de seguir en pie, no por ella misma, sino por los demás.
Quince años, se dijo. Se sentía mucho más vieja, pero el espejo le escondía las arrugas más profundas.
María había despertado de la pesadilla que se había autoimpuesto, y se sintió profundamente afortunada de haberlo hecho sola. Claro que sus padres podrían haber sospechado algo, pero no había conductas extrañas en su comportamiento de la puerta del baño para fuera; era su secreto junto a la cisterna, y el recuerdo se colaba por el retrete al tirar de la cadena.
Por lo tanto, a menos de que la hubieran espiado (¿qué era eso?), mantenían intacta su confianza en que ella era una chica normal para los demás.
María se acercó al espejo, y entrecerró los ojos como si un gran secreto fuera a aparecer de un momento a otro. Percibió algo que sobraba en el cuarto de baño, pero no daba con su localización; era una sensación extraña, como hablar con una persona que nunca parpadea.
Por fin, después de cinco minutos de nerviosa búsqueda, dio con un pequeño objeto escondido entre la docena de champúes que reposaban junto a la bañera. Creyó que era una cámara, y su rostro fue enrojeciéndose a medias por la culpa, a medias con la cólera.
Un parpadeo después, aquello dejó de parecerse a una microcámara, y reveló su auténtica forma: la de un botón, grande y considerablemente ancho.
Y mientras ella elucubraba sobre su vida a partir de su particular epifanía, su madre, que solía escuchar y sufrir los gorgojeos de su hija al borde del váter, decidió pasar a la acción y arrastrarla al psicólogo, ajena a su nuevo estado.
Pensó que no quería derramar más lágrimas en la cisterna.
Pero así era el sacrificio personal; a pesar de tener un aspecto prácticamente saludable – salvo, quizás, por las profundas ojeras y marcas blancas en las uñas y puntas abiertas en el pelo -, realizaba aquel rito de exorcismo alimenticio todos los domingos, y algún día entre semana.
Sólo cuando un detalle tan, en apariencia, vulgarmente poético como sus lágrimas mezcladas con el vómito, le hizo estremecerse, pudo coger algo de perspectiva. Desde que empezara con estas prácticas, cada vez que cruzaba la puerta del baño conseguía desembarazarse de su sentido común, que permanecía flotando sobre su cabeza, unidos ambos por un fino hilo; y aquel momento hizo que tirara del hilo para sí antes de tiempo. Más tarde recordaría ese instante, porque fue cuando sus fluidos convergieron cuando pudo situarse a la distancia justa para comprender la locura que estaba haciendo.
Se apoyó en la cisterna para levantarse y acabó sentada sobre la taza, a punto de reír. Todo era ridículo. Un año se había pasado ocultando ese pedacito repugnante y miserable de su vida, con un miedo permanente a ser descubierta por su familia. Se imaginaba yendo a terapia, sometida a la mirada acusadora, o condescendiente, de todos cuanto la rodeaban (incluso de quienes le exigían un canon de belleza que le costaba alcanzar); y sentía sudores fríos, y se veía incapaz de soportar la presión de seguir en pie, no por ella misma, sino por los demás.
Quince años, se dijo. Se sentía mucho más vieja, pero el espejo le escondía las arrugas más profundas.
María había despertado de la pesadilla que se había autoimpuesto, y se sintió profundamente afortunada de haberlo hecho sola. Claro que sus padres podrían haber sospechado algo, pero no había conductas extrañas en su comportamiento de la puerta del baño para fuera; era su secreto junto a la cisterna, y el recuerdo se colaba por el retrete al tirar de la cadena.
Por lo tanto, a menos de que la hubieran espiado (¿qué era eso?), mantenían intacta su confianza en que ella era una chica normal para los demás.
María se acercó al espejo, y entrecerró los ojos como si un gran secreto fuera a aparecer de un momento a otro. Percibió algo que sobraba en el cuarto de baño, pero no daba con su localización; era una sensación extraña, como hablar con una persona que nunca parpadea.
Por fin, después de cinco minutos de nerviosa búsqueda, dio con un pequeño objeto escondido entre la docena de champúes que reposaban junto a la bañera. Creyó que era una cámara, y su rostro fue enrojeciéndose a medias por la culpa, a medias con la cólera.
Un parpadeo después, aquello dejó de parecerse a una microcámara, y reveló su auténtica forma: la de un botón, grande y considerablemente ancho.
Y mientras ella elucubraba sobre su vida a partir de su particular epifanía, su madre, que solía escuchar y sufrir los gorgojeos de su hija al borde del váter, decidió pasar a la acción y arrastrarla al psicólogo, ajena a su nuevo estado.
Saltos sobre la cama
Marta salta sobre la cama, y su gata intenta cazarla como si fuera un pájaro con calcetines de colores.
Habían sido los dos peores años de su vida.
Su padre había caído enfermo sin motivo aparente, hasta que una visita al médico dado lo prolongado de su debilidad reveló una terrible verdad: cáncer terminal.
Durante dos años, el padre de Marta pasó de ser un hombretón fornido a una parodia marchita de sí mismo. Mientras su esposa le cuidaba lo mejor que podía, Marta buscaba excusas para no visitarle, pues temía que en cualquier momento tendría que despedirse; sentada en el bar cercano al apartamento de sus padres, pensaba en aquellos tiempos que nunca volverían, como cuando saltaba sobre la cama de matrimonio y entonces venía su padre y la cogía al vuelo. Un hombre fuerte, pensaba, antes de romper a llorar.
A veces el buen hombre parecía recuperarse, pero era como una bombilla a punto de fundirse: aquellos destellos de vida sólo eran la señal inequívoca de que se apagaría pronto.
Un día, aquello que madre e hija temían, sucedió. Lloraron juntas, prepararon el funeral y durante éste, Marta pidió disculpas a su madre por no haber estado más a menudo; ésta le puso una mano sobre el hombro y dijo:
- No has decepcionado a nadie, cielo. Se fue sabiendo que le querías, y eso basta.
Y cada una se fue a su casa, y Marta sintió un gran alivio. Su padre estaba muerto, sí, pero prefería su descanso antes que su agonía.
Ahora, el día después del funeral, Marta se viste con una camiseta verde de tirantes, unos pantalones de cuadros amarillo oscuro y calcetines de colores, y se dispone a seguir adelante.
De repente, por impulso, comienza a saltar sobre su cama, y la gata se une a su juego.
Y en el fondo, espera que alguien la coja volando en mitad de un salto…
Habían sido los dos peores años de su vida.
Su padre había caído enfermo sin motivo aparente, hasta que una visita al médico dado lo prolongado de su debilidad reveló una terrible verdad: cáncer terminal.
Durante dos años, el padre de Marta pasó de ser un hombretón fornido a una parodia marchita de sí mismo. Mientras su esposa le cuidaba lo mejor que podía, Marta buscaba excusas para no visitarle, pues temía que en cualquier momento tendría que despedirse; sentada en el bar cercano al apartamento de sus padres, pensaba en aquellos tiempos que nunca volverían, como cuando saltaba sobre la cama de matrimonio y entonces venía su padre y la cogía al vuelo. Un hombre fuerte, pensaba, antes de romper a llorar.
A veces el buen hombre parecía recuperarse, pero era como una bombilla a punto de fundirse: aquellos destellos de vida sólo eran la señal inequívoca de que se apagaría pronto.
Un día, aquello que madre e hija temían, sucedió. Lloraron juntas, prepararon el funeral y durante éste, Marta pidió disculpas a su madre por no haber estado más a menudo; ésta le puso una mano sobre el hombro y dijo:
- No has decepcionado a nadie, cielo. Se fue sabiendo que le querías, y eso basta.
Y cada una se fue a su casa, y Marta sintió un gran alivio. Su padre estaba muerto, sí, pero prefería su descanso antes que su agonía.
Ahora, el día después del funeral, Marta se viste con una camiseta verde de tirantes, unos pantalones de cuadros amarillo oscuro y calcetines de colores, y se dispone a seguir adelante.
De repente, por impulso, comienza a saltar sobre su cama, y la gata se une a su juego.
Y en el fondo, espera que alguien la coja volando en mitad de un salto…
Una turba (I)
He visto algo espantoso hoy.
He contemplado, atónito, como una turba de gente conseguía matar a un ciego.
Sin tocarlo.
Y yo no hice nada, aparte de quedarme sentado y contemplar la escena, mientras los vagones de metro reverberaban en los túneles como un puñado de animales extintos.
He contemplado, atónito, como una turba de gente conseguía matar a un ciego.
Sin tocarlo.
Y yo no hice nada, aparte de quedarme sentado y contemplar la escena, mientras los vagones de metro reverberaban en los túneles como un puñado de animales extintos.
Codificación
El profesor Steelman toqueteaba el gran aparato defensivo cuando sus colegas llegaron al laboratorio. La máquina en cuestión, una estructura metálica rematada a ambos lados por una especie de trombones sujetos y cubiertos por cables, despertó en sus compañeros extrañeza, reticencia y alguna carcajada.
- ¿Y pretende usted, majadero – comenzó Klein, llenándose la boca con aquella falta de respeto -, solucionar así el “problema” que descubrió después de consumir peyote?
Me lo merezco, pensó Steelman con amargura; aunque todos los presentes, físicos cuánticos de probada excelencia, estiraban igual los límites de la realidad con o sin drogas, jamás admitirían consumirlas para alimentar sus teorías. Un científico, pensaban unánimemente, sólo tiene tres constantes: pelo, prestigio y cerebro; y sólo el primero podía aproximarse a cero sin ser catastrófico.
- Como sabrán – rememoró Steelman -, un grupo de seres ultradimensionales ha alcanzado nuestro universo. Dada la naturaleza de su universo, apenas pueden interactuar con nosotros; pero pueden espiarnos incluso en el interior de nuestras cabezas. Mi invento es sencillo: codifica la frecuencia vibratoria de nuestro universo de tal forma que resulte ininteligible para estos “intrusos curiosos”.
- ¡Pero es una locura! – maldijo Fredrikks, antes de echarse a reír -. ¿Y cuándo piensa activar esa máquina infernal, para que veamos el ridículo que ha hecho?
- Ya lo he hecho – aseveró Steelman -. En estz misni monwbri se wbxywbrep a okwbi ewbsunuwbri.
T pau dyw xini wk vywb sixrie kifei au nwra, t oie wai bi oywswa wbrwbswe wari.
DUB
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
- ¿Y pretende usted, majadero – comenzó Klein, llenándose la boca con aquella falta de respeto -, solucionar así el “problema” que descubrió después de consumir peyote?
Me lo merezco, pensó Steelman con amargura; aunque todos los presentes, físicos cuánticos de probada excelencia, estiraban igual los límites de la realidad con o sin drogas, jamás admitirían consumirlas para alimentar sus teorías. Un científico, pensaban unánimemente, sólo tiene tres constantes: pelo, prestigio y cerebro; y sólo el primero podía aproximarse a cero sin ser catastrófico.
- Como sabrán – rememoró Steelman -, un grupo de seres ultradimensionales ha alcanzado nuestro universo. Dada la naturaleza de su universo, apenas pueden interactuar con nosotros; pero pueden espiarnos incluso en el interior de nuestras cabezas. Mi invento es sencillo: codifica la frecuencia vibratoria de nuestro universo de tal forma que resulte ininteligible para estos “intrusos curiosos”.
- ¡Pero es una locura! – maldijo Fredrikks, antes de echarse a reír -. ¿Y cuándo piensa activar esa máquina infernal, para que veamos el ridículo que ha hecho?
- Ya lo he hecho – aseveró Steelman -. En estz misni monwbri se wbxywbrep a okwbi ewbsunuwbri.
T pau dyw xini wk vywb sixrie kifei au nwra, t oie wai bi oywswa wbrwbswe wari.
SinDios
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© del autor.
El Busca
Fernando volvió a casa después de un duro día de trabajo. Atravesó el portal del edificio de apartamentos en el que vivía y se acercó al buzón. Preparó las llaves para sacar las cartas y en el momento que abrió la casilla su busca comenzó a sonar: en la oficina se le necesitaba inmediatamente después de comer.
Con fastidio, recogió las cartas y sin advertirlo, dejó el busca en el interior del buzón. No volvió a interesarse por él hasta que estuvo en la oficina, y ya era demasiado tarde.
Concentrémonos en el busca.
Es un pequeño aparato de forma rectangular con una pantalla de cristal líquido por el que desfilan mensajes distribuidos en dos líneas. En la parte superior, una luz verde avisa que el dispositivo está en marcha.
Fue esta luz verde la que llamó la atención del conserje del edificio. Por desgracia, justo en el momento en que el hombre metió las narices en el buzón la batería del aparato comenzó a agonizar, y la luz verde cambió a roja; a punto de llorar, con la sensación de una espada de Damocles sobre su cabeza, llamó a la policía.
Fernando volvió a casa después de una dura tarde de trabajo. En el portal había veinte policías enfurruñados y un robot frustrado, que le miraron con el ceño fruncido, y no había cartas que sacar del buzón porque todos los casilleros estaban reventados.
- Otra vez no – pensó, mientras consideraba la posibilidad de comprarse un móvil.
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Con fastidio, recogió las cartas y sin advertirlo, dejó el busca en el interior del buzón. No volvió a interesarse por él hasta que estuvo en la oficina, y ya era demasiado tarde.
Concentrémonos en el busca.
Es un pequeño aparato de forma rectangular con una pantalla de cristal líquido por el que desfilan mensajes distribuidos en dos líneas. En la parte superior, una luz verde avisa que el dispositivo está en marcha.
Fue esta luz verde la que llamó la atención del conserje del edificio. Por desgracia, justo en el momento en que el hombre metió las narices en el buzón la batería del aparato comenzó a agonizar, y la luz verde cambió a roja; a punto de llorar, con la sensación de una espada de Damocles sobre su cabeza, llamó a la policía.
Fernando volvió a casa después de una dura tarde de trabajo. En el portal había veinte policías enfurruñados y un robot frustrado, que le miraron con el ceño fruncido, y no había cartas que sacar del buzón porque todos los casilleros estaban reventados.
- Otra vez no – pensó, mientras consideraba la posibilidad de comprarse un móvil.
SinDios
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© del autor.
Sábado de Juego (y VI; FINAL)
El primero sonrió tras efectuar el disparo, reconfortado de que no hubiera bala.
CLAC!
El segundo se desmayó después de apoyar delicadamente la pistola en la mesa, y todos oímos cómo se meaba encima.
CLAC!
¡Oh, vaya! ¡Eso sí que era suerte! Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo; me juré que jamás volvería a jugar, a menos que fuera el parchís o al Monopoly con mi hijo. La deuda estaba saldada, yo limpio, y el mundo iba a seguir girando. Por supuesto, no podía levantarme hasta que alguien se volara la cabeza, pero el hecho de que no fuera yo ese patán le quitaba mucho contenido emocional.
El revólver llegó al experto que tenía a mi derecha, y volvió a sonar hueco, y por un breve tiempo llegué a soñar que la bala había desaparecido y que nadie moriría, iluso de mí. Resulta que el tipo ese tan nervioso, el del tizón en el culo y todo eso, empuñó el arma y apuntó a la cabeza de uno de los tipos que había en la parte superior. La situación pasó de tensa a grave y el resto de los que nos hallábamos en la mesa nos apartamos prudencialmente, dejando que el loco se atreviera a hacer lo que fuera que tenía en mente. Arriba se oían murmullos, y se distinguía el particular sonido de varias armas que están siendo amartilladas. Abajo, los que no parecíamos tan locos nos susurrábamos unos a otros.
- ¿Qué hacemos? – farfulló el experto que tuve a mi derecha y que ahora estaba pegado a la pared, apenas metro y medio a mi izquierda.
- No lo sé –apunté. Luego hice un leve mohín -. Pero tenemos que hacer algo.
- ¡Venga ya! – contestó contrariado el primero en probar suerte. - ¿Por qué deberíamos hacer nada? Ese mamón se ha metido sólo en este problema y por mí, saldría solo de él.
- ¿Sí? – dije, clavando la mirada más amenazadora que pude llegar a hacer. – Y dime una cosa...
- ¿El qué?
- Bien, ¿has visto quién hay arriba?
- No, no dejan subir bajo peligro de muerte.
- Ajá... y ¿alguna vez has mirado a través del agujero?
- Sí, pero joder, ¿a qué viene este puto interrogatorio?
- Viste a unos tíos trajeados, pues.
- Puesss... sí.
- Bueno, ¿y crees que ellos se mancharían de sangre?
- ¿Uh?
- Lo plantearé mejor... NO sabes CUÁNTOS hay en el piso superior ni CÓMO están ARMADOS, ni tampoco sabes si ellos SE MOLESTARÁN en APUNTAR a ese loco o directamente MATARÁN a todos los que estemos aquí debajo. ¿Así mejor?
El muy imbécil estaba pálido del susto, y se aferraba como podía a los tablones que conformaban la pared de la cabaña. Sin embargo, aunque me reportó gran satisfacción asustar a ese pringado contándole lo que de verdad pasaba allí, suponía una victoria pírrica respecto a lo que podía pasar. Al fin y al cabo, yo sólo quería escapar.
Decidí entonces acercarme al loco e intentar razonar con él, usar la poderosa sugestión que hay en las palabras para confundirle lo suficiente y entonces arrebatarle el arma y eliminar la amenaza. A quién quería engañar, creyéndome uno de esos indestructibles héroes de acción que desayunan, comen y cenan teflón como si fuera parte importante de su dieta y que consiguen negociar con cualquier terrorista saliendo mínimamente herido, y con la situación controlada. Lenta, pesadamente, caminé hacia el sujeto, que apuntaba a los de arriba sin terminar de decidirse, como un cazador de video-consola que tiene que elegir entre un pato digital u otro. Me di a conocer cuando estaba a medio metro de él, e intenté hablar mientras con el brazo derecho extendido pretendía traspasarle cierta calma.
- Amigo, no hag-
BLAM!
La vida de mi esposo acabó, según dice la policía, cuando merodeaba por un descampado y le intentaron atracar, con tan mala fortuna que quien fuera que le atracara prefirió registrar un cadáver que vérselas con una persona viva. Es lo que tienen, se disculpan, esos hijoputas heroinómanos que merodean como fantasmas en pena buscando pelas con las que comprar una nueva dosis.
Murió solo.
Mentira.
La Rusa tiene la culpa. Ella y la maldita cabaña donde se jugaba. Pero si abro la boca, tendré problemas por el lado de la policía y el de los tipos de la cabaña. La policía puede estar, hasta donde yo sé, untada, y lo menos que necesito son multas innecesarias y detenciones aleatorias y registros injustificados porque, a lo mejor, mi cara es muy común y es fácil que se me confunda. Y bueno, qué podría decir de los cabrones detrás de ese pequeño habitáculo de madera que no se pueda sacar de esta historia.
Decido callarme.
Los problemas se esfuman cuando con gran pesar, más por la pérdida de pasta que por la pérdida de un cliente, los del seguro me dan dinero suficiente como para que mi hijo tenga un futuro asegurado, y yo, una vida cómoda.
No es un final feliz. No hay asesino por ninguna parte, mi esposo está muerto y el caso lo han cerrado lo más deprisa que han podido, presionados por algún gordo bañado en pasta al que medio departamento debe favores. Pero mi hijo y yo podremos vivir sin tiranteces una buena temporada, y en el fondo sé que mi amor se esforzó por conseguir el desenlace que más nos convenía.
Y eso ya es más de lo que consiguen algunos.
CLAC!
El segundo se desmayó después de apoyar delicadamente la pistola en la mesa, y todos oímos cómo se meaba encima.
CLAC!
¡Oh, vaya! ¡Eso sí que era suerte! Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo; me juré que jamás volvería a jugar, a menos que fuera el parchís o al Monopoly con mi hijo. La deuda estaba saldada, yo limpio, y el mundo iba a seguir girando. Por supuesto, no podía levantarme hasta que alguien se volara la cabeza, pero el hecho de que no fuera yo ese patán le quitaba mucho contenido emocional.
El revólver llegó al experto que tenía a mi derecha, y volvió a sonar hueco, y por un breve tiempo llegué a soñar que la bala había desaparecido y que nadie moriría, iluso de mí. Resulta que el tipo ese tan nervioso, el del tizón en el culo y todo eso, empuñó el arma y apuntó a la cabeza de uno de los tipos que había en la parte superior. La situación pasó de tensa a grave y el resto de los que nos hallábamos en la mesa nos apartamos prudencialmente, dejando que el loco se atreviera a hacer lo que fuera que tenía en mente. Arriba se oían murmullos, y se distinguía el particular sonido de varias armas que están siendo amartilladas. Abajo, los que no parecíamos tan locos nos susurrábamos unos a otros.
- ¿Qué hacemos? – farfulló el experto que tuve a mi derecha y que ahora estaba pegado a la pared, apenas metro y medio a mi izquierda.
- No lo sé –apunté. Luego hice un leve mohín -. Pero tenemos que hacer algo.
- ¡Venga ya! – contestó contrariado el primero en probar suerte. - ¿Por qué deberíamos hacer nada? Ese mamón se ha metido sólo en este problema y por mí, saldría solo de él.
- ¿Sí? – dije, clavando la mirada más amenazadora que pude llegar a hacer. – Y dime una cosa...
- ¿El qué?
- Bien, ¿has visto quién hay arriba?
- No, no dejan subir bajo peligro de muerte.
- Ajá... y ¿alguna vez has mirado a través del agujero?
- Sí, pero joder, ¿a qué viene este puto interrogatorio?
- Viste a unos tíos trajeados, pues.
- Puesss... sí.
- Bueno, ¿y crees que ellos se mancharían de sangre?
- ¿Uh?
- Lo plantearé mejor... NO sabes CUÁNTOS hay en el piso superior ni CÓMO están ARMADOS, ni tampoco sabes si ellos SE MOLESTARÁN en APUNTAR a ese loco o directamente MATARÁN a todos los que estemos aquí debajo. ¿Así mejor?
El muy imbécil estaba pálido del susto, y se aferraba como podía a los tablones que conformaban la pared de la cabaña. Sin embargo, aunque me reportó gran satisfacción asustar a ese pringado contándole lo que de verdad pasaba allí, suponía una victoria pírrica respecto a lo que podía pasar. Al fin y al cabo, yo sólo quería escapar.
Decidí entonces acercarme al loco e intentar razonar con él, usar la poderosa sugestión que hay en las palabras para confundirle lo suficiente y entonces arrebatarle el arma y eliminar la amenaza. A quién quería engañar, creyéndome uno de esos indestructibles héroes de acción que desayunan, comen y cenan teflón como si fuera parte importante de su dieta y que consiguen negociar con cualquier terrorista saliendo mínimamente herido, y con la situación controlada. Lenta, pesadamente, caminé hacia el sujeto, que apuntaba a los de arriba sin terminar de decidirse, como un cazador de video-consola que tiene que elegir entre un pato digital u otro. Me di a conocer cuando estaba a medio metro de él, e intenté hablar mientras con el brazo derecho extendido pretendía traspasarle cierta calma.
- Amigo, no hag-
BLAM!
La vida de mi esposo acabó, según dice la policía, cuando merodeaba por un descampado y le intentaron atracar, con tan mala fortuna que quien fuera que le atracara prefirió registrar un cadáver que vérselas con una persona viva. Es lo que tienen, se disculpan, esos hijoputas heroinómanos que merodean como fantasmas en pena buscando pelas con las que comprar una nueva dosis.
Murió solo.
Mentira.
La Rusa tiene la culpa. Ella y la maldita cabaña donde se jugaba. Pero si abro la boca, tendré problemas por el lado de la policía y el de los tipos de la cabaña. La policía puede estar, hasta donde yo sé, untada, y lo menos que necesito son multas innecesarias y detenciones aleatorias y registros injustificados porque, a lo mejor, mi cara es muy común y es fácil que se me confunda. Y bueno, qué podría decir de los cabrones detrás de ese pequeño habitáculo de madera que no se pueda sacar de esta historia.
Decido callarme.
Los problemas se esfuman cuando con gran pesar, más por la pérdida de pasta que por la pérdida de un cliente, los del seguro me dan dinero suficiente como para que mi hijo tenga un futuro asegurado, y yo, una vida cómoda.
No es un final feliz. No hay asesino por ninguna parte, mi esposo está muerto y el caso lo han cerrado lo más deprisa que han podido, presionados por algún gordo bañado en pasta al que medio departamento debe favores. Pero mi hijo y yo podremos vivir sin tiranteces una buena temporada, y en el fondo sé que mi amor se esforzó por conseguir el desenlace que más nos convenía.
Y eso ya es más de lo que consiguen algunos.
"Metaliteratura"
Había tres personas en la habitación. Dos miraban al otro.
- Está muerto – dijo Bernardo.
Estaba en lo cierto. El cadáver, su amigo Luís, mantenía una mueca de disgusto, como si la muerte hubiera venido en el peor momento posible; sin embargo, mantenía los pantalones subidos.
- ¿Quién habrá sido? – preguntó Bernardo al amigo que quedaba vivo, Santiago.
- Has sido tú.
- ¿Cómo que he sido yo?
- Claro que sí. Luís estaba vivo hace un momento. Dijiste eso y entonces murió.
- Pero si estaba muerto cuando lo he dicho, ¡por eso lo he dicho! ¡El narrador fue el que dijo que estaba muerto!
No, sólo lo corroboré.
- ¿Qué narrador? – inquirió Santiago.
- ¡Ése! ¡Es el culpable! ¡El que ha dicho “inquirió Santiago…”
- No le oigo.
- Espera, hablará.
- Joder, ahora no habla. Vale; dime: ¿cómo, supuestamente, he podido matarle?
- Pues… no sé. Con tus palabras. No me lo creería si me lo contaran, pero he sido testigo.
- Es culpa del narrador: seguro que al principio pensó desarrollar una trama criminal hasta que encontráramos al culpable.
Claro que no.
- ¡Oh, venga!
- ¿Otra vez el narrador?
- Sí: me ha tendido una trampa. En vez de seguir adelante con la historia, prefiere hacer “metaliteratura”.
- ¡Vaya excusas me das! ¿Qué coño significa eso?
- ¡Es difícil de explicar!
- ¿Pero es que no sabes qué inventarte? ¡Estás loco!
Y Santiago tenía toda la razón.
- ¡NO! – gimió Bernardo.
SÍ.
FIN
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
- Está muerto – dijo Bernardo.
Estaba en lo cierto. El cadáver, su amigo Luís, mantenía una mueca de disgusto, como si la muerte hubiera venido en el peor momento posible; sin embargo, mantenía los pantalones subidos.
- ¿Quién habrá sido? – preguntó Bernardo al amigo que quedaba vivo, Santiago.
- Has sido tú.
- ¿Cómo que he sido yo?
- Claro que sí. Luís estaba vivo hace un momento. Dijiste eso y entonces murió.
- Pero si estaba muerto cuando lo he dicho, ¡por eso lo he dicho! ¡El narrador fue el que dijo que estaba muerto!
No, sólo lo corroboré.
- ¿Qué narrador? – inquirió Santiago.
- ¡Ése! ¡Es el culpable! ¡El que ha dicho “inquirió Santiago…”
- No le oigo.
- Espera, hablará.
- Joder, ahora no habla. Vale; dime: ¿cómo, supuestamente, he podido matarle?
- Pues… no sé. Con tus palabras. No me lo creería si me lo contaran, pero he sido testigo.
- Es culpa del narrador: seguro que al principio pensó desarrollar una trama criminal hasta que encontráramos al culpable.
Claro que no.
- ¡Oh, venga!
- ¿Otra vez el narrador?
- Sí: me ha tendido una trampa. En vez de seguir adelante con la historia, prefiere hacer “metaliteratura”.
- ¡Vaya excusas me das! ¿Qué coño significa eso?
- ¡Es difícil de explicar!
- ¿Pero es que no sabes qué inventarte? ¡Estás loco!
Y Santiago tenía toda la razón.
- ¡NO! – gimió Bernardo.
SÍ.
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
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Los burros son la más dulce de las bestias
Aquello nada tenía que ver con la ciudad. El Sol se levantaba orgulloso en el horizonte, sin nada gris en el cielo para hacerle frente o multiplicar su calor, y contra el cielo se recortaba una hermosa y rústica estampa donde cualquier hombre de ciudad podía poner los hombros en jarra y exclamar, excitado:
- ¡Esto sí es vida!
El hombre de los brazos en jarra, Antonio, que se había despertado, no con el sonido de un gallo, sino con el temprano e insistente rebuzno de un asno, venía de la ciudad de Madrid, y tal y como le habían aconsejado sus amigos y su terapeuta, volvió reticente y desconfiado al campo, aquel al que solía ir de pequeño. No obstante, cuando contaba con diez años había comprobado atónito cómo un lugareño fornicaba indistintamente con gallinas y corderos, y aunque al principio su mente infantil intentaba tapar los hechos con vivencias más agradables y juegos, comenzó a tener pesadillas recurrentes de pollos con cabeza humana, y jerseys de lana procedente de paletos peludos; antes de cumplir veinte años, decidió no volver nunca a aquellos parajes, ni a cualquiera que se les pareciera, dejó de comer pollo asado y cordero y empezó a considerar la ingesta de huevos como un acto de piedad. Sin embargo, ahora tenía treinta y cinco años y aunque había dejado el tabaco, tosía con frecuencia; el cabello se le caía a puñados, que a veces tiraba al retrete con desprecio y otras veces acariciaba como si cada uno fuera un hijo; y las pocas horas de sueño que tenía no eran provechosas y resultaban poco saludables. El diagnóstico fue demoledor: estrés. Demasiado estrés.
Fue la insistencia de su novia y algunos de sus amigos más cercanos por lo que cedió. No contó la noticia a sus padres, pues estaban seguros de que Antonio no volvería a la tierra de sus abuelos y no quería estropearles aquel pensamiento que habían tardado varios años en asumir. Tratar de explicarles el súbito cambio de parecer, motivado por media hora frente a un médico, podría parecerles injusto si se tenía en cuenta que ellos habían hablado del tema mucho más tiempo.
Y cogió las maletas, condujo dos horas con un par de discos de Fleetwood Mac y acabó en medio de Castilla y León, y antes de que se diera cuenta estaba desempacando sus cosas en la pequeña casa que hacía años le vio jugar. Nada había cambiado en aquel pueblo, y tuvo un ataque de ansiedad al ver una vaca pasar frente a su casa; se encerró en la vetusta casa de sus bisabuelos y respiró hondo: había venido para tener algo de descanso, no para rememorar viejos y malos momentos.
Así, en aquella gloriosa mañana, Antonio creyó volverse a reconciliar con las raíces familiares, e inflado de valor y optimismo, se lanzó a un temerario paseo por los tranquilos campos que se encontraban a apenas diez minutos de camino agreste. Como no sabía dónde ir, decidió rastrear los rebuznos que le habían despertado, y encontró una pequeña granja, con un pequeño granjero de unos cincuenta años a sus puertas, subido a un taburete y peinando al asno, que se había tranquilizado. A su lado había un plato con mantequilla, y aunque el olor no era el ideal, Antonio pensó que un desayuno al lado de un burro siempre podría ser mejor que en una ciudad llena de contaminación.
- Bonito ejemplar – dijo Antonio, contento.
- ¿Eh? – el lugareño trató de encontrar un significado a aquella palabra, como quien busca el significado a la palabra “kadapaloulos”.
- Digo que el burro es muy bonito.
- Ya ve, ¿eh? – contestó, palmeando con orgullo los cuartos traseros del animal -. ¿Quién es usted?
- Antonio Moreno, el hijo de Hernán Moreno…
- … el Gamusino.
- No, Hernán Moreno – contestó airado Antonio. No soportaba los motes de pueblo, ni que le recordaran que su padre era bajito y de actitud esquiva.
- Coño, el Gamusino.
- ¡Que no, que es Hernán Moreno!
- ¡EL GAMUSINO, ES EL JODÍO GAMUSINO COÑO!
Antonio desistió. No necesitaba hacer entrar en razón al lugareño; ya se creía lo suficientemente superior a él.
- Vale. Ése – suspiró.
- ¿Y qué le trae aquí, Gamusinillo?
Su mente se tomó un poco de tiempo para pedir tranquilidad, pues abortó un golpe de estado de su boca para gritar su nombre. La parte reptil de su cerebro, director de orquesta del golpe, se negaba a dar su brazo a partir, por mucho que pudiera regenerarlo, pero acabó recapitulando y volvió a sus tareas habituales. Al final, Antonio explicó con voz átona: El estrés. Tengo muchos nervios, y pensé que esto sería lo mejor.
- Pues ha acertao de pleno. ¿Sabe cuál es mi remedio?
La mente urbanita de Antonio soñó con paseos en mitad del campo, la apacible rutina de una vida al margen de las prisas inventadas por el mundo civilizado, la comunión con la naturaleza y esas cosas.
- Sorpréndame – replicó ufano.
- Hágaselo con el burro. Le dejo, pero no se envicie, ¿eh?
- ¿¡Qué!? – gimió Antonio. Viejos traumas no sólo se desenterraron, sino que amenazaron con erguirse y darle un bocado en la pierna.
- Oh, al principio son algo ariscos, pero enseguida se dejan, ¿sabe? Son la más dulce de las bestias, no como dicen de la mujer, que uno nunca sabe a qué atenerse, porque les duele la cabeza o te atizan con la sartén si les insistes un poquito…
- ¿Cómo será un poquito para este hombre? – pensó Antonio.
- … pero aquí ve a éste, que todas las mañanas me levanta a rebuznos para que le dé lo suyo.
- Oh Dios, y me dirá que la manquilla es para él, ¿no?
- No, ¡es para mí! Je, je, je. Es que me ha interrumpío, ¿sabe?
Antonio salió corriendo hacia la casa de sus bisabuelos, volvió a hacer las maletas y salió escopeteado de allí. El lugareño contempló su huída entre risas de satisfacción.
- Estos de ciudad – dijo a su compañero équido sin soltar su grupa -, se piensan que nos lo hacemos con todo. ¡Un burro! ¿Quién sería tan bestia? Todo el mundo sabe lo fáciles y placenteras que son las gallinas.
El burro rebuznó furiosamente un par de veces.
- No te pongas así, ¿vale? Sabes que no puedo dejarte mirar.
- ¡Esto sí es vida!
El hombre de los brazos en jarra, Antonio, que se había despertado, no con el sonido de un gallo, sino con el temprano e insistente rebuzno de un asno, venía de la ciudad de Madrid, y tal y como le habían aconsejado sus amigos y su terapeuta, volvió reticente y desconfiado al campo, aquel al que solía ir de pequeño. No obstante, cuando contaba con diez años había comprobado atónito cómo un lugareño fornicaba indistintamente con gallinas y corderos, y aunque al principio su mente infantil intentaba tapar los hechos con vivencias más agradables y juegos, comenzó a tener pesadillas recurrentes de pollos con cabeza humana, y jerseys de lana procedente de paletos peludos; antes de cumplir veinte años, decidió no volver nunca a aquellos parajes, ni a cualquiera que se les pareciera, dejó de comer pollo asado y cordero y empezó a considerar la ingesta de huevos como un acto de piedad. Sin embargo, ahora tenía treinta y cinco años y aunque había dejado el tabaco, tosía con frecuencia; el cabello se le caía a puñados, que a veces tiraba al retrete con desprecio y otras veces acariciaba como si cada uno fuera un hijo; y las pocas horas de sueño que tenía no eran provechosas y resultaban poco saludables. El diagnóstico fue demoledor: estrés. Demasiado estrés.
Fue la insistencia de su novia y algunos de sus amigos más cercanos por lo que cedió. No contó la noticia a sus padres, pues estaban seguros de que Antonio no volvería a la tierra de sus abuelos y no quería estropearles aquel pensamiento que habían tardado varios años en asumir. Tratar de explicarles el súbito cambio de parecer, motivado por media hora frente a un médico, podría parecerles injusto si se tenía en cuenta que ellos habían hablado del tema mucho más tiempo.
Y cogió las maletas, condujo dos horas con un par de discos de Fleetwood Mac y acabó en medio de Castilla y León, y antes de que se diera cuenta estaba desempacando sus cosas en la pequeña casa que hacía años le vio jugar. Nada había cambiado en aquel pueblo, y tuvo un ataque de ansiedad al ver una vaca pasar frente a su casa; se encerró en la vetusta casa de sus bisabuelos y respiró hondo: había venido para tener algo de descanso, no para rememorar viejos y malos momentos.
Así, en aquella gloriosa mañana, Antonio creyó volverse a reconciliar con las raíces familiares, e inflado de valor y optimismo, se lanzó a un temerario paseo por los tranquilos campos que se encontraban a apenas diez minutos de camino agreste. Como no sabía dónde ir, decidió rastrear los rebuznos que le habían despertado, y encontró una pequeña granja, con un pequeño granjero de unos cincuenta años a sus puertas, subido a un taburete y peinando al asno, que se había tranquilizado. A su lado había un plato con mantequilla, y aunque el olor no era el ideal, Antonio pensó que un desayuno al lado de un burro siempre podría ser mejor que en una ciudad llena de contaminación.
- Bonito ejemplar – dijo Antonio, contento.
- ¿Eh? – el lugareño trató de encontrar un significado a aquella palabra, como quien busca el significado a la palabra “kadapaloulos”.
- Digo que el burro es muy bonito.
- Ya ve, ¿eh? – contestó, palmeando con orgullo los cuartos traseros del animal -. ¿Quién es usted?
- Antonio Moreno, el hijo de Hernán Moreno…
- … el Gamusino.
- No, Hernán Moreno – contestó airado Antonio. No soportaba los motes de pueblo, ni que le recordaran que su padre era bajito y de actitud esquiva.
- Coño, el Gamusino.
- ¡Que no, que es Hernán Moreno!
- ¡EL GAMUSINO, ES EL JODÍO GAMUSINO COÑO!
Antonio desistió. No necesitaba hacer entrar en razón al lugareño; ya se creía lo suficientemente superior a él.
- Vale. Ése – suspiró.
- ¿Y qué le trae aquí, Gamusinillo?
Su mente se tomó un poco de tiempo para pedir tranquilidad, pues abortó un golpe de estado de su boca para gritar su nombre. La parte reptil de su cerebro, director de orquesta del golpe, se negaba a dar su brazo a partir, por mucho que pudiera regenerarlo, pero acabó recapitulando y volvió a sus tareas habituales. Al final, Antonio explicó con voz átona: El estrés. Tengo muchos nervios, y pensé que esto sería lo mejor.
- Pues ha acertao de pleno. ¿Sabe cuál es mi remedio?
La mente urbanita de Antonio soñó con paseos en mitad del campo, la apacible rutina de una vida al margen de las prisas inventadas por el mundo civilizado, la comunión con la naturaleza y esas cosas.
- Sorpréndame – replicó ufano.
- Hágaselo con el burro. Le dejo, pero no se envicie, ¿eh?
- ¿¡Qué!? – gimió Antonio. Viejos traumas no sólo se desenterraron, sino que amenazaron con erguirse y darle un bocado en la pierna.
- Oh, al principio son algo ariscos, pero enseguida se dejan, ¿sabe? Son la más dulce de las bestias, no como dicen de la mujer, que uno nunca sabe a qué atenerse, porque les duele la cabeza o te atizan con la sartén si les insistes un poquito…
- ¿Cómo será un poquito para este hombre? – pensó Antonio.
- … pero aquí ve a éste, que todas las mañanas me levanta a rebuznos para que le dé lo suyo.
- Oh Dios, y me dirá que la manquilla es para él, ¿no?
- No, ¡es para mí! Je, je, je. Es que me ha interrumpío, ¿sabe?
Antonio salió corriendo hacia la casa de sus bisabuelos, volvió a hacer las maletas y salió escopeteado de allí. El lugareño contempló su huída entre risas de satisfacción.
- Estos de ciudad – dijo a su compañero équido sin soltar su grupa -, se piensan que nos lo hacemos con todo. ¡Un burro! ¿Quién sería tan bestia? Todo el mundo sabe lo fáciles y placenteras que son las gallinas.
El burro rebuznó furiosamente un par de veces.
- No te pongas así, ¿vale? Sabes que no puedo dejarte mirar.
Etiquetas: bestialismo broma
Sábado de Juego (V)
Si hay algo que se me ha quedado grabado fue el último día que jugué con la Rusa. Hasta entonces, mi suerte era invariablemente superior a la del resto de los mortales, y estaba dispuesto a agarrarme a ella, por poco que me quedara ya por esas alturas, con el fin de liquidar de una vez mi deuda. Recuerdo la noche previa, intentando dormir entre los diligentes brazos de mi esposa, y la inocente mirada de mi hijo, que ya por entonces seguro que había deducido buena parte de lo que me sucedía (es un chico muy listo), y que me hablaba como si fuera lo último que me iba a poder decirme, y yo le consolaba alzándole por encima de mi cabeza y recordándole que yo siempre estaría con él.
Haciendo balance de esos días, tan lejanos, tan fríos, creo que hubiera podido hacer lo que me viniese en gana sin recibir un leve carraspeo de reproche por parte de mi mujer: ella también pensaba que no volvería nunca, y que esos últimos días que parecían quedarme los debía pasar en completa tranquilidad y reposo; no la llegué a engañar, pero me juego un brazo a que si un día me hubiera visto por la ventana follando con una furcia en el portal, no habría dicho nada. Ella era sin duda la gran afectada, y su frugalidad a la hora de comer rayó la anorexia, y su tono de voz solía apagarse al final de cada frase que pronunciaba; yo, sin embargo, había decidido vivir todas los días como si fueran el último, y me entusiasmaba cualquier cosa que me dijeran, sobre todo mi hijo. Je, no me tuve que collejear mentalmente veces ni nada, para evitar mirarle como un huérfano...
El último día, salí de casa a eso de las siete de la tarde. Me esperaba un largo trayecto a pie.
Normalmente, el camino hacia la vieja cabaña en las afueras me llevaba tres cuartos de hora, quizá un poco más si me detenía por el camino, pues estaba a una distancia considerable y yo ya no tenía coche. En cierto modo me gustaba ese trayecto, porque nunca sufrí ningún incidente, y me quedaba embobado observando el paisaje, las vías del tren, o incluso esa nube gris que está siempre encima de Madrid y que la acompañará hasta que el aire vuelva a ser limpio de nuevo... si soy sincero, la mayoría de los planes ecologistas me suenan muy cogidos por los pelos, casi utópicos, no sé, puede que por las noticias que leo y veo y que aseguran que sólo es una pequeña molestia, esto de la contaminación, y que minimizan cualquier riesgo respecto al peligro que pueda causar ese cáncer en los cielos de la ciudad.
La casa estaba hecha con tablones nuevos, y parecía estar construida por gente que sabía lo que hacía y no por simples parias que buscan hacerse un hogar. No llego a imaginarme quién pudo llegar a levantarla, pero creo que ya desde el prinicipio estaba concebida como el hogar de la Rusa, o al menos eso es lo que me daba a entender su diseño: en el piso inferior tenías una mesa grande y redonda, con varias sillas alrededor, y al fondo a la derecha, según se entraba, había unas escaleras que conectaban con un segundo piso al que nunca subí y que tenía un agujero, de modo que los que había en ese piso podían ver perfectamente a los que estaban debajo jugando; observaban desde allí gentes oscuras, de voz rota, que reían al unísono cuando alguien se saltaba la tapa de los sesos y que nunca llegué a conocer, como si la influencia de los de debajo provocase aversión a los que permanecían arriba y procurasen establecer un mínimo contacto con ellos
Abrí la puerta y procedí a sentarme, analizando la escena: había cinco personas en total en el piso de abajo, y por lo que percibí, había otras cuatro personas más arriba. El viejo y polvoriento revólver reposaba encima de la mesa, con el tambor abierto, para que pudiéramos apreciar que sólo había una bala y que no había tongo. El que estaba a mi derecha lo cogió y lo preparó, girando el tambor para que no se supiera en qué posición quedaría la bala y pasándoselo a continuación al que tenía delante, lo que venía a significar que yo sería el tercero en reposar el metal junto a mi sien. En ese momento previo, antes de empezar la partida, recordaba con un asco especial la primera vez que vi cómo una de esas personas se abría la cabeza; algunos apuntaban a la sien, pero otro se la metían en la boca: en el primer “suicidio” que presencié, la víctima eligió esa última forma de colocar la pistola. Con decisión, arrebató aquella antigualla a quien tenía a su izquierda y se la introdujo en la boca con las dos manos sujetándola, cerrando los ojos y reposando los índices en el gatillo: al disparar, los sesos se desperdigaron por toda la pared que había detrás, y el pobre cabrón soltó la pistola en lo que sin duda fue su último acto con vida; a continuación se quedó quieto, en equilibrio, sobre la silla, mirando hacia delante con cara de imbécil y la boca mostrando un túnel pegajoso y sangriento. Un curioso se acercó por detrás y vomitó al ver el cráneo abierto y astillado, con los sesos goteando poco a poco, precipitándose al suelo al mismo tiempo el curioso y lo que restaba de masa cerebral.
El cadáver siempre suponía todo un engorro a la hora de ser transportado y de intentar borrar, aunque fuera superficialmente, las huellas de su muerte. A lo primero, los que organizaban éste tipo de cosas transportaban (por supuesto no personalmente) el cuerpo lejos, donde no pudiera ser relacionado con la caseta; a lo segundo, con una manguera mojaban el suelo y las paredes, moviendo los pedacitos de seso hasta fuera y dejando unas terribles manchas, por lo que significaban, en la pared. Eso era lo que ponía más nervioso: la cantidad de manchas que había por toda la parte inferior de la desvencijada cabaña, recordándonos a cada uno de nosotros que el siguiente en decorar las paredes podíamos ser cualquiera de los allí sentados. Ese último día, dos sillas a mi derecha, había un tipo con ojos grandes y saltones de color oscuro, que debía estar muy nervioso y que con toda seguridad se enfrentaba por primera vez a aquella terrible experiencia: con sólo fijarme en su cara, podía adivinar su historia, y pude enterarme que, si salía vivo aquella jornada, volvería la próxima semana; poseía ese rictus de profundo terror y agitado nerviosismo, que refleja ese miedo primigenio que se te acumula en el culo, y que te retuerce las tripas a través del ano como si te hubieran metido un tizón al rojo vivo bien puntiagudo, mientras que el dolor y el sofoco te recorren de abajo a arriba por el cuerpo, para llegar a la cabeza, donde finalmente explota en tu mente, como un disparo que nadie ve pero que sólo tú sientes...
CLAC!
Haciendo balance de esos días, tan lejanos, tan fríos, creo que hubiera podido hacer lo que me viniese en gana sin recibir un leve carraspeo de reproche por parte de mi mujer: ella también pensaba que no volvería nunca, y que esos últimos días que parecían quedarme los debía pasar en completa tranquilidad y reposo; no la llegué a engañar, pero me juego un brazo a que si un día me hubiera visto por la ventana follando con una furcia en el portal, no habría dicho nada. Ella era sin duda la gran afectada, y su frugalidad a la hora de comer rayó la anorexia, y su tono de voz solía apagarse al final de cada frase que pronunciaba; yo, sin embargo, había decidido vivir todas los días como si fueran el último, y me entusiasmaba cualquier cosa que me dijeran, sobre todo mi hijo. Je, no me tuve que collejear mentalmente veces ni nada, para evitar mirarle como un huérfano...
El último día, salí de casa a eso de las siete de la tarde. Me esperaba un largo trayecto a pie.
Normalmente, el camino hacia la vieja cabaña en las afueras me llevaba tres cuartos de hora, quizá un poco más si me detenía por el camino, pues estaba a una distancia considerable y yo ya no tenía coche. En cierto modo me gustaba ese trayecto, porque nunca sufrí ningún incidente, y me quedaba embobado observando el paisaje, las vías del tren, o incluso esa nube gris que está siempre encima de Madrid y que la acompañará hasta que el aire vuelva a ser limpio de nuevo... si soy sincero, la mayoría de los planes ecologistas me suenan muy cogidos por los pelos, casi utópicos, no sé, puede que por las noticias que leo y veo y que aseguran que sólo es una pequeña molestia, esto de la contaminación, y que minimizan cualquier riesgo respecto al peligro que pueda causar ese cáncer en los cielos de la ciudad.
La casa estaba hecha con tablones nuevos, y parecía estar construida por gente que sabía lo que hacía y no por simples parias que buscan hacerse un hogar. No llego a imaginarme quién pudo llegar a levantarla, pero creo que ya desde el prinicipio estaba concebida como el hogar de la Rusa, o al menos eso es lo que me daba a entender su diseño: en el piso inferior tenías una mesa grande y redonda, con varias sillas alrededor, y al fondo a la derecha, según se entraba, había unas escaleras que conectaban con un segundo piso al que nunca subí y que tenía un agujero, de modo que los que había en ese piso podían ver perfectamente a los que estaban debajo jugando; observaban desde allí gentes oscuras, de voz rota, que reían al unísono cuando alguien se saltaba la tapa de los sesos y que nunca llegué a conocer, como si la influencia de los de debajo provocase aversión a los que permanecían arriba y procurasen establecer un mínimo contacto con ellos
Abrí la puerta y procedí a sentarme, analizando la escena: había cinco personas en total en el piso de abajo, y por lo que percibí, había otras cuatro personas más arriba. El viejo y polvoriento revólver reposaba encima de la mesa, con el tambor abierto, para que pudiéramos apreciar que sólo había una bala y que no había tongo. El que estaba a mi derecha lo cogió y lo preparó, girando el tambor para que no se supiera en qué posición quedaría la bala y pasándoselo a continuación al que tenía delante, lo que venía a significar que yo sería el tercero en reposar el metal junto a mi sien. En ese momento previo, antes de empezar la partida, recordaba con un asco especial la primera vez que vi cómo una de esas personas se abría la cabeza; algunos apuntaban a la sien, pero otro se la metían en la boca: en el primer “suicidio” que presencié, la víctima eligió esa última forma de colocar la pistola. Con decisión, arrebató aquella antigualla a quien tenía a su izquierda y se la introdujo en la boca con las dos manos sujetándola, cerrando los ojos y reposando los índices en el gatillo: al disparar, los sesos se desperdigaron por toda la pared que había detrás, y el pobre cabrón soltó la pistola en lo que sin duda fue su último acto con vida; a continuación se quedó quieto, en equilibrio, sobre la silla, mirando hacia delante con cara de imbécil y la boca mostrando un túnel pegajoso y sangriento. Un curioso se acercó por detrás y vomitó al ver el cráneo abierto y astillado, con los sesos goteando poco a poco, precipitándose al suelo al mismo tiempo el curioso y lo que restaba de masa cerebral.
El cadáver siempre suponía todo un engorro a la hora de ser transportado y de intentar borrar, aunque fuera superficialmente, las huellas de su muerte. A lo primero, los que organizaban éste tipo de cosas transportaban (por supuesto no personalmente) el cuerpo lejos, donde no pudiera ser relacionado con la caseta; a lo segundo, con una manguera mojaban el suelo y las paredes, moviendo los pedacitos de seso hasta fuera y dejando unas terribles manchas, por lo que significaban, en la pared. Eso era lo que ponía más nervioso: la cantidad de manchas que había por toda la parte inferior de la desvencijada cabaña, recordándonos a cada uno de nosotros que el siguiente en decorar las paredes podíamos ser cualquiera de los allí sentados. Ese último día, dos sillas a mi derecha, había un tipo con ojos grandes y saltones de color oscuro, que debía estar muy nervioso y que con toda seguridad se enfrentaba por primera vez a aquella terrible experiencia: con sólo fijarme en su cara, podía adivinar su historia, y pude enterarme que, si salía vivo aquella jornada, volvería la próxima semana; poseía ese rictus de profundo terror y agitado nerviosismo, que refleja ese miedo primigenio que se te acumula en el culo, y que te retuerce las tripas a través del ano como si te hubieran metido un tizón al rojo vivo bien puntiagudo, mientras que el dolor y el sofoco te recorren de abajo a arriba por el cuerpo, para llegar a la cabeza, donde finalmente explota en tu mente, como un disparo que nadie ve pero que sólo tú sientes...
CLAC!
Sábado de Juego (IV)
A partir de ese día, ese terrible día, los sábados ya no eran los días festivos y algo oscuros en los cuales jugaba con esta gente, no... cada sábado podría ser el día de mi muerte. Y me levantaba a las nueve, y me iba al baño, y otra vez el mundo se me venía encima, porque no podía evitar preguntarme cuánto me quedaba.
Pero ella, su tacto agradable, su cálido aroma, sus besos de caramelo y sus caricias aterciopeladas, siempre estaba conmigo, ayudándome a sujetar el globo, que pesaba más y más.
Prácticamente estaba muerto, vagaba en un tiempo ralentizado, dividido infinitamente en momentos más cortos. ¿Cómo alcanzar la redención, cuando era imposible comenzarla? Me di cuenta el primer sábado de que en realidad, yo era un corredor, un corredor en la primera paradoja de Zeno.
Estaba atrapado y no tenía ni idea de lo que iba a entregar a mi familia en caso de que yo muriera: yo tenía un seguro de vida, pero me había hartado de oír cómo los que juegan a la Rusa suelen ser considerados como suicidas, y por ende no acaban cobrando sus familiares un seguro de vida que podrían llegar a necesitar. Me maldecía a mí mismo por no ofrecer una alternativa aceptable a mi vida.
No me preguntéis cómo, pero sé que, antes de morir, mi padre iba a ver al diablo los sábados. Abriría alguna ruta escondida en el tocón de algún viejo árbol podrido de un bosque marchito, ceniciento... infernal, y se metía, y acababa ALLÍ abajo.
No sé lo que hacía dentro; mi mamá me ha prometido que me revelará el secreto cuando sea un adulto.
Sólo sé que, tres sábados después de la llamada que hizo llorar a mi papá por primera vez, el diablo se lo llevó, y le tiene raptado y no me lo ha devuelto. Dos días después creo recordar, mi mamá se vistió toda de negro y se marchó, y al volver, me dijo que papá no regresaría jamás a casa.
Lo que pasó a continuación es algo que no te importa.
Pero ella, su tacto agradable, su cálido aroma, sus besos de caramelo y sus caricias aterciopeladas, siempre estaba conmigo, ayudándome a sujetar el globo, que pesaba más y más.
Prácticamente estaba muerto, vagaba en un tiempo ralentizado, dividido infinitamente en momentos más cortos. ¿Cómo alcanzar la redención, cuando era imposible comenzarla? Me di cuenta el primer sábado de que en realidad, yo era un corredor, un corredor en la primera paradoja de Zeno.
Estaba atrapado y no tenía ni idea de lo que iba a entregar a mi familia en caso de que yo muriera: yo tenía un seguro de vida, pero me había hartado de oír cómo los que juegan a la Rusa suelen ser considerados como suicidas, y por ende no acaban cobrando sus familiares un seguro de vida que podrían llegar a necesitar. Me maldecía a mí mismo por no ofrecer una alternativa aceptable a mi vida.
No me preguntéis cómo, pero sé que, antes de morir, mi padre iba a ver al diablo los sábados. Abriría alguna ruta escondida en el tocón de algún viejo árbol podrido de un bosque marchito, ceniciento... infernal, y se metía, y acababa ALLÍ abajo.
No sé lo que hacía dentro; mi mamá me ha prometido que me revelará el secreto cuando sea un adulto.
Sólo sé que, tres sábados después de la llamada que hizo llorar a mi papá por primera vez, el diablo se lo llevó, y le tiene raptado y no me lo ha devuelto. Dos días después creo recordar, mi mamá se vistió toda de negro y se marchó, y al volver, me dijo que papá no regresaría jamás a casa.
Lo que pasó a continuación es algo que no te importa.
-
De alguna manera, conseguí ver que mi madre estaba en el ascensor, manchada con una sustancia aceitosa y echando humo. Lloraba, golpeaba con sanguinolentas manos las paredes del ascensor (y las paredes, de un material parecido al plástico, se derretían bajo su tacto), y vomitaba varias veces presa de violentas convulsiones.
Luego yo estaba de vuelta en mi casa, en el recibidor. Mi madre acababa de llamar al telefonillo con su tono característico, impregnado de cierta urgencia. Pasado un rato, llamaron a la puerta. Era ella.
Mi padre estaba a mi lado, los dos asomados desde la puerta de la cocina, y desde la habitación contigua mi hermano levantaba los ojos de su consola para presenciar la entrada. Mi madre entró llorando, gritando de dolor, chillidos profundos de angustia más allá de lo soportable para una persona.
Y un olor nauseabundo flotaba.
No sabíamos cómo, pero a mi madre le había caído encima un líquido extraño, azul, viscoso, que burbujeaba en contacto con la piel. Supusimos algo de residuos tóxicos. Me viene a la mente el principio del Vengador Tóxico, pero sé que ningún mutante emergerá de esto, sino muerte, sólo muerte. De alguna manera intento pararlo, no mirar, escaparme, pero me encuentro caminando contra mi voluntad en dirección al baño. La negrura de mis ojos cerrados de poco sirve ante los destellos de mi progenitora, y la impresión, ineludible y desagradable, de que se le estaba derritiendo la cara.
En el baño nos congregamos todos. Mi madre llora en el centro, apagados sus gritos al encontrarse todo su cuerpo en tensión, a punto de derrumbarse. Mi padre prepara la bañera, y mientras la llena, se acerca a su esposa y la besa en los labios, levemente, con dulzura, manchándose un poco en la mejilla con la sustancia azul. Luego la abraza, inundado de cariño, e ignora las circunstancias en las que lo hace. Vuelve a besarla, la acaricia el pelo y sin quitarla la ropa, la mete lentamente en la bañera, llorando de pena porque sabe el destino seguro de su mujer. Sin rechistar, apenas un sollozo, ella entra en la bañera y el agua burbujea, reaccionando con la ponzoña que lleva encima; pero no grita, no vuelve a hacerlo nunca. Simplemente, se apaga, poco a poco, se consume bajo una capa de espuma que cubre la bañera y que la devora, la acoge en su seno.
Entonces mi padre se lleva la mano a la boca, y mira con ojos desorbitados la sangre y los trozos de piel que se le han quedado pegados a las yemas de los dedos; estos restos no duran mucho, porque la misma carne de sus dedos se desprende con insultante facilidad, hasta que cae al suelo, plop, plop. No se permite llorar, para no provocar ningún sentimiento de pena en sus hijos. No quiere rescates porque sabe que no hay rescate posible, que la única solución es tirarse en el suelo y esperar. Se tumba en el suelo, apoyándose con las manos y bajando su peso, y por poco los huesos de sus antebrazos atraviesan el codo, de lo endeble que se ha convertido su ser.
Mi hermano, que llora junto a mí, se dispone a actuar. Le pido por favor que pare, pero no me hace caso, y se acerca al cuerpo tendido de nuestro padre. Toma su pulso, y nuevos pedazos de carne se desprenden de su cuello y se le quedan pegadas a los dedos. Sacude la mano. Dice que no hay pulso. Entonces se acuclilla a su lado y se dispone a hacer una reanimación cardiopulmonar.
De forma instintiva, retrocedo, miro de lejos.
Victor, que así se llama mi hermano, se prepara, toma aire por la vivencia desagradable que estamos teniendo y se dispone a empezar. Coloca las manos firmemente entrelazadas sobre el pecho de mi padre, oprime… y se hunde, violentamente, en la cavidad torácica, revienta costillas, órganos, aplastasta la columna vertebral y toca el suelo con facilidad pasmosa. La impresión, la sensación de hundimiento le coge tan de sorpresa que acaba con la cara en el interior del pecho abierto, y se levanta.
- No huyas, por favor.
Me dice.
Y poco a poco, su cara se derrite. Mi madre está en la bañera, convertida en una sopa de carne descompuesta. Mi padre, con el pecho abierto y expresión beatífica, parece haber muerto sin sufrimiento.
Empiezo a correr, desesperado, buscando la salida. Mi hermano corre, me pide que le acompañe, que no le deje solo. Que no quiere morir, que no le deje morir, que le coja la mano. No seas cobarde, gime. No me abandones ahora. Te necesito, dice.
Te necesito, y rompe a llorar.
Recorremos el mismo camino que mi madre pero a la inversa. Atravesamos la puerta de entrada y comienzo a bajar las escaleras. Estoy bien. No me ha tocado nada de esa sustancia. Viviré. Quiero vivir.
- ¡Por favogh! – grita y llora mi hermano, con la boca inundada de sangre y su cara goteando en el suelo.
Detrás de mí, mi hermano duda un segundo en bajar las escaleras y retoma la persecución. Pero apenas hemos bajado un piso, sus rodillas no aguantan su peso. Su cuerpo se desmorona. Para ser concretos, sus fémures atraviesan las rodillas y medio cuerpo abandona a su otra mitad, y lo que sale disparado se estampa contra el suelo en una violenta diseminación de fluidos rojizos que salpican todo.
Incluida una gota que, traviesa, comienza a escurrirse en mis mejillas.
Luego yo estaba de vuelta en mi casa, en el recibidor. Mi madre acababa de llamar al telefonillo con su tono característico, impregnado de cierta urgencia. Pasado un rato, llamaron a la puerta. Era ella.
Mi padre estaba a mi lado, los dos asomados desde la puerta de la cocina, y desde la habitación contigua mi hermano levantaba los ojos de su consola para presenciar la entrada. Mi madre entró llorando, gritando de dolor, chillidos profundos de angustia más allá de lo soportable para una persona.
Y un olor nauseabundo flotaba.
No sabíamos cómo, pero a mi madre le había caído encima un líquido extraño, azul, viscoso, que burbujeaba en contacto con la piel. Supusimos algo de residuos tóxicos. Me viene a la mente el principio del Vengador Tóxico, pero sé que ningún mutante emergerá de esto, sino muerte, sólo muerte. De alguna manera intento pararlo, no mirar, escaparme, pero me encuentro caminando contra mi voluntad en dirección al baño. La negrura de mis ojos cerrados de poco sirve ante los destellos de mi progenitora, y la impresión, ineludible y desagradable, de que se le estaba derritiendo la cara.
En el baño nos congregamos todos. Mi madre llora en el centro, apagados sus gritos al encontrarse todo su cuerpo en tensión, a punto de derrumbarse. Mi padre prepara la bañera, y mientras la llena, se acerca a su esposa y la besa en los labios, levemente, con dulzura, manchándose un poco en la mejilla con la sustancia azul. Luego la abraza, inundado de cariño, e ignora las circunstancias en las que lo hace. Vuelve a besarla, la acaricia el pelo y sin quitarla la ropa, la mete lentamente en la bañera, llorando de pena porque sabe el destino seguro de su mujer. Sin rechistar, apenas un sollozo, ella entra en la bañera y el agua burbujea, reaccionando con la ponzoña que lleva encima; pero no grita, no vuelve a hacerlo nunca. Simplemente, se apaga, poco a poco, se consume bajo una capa de espuma que cubre la bañera y que la devora, la acoge en su seno.
Entonces mi padre se lleva la mano a la boca, y mira con ojos desorbitados la sangre y los trozos de piel que se le han quedado pegados a las yemas de los dedos; estos restos no duran mucho, porque la misma carne de sus dedos se desprende con insultante facilidad, hasta que cae al suelo, plop, plop. No se permite llorar, para no provocar ningún sentimiento de pena en sus hijos. No quiere rescates porque sabe que no hay rescate posible, que la única solución es tirarse en el suelo y esperar. Se tumba en el suelo, apoyándose con las manos y bajando su peso, y por poco los huesos de sus antebrazos atraviesan el codo, de lo endeble que se ha convertido su ser.
Mi hermano, que llora junto a mí, se dispone a actuar. Le pido por favor que pare, pero no me hace caso, y se acerca al cuerpo tendido de nuestro padre. Toma su pulso, y nuevos pedazos de carne se desprenden de su cuello y se le quedan pegadas a los dedos. Sacude la mano. Dice que no hay pulso. Entonces se acuclilla a su lado y se dispone a hacer una reanimación cardiopulmonar.
De forma instintiva, retrocedo, miro de lejos.
Victor, que así se llama mi hermano, se prepara, toma aire por la vivencia desagradable que estamos teniendo y se dispone a empezar. Coloca las manos firmemente entrelazadas sobre el pecho de mi padre, oprime… y se hunde, violentamente, en la cavidad torácica, revienta costillas, órganos, aplastasta la columna vertebral y toca el suelo con facilidad pasmosa. La impresión, la sensación de hundimiento le coge tan de sorpresa que acaba con la cara en el interior del pecho abierto, y se levanta.
- No huyas, por favor.
Me dice.
Y poco a poco, su cara se derrite. Mi madre está en la bañera, convertida en una sopa de carne descompuesta. Mi padre, con el pecho abierto y expresión beatífica, parece haber muerto sin sufrimiento.
Empiezo a correr, desesperado, buscando la salida. Mi hermano corre, me pide que le acompañe, que no le deje solo. Que no quiere morir, que no le deje morir, que le coja la mano. No seas cobarde, gime. No me abandones ahora. Te necesito, dice.
Te necesito, y rompe a llorar.
Recorremos el mismo camino que mi madre pero a la inversa. Atravesamos la puerta de entrada y comienzo a bajar las escaleras. Estoy bien. No me ha tocado nada de esa sustancia. Viviré. Quiero vivir.
- ¡Por favogh! – grita y llora mi hermano, con la boca inundada de sangre y su cara goteando en el suelo.
Detrás de mí, mi hermano duda un segundo en bajar las escaleras y retoma la persecución. Pero apenas hemos bajado un piso, sus rodillas no aguantan su peso. Su cuerpo se desmorona. Para ser concretos, sus fémures atraviesan las rodillas y medio cuerpo abandona a su otra mitad, y lo que sale disparado se estampa contra el suelo en una violenta diseminación de fluidos rojizos que salpican todo.
Incluida una gota que, traviesa, comienza a escurrirse en mis mejillas.
Etiquetas: pesadilla
Sábado de Juego (III)
Hoy no he ido a la partida. Decidí quedarme en casa, y no mirar a la cara a esos demonios. Pero ni siquiera en tu hogar estás seguro de los monstruos, y el teléfono sonó.
- ¿Diga?
- Hola, muchacho. ¿Por qué no has venido?
- Joder, tío, estoy hasta arriba de deudas. Ese puta de Manny me sacó hasta el último centavo y...
- Sssch. No quiero oír lamentos. Sabías a qué jugabas, y has perdido. He de decirte que no están nada contentos contigo... han dicho que, si quieres pagar tu deuda, deberás jugar a la rusa.
- No, espera ¿de verdad? Oh Dios, no...
- Oh Dios sí. La jodiste, estás de deudas hasta el culo, y pronto la mierda te saldrá por las orejas. Haz lo que te dicen, amigo.
- Espera, seguro que podré conseguir la pasta ¿ok? Pero no me presiones joder porq-
Me di la vuelta, y vi a mi hijo mirándome, como solía hacerlo... desde abajo. Sin embargo, nunca me pareció inferior, no sé si me explico, y aquella vez no fue una excepción. Me examinó fugazmente en cuanto me volví, pero creo que ya llevaba escuchando algún tiempo.
No tuve más remedio que echarle. Estaba muy tenso, el teléfono echaba humo y mi conversación todavía no había acabado. Le lancé una mirada amenazadora, para intimidarle. No quise hablar, sólo necesitaba que se marchara de inmediato.
Se esfumó.
- Joven, ¿sigues ahí? ¿Oye? Te oigo respirar, no intentes hacerme pensar que la línea se ha cortado. Contaré hasta cinco, muchacho. Después, lamentaras no haberme mandado a la mierda siquiera. Cinco, ¿oye? ¿Qué pasa?
- No, nada, mi hijo.
- Verás...
- Joder, de verdad, estoy con los cojones de corbata... hay demasiadas cosas que pueden salir mal.
- ¿Y a mí qué más me da?
- ¿Pero te has escuchado tío? ¿¡Eh!? ¿Te has escuchado? Tengo familia...
- Ya lo sé... cualquier tipo d-
- Espera, espera.
- Digo que cualquier tipo de pago nos viene bien.
- ¡No!
- Oh, vamos, como si n-
- ¡Ni se os ocurra tocarlos!
- Hiciste un trato, sabías en lo que te metías... y sabemos cosas de ti.
- ¡Lo haré joder, lo haré, pero no me presionéis, no te me pongas farruco conmigo que sabes que la armo! ¡Hasta el puto sabado!
- Hasta el sábado, pues. Tráete la buena suerte, puede que la necesites. Ya conoces las reglas, y cuando llegues allí, nadie te explicará nada, nadie dirá una palabra; vosotros jugáis, nosotros apostamos, punto pelota.
Colgué, y en ese instante, en ese preciso segundo en que el auricular hico clac contra el soporte y mi mano se relajó al liberarse del peso del aparato, el mundo se me vino encima. Sentí como si un enorme camión acabase de chocar contra mí.
¿Cómo decírselo a mi esposa? ¿Cómo contarle que, desde el black jack, he llegado a esto? ¿Qué le diré a mi hijo, que le puedo decir, para que un día no se entristezca porque su papá ya no estará?
¿Cómo se lo diré, si le oigo sollozar detrás del perchero, jadeando de terror? ¿Qué puedo hacer mientras limpio su meado?
- ¿Diga?
- Hola, muchacho. ¿Por qué no has venido?
- Joder, tío, estoy hasta arriba de deudas. Ese puta de Manny me sacó hasta el último centavo y...
- Sssch. No quiero oír lamentos. Sabías a qué jugabas, y has perdido. He de decirte que no están nada contentos contigo... han dicho que, si quieres pagar tu deuda, deberás jugar a la rusa.
- No, espera ¿de verdad? Oh Dios, no...
- Oh Dios sí. La jodiste, estás de deudas hasta el culo, y pronto la mierda te saldrá por las orejas. Haz lo que te dicen, amigo.
- Espera, seguro que podré conseguir la pasta ¿ok? Pero no me presiones joder porq-
Me di la vuelta, y vi a mi hijo mirándome, como solía hacerlo... desde abajo. Sin embargo, nunca me pareció inferior, no sé si me explico, y aquella vez no fue una excepción. Me examinó fugazmente en cuanto me volví, pero creo que ya llevaba escuchando algún tiempo.
No tuve más remedio que echarle. Estaba muy tenso, el teléfono echaba humo y mi conversación todavía no había acabado. Le lancé una mirada amenazadora, para intimidarle. No quise hablar, sólo necesitaba que se marchara de inmediato.
Se esfumó.
- Joven, ¿sigues ahí? ¿Oye? Te oigo respirar, no intentes hacerme pensar que la línea se ha cortado. Contaré hasta cinco, muchacho. Después, lamentaras no haberme mandado a la mierda siquiera. Cinco, ¿oye? ¿Qué pasa?
- No, nada, mi hijo.
- Verás...
- Joder, de verdad, estoy con los cojones de corbata... hay demasiadas cosas que pueden salir mal.
- ¿Y a mí qué más me da?
- ¿Pero te has escuchado tío? ¿¡Eh!? ¿Te has escuchado? Tengo familia...
- Ya lo sé... cualquier tipo d-
- Espera, espera.
- Digo que cualquier tipo de pago nos viene bien.
- ¡No!
- Oh, vamos, como si n-
- ¡Ni se os ocurra tocarlos!
- Hiciste un trato, sabías en lo que te metías... y sabemos cosas de ti.
- ¡Lo haré joder, lo haré, pero no me presionéis, no te me pongas farruco conmigo que sabes que la armo! ¡Hasta el puto sabado!
- Hasta el sábado, pues. Tráete la buena suerte, puede que la necesites. Ya conoces las reglas, y cuando llegues allí, nadie te explicará nada, nadie dirá una palabra; vosotros jugáis, nosotros apostamos, punto pelota.
Colgué, y en ese instante, en ese preciso segundo en que el auricular hico clac contra el soporte y mi mano se relajó al liberarse del peso del aparato, el mundo se me vino encima. Sentí como si un enorme camión acabase de chocar contra mí.
¿Cómo decírselo a mi esposa? ¿Cómo contarle que, desde el black jack, he llegado a esto? ¿Qué le diré a mi hijo, que le puedo decir, para que un día no se entristezca porque su papá ya no estará?
¿Cómo se lo diré, si le oigo sollozar detrás del perchero, jadeando de terror? ¿Qué puedo hacer mientras limpio su meado?
El pecado de los padres
El tiempo se había vuelto loco, el sol daba puñaladas certeras en la nuca y las mejillas, y la gente no sabía muy bien cómo reaccionar. Arturo, en concreto, había llegado a casa a las diez de la noche, después de un duro día en la oficina. Al cruzar la entrada, comenzó a desabrocharse la corbata, y entonces no pudo parar; presa de un fervor hacía mucho tiempo desaparecido, se quitó la chaqueta del traje caro y hermético y lo abandonó en el suelo. Buscó a Marta, su mujer, con ansia, y fue dejando un rastro de zapatos, calcetines, pantalones, camisa, camiseta, por si más tarde, ya satisfecho, tomara el camino a la cordura.
Marta pudo ver su pasión y le recibió, dispuesta; mientras Arturo se terminaba de desnudar por el camino, ella tenía cada vez menos prendas, hasta que colisionaron desnudos y empezaron a hacer el amor en el suelo de la cocina.
Fueron al dormitorio, pasó media hora y Arturo seguía empujando, al filo del orgasmo. Su mujer le animaba a terminar dentro de ella, sin pensar en las consecuencias, pero llegó tarde pues Arturo, presa de una profunda aflicción, se desacopló, se echó a un lado y todavía sudando, abrió el cajón de su mesilla de noche. Del interior sacó una nota manuscrita y plastificada, de letra juvenil y líneas torcidas hacia abajo, cuyo texto fatalista culminaba en una oración escrita con rabia:
TODO ESTO ES CULPA TUYA.
Y Arturo volvió a llorar, un día más.
-----------------------------
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Marta pudo ver su pasión y le recibió, dispuesta; mientras Arturo se terminaba de desnudar por el camino, ella tenía cada vez menos prendas, hasta que colisionaron desnudos y empezaron a hacer el amor en el suelo de la cocina.
Fueron al dormitorio, pasó media hora y Arturo seguía empujando, al filo del orgasmo. Su mujer le animaba a terminar dentro de ella, sin pensar en las consecuencias, pero llegó tarde pues Arturo, presa de una profunda aflicción, se desacopló, se echó a un lado y todavía sudando, abrió el cajón de su mesilla de noche. Del interior sacó una nota manuscrita y plastificada, de letra juvenil y líneas torcidas hacia abajo, cuyo texto fatalista culminaba en una oración escrita con rabia:
Y Arturo volvió a llorar, un día más.
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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Sábado de Juego (II)
Tengo un problema.
Soy ludópata.
Al principio, comienzas jugando a las máquinas tragaperras cuando sales a tomar una cerveza. Para relajarte, ya sabéis.
Pero luego eso no basta, porque piensas que el gran premio debe de estar esperándote a la vuelta de la esquina. Como cuando te toca la lotería o algo así, estás expectante, esperando que la suerte caiga sobre ti como un enorme camión de felicidad desbocada.
Y empiezas a subir. El bingo está en la esquina, piensas. Por qué no. Total, un par de cartones y fuera. Además, queda menos ridículo si pierdes dinero, porque no es lo mismo la cara que ponen cuando has perdido 50 pavos en una maquinita que cuando los has perdido con unos cartones de bingo. Tarde o temprano, todo el mundo se pasa por el bingo, he visto a jóvenes, maduros, viejos y parejas y amargados allí reunidos.
No pasa mucho sin que puedas evitar soltar ciertas indirectas en tu trabajo. Seguro que en la oficina, algún compañero tiene un amigo amigo de otro amigo que hace timbas en casa. Ya, si eres un espíritu inquieto, los casinos y bingos no tienen nada que ofrecerte. Bueno, quizás tengan black jack, ruletas, dados, cartas... pero, ¿y la atracción que produce participar en una timba donde todos se conocen, donde desplumas a gente igual que tú? Porque, al igual que el bingo, al casino se va por lo menos una vez en la vida, pero los que ganan son los jugadores profesionales, los que son socios de lujo y apuestan todas las semanas y llevan varios años de práctica. Notas la experiencia en sus caras bronceadas.
Pero en una partida de póker ilegal, ves que la experiencia que han ganado tus oponentes ha sido más amarga, más parecida a la tuya. Entre ellos, hay cientos como yo. Como he dicho antes, si les arruinas, arruinas a gente que son tu igual.
Sin embargo, no todo el monte es orégano ¿verdad? No puedes realizar una acción sin provocar una consecuencia, una reacción. Joder, es que hasta los niños pequeños saben eso. No es filosofía popular: aparece en los libros de física y de historia, de lenguaje, de matemáticas, de química... ese Newton fue un tipo listo, sin duda, al hacer un postulado sobre ello.
Y el día menos pensado, el amigo amigo de otro amigo conoce a otro tipo con el que puedes ganar más dinero. Yo, enviciado por el juego, no me di cuenta de que, si podía ganar mucha más pasta, era también igual de fácil perderla.
Y después de ese día en el que das otro gran paso en esa espiral auto destructiva, en esa carrera cuesta abajo y sin frenos resbalando con tu propia bilis, tu vida se vuelve más estúpida y sin sentido. Al menos lo poco que quedaba de cordura se desvanece. Puede que la perdiera antes de haber introducido siquiera una monedita en la máquina tragaperras del bar junto al trabajo.
Puedes ganar medio kilo por mano, si lo haces bien. La primera, la segunda y a lo mejor la tercera vez, te dejan ganar, para que te confíes y vuelvas a apostar y a creer que ganas. En realidad, lo único que haces es cavar tu propia tumba y tallarte un rudimentario ataúd. Así, a la cuarta vez, contraes una pequeña deuda, pero sigues, porque estás enfermo y tienes que hacerlo y no puedes evitar pensar que si no apuestas estarías lamentándolo el resto de tu vida, y empeñas pequeñas cosas para poder pagar.
Hace un mes, mi mujer fue a hacerle unas tostadas al crío, y la tostadora ya no estaba. Me dieron catorce con cincuenta por ella.
La semana pasada, la deuda ya no era de trescientos, era de medio kilo. Lo que podría ganar en una mano... quizás, jugando una nueva partida... Ya soy profesional, llevo años con esto. La tragaperras fue hace doce años (¿de verdad hace tanto?) y ya no puedo pedirle pasta a familiares y amigos, aquí no tienes amigos. En esta mesa redonda con tapete verde sólo eres otro organismo atrapa polvo para la silla, susceptible de perder dinero.
La mano sale mal. La deuda es de un millón. Sales de la partida, en mitad de la noche, observando la luna y contando estrellas... ¿cuántas habrá? Más de un millón, eso seguro. Piensas en cómo saldrás de esta. Esos tipos son peligrosos, y no es aconsejable endeudarse con ellos. El rumano me advirtió que hay numerosos accidentes domésticos al año.
Soy ludópata.
Al principio, comienzas jugando a las máquinas tragaperras cuando sales a tomar una cerveza. Para relajarte, ya sabéis.
Pero luego eso no basta, porque piensas que el gran premio debe de estar esperándote a la vuelta de la esquina. Como cuando te toca la lotería o algo así, estás expectante, esperando que la suerte caiga sobre ti como un enorme camión de felicidad desbocada.
Y empiezas a subir. El bingo está en la esquina, piensas. Por qué no. Total, un par de cartones y fuera. Además, queda menos ridículo si pierdes dinero, porque no es lo mismo la cara que ponen cuando has perdido 50 pavos en una maquinita que cuando los has perdido con unos cartones de bingo. Tarde o temprano, todo el mundo se pasa por el bingo, he visto a jóvenes, maduros, viejos y parejas y amargados allí reunidos.
No pasa mucho sin que puedas evitar soltar ciertas indirectas en tu trabajo. Seguro que en la oficina, algún compañero tiene un amigo amigo de otro amigo que hace timbas en casa. Ya, si eres un espíritu inquieto, los casinos y bingos no tienen nada que ofrecerte. Bueno, quizás tengan black jack, ruletas, dados, cartas... pero, ¿y la atracción que produce participar en una timba donde todos se conocen, donde desplumas a gente igual que tú? Porque, al igual que el bingo, al casino se va por lo menos una vez en la vida, pero los que ganan son los jugadores profesionales, los que son socios de lujo y apuestan todas las semanas y llevan varios años de práctica. Notas la experiencia en sus caras bronceadas.
Pero en una partida de póker ilegal, ves que la experiencia que han ganado tus oponentes ha sido más amarga, más parecida a la tuya. Entre ellos, hay cientos como yo. Como he dicho antes, si les arruinas, arruinas a gente que son tu igual.
Sin embargo, no todo el monte es orégano ¿verdad? No puedes realizar una acción sin provocar una consecuencia, una reacción. Joder, es que hasta los niños pequeños saben eso. No es filosofía popular: aparece en los libros de física y de historia, de lenguaje, de matemáticas, de química... ese Newton fue un tipo listo, sin duda, al hacer un postulado sobre ello.
Y el día menos pensado, el amigo amigo de otro amigo conoce a otro tipo con el que puedes ganar más dinero. Yo, enviciado por el juego, no me di cuenta de que, si podía ganar mucha más pasta, era también igual de fácil perderla.
Y después de ese día en el que das otro gran paso en esa espiral auto destructiva, en esa carrera cuesta abajo y sin frenos resbalando con tu propia bilis, tu vida se vuelve más estúpida y sin sentido. Al menos lo poco que quedaba de cordura se desvanece. Puede que la perdiera antes de haber introducido siquiera una monedita en la máquina tragaperras del bar junto al trabajo.
Puedes ganar medio kilo por mano, si lo haces bien. La primera, la segunda y a lo mejor la tercera vez, te dejan ganar, para que te confíes y vuelvas a apostar y a creer que ganas. En realidad, lo único que haces es cavar tu propia tumba y tallarte un rudimentario ataúd. Así, a la cuarta vez, contraes una pequeña deuda, pero sigues, porque estás enfermo y tienes que hacerlo y no puedes evitar pensar que si no apuestas estarías lamentándolo el resto de tu vida, y empeñas pequeñas cosas para poder pagar.
Hace un mes, mi mujer fue a hacerle unas tostadas al crío, y la tostadora ya no estaba. Me dieron catorce con cincuenta por ella.
La semana pasada, la deuda ya no era de trescientos, era de medio kilo. Lo que podría ganar en una mano... quizás, jugando una nueva partida... Ya soy profesional, llevo años con esto. La tragaperras fue hace doce años (¿de verdad hace tanto?) y ya no puedo pedirle pasta a familiares y amigos, aquí no tienes amigos. En esta mesa redonda con tapete verde sólo eres otro organismo atrapa polvo para la silla, susceptible de perder dinero.
La mano sale mal. La deuda es de un millón. Sales de la partida, en mitad de la noche, observando la luna y contando estrellas... ¿cuántas habrá? Más de un millón, eso seguro. Piensas en cómo saldrás de esta. Esos tipos son peligrosos, y no es aconsejable endeudarse con ellos. El rumano me advirtió que hay numerosos accidentes domésticos al año.
Sábado de Juego (I)
La primera vez que pasó, debía de tener yo seis años.
Había visto llorar a mi mamá, ya entonces, muchas veces.
No me gustaba.
Normalmente lo hacía en la cocina, cuando yo miraba alguna peli, para evitar dar un espectáculo. Mi papá se marchaba, y ella se cogía la cara y lloraba y lloraba, y luego se tragaba las lágrimas para evitar que yo supiese algo.
Pero sabía que lloraba, porque yo permanecía escondido detrás de los abrigos del perchero, y la escuchaba y me entraban ganas de llorar porque me ponía triste ver a mi mamá así, y me tragaba los llantos para evitar que me oyese y se pusiese más triste todavía.
Un día, el único sábado que no se marchó, oí una conversación que tuvo mi papá con un señor por el teléfono de la cocina.
- Joder, tío, estoy hasta arriba de deudas. Ese puta de Manny me sacó hasta el último centavo y... no, espera ¿de verdad? Oh Dios, no... espera, seguro que podré conseguir la pasta ¿ok? Pero no me presiones joder porq-
Se paró, me miró con gesto amenazador y me largué. En realidad, me escondí detrás del perchero, atento a cada palabra.
- No, nada, mi hijo. Joder, de verdad, estoy con los cojones de corbata... hay demasiadas cosas que pueden salir mal. ¿Pero te has escuchado tío? ¿¡Eh!? ¿Te has escuchado? Tengo familia... Espera, espera. ¡No! ¡Ni se os ocurra tocarlos! ¡Lo haré joder, lo haré, pero no me presionéis, no te me pongas farruco conmigo que sabes que la armo! ¡Hasta el puto sábado!
Al poco colgó, y me asomé por el marco de la puerta, oculto entre los abrigos, y esa fue la primera vez que vi llorar a mi papá. No me hizo sentir triste, como mamá. Ver a mi papá llorar me aterrorizó, me sentí desnudo y vulnerable y me meé en los pantalones al ver cómo se derrumbaba sobre el mugriento suelo de la cocina (mamá decía que no sabía qué usar para que quedase reluciente).
A partir de ese día, los sábados dejaron de gustarme. No era un día de vacaciones. Los sábados, aunque yo era pequeño, sabía que, si mi padre salía, podría no volver.
Y desde ese día, los sábados por la mañana veía a mi padre sollozar en el baño y llorar en la cocina sobre mamá, y los dos lloraban refugiándose el uno sobre el otro, como si el mundo fuese a morir después de aquella mañana.
Había visto llorar a mi mamá, ya entonces, muchas veces.
No me gustaba.
Normalmente lo hacía en la cocina, cuando yo miraba alguna peli, para evitar dar un espectáculo. Mi papá se marchaba, y ella se cogía la cara y lloraba y lloraba, y luego se tragaba las lágrimas para evitar que yo supiese algo.
Pero sabía que lloraba, porque yo permanecía escondido detrás de los abrigos del perchero, y la escuchaba y me entraban ganas de llorar porque me ponía triste ver a mi mamá así, y me tragaba los llantos para evitar que me oyese y se pusiese más triste todavía.
Un día, el único sábado que no se marchó, oí una conversación que tuvo mi papá con un señor por el teléfono de la cocina.
- Joder, tío, estoy hasta arriba de deudas. Ese puta de Manny me sacó hasta el último centavo y... no, espera ¿de verdad? Oh Dios, no... espera, seguro que podré conseguir la pasta ¿ok? Pero no me presiones joder porq-
Se paró, me miró con gesto amenazador y me largué. En realidad, me escondí detrás del perchero, atento a cada palabra.
- No, nada, mi hijo. Joder, de verdad, estoy con los cojones de corbata... hay demasiadas cosas que pueden salir mal. ¿Pero te has escuchado tío? ¿¡Eh!? ¿Te has escuchado? Tengo familia... Espera, espera. ¡No! ¡Ni se os ocurra tocarlos! ¡Lo haré joder, lo haré, pero no me presionéis, no te me pongas farruco conmigo que sabes que la armo! ¡Hasta el puto sábado!
Al poco colgó, y me asomé por el marco de la puerta, oculto entre los abrigos, y esa fue la primera vez que vi llorar a mi papá. No me hizo sentir triste, como mamá. Ver a mi papá llorar me aterrorizó, me sentí desnudo y vulnerable y me meé en los pantalones al ver cómo se derrumbaba sobre el mugriento suelo de la cocina (mamá decía que no sabía qué usar para que quedase reluciente).
A partir de ese día, los sábados dejaron de gustarme. No era un día de vacaciones. Los sábados, aunque yo era pequeño, sabía que, si mi padre salía, podría no volver.
Y desde ese día, los sábados por la mañana veía a mi padre sollozar en el baño y llorar en la cocina sobre mamá, y los dos lloraban refugiándose el uno sobre el otro, como si el mundo fuese a morir después de aquella mañana.
Rebajas de la Primavera Post Nuclear (VI)
Al abrir los ojos, el negro del interior de sus párpados se convirtió en el gris deslucido de la habitación. La luz de la falsa mañana provenía de los fluorescentes y las lámparas artificiales, y salvo alguna voz pasajera, sólo había dos sonidos en toda la estancia: el pitido de sus nervios y el zumbido de la electricidad. Sebastián recordó durante un momento, mientras se aseaba, la pésima decisión de simular, mediante incrementos de luz y sonidos tranquilizantes, que aquellas mañanas ocultas bajo tierra eran en realidad el comienzo de un nuevo día en un mundo ajeno a las desgracias.
El ser humano siempre es obstinado en su desgracia, y cuanto más tratan de hacérsela olvidar, más se empeña en recordarla. Puede aceptar un destino aciago, pero luchará con uñas y dientes contra una vida perfecta, o la ilusión de esta. Tampoco lo sabía, ni lo había pensado demasiado ni llegaba a importarle. Sebastián sólo quería abrir los ojos; con eso bastaba.
Durante los primeros años de las estaciones OSO prácticamente todo estaba en período de pruebas. Sobre todo, las personas. Mediante el típico método de ensayo y error, los psicólogos descubrieron que cualquier intento de enmascarar la nueva situación de la humanidad como reyes de un puñado de cenizas venenosas significaba, invariablemente, un fracaso. La calamidad de un goteo constante de suicidios inducidos por felicidad impostada les llevó a echarse atrás, y convertir el búnker en lo que era realmente: un refugio adusto, gris, casi un castigo, una consecuencia lógica de las desmedidas ostentaciones de poder.
Ajeno al suicidio de Carlos, y hasta cierto punto despreocupado por la suerte de su amigo dadas las excepcionales circunstancias del día, Sebastián se dejó llevar hasta el gran evento: la salida al exterior. Sus dudas acerca de la veracidad del anuncio de Tomás García, presidente de las instalaciones, le habían llevado a una distendida charla con Carlos. Y lo único que sacó en claro fue aquel sobre, de aspecto insignificante, que casi parecía quemarle bajo la ropa mientras susurraba secretos que, por el momento, no tenía por qué saber.
Se entretuvo contemplando a los asistentes, en la espera del gran momento. A pesar de sus escasas dotes sociales, Sebastián conocía a casi todo el mundo, y su fama de taciturno le precedía. Eso no le impedía tener algún amigo, y alguna amiga, como Marta que, sentada cinco filas por delante de él, lo saludó con una amplia sonrisa.
Pero no esperó demasiado. Tomás se presentó radiante y sudoroso ante el enfervorecido público de la sala de reuniones y, sin prolegómenos, exclamó mientras levantaba las manos:
- ¡Salgamos ya!
Los últimos cien metros de pasillo hasta la puerta principal habían sido divididos entre varios cubículos, donde era obligatorio pasar y empaparse con los preparativos para la salida.
- Lo primero – dijo uno de los instructores -, es poneros esta crema solar. Aunque no hay restos de contaminación atmosférica, los problemas en la capa de ozono derivados de las bombas han dañado la capa de ozono. Aunque en breve podremos prescindir de ella, a menos que queráis sufrir todo tipo de melanomas os sugiero que os la echéis bien por todo el cuerpo. No miréis al sol. No aguantéis la mirada en los reflejos del sol sobre superficies pulidas. Si podéis andar por la sombra, mejor. Reducid vuestro tiempo de exposición y todo irá bien.
- Como un puto robot – señaló Sebastián.
Mientras el resto del mundo se dejaba embargar por la emoción, Sebastián se mostraba escéptico. No se trataba de la excesiva sudoración del presidente, ni de ese halo de ocultación y tristeza que mantenían los cuerpos de seguridad. La misma sensación de gato encerrado de hacía unas horas le seguía pellizcando por dentro de las tripas.
Acarició la carta de Carlos.
- Todavía no. Seguro que tengo que abrirla fuera – pensó Sebastián -; será un poema del beato o algo así.
Y cuando le vino a la mente la preocupación por su amigo, un ruido fuerte, apenas escuchado durante cuarenta años, reverberó a lo largo del pasillo. Los goznes de las robustas puertas chillaron de dolor, y en un segundo todas las cabezas apuntaron hacia allí, y no se volvieron a girar.
La luz del sol bajó con timidez las escaleras de salida, y sus rayos dieron paso a una auténtica mañana donde todo, por fin, parecía posible de nuevo.
El ser humano siempre es obstinado en su desgracia, y cuanto más tratan de hacérsela olvidar, más se empeña en recordarla. Puede aceptar un destino aciago, pero luchará con uñas y dientes contra una vida perfecta, o la ilusión de esta. Tampoco lo sabía, ni lo había pensado demasiado ni llegaba a importarle. Sebastián sólo quería abrir los ojos; con eso bastaba.
Durante los primeros años de las estaciones OSO prácticamente todo estaba en período de pruebas. Sobre todo, las personas. Mediante el típico método de ensayo y error, los psicólogos descubrieron que cualquier intento de enmascarar la nueva situación de la humanidad como reyes de un puñado de cenizas venenosas significaba, invariablemente, un fracaso. La calamidad de un goteo constante de suicidios inducidos por felicidad impostada les llevó a echarse atrás, y convertir el búnker en lo que era realmente: un refugio adusto, gris, casi un castigo, una consecuencia lógica de las desmedidas ostentaciones de poder.
Ajeno al suicidio de Carlos, y hasta cierto punto despreocupado por la suerte de su amigo dadas las excepcionales circunstancias del día, Sebastián se dejó llevar hasta el gran evento: la salida al exterior. Sus dudas acerca de la veracidad del anuncio de Tomás García, presidente de las instalaciones, le habían llevado a una distendida charla con Carlos. Y lo único que sacó en claro fue aquel sobre, de aspecto insignificante, que casi parecía quemarle bajo la ropa mientras susurraba secretos que, por el momento, no tenía por qué saber.
Se entretuvo contemplando a los asistentes, en la espera del gran momento. A pesar de sus escasas dotes sociales, Sebastián conocía a casi todo el mundo, y su fama de taciturno le precedía. Eso no le impedía tener algún amigo, y alguna amiga, como Marta que, sentada cinco filas por delante de él, lo saludó con una amplia sonrisa.
Pero no esperó demasiado. Tomás se presentó radiante y sudoroso ante el enfervorecido público de la sala de reuniones y, sin prolegómenos, exclamó mientras levantaba las manos:
- ¡Salgamos ya!
Los últimos cien metros de pasillo hasta la puerta principal habían sido divididos entre varios cubículos, donde era obligatorio pasar y empaparse con los preparativos para la salida.
- Lo primero – dijo uno de los instructores -, es poneros esta crema solar. Aunque no hay restos de contaminación atmosférica, los problemas en la capa de ozono derivados de las bombas han dañado la capa de ozono. Aunque en breve podremos prescindir de ella, a menos que queráis sufrir todo tipo de melanomas os sugiero que os la echéis bien por todo el cuerpo. No miréis al sol. No aguantéis la mirada en los reflejos del sol sobre superficies pulidas. Si podéis andar por la sombra, mejor. Reducid vuestro tiempo de exposición y todo irá bien.
- Como un puto robot – señaló Sebastián.
Mientras el resto del mundo se dejaba embargar por la emoción, Sebastián se mostraba escéptico. No se trataba de la excesiva sudoración del presidente, ni de ese halo de ocultación y tristeza que mantenían los cuerpos de seguridad. La misma sensación de gato encerrado de hacía unas horas le seguía pellizcando por dentro de las tripas.
Acarició la carta de Carlos.
- Todavía no. Seguro que tengo que abrirla fuera – pensó Sebastián -; será un poema del beato o algo así.
Y cuando le vino a la mente la preocupación por su amigo, un ruido fuerte, apenas escuchado durante cuarenta años, reverberó a lo largo del pasillo. Los goznes de las robustas puertas chillaron de dolor, y en un segundo todas las cabezas apuntaron hacia allí, y no se volvieron a girar.
La luz del sol bajó con timidez las escaleras de salida, y sus rayos dieron paso a una auténtica mañana donde todo, por fin, parecía posible de nuevo.
Tiempos Modernos
Junto a la Plaza Mayor, un acondroplásico con malformaciones en los brazos vendía ceniceros hechos a partir de latas de refresco; con gran esfuerzo, aplastaba las latas con sus diminutas extremidades y después procedía a cortar y doblar el resultado.
Obtenía así piezas de artesanía basura y urbana.
Se llamaba Antonio, y llevaba años viviendo de aquello.
Pero un día, un tipo, con pinta de haber recorrido mundo y gastado todo su dinero en el proceso, situó su puesto a pocos metros del de Antonio; por desgracia, aunque este último producía ceniceros a un ritmo vertiginoso, su competidor igualaba y superaba su oferta, y sin que se le viera aplastar una sola lata.
- ¿Con quién colaborará? – se preguntó Antonio, contestándose a la pregunta de cómo se las arreglaría el hippie.
Sabía que aplanar los envases era la parte más difícil del proceso, por lo que se dispuso a seguir a su rival hasta dar con su colaborador. Durante una hora, su rival recogió un saco de materia prima. Después, el hombre se sentó junto a una concurrida carretera, y esperó a que el semáforo detuviera la estampida de vehículos; una vez despejada, saltó a la carretera y dispuso varias latas sobre el pavimento.
El semáforo espoleó a los coches para continuar su carrera a ninguna parte.
Y así, de forma mecánica, las latas quedaron aplastadas, y sólo había que sacarles brillo y rechazar aquellas que no sirvieran.
La industrialización acababa de llegar al mundo de la mendicidad.
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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Obtenía así piezas de artesanía basura y urbana.
Se llamaba Antonio, y llevaba años viviendo de aquello.
Pero un día, un tipo, con pinta de haber recorrido mundo y gastado todo su dinero en el proceso, situó su puesto a pocos metros del de Antonio; por desgracia, aunque este último producía ceniceros a un ritmo vertiginoso, su competidor igualaba y superaba su oferta, y sin que se le viera aplastar una sola lata.
- ¿Con quién colaborará? – se preguntó Antonio, contestándose a la pregunta de cómo se las arreglaría el hippie.
Sabía que aplanar los envases era la parte más difícil del proceso, por lo que se dispuso a seguir a su rival hasta dar con su colaborador. Durante una hora, su rival recogió un saco de materia prima. Después, el hombre se sentó junto a una concurrida carretera, y esperó a que el semáforo detuviera la estampida de vehículos; una vez despejada, saltó a la carretera y dispuso varias latas sobre el pavimento.
El semáforo espoleó a los coches para continuar su carrera a ninguna parte.
Y así, de forma mecánica, las latas quedaron aplastadas, y sólo había que sacarles brillo y rechazar aquellas que no sirvieran.
La industrialización acababa de llegar al mundo de la mendicidad.
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SinDios
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© del autor.
Dos niños
Juan y Santigo estaban en el patio de su colegio. Ambos tenían seis años, pero eso no les impidió discutir acaloradamente.
- ¡Que sí, te lo juro que es verdad! ¡Que se mueran mis padres si miento!
Mientras seguían gritando, Sole, su profesora, cruzó el patio y llegó hasta Santiago. Ella parecía haber estado llorando, y haberse tragado el llanto como el más amargo de los platos.
- Santigo. He de darte una mala noticia: tus padres han muerto.
Los tres se quedaron atónitos, sin saber qué decir.
Luego, Juan, visiblemente enfadado, frunció el ceño, apretó los labios, se acercó a Santiago y le propinó un puñetazo en la nariz con todas sus fuerzas; su víctima cayó al suelo, asediado por un inmenso dolor físico y mental.
Y mientras Santiago se retorcía, Juan gritó, antes de volver a clase:
- ¿Ves como los Reyes Magos no son los padres? ¡Mentiroso!
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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
- ¡Que sí, te lo juro que es verdad! ¡Que se mueran mis padres si miento!
Mientras seguían gritando, Sole, su profesora, cruzó el patio y llegó hasta Santiago. Ella parecía haber estado llorando, y haberse tragado el llanto como el más amargo de los platos.
- Santigo. He de darte una mala noticia: tus padres han muerto.
Los tres se quedaron atónitos, sin saber qué decir.
Luego, Juan, visiblemente enfadado, frunció el ceño, apretó los labios, se acercó a Santiago y le propinó un puñetazo en la nariz con todas sus fuerzas; su víctima cayó al suelo, asediado por un inmenso dolor físico y mental.
Y mientras Santiago se retorcía, Juan gritó, antes de volver a clase:
- ¿Ves como los Reyes Magos no son los padres? ¡Mentiroso!
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SinDios
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© del autor.
Lázaro
¿Quién se creía que era?
Lázaro estaba en su tumba, muerto, abandonado; los gusanos y demás bichos estaban empezando a tomar su parte del festín, cuando llegó él; ese mal llamado salvador, a quien su hermana María tuvo a bien lavarle los pies con su cabello, y al que todo el mundo miraba como si fuera el Sol, caminando por la tierra.
Y sus intenciones eran buenas.
Eso era lo peor.
Porque cualquiera diría que hizo adrede eso de levantarle.
En efecto, Lázaro despertó, y no sentía nada. No había rastro de la agonía que había vivido en los últimos días, claro, pero tampoco podía asegurar que ponía los pies en el suelo, de ahí que caminara renqueante, como un niño pequeño.
Pero conservaba el olfato, y olía muy mal. Más que de costumbre, como si le faltaran dos o tres baños de arena. Y la piel se le caía a pedazos, y a veces se fijaba en el brazo, o en una pierna, y descubría nidos de insectos que procuraba quitarse cuanto antes.
¡Sus intenciones eran buenas!
¡Claro!
Y así, cuando Lázaro salió de la cueva, la cara de esperanza de los testigos pasó a denotar un profundo asco, y miedo, y su propia hermana vomitó sobre sus enmugrecidos pies.
Al del milagro se lo llevaron, acusado de nigromancia, y Lázaro se alegró. Deseó que le colgaran, y le hicieran mucho daño.
Y mientras se preguntaba qué hacer con su nueva vida, sólo podía pensar en una cosa.
Cerebros.
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Son 250 palabras justas, pero creía que hoy era lunes. Y es martes.
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Lázaro estaba en su tumba, muerto, abandonado; los gusanos y demás bichos estaban empezando a tomar su parte del festín, cuando llegó él; ese mal llamado salvador, a quien su hermana María tuvo a bien lavarle los pies con su cabello, y al que todo el mundo miraba como si fuera el Sol, caminando por la tierra.
Y sus intenciones eran buenas.
Eso era lo peor.
Porque cualquiera diría que hizo adrede eso de levantarle.
En efecto, Lázaro despertó, y no sentía nada. No había rastro de la agonía que había vivido en los últimos días, claro, pero tampoco podía asegurar que ponía los pies en el suelo, de ahí que caminara renqueante, como un niño pequeño.
Pero conservaba el olfato, y olía muy mal. Más que de costumbre, como si le faltaran dos o tres baños de arena. Y la piel se le caía a pedazos, y a veces se fijaba en el brazo, o en una pierna, y descubría nidos de insectos que procuraba quitarse cuanto antes.
¡Sus intenciones eran buenas!
¡Claro!
Y así, cuando Lázaro salió de la cueva, la cara de esperanza de los testigos pasó a denotar un profundo asco, y miedo, y su propia hermana vomitó sobre sus enmugrecidos pies.
Al del milagro se lo llevaron, acusado de nigromancia, y Lázaro se alegró. Deseó que le colgaran, y le hicieran mucho daño.
Y mientras se preguntaba qué hacer con su nueva vida, sólo podía pensar en una cosa.
Cerebros.
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Son 250 palabras justas, pero creía que hoy era lunes. Y es martes.
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