Un recorrido nostálgico
A veces, para que un hombre no se vuelva loco, es necesario que se tome un descanso de la rutina diaria, que se aparte de los raíles que lo transportan de la cama a la ducha, a la mesa, al metro, a la universidad, al trabajo, a casa de nuevo para descansar...
Hoy necesitaba uno de esos días. Necesitaba hacerme a la idea de que soy algo más que una máquina de procesar conocimientos, sentado en una mesa, en la fila décima de una clase enorme.
Como he cobrado, mi afán consumista me empuja a una de las enormes colmenas del consumo, en busca de algo de miel que llevarme a los labios. Estoy mirando un par de libros, que es lo único que busco, y salgo a La Casa del Libro, porque allí me hacen descuento, y tampoco quiero gastarme mucho. Me siento imbécil cuando, saliendo de la tienda, mierda: necesito unos cascos nuevos.
De vuelta a la colmena, un par de guardias de seguridad interrumpen su conversación para verme comprar unos cascos, elegidos, los más baratos, entre una colección de auriculares a cual más caro.
Caigo en la cuenta entonces de que carezco de objetivo, e intento buscar algo interesante que hacer antes de que el aburrimiento llame al aburrimiento y acabe en clase, con mis neuronas exprimidas en un día en el que me siento inspirado. En la plaza de Callao, un anuncio consigue llamarme la atención y que mire hacia arriba, como un turista cualquiera.
Estoy en una tienda de cómics en San Bernardo y me acuerdo de que, al inicio de mi pasión por la palabra y el dibujo escrito, estos establecimientos tenían un cierto componente mítico, todos esos ejemplares en las estanterías, esperando ser cogidos.
Salgo con las manos vacías, y me dejo arrastrar por la corriente de San Bernardo. Y miro a mi izquierda, unos cuantos metros más adelante, una calle estrecha y oscura que identifico de inmediato como un pasillo a mis recuerdos.
Encamino mis pasos hacia allí, consciente de que hace más de dos años que no camino por esa zona. Tengo al fin mi objetivo, aunque sólo sea para hoy: recorrer ese escenario de mi infancia, algo olvidado por mi ausencia. Desde que mi abuela murió, no, desde antes, desde que la metimos en una residencia (no teníamos ninguno de los miembros de la familia tiempo material para cuidar de ella, y la dejamos en ese sitio donde se entierra el pasado sin esperar a que expire) que esas calles pasaron a ser fotos en mi cabeza. Imágenes estáticas con una fecha en la parte inferior; temo, caminando por allí, reconocerme de pequeño. Mis temores se cumplen.
En esa primera calle que desemboca en San Bernardo, oteo las tiendas que me rodean. Antes, los locutorios apenas existían en la estructura comercial de las calles, pero proliferaron. La mayoría de tiendas están cerradas, y es una pena, me acuerdo de cada una de ellas, de ser pequeño y sentarme en uno de los bancos de una carnicería, y veía a mi abuela comprar la comida y mis piernas me colgaban, y jugaba con mi hermano. Susurrábamos secretos que nadie más escucharía y que no recordamos.
Incólume, un viejo Gama sobrevive al paso del tiempo y la agresividad de la economía. Un retortijón me indica, en la boca del estómago, que los recuerdos salen bombeados del corazón, hirviendo por todo mi cuerpo. Siento el calor dentro, agitando mis ojos, humedeciéndoles; llorar de nostalgia es un ejercicio de enfriar la conciencia.
Dispuesto y envalentonado, me dirijo a la calle donde vivía mi abuela, y donde actualmente vive una de mis tías; es una calle que no he pisado en mucho tiempo, y casi puedo oír a las baldosas recibirme como un pariente perdido en la guerra. Subo la cuesta pronunciada de la calle, la mochila pesándome por los libros (tratan de recordarme, los muy hijos de puta, dónde tendría que estar ahora) y compruebo alegre que algunas cosas no cambian. El par de tiendas y bares que hay continúan.
Desemboco en una pequeña plaza, creo que se llama de las Comendadoras, no lo recuerdo bien y eso que procuré fijarme en el nombre de los bares: muchas veces, bautizan su local con la vía que les acoge. Me quedo observando un parque infantil.
- Maldita sea - digo, analizando las vallas de colorines, los enanos divertimentos de madera que jalonan el parque. Sin columpios grandes, sin toboganes, sin esas complicadas estructuras de metal que de pequeños parecían elevarse al cielo, y subíamos y subíamos, enredándonos en su esqueleto hasta llegar a la cima -. Yo crecí pelándome las rodillas en toboganes de metal, joder. Que yo sepa no han matado a tantos niños como para merecer el exilio.
Frente a la iglesia cercana al parque rememoro los últimos años de mi abuela, y la insistencia de mis familiares, e incluso del párroco, de que no hacía falta que fuera a misa, que ya era muy anciana y podía caminar más bien poco. No la vendría bien andar todos los domingos, madrugar para su ración semanal de Dios.
Doy media vuelta, volviendo a la calle de mi abuela, y me meto por la única callejuela que tengo cerca, otro pasillo, éste más corto, que alumbra al final la visión del palacio Conde Duque. Sigue la "ecolibrería", llamada así porque está llena de libros de economía. También hay muchas tiendas de ropa, y al final del pasillo una tienda de ultramarinos está sustituida, también, por una tienda de trapos fashion.
- Es indudable que cada vez la gente está menos acostumbrada a comer en este barrio - mascullo, las orejas de los dueños del local fashion bien atentas, están tomando el aire fuera-, pero vestir, vestirán todos de puta madre.
Algo malhumorado ando con el palacio Conde Duque a mi izquierda. Maldigo todo lo que ha cambiado, la nostalgia que, como una bolsa de gas, se infla en mis tripas, impeliéndome a soltar insultos contra los cambios del barrio.
- Mierda - me paro, reflexiono sobre la vida, me siento un personaje de una novela. La vida, pienso, es una sucesión de decesos: la muerte de abuelos, de los padres, y al final, tú pasas con los pies por delante bajo el marco de las puertas de un tanatorio y todo lo que viene después. Me viene, traído por el viento, los versos de Bukowski, versos o frases de un libro, no lo recuerdo, ni recuerdo bien las palabras. Algo como esto:
Y los manicomios se llenan
Y los asilos se llenan
Y los vertederos se llenan
Y las tumbas se llenan
Y nada más se llena...
Me obligo a tener pensamientos alegres para evitar sentirme tan hecho mierda como para tirarme bajo las ruedas de un coche. Sigo el camino imaginario que me impuse hace una hora, y estoy delante de LA CALLE. Una calle cuya acera no cruzaba desde que tenía ocho o diez años, con mi abuela, una arteria al final de la cual se yergue un edificio majestuoso, un hotel de estrellas. La cruzo, siento que al final nada existe, el decorado de mi vida acaba ahí.
Termino de atravesarla y estoy en Alberto Aguilera, si no me equivoco. Mi cabeza explota. Creía que al final de esa calle misteriosa habría un mundo nuevo, pero en realidad, sólo es el enlace de mi vida antes y de mi vida ahora; en Alberto Aguilera, recuerdo, es donde camino con mi novia muchas noches de fiesta en que la acompaño a casa.
Me imagino como Charlton Heston, arrodillado y gritando e imaginando una Estatua de la libertad enterrada en el pavimento, precintados los accesos con cordón de Gas Natural, o cualquiera de esas empresas que tienen como hobby remover las aceras y lo que tienen debajo.
Vida nueva, chip nuevo. Cambio mi forma de pensar ante el cambio de paisaje. Cambio la música de mi reproductor por algo un poco más rockero y menos nostálgico, y tengo un nuevo objetivo para la jornada: escribir lo que me ha sucedido.
La odisea, sin embargo, no acaba aquí.
En la calle Princesa, frente a la estatua de Argüelles, me detengo en un semáforo, y observo al sol ponerse en el horizonte, derramando oro en las calles frente a mí, dándolas el aspecto de portales al cielo.
Directo a la Plaza de España, compro una revista de tetas para distraer mis pensamientos un momento. Trato de almacenar para su posterior recuperación todo lo que he redactado en mi cabeza antes de darle forma física (más bien digital). En mitad de la plaza un policía entorpece el tráfico: parece un coreógrafo, dirigiendo gordas metálicas, ruidosas, apestosas, hacia el ballet del día a día ; mi visión cambia, y es un señor fosforescente, rodeado por un halo de moscas que trata de espantar con aspavientos consensuados.
El hilo de mis pensamientos brilla incandescente, encendiendo en mi cabeza una bombilla que deseo, no se funda hasta que plasme la locura de mi día. Camino deprisa, perseguido por un torrente de palabras que, en el momento de pararme, invadirán mi cerebro, mis dedos.
Y me harán escribir esto.
Seth Fortuyn, el caminante.
Hoy necesitaba uno de esos días. Necesitaba hacerme a la idea de que soy algo más que una máquina de procesar conocimientos, sentado en una mesa, en la fila décima de una clase enorme.
Como he cobrado, mi afán consumista me empuja a una de las enormes colmenas del consumo, en busca de algo de miel que llevarme a los labios. Estoy mirando un par de libros, que es lo único que busco, y salgo a La Casa del Libro, porque allí me hacen descuento, y tampoco quiero gastarme mucho. Me siento imbécil cuando, saliendo de la tienda, mierda: necesito unos cascos nuevos.
De vuelta a la colmena, un par de guardias de seguridad interrumpen su conversación para verme comprar unos cascos, elegidos, los más baratos, entre una colección de auriculares a cual más caro.
Caigo en la cuenta entonces de que carezco de objetivo, e intento buscar algo interesante que hacer antes de que el aburrimiento llame al aburrimiento y acabe en clase, con mis neuronas exprimidas en un día en el que me siento inspirado. En la plaza de Callao, un anuncio consigue llamarme la atención y que mire hacia arriba, como un turista cualquiera.
Estoy en una tienda de cómics en San Bernardo y me acuerdo de que, al inicio de mi pasión por la palabra y el dibujo escrito, estos establecimientos tenían un cierto componente mítico, todos esos ejemplares en las estanterías, esperando ser cogidos.
Salgo con las manos vacías, y me dejo arrastrar por la corriente de San Bernardo. Y miro a mi izquierda, unos cuantos metros más adelante, una calle estrecha y oscura que identifico de inmediato como un pasillo a mis recuerdos.
Encamino mis pasos hacia allí, consciente de que hace más de dos años que no camino por esa zona. Tengo al fin mi objetivo, aunque sólo sea para hoy: recorrer ese escenario de mi infancia, algo olvidado por mi ausencia. Desde que mi abuela murió, no, desde antes, desde que la metimos en una residencia (no teníamos ninguno de los miembros de la familia tiempo material para cuidar de ella, y la dejamos en ese sitio donde se entierra el pasado sin esperar a que expire) que esas calles pasaron a ser fotos en mi cabeza. Imágenes estáticas con una fecha en la parte inferior; temo, caminando por allí, reconocerme de pequeño. Mis temores se cumplen.
En esa primera calle que desemboca en San Bernardo, oteo las tiendas que me rodean. Antes, los locutorios apenas existían en la estructura comercial de las calles, pero proliferaron. La mayoría de tiendas están cerradas, y es una pena, me acuerdo de cada una de ellas, de ser pequeño y sentarme en uno de los bancos de una carnicería, y veía a mi abuela comprar la comida y mis piernas me colgaban, y jugaba con mi hermano. Susurrábamos secretos que nadie más escucharía y que no recordamos.
Incólume, un viejo Gama sobrevive al paso del tiempo y la agresividad de la economía. Un retortijón me indica, en la boca del estómago, que los recuerdos salen bombeados del corazón, hirviendo por todo mi cuerpo. Siento el calor dentro, agitando mis ojos, humedeciéndoles; llorar de nostalgia es un ejercicio de enfriar la conciencia.
Dispuesto y envalentonado, me dirijo a la calle donde vivía mi abuela, y donde actualmente vive una de mis tías; es una calle que no he pisado en mucho tiempo, y casi puedo oír a las baldosas recibirme como un pariente perdido en la guerra. Subo la cuesta pronunciada de la calle, la mochila pesándome por los libros (tratan de recordarme, los muy hijos de puta, dónde tendría que estar ahora) y compruebo alegre que algunas cosas no cambian. El par de tiendas y bares que hay continúan.
Desemboco en una pequeña plaza, creo que se llama de las Comendadoras, no lo recuerdo bien y eso que procuré fijarme en el nombre de los bares: muchas veces, bautizan su local con la vía que les acoge. Me quedo observando un parque infantil.
- Maldita sea - digo, analizando las vallas de colorines, los enanos divertimentos de madera que jalonan el parque. Sin columpios grandes, sin toboganes, sin esas complicadas estructuras de metal que de pequeños parecían elevarse al cielo, y subíamos y subíamos, enredándonos en su esqueleto hasta llegar a la cima -. Yo crecí pelándome las rodillas en toboganes de metal, joder. Que yo sepa no han matado a tantos niños como para merecer el exilio.
Frente a la iglesia cercana al parque rememoro los últimos años de mi abuela, y la insistencia de mis familiares, e incluso del párroco, de que no hacía falta que fuera a misa, que ya era muy anciana y podía caminar más bien poco. No la vendría bien andar todos los domingos, madrugar para su ración semanal de Dios.
Doy media vuelta, volviendo a la calle de mi abuela, y me meto por la única callejuela que tengo cerca, otro pasillo, éste más corto, que alumbra al final la visión del palacio Conde Duque. Sigue la "ecolibrería", llamada así porque está llena de libros de economía. También hay muchas tiendas de ropa, y al final del pasillo una tienda de ultramarinos está sustituida, también, por una tienda de trapos fashion.
- Es indudable que cada vez la gente está menos acostumbrada a comer en este barrio - mascullo, las orejas de los dueños del local fashion bien atentas, están tomando el aire fuera-, pero vestir, vestirán todos de puta madre.
Algo malhumorado ando con el palacio Conde Duque a mi izquierda. Maldigo todo lo que ha cambiado, la nostalgia que, como una bolsa de gas, se infla en mis tripas, impeliéndome a soltar insultos contra los cambios del barrio.
- Mierda - me paro, reflexiono sobre la vida, me siento un personaje de una novela. La vida, pienso, es una sucesión de decesos: la muerte de abuelos, de los padres, y al final, tú pasas con los pies por delante bajo el marco de las puertas de un tanatorio y todo lo que viene después. Me viene, traído por el viento, los versos de Bukowski, versos o frases de un libro, no lo recuerdo, ni recuerdo bien las palabras. Algo como esto:
Y los manicomios se llenan
Y los asilos se llenan
Y los vertederos se llenan
Y las tumbas se llenan
Y nada más se llena...
Me obligo a tener pensamientos alegres para evitar sentirme tan hecho mierda como para tirarme bajo las ruedas de un coche. Sigo el camino imaginario que me impuse hace una hora, y estoy delante de LA CALLE. Una calle cuya acera no cruzaba desde que tenía ocho o diez años, con mi abuela, una arteria al final de la cual se yergue un edificio majestuoso, un hotel de estrellas. La cruzo, siento que al final nada existe, el decorado de mi vida acaba ahí.
Termino de atravesarla y estoy en Alberto Aguilera, si no me equivoco. Mi cabeza explota. Creía que al final de esa calle misteriosa habría un mundo nuevo, pero en realidad, sólo es el enlace de mi vida antes y de mi vida ahora; en Alberto Aguilera, recuerdo, es donde camino con mi novia muchas noches de fiesta en que la acompaño a casa.
Me imagino como Charlton Heston, arrodillado y gritando e imaginando una Estatua de la libertad enterrada en el pavimento, precintados los accesos con cordón de Gas Natural, o cualquiera de esas empresas que tienen como hobby remover las aceras y lo que tienen debajo.
Vida nueva, chip nuevo. Cambio mi forma de pensar ante el cambio de paisaje. Cambio la música de mi reproductor por algo un poco más rockero y menos nostálgico, y tengo un nuevo objetivo para la jornada: escribir lo que me ha sucedido.
La odisea, sin embargo, no acaba aquí.
En la calle Princesa, frente a la estatua de Argüelles, me detengo en un semáforo, y observo al sol ponerse en el horizonte, derramando oro en las calles frente a mí, dándolas el aspecto de portales al cielo.
Directo a la Plaza de España, compro una revista de tetas para distraer mis pensamientos un momento. Trato de almacenar para su posterior recuperación todo lo que he redactado en mi cabeza antes de darle forma física (más bien digital). En mitad de la plaza un policía entorpece el tráfico: parece un coreógrafo, dirigiendo gordas metálicas, ruidosas, apestosas, hacia el ballet del día a día ; mi visión cambia, y es un señor fosforescente, rodeado por un halo de moscas que trata de espantar con aspavientos consensuados.
El hilo de mis pensamientos brilla incandescente, encendiendo en mi cabeza una bombilla que deseo, no se funda hasta que plasme la locura de mi día. Camino deprisa, perseguido por un torrente de palabras que, en el momento de pararme, invadirán mi cerebro, mis dedos.
Y me harán escribir esto.
Seth Fortuyn, el caminante.
La Guerra. Capítulo 5: Viernes
El día empieza normal: me caigo de la cama, me hago una brecha en la frente con la mesilla de noche, me lastimo un codo con la pila del baño, me retuerzo un dedo del pie al resbalar en la ducha… Apenas una hora después de levantarme, cojeo como un pirata y maldigo como tal. Hay días en los que levantarse es peligroso para la salud física y mental, y todo apunta a que hoy va a ser uno de esas jornadas puteras; días en los que Dios se ríe de ti y, como si tú estuvieras recitando un monólogo de comedia, tuvieras que callarte y asentir mientras se carcajea en tu cara.
Por lo demás, nada destacable, hasta que me encuentro con Andrés y Jack Daniels en la plaza Santa Ana, cerca de una de las zonas de copas de Madrid, Huertas. El motivo no es otro que alejar a mi amigo de sus colegas, que andan todos por Malasaña y Tribunal, y beber tranquilo en una plaza normalmente atestada de botellones, sin más problemas que algún capullo tocando los bongos.
Cogemos sitio frente a un parque infantil, nos tiramos en el suelo y desperdigamos las bolsas. Con agilidad extraemos dos vasos, echamos un par de hielos y la medida que consideramos correcta para un cubata decente. La conversación, mientras tanto, es una retahíla de temas superficiales y algún asuntillo meramente trivial.
A los tres cubatas, pregunto al fin decidido:
- Tío, ¿por qué te dejas llevar a la movida de este sábado?
- Porque son mis colegas, y voy a ayudar a la causa.
- ¿Causa? ¿Qué coño causa?
- Contra los skins.
- Son gente peligrosa, maldita sea.
- Nosotros también.
Ya está. Tiene comido el coco, pienso. Encima, mi estúpida lealtad me va a obligar a acompañarle a la manifestación mañana. Tengo que pensar en algo que le aleje del asunto.
- He leído Diario de un skin.
- Debe ser la polla.
- Son iguales. Los skins y los sharperos, son la misma mierda – los bongos suben el volumen y la intensidad de los golpeteos, aumentando de forma teatral la tensión creada entre los dos.
- Ni te atrevas a decir eso – me contesta, amenazante. Cualquiera diría que he insultado a su madre.
- Sí, sí, son iguales. El otro día, de hecho, hace un par de semanas, vi a unos punkis pegar a un par de heavys cerca de Malasaña. Sin motivo alguno, uno de ellos se acercó, escuálido como un palillo que era el cabrón, y se puso en plan Bruce Lee con un tipo con camiseta de Saratoga – digo. Por un momento pienso que estaría muy bien que algo parecido volviera a suceder, pero luego me desengaño: la vida real no es como en las películas. Los ejemplos no acuden a tiempo para cambiar la mentalidad de una persona, porque la vida, al contrario que el cine, es amoral y no se molesta en disimularlo con moralina.
- Algo haría.
- Estábamos cerca de ellos cuando pasó. Ni les miraron.
- No sé…
- Fue sin motivo. Se acercaron porque iban la hostia de colocados y querían pegar a alguien y notar como los huevos les crecían de la hombría.
- Lo del sábado es importante – frente a nosotros, un tipo empieza a fumarse un porro y se pone amarillo. Sus amigos se ríen en su cara y el hombre se sienta, lívido como el espíritu de uno de los Simpsons.
- Es una tontería. Un puñado de gente sin nada mejor que hacer.
- Hay que estar ahí para defendernos.
- Vais a atacar.
- Ellos nos odian.
- Y vosotros a ellos, y en general os odiáis mucho… venga, ¿quedamos mañana? – alrededor nuestro los relaciones públicas de discotecas mendigan algo de clientela a la gente que pasa: prometen chupitos, normalmente de zumo de piña, con un sabor parecido al alcohol, y una noche de fiesta.
- No.
- No sé, damos una vuelta, jugamos a la consola en mi casa, vamos al cine a ver alguna película.
- He dicho que no.
- ¿Me vas a obligar a acompañarte?
- No te lo he pedido.
- Pero iré, porque eres mi amigo. No te voy a dejar tirado.
- Yo también voy por mis amigos.
Pillado. No tendría que haber recurrido al sentimentalismo.
- ¿No lo entiendes? Pegáis a pijos porque os da asco el dinero que se gastan y lo mayoritariamente idiotas que son. Pegáis a los jipis porque son de izquierdas y no van con vosotros. PEGÁIS a la gente porque no se ALÍAN con VOSOTROS. CREO que eso es FASCISMO.
- Quizá se pasan de violentos algunos, pero sí que se lo merecen.
- ¿Cómo se va a merecer un tipo pacífico que le partan el labio?
- Es una guerra.
- Y sólo estáis vosotros. A la gente normal nos suda la polla, ¡joder!
- En serio, si no quieres, no vayas, pero yo pienso ir.
- Es absurdo. No es normal, lo que pretendéis hacer. Es, es… sigh, déjalo.
Para no terminar de joder la noche, pues ya sé que será imposible convencerle ni aún metiéndole catorce cubatas, cambio rápido de conversación y nos dedicamos a beber y divertirnos, y cantar mientras damos la nota por la calle. De vez en cuando, tira algún cubo en mitad de la calzada, y no me corto al lanzarle miradas duras, casi afiladas. Luego sus ojos me contestan como que es la costumbre, y casi puedes leer en el iris la violencia que le han marcado a fuego.
Ni se me ocurre meterle en algún local, porque no sé si nos dejarían pasar y porque, dado nuestro grado de embriaguez, ni él puede manejarse demasiado bien ni yo estoy en condiciones de protegerle, y viceversa.
Cuando le dejo en casa, cae al suelo y vomita, con la mejilla tocando el suelo, la cara cubierta del contenido de su estómago. Me guardo las arcadas y consigo alzar su cuerpo y arrastrarle hacia su apartamento. Hasta le ayudo a centrar la llave para que quepa en la puerta, y como si ésta pesara varias toneladas, me ofrezco a empujarla.
Al volver a mi hogar, no sé si ponerme a llorar por lo mucho que le han comido el coco, o porque mañana es probable que me den de hostias hasta en el carné de identidad. Mis ojos, secos gracias a un gran esfuerzo voluntario, se cierran en la cama, visualizando todas las ventanas al mañana.
Y sólo puedo perder.
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Próxima entrega: La Guerra.
Por lo demás, nada destacable, hasta que me encuentro con Andrés y Jack Daniels en la plaza Santa Ana, cerca de una de las zonas de copas de Madrid, Huertas. El motivo no es otro que alejar a mi amigo de sus colegas, que andan todos por Malasaña y Tribunal, y beber tranquilo en una plaza normalmente atestada de botellones, sin más problemas que algún capullo tocando los bongos.
Cogemos sitio frente a un parque infantil, nos tiramos en el suelo y desperdigamos las bolsas. Con agilidad extraemos dos vasos, echamos un par de hielos y la medida que consideramos correcta para un cubata decente. La conversación, mientras tanto, es una retahíla de temas superficiales y algún asuntillo meramente trivial.
A los tres cubatas, pregunto al fin decidido:
- Tío, ¿por qué te dejas llevar a la movida de este sábado?
- Porque son mis colegas, y voy a ayudar a la causa.
- ¿Causa? ¿Qué coño causa?
- Contra los skins.
- Son gente peligrosa, maldita sea.
- Nosotros también.
Ya está. Tiene comido el coco, pienso. Encima, mi estúpida lealtad me va a obligar a acompañarle a la manifestación mañana. Tengo que pensar en algo que le aleje del asunto.
- He leído Diario de un skin.
- Debe ser la polla.
- Son iguales. Los skins y los sharperos, son la misma mierda – los bongos suben el volumen y la intensidad de los golpeteos, aumentando de forma teatral la tensión creada entre los dos.
- Ni te atrevas a decir eso – me contesta, amenazante. Cualquiera diría que he insultado a su madre.
- Sí, sí, son iguales. El otro día, de hecho, hace un par de semanas, vi a unos punkis pegar a un par de heavys cerca de Malasaña. Sin motivo alguno, uno de ellos se acercó, escuálido como un palillo que era el cabrón, y se puso en plan Bruce Lee con un tipo con camiseta de Saratoga – digo. Por un momento pienso que estaría muy bien que algo parecido volviera a suceder, pero luego me desengaño: la vida real no es como en las películas. Los ejemplos no acuden a tiempo para cambiar la mentalidad de una persona, porque la vida, al contrario que el cine, es amoral y no se molesta en disimularlo con moralina.
- Algo haría.
- Estábamos cerca de ellos cuando pasó. Ni les miraron.
- No sé…
- Fue sin motivo. Se acercaron porque iban la hostia de colocados y querían pegar a alguien y notar como los huevos les crecían de la hombría.
- Lo del sábado es importante – frente a nosotros, un tipo empieza a fumarse un porro y se pone amarillo. Sus amigos se ríen en su cara y el hombre se sienta, lívido como el espíritu de uno de los Simpsons.
- Es una tontería. Un puñado de gente sin nada mejor que hacer.
- Hay que estar ahí para defendernos.
- Vais a atacar.
- Ellos nos odian.
- Y vosotros a ellos, y en general os odiáis mucho… venga, ¿quedamos mañana? – alrededor nuestro los relaciones públicas de discotecas mendigan algo de clientela a la gente que pasa: prometen chupitos, normalmente de zumo de piña, con un sabor parecido al alcohol, y una noche de fiesta.
- No.
- No sé, damos una vuelta, jugamos a la consola en mi casa, vamos al cine a ver alguna película.
- He dicho que no.
- ¿Me vas a obligar a acompañarte?
- No te lo he pedido.
- Pero iré, porque eres mi amigo. No te voy a dejar tirado.
- Yo también voy por mis amigos.
Pillado. No tendría que haber recurrido al sentimentalismo.
- ¿No lo entiendes? Pegáis a pijos porque os da asco el dinero que se gastan y lo mayoritariamente idiotas que son. Pegáis a los jipis porque son de izquierdas y no van con vosotros. PEGÁIS a la gente porque no se ALÍAN con VOSOTROS. CREO que eso es FASCISMO.
- Quizá se pasan de violentos algunos, pero sí que se lo merecen.
- ¿Cómo se va a merecer un tipo pacífico que le partan el labio?
- Es una guerra.
- Y sólo estáis vosotros. A la gente normal nos suda la polla, ¡joder!
- En serio, si no quieres, no vayas, pero yo pienso ir.
- Es absurdo. No es normal, lo que pretendéis hacer. Es, es… sigh, déjalo.
Para no terminar de joder la noche, pues ya sé que será imposible convencerle ni aún metiéndole catorce cubatas, cambio rápido de conversación y nos dedicamos a beber y divertirnos, y cantar mientras damos la nota por la calle. De vez en cuando, tira algún cubo en mitad de la calzada, y no me corto al lanzarle miradas duras, casi afiladas. Luego sus ojos me contestan como que es la costumbre, y casi puedes leer en el iris la violencia que le han marcado a fuego.
Ni se me ocurre meterle en algún local, porque no sé si nos dejarían pasar y porque, dado nuestro grado de embriaguez, ni él puede manejarse demasiado bien ni yo estoy en condiciones de protegerle, y viceversa.
Cuando le dejo en casa, cae al suelo y vomita, con la mejilla tocando el suelo, la cara cubierta del contenido de su estómago. Me guardo las arcadas y consigo alzar su cuerpo y arrastrarle hacia su apartamento. Hasta le ayudo a centrar la llave para que quepa en la puerta, y como si ésta pesara varias toneladas, me ofrezco a empujarla.
Al volver a mi hogar, no sé si ponerme a llorar por lo mucho que le han comido el coco, o porque mañana es probable que me den de hostias hasta en el carné de identidad. Mis ojos, secos gracias a un gran esfuerzo voluntario, se cierran en la cama, visualizando todas las ventanas al mañana.
Y sólo puedo perder.
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Próxima entrega: La Guerra.
La Guerra. Capítulo 4: Miércoles y Jueves.
Mentiría si no reconociera que esto está añadiendo algo de acción a mi, por otro lado, vida con falta de pretensiones heroicas. Quiero decir, no hay nada de heroico ni de literario en limitarse a vivir, te pasan cosas, unas enlazan con otras, pero pocas veces los ciclos se cierran de forma tan completa como se van a cerrar este sábado.
Tanto en miércoles como en jueves, intento documentarme acerca de la guerra secreta. Internet y un par de libros, entre ellos “Diario de un Skin” de Antonio Salas. Sonrío cuando leo en sus páginas acerca de la guerra secreta, y todo lo que hay detrás de ella. Ajá, sí, leo con atención en el metro, en casa tirado sobre la cama, tirado en cualquier parte; leo con fruición cada página que me ayude a vislumbrar sus motivos.
Pienso que el incidente del sábado no es más que una onda del estanque, una de las ondas que recorren la superficie del agua cuando una piedra lo golpea. Y creo que ando muy alejado del foco como para saber qué ocurre.
Luego, me canso y mando a la mierda todos los libros. Estoy harto. Cuánto odio y yo lo único que pretendo es caminar tranquilo por mi calle.
Niñatos, me digo, antes de caer redondo sobre la cama, la noche del jueves.
Tanto en miércoles como en jueves, intento documentarme acerca de la guerra secreta. Internet y un par de libros, entre ellos “Diario de un Skin” de Antonio Salas. Sonrío cuando leo en sus páginas acerca de la guerra secreta, y todo lo que hay detrás de ella. Ajá, sí, leo con atención en el metro, en casa tirado sobre la cama, tirado en cualquier parte; leo con fruición cada página que me ayude a vislumbrar sus motivos.
Pienso que el incidente del sábado no es más que una onda del estanque, una de las ondas que recorren la superficie del agua cuando una piedra lo golpea. Y creo que ando muy alejado del foco como para saber qué ocurre.
Luego, me canso y mando a la mierda todos los libros. Estoy harto. Cuánto odio y yo lo único que pretendo es caminar tranquilo por mi calle.
Niñatos, me digo, antes de caer redondo sobre la cama, la noche del jueves.
Engañado por la televisión
El gran espectáculo del porno comenzaba a las dos de la madrugada, cuando las cadenas normales se conformaban con emitir series de culto o anuncios de media hora, protagonizados por actores y famosos acabados, de sonrisas falsas y pulcras y vientres depilados.
En las otras cadenas, esas al margen de todo que durante el día emitían concursos telefónicos y tarot, era donde se concentraba el porno. Algunos días estos programas se atascaban, pero no era norma.
Y José no se perdía ni una noche delante del televisor. Distraía las horas con alguna serie o con una de las películas de su filmoteca, y si acaso leía alguno de los libros que, como una vieja pirámide de papel, se amontonaban en su mesilla de noche en estratos escalonados.
Luego sonaba su cronómetro, tan meticuloso era. Cogía papel, lo dejaba cerca y se sentaba en el sofá justo delante de la televisión con los pantalones bajados y el mando a mano.
Surfeaba entre los canales y la excitación, buscando el mejor polvo o la mujer más morbosa. A veces tardaba quince minutos, y otras se pasaba varias horas esperando, los ojos bombardeados por el torrente de sexo que lanzaba el tubo catódico.
El día en cuestión no prometía gran cosa: uno de los canales no se veía debido a interferencias, y otro tenía un culo masculino y peludo congelado en pantalla, con un mensaje de error de Windows justo en el centro; pasarían un par de días antes de cualquiera de los dos retomase su emisión.
Quedaba un canal, y la película no era de las buenas. Los dos primeros coitos fueron de dos mujeres de escaso atractivo (aunque, todo hay que decirlo, poseedoras de sendas voces deliciosas y tentadoras) y el doblaje de los hombres era ridículo.
- Di que te gusta, perrángana. ¡Soy tu polla favorita! – dijo un bruto, escupiendo en el redondeado trasero de una jovencita rubia de pechos turgentes y pezones sonrosados y pequeños, casi afilados.
Era el inicio de la escena, y José se sorprendió de la poca pericia del director, aun sabiendo la falta de calidad técnica de ese tipo de productos.
- Yo lo habría hecho mejor – dijo, acariciándose los genitales descubiertos.
Al poco se vio en primer plano la cara de la chica, preciosa. El rubio, apreció por la raíz del cabello, no era tal sino castaño, pero los ojos verdes fueron los que atrajeron su atención después, monopolizándola: hipnóticos, sensuales, gritaban sexo por cada fibra del iris y cada pestaña. La boca era pequeña y en breves minutos tendría que devorar la enorme polla de su compañero; se excitaba al pensar en aquellos labios rojos y carnosos alojando su propio pene.
La actriz lo miró y dijo susurrando:
- Fóllame.
José sonrió cómplice.
La actriz pareció excitarse ante la sonrisa. Más ansiosa, suplicó.
- Fóllameee…
Ambos se estaban excitando y José comprendió que su momento había llegado.
- Ven y fóllame.
Era una orden.
- Atraviesa la puta tele y ven a follarme ¡joder!
Las palabras ardían, hirviendo con sensuales sílabas en los tímpanos de José. No terminaba de creer aquello, el plano no había cambiado, seguía fijo en la cara de la chica, como si esperaran su respuesta.
La imagen parpadeó para mostrar la vagina húmeda y enrojecida. De nuevo, la cara.
- ¿A qué esperas? – inquirió juguetona.
- Esto no es real – se explicó a sí mismo.
- Sí lo es.
El plano cambió y mostró su mano, la cual atravesó la barrera de vidrio, real e irreal, que separaba a ambos. La mano, fina y delicada, rematada en manicura francesa, estaba comprimida excepto el índice, que se alargaba y retraía invitando a José a su mundo de placer.
Las dudas de si aquello estaba sucediendo o no se despejaron en cuanto la carne se materializó delante. Extendiendo la mano izquierda (la derecha recorría verticalmente, arriba y abajo, nerviosa, la longitud de su pija) logró tocar la supuesta alucinación.
Era real. Suave, delicada, de olor a canela y a lascivia.
El plano se alteró otra vez, la cara de la chica resplandecía, desapareciendo la mano.
- Coge carrerilla y ven a clavármela – gimió, alargando las sílabas, convirtiéndolas en gotas de un río; su frase, espesa.
Con un par de movimientos secos se desembarazó de pantalones y el calzoncillo arrullados a sus tobillos. Con los ojos desencajados por la calentura, se lanzó de cabeza contra la televisión.
Rompió el cristal y uno de los trozos seccionó parte de su cuello, derramando sangre en el circuito eléctrico y friéndole literalmente. El chisporroteo de los transistores parecía una risa traviesa y juvenil, hasta que los plomos se fundieron y la electricidad dejó en paz el cuerpo muerto y calcinado de José.
Así aprendería a fiarse de la televisión.
En las otras cadenas, esas al margen de todo que durante el día emitían concursos telefónicos y tarot, era donde se concentraba el porno. Algunos días estos programas se atascaban, pero no era norma.
Y José no se perdía ni una noche delante del televisor. Distraía las horas con alguna serie o con una de las películas de su filmoteca, y si acaso leía alguno de los libros que, como una vieja pirámide de papel, se amontonaban en su mesilla de noche en estratos escalonados.
Luego sonaba su cronómetro, tan meticuloso era. Cogía papel, lo dejaba cerca y se sentaba en el sofá justo delante de la televisión con los pantalones bajados y el mando a mano.
Surfeaba entre los canales y la excitación, buscando el mejor polvo o la mujer más morbosa. A veces tardaba quince minutos, y otras se pasaba varias horas esperando, los ojos bombardeados por el torrente de sexo que lanzaba el tubo catódico.
El día en cuestión no prometía gran cosa: uno de los canales no se veía debido a interferencias, y otro tenía un culo masculino y peludo congelado en pantalla, con un mensaje de error de Windows justo en el centro; pasarían un par de días antes de cualquiera de los dos retomase su emisión.
Quedaba un canal, y la película no era de las buenas. Los dos primeros coitos fueron de dos mujeres de escaso atractivo (aunque, todo hay que decirlo, poseedoras de sendas voces deliciosas y tentadoras) y el doblaje de los hombres era ridículo.
- Di que te gusta, perrángana. ¡Soy tu polla favorita! – dijo un bruto, escupiendo en el redondeado trasero de una jovencita rubia de pechos turgentes y pezones sonrosados y pequeños, casi afilados.
Era el inicio de la escena, y José se sorprendió de la poca pericia del director, aun sabiendo la falta de calidad técnica de ese tipo de productos.
- Yo lo habría hecho mejor – dijo, acariciándose los genitales descubiertos.
Al poco se vio en primer plano la cara de la chica, preciosa. El rubio, apreció por la raíz del cabello, no era tal sino castaño, pero los ojos verdes fueron los que atrajeron su atención después, monopolizándola: hipnóticos, sensuales, gritaban sexo por cada fibra del iris y cada pestaña. La boca era pequeña y en breves minutos tendría que devorar la enorme polla de su compañero; se excitaba al pensar en aquellos labios rojos y carnosos alojando su propio pene.
La actriz lo miró y dijo susurrando:
- Fóllame.
José sonrió cómplice.
La actriz pareció excitarse ante la sonrisa. Más ansiosa, suplicó.
- Fóllameee…
Ambos se estaban excitando y José comprendió que su momento había llegado.
- Ven y fóllame.
Era una orden.
- Atraviesa la puta tele y ven a follarme ¡joder!
Las palabras ardían, hirviendo con sensuales sílabas en los tímpanos de José. No terminaba de creer aquello, el plano no había cambiado, seguía fijo en la cara de la chica, como si esperaran su respuesta.
La imagen parpadeó para mostrar la vagina húmeda y enrojecida. De nuevo, la cara.
- ¿A qué esperas? – inquirió juguetona.
- Esto no es real – se explicó a sí mismo.
- Sí lo es.
El plano cambió y mostró su mano, la cual atravesó la barrera de vidrio, real e irreal, que separaba a ambos. La mano, fina y delicada, rematada en manicura francesa, estaba comprimida excepto el índice, que se alargaba y retraía invitando a José a su mundo de placer.
Las dudas de si aquello estaba sucediendo o no se despejaron en cuanto la carne se materializó delante. Extendiendo la mano izquierda (la derecha recorría verticalmente, arriba y abajo, nerviosa, la longitud de su pija) logró tocar la supuesta alucinación.
Era real. Suave, delicada, de olor a canela y a lascivia.
El plano se alteró otra vez, la cara de la chica resplandecía, desapareciendo la mano.
- Coge carrerilla y ven a clavármela – gimió, alargando las sílabas, convirtiéndolas en gotas de un río; su frase, espesa.
Con un par de movimientos secos se desembarazó de pantalones y el calzoncillo arrullados a sus tobillos. Con los ojos desencajados por la calentura, se lanzó de cabeza contra la televisión.
Rompió el cristal y uno de los trozos seccionó parte de su cuello, derramando sangre en el circuito eléctrico y friéndole literalmente. El chisporroteo de los transistores parecía una risa traviesa y juvenil, hasta que los plomos se fundieron y la electricidad dejó en paz el cuerpo muerto y calcinado de José.
Así aprendería a fiarse de la televisión.
Queda algo por hacer
Caminando por la noche
me falta todo lo que necesito.
Y busco en el cielo, estrellas
pero sólo tengo farolas,
y los mendigos me adoran
pero sólo están durmiendo
y quiero tenerte a mi lado
pero sólo tengo tu recuerdo.
Queda algo por hacer...
Caminando por la noche
me falta todo lo que necesito.
Y las nubes no pueden llorar
porque no tienen sentimientos
y las carreteras son solitarias
porque nadie quiere cruzarlas
y pienso en demasiadas cosas
pero pocas tienen importancia
Queda algo por hacer...
----------
Ésta es una de las pocas veces que me he adentrado en la poesía. Se me ocurrió un 21 de diciembre, antes de declararme a la chica que más quiero en el mundo. Quedaba algo por hacer... pero lo conseguí.
Seth Fortuyn, poeta fracasado
me falta todo lo que necesito.
Y busco en el cielo, estrellas
pero sólo tengo farolas,
y los mendigos me adoran
pero sólo están durmiendo
y quiero tenerte a mi lado
pero sólo tengo tu recuerdo.
Queda algo por hacer...
Caminando por la noche
me falta todo lo que necesito.
Y las nubes no pueden llorar
porque no tienen sentimientos
y las carreteras son solitarias
porque nadie quiere cruzarlas
y pienso en demasiadas cosas
pero pocas tienen importancia
Queda algo por hacer...
----------
Ésta es una de las pocas veces que me he adentrado en la poesía. Se me ocurrió un 21 de diciembre, antes de declararme a la chica que más quiero en el mundo. Quedaba algo por hacer... pero lo conseguí.
Seth Fortuyn, poeta fracasado
La Guerra. Capítulo 3: Martes
En el tiempo distorsionado entre que te despiertas y tu cerebro comienza a funcionar de verdad, llamo a Andrés apenas levantarme de la cama. Extrañamente, el reloj marcaba las once y media cuando abrí los ojos, y las doce y cuarto cuando cojo el teléfono y marco.
- Hola buenos días, ¿está Andrés? – digo al auricular.
- Sí, soy yo, ¿qué tal estás Adán?
- Bien – contesto. Antes de olvidar el motivo por el cual llamo, repongo -. Te llamaba porque… ¿este viernes por la noche haces algo?
- De momento no. – Suspiro de alivio. A lo mejor las cosas van a ir bien, después de todo. – Vamos, todavía no se ha dicho nada. Joder, es que es martes.
- ¿Ni un cumpleaños ni un evento que ahora no recuerdes?
- Seguro.
- ¿Y el sábado?
- No sé si tendré ganas de salir por la noche, tengo movida por la tarde. Depende de cómo esté.
- Así que el sábado no.
- El sábado no.
- Pero el viernes estás libre.
- Eso he dicho.
- Vale, pues el jueves te llamo y concretamos ya, ¿vale?
- De acuerdo.
- Venga, hasta luego. Cuídate ¿eh?
- Je, vale.
Me siento estúpido, pero ojala mi disparatado plan funcione. Quiero decir, el viernes pretendo sentarme con Andrés, emborracharme y tratar de convencerle de que no vaya a la manifa del sábado. El plan no es nada del otro mundo, pero se me ocurrió cuando estaba a punto de dormirme. Ya me gustaría encerrarme en un taller y convertir un FIAT en un juggernaut gracias a los cursillos de chapa y pintura del Equipo A, y lanzarme a las calles y llevarme a todos esos descerebrados por delante, verlos estallar bajo ruedas reforzadas.
- Tío, ¿tú crees que los del Equipo A fueron los precursores del tunning? – digo a uno de mis compañeros de universidad.
- Pero qué, ¿qué dices? – me mira como si estuviera loco. Casi puedo ver cómo se le separan los ojos mientras pregunta incrédulo y la cara se le desencaja.
- No sé, le andaba dando vueltas.
A lo largo de la tarde, las horas corren como el mercurio encerrado en un termómetro: solo van más deprisa cuando el asunto se calienta. Básicamente, no he conseguido encontrarle el punto a mi carrera, Despojonomía y Documentación; es como una isla desierta donde todos los que no tuvimos notas altas ni la suerte de aprobar en junio estuviéramos encerrados. Como presidiarios, en lugar de picando piedras, aprendiendo el ISBN y ordenando libros.
Mi puto Viernes, a día de hoy, sigue sin aparecer.
- ¿Cómo aumentamos el fondo de nuestra biblioteca? – pregunta la hippie de Organización de Bibliotecas. Me pregunto si también a ella la pegan los nazis y los punkis, o se pasa resguardada por los libros y la insonoridad de una biblioteca todo el día.
Ojalá una pregunta tan estúpida sea una pregunta retórica.
La siguiente media hora tira por tierra mis esperanzas.
Decido saltarme la última hora y media, con la asignatura y el profesor más aburridos que puede dar la Escuela. Afuera, mientras camino furtivo entre las estatuas de niños de la entrada (y que están pidiendo a gritos que se las rodee con papel higiénico), topo con un par de compañeros de clase.
- Caramba, vosotros TAMBIÉN os saltáis Lenguaje Documental, QUÉ CABRONES – digo sonriendo.
- Tchss… no se lo digas a nadie – contesta uno de ellos.
- No hay NADIE a quién chivarse – replico festivo.
Me alejo y camino hacia el metro.
En casa llamo a mi novia para aliviar tensiones antes de ir a currar. Le comento mi estúpido plan y, en caso de emergencia, mi intención de ir a la trifulca a proteger a Andrés, como buen vaquero idealista que soy.
- ¿Estás de coña, no? – me dice sardónicamente.
- No, ¿por?
- Cariño, siempre te pasa algo. Desmedidas acciones policiales, borrachos... eres un imán para los incidentes. Algo te va a pasar.
- Pero…
- Y mira tus pintas. Vas a ser de los primeritos que van a pegar.
- Ya, pero es mi amigo y…
- Lo sé, pero cuídate mucho, ¿vale? Prométemelo, prométeme que vas a tener cuidado.
- Lo haré, pero es algo que no depende del todo de mí.
- ¡ESO ES LO QUE MÁS ME PREOCUPA, MI VIDA!
De camino al curro, las palabras de mi novia reverberan.
Mi trabajo en el supermercado se limita a llevar cosas de un lado para otro durante una hora y media, aproximadamente, y tirarme el resto del tiempo (otra hora y media) tocándome las pelotas a dos manos. Pagan una mierda, pero viene bien para hablar con los compañeros, muy buena gente, y pensar en mis cosas tan tranquilo.
Y entonces, me viene un apretón. Suelto lastre en el lavabo y apenas dirijo mi mano al papel higiénico, la luz se va.
“ …siempre te pasa algo.”
- ¿¡PERO ES QUE ESPERAN QUE LA GENTE CAGUE EN TRES MINUTOS!? – pregunto, enfadado, a las paredes ruinosas y las humedades del techo.
Con los pantalones en los tobillos, arranco un buen trozo de papel y brinco de forma ridícula hasta la puerta. El interruptor es de los automáticos, saltan a los pocos minutos de darle para ahorrar gasto y proporcionar momentos ridículos a los usuarios. El método estándar, pues, consiste en mojar el papel y pegarlo al interruptor, medio sacado de la pared, para que se quede apretado y por lo tanto encendido todo el tiempo.
Es el instante en el que coloco la húmeda plasta en el interruptor cuando pienso en las palabras de mi novia, otra vez.
“…siempre te pasa algo.”
Y ahí estoy yo, con los pantalones en los tobillos y el culo sucio, corriendo el riesgo de electrocutarme para poder seguir tranquilo con mi labor. Cierro los ojos y hago el apaño, y al tiempo imagino la estampa de mis compañeros, bajando al sótano y viendo un cadáver con chispas y los pantalones bajados y el culo sucio.
- NO, que no me pase a mí, POR FAVOR – digo en voz baja y entonación nerviosa.
Tengo suerte. No pasa nada.
Luego el retrete se atasca, pero estoy tan quemado que no me molesto en arreglarlo.
“…siempre te pasa algo.”
Maldita sea.
Espero que no tenga razón.
- Hola buenos días, ¿está Andrés? – digo al auricular.
- Sí, soy yo, ¿qué tal estás Adán?
- Bien – contesto. Antes de olvidar el motivo por el cual llamo, repongo -. Te llamaba porque… ¿este viernes por la noche haces algo?
- De momento no. – Suspiro de alivio. A lo mejor las cosas van a ir bien, después de todo. – Vamos, todavía no se ha dicho nada. Joder, es que es martes.
- ¿Ni un cumpleaños ni un evento que ahora no recuerdes?
- Seguro.
- ¿Y el sábado?
- No sé si tendré ganas de salir por la noche, tengo movida por la tarde. Depende de cómo esté.
- Así que el sábado no.
- El sábado no.
- Pero el viernes estás libre.
- Eso he dicho.
- Vale, pues el jueves te llamo y concretamos ya, ¿vale?
- De acuerdo.
- Venga, hasta luego. Cuídate ¿eh?
- Je, vale.
Me siento estúpido, pero ojala mi disparatado plan funcione. Quiero decir, el viernes pretendo sentarme con Andrés, emborracharme y tratar de convencerle de que no vaya a la manifa del sábado. El plan no es nada del otro mundo, pero se me ocurrió cuando estaba a punto de dormirme. Ya me gustaría encerrarme en un taller y convertir un FIAT en un juggernaut gracias a los cursillos de chapa y pintura del Equipo A, y lanzarme a las calles y llevarme a todos esos descerebrados por delante, verlos estallar bajo ruedas reforzadas.
- Tío, ¿tú crees que los del Equipo A fueron los precursores del tunning? – digo a uno de mis compañeros de universidad.
- Pero qué, ¿qué dices? – me mira como si estuviera loco. Casi puedo ver cómo se le separan los ojos mientras pregunta incrédulo y la cara se le desencaja.
- No sé, le andaba dando vueltas.
A lo largo de la tarde, las horas corren como el mercurio encerrado en un termómetro: solo van más deprisa cuando el asunto se calienta. Básicamente, no he conseguido encontrarle el punto a mi carrera, Despojonomía y Documentación; es como una isla desierta donde todos los que no tuvimos notas altas ni la suerte de aprobar en junio estuviéramos encerrados. Como presidiarios, en lugar de picando piedras, aprendiendo el ISBN y ordenando libros.
Mi puto Viernes, a día de hoy, sigue sin aparecer.
- ¿Cómo aumentamos el fondo de nuestra biblioteca? – pregunta la hippie de Organización de Bibliotecas. Me pregunto si también a ella la pegan los nazis y los punkis, o se pasa resguardada por los libros y la insonoridad de una biblioteca todo el día.
Ojalá una pregunta tan estúpida sea una pregunta retórica.
La siguiente media hora tira por tierra mis esperanzas.
Decido saltarme la última hora y media, con la asignatura y el profesor más aburridos que puede dar la Escuela. Afuera, mientras camino furtivo entre las estatuas de niños de la entrada (y que están pidiendo a gritos que se las rodee con papel higiénico), topo con un par de compañeros de clase.
- Caramba, vosotros TAMBIÉN os saltáis Lenguaje Documental, QUÉ CABRONES – digo sonriendo.
- Tchss… no se lo digas a nadie – contesta uno de ellos.
- No hay NADIE a quién chivarse – replico festivo.
Me alejo y camino hacia el metro.
En casa llamo a mi novia para aliviar tensiones antes de ir a currar. Le comento mi estúpido plan y, en caso de emergencia, mi intención de ir a la trifulca a proteger a Andrés, como buen vaquero idealista que soy.
- ¿Estás de coña, no? – me dice sardónicamente.
- No, ¿por?
- Cariño, siempre te pasa algo. Desmedidas acciones policiales, borrachos... eres un imán para los incidentes. Algo te va a pasar.
- Pero…
- Y mira tus pintas. Vas a ser de los primeritos que van a pegar.
- Ya, pero es mi amigo y…
- Lo sé, pero cuídate mucho, ¿vale? Prométemelo, prométeme que vas a tener cuidado.
- Lo haré, pero es algo que no depende del todo de mí.
- ¡ESO ES LO QUE MÁS ME PREOCUPA, MI VIDA!
De camino al curro, las palabras de mi novia reverberan.
Mi trabajo en el supermercado se limita a llevar cosas de un lado para otro durante una hora y media, aproximadamente, y tirarme el resto del tiempo (otra hora y media) tocándome las pelotas a dos manos. Pagan una mierda, pero viene bien para hablar con los compañeros, muy buena gente, y pensar en mis cosas tan tranquilo.
Y entonces, me viene un apretón. Suelto lastre en el lavabo y apenas dirijo mi mano al papel higiénico, la luz se va.
“ …siempre te pasa algo.”
- ¿¡PERO ES QUE ESPERAN QUE LA GENTE CAGUE EN TRES MINUTOS!? – pregunto, enfadado, a las paredes ruinosas y las humedades del techo.
Con los pantalones en los tobillos, arranco un buen trozo de papel y brinco de forma ridícula hasta la puerta. El interruptor es de los automáticos, saltan a los pocos minutos de darle para ahorrar gasto y proporcionar momentos ridículos a los usuarios. El método estándar, pues, consiste en mojar el papel y pegarlo al interruptor, medio sacado de la pared, para que se quede apretado y por lo tanto encendido todo el tiempo.
Es el instante en el que coloco la húmeda plasta en el interruptor cuando pienso en las palabras de mi novia, otra vez.
“…siempre te pasa algo.”
Y ahí estoy yo, con los pantalones en los tobillos y el culo sucio, corriendo el riesgo de electrocutarme para poder seguir tranquilo con mi labor. Cierro los ojos y hago el apaño, y al tiempo imagino la estampa de mis compañeros, bajando al sótano y viendo un cadáver con chispas y los pantalones bajados y el culo sucio.
- NO, que no me pase a mí, POR FAVOR – digo en voz baja y entonación nerviosa.
Tengo suerte. No pasa nada.
Luego el retrete se atasca, pero estoy tan quemado que no me molesto en arreglarlo.
“…siempre te pasa algo.”
Maldita sea.
Espero que no tenga razón.
La Guerra. Capítulo 2: Lunes por la mañana
LUNES
Me levanto aturdido por el sonido de la mini cadena. Está programada para levantarme a las once de la mañana y, aunque lleva siendo la tónica habitual desde hace varios meses, nunca logro acostumbrarme.
No consigo, de verdad que no puedo, comprender esa gente capaz de levantarse a las ocho de la mañana. Pero les admiro. Desde mi cama, por supuesto.
Medio adormilado me miro en el espejo y reafirmo mi existencia con un rápido vistazo a mi demacrada cara. He dormido mal y se me nota y se me notará el resto del día, es una de esas cosas que, sabes, se te alargarán hasta que vuelvas a la cama y termines el trabajo a medio hacer.
El teléfono suena y nadie lo coge, porque estoy solo en casa. Me han vuelto a abandonar en mi hogar. Yujuuu.
- ¿Diga? – contesto con la voz ronca del recién despierto.
- ¡Buenas! ¿Qué tal andas?
- Ah, hola Emilio, bien, ¿y tú?
- Algo dolorido, si te soy sincero…
Emilio es un amigo de hace mucho tiempo. Nos conocimos en primaria y nos hicimos inseparables, hasta que se fue a bachillerato de artes y yo, como un tonto, fui a ciencias siendo escritor. Y éste era Emilio ahora, un bohemio adinerado que vestía trapos sucios y predicaba el amor libre mientras iba a clases, fumaba clases y fumaba y fumaba… Nunca he sido un hombre de drogas, así que podría decirse en parte que su desmedida afición por la maría nos distanció un poco. Él tocaba los bongos en los botellones y tenía a su alrededor un halo de humo y moscas. Yo me limitaba a beber y a poner verde a la gente como él.
Y le veo en el bar, y no sé si tiene mala pinta o sólo es una pose. Quiero decir, miradle. Con su poncho multicolor, sandalias de cuero desgastadas y pantalones de pana (¡de pana!) marrones, todo ello con una camiseta que apenas se ve pero, desgraciadamente, se huele. Oh, y está lleno de moratones, en los brazos, en la cara. ¡Joder! ¡Está hecho un Cristo!
- Anda que estás tu bueno.
- Sí, curiosa manera de hacerme un peeling, ¿eh?
Éste es mi Emilio, mezclando las técnicas más avanzadas que el Vogue puede recomendar con la bohemia más cochambrosa que puedas imaginar. Veo sus uñas negras y estoy seguro de que no es de trabajar, no tiene curro, Emilio. Y yo, que me mato a trabajar en un supermercado de mierda con mercancía sucia y palés polvorientos, tengo el pelo limpio olor a miel y las uñas deliciosamente recortadas.
Pedimos unas bravas y unas coca-colas. Es por la mañana, ya habrá tiempo para beber.
- ¿Y cómo fue, el peeling? – digo socarrón
- Estaba tirado con mis amigos, fumando un buen pei, y aparecieron unos punkis que se habían metido de todo. No sé, los notas nos suelen mirar mal, pero no hacen nada. Una baza incluso nos defendieron de unos nazis, pero éstos no fueron tan amables. Empezaron a pegarnos mientras se tambaleaban de un lado a otro.
No me lo puedo creer y no acabo de situar la historia. ¿Qué acto deliberadamente fascista haría un hippie para encabronar a un punki?
- Pero a ver, ¿qué hicisteis?
- Nada, eso fue lo peor. No hacíamos nada, sólo lo pasábamos bien entre nosotros, fumando y con unos diávolos. Jeh, y yo fui de los que mejor parado salió.
Le volví a mirar de arriba abajo y saqué una cosa en claro: no quería volver a hacerlo.
- Sí, uno de mis amigos no se encaró, pero en lugar de decir que le dejaran de pegar o lo que fuera, simplemente se quedó de pie, recibiendo hostias. Un tío to escuálido empezó a fliparse en plan Jackie Chan y le clavó la bota en media cara y le arreó una buena patada voladora en el estómago, pero mi colega se fue sin decir ni mú.
- Un tipo duro.
- Luego lloró como todos, pero cojones, los tuvo bien puestos.
- No entiendo esto, de verdad.
No dejo de pensar en la batalla del sábado, y sus participantes, y el ejército al que pertenece mi amigo Andrés. Siempre les ves con perspectiva, desde lejos, porque si algo no te gusta pasas olímpicamente y ni te lo tomas en serio. Al principio lo tomaba a broma, esa gente medio ida que acompañaba a Andrés, pero ya no puedo verles así.
Coño, necesito saber por qué pegaron a Emilio.
Un cerdo pega a un hippie por el pelo largo, el aspecto descuidado, en definitiva, porque lo considera un parásito social. Pero, ¿por qué iba un punki, cercano ideológicamente, a pegar a un hippie?
Yo soy el gato del dicho, el de la curiosidad.
- Que no tomamos parte activa. No luchamos. Sólo disfrutamos de la vida como nos da la gana.
Es todo un alegato a su comunidad, y también la aclaración que despeja mis dudas. ¿Por qué le iban a pegar? Porque es de izquierdas, pero no participa en su guerra.
Si soy sincero, suena muy fascista.
Decido no volver a tocar el tema, y hablamos de los viejos tiempos y al mediodía, cada uno parte a comer a su casa. A él le duele la cabeza, yo me la como casi literalmente. Querría alargar mi labio inferior y recubrirme el cráneo para poder pensar mejor.
¿Cómo coño saco a Andrés de esta?
Por orden: casa, comida, universidad, visita a la abuela, trabajo, consola, leer, dormir.
Y a pesar de todo, no consigo quitarme la puta pregunta de la cabeza. Al cerrar los ojos, las dudas parecen despejarse, y bocados negros devoran mi consciencia. Como una lucecita de navidad, la preocupación titila fuera de mi vista.
...
Ya está.
Me levanto aturdido por el sonido de la mini cadena. Está programada para levantarme a las once de la mañana y, aunque lleva siendo la tónica habitual desde hace varios meses, nunca logro acostumbrarme.
No consigo, de verdad que no puedo, comprender esa gente capaz de levantarse a las ocho de la mañana. Pero les admiro. Desde mi cama, por supuesto.
Medio adormilado me miro en el espejo y reafirmo mi existencia con un rápido vistazo a mi demacrada cara. He dormido mal y se me nota y se me notará el resto del día, es una de esas cosas que, sabes, se te alargarán hasta que vuelvas a la cama y termines el trabajo a medio hacer.
El teléfono suena y nadie lo coge, porque estoy solo en casa. Me han vuelto a abandonar en mi hogar. Yujuuu.
- ¿Diga? – contesto con la voz ronca del recién despierto.
- ¡Buenas! ¿Qué tal andas?
- Ah, hola Emilio, bien, ¿y tú?
- Algo dolorido, si te soy sincero…
Emilio es un amigo de hace mucho tiempo. Nos conocimos en primaria y nos hicimos inseparables, hasta que se fue a bachillerato de artes y yo, como un tonto, fui a ciencias siendo escritor. Y éste era Emilio ahora, un bohemio adinerado que vestía trapos sucios y predicaba el amor libre mientras iba a clases, fumaba clases y fumaba y fumaba… Nunca he sido un hombre de drogas, así que podría decirse en parte que su desmedida afición por la maría nos distanció un poco. Él tocaba los bongos en los botellones y tenía a su alrededor un halo de humo y moscas. Yo me limitaba a beber y a poner verde a la gente como él.
Y le veo en el bar, y no sé si tiene mala pinta o sólo es una pose. Quiero decir, miradle. Con su poncho multicolor, sandalias de cuero desgastadas y pantalones de pana (¡de pana!) marrones, todo ello con una camiseta que apenas se ve pero, desgraciadamente, se huele. Oh, y está lleno de moratones, en los brazos, en la cara. ¡Joder! ¡Está hecho un Cristo!
- Anda que estás tu bueno.
- Sí, curiosa manera de hacerme un peeling, ¿eh?
Éste es mi Emilio, mezclando las técnicas más avanzadas que el Vogue puede recomendar con la bohemia más cochambrosa que puedas imaginar. Veo sus uñas negras y estoy seguro de que no es de trabajar, no tiene curro, Emilio. Y yo, que me mato a trabajar en un supermercado de mierda con mercancía sucia y palés polvorientos, tengo el pelo limpio olor a miel y las uñas deliciosamente recortadas.
Pedimos unas bravas y unas coca-colas. Es por la mañana, ya habrá tiempo para beber.
- ¿Y cómo fue, el peeling? – digo socarrón
- Estaba tirado con mis amigos, fumando un buen pei, y aparecieron unos punkis que se habían metido de todo. No sé, los notas nos suelen mirar mal, pero no hacen nada. Una baza incluso nos defendieron de unos nazis, pero éstos no fueron tan amables. Empezaron a pegarnos mientras se tambaleaban de un lado a otro.
No me lo puedo creer y no acabo de situar la historia. ¿Qué acto deliberadamente fascista haría un hippie para encabronar a un punki?
- Pero a ver, ¿qué hicisteis?
- Nada, eso fue lo peor. No hacíamos nada, sólo lo pasábamos bien entre nosotros, fumando y con unos diávolos. Jeh, y yo fui de los que mejor parado salió.
Le volví a mirar de arriba abajo y saqué una cosa en claro: no quería volver a hacerlo.
- Sí, uno de mis amigos no se encaró, pero en lugar de decir que le dejaran de pegar o lo que fuera, simplemente se quedó de pie, recibiendo hostias. Un tío to escuálido empezó a fliparse en plan Jackie Chan y le clavó la bota en media cara y le arreó una buena patada voladora en el estómago, pero mi colega se fue sin decir ni mú.
- Un tipo duro.
- Luego lloró como todos, pero cojones, los tuvo bien puestos.
- No entiendo esto, de verdad.
No dejo de pensar en la batalla del sábado, y sus participantes, y el ejército al que pertenece mi amigo Andrés. Siempre les ves con perspectiva, desde lejos, porque si algo no te gusta pasas olímpicamente y ni te lo tomas en serio. Al principio lo tomaba a broma, esa gente medio ida que acompañaba a Andrés, pero ya no puedo verles así.
Coño, necesito saber por qué pegaron a Emilio.
Un cerdo pega a un hippie por el pelo largo, el aspecto descuidado, en definitiva, porque lo considera un parásito social. Pero, ¿por qué iba un punki, cercano ideológicamente, a pegar a un hippie?
Yo soy el gato del dicho, el de la curiosidad.
- Que no tomamos parte activa. No luchamos. Sólo disfrutamos de la vida como nos da la gana.
Es todo un alegato a su comunidad, y también la aclaración que despeja mis dudas. ¿Por qué le iban a pegar? Porque es de izquierdas, pero no participa en su guerra.
Si soy sincero, suena muy fascista.
Decido no volver a tocar el tema, y hablamos de los viejos tiempos y al mediodía, cada uno parte a comer a su casa. A él le duele la cabeza, yo me la como casi literalmente. Querría alargar mi labio inferior y recubrirme el cráneo para poder pensar mejor.
¿Cómo coño saco a Andrés de esta?
Por orden: casa, comida, universidad, visita a la abuela, trabajo, consola, leer, dormir.
Y a pesar de todo, no consigo quitarme la puta pregunta de la cabeza. Al cerrar los ojos, las dudas parecen despejarse, y bocados negros devoran mi consciencia. Como una lucecita de navidad, la preocupación titila fuera de mi vista.
...
Ya está.
... Y JAVIER NO TARDÓ EN SER OLVIDADO
Javier se despertó con el timbre quejumbroso del despertador, y ya en ese momento sabía, en el fondo de su cerebro estaba, junto a los partidos de fútbol y los sueños infantiles de futuro, lo que le iba a pasar.
Sugirió con amabilidad a su mujer que encendiese el calentador para poder ducharse, y aunque ella lo hizo, no paró de quejarse de lo frustrada que se sentía por hacer todas las tareas del hogar.
María no tenía trabajo alguno, ni se molestó en mantener los pocos que tuvo.
Una ducha rápida y un desayuno veloz y frugal no le permitieron salir a tiempo de evitar los chillidos de su esposa exigiéndole que hiciera la compra y las súplicas (en caso de negativa, imprecaciones) de su hijo.
- Por favor, llévame a la uni, que llego tarde.
Podría haber aceptado, sabiendo su futuro, pero prefirió negarse y dedicó una amorosa despedida a sus familiares.
Sentía la gasolina corriendo por sus venas. El fósforo chispeando en su cabeza. El NAPALM segregado en pequeñas dosis a través de sus glándulas.
Ya en la calle, comenzó a salirle fuego por el cuello de la camisa, primero amarilleándola, luego ennegreciéndola. Aunque no se apreciara a simple vista, el calor derretía como la cera la piel de su pecho.
Prefirió pues dedicarse una pequeña gracia. Caminó hasta el quiosco, apenas unos veinte pasos delante de su portal, y compró el periódico. Tras pagar, su piel tuvo una leve erupción volcánica, sus escasos granos derramaron lava sobre la ropa.
Todos corrían a su alrededor aterrorizados de su figura en llamas, pero el sabía que aquello pasaría y no le dio importancia. En todo caso, agradeció que sus manos todavía no estuvieran en combustión.
- Cosas que pasan – dijo abriendo el periódico, impaciente por ver las noticias deportivas antes de morir.
Un hombre le arrojó agua de una botella, y ésta se convirtió en vapor al contacto con su piel. Por suerte, pensó, el periódico no se mojó un ápice.
Horrorizado, Javier comprobó la derrota de su equipo, y dejó de luchar contra el fuego que le consumía tanto fuera como dentro; fue la gota que colmó el vaso, y se entregó a las llamas con satisfacción y entrega absolutas, como un bonzo dispuesto a llegar al nirvana por el velo mortal de la carne quemada.
Sus cenizas fueron barridas por el viento de otoño…
-------------------------------------------------------------------------------------------------
En realidad, el título va justo al final del texto. Vamos a innovar, señores, y dejemos de poner el título al principio de un relato. Ya había intentado algo parecido en el relato Y su nombre era..., en el cual el cuento entero era un paréntesis que explicaba la frase. Aquí, el título no solo forma parte del texto, sino que lo da final.
Quisiera dar las gracias a Lady_Darksoul por darme la idea (un hombre anda muy quemado... y acaba convertido en cenizas, dijo). He tardado en poder darle un enfoque que pudiera hacerlo destacar de alguna manera, y al final he tirado de realismo mágico.
Espero que te guste. Que os guste.
Un saludo:
Seth Fortuyn
Sugirió con amabilidad a su mujer que encendiese el calentador para poder ducharse, y aunque ella lo hizo, no paró de quejarse de lo frustrada que se sentía por hacer todas las tareas del hogar.
María no tenía trabajo alguno, ni se molestó en mantener los pocos que tuvo.
Una ducha rápida y un desayuno veloz y frugal no le permitieron salir a tiempo de evitar los chillidos de su esposa exigiéndole que hiciera la compra y las súplicas (en caso de negativa, imprecaciones) de su hijo.
- Por favor, llévame a la uni, que llego tarde.
Podría haber aceptado, sabiendo su futuro, pero prefirió negarse y dedicó una amorosa despedida a sus familiares.
Sentía la gasolina corriendo por sus venas. El fósforo chispeando en su cabeza. El NAPALM segregado en pequeñas dosis a través de sus glándulas.
Ya en la calle, comenzó a salirle fuego por el cuello de la camisa, primero amarilleándola, luego ennegreciéndola. Aunque no se apreciara a simple vista, el calor derretía como la cera la piel de su pecho.
Prefirió pues dedicarse una pequeña gracia. Caminó hasta el quiosco, apenas unos veinte pasos delante de su portal, y compró el periódico. Tras pagar, su piel tuvo una leve erupción volcánica, sus escasos granos derramaron lava sobre la ropa.
Todos corrían a su alrededor aterrorizados de su figura en llamas, pero el sabía que aquello pasaría y no le dio importancia. En todo caso, agradeció que sus manos todavía no estuvieran en combustión.
- Cosas que pasan – dijo abriendo el periódico, impaciente por ver las noticias deportivas antes de morir.
Un hombre le arrojó agua de una botella, y ésta se convirtió en vapor al contacto con su piel. Por suerte, pensó, el periódico no se mojó un ápice.
Horrorizado, Javier comprobó la derrota de su equipo, y dejó de luchar contra el fuego que le consumía tanto fuera como dentro; fue la gota que colmó el vaso, y se entregó a las llamas con satisfacción y entrega absolutas, como un bonzo dispuesto a llegar al nirvana por el velo mortal de la carne quemada.
Sus cenizas fueron barridas por el viento de otoño…
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En realidad, el título va justo al final del texto. Vamos a innovar, señores, y dejemos de poner el título al principio de un relato. Ya había intentado algo parecido en el relato Y su nombre era..., en el cual el cuento entero era un paréntesis que explicaba la frase. Aquí, el título no solo forma parte del texto, sino que lo da final.
Quisiera dar las gracias a Lady_Darksoul por darme la idea (un hombre anda muy quemado... y acaba convertido en cenizas, dijo). He tardado en poder darle un enfoque que pudiera hacerlo destacar de alguna manera, y al final he tirado de realismo mágico.
Espero que te guste. Que os guste.
Un saludo:
Seth Fortuyn
La Música de la Realidad
Vicente correteaba nervioso entre ecuaciones y esquemas, comprobando que todo estuviera en su sitio correctamente. Tres horas de repasos exhaustivos le dieron la razón; soltó un gritito y se abalanzó sobre el teléfono para llamar a sus colegas.
Después.
Todos reunidos, doce científicos, asistieron a la presentación nerviosa que su compañero Vicente les tenía preparada. Sabían que no era amigo de Power Points ni diapositivas y su exposición sería austera, exclusivamente verbal, por lo que, como si de un interruptor se tratara, activaron al máximo su concentración y dejaron cerca sus conocimientos por si podrían replicar, puntualizar o solo asentir.
Vicente se dirigió a su público:
- Como sabeis, he intentado verificar la teoría de las supercuerdas a través de este maravilloso meteorito - dijo, sacando la piedra de una caja de plomo sobre la mesa -. Si alguno lo ha tocado, sabrá que provoca visiones de mundos alternativos. Bien, pues he averiguado cúantos universos paralelos existen.
Rumores de incredulidad serpentearon entre el público.
- Simple, he tocado la roca hasta que las visiones se repitieran. En total, son doce mil novecientas sesenta y tres realidades hermanas, y lo que es mejor, esta roca coexiste a la vez en todas ellas. A lo que quiero llegar es que he construido una máquina la cual haga vibrar las cuerdas primordiales del multiverso, construyendo una melodía que nos pueda llevar hasta un mundo paralelo. O sin ir más lejos, reproducir la música de la realidad.
El público, para estar compuesto por una docena de sobrios científicos, estalló en risas y chistes ante semejante alegato patafísico, como si estuvieran sentados escuchando el monólogo de un comediante excepcional. Se sentían en una mala película de ciencia ficción.
Ignorando las chanzas, Vicente introdujo el meteorito en una suerte de microondas anabolizado, sorteando montañas de folios y libros estigmatizados por dobleces, páginas desencuadernadas, manchas de café, clips. Con una sonrisa en la cara, malicioso, activó el aparato para dejar a sus colegas boquiabiertos: había comprobado de forma teórica que sus cálculos eran correctos, y la demostración empírica barrería todo escepticismo, incluso en su corazón, dañado por el comportamiento del público.
Cerró los ojos, esperando escuchar un Verdi o Beethoven como música de la realidad, una melodía perfecta y armoniosa, terriblemente compleja.
En su lugar, lo último que oyó cada ser humano del planeta fueron las trompetas del Apocalipsis.
Seth Fortuyn, destructor de mundos, devorador de planetas.
Después.
Todos reunidos, doce científicos, asistieron a la presentación nerviosa que su compañero Vicente les tenía preparada. Sabían que no era amigo de Power Points ni diapositivas y su exposición sería austera, exclusivamente verbal, por lo que, como si de un interruptor se tratara, activaron al máximo su concentración y dejaron cerca sus conocimientos por si podrían replicar, puntualizar o solo asentir.
Vicente se dirigió a su público:
- Como sabeis, he intentado verificar la teoría de las supercuerdas a través de este maravilloso meteorito - dijo, sacando la piedra de una caja de plomo sobre la mesa -. Si alguno lo ha tocado, sabrá que provoca visiones de mundos alternativos. Bien, pues he averiguado cúantos universos paralelos existen.
Rumores de incredulidad serpentearon entre el público.
- Simple, he tocado la roca hasta que las visiones se repitieran. En total, son doce mil novecientas sesenta y tres realidades hermanas, y lo que es mejor, esta roca coexiste a la vez en todas ellas. A lo que quiero llegar es que he construido una máquina la cual haga vibrar las cuerdas primordiales del multiverso, construyendo una melodía que nos pueda llevar hasta un mundo paralelo. O sin ir más lejos, reproducir la música de la realidad.
El público, para estar compuesto por una docena de sobrios científicos, estalló en risas y chistes ante semejante alegato patafísico, como si estuvieran sentados escuchando el monólogo de un comediante excepcional. Se sentían en una mala película de ciencia ficción.
Ignorando las chanzas, Vicente introdujo el meteorito en una suerte de microondas anabolizado, sorteando montañas de folios y libros estigmatizados por dobleces, páginas desencuadernadas, manchas de café, clips. Con una sonrisa en la cara, malicioso, activó el aparato para dejar a sus colegas boquiabiertos: había comprobado de forma teórica que sus cálculos eran correctos, y la demostración empírica barrería todo escepticismo, incluso en su corazón, dañado por el comportamiento del público.
Cerró los ojos, esperando escuchar un Verdi o Beethoven como música de la realidad, una melodía perfecta y armoniosa, terriblemente compleja.
En su lugar, lo último que oyó cada ser humano del planeta fueron las trompetas del Apocalipsis.
Seth Fortuyn, destructor de mundos, devorador de planetas.
La Guerra. Capítulo I: Domingo por la tarde.
No sé qué demonios hago aquí. No sería preocupante si no fuera porque, cada vez que salgo con Andrés, acabo pensando lo mismo. Quiero decir, es buen chaval y todo eso, pero su afición por ser punki y su completa creencia en sus compañeros (la mitad de ellos, con el cerebro abotargado por las drogas) hacen que cada salida con él sea como estar en el puto Circo Volador de los Monty Phyton.
Y aquí ando, contando las humedades de un techo que se cae a pedazos, en una casa ocupada donde Andrés quiere presentar un artículo mío a unos “camaradas”.
- Sí, mira, te traigo un artículo para Semanal Radikal – dice mi amigo, confiado.
- Primero voy a descansar un poco, que hemos tenido movida esta mañana… estábamos tan tranquilos en Tirso, ¿no? Y nos viene un negro borracho y venga a intentar darnos botellazos… cómo se resistía el muy cabrón.
Al segundo desenfundó papel, tabaco y una china y se puso a liarse un peta.
Yo paso de todo eso, y empiezo a caminar por toda la casa como si fuera un abducido en una nave alienígena: la comparación no es mala, no sé si soy yo que acabo de bajar de Saturno, o son ellos los que viven de forma perenne allí.
Un par de habitaciones al fondo un perro pasa a mi lado y tiene el peor aliento que he olido jamás en un animal. Deduzco que es por falta de higiene o alguna cosa del estilo, pero una pareja enfrente aclara, con su discusión, el dilema.
- ¡Joder! ¡Cuántas veces te he dicho que cierres la puerta del puto váter, que entra el perro y se pone a lamer el agua llena de mierda! ¡Luego va apestando, maldita sea! – recrimina una chica delgada, pequeña, con pantalones anchos y una camiseta dos tallas más pequeña llena de rotos para evitar que reviente por la presión. El pelo está rapado excepto por una delicada cresta verde que recorre la parte central de su cabeza. Con determinadas palabras, el piercing de la lengua intenta escapar entre estallidos de saliva.
- Pero a ver… si es que es muy listo; yo la dejo entreabierta para que no huela a cerrao y no sé cómo sabe que está abierta y entra a beber – contesta su compañero. Éste me deja intrigado, pues su camiseta debe valer el doble que mis vaqueros Carrefour pero sus pantalones tienen pinta de haber sido robados un mendigo.
Luego lo noto. A veces me descuido y me visto con lo primero que encuentro, y normalmente ir con Andrés significa saltar charcos y atravesar ríos de sustancias extrañas. Mis zapatillas tienen un agujero, y un charco que deseo que sea agua empieza a entrar, malicioso, y mojar mis calcetines.
Sigo mi alegre expedición con una leve sonrisa en la cara.
- ¡Te he dicho que no me dejes jeringuillas en la cama! ¡Que luego cualquiera se tira y se pincha! – grita un exaltado de ropas oscuras y pelo rapado.
- Dulces patanes – me digo.
Por fortuna nadie me escucha porque están ocupados, tirados en el suelo o discutiendo entre ellos, o ignorando a ese imbécil que camina dando saltitos y no pueden catalogar porque no viste según un modelo predefinido.
La sonrisa del perro con olor a mierda en sus mandíbulas me dura poco.
- Tío, va a haber movida el sábado en Princesa. Hay una manifestación con el notas de Fuerza Nueva o como se llame y van a ir mazo de cerdos.
- Habrá que hacer algo, ¿no?
- Sí, no sé, ya se ha corrido la voz y vamos a quedar un huevo de personas para darles bien.
- Yo – interrumpe la discusión de los dos amigos un tercer chaval, algo más pequeño y bastante más feo que el resto de los habitantes: lleva la cara llena de granos rojos y purulentos y la piel reluce y palpita por el sebo subcutáneo. Lleva los pelos de punta, cortos y aceitosos, y un par de muñequeras con pinchos – puedo ser de ayuda. Con las manos desnudas soy un mierda, pero como coja un palo o algo soy mortal.
Me reiría si no supiera de qué coño estaban hablando. Me preocupa que mi amigo se meta en una pelea multitudinaria sin más motivo que zurrar por zurrar. Demostrar quién es más fuerte. Quién tiene más razón.
Vuelvo sobre mis pasos y una chica joven, de mirada triste y pelo violeta y lacio anuncia que va a empezar a hacer la comida. Busco a Andrés entre la gente y le veo al fondo, con el editor del fanzine, tirados los dos sobre unas colchonetas.
- Yo creía que me vendían buena hierba, pero lo tuyo es una pasada – dice mi (me da igual si lo acaba siendo o no) futuro editor.
- Me la traen del pueblo mis colegas – contesta Andrés, henchido de orgullo.
El pueblo. Andrés fue normal antes que heavy, heavy antes que punki. Sus amigos del pueblo, según cambiaban de gustos, le modificaban a él. Es bastante sugestionable, pero sigue siendo muy buena gente y no merece la pena despreciarle por cosas como esas. Aunque a veces, como en este caso, puedan empujarle a una pelea innecesaria.
- Tío – le digo preocupado.
Me mira un poco ido, pero sigue con los pies en la tierra.
- Tío, ¿nos vamos? – le suplico. Sé que no bastará con un simple ruego y añado -. Tengo que hacer un trabajo para la universidad y necesitaré lo que queda de tarde.
Sin sospechar mis intenciones, Andrés se levanta del rincón y se despide de su colega. A punto estoy de dar un suspiro de alivio, por eso de haber llegado a tiempo y evitado que le contaran lo de Princesa, cuando su amigo arroja un berrido que hace temblar el porro entre sus manos.
- ¡No te olvides de este sábado que viene!
La chica que anunció la comida deposita agua de una jarra y puñados de macarrones en una bandeja casera metálica, que a su vez reposa sobre una vieja estufa. La gente se apiña alrededor, y parece que entre todos quieran dar el suficiente calor en sus cuerpos para que el agua hierva.
Estoy tan asqueado de todo que olvido discutir con Andrés acerca de la pelea del sábado. Salgo cabreado con el mundo, como si me acabaran de contar un chiste malicioso que siempre intuí pero nunca había conseguido recordar hasta ese momento.
¿A qué cojones sabrían esos macarrones?
-------------------------------------------------------------
Da comienzo un nuevo cuento largo, quizá no tan largo como Camarero, pero que espero, guste igual a mis pocos fans.
Y aquí ando, contando las humedades de un techo que se cae a pedazos, en una casa ocupada donde Andrés quiere presentar un artículo mío a unos “camaradas”.
- Sí, mira, te traigo un artículo para Semanal Radikal – dice mi amigo, confiado.
- Primero voy a descansar un poco, que hemos tenido movida esta mañana… estábamos tan tranquilos en Tirso, ¿no? Y nos viene un negro borracho y venga a intentar darnos botellazos… cómo se resistía el muy cabrón.
Al segundo desenfundó papel, tabaco y una china y se puso a liarse un peta.
Yo paso de todo eso, y empiezo a caminar por toda la casa como si fuera un abducido en una nave alienígena: la comparación no es mala, no sé si soy yo que acabo de bajar de Saturno, o son ellos los que viven de forma perenne allí.
Un par de habitaciones al fondo un perro pasa a mi lado y tiene el peor aliento que he olido jamás en un animal. Deduzco que es por falta de higiene o alguna cosa del estilo, pero una pareja enfrente aclara, con su discusión, el dilema.
- ¡Joder! ¡Cuántas veces te he dicho que cierres la puerta del puto váter, que entra el perro y se pone a lamer el agua llena de mierda! ¡Luego va apestando, maldita sea! – recrimina una chica delgada, pequeña, con pantalones anchos y una camiseta dos tallas más pequeña llena de rotos para evitar que reviente por la presión. El pelo está rapado excepto por una delicada cresta verde que recorre la parte central de su cabeza. Con determinadas palabras, el piercing de la lengua intenta escapar entre estallidos de saliva.
- Pero a ver… si es que es muy listo; yo la dejo entreabierta para que no huela a cerrao y no sé cómo sabe que está abierta y entra a beber – contesta su compañero. Éste me deja intrigado, pues su camiseta debe valer el doble que mis vaqueros Carrefour pero sus pantalones tienen pinta de haber sido robados un mendigo.
Luego lo noto. A veces me descuido y me visto con lo primero que encuentro, y normalmente ir con Andrés significa saltar charcos y atravesar ríos de sustancias extrañas. Mis zapatillas tienen un agujero, y un charco que deseo que sea agua empieza a entrar, malicioso, y mojar mis calcetines.
Sigo mi alegre expedición con una leve sonrisa en la cara.
- ¡Te he dicho que no me dejes jeringuillas en la cama! ¡Que luego cualquiera se tira y se pincha! – grita un exaltado de ropas oscuras y pelo rapado.
- Dulces patanes – me digo.
Por fortuna nadie me escucha porque están ocupados, tirados en el suelo o discutiendo entre ellos, o ignorando a ese imbécil que camina dando saltitos y no pueden catalogar porque no viste según un modelo predefinido.
La sonrisa del perro con olor a mierda en sus mandíbulas me dura poco.
- Tío, va a haber movida el sábado en Princesa. Hay una manifestación con el notas de Fuerza Nueva o como se llame y van a ir mazo de cerdos.
- Habrá que hacer algo, ¿no?
- Sí, no sé, ya se ha corrido la voz y vamos a quedar un huevo de personas para darles bien.
- Yo – interrumpe la discusión de los dos amigos un tercer chaval, algo más pequeño y bastante más feo que el resto de los habitantes: lleva la cara llena de granos rojos y purulentos y la piel reluce y palpita por el sebo subcutáneo. Lleva los pelos de punta, cortos y aceitosos, y un par de muñequeras con pinchos – puedo ser de ayuda. Con las manos desnudas soy un mierda, pero como coja un palo o algo soy mortal.
Me reiría si no supiera de qué coño estaban hablando. Me preocupa que mi amigo se meta en una pelea multitudinaria sin más motivo que zurrar por zurrar. Demostrar quién es más fuerte. Quién tiene más razón.
Vuelvo sobre mis pasos y una chica joven, de mirada triste y pelo violeta y lacio anuncia que va a empezar a hacer la comida. Busco a Andrés entre la gente y le veo al fondo, con el editor del fanzine, tirados los dos sobre unas colchonetas.
- Yo creía que me vendían buena hierba, pero lo tuyo es una pasada – dice mi (me da igual si lo acaba siendo o no) futuro editor.
- Me la traen del pueblo mis colegas – contesta Andrés, henchido de orgullo.
El pueblo. Andrés fue normal antes que heavy, heavy antes que punki. Sus amigos del pueblo, según cambiaban de gustos, le modificaban a él. Es bastante sugestionable, pero sigue siendo muy buena gente y no merece la pena despreciarle por cosas como esas. Aunque a veces, como en este caso, puedan empujarle a una pelea innecesaria.
- Tío – le digo preocupado.
Me mira un poco ido, pero sigue con los pies en la tierra.
- Tío, ¿nos vamos? – le suplico. Sé que no bastará con un simple ruego y añado -. Tengo que hacer un trabajo para la universidad y necesitaré lo que queda de tarde.
Sin sospechar mis intenciones, Andrés se levanta del rincón y se despide de su colega. A punto estoy de dar un suspiro de alivio, por eso de haber llegado a tiempo y evitado que le contaran lo de Princesa, cuando su amigo arroja un berrido que hace temblar el porro entre sus manos.
- ¡No te olvides de este sábado que viene!
La chica que anunció la comida deposita agua de una jarra y puñados de macarrones en una bandeja casera metálica, que a su vez reposa sobre una vieja estufa. La gente se apiña alrededor, y parece que entre todos quieran dar el suficiente calor en sus cuerpos para que el agua hierva.
Estoy tan asqueado de todo que olvido discutir con Andrés acerca de la pelea del sábado. Salgo cabreado con el mundo, como si me acabaran de contar un chiste malicioso que siempre intuí pero nunca había conseguido recordar hasta ese momento.
¿A qué cojones sabrían esos macarrones?
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Da comienzo un nuevo cuento largo, quizá no tan largo como Camarero, pero que espero, guste igual a mis pocos fans.
En el desierto (cuento de juventud)
Dale llevaba mucho tiempo caminando por el desierto Atlántico, en busca del tesoro del I-52. Era uno de los pocos que se atrevían a hacerlo por aquellos polvorientos senderos llenos de putrefacción y bestias mutantes. Iba sólo ahora, pero antes le acompañaban dos soldados más. No tuvo más remedio que matarlos y comérselos para sobrevivir.
Era realmente molesto para Dale caminar, pero no había otro remedio. No había gasolina para vehículos, ni las energías alternativas estaban lo suficientemente desarrolladas, ni había sobrevivido al cataclismo solar la tecnología necesaria.
Su rango, oh claro, su rango era el de Sargento. Sargento de uno de los numerosos comandos que se encargaban de buscar las riquezas perdidas en los fondos oceánicos, secos por culpa de unas violentas reacciones solares que duraron seis días. A él y a sus subordinados les encomendaron la misión de hallar un submarino cargado con oro, y tenían bien claro que sus superiores en los Estados Unidos no admitirían un regreso con las manos vacías. Sus hombres eran valientes, pero no lo bastante. Les mató porque ante la presión se volvieron unos sucios y cobardes bastardos, mira que querer volver a casa...
Nunca se había encontrado a nadie, pero a lo lejos le pareció ver una figura humana... no, no puede ser. Debe ser uno de esos organismos mutantes, una de esas sucias bestias que cambian de forma para sobrevivir. Es imposible... pero podría ser de verdad una persona. Su estómago crujía como una de esas cosas... cómo se llamaban... árboles, eso, árboles. Su estómago crujía como un árbol seco, por lo que no podía ignorar la posibilidad de encontrarse un compañero, o una posible cena.
Descubrió, a unos cinco metros de distancia, que tenía el aspecto de un soldado... ¿Un soldado? No sonaba bien... ¿le daban ya por muerto? ¿Habían movilizado un nuevo equipo? ¿Pensaban que fracasó? El caso es que el uniforme era muy parecido. Sin embargo, al acercarse más, se fijó en una insignia diferente en la camisa del soldado. Es de África, es un soldado africano, pensó. ¿Pero cómo si es blanco? Puede que en realidad fuese un cambia formas. O puede que sea una persona de verdad. ¿El hecho de estar en África, de nacer allí, te transforma en una persona de color negro? Dudando, con las piernas débiles, avanzó hasta encontrárselo de frente. El tipo pareció darse cuenta de su presencia cuando estaba a menos de medio metro de él.
- ¿Rango, soldado?
- Geoff Johns, señor, Cabo 1º del ejército del África Unida. ¿Y usted?
- Dale Keown, Sargento de los marines de los gloriosos Estados Unidos de América. Eso me convierte en su superior ¿ha oído?
- ¡Señor, sí señor!
- Muy bien... estoy buscando un submarino, el I-52. El I-52 era un submarino japonés que, después de hacer una parada técnica en Singapur, tenía que llegar a la Francia ocupada durante la II Gran Guerra. Entre su carga, había 2 toneladas de oro. Tenía más de 90 tripulantes, que procuraban tener la mínima actividad para consumir menos oxígeno ¿sabes? El viaje duró varios meses, hasta que los aliados interceptaron los mensajes que hablaban de este submarino, y decidieron asaltarlo. Así, cuando descubrieron que el submarino haría una parada en el Atlántico para intercambiar tripulación con un submarino alemán, decidieron atacarle. El U.S.S. Vogue, un buque de carga habilitado para el despegue de aviones que hundían muchos submarinos debido a que atacaban en pleno mar, se encargó de hundirle, concretamente en la posición 15 grados de latitud norte y 40 grados de longitud oeste. Según los cálculos de nuestros científicos y mentats, la corriente debió arrastrar los restos más de 25 kilómetros desde el sitio donde fue hundido, contando con las violentas mareas que provocó la primera fase del cataclismo solar. ¿Ha entendido la historia, cabo?
- ¡Señor, sí señor!
- Los Estados Unidos mandaron a un equipo de tres personas para encontrar el oro, y en ese equipo estaba y mandaba yo. Lo malo es que nuestros científicos no pudieron calcular en qué dirección se movieron los restos, por lo que desde el punto 15 grados latitud norte y 40 grados latitud oeste se establece un radio de 25 km. Partimos de la orilla de nuestras costas, lo que significa que andamos una burrada de kilómetros, sólo para ser atacados por esas bestias... cuando ya no teníamos ni municiones ni comida ni agua, mis compañeros hablaron de volver. Cobardes hijos de puta... los tuve que matar. Y aquí estoy. Me he encontrado a un saco de mierda por el camino, y todavía no sé la situación del submarino, así que ¿qué debo hacer contigo?
- ¿Escucharme?
- Continúe... Procuraré obviar el hecho de que podría fusilarle y comerme sus restos durante días...
- ¡Señor, a cuarenta kilómetros al oeste encontré varias toneladas de hierro y oro! ¡Precisamente ahora me dirigía a informar a mis superiores!
- Y... dime. ¿Qué pensaréis hacer con ese oro?
- ¡Salir de nuestro agujero económico, porque entre el oro y la penosa situación económica del mundo nos podremos convertir en una gran potencia, y comprar toda la comida que podamos, señor! Al menos, la poca que queda.
- ¡Soldado! ¿Sabía que en América no hay comida, y que necesitamos este oro para comprarla?
- ¿Y qué? ¡Mi país llegó antes!
- ¿Cómo que y qué? –gritó Dale, furioso. Sacó su pistola, disparó en la cabeza a Geoff y escupió sobre su cadáver. Se acercó a él, le montó al hombro, y dándole palmadas en la espalda mientras caminaba, sentenció -. Pues que los ricos siempre comemos primero, cabronazo.
Era realmente molesto para Dale caminar, pero no había otro remedio. No había gasolina para vehículos, ni las energías alternativas estaban lo suficientemente desarrolladas, ni había sobrevivido al cataclismo solar la tecnología necesaria.
Su rango, oh claro, su rango era el de Sargento. Sargento de uno de los numerosos comandos que se encargaban de buscar las riquezas perdidas en los fondos oceánicos, secos por culpa de unas violentas reacciones solares que duraron seis días. A él y a sus subordinados les encomendaron la misión de hallar un submarino cargado con oro, y tenían bien claro que sus superiores en los Estados Unidos no admitirían un regreso con las manos vacías. Sus hombres eran valientes, pero no lo bastante. Les mató porque ante la presión se volvieron unos sucios y cobardes bastardos, mira que querer volver a casa...
Nunca se había encontrado a nadie, pero a lo lejos le pareció ver una figura humana... no, no puede ser. Debe ser uno de esos organismos mutantes, una de esas sucias bestias que cambian de forma para sobrevivir. Es imposible... pero podría ser de verdad una persona. Su estómago crujía como una de esas cosas... cómo se llamaban... árboles, eso, árboles. Su estómago crujía como un árbol seco, por lo que no podía ignorar la posibilidad de encontrarse un compañero, o una posible cena.
Descubrió, a unos cinco metros de distancia, que tenía el aspecto de un soldado... ¿Un soldado? No sonaba bien... ¿le daban ya por muerto? ¿Habían movilizado un nuevo equipo? ¿Pensaban que fracasó? El caso es que el uniforme era muy parecido. Sin embargo, al acercarse más, se fijó en una insignia diferente en la camisa del soldado. Es de África, es un soldado africano, pensó. ¿Pero cómo si es blanco? Puede que en realidad fuese un cambia formas. O puede que sea una persona de verdad. ¿El hecho de estar en África, de nacer allí, te transforma en una persona de color negro? Dudando, con las piernas débiles, avanzó hasta encontrárselo de frente. El tipo pareció darse cuenta de su presencia cuando estaba a menos de medio metro de él.
- ¿Rango, soldado?
- Geoff Johns, señor, Cabo 1º del ejército del África Unida. ¿Y usted?
- Dale Keown, Sargento de los marines de los gloriosos Estados Unidos de América. Eso me convierte en su superior ¿ha oído?
- ¡Señor, sí señor!
- Muy bien... estoy buscando un submarino, el I-52. El I-52 era un submarino japonés que, después de hacer una parada técnica en Singapur, tenía que llegar a la Francia ocupada durante la II Gran Guerra. Entre su carga, había 2 toneladas de oro. Tenía más de 90 tripulantes, que procuraban tener la mínima actividad para consumir menos oxígeno ¿sabes? El viaje duró varios meses, hasta que los aliados interceptaron los mensajes que hablaban de este submarino, y decidieron asaltarlo. Así, cuando descubrieron que el submarino haría una parada en el Atlántico para intercambiar tripulación con un submarino alemán, decidieron atacarle. El U.S.S. Vogue, un buque de carga habilitado para el despegue de aviones que hundían muchos submarinos debido a que atacaban en pleno mar, se encargó de hundirle, concretamente en la posición 15 grados de latitud norte y 40 grados de longitud oeste. Según los cálculos de nuestros científicos y mentats, la corriente debió arrastrar los restos más de 25 kilómetros desde el sitio donde fue hundido, contando con las violentas mareas que provocó la primera fase del cataclismo solar. ¿Ha entendido la historia, cabo?
- ¡Señor, sí señor!
- Los Estados Unidos mandaron a un equipo de tres personas para encontrar el oro, y en ese equipo estaba y mandaba yo. Lo malo es que nuestros científicos no pudieron calcular en qué dirección se movieron los restos, por lo que desde el punto 15 grados latitud norte y 40 grados latitud oeste se establece un radio de 25 km. Partimos de la orilla de nuestras costas, lo que significa que andamos una burrada de kilómetros, sólo para ser atacados por esas bestias... cuando ya no teníamos ni municiones ni comida ni agua, mis compañeros hablaron de volver. Cobardes hijos de puta... los tuve que matar. Y aquí estoy. Me he encontrado a un saco de mierda por el camino, y todavía no sé la situación del submarino, así que ¿qué debo hacer contigo?
- ¿Escucharme?
- Continúe... Procuraré obviar el hecho de que podría fusilarle y comerme sus restos durante días...
- ¡Señor, a cuarenta kilómetros al oeste encontré varias toneladas de hierro y oro! ¡Precisamente ahora me dirigía a informar a mis superiores!
- Y... dime. ¿Qué pensaréis hacer con ese oro?
- ¡Salir de nuestro agujero económico, porque entre el oro y la penosa situación económica del mundo nos podremos convertir en una gran potencia, y comprar toda la comida que podamos, señor! Al menos, la poca que queda.
- ¡Soldado! ¿Sabía que en América no hay comida, y que necesitamos este oro para comprarla?
- ¿Y qué? ¡Mi país llegó antes!
- ¿Cómo que y qué? –gritó Dale, furioso. Sacó su pistola, disparó en la cabeza a Geoff y escupió sobre su cadáver. Se acercó a él, le montó al hombro, y dándole palmadas en la espalda mientras caminaba, sentenció -. Pues que los ricos siempre comemos primero, cabronazo.
Jovencitas Calientes
El tipo fue al chino a comprar algo de cinta de embalaje y unas pilas, y no pudo evitar mirar la selección de películas porno. Al principio desviaba la vista como si no hubiera allí ninguna estantería, las baldas llenas de cintas de video nuevas en la parte inferior y deuvedés porno en la superior. Caminó hasta el fondo de la tienda, buscando la dichosa cinta, y cuando la tuvo en sus manos se sorprendió pensando en esos discos… intentó reflexionar al respecto: estaba casado desde hacía varios años, tenía hijos, ya adultos, y el sexo en parte había perdido mucho aliciente. Ni su cuerpo ni el de su esposa eran ninguna maravilla, y de hecho ambos habían engordado a lo largo del tiempo, hasta que eso de follar quedó sustituido por amor meramente platónico.
Qué demonios, pensó mientras cogía una película, Jovencitas Calientes, con una rubia disfrazada de colegiala, de pechos turgentes y pezones pequeñitos y sonrosados, descubiertos bajo una camiseta enrollada hasta el cuello. Con una mano se levantaba la falda a cuadros y con la otra lamía una piruleta mientras observaba al posible comprador con ojos zalameros.
Pagó ocho euros por todo y se marchó a casa, con la película escondida entre los pliegues de su abrigo.
Una semana después pudo, por fin, quedarse una mañana solo en casa. Su mujer había ido a ver a una de sus hermanas y los chicos fueron con sus amigos a una sesión matutina en el cine. Calculó que, en unas tres horas, nadie le molestaría, y podría ver al fin la mercancía que había comprado.
Je. Mercancía, pensó. Como si fuera a drogarse o algo así. Sólo por eso, se excitó un poco más. Estaba expectante, casi ansioso, de observar a aquella rubia en acción. Moverse y gemir, y si tenía alguna amiga en el juego, mejor.
Vamos, vamos, vamos. Con una suave erección vio al reproductor engullir el disco, y acogió con entusiasmo y los pantalones bajados, ya sentado sobre el sofá, la película… ¿”Colegialas Cachondas”? Sin desagradarle el nuevo título, se vio algo decepcionado. Había pagado por “Jovencitas Calientes”, ¿y si aquella rubia no salía?
No importa, se dijo, en estas películas siempre salen mozas bien dotadas.
Con la pija en la mano, casi a punto, vio a un trío de horribles inglesas, de dientes torcidos y caras de escaso atractivo, cuerpos carentes de erotismo, seducir a un pobre joven, éste sí bien parecido. Casi sintió lástima de la escena, soltó su polla fláccida y con las manos empapadas en sudor, sacó el disco y lo guardó en la caja.
Se sentía decepcionado, por la erección y el dinero perdidos. Se sentía vencido por el chino, y eso que el pobre hombre que le atendió ni sabría lo que había debajo de aquella carátula; no se atrevería a devolver la película y hacer pasar por un mal trago al vendedor y a sí mismo.
Al final, la película quedó escondida encima de unos viejos libros que, confiaba, nadie tocaría nunca.
Ni siquiera él.
Seth Fortuyn, cronista de fracasos cotidianos.
Qué demonios, pensó mientras cogía una película, Jovencitas Calientes, con una rubia disfrazada de colegiala, de pechos turgentes y pezones pequeñitos y sonrosados, descubiertos bajo una camiseta enrollada hasta el cuello. Con una mano se levantaba la falda a cuadros y con la otra lamía una piruleta mientras observaba al posible comprador con ojos zalameros.
Pagó ocho euros por todo y se marchó a casa, con la película escondida entre los pliegues de su abrigo.
Una semana después pudo, por fin, quedarse una mañana solo en casa. Su mujer había ido a ver a una de sus hermanas y los chicos fueron con sus amigos a una sesión matutina en el cine. Calculó que, en unas tres horas, nadie le molestaría, y podría ver al fin la mercancía que había comprado.
Je. Mercancía, pensó. Como si fuera a drogarse o algo así. Sólo por eso, se excitó un poco más. Estaba expectante, casi ansioso, de observar a aquella rubia en acción. Moverse y gemir, y si tenía alguna amiga en el juego, mejor.
Vamos, vamos, vamos. Con una suave erección vio al reproductor engullir el disco, y acogió con entusiasmo y los pantalones bajados, ya sentado sobre el sofá, la película… ¿”Colegialas Cachondas”? Sin desagradarle el nuevo título, se vio algo decepcionado. Había pagado por “Jovencitas Calientes”, ¿y si aquella rubia no salía?
No importa, se dijo, en estas películas siempre salen mozas bien dotadas.
Con la pija en la mano, casi a punto, vio a un trío de horribles inglesas, de dientes torcidos y caras de escaso atractivo, cuerpos carentes de erotismo, seducir a un pobre joven, éste sí bien parecido. Casi sintió lástima de la escena, soltó su polla fláccida y con las manos empapadas en sudor, sacó el disco y lo guardó en la caja.
Se sentía decepcionado, por la erección y el dinero perdidos. Se sentía vencido por el chino, y eso que el pobre hombre que le atendió ni sabría lo que había debajo de aquella carátula; no se atrevería a devolver la película y hacer pasar por un mal trago al vendedor y a sí mismo.
Al final, la película quedó escondida encima de unos viejos libros que, confiaba, nadie tocaría nunca.
Ni siquiera él.
Seth Fortuyn, cronista de fracasos cotidianos.
Esa Viuda Encabronada
La viuda contemplaba lo que quedaba de su marido con cierto aire despectivo. En un principio se preguntó por qué le pasaba a ella; hacía un par de años que trataba de imaginarse el escenario en el que ahora nadaba. Fantaseó con la posibilidad de hundirse, de verse tragada por la marea de acontecimientos, y al final, acogiendo la muerte como algo natural y casi liberador. Pero ahora no era así, sólo quería vivir cuanto pudiera, y sabía que lamentaría el día en que se sumergiera en la muerte.
Recordó todas aquellas cosas feas que confesó su marido, ya encamado, como expiación, como para ganarse el cielo a golpe de palabra sincera después de una vida de mentiras.
Y la viuda, indignada, dio un último beso al jarrón con las cenizas de su marido y lo lanzó a la basura, y se aseguró de echar encima toda la basura que pudo hasta que se vio obligada a cambiar de bolsa.
Seth Fortuyn, Billy El Niño nunca lo hizo
Recordó todas aquellas cosas feas que confesó su marido, ya encamado, como expiación, como para ganarse el cielo a golpe de palabra sincera después de una vida de mentiras.
Y la viuda, indignada, dio un último beso al jarrón con las cenizas de su marido y lo lanzó a la basura, y se aseguró de echar encima toda la basura que pudo hasta que se vio obligada a cambiar de bolsa.
Seth Fortuyn, Billy El Niño nunca lo hizo
Joder, qué noche
Me despedí de mi guapa novia con un beso a pocos metros del supermercado donde trabajo. No queríamos que nadie nos viera, y el beso fue apasionado y algo furtivo por la forma de escondernos.
Entré en el Champion como si me fuera a comer el mundo, dejando tras de mí una tarde maravillosa y dos camiones en la entrada, lo que me llevaba a calcular que sobre las doce, doce y media de la noche saldría.
Unos cuantos saludos dieron paso a la exquisita, en apariencia, imagen del pasillo de entrada de mercancías a oscuras, y de la pantalla del montacargas con dos rayitas en lugar de un número, dos rayitas signo inequívoco de que estaba estropeado, y no pensaba ponerse en marcha.
En efecto, cuando bajé al sótano el encargado andaba de un lado para otro intentando arreglar todo aquello como era capaz, y dado que no tenía conocimientos de electrónica (y creo, no sabe ni cambiar una bombilla) no se atrevió a tocar el panel de control principal, lleno de ranuras para tarjetas, cajetines, cables, tornillos y placas.
- Oye, Carlos - dijo el encargado, llamando por teléfono al antiguo gerente del sitio; los matados de la noche, los parias del Champion, que éramos nosotros, escuchábamos atentos en un segundo plano -, que el montacargas se ha estropeado... sí, sí... justo, he mirado en ambos cajetines... sí, y nada... oh, ese también... ya... pero no meto la mano ahí, ¿sabes? No tengo ni idea y no quiero meter la mano... sí, vale. Venga, gracias. Hasta luego...
Nos sonreímos como si nos dijeran que nos había tocado la lotería, y así era. Con un poco de suerte, los dos camiones que había a la entrada ni siquiera tendrían que descargar su mercancía. Subiríamos la basura y espereraríamos a que vinieran los basureros, y eso sería todo; pero como oí en una película: "Sí bueno, pero no empecemos a chuparnos las pollas todavía".
- Chicos, el montacargas sigue estropeado, pero tenéis que descargar los dos camiones.
- ¿Y qué hacemos con la mercancía, la acumulamos como podamos? - preguntó Israel, suspicaz.
- Sí, no sé, dejadlos por ahí y ya por la mañana arreglamos el estropicio. De todas formas, va a venir aquí Raúl y ya os indicará.
Nos echamos las manos a la cabeza. El gerente, un mamón ignorante de los que te apuñalan con una sonrisa de medio lado, de los que te enculan gritando alguna canción americana country.
Diez minutos después el encargado se había marchado, y Raúl estaría al caer. Hicimos la basura y descargamos los camiones lo más rápido que se podía hacer, subiendo enormes palés por el frágil montacargas para carritos de los clientes.
A punto de empezar el segundo, san Raúl llegó a iluminarnos la noche, patrón del electricismo con suerte, santo y mártir de la causa del supermercado. Apartó a Israel a un lado, y nos dejó al resto haciendo el trabajo.
Las luces de las tres plantas (sótano, baja y superior) parpadeaban a intervalos casi regulares, fluctuaban y con cada apagón, los contadores de carnicería y pescadería emitían una serie de pitidos molestos. Me estaba molestando y mucho, el puto Raúl. Como si encender y apagar la luz de un cuarto fuera a arreglar la jodida bombilla fundida. Israel me contaría, varias horas después, que el señor gerente andaba trasteando con un boli metálico en aquel panel que daba miedo, lleno de cables, ranuras para tarjetas, placas sobreimpresas y tornillos bien ajustados; me contaría que maldecía con cada toqueteo como si la vida le fuera en ello, y que él deseaba con todas sus putas fuerzas, mientras se cagaba en su alma, de que se quedara pajarito en el sitio.
No hubo suerte, claro.
De entre las escaleras Raúl subió, vete a saber por qué. Y salió fuera, y vio que el camionero, después de esperar más de dos horas a que le descargasen, se negaba a tener más trabajo y a montar en su trasto las torres de palés vacíos, y vio Raúl que esto no era bueno. Se dirigió al camionero con el mismo tono con el que un cuidador del zoo hablase a un orangután con problemas mentales, entre enfadado y despectivo, qué cabrón, pensaría que era más guapo, más listo y con la polla más grande que ese pelucho de mierda que se negaba a acatar sus órdenes. Entró indignadísmo, y el camión se alejaba al final de la calle.
De nuevo, Raúl maldecía y el dichoso ascensor sin funcionar. Habría como dieciocho palés que no podrían subirse. Volvió a bajar al sótano, y volvió a toquetear con su bolígrafo metálico, hablando con tono de mierda a Israel, maldiciendo como un Haddock de salón.
Y el puto ascensor, ese montacargas, se puso a funcionar.
Joder.
De nuevo el binomio Raúl - Israel subía, dicharachero el primero, pesumbroso el segundo, por las escaleras.
- No os precupéis - dijo el jefe -, si os tenéis que quedar hasta las tres a que termine el electricista, que debe estar al caer, os quedáis. Se os pagarán las horas extras.
¿Para qué se iba a molestar el muy hijoputa en pensar que quizás, queríamos salir de allí, que teníamos una vida fuera que nos estaba esperando? No daba opción, era quedarse o quedarse.
San Raúl dio voces al pobre electricista y se despidió con una sonrisa tímida en los labios, dando orden de subir la mitad de la mercancía y dejar en el sótano el resto. Además, había que bajar el papel higiénico al almacén, con lo que nos costó subirlo; había que dejar los palés únicos en su sitio, en el hueco de la pared que les correspondiese.
Si fuera verdad que te pitan los oídos cuando alguien habla mal de ti a tus espaldas, san Raúl (señor, sí señor, gracias por arreglar el montacargas, señor, eternamente agradecidos) habría puesto un pie fuera del supermercado y habría caido al suelo con un gesto de dolor profundo y las orejas sangrando. Sería una linda escena.
A las dos, cualquier tipo de ganas de salir de marcha quedaron sepultadas por la estampa de una cama. Queríamos dormir y queríamos nuestra cama, y lo que nos daba fuerzas la última hora de curro, mientras arrastrábamos nuestras gastadas zapatillas por el suelo ennegrecido del Champion, era el hogar.
Entré a mi casa, dispuesto a comerme la cama, dejando tras de mí una noche de mierda y cinco horas y media de trabajo, con los pelos continuamente erizados, sacudidos por descargas eléctricas de odio concentrado.
Y esta vez, sí pude comerme la cama durante unas cuantas horas.
Seth Fortuyn
Entré en el Champion como si me fuera a comer el mundo, dejando tras de mí una tarde maravillosa y dos camiones en la entrada, lo que me llevaba a calcular que sobre las doce, doce y media de la noche saldría.
Unos cuantos saludos dieron paso a la exquisita, en apariencia, imagen del pasillo de entrada de mercancías a oscuras, y de la pantalla del montacargas con dos rayitas en lugar de un número, dos rayitas signo inequívoco de que estaba estropeado, y no pensaba ponerse en marcha.
En efecto, cuando bajé al sótano el encargado andaba de un lado para otro intentando arreglar todo aquello como era capaz, y dado que no tenía conocimientos de electrónica (y creo, no sabe ni cambiar una bombilla) no se atrevió a tocar el panel de control principal, lleno de ranuras para tarjetas, cajetines, cables, tornillos y placas.
- Oye, Carlos - dijo el encargado, llamando por teléfono al antiguo gerente del sitio; los matados de la noche, los parias del Champion, que éramos nosotros, escuchábamos atentos en un segundo plano -, que el montacargas se ha estropeado... sí, sí... justo, he mirado en ambos cajetines... sí, y nada... oh, ese también... ya... pero no meto la mano ahí, ¿sabes? No tengo ni idea y no quiero meter la mano... sí, vale. Venga, gracias. Hasta luego...
Nos sonreímos como si nos dijeran que nos había tocado la lotería, y así era. Con un poco de suerte, los dos camiones que había a la entrada ni siquiera tendrían que descargar su mercancía. Subiríamos la basura y espereraríamos a que vinieran los basureros, y eso sería todo; pero como oí en una película: "Sí bueno, pero no empecemos a chuparnos las pollas todavía".
- Chicos, el montacargas sigue estropeado, pero tenéis que descargar los dos camiones.
- ¿Y qué hacemos con la mercancía, la acumulamos como podamos? - preguntó Israel, suspicaz.
- Sí, no sé, dejadlos por ahí y ya por la mañana arreglamos el estropicio. De todas formas, va a venir aquí Raúl y ya os indicará.
Nos echamos las manos a la cabeza. El gerente, un mamón ignorante de los que te apuñalan con una sonrisa de medio lado, de los que te enculan gritando alguna canción americana country.
Diez minutos después el encargado se había marchado, y Raúl estaría al caer. Hicimos la basura y descargamos los camiones lo más rápido que se podía hacer, subiendo enormes palés por el frágil montacargas para carritos de los clientes.
A punto de empezar el segundo, san Raúl llegó a iluminarnos la noche, patrón del electricismo con suerte, santo y mártir de la causa del supermercado. Apartó a Israel a un lado, y nos dejó al resto haciendo el trabajo.
Las luces de las tres plantas (sótano, baja y superior) parpadeaban a intervalos casi regulares, fluctuaban y con cada apagón, los contadores de carnicería y pescadería emitían una serie de pitidos molestos. Me estaba molestando y mucho, el puto Raúl. Como si encender y apagar la luz de un cuarto fuera a arreglar la jodida bombilla fundida. Israel me contaría, varias horas después, que el señor gerente andaba trasteando con un boli metálico en aquel panel que daba miedo, lleno de cables, ranuras para tarjetas, placas sobreimpresas y tornillos bien ajustados; me contaría que maldecía con cada toqueteo como si la vida le fuera en ello, y que él deseaba con todas sus putas fuerzas, mientras se cagaba en su alma, de que se quedara pajarito en el sitio.
No hubo suerte, claro.
De entre las escaleras Raúl subió, vete a saber por qué. Y salió fuera, y vio que el camionero, después de esperar más de dos horas a que le descargasen, se negaba a tener más trabajo y a montar en su trasto las torres de palés vacíos, y vio Raúl que esto no era bueno. Se dirigió al camionero con el mismo tono con el que un cuidador del zoo hablase a un orangután con problemas mentales, entre enfadado y despectivo, qué cabrón, pensaría que era más guapo, más listo y con la polla más grande que ese pelucho de mierda que se negaba a acatar sus órdenes. Entró indignadísmo, y el camión se alejaba al final de la calle.
De nuevo, Raúl maldecía y el dichoso ascensor sin funcionar. Habría como dieciocho palés que no podrían subirse. Volvió a bajar al sótano, y volvió a toquetear con su bolígrafo metálico, hablando con tono de mierda a Israel, maldiciendo como un Haddock de salón.
Y el puto ascensor, ese montacargas, se puso a funcionar.
Joder.
De nuevo el binomio Raúl - Israel subía, dicharachero el primero, pesumbroso el segundo, por las escaleras.
- No os precupéis - dijo el jefe -, si os tenéis que quedar hasta las tres a que termine el electricista, que debe estar al caer, os quedáis. Se os pagarán las horas extras.
¿Para qué se iba a molestar el muy hijoputa en pensar que quizás, queríamos salir de allí, que teníamos una vida fuera que nos estaba esperando? No daba opción, era quedarse o quedarse.
San Raúl dio voces al pobre electricista y se despidió con una sonrisa tímida en los labios, dando orden de subir la mitad de la mercancía y dejar en el sótano el resto. Además, había que bajar el papel higiénico al almacén, con lo que nos costó subirlo; había que dejar los palés únicos en su sitio, en el hueco de la pared que les correspondiese.
Si fuera verdad que te pitan los oídos cuando alguien habla mal de ti a tus espaldas, san Raúl (señor, sí señor, gracias por arreglar el montacargas, señor, eternamente agradecidos) habría puesto un pie fuera del supermercado y habría caido al suelo con un gesto de dolor profundo y las orejas sangrando. Sería una linda escena.
A las dos, cualquier tipo de ganas de salir de marcha quedaron sepultadas por la estampa de una cama. Queríamos dormir y queríamos nuestra cama, y lo que nos daba fuerzas la última hora de curro, mientras arrastrábamos nuestras gastadas zapatillas por el suelo ennegrecido del Champion, era el hogar.
Entré a mi casa, dispuesto a comerme la cama, dejando tras de mí una noche de mierda y cinco horas y media de trabajo, con los pelos continuamente erizados, sacudidos por descargas eléctricas de odio concentrado.
Y esta vez, sí pude comerme la cama durante unas cuantas horas.
Seth Fortuyn
Pequeñeces
Estoy en la universidad y no puedo llegar a creérmelo. Me cuesta mucho porque he estado cuatro años pudríendome en un centro de mierda, hacinándome con buena gente, mala gente y profesores y helmintos, y verme en un sitio "para mayores" me aliena todavía más.
Tengo un problema. No es el síndrome de Peter Pan, es algo un poco más complejo. Me siento como si siguiera siendo pequeño, un niño jugando a ser mayor. Mi estatura, por supuesto, no ayuda en absoluto a borrar la sensación. Quiero decir, que me siento como un NIÑO que mira desde abajo a los MAYORES vivir sus vidas. Veo a muchos chavales más jóvenes que yo, o de aspecto más juvenil que yo, y los sigo viendo como si fueran adultos, y yo un mocoso de sexto de primaria, con sus enormes patas peludas fuera del tiesto, las uñas llenas de tierra corriendo junto a pies adultos, cerebro de niño en una carcasa deficientemente vertical de hombre de veinte años. Como si no tuviera que afeitarme o dejarme la barba para pedir dinero y blasfemar a las puertas de mi iglesia favorita. Como si no me colgaran los huevos, como si no me escocieran cada vez que alguien me jode.
No es algo que me preocupe especialmente, ni a lo que suela dar importancia. Quienes me conocen saben que no he renunciado (ni tengo pinta de renunciar) de mi faceta infantil, aunque sea de un modo moderadamente superficial. Pero a veces me reconcome, seguir pensando que los huevos Kinder cuestan cien pesetas y que ese chico de diecisiete años parece más mayor que yo, y sólo es un niñato estúpido haciendo movimientos pélvicos contra una farola.
Dios, el colegio, después de abandonarlo hace tantos años, ha conseguido vencerme.
A gu gu, ta ta (abrazo fuerte)
Seth Fortuyn, Duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá...
Tengo un problema. No es el síndrome de Peter Pan, es algo un poco más complejo. Me siento como si siguiera siendo pequeño, un niño jugando a ser mayor. Mi estatura, por supuesto, no ayuda en absoluto a borrar la sensación. Quiero decir, que me siento como un NIÑO que mira desde abajo a los MAYORES vivir sus vidas. Veo a muchos chavales más jóvenes que yo, o de aspecto más juvenil que yo, y los sigo viendo como si fueran adultos, y yo un mocoso de sexto de primaria, con sus enormes patas peludas fuera del tiesto, las uñas llenas de tierra corriendo junto a pies adultos, cerebro de niño en una carcasa deficientemente vertical de hombre de veinte años. Como si no tuviera que afeitarme o dejarme la barba para pedir dinero y blasfemar a las puertas de mi iglesia favorita. Como si no me colgaran los huevos, como si no me escocieran cada vez que alguien me jode.
No es algo que me preocupe especialmente, ni a lo que suela dar importancia. Quienes me conocen saben que no he renunciado (ni tengo pinta de renunciar) de mi faceta infantil, aunque sea de un modo moderadamente superficial. Pero a veces me reconcome, seguir pensando que los huevos Kinder cuestan cien pesetas y que ese chico de diecisiete años parece más mayor que yo, y sólo es un niñato estúpido haciendo movimientos pélvicos contra una farola.
Dios, el colegio, después de abandonarlo hace tantos años, ha conseguido vencerme.
A gu gu, ta ta (abrazo fuerte)
Seth Fortuyn, Duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá...
Camarero (Final)
Así pintaban las cosas, aunque yo tampoco salí ileso. Como acepté trabajar sin contrato, tengo abierto un expediente. Y las relaciones con la policía no mejoran si no confías en ellos para solucionar un problema.
Un día, a las cinco de la madrugada, vuelvo solo de dar una vuelta con mi novia cuando veo a Martín salir corriendo del Charlestón, y nada más emerger por la puerta, una llamarada cruza la calle. No hay nadie más alrededor, el único testigo soy yo. Y su mirada... creo que se ha vuelto majara.
- ¡¿Tú?! – grita, descosido por la frustración.
Y me mira como debió mirar Abraham a su hijo Isaac, obligado a sacrificarle para congraciarse con Dios. El único testigo de que el incendio no fue accidental, sino provocado: el único que podría señalarle con el dedo e impedir que cobre un cuantioso seguro.
Espero unos segundos la llegada de un ángel que me saque de ahí y me diga que todo es una broma del Señor.
Para entonces, este gorila se ha acercado a mí apestando a sudor y me ha propinado un puñetazo en la mandíbula.
No me dolía tanto desde el falso atraco. A punto estuve de desencajarme la boca.
A la luz de las llamas, Martín y yo resolvemos nuestras diferencias a puñetazos, como quizá debería haber sido desde el principio. Al hundir mi puño en su enorme tripa, pienso que esto es mucho mejor que las denuncias y los días de papeleos que me he tragado para llenar de mierda a Martín. Que lo único que diferencia a los intelectuales de los primitivos a lo que tanto gusta insultar es que saben formas más elaboradas de quitarte de en medio que el simple e instintivo garrotazo en la cabeza, pero en el fondo todos queremos coger nuestra porra.
La sangre salpica junto al fuego, y chisporrotea. El humo inunda la calle, y a pesar de que no podemos respirar, seguimos pegándonos.
Mi nariz se rompe y duele menos de lo que pensaba, y lo que realmente me asusta es el crujido seco con el que cede.
Entonces me siento como Tyson y me arrimo a él y le arranco una oreja de un mordisco.
- ¿Qué te hecho? ¡¿Qué te hice para que me robaras y me hundieras?! – pregunta, y una mezcla de sangre, saliva y bilis borbotea a través de sus dientes y resbala hasta su estómago.
Y le explico la situación, le explico que cuando empecé pensaba que con el tiempo y la experiencia, aprendería a ignorar todas sus gilipolleces e injusticias. Pero que, en realidad, nunca fue el verdadero dueño de la situación.
Le explico que no es un asunto de dominación sino de buena voluntad.
Le dejo claro que, aunque un cliente puede insultar a un camarero, si éste quisiese podría escupirle en la copa. El camarero podría llenarla de matarratas. Emponzoñar un buen whisky con agua de fregar. Servir un batido caducado. Un zumo con posos verdes. Orinar en la copa de ron. Un café con leche sería mejor no nombrarlo. Que el cliente, con toda su prepotencia, confía que sus desmanes serán recompensados con su copa, que tiene toda la razón y se merece un cubata, pero que del camarero depende lo que va a tomar.
Le explico que el camarero puede arruinarte la vida desde el otro lado de la barra.
Y que si hubiera tenido esto en cuenta antes de tocarme a fondo los cojones a lo largo de nueve meses, se lo hubiera pensado dos veces.
Respiro. Esto ha sido un largo y doloroso embarazo, y el parto tiene complicaciones.
Mi ex-jefe se me queda mirando y gira la cabeza a un lado, como un perro que mira la televisión. Vuelve a mirar su local en llamas, y los dos escuchamos las botellas de alcohol estallando y el aire silbando a través de la puerta, siendo absorbido. La temperatura, ya de por sí cálida, es casi inaguantable tan cerca del fuego, y con un grito se me abalanza de nuevo con las fuerzas que le quedan.
Yo digo: orangután.
Con un último golpe en la cabeza, Martín pone los ojos en blanco, y cae redondo al suelo.
Luego le arrastro calle abajo, lejos del fuego y del humo.
Si algo puede estropear una buena historia como estropea el sol un trozo de mantequilla es un final de mierda.
Veréis, es bonito ver cómo en una película el bueno agarra el cinturón, el fardo esculpido que llama novia y un puñado de buen rollo y se aleja por el horizonte, pero eso no pasa en la vida real. Si ese tipo tuviera una vida de verdad, si tuviera que continuar su existencia compartiendo sexo y alimentos con la chica que le parasita la mano, no se atrevería a caminar hacia la puesta de sol.
Iría al súper a hacer la compra.
Buscaría un trabajo digno.
Intentaría encontrar un piso de renta antigua.
Y habría una posibilidad, pequeña, pero siempre podría suceder, de que ambos murieran de hambre debajo de un puente.
A lo que quiero llegar es que mi historia podría haber acabado perfectamente cuando el local se incendió, podría haber soltado un par de notas de lo que sucedería después y retrotraerme hasta este momento en el que estoy hablando contigo, y luego alejarme hacia la puesta de sol con la satisfacción de haber descargado mis pelotas bien a gusto.
Pero no puedo.
No quiero.
Porque después de las llamas, de la ambulancia y su lastimera cacofonía estroboscópica, de algunos puntos sobre piel dolorida y temblorosa, y una retahíla de patéticas preguntas que responden a preguntas, Martín y yo nos vemos en una habitación del hospital.
Por primera vez desde que le conocí, sólo siento pena hacia él, su simiesca silueta llorando por todo lo ocurrido.
Yo digo: caniche.
Y en ese triste esqueleto de hombre hecho a sí mismo, esa maqueta de piezas mal cortadas y pegamento de fondo de cajón de escritorio, encuentro a alguien que lo ha perdido todo, por mi culpa.
Me digo: animal.
Me digo: bestia.
Quiero sentirme mal por todo lo que le he infringido. Avergonzarme de mi conducta cuando sólo me jugaba un sueldo de principiante. Quiero llevarme yo solito al altar y clavarme un cuchillo en nombre de mi dios, para que Martín pueda seguir viviendo, como habría hecho Isaac si de verdad quisiera a su padre.
Pero no puedo.
- ¡No lo hagas! – grito como un poseso – ¡No te tires por la ventana, por favor! ¡Tienes mucho que vivir!
Le cojo del cuello, él está desprevenido, y la última estampa de su puta alma es cómo su figura oronda y otoñal es tragada por un punto de fuga. Eso es lo que me gustaría hacer. Sueño con ello mientras solloza que no quería que hubiera ocurrido nada. Que deseaba no haberme contratado y sentía haberme tenido como un ser inferior.
Dios, o el vertebrado gaseoso que ocupe un trono en la capa de polución divina sobre nuestras cabezas, se está disculpando, pienso. Quizá, debería hacer yo lo mismo.
En su lugar, extiendo una mano hacia su hombro y le susurro: ya pasó.
No, sé lo que me vais a decir cuando os cuente el final de todo, y sólo puedo decir en mi defensa que sentí que tenía que hacerlo. Que no lo hice para sentirme bien, porque no lo necesitaba, ni para ayudar a ese desgraciado que me había timado dinero y dignidad. Simplemente, creí oportuno tender la mano con la que levantar a Martín con la misma seguridad con la que creo que mi nombre es el que aparece reflejado en mi DNI.
Explico a Martín lo del falso atraco, y le sugiero una táctica parecida con el incendio del bar. Alguien incendió el local, para comprarlo luego a un precio de risa o algo así, y tú lo viste y tuviste que intervenir. Y luego llegué yo, creí que eras el autor del incendio y me lié a guantazos contigo.
Y sí, puedes denunciarme por agresión.
Con suerte, no encontrarán pruebas de que el autor seas tú.
- ¿Huellas? – pregunto.
- Fui con guantes, que quemé convenientemente para empezar el incendio.
- ¿Gasolina?
- Sacada de mi coche, con un tubo sorbiendo del depósito.
- Bien, pues creo que con eso está todo cubierto…
- ¿Cómo aprendiste todo esto? ¿De dónde sacas estas ideas tan sucias?
- Tío – le digo.
Martín fija los ojos en las tetas de una enfermera, y en el fondo pienso que estoy haciendo algún bien, retirando la nieve cuando ya ha aplastado al pobre hombre. Limpiando su cadáver, a ver si se anima a resucitar.
- Fui camarero – le digo. Y continúo -, estas cosas te las acaba diciendo el borracho del que empiezas riéndote.
Y todo salió bien, a pedir de boca, podría decirse.
- ¿Y qué pasó con Martín, entonces? – me preguntas ansioso.
- Pues… si no me equivoco, ahora tiene un cibercafé de éxito moderado, allá por Huertas. Tiene licencia hasta las cuatro de la mañana y un insecticida que funciona de verdad. La bruja de su mujer sigue con él, pero nadie es perfecto…
- ¿Y tú?
- Yo ahora estoy desempleado – te digo. Sonrío como lo haría un cavernícola que acabara de descubrir el fuego y no pudiera esperar a incendiar las casas de sus enemigos. Me levanto de la silla, pago al camarero y le miro de reojo. Vuelvo la mirada hacia ti, allí estás, clavado en el asiento. Sonrío y te susurro al oído: Tú mismo podrías ser mi jefe mañana.
Me miras como si estuviera sonado, y no creo que andes desencaminado.
Y la vida, a pesar de todo y todos, sigue más allá de la puesta de sol.
Un día, a las cinco de la madrugada, vuelvo solo de dar una vuelta con mi novia cuando veo a Martín salir corriendo del Charlestón, y nada más emerger por la puerta, una llamarada cruza la calle. No hay nadie más alrededor, el único testigo soy yo. Y su mirada... creo que se ha vuelto majara.
- ¡¿Tú?! – grita, descosido por la frustración.
Y me mira como debió mirar Abraham a su hijo Isaac, obligado a sacrificarle para congraciarse con Dios. El único testigo de que el incendio no fue accidental, sino provocado: el único que podría señalarle con el dedo e impedir que cobre un cuantioso seguro.
Espero unos segundos la llegada de un ángel que me saque de ahí y me diga que todo es una broma del Señor.
Para entonces, este gorila se ha acercado a mí apestando a sudor y me ha propinado un puñetazo en la mandíbula.
No me dolía tanto desde el falso atraco. A punto estuve de desencajarme la boca.
A la luz de las llamas, Martín y yo resolvemos nuestras diferencias a puñetazos, como quizá debería haber sido desde el principio. Al hundir mi puño en su enorme tripa, pienso que esto es mucho mejor que las denuncias y los días de papeleos que me he tragado para llenar de mierda a Martín. Que lo único que diferencia a los intelectuales de los primitivos a lo que tanto gusta insultar es que saben formas más elaboradas de quitarte de en medio que el simple e instintivo garrotazo en la cabeza, pero en el fondo todos queremos coger nuestra porra.
La sangre salpica junto al fuego, y chisporrotea. El humo inunda la calle, y a pesar de que no podemos respirar, seguimos pegándonos.
Mi nariz se rompe y duele menos de lo que pensaba, y lo que realmente me asusta es el crujido seco con el que cede.
Entonces me siento como Tyson y me arrimo a él y le arranco una oreja de un mordisco.
- ¿Qué te hecho? ¡¿Qué te hice para que me robaras y me hundieras?! – pregunta, y una mezcla de sangre, saliva y bilis borbotea a través de sus dientes y resbala hasta su estómago.
Y le explico la situación, le explico que cuando empecé pensaba que con el tiempo y la experiencia, aprendería a ignorar todas sus gilipolleces e injusticias. Pero que, en realidad, nunca fue el verdadero dueño de la situación.
Le explico que no es un asunto de dominación sino de buena voluntad.
Le dejo claro que, aunque un cliente puede insultar a un camarero, si éste quisiese podría escupirle en la copa. El camarero podría llenarla de matarratas. Emponzoñar un buen whisky con agua de fregar. Servir un batido caducado. Un zumo con posos verdes. Orinar en la copa de ron. Un café con leche sería mejor no nombrarlo. Que el cliente, con toda su prepotencia, confía que sus desmanes serán recompensados con su copa, que tiene toda la razón y se merece un cubata, pero que del camarero depende lo que va a tomar.
Le explico que el camarero puede arruinarte la vida desde el otro lado de la barra.
Y que si hubiera tenido esto en cuenta antes de tocarme a fondo los cojones a lo largo de nueve meses, se lo hubiera pensado dos veces.
Respiro. Esto ha sido un largo y doloroso embarazo, y el parto tiene complicaciones.
Mi ex-jefe se me queda mirando y gira la cabeza a un lado, como un perro que mira la televisión. Vuelve a mirar su local en llamas, y los dos escuchamos las botellas de alcohol estallando y el aire silbando a través de la puerta, siendo absorbido. La temperatura, ya de por sí cálida, es casi inaguantable tan cerca del fuego, y con un grito se me abalanza de nuevo con las fuerzas que le quedan.
Yo digo: orangután.
Con un último golpe en la cabeza, Martín pone los ojos en blanco, y cae redondo al suelo.
Luego le arrastro calle abajo, lejos del fuego y del humo.
Si algo puede estropear una buena historia como estropea el sol un trozo de mantequilla es un final de mierda.
Veréis, es bonito ver cómo en una película el bueno agarra el cinturón, el fardo esculpido que llama novia y un puñado de buen rollo y se aleja por el horizonte, pero eso no pasa en la vida real. Si ese tipo tuviera una vida de verdad, si tuviera que continuar su existencia compartiendo sexo y alimentos con la chica que le parasita la mano, no se atrevería a caminar hacia la puesta de sol.
Iría al súper a hacer la compra.
Buscaría un trabajo digno.
Intentaría encontrar un piso de renta antigua.
Y habría una posibilidad, pequeña, pero siempre podría suceder, de que ambos murieran de hambre debajo de un puente.
A lo que quiero llegar es que mi historia podría haber acabado perfectamente cuando el local se incendió, podría haber soltado un par de notas de lo que sucedería después y retrotraerme hasta este momento en el que estoy hablando contigo, y luego alejarme hacia la puesta de sol con la satisfacción de haber descargado mis pelotas bien a gusto.
Pero no puedo.
No quiero.
Porque después de las llamas, de la ambulancia y su lastimera cacofonía estroboscópica, de algunos puntos sobre piel dolorida y temblorosa, y una retahíla de patéticas preguntas que responden a preguntas, Martín y yo nos vemos en una habitación del hospital.
Por primera vez desde que le conocí, sólo siento pena hacia él, su simiesca silueta llorando por todo lo ocurrido.
Yo digo: caniche.
Y en ese triste esqueleto de hombre hecho a sí mismo, esa maqueta de piezas mal cortadas y pegamento de fondo de cajón de escritorio, encuentro a alguien que lo ha perdido todo, por mi culpa.
Me digo: animal.
Me digo: bestia.
Quiero sentirme mal por todo lo que le he infringido. Avergonzarme de mi conducta cuando sólo me jugaba un sueldo de principiante. Quiero llevarme yo solito al altar y clavarme un cuchillo en nombre de mi dios, para que Martín pueda seguir viviendo, como habría hecho Isaac si de verdad quisiera a su padre.
Pero no puedo.
- ¡No lo hagas! – grito como un poseso – ¡No te tires por la ventana, por favor! ¡Tienes mucho que vivir!
Le cojo del cuello, él está desprevenido, y la última estampa de su puta alma es cómo su figura oronda y otoñal es tragada por un punto de fuga. Eso es lo que me gustaría hacer. Sueño con ello mientras solloza que no quería que hubiera ocurrido nada. Que deseaba no haberme contratado y sentía haberme tenido como un ser inferior.
Dios, o el vertebrado gaseoso que ocupe un trono en la capa de polución divina sobre nuestras cabezas, se está disculpando, pienso. Quizá, debería hacer yo lo mismo.
En su lugar, extiendo una mano hacia su hombro y le susurro: ya pasó.
No, sé lo que me vais a decir cuando os cuente el final de todo, y sólo puedo decir en mi defensa que sentí que tenía que hacerlo. Que no lo hice para sentirme bien, porque no lo necesitaba, ni para ayudar a ese desgraciado que me había timado dinero y dignidad. Simplemente, creí oportuno tender la mano con la que levantar a Martín con la misma seguridad con la que creo que mi nombre es el que aparece reflejado en mi DNI.
Explico a Martín lo del falso atraco, y le sugiero una táctica parecida con el incendio del bar. Alguien incendió el local, para comprarlo luego a un precio de risa o algo así, y tú lo viste y tuviste que intervenir. Y luego llegué yo, creí que eras el autor del incendio y me lié a guantazos contigo.
Y sí, puedes denunciarme por agresión.
Con suerte, no encontrarán pruebas de que el autor seas tú.
- ¿Huellas? – pregunto.
- Fui con guantes, que quemé convenientemente para empezar el incendio.
- ¿Gasolina?
- Sacada de mi coche, con un tubo sorbiendo del depósito.
- Bien, pues creo que con eso está todo cubierto…
- ¿Cómo aprendiste todo esto? ¿De dónde sacas estas ideas tan sucias?
- Tío – le digo.
Martín fija los ojos en las tetas de una enfermera, y en el fondo pienso que estoy haciendo algún bien, retirando la nieve cuando ya ha aplastado al pobre hombre. Limpiando su cadáver, a ver si se anima a resucitar.
- Fui camarero – le digo. Y continúo -, estas cosas te las acaba diciendo el borracho del que empiezas riéndote.
Y todo salió bien, a pedir de boca, podría decirse.
- ¿Y qué pasó con Martín, entonces? – me preguntas ansioso.
- Pues… si no me equivoco, ahora tiene un cibercafé de éxito moderado, allá por Huertas. Tiene licencia hasta las cuatro de la mañana y un insecticida que funciona de verdad. La bruja de su mujer sigue con él, pero nadie es perfecto…
- ¿Y tú?
- Yo ahora estoy desempleado – te digo. Sonrío como lo haría un cavernícola que acabara de descubrir el fuego y no pudiera esperar a incendiar las casas de sus enemigos. Me levanto de la silla, pago al camarero y le miro de reojo. Vuelvo la mirada hacia ti, allí estás, clavado en el asiento. Sonrío y te susurro al oído: Tú mismo podrías ser mi jefe mañana.
Me miras como si estuviera sonado, y no creo que andes desencaminado.
Y la vida, a pesar de todo y todos, sigue más allá de la puesta de sol.





