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Diario de un sociópata
El mundo es absurdo y nos gusta tal y como está
Acerca de
Estoy loco, lo descubrí cuando rompí el espejo, porque no reflejaba mi cara sino la de todos los demás.
Sindicación
 
Camarero (y IX)
Al llevar un determinado tiempo en un sitio, no sólo trabajando, sino viviendo o compartiendo horas, como puede ser un campamento o una clase, esperas que al marcharte todo el mundo te despida con vítores, que lancen confetis y proclamen el final de una etapa de tu vida. Aunque sea, que te den un par de besos y te deseen suerte.
Mi último día en el pub empieza con la acostumbrada discusión con Martín. Entra por la puerta, embutido en unos vaqueros nuevos del Corte Inglés y una camisa de cuadros rojos y rayas amarillas, su sudor mojando la ropa y expeliendo un nauseabundo hedor a gimnasio.
Yo digo: animal. Orangután.
La primera fase, el interrogatorio, discurre sin mayores problemas, y contesto por orden todo lo que he servido; en la segunda fase, saca una comanda que olvidé el día anterior de ticar y que marqué en la caja hoy mismo: como las cajas de lunes, martes, miércoles y jueves las hace juntas, supuse que el recuento general saldría correcto. Y encima, dejé la comanda colgada, en lugar de pincharla.
Qué cara pondría esta mañana cuando, al pasarse por el Charlestón, vio esa comanda sin cobrar, y al hacer la caja, comprobaría que cuadraba... lo que significaba que, o esa comanda sobraba, o faltaba dinero en la caja.
Y yo no tenía nada que ver. Podría poner una mano en la Biblia, otra en el Corán y con la cabeza girar un rodillo de oraciones tibetano, y aún así juraría que no robé nada ayer. La semana pasada tal vez, y era posible que, sin la discusión de hoy, hubiera cogido cinco euros esta noche, pero no ayer.
Y en la tercera fase, Martín manda todo a tomar por culo y elige la opción B, llamarme ladrón, y le digo que voy a replantearme eso de seguir trabajando en su pub de mierda. Tal y como suena.
Qué puedo decir, estaba en lo cierto pero en el momento inoportuno.

Una semana después, Martín está a la puerta del Charlestón y yo le cuento que no pienso seguir más. E intentando mantener su orgullo, replica que en diciembre me hubiera despedido.
Si me hubiera despedido con las ganas con las que quiso hacerme un contrato, hubiera seguido en el Charlestón indefinidamente.
Mientras busco un trabajo, maquino un plan para hundirle por completo.
No se trata tanto de venganza sino de placer, ostentar mi superioridad y obligarle a reconocer, ésta vez sí, que soy más listo que él.
Me doy cuenta de lo fácil que es, reunir las piezas, amontonar los copos de nieve que hubo en mi camino todo este tiempo: la falta de contrato, las cucarachas, el falso robo. Si la vida cobrase el mismo sentido cuando estás a punto de palmarla, todos moriríamos con una erección.
Creo que no llegué a pensar lo fácil que sería arrojar una enorme bola de nieve sobre mi antiguo jefe.

Imaginad una cosa, ¿vale? Imaginad que tenéis un local que viaja directo a la ruina en una carretera cuesta abajo, e imaginad que, por lo menos, os quedará el consuelo de que, como os pertenece, siempre podréis convertirlo en un locutorio o en un videoclub para salir del paso.
Y un día os llega una carta del Ministerio de Trabajo, denunciándoos por tener a gente sin contrato. Y os anuncian que van a multaros y a revisar vuestros derechos como propietario.
Y otro día, una carta del Ministerio de Sanidad os informa de que en su poder hay fotos que demuestran que las cucarachas son las verdaderas dueñas del local, y quejas firmadas por clientes. Y añaden que el inspector habitual no pasará a hacer la revisión, sino un pelotón de hijoputas malencarados e insobornables.
Y por último, la policía llama para avisarte que habéis sido denunciados por chantaje y coacción, que un empleado que no teníais contratado sufrió una paliza durante un atraco, y le obligasteis a permanecer calladito para mantener el trabajo.
Imaginad que te persigue tanta gente que, por mucho que te escondas debajo de una piedra, alguien va a poder levantarla y obligarte a salir. Que casi pierdes tu local, la mitad de tu dinero se esfuma en multas y daños y perjuicios, y que el mamón responsable de todo es alguien que, jurarías, es más tonto que tú.
¿No es para volverse loco?
Martín es la cucaracha de la hostelería, capaz de sobrevivir a una explosión nuclear.
Si quieres matar a una cucaracha, no uses una bomba atómica, usa un insecticida.

 
Camarero (y VIII)
El día del falso atraco no puede ir mejor, porque antes de las doce se han hecho ciento ochenta euros de caja y todos los clientes se han ido. Así que cuando Eduardo entra en el baño y sale como un atracador con pasamontañas y guantes de cuero, la función empieza.
- Ve destrozando cosas – le digo -. Voy a cerrar la puerta para evitar visitas inesperadas.
Entonces entra Marcos, el chaval este argentino, y no sabe qué decir y se queda como una estatua en el marco de la puerta, observando atónito los destrozos que Eduardo inflinge al local.
- Es un atraco – susurro -. Vete ahora mientras puedas.
- No... te ayudaré – dice mi héroe.
Dejo que se adelante, y es en el momento en que se encuentra de espaldas a mí, que le propino un buen golpe en la cabeza con una silla. Es una de esas cosas que haces sin pensar, y que sabes que pueden ir peor, porque le podría haber partido la cabeza, matado incluso, y podría no haber tenido la suerte de dejarle inconsciente. Por no hablar de la probable conmoción cerebral.
Y mientras Marcos duerme el sueño de los justos, cerramos la puerta, rompemos todo lo que siempre quisimos romper, incluida la horrible fuente del centro del pub, y desvalijamos la caja registradora y la caja fuerte. Me atizo un par de puñetazos en la cara, hasta asegurarme de que la cara no sólo me escuece, sino que sangra.
Pienso en seiscientos euros.
Luego, Eduardo se marcha, Marcos se levanta y yo llamo por teléfono a Martín.
- ¿Que te han atracado, dices? No, no llames a la policía... espera a que llegue yo.
Marcos se me acerca nada más colgar el teléfono.
- ¿E-estás bien? A mi me duele la cabeza...
Me doy la vuelta y puede apreciar los moratones en todo su esplendor. En parte se queda sobrecogido, y se sujeta la cabeza como si se le fuera a despegar de los hombros, como si el golpe le hubiera dado alas e intentara mantenerla en su sitio.
- He llamado a Martín, me ha dicho que no llamara a la policía por ahora.
- Querrá cubrir sus huellas, tan bien como pueda.
Claro que ya me imaginaba que sucedería algo así. Cuando llega razona su versión de los hechos.
- Yo estaba atendiendo el local... tú solo vienes de vez en cuando a tomarte algo, y cuando entraron te golpearon un par de veces y a mi me echaron a un lado. Luego se llevaron el dinero. Pero tú no trabajas aquí, ¿de acuerdo?
Y cuando pienso que, por primera vez, las cosas pueden irme relativamente bien, Sonsoles interviene. Aparta a Martín y susurra que no ha habido atraco, y que yo he cogido el dinero y me he golpeado. Sonsoles, eso es muy retorcido, dice Martín, preocupado. Ya, ya, pero nunca me he fiado de este chaval. A mí me da que lo ha robado él.
Me ayuda el hecho de que Marcos estuviera aquí y fuera agredido, para que la historia cuele mejor, pero reconozco que las suspicacias de Sonsoles dan por una vez en el clavo.
Y como se supone que me han atracado y que todos estamos de los nervios, aprovecho para hacerme la víctima y gritarles a los dos.
- ¡Bruja estúpida! ¡¿A quién se le ocurriría algo tan absurdo?! ¡Maldita sea, es que no sabes hacer otra cosa que sospechar de los demás! ¡Pues contaré mi jodida versión a la policía! ¡Que estoy currando aquí sin contrato, y que me atracaron y me golpearon a mí!
- Tranquilo – dice Martín, asustado - , no lo dice en serio, ¿verdad? – La bruja se calla la boca y sale a la calle, toda roja y furibunda, echándome unas miradas de desprecio. – Déjame a mí hablar con la policía, y recibirás un pequeño incentivo. – Traducción: te estoy sobornando. Y añade -: Venga, ponte a recoger un poco el fondo del local y te vas a casa, hoy cerramos antes.
No sé si echarme a reír por lo bien que ha salido todo.
No sé si echarme a reír por lo bajo que parece haber caído Sonsoles. En su lugar, sigo trabajando.

Son las tres de la madrugada, y estoy en el pub Mc Corman con Eduardo, que viene todo radiante.
- He contado el dinero. En total, ¡son ochocientos euros!
- Genial tío, ya sabes, la mitad es tuyo.
Él se pide una Grimbergen Óptimo Bruno y yo una ginebra con tónica, y brindamos varias copas antes de irnos a casa.
- No te lo vas a creer, pero llega Martín con ese apéndice de bruja que llama esposa y empieza a suplicarme que le deje a él hablar con la policía. Hasta ahí, todo normal, más o menos, pero Sonsoles va y dice que todo es un montaje.
- Quedaría como una retorcida de mierda, supongo.
- Claro, joder, ¡tenías que haberla visto! Soltaba espumarajos por la boca mientras vomitaba la verdad y nadie la hacía caso. Martín la llevó a la calle, y luego entró y dijo que hablaría con la policía y todo se arreglaría.
- ¿Y cuánto crees que vas a durar en el pub? – me dice.
- No lo sé... sólo sé que me pilla al lado de casa y que sigo cobrando la misma mierda de siempre, aunque ahora trabaje menos. Alguna vez he llegado a cerrar el pub y echarme un rato. Es que estudio por las mañanas, y me faltan horas de sueño. Pero no me quejo. Además, pueden visitarme mis amigos.
- ¿Y seguirás siendo honesto?
- Creo que eso – digo – es una etapa pasada de mi vida.
Y añado -. Brinda conmigo. ¡Hasta que el cuerpo aguante!
Y que dure lo que tenga que durar, pienso.

A principios de mes, Martín me da el cheque y en vez de doscientos euros, veo en la casilla de la cantidad un flamante quinientos. Es el colofón a algo perfecto, pues la policía no halló pista alguna y se tragaron la historia de Martín.
Si lo llego a saber, me atraco antes.
Ahora debería marcharme del local, lanzar una mirada por encima del hombro y cerrar la puerta detrás mío, pero decido seguir en el trabajo y buscar nuevas y lucrativas maneras de estafar a mi jefe.
- Mi madre está hasta las narices, ¿sabes? – dice Gonzalo, sentado junto a la barra -. Resulta que hay una plaga de cucarachas por el barrio, y la están inundando con toneladas de papeles.
Por el momento, no me estaba diciendo nada nuevo. Quiero decir, cuando una cucaracha pasea alegremente por entre las cajas de cervezas, y te obligas a no gritar mientras la coges, ese bicho grande y marrón de textura oleaginosa, y la arrojas a la basura, asumes que vas a tener que acostumbrarte a su presencia. Muerdes tu lengua y, aunque los clientes te ven como poseído por Joe Cocker, ni se imaginan lo que estás ocultando.
Y no porque no intente, a base de limpieza, exterminar sus colonias. Si Martín limpiase más a menudo el almacén, si todas las mañanas estuviera aquí, como miente a su familia, en lugar de irse de bar en bar hasta las dos del mediodía; si yo mismo me molestara en limpiar... Al empezar, limpiaba una vez a la semana. Actualmente es un milagro si limpio una vez cada dos meses.
Una cucaracha se patea el cuenco con pipas, y disimuladamente la atrapo y la deposito en el suelo del almacén. La hago un par de fotos para mi álbum.
- Tú ve atento, creo que tarde o temprano tu madre puede tener negocio aquí – le digo. Y añado -: una última tocada de huevos y adiós local.
- ¿Vas a dejar este curro?
- Creo que sí. Cada vez la falta de sueño me está afectando más. No puedo acordarme de las cosas bien, me duermo en cualquier esquina, y creo que este sitio tiene tan mala ventilación que el exceso de dióxido de carbono me da soñolencia.
- Vaya, es toda una retahíla de quejas.
- Es lo que hay, ¿otra copa? Por cuenta de la casa, claro está...
Unos clientes me piden la cuenta, y no se fijan que la caja registradora ya está abierta. No pueden ver que en realidad no tecleo precio alguno, sino que le doy a teclas que sé que sólo sirven para hacer ruiditos. Y cuando me dan el dinero, éste permanece en el interior de la caja hasta que salen por la puerta, momento que aprovecho para introducirlo en mi cartera.
De ahora en adelante, el cliente también proveerá.
 
Camarero (y VII)
El deterioro de la relación entre Martín y yo tuvo su catalizador en su esposa, la secretaria, que tan bien me caía al principio. Vamos, me juego un brazo a que esa bruja le comió la oreja más de una vez con que yo era un indeseable.
En un principio, Sonsoles se quedaba hasta las doce en el pub, enseñando a manejarme con el trabajo. Hablábamos mucho, también. No sé, me parecía alguien agradable.
A menudo me instigaba a afeitarme completamente en vez de dejarme la perilla, o a que me cortara el pelo. Criticaba abiertamente mi vestuario, que no era nada estrafalario, aunque reconozco que algo pasado de moda. Y de repente, decide que soy lo peor.
Para muestra, un botón.
Martín tiene un amigo llamado Basilio, Basi para todos menos para el registro civil. Basi pasa todas las semanas, y compartimos aficiones comunes como los cómics, las pelis de terror o los libros de ciencia ficción, y cada vez que viene, nos quedamos horas hablando.
Un viernes aterricé con unos amigos en el “Charlestón”. Los fines de semana son Martín, Sonsoles y aquél chaval argentino de la cerveza belga que cité al principio de mi relato (se llama Marcos) los que trabajan, los dos primeros preparando las copas y el tercero tomando nota y sirviendo.
Junto a la barra, estaba Basi, y me puse a hablar con él. Y en el tiempo en el que yo discutía de la nueva película de John Carpenter, el último libro que me compré de William Gibson y el primer disco de los Pixies, a mis colegas les dio tiempo de tomarse una copa. Pasó una hora o así, ¿vale? Y mis amigos dicen que se van ya. Me despido de Basi, y según salgo por la puerta, Sonsoles le pregunta:
- Oye, ¿te ha molestado el chaval? Como habéis estado ahí hablando bastante tiempo...
- ¡Qué va! ¡Si tenemos gustos muy parecidos!
Qué pobre alivio fueron las palabras de Basi, comparadas con la demoledora pregunta de Sonsoles.
Hice como que no había escuchado nada, y me fui de juerga, y no me pude quitar semejantes palabras de la cabeza. Quizá, llegué a pensar, había llegado la hora de despedirme. O de que me despidieran, porque con semejante arpía cerca, cualquier error que pudiera cometer podía significar mi pasaporte a la calle.
Los nervios empezaron a matarme.

- ¡No! – me dice Eduardo -. ¿De verdad preguntó eso?
- Te lo puedo jurar. Y si Basi no llega a contestar lo que contestó, bueno, hoy le habría mandado a la mierda.
- Joder con Sonsoles.
- Si es que llevan un rollo muy raro. El otro día, me echó una pequeña bronca porque me pasé con los aperitivos de una mesa. Me vino y me dijo que si ponía tanto era mucho gasto y no se qué, es de un rata el hombre éste...
- Déjales, ellos solos se perderán. Siempre pasa lo mismo...
Lo que sospechaba se hace patente. Hay cosas que deben ser comunes a todos los pubs, pero Eduardo acertaba hasta en las más propias del Charlestón.
- Tú has trabajado aquí.
- Jeh... sí, bueno, hace unos cuatro años o así.
No me puedo creer esto. Después de casi cinco meses, se le escapa que trabajó aquí. Encima, se le escapa, no lo dice voluntariamente. Cosas como esa derrumban la voluntad de cualquiera. Nervioso, acaricia su calva.
- Me pasaron las mismas cosas. Te aseguro que es el pelo y la forma de vestir, y supongo que la actitud. Aunque no te lo parezca, cuando yo empecé a trabajar aquí, tenía una melena larga y negra hasta los hombros, y una barba de dos días. A Sonsoles no le gustó nada que trabajara aquí, pero he estado trabajando en un huevo de locales y Martín no pudo negarse. Al principio, todo risas conmigo, ¿no? Pero poco a poco, Sonsoles le fue comiendo el tarro. Una vez la escuché diciendo que creía que yo robaba.
- ¿No hiciste nada?
- Sí. Me acerqué a los dos y la dije que no se atreviera a llamarme eso. Ya tenía asumido que no haría migas con ella, así que me dio igual dejarle las cosas claras. Al año y medio, casi dos, Martín me llamó ladrón delante de unos clientes y le mandé a la mierda. Así de claro. Tú no te amilanes, ni dejes que te pise, el hombre este. Es un hombrecillo patético. Y recuerda que estás sin contrato, y que eres joven y hay otros trabajos...
Coge su cubata y brinda.
- ¡donde pueden explotarte!
Amén.

A raíz de mi conversación con Eduardo, tengo la determinación de aplastar a Martín, hacerle ver que él no es el único que puede hacérselo pasar mal a los demás.
- ¿Cuál es tu ingenioso plan? – dice Eduardo.
- Es muy sencillo. Haré como que me han atracado y me llevaré todo el dinero. Se le puede caer el pelo por muchas razones...
<< El martes es el día que menos gente viene por aquí, ¿no? Pues el martes, a una determinada hora en la que no haya nadie, cogemos y nos ponemos unos guantes y destrozamos el local con barras o paraguas o con lo que sea.>>
- Unmomento... ¿destrozamos?
- Claro, ¿no quieres tú vengarte de este tipejo?
- Como el que más, pero joder, de ahí al vandalismo hay todo un trecho.
- Vamos, si en el fondo lo habrás pensado más de una vez.
<< El caso, que luego me atizo un par de veces en la cara, como para hacer que me han dado una paliza, y la caja fuerte la vaciamos: no sé por qué, últimamente el cabrón la deja abierta todo el rato, y se piensa que no le van a robar porque está escondida. Dentro no hay mucha pasta, ya lo he visto, pero si quitamos la cantidad ingente de monedas que hay dentro, podríamos llevarnos, tranquilamente, seiscientos euros.>>
El trabajito pinta bien, y el dinero y la humillación de Martín todavía más.
Pienso en seiscientos euros.
 
Camarero (y VI)
Mis manos huelen a lejía desde hace un par de días. Toca limpieza general.
Por supuesto, Martín no hace nada. Martín espera que su empleado limpie todo, y en parte no se equivoca.
- Si quieres te ayudo – me dice Gonzalo, solícito.
No, le contesto. Si me ayudas, luego te tendría que invitar a más copas, y me vaciarías el local.
Gonzalo es un buen amigo del instituto. Bueno, le conocí en el instituto, pero mientras yo encallaba en las aguas del fracaso, él evolucionó a universitario. Y en un botellón, en el que presumía de ser camarero para despertar el morbo de alguna chica, le dije que se pasara cuando quisiera.
Y que estaría invitado.
Y desde entonces Gonzalo viene aquí todos los miércoles, a veces solo, a veces con su novia o con un amigo.
Ante la escasez de clientes, las horas pueden alargarse eternamente si no tienes alguien con quien hablar. En mis primeros meses, podía leer libros, pero un día me dijo Martín que debería centrarme mejor en el local.
Y así todos los días procuro arrastrar a un colega hasta aquí.
Para esquivar el aburrimiento. Para evitar hablar con los solitarios de la barra.
- Tú mismo – me dice.
El teléfono suena para interrumpir mis meditaciones de fregona.
- Soy Martín – dice el aparato -. ¿Qué tal todo por ahí?
- Psé, hay tres mesas nada más, unas ocho personas... la caja no dará para mucho, hoy.
- Bueno – dice, quitando hierro a ese asunto -, a ver si en las últimas horas se te llena más. Pero no te llamo para eso... he estado hablando con el abogado, y es posible que pueda hacerte un contrato que se ajuste a tu horario de trabajo.
Alguno tiene que haber, por supuesto.
Otra cosa es que se haya molestado en buscarlo.
- De acuerdo – contesto.
- Pues nada, ya comentaremos el asunto más adelante.
Cuelgo y sé que nunca me hará contrato, por mucho tiempo que permanezca aquí.
- ¿Martín, no? – dice Gonzalo.
- Sí, pero me ha comentado que a lo mejor me hace contrato. – Una cucaracha pasea cerca de las servilletas. Cojo una y aguanto la respiración, con la servilleta arrugada en mi mano y la cucaracha en el punto de mira.
- Genial. Es lo que quieres, ¿no?
- Ni siquiera sé si quiero seguir trabajando aquí.
Y atrapo a la cucaracha y la tiro a la basura.

Fijaos en el inspector de sanidad. Traje y genitales limpios, y prácticamente las manos vacías.
Se le llena la boca con una sonrisa al ver a Martín. Se saludan efusivamente, y dan una pequeña vuelta alrededor del local.
- ¿Quién es? – pregunto, curioso.
- Es el inspector de sanidad... pero yo que tú no me preocuparía lo más mínimo, porque todo está controlado. Viene desde hace más de veinte años a revisar el local, y ya nos conocemos de sobra – y me da un codazo cómplice en las costillas, y casi le escupo en la cara.
El inspector pasea su elegante traje azul marino con corbata de rayas rojas y amarillas, y aunque abarca todo, no observa nada. No pide que se suba la intensidad de la luz. No rasca la costra de las mesas. Sólo sonríe.
Siguen sonriendo, Martín y el inspector, cuando llegan a la parte trasera del pub, el almacén. Martín fuerza sus carrillos para mantener arqueada la boca y que parezca una sonrisa convincente, pero parece una marioneta, y con su cuerpo tapa el frigorífico de las cervezas.
Los dos se miran fijamente, sin borrar sus estúpidas sonrisas de la cara.
El inspector pasea su porte de ministro hacia el frigorífico de las cervezas, y en el momento en que parece que va a abrirlo y descubrir la rica flora interior, la tundra artificial en las paredes del aparato, espeta:
- Si te vas a quedar mirándome así, mejor saco yo las cervezas, que ya sé donde están.
No sé si echarme a reír ante semejante alarde de falta de profesionalidad. En su lugar, sigo con mi trabajo.
A los veinte minutos, una cerveza por cuenta del jefe está ya en el estómago del inspector, y éste se dirige a la salida haciéndole saber a Martín que no va a pasar nada, y que todo está en orden.
Que ha pasado la inspección.
Si las inspecciones se hacen con las ganas con las que Martín me hace un contrato, no me extrañaría que este local fuera capaz de sobrevivir a una bomba atómica.
Martín es la cucaracha de la hostelería, capaz de sobrevivir a cualquier incidente.
 
Police Story (Los Hombres de Paco)
Ayer acabamos el curro en el supermercado pronto, por lo que fuimos a la Plaza Mayor a sentarnos en una de las mesas de terraza que, como un árbol más, decoran el lugar. Empezamos a hacer las típicas coñas, y un tipo se nos acerca y nos pide un cigarro. Bajo, con pelo corto, barba y mirada torva, vestido con un forro polar ligero y unos pantalones negros; nos pide un cigarrillo con voz de medianoche y se larga, y seguimos con nuestros asuntos.
- Qué dices tío, Melendi y El Canto del Loco son lo mejor de este país - me dice Hansa, la nueva incorporación a la plantilla, aunque ya le conocemos de hace más tiempo: de hecho, fue el energúmeno con el que fui de viaje a Dublín.
- Que no me convences, tío, que no. El Canto del Loco son unos gilipollas subidos, pero vamos, a ver, explícame como unos pijos cantan que quieren entrar con zapatillas en un local... será porque no les dejan entrar a muchos sitios, no te jode. Y lo de Melendi sí que es trágico, vende discos diciendo que toma drogas. Vaya mérito. Además que la mitad de sus canciones lleva de copiloto al sol, pfff...
- Es mejor que el country yanqui que te trajiste a Dublín, tío, que no puede ser...
- Llevaba la banda sonora de Silent Hill y Nirvana, nada de country...
Estamos riéndonos cuando oimos una pelea bajo las columnas que hay en el lado más cercano a la calle Mayor. Un tipo con una barra metálica sale enzarzado en una pelea con otros dos, pero no la empuña para defenderse, sólo la sostiene como si fuera lo más valioso del mundo. Uno de los que le estaban pegando al principio se marcha, quedándose la cosa en un uno contra uno.
Hay gritos y golpes inexpertos de puño contra cara y bota contra espalda.
- Polisia, polisiaaaa...
- No veo ninguna hostia tío - dice Oscar, un tipo enorme de buen corazón las nueve décimas partes del día.
- Estos se lían a hostias para que alguno se meta y darle bien - aclara Israel, algo más entendido que nosotros en asuntos de la calle.
Vemos tres puñetazos (ni muy fuertes, ni muy directos, porque el que recibe las hostias, que sigue gritando polisiaaaa, sigo consciente y no sangra después de ello).
- Pues no, no están fingiendo - apunto.
Cuando un hombre decide intervenir, la pelea ya ha acabado, y el agresor roba las cosas que el agredido tiene guardadas en un cubo de basura cercano. El samaritano, por supuesto, no se acerca al agredido y le da palabras de apoyo, ni le ayuda a levantarse, ni reprocha nada al agresor; jura que traerá ayuda y llama a la policía.
- Mis cosas, no me robes mis cosas....
- Ah, parece que se han dado porque le estaban robando...
- Quizá se aburrían, joder, mira, si el tipo que le ha pegado está hablando con los otros tirados...
Y el espectáculo empieza aquí: comienzan a entrar coches de policía en la Plaza Mayor como si hubiera habido un aviso de bomba. Uno, dos, tres, cuatro... entran muy deprisa y acaban aparcando frente al agresor, sus compañeros y el agredido. Como una película de acción, entran dando derrapes y todo.
- JODER, lo que ha venido... ja ja ja, a ver si es que había algún rumano... ja ja ja - ríe Oscar.
- ¿El qué? - pregunta Hansa.
- Nada, que un día estábamos trabajando y vemos que los que rapiñan la basura del Champion estaban pegándose. Y voy y llamo a la policía, pensando que vendría un coche o una moto de mierda... - relata Israel.
- ¡Pero vinieron cinco coches rodeando la entrada del Champion! - se carcajea Oscar.
- Claro, yo no sabía que hacer...
- ¡Así que les dijo que habían entrado a robar dos rumanos, ja ja ja!
- Tú calla, que a ver si van a ser los mismos...
Entran dos coches más, tapando por completo a los de la pelea. Es sospechosa, la forma que tienen de aparcar.
- Esto no me gusta nada.
- No, si ahora se liarán a hostias, páf, incluso con el pobre hombre de la barra.
- Pero no vamos a dejar que vuelva a ocurrir, ¿eh? - digo, cómplice, a Isra.
- Sí, vamos, como que vuelvo a hacer algo de eso... que un día, íbamos éste, Hansa y yo y nos encontramos con un hombre de fiesta y le dijimos que se viniera con nosotros. Le íbamos a dejar por Sol...
- Fue en la Plaza de Jacinto Benavente...
- Eso, que una furgoneta casi nos atropella, y el acople les grita y la furgoneta se para: ¡eran de la secreta! Y empiezan a salir policías de todas partes, pero no se identificaban, y claro, el pobre les pidió la identificación... y el que estaba hablando con él nos aparta y empieza a hablar con él...
- Y hostia en la cara, y ahora te empujo contra el cubo de basura...
- Y claro, Seth (nombre cambiado por el mío) y yo dejamos a Hansa durmiendo en mi casa, y fuimos a comisaría a denunciar a los policías.
- Nos tienen dos horas, y luego nos "aconsejan" amablemente que no sigamos adelante, porque el policía esta en su derecho...
- Cabrones - espeta Israel.
- Que claro, pueden aplicar la ley antiterrorista y retenernos sin explicación cuarenta y ocho horas en comisaría y no sé qué...
- Y que como no sabíamos lo que hablaron el poli y el pobre hombre, que vete a saber si el otro hizo algo para merecerse lo que tuvo.
- Vamos, que daba miedo aquello.
Seguimos contemplando el espectáculo.Sin ver nada, no hay gritos, ni rastro del hombre que hacía unos minutos había recibido...
- Como sigan entrando coches de policía, nos detienen a todos.
- ¡Ahora están de charla! ¡Y mira, se va el que estuvo pegando al tipo!
- ¡Coño, pero si a ese le dimos un cigarro! - exclama sorprendido Oscar.
- Mira, están esperando que la plaza se vacíe para darles de hostias a todos...
- Los hombres de Paco...
Ja ja ja.
Cuando los policías se han ido, Isra empieza a hablarnos de una vez que estaba jugando al parchís con un moro en Lavapies, mientras estaban rodeados de gente haciendo botellón. Quisieron hacerles fotos y todos.
- Se pensarían que os esnifaríais las fichas - suelto yo.
Al poco todos nos volvimos a casa.

Seth Fortuyn, el ejército de un solo hombre.
 
Camarero (y V)
- Yo quiero una Judas.
- Y yo... una Judas.
- Yo también.
¿Por qué no os habéis puesto de acuerdo, soplapollas, en vez de hacerme perder el tiempo? Tendría que soltarles eso. Debería arrancarme la sonrisa de mi cara y darles con el extintor en la cabeza, porque me ponen negro. Pero un camarero no puede hacer eso. Ni una persona normal, ya puestos.
En su lugar, bromeo. Siempre nos quedará el humor o el cinismo.
- No Judas.
En la tele decían que la risa en realidad es un mecanismo de defensa ante una agresión externa o algo así, una reacción ante algo que descoloca nuestra realidad. Puede que te rías para no llorar, como esa risa nerviosa que pondrías si una avioneta se estrellara justo en la camioneta llena de bebés foca que el zoológico ha colocado enfrente. Un vestigio primitivo de nuestros instintos.
Ellos se ríen.
Yo digo: animales.
Y me vuelvo a la barra a prepararles sus tres malditas Judas.
Ése es todo el trabajo de verdad que me espera por esta noche. Estos días están siendo muy flojos. Están siendo terribles. Apenas viene gente a tomarse algo, y cada vez me cuesta más creer que el año pasado las cajas eran el triple de lo que son ahora. El jefe ya me deja solo, como encargado. El jefe no viene, pero si ve que la caja es muy pequeña y choca con sus estadísticas piensa que ha habido algo malo, e intenta pillarme con absurdos interrogatorios.
El jefe se equivoca.
En cierto modo, es muy tentador, estar a solas en un bar como encargado, sin ningún sistema de seguridad vigilándote el trasero y con el jefe pasando cuando le da la gana. Además, no hace inventario de las cervezas, a pesar de mantener cierto control sobre el nivel de las botellas de ron o güisqui. Los controles se limitan a las comandas numeradas y la contabilización de los tickets de caja.
Lo he llegado a pensar. Es que sería muy fácil...
Dejas que el cliente pida, pero no le tomas nota, y por lo tanto no queda apuntado. Luego, dejas que otro cliente pague su cuenta, para poder abrir la caja registradora sin necesidad de comandos raros, y ya con la caja abierta, le cobras a tu víctima sin ticarlo. La consumición no queda registrada por ninguna parte y el dinero que sobra es todo tuyo.
Pero no. Me he jurado ser honrado, quizá porque es amiguete de mi padre.
Y eso es lo raro. Martín ya me ha regañado un puñado de veces porque las cajas no cuadran, ya sea por un euro o por diez.
- Ese no es el problema – me dijo -. Es que no puede faltar ni un céntimo.
Podría poner una mano en la Biblia, otra en el Corán y con la cabeza girar un rodillo de oraciones tibetano, y aún así juraría que no he robado nunca nada. Porque es verdad. La gente me cree: mi padre, mi madre, mi hermana, mis amigos e incluso Eduardo, el camarero que pasa noche sí y noche no haciéndome compañía.
- En serio, no te preocupes. Pasa en todos los sitios, si no eres tú cometiendo un error al devolver cambio, es tu jefe al contar el cambio que te deja. No te comas el tarro, y no dejes que te llame ladrón – me dijo Eduardo.
Llámame torpe. Llámame descuidado. Pero no me llames ladrón.
Y en el momento en que los niñatos de las Judas abandonan el local, y me encuentro con el maremagno que han montado, un infierno húmedo de zumo de cebada y cáscaras de frutos secos dispuesto sólo para mí, el jefe entra, todo afable, y me es imposible notar lo que me caerá encima. Martín dice:
- Buenos noches – su oronda figura, encerrada en unos vaqueros nuevos y una camisa negra y gruesa sobre una camiseta blanca de algodón que supongo estará amarilla, despide un fuerte olor a sudor. Por si no tuviera suficiente con soportarle de lejos, se mete dentro de la barra y se queda a un metro de mí. Me silba -. Recuerda limpiar un poco las esquinas y pasarle la fregona al almacén. Por ahora le es imposible, pero el inspector puede venir la próxima semana, y esto tiene que estar un poco presentable.
¿Un poco dice? Si las luces no estuvieran a media intensidad, la gente descubriría las costras en los asientos y las mesas. Las manchas negras en el suelo, los estratos de polvo.
Y me dice:
- ¿Qué tal el día?
Psé, flojillo, le digo, mientras hago esfuerzos sobrehumanos para que no se me caiga la bandeja. Ahora estoy contigo... todavía me cuesta el oficio.
- No te preocupes – dice Martín, cerrando los ojos y agitando la mano delante de mí, quitándole hierro a ESE asunto -. Tómate tu tiempo.
Mierda, reconozco ese tono. Viene a darme otra charla. Ya casi me he acostumbrado a este tipo de situaciones.
Mientras recojo, Martín coge las comandas pinchadas, las despliega sobre la barra vacía, y observa atentamente todo lo que he puesto durante el día.
Seguro que conoces esa sensación de desesperanza, de que algo malo va a pasar de un momento a otro. Como cuando se te resbala un plato y tienes la impresión de que caerá y se romperá en pedazos. Así estaba yo.
- ¿Qué has servido hoy? – me pregunta, con un manojo de comandas en la mano.
No me acuerdo muy bien, le contesto al azar, pero aparte de estas tres Judas, creo que he servido un par de rones y un café especial Boggie. Me doy cuenta del error que implica contestar al azar a la pregunta trampa.
- Pues no serviste un sólo café especial Boggie... – me dice, convencido de que le robo. Como si no me conociera esta cantinela.
- Yo me serví un café, aunque no me gusta nada, para mantenerme despierto, que últimamente me caigo de sueño. De todas formas, yo ni me acuerdo de lo que sirvo.
- Ya.
Éste es el momento en el que uno tiene que callarse como una puta, porque si no todo hilo de voz que salga de mi boca puede servirle para estrangularme.
- Y la caja no te cuadra. Faltan tres euros.
Hay que pensar la respuesta fríamente. Si contesto que no lo robé, pensará que lo robé. Si el no dice nada de robar, pero sí lo digo yo, es como si estuviera firmando mi confesión. El problema radica en que si contesto que no sé a qué se debe, se me pondrá en plan chulito.
No, se me pondrá en ese plan quiera o no.
Yo digo: orangután.
Y hago que esto tenga que acabar pronto.
- Pues no sé a qué se puede deber. Puede que me equivocara con las vueltas. De todas maneras, piensa que me paso trabajando unas catorce horas al día, seis del instituto, dos de deberes y otras seis aquí. Duermo cuatro horas. Y nunca he faltado un sólo día. Ya te he dicho que estaba agotado. Debió ser el cansancio.
- ¿Tú te crees que soy tonto?
Lo pregunta de forma serena, conteniéndose. Le falta expresividad, y no ha apretado los puños ni nada de eso que esperas que haga una persona a punto de coger un cabreo del quince, y esto es sólo el principio.
Éste es el final de la primera fase. Contesto:
- NOOOOO.
Luego viene la segunda fase. Se le sube la sangre a la cabeza y comienza a enfadarse. Está convencido de que cogí dinero de la caja, pero es absolutamente falso. De hecho, a veces desearía haberlo robado, así al menos el cabreo sería justificado, y yo habría sacado un pequeño beneficio.
- Mira, no pasa nada. ¿Te llevaste el dinero?
- NO.
- No me mientas – me dice, y el sudor se le acumula en las cejas y gotea delante de los ojos -, no pasa nada si lo admites, en serio. ¿No eras tan listo? – me dice, pero estoy seguro de que nunca he presumido de ser muy listo delante de él - ¿Y no eres capaz de manejar una caja registradora? ¿Cogiste o no esos tres euros?– me dice, a punto de estallar.
- No.
Está convencido de que soy un raterillo. Un raterillo completamente subnormal, debo añadir. Cómo me gustaría gritarle que si yo robara de la caja, primero no se daría cuenta, y segundo, no me llevaría tres o diez euros. Me llevaría trescientos, o cuatrocientos. Además, no me volvería a ver el pelo, eso esta claro.
Sin duda, es un energúmeno. ¿Qué mente calenturienta concebiría que alguien roba tres euros de forma torpe y luego aparece al día siguiente, sabiendo que le va a caer una buena? No respondáis. Es una pregunta retórica.
Luego viene la tercera fase, vertiente A y una hipotética vertiente B. La A significa que, como si nos estuviera haciendo un favor muy grande, a mí y a mi padre, acepta a regañadientes lo que le digo. En la hipotética vertiente B, me llamaría ladrón y caradura, y yo me despediría, y le denunciaría por tenerme sin contrato.
Sabiamente, elige la A.
Como decepcionado, me saluda y se larga. Por hoy, ha acabado, pero ese tipo de cosas siempre se las guarda. Se le nota.
 
Camarero (y IV)
Nunca te pluriemplees si puedes evitarlo. Hazme caso, por favor.
Fíjate en mí, ¿de acuerdo?
Imagina a un adolescente que está estudiando algo que en realidad no le gusta, debido a ciertos... “errores” de vocación. Y si no tuviera ya problemas suficientes con los estudios, el mongoloide éste va y pilla un curro nocturno para los lunes, martes, miércoles y jueves.
En un principio, todo va sobre ruedas. Este salido tiene energía suficiente y puede permitirse el lujo de dormir cuatro horas al día, pero poco a poco levantarse de la cama le cuesta más, y dormirse de pie le cuesta todavía menos.
Y el tontaina va y cree que eso se solucionará, que es sólo una racha, y que volverá a coger el ritmo. Se obstina en no dormir la siesta, y eso que un sueñecito le vendría de puta madre. Sólo una racha, se repite a sí mismo. No piensa que podría ser como el envenenamiento por radiación, paulatino y demoledor a largo plazo.
Y como si tuviera un trocito de plutonio bajo el colchón, el memo de los cojones empieza a padecer trastornos del sueño. El insomnio mola si lo ves de fuera, pero si en siete días duermes catorce horas, la realidad deja de ser la misma. Las farolas todavía no están puestas en la calle, y la gente corre a tropezarse contigo. Y los buzones. Y las papeleras.
Estás escribiendo en clase, y lo que piensas que es una lección bien apuntada luego no llega a más de un par de garabatos sicóticos. Tus amigos te hablan, pero no tardas en olvidar. Te disculpas, es que hoy tengo la memoria pez, no más de cinco segundos de grabación, gracias, hablad alto, claro y deprisa, no vaya a ser que me duerma aquí mismo. El despertador deja de sonar, porque tu subconsciente lo desconecta y tú sigues en las nubes. No lo crees posible. Tú duermes, y tu cuerpo coge por su cuenta y apaga lo único que podría interrumpir tu descanso.
Coge un diccionario.
Busca: insomnio, narcolepsia, hipersomnio, sonambulismo.
Nuestro protagonista debería dejarlo.
¿Y qué hace este retrasado?
Sigue adelante. Y que dure lo que tenga que durar.
Pero me estoy adelantando.



Ser camarero es un trabajo gratificante si te gusta la gente y tienes paciencia.
Si no es así, huye. Coge tu dignidad y llévala a otro sitio porque siendo camarero verás a ciertas personas en su peor momento.
Huelga decir que no todos son mezquinos, graciosetes o soberbios, que la confortable mayoría tiene un comportamiento digno e incluso jovial, pero basta un ser anónimo y pusilánime para joderte el día.
Veréis, los seres anónimos y los pusilánimes, los hombres invisibles de las oficinas, sufren una transformación anímica que les lleva a convertirse en escoria ante un camarero. Son personas que tienen un jefe en la oficina, otro en casa y otro entre sus amigos, y se pasan la vida siguiendo órdenes, y sientes al tomarles nota que saben con certeza que ahora ellos mandan, y se les sube a la cabeza.
Pero con el tiempo y la experiencia, aprendes a ignorarles, e incluso a ponerles en ridículo. Porque en realidad ellos no son los verdaderos dueños de la situación.
No es un asunto de dominación sino de buena voluntad.
Si el camarero quisiese, podría escupir en la copa. Llenarla de matarratas. Emponzoñar un buen whisky con agua de fregar. Servir un batido caducado. Un zumo con posos verdes. Orinar en la copa de ron. Un café con leche sería mejor no nombrarlo. El cliente, con toda su prepotencia, confía que sus desmanes serán recompensados con su copa, que tiene toda la razón y se merece un cubata, pero del camarero depende lo que va a tomar.
El camarero puede arruinar tu vida desde el otro lado de la barra.
Y si los clientes cayeran en la cuenta sobre este asunto cada vez que incordian al camarero, se lo pensarían dos veces.
¿Qué hay de malo en ser camarero, entonces?
Los excéntricos. Los peleones.
Bajo la superficie, trabajar en un pub no es más que una fábrica de anécdotas desagradables.
¿Qué tal el otro día en el pub?
Bueno, estoy tan tranquilo, ¿no? Como es un día flojo, el jefe se marcha a casa pronto, dejándome sólo en el pub.
Y me llega un pavo con la cabeza en forma de cenicero, en la veintena, atlético, me pide una San Miguel y se sienta en una mesa del fondo. Veo que tiene mala cara, pero tío, ni me imagino lo que va a hacer. A los cinco minutos, un cliente se acerca a la barra y me dice que le están molestando.
¿Sabéis quién es? Pues sí, el de la San Miguel, paseando alegremente de mesa en mesa vendiendo costo a los clientes y con cara de gilipollas. Respiro. Me acerco a él, le toco la espalda y le pido amablemente que deje de hacer eso.
- ¿Y qué más da tío? – me contesta.
Sigh. Respiro.
- E-entonces paga y te vas – le replico desde mi inexperiencia.
Se me queda mirando con esos ojos de besugo desorientado, pero yo sólo me fijo en el cenicero de su cabeza.
- Tío, soy legionario. He venido para el desfile que hay dentro de poco.
Recuerdo que es octubre.
- D-da igual, no p-puedes hacer eso – mi esfínter pide, por favor, soltar algo de orina para descargar tensión. Me muerdo el puño y le digo que no.
- Tío, ¿te enseño el canné?
Efectivamente, es legionario. Qué asco me da su autoridad.
- Que sea la última vez – le advierto. Y sacando valor de algún bolsillo escondido, añado -, o si no, pagas y te vas.
El legionario se queda en la barra, apurando su cerveza. Ja ja ja (histeria manuscrita). Llego a pensar, iluso de mí, que todo acabará bien, en un mero susto.
Y entra un chino vendiendo cedés. Respiro. Todo irá bien.
Y al primero que vende es al legionario. Como una docena de cedés.
- Tío – me dice.
Entorna sus ojos de besugo.
- Ponlo en la cadena, a ver si funciona – me dice.
Me viene a la memoria uno de mis primeros días.
“Mira – dijo Martín -, esta cadena sólo tiene para cintas. Me gustaría comprar una más moderna, pero es mucho gasto, y con las cintas vamos bien por ahora. Asegúrate de cambiar las cintas todos los días, para que no suene todo el rato lo mismo. Y si quieres, graba algún cedé nuevo en cinta y la pones aquí. Pero que no sea muy fuerte, ¿vale?”
- Lo siento. Es sólo de cinta.
- ¿Sabes cómo llamo yo a los mentirosos? Bastardos. Y eso es lo que eres tú, un bastardo.
Traducción: me estás tocando las pelotas. Me estás hartando, y estoy demasiado colocado para aguantarte.
Traducción: te voy a dar de hostias. Te arrancaré la cabeza y escupiré en tu cuello.
La hemos liado.
Respiro.
Mira tío, te lo digo en serio, esto sólo va con cintas.
- Eres un bastardo...
- De verdad, te lo juro – el chino sonríe, ignorando el embrollo en el que me ha metido.
- Si sólo quiero un momento ver si están bien grabados.
Respiro. Esto parece ya un parto. Tengo que desembarazarme del capullo este y no hay manera.
Espero unos segundos la llegada de un ángel que me saque de ahí y me diga que todo es una broma del Señor.
Pienso en los doscientos euros que cobro al mes. Lo comparo con el salario mínimo. Puede que sea como un niño haciendo zapatillas de deporte en Vietnam. Por supuesto, sólo estoy exagerando, pero la situación no llamaba precisamente al buen juicio.
- Perdona, pero no he podido evitar oír vuestra discusión – un desconocido de unos treinta años, calvo o rapado hasta tener el cráneo brillante, vestido de forma informal, viene a salvarme. Si le tienen que partir la cara a alguien, que sea a él, digo a mi esfínter.
- ¿Qué passa tío?
- Mira, por favor... paga y lárgate ¿vale? Por favor... – y el desconocido junta las palmas de las manos y se pone a rogarle -. Por fa...
- Es que...
No le dejes hablar, pienso. Que no le dé tiempo a pensar.
Sus palabras están cargadas de determinación. Con ese tono, podría construir un McDonald’s en la plaza de Hanoi.
- Le voy a inflar de hostias al chico este....
- No, no... mira, por favor, venga, vete fuera y respiras con calma.
Diez minutos de forcejeo verbal después, el legionario se marcha y todos nos derrumbamos en tranquilidad. Los hombros caen y los brazos deslizan las manos a la copa.
- Es lo que pasa, que si tú hubieras llamado a la policía, a lo mejor se te plantaba su sargento aquí, y hasta hubieras tenido que cerrar y todo – me dice el desconocido -. Y se hubiera ido de rositas – me dice.
Para un momento y se queda observando el local, y luego deposita sus ojos en mí, como si todo aquello me viniera grande.
- Por cierto, mi nombre es Eduardo, y también soy camarero. En Moncloa. Ya estoy acostumbrado a estas cosas.
Al final, todo acaba sin nada que lamentar, e incluso consigo un buen colega. El resto de la noche pasa tranquila, pero mi estómago sigue revuelto.
¿Y qué tal ayer en el pub?
Un tío se puso en la barra a contarme cómo daba palizas a la gente por dinero, y cómo le partió la cara a un tipo poniéndose la hebilla del cinturón entre los dedos corazón y anular y liándose a puñetazos. Me enseñó las heridas y cicatrices de sus manos.
¿Y qué tal ayer en el pub?
Unos chavales se dedicaron a esnifar en el baño, y una chica, en mitad del colocón, resbaló y al caer arrancó media tubería del baño, dejando mi local inundado.
¿Y qué tal ayer en el pub?
Se pasó el presentador de ese programa que echan después del telediario. Ya había venido otras veces, pero esta vez dejó propina, fíjate qué bien. Sabes que no solía dejar propina antes, ¿no? Pues ahora, como paga su novia, sí que deja.
¿Y qué tal ayer en el pub?
Mira, mejor ni me preguntes. Estuve a punto de darme de leches con un pintillas...
 
Camarero (y III)
Creo que fue a finales de agosto del año pasado cuando el dueño del pub “Charlestón” puso el cartel de “Necesitamos camarero, no se requiere experiencia”. Estaba harto de verlo, y en cierto modo tenía curiosidad por ver cómo sería aquello de currar en un garito; alguna vez se lo debí comentar a mi padre en voz alta, sin ánimo de apuntarme a trabajar, porque me dijo en una ocasión:
- Conozco al dueño. Es un amiguete desde hace tiempo.
A veces se me olvida que mi padre también fue joven. Y que tiene vida social, de vez en cuando.
Y en ocasiones me lo recuerda de las formas más humillantes para mí. No necesito saber que en ese pub se ligaba a “mozas” para llevárselas al catre después de divorciarse de su segunda esposa, y antes de conocer a su definitiva esposa, mi madre.
- No lo tengo muy claro – digo.
- Si quieres el trabajo, me lo dices y bajo contigo.
Por supuesto, mi padre no iba a dejarlo así. Cuando no se trata de sus asuntos, a mi padre le gusta llegar hasta el final.. Y si encima soy yo el que está involucrado, ahí sí que no para. Creo que, a pesar de mi mayoría de edad, todavía quiere darme lecciones.
Como en unos dibujos animados, yo estaba en la cima de una montaña, y había empujado un pequeño montoncito de nieve hacia abajo. Luego, durante mi bajada, pude ver cómo la bola crecía y crecía descontroladamente, y acababa cogiendo a mi padre. Y si la bola de nieve ya era peligrosa de por sí, con alguien como mi padre dirigiéndola no podía acabar en nada bueno.
- He hablado con Martín. – El dueño, supongo. – Me ha dicho que siendo tú, que el trabajo lo tienes asegurado. Que no cobrarás menos de seiscientos euros al mes.
Tendría que haberle parado los pies, decir que todo aquello de trabajar en el pub lo dije en voz alta, y no era más que una broma. No me llamaba la atención más allá del incierto morbo que produce un camarero, y de empezar a ganar mi propio dinero.
Y cuando me quiero dar cuenta, llego abajo sano y salvo, felicitándome por acabar intacto.
Y luego mi padre va y se sube a la bola de nieve.
Y un día en el que estoy en mitad de mi acostumbrada contemplación umbilical vespertina, mi padre coge y me dice que me vista y que suba con él al pub para aceptar el trabajo, que el dinero será necesario en casa y que sólo pueden salir cosas buenas de todo esto.
Mientras me visto, en el ascensor, o recorriendo los pobres doscientos metros que separan mi casa del pub, mi mirada vaga perdida y mi mente sólo piensa en seiscientos euros, y en las ganas que tengo de comprarme una chupa de cuero. Creo que mi padre sólo pensaba en el favor que me estaba haciendo al lanzar contra mí una enorme bola de nieve.

- Bien, tuyo es el trabajo. Ahora dime si quieres quedarte aquí un poco e ir aprendiendo, o subirte a casa y dejarlo para el domingo que viene.
Es un alivio que no me diga nada de mi pelo. La última vez que me corté el pelo, hace ya ocho meses, el peluquero me preguntó con razón que si me rebajaba la melena porque me lo exigían en el trabajo. Yo lo negué, y aclaré que se debía sólo a una apuesta, pero el planteamiento se me quedó grabado.
Miro a mi padre como miraría Isaac a Abraham si el primero fuera un adolescente aficionado a la ginebra y el punk rock y el segundo un cincuentón con ínfulas de progre y sentimiento de derechas. Como si viese a mi padre organizar los preparativos de un sacrificio, y, en un destello de lucidez, se me ocurriera preguntarle dónde coño dejamos al cordero.
Dios proveerá, me dice, con los ojos enmarcados por las bolsas de la edad.
- Lo que tu quieras hijo mío. – Traducción: quiero volver a casa. No me importa lo que decidas. Déjame volver ya a casa. – Yo creo que me quedaría.
Y Abraham ató a su hijo, y púsole en el altar sobre el montón de leña. Y extendió la mano y tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo.
- Mejor quédate – puntualiza -, es lo que haría yo.
No soy tú, quiero decirle, y me callo para parecer el hombre educado que sólo soy delante de mis padres.
Espero unos segundos la llegada de un ángel que me saque de ahí y me diga que todo es una broma del Señor.
Espero unos segundos una voz profunda, y una enorme flecha luminosa que señale al carnero enredado en el zarzal.
Aprovecho el minuto de mi indecisión para observar el local: un sitio amplio y oscuro con una docena de enormes fotos de actores de cine en las mejores escenas de sus mejores películas. Todos glorias muertas, presas de la nostalgia que los vivos padecemos. La entrada deja la barra a tu derecha, y un pasillo de metro y medio de ancho justo enfrente, que desemboca tras unos rápidos en una sala llena de sillones de goma espuma y mesitas de cristal. En el centro, una fuente fea y mugrienta escupe agua intermitentemente. El suelo es de baldosas negras de piedra, y se me ocurre que no deben de ser muy fáciles de limpiar. En el techo un ramillete de luces blancas derrama una tenue luz sobre la estancia.
- Venga, me quedo.
E Isaac toma el cuchillo de las manos de su padre y se sacrifica a sí mismo. Nadie sabe qué hacer excepto Abraham.
Mi padre respira aliviado y se larga, contemplando la paupérrima clientela del pub.
- No sé si te ha explicado tu padre la cuestión monetaria – me dice Martín, preocupado.
- Oh claro – digo -, antes de venir aquí.
- Está bien, pues vamos a enseñarte lo básico.
Fui un imbécil. Tendría que haber oído de su boca que ganaría seiscientos euros al mes, para un par de meses más tarde restregarle que, como mucho, me pagaba la mitad, y gracias. Y tendría que haber exigido contrato.
- Aquí, la gente llega y se sienta a tomar algo tranquilamente, o a charlar en la barra. Tú vas, les entregas una carta, les tomas nota y les llevas lo que han pedido. Ya está. Hoy sólo te enseñaré cómo llevar la bandeja y dónde están algunas de las cosas, ¿vale? Al principio, como se es nuevo, puedes llevar la bandeja con las dos manos y apoyarla en la mesa para servir, pero más vale que aprendas a llevarla con una mano, que lo de las dos manos queda muy de aficionado torpón.
El trabajo pintaba bien, y el sueldo todavía más.
- Por cierto, si te atracan, o tienes un accidente, intenta llamarme a mí primero. Como estás sin contrato, es lo que mejor nos conviene a los dos. Y si hay un incendio, nada de heroicidades: si ves que no puedes apagarlo con los extintores, sal corriendo. El local está asegurado, así que no pasará nada.
No pienses en las cosas desagradables del trabajo.
Piensa en seiscientos euros.
Antes de irme, un chaval de unos veintipocos años, argentino, se acerca a la barra con su inconfundible tono en la boca y una cerveza belga en la mano y pregunta:
- ¿Todavía está disponible lo del trabajo?
Ése es el carnero en el zarzal. Llega tarde.
Me largo a casa al cabo de una hora y media, y salgo diciendo lo magnífico y simpático que es mi jefe y lo bien que me cae su mujer, Sonsoles, curranta de unas oficinas por la mañana y camarera ocasional por las noches.
Y salgo diciendo que, de ese momento en adelante, Martín proveerá.
 
Ups
¿No os ha pasado alguna vez? Alguien te insulta o simplemente discutes, y abandonas la habitación indignado. Y justo cuando cierras la puerta, y ya es demasiado tarde como para dar la vuelta y devolver el golpe, porque quedas como un retrasado incapaz de pensar deprisa, en ese momento en el que oyes blam a tu espalda, se te ocurre la contestación ideal.
La contestación perfecta para dejar al otro clavado en la silla, babeando por culpa del shock que le ha provocado tu réplica.
Ese momento de pensamiento claro pero tardío, caray, se llama "Espíritu de la escalera" y es un término que inventaron los franceses, que para algo inventaron la ilustración y la enciclopedia, y tienen nombre para casi todo.
Bien, pues algo parecido me ha pasado con el blog. En el rabillo del ojo se me ocurrían cosas para meterlas aquí, pero se me escapaban o cuando iba a plasmarlas, era demasiado tarde. He pasado un mes con el ordenador averiado, y ahora he estado con movidas de antivirus, y siempre con algo en la cabeza, pero cuando iba a plasmarlo, el puto ordenador decía hasta aquí, y me jodía y a arreglarlo.
Para cuando todo estaba en orden, la mitad de mis ocurrencias volaron.
En fin, no os aburro más, sigo con mi relato de Camarero.
Que os guste.

Seth Fortuyn " no tengo nada ingenioso que poner aquí".