El perro Manuel (y IV)
Tardé un par de horas en alcanzar algún tipo de paz interior.
Bien, pensé, Manuel ha hecho lo de imitar a Canelo para evitar una regañina pero, ¿y después? Le acababa de dejar en casa de Ernesto y éste pensaba que su perro seguía vivo, y le daría la comida y hablaría con él como se habla con los niños, los tontos, los borrachos y los perros: cierto tono condescendiente, cierto tono de superioridad… Pero tarde o temprano, Manuel tendría que parar su impostura.
Su familia no tardaría en llamar, ¿qué les explicaba? Que su hijo estaba haciéndose pasar por un perro ¿no? Que su hijo tiene retorcido el cuerpo para reproducir la musculatura y silueta de un pastor alemán, ¡muy inteligente!
No, no, sin duda lo que había que hacer era convencer a Ernesto de que Manuel no era su perro, y sacar a este último de la vida perruna. ¿Cómo?
El perro muerto.
Llegué a tiempo para ver cómo vaciaban los cubos de basura dentro del camión, ¿es que estas cosas siempre pasan? La puñetera Ley de Murphy en acción. No supe cuál de los cubos era el que tenía a Canelo, pero casi estaban acabando con todos los de la comunidad. Al alejarse, observo un reguero de agua aceitosa y marrón, maloliente, con pequeños ribetes carmesí.
Adiós, Canelo.
Llamé a los padres de Manuel desde mi móvil, sin atreverme a volver a entrar en el edificio de Ernesto.
- ¿Diga?
- Hola, soy Adán, ¿es usted el padre de Manuel?
- Sí, soy yo… te conozco, eres uno de sus amigos… ¿qué ocurre?
- Es Manuel, está en casa de un amigo común… está un poco enfermo, y me preguntaba si pueden venir a recogerlo.
- Uhrmmm….
El gruñido podía traducirse libremente como: esta juventú, vais todo el día envenenaos, y así os pasa…
Le di la dirección y esperé en el portal de Ernesto.
Guzmán, que así se llamaba el padre de Manuel, era un hombre larguirucho y de pelo cano y cara afable y maleable. Digo maleable porque salió sonriendo del coche y el gesto se le torció lentamente, la piel de la cara se tomó su tiempo para reorganizar, a partir de la sonrisa, una expresión de severidad y enfado.
La corbata, algo aflojada, colgaba laxa sobre el traje marrón de lana.
- ¿Y mi hijo?
- Dentro.
Fuimos al rescate.
Bien, pensé, Manuel ha hecho lo de imitar a Canelo para evitar una regañina pero, ¿y después? Le acababa de dejar en casa de Ernesto y éste pensaba que su perro seguía vivo, y le daría la comida y hablaría con él como se habla con los niños, los tontos, los borrachos y los perros: cierto tono condescendiente, cierto tono de superioridad… Pero tarde o temprano, Manuel tendría que parar su impostura.
Su familia no tardaría en llamar, ¿qué les explicaba? Que su hijo estaba haciéndose pasar por un perro ¿no? Que su hijo tiene retorcido el cuerpo para reproducir la musculatura y silueta de un pastor alemán, ¡muy inteligente!
No, no, sin duda lo que había que hacer era convencer a Ernesto de que Manuel no era su perro, y sacar a este último de la vida perruna. ¿Cómo?
El perro muerto.
Llegué a tiempo para ver cómo vaciaban los cubos de basura dentro del camión, ¿es que estas cosas siempre pasan? La puñetera Ley de Murphy en acción. No supe cuál de los cubos era el que tenía a Canelo, pero casi estaban acabando con todos los de la comunidad. Al alejarse, observo un reguero de agua aceitosa y marrón, maloliente, con pequeños ribetes carmesí.
Adiós, Canelo.
Llamé a los padres de Manuel desde mi móvil, sin atreverme a volver a entrar en el edificio de Ernesto.
- ¿Diga?
- Hola, soy Adán, ¿es usted el padre de Manuel?
- Sí, soy yo… te conozco, eres uno de sus amigos… ¿qué ocurre?
- Es Manuel, está en casa de un amigo común… está un poco enfermo, y me preguntaba si pueden venir a recogerlo.
- Uhrmmm….
El gruñido podía traducirse libremente como: esta juventú, vais todo el día envenenaos, y así os pasa…
Le di la dirección y esperé en el portal de Ernesto.
Guzmán, que así se llamaba el padre de Manuel, era un hombre larguirucho y de pelo cano y cara afable y maleable. Digo maleable porque salió sonriendo del coche y el gesto se le torció lentamente, la piel de la cara se tomó su tiempo para reorganizar, a partir de la sonrisa, una expresión de severidad y enfado.
La corbata, algo aflojada, colgaba laxa sobre el traje marrón de lana.
- ¿Y mi hijo?
- Dentro.
Fuimos al rescate.
El Perro Manuel (y III)
En una situación como aquella, lo normal es pensar que estás soñando: un hombre de metro setenta y escaso vello corporal interpreta, su cuerpo retorcido, el papel de pastor alemán mientras todo el mundo se lo cree, menos tú. Sentía que era el fin del mundo y por eso ya no importaba nada.
Aparte, ¿qué pensaría el propio Manuel? ¿Pensaría como un perro o seguiría siendo una persona dentro de su cabeza? Me resultaba complejo aceptar que una persona quisiera vivir como un perro para evitar una discusión, o para preservar una amistad. Que alguien trate de imaginarle, por favor, que se imagine a un chico de metro setenta y cara infantil con el culo en el suelo, las piernas enlazadas y el torso erguido, los brazos estirados hacia abajo y las palmas sobre el piso.
¿No es ridículo? ¿Para volverse loco? Estaba a punto de estallar, pues pensaba que todo se debía a una broma orquestada al alimón entre Ernesto y Manuel. De algún modo se habían compinchado sin que lo supiera y… no, tampoco, porque Ernesto se tendría que preguntar qué demonios habíamos hecho con el perro.
El chucho sigue en el cubo de basura (y seguirá, y tendrá una pequeña columna en el periódico, de cómo unos basureros encontraron a un pastor alemán aplastado por la maquinaria del camión), pensé.
- Bueno, se acabó – dije yo, algo alterado. De todas formas, sólo llevaban veinte minutos con la broma, y tarde o temprano uno de los dos se cansaría de disimular. No había de qué precuparse, no tenía motivos para sentirme mal.
- ¿El qué? – inquirió Ernesto, mirándome asustado. Mi aseveración interrumpió un intercambio de mimos entre el “perro” y él, y mi tono y su volumen lo sobresaltaron.
- Rourff – ladró Manuel, muy dentro de su papel. Se le veía contento, con la lengua fuera, cerca de Ernesto, y su cara se giró y sus ojos encontraron los míos, y el gesto cambió a una mueca suplicante.
¿Trataba de pedirme que no lo delatara?
- Esto es una farsa, en realidad tu perro está muerto. Ése que tienes ahí es nuestro amigo Manuel, intentando imitar a tu perro, no con mucho éxito. – Me vino a la cabeza la primera escena de la pesadilla, Manuel moviéndose como un perro bajo las caricias de Ernesto: una persona no posee la misma anatomía que un perro, y mimetizar ciertos gestos no solo estaba reservado a expertos de la contorsión, sino al ser humano en general. Y sin embargo, Manuel conseguía agitar la espalda y la rabadilla como un animal.
- ¿Es una broma?
Manuel clavó su mirada contra mí. Gritaba delator.
- Te lo juro que no.
Entonces Ernesto volvió la vista hacia Manuel, cogió su cara entre las manos y le clavó una adusta mirada que, desde mi perspectiva, bien podría tener rayos X. Diez segundos después, dejó a nuestro colega y volvió hacia mí. Los primeros pasos trataba de mantener un porte serio, pero la fachada se derrumbó un paso antes de alcanzarme.
Se partió el culo de risa.
- Es una broma, ja ja ja.
No pude más. Me vencieron los nervios, tenía noqueado el sentido de la realidad.
Huí de la casa, sin reparar en las explicaciones que tendría que dar después.
Aparte, ¿qué pensaría el propio Manuel? ¿Pensaría como un perro o seguiría siendo una persona dentro de su cabeza? Me resultaba complejo aceptar que una persona quisiera vivir como un perro para evitar una discusión, o para preservar una amistad. Que alguien trate de imaginarle, por favor, que se imagine a un chico de metro setenta y cara infantil con el culo en el suelo, las piernas enlazadas y el torso erguido, los brazos estirados hacia abajo y las palmas sobre el piso.
¿No es ridículo? ¿Para volverse loco? Estaba a punto de estallar, pues pensaba que todo se debía a una broma orquestada al alimón entre Ernesto y Manuel. De algún modo se habían compinchado sin que lo supiera y… no, tampoco, porque Ernesto se tendría que preguntar qué demonios habíamos hecho con el perro.
El chucho sigue en el cubo de basura (y seguirá, y tendrá una pequeña columna en el periódico, de cómo unos basureros encontraron a un pastor alemán aplastado por la maquinaria del camión), pensé.
- Bueno, se acabó – dije yo, algo alterado. De todas formas, sólo llevaban veinte minutos con la broma, y tarde o temprano uno de los dos se cansaría de disimular. No había de qué precuparse, no tenía motivos para sentirme mal.
- ¿El qué? – inquirió Ernesto, mirándome asustado. Mi aseveración interrumpió un intercambio de mimos entre el “perro” y él, y mi tono y su volumen lo sobresaltaron.
- Rourff – ladró Manuel, muy dentro de su papel. Se le veía contento, con la lengua fuera, cerca de Ernesto, y su cara se giró y sus ojos encontraron los míos, y el gesto cambió a una mueca suplicante.
¿Trataba de pedirme que no lo delatara?
- Esto es una farsa, en realidad tu perro está muerto. Ése que tienes ahí es nuestro amigo Manuel, intentando imitar a tu perro, no con mucho éxito. – Me vino a la cabeza la primera escena de la pesadilla, Manuel moviéndose como un perro bajo las caricias de Ernesto: una persona no posee la misma anatomía que un perro, y mimetizar ciertos gestos no solo estaba reservado a expertos de la contorsión, sino al ser humano en general. Y sin embargo, Manuel conseguía agitar la espalda y la rabadilla como un animal.
- ¿Es una broma?
Manuel clavó su mirada contra mí. Gritaba delator.
- Te lo juro que no.
Entonces Ernesto volvió la vista hacia Manuel, cogió su cara entre las manos y le clavó una adusta mirada que, desde mi perspectiva, bien podría tener rayos X. Diez segundos después, dejó a nuestro colega y volvió hacia mí. Los primeros pasos trataba de mantener un porte serio, pero la fachada se derrumbó un paso antes de alcanzarme.
Se partió el culo de risa.
- Es una broma, ja ja ja.
No pude más. Me vencieron los nervios, tenía noqueado el sentido de la realidad.
Huí de la casa, sin reparar en las explicaciones que tendría que dar después.
El Perro Manuel (y II)
- ¿Tú crees que será consciente de que, por mucho que quiera al perro, tarde o temprano morirá? – inquirió preocupado Manuel. Bajito, de músculos nerviosos y personalidad metamorfa (adaptable a la situación, pero masilla deforme la mayoría del tiempo), su temperamento parecía estar, aquel día, en la pestaña de infantil.
- ¿Y esa pregunta?
- Coño, se preocupa mucho por Canelo. Seguro que, con lo poco que puede moverse ahora, lo que le mantenía preocupado era poder sacarlo. Estaría esperando visita para endosarlo.
- Como una novia. En cuanto eche su primer polvo, cambiará.
- Con casa propia, ya le vale.
- Y tenemos veinte años y él en cuanto pille cacho no lo soltará. Se casará con la primera que le agarre de las pelotas. Con hijos, se preocupará menos del perro.
- Eso es muy cínico.
- Es verdad.
Me bastaba.
Canelo correteaba, dejaba una mierda, correteaba de nuevo y paraba en seco para mear u oler el culo de una perra. Canelo era un perro muy sucio, y me alegraba no ser su dueño.
El animal se daba tufos mientras Manuel y yo le insultábamos hacia nuestros adentros. No nos caía bien, el perro. En seis años que llevaba con él, o Ernesto no le enseñó muy bien a respetar a las personas o pasaba de todo; ladraba a todo el que no le cayera bien, y visto lo visto, parecía que era todo el mundo.
Al llegar al portal, llamamos al telefonillo. El portal, bien grande y pesado, de aspecto lujoso aunque el resto del edificio estuviera hecho una mierda, emitió un chasquido a la altura de la cerradura. Con esfuerzo, abrimos el portón, de medio palmo de ancho, y Canelo se quedó atrás, negándose a pasar, como intuyendo lo que iba a pasar. Soltamos la puerta y tiramos de la correa, pensando que habría tiempo más que suficiente para que Canelo pasara.
Nos equivocamos. Otro chasquido y un quejido ahogado en sangre nos remarcaron el error. Doblado en el hueco entre la puerta y su marco, la estructura metálica había hundido la mitad de su abdomen. La boca aleteó un par de veces antes de quedar inerte, sin emitir sonido alguno.
En un minuto, Manuel y yo nos miramos y sacamos al perro, temiendo lo que nos diría Ernesto. Encariñado con el perro, nos mandaría a la mierda para siempre y se buscaría otro animal y otros amigos con los que estar.
- Tengo una idea – dijo Manuel.
- Dime.
Pero era demasiado absurda. No me lo podía creer, ¿estaba Manuel hablando en serio?
El perro acabó en un cubo de basura. Sacamos las bolsas y le dejamos al fondo y luego volvimos a colocar la basura encima, sin que nadie nos viera. Tuvimos suerte; los basureros no se darían cuenta y con suerte la sangre no cantaría demasiado. No sabrían de dónde vino el chucho.
Luego subimos a casa de Ernesto. Manuel se agachó, poco a poco, mientras caminaba: arqueó la espalda hacia arriba con las manos apoyadas en el suelo, forzó la columna para bajar y adaptarse a la nueva postura; los brazos dejaron de estar rígidos, y se flexionaron para no levantar el resto del cuerpo por encima de la altura de Canelo; la cabeza miraba hacia delante, el cuello doblado como goma en forma de ese discreta. Manuel, ante mis ojos, se había transformado en la parodia humana de un pastor alemán.
- Vamos – pareció ladrar.
No era posible. Ernesto no picaría. Creí ver en las intenciones de Manuel una broma dura, humor negro, para quitar el pesimismo de un golpe. Hay un dicho, que ni pintado al caso, que me pasó por la cabeza.
Si un perro te molesta, pégale un buen mordisco.
Llamamos al timbre. Acostumbrado a los ladridos de Canelo, se me hizo raro no oírle una última vez detrás de esa puerta gruesa de contrachapado y lámina de acero. Comprendí entonces la pérdida, al saber que no volvería a presenciar esa escena.
Manuel jadeó.
Ernesto abrió la puerta.
Me eché las manos a la cara.
Y llegó la sorpresa.
- ¿Y Manuel? – preguntó Ernesto, acariciando al amigo por el que preguntaba.
- ¿Y esa pregunta?
- Coño, se preocupa mucho por Canelo. Seguro que, con lo poco que puede moverse ahora, lo que le mantenía preocupado era poder sacarlo. Estaría esperando visita para endosarlo.
- Como una novia. En cuanto eche su primer polvo, cambiará.
- Con casa propia, ya le vale.
- Y tenemos veinte años y él en cuanto pille cacho no lo soltará. Se casará con la primera que le agarre de las pelotas. Con hijos, se preocupará menos del perro.
- Eso es muy cínico.
- Es verdad.
Me bastaba.
Canelo correteaba, dejaba una mierda, correteaba de nuevo y paraba en seco para mear u oler el culo de una perra. Canelo era un perro muy sucio, y me alegraba no ser su dueño.
El animal se daba tufos mientras Manuel y yo le insultábamos hacia nuestros adentros. No nos caía bien, el perro. En seis años que llevaba con él, o Ernesto no le enseñó muy bien a respetar a las personas o pasaba de todo; ladraba a todo el que no le cayera bien, y visto lo visto, parecía que era todo el mundo.
Al llegar al portal, llamamos al telefonillo. El portal, bien grande y pesado, de aspecto lujoso aunque el resto del edificio estuviera hecho una mierda, emitió un chasquido a la altura de la cerradura. Con esfuerzo, abrimos el portón, de medio palmo de ancho, y Canelo se quedó atrás, negándose a pasar, como intuyendo lo que iba a pasar. Soltamos la puerta y tiramos de la correa, pensando que habría tiempo más que suficiente para que Canelo pasara.
Nos equivocamos. Otro chasquido y un quejido ahogado en sangre nos remarcaron el error. Doblado en el hueco entre la puerta y su marco, la estructura metálica había hundido la mitad de su abdomen. La boca aleteó un par de veces antes de quedar inerte, sin emitir sonido alguno.
En un minuto, Manuel y yo nos miramos y sacamos al perro, temiendo lo que nos diría Ernesto. Encariñado con el perro, nos mandaría a la mierda para siempre y se buscaría otro animal y otros amigos con los que estar.
- Tengo una idea – dijo Manuel.
- Dime.
Pero era demasiado absurda. No me lo podía creer, ¿estaba Manuel hablando en serio?
El perro acabó en un cubo de basura. Sacamos las bolsas y le dejamos al fondo y luego volvimos a colocar la basura encima, sin que nadie nos viera. Tuvimos suerte; los basureros no se darían cuenta y con suerte la sangre no cantaría demasiado. No sabrían de dónde vino el chucho.
Luego subimos a casa de Ernesto. Manuel se agachó, poco a poco, mientras caminaba: arqueó la espalda hacia arriba con las manos apoyadas en el suelo, forzó la columna para bajar y adaptarse a la nueva postura; los brazos dejaron de estar rígidos, y se flexionaron para no levantar el resto del cuerpo por encima de la altura de Canelo; la cabeza miraba hacia delante, el cuello doblado como goma en forma de ese discreta. Manuel, ante mis ojos, se había transformado en la parodia humana de un pastor alemán.
- Vamos – pareció ladrar.
No era posible. Ernesto no picaría. Creí ver en las intenciones de Manuel una broma dura, humor negro, para quitar el pesimismo de un golpe. Hay un dicho, que ni pintado al caso, que me pasó por la cabeza.
Si un perro te molesta, pégale un buen mordisco.
Llamamos al timbre. Acostumbrado a los ladridos de Canelo, se me hizo raro no oírle una última vez detrás de esa puerta gruesa de contrachapado y lámina de acero. Comprendí entonces la pérdida, al saber que no volvería a presenciar esa escena.
Manuel jadeó.
Ernesto abrió la puerta.
Me eché las manos a la cara.
Y llegó la sorpresa.
- ¿Y Manuel? – preguntó Ernesto, acariciando al amigo por el que preguntaba.
El Perro Manuel (I)
Hoy han sacrificado a mi amigo Manuel.
Me explico.
Hace unos seis meses, Manuel y yo fuimos a visitar a un amigo común, llamado Ernesto. Ernesto vivía solo y podía permitírselo gracias a un buen empleo como diseñador de páginas web o algo de eso; aunque en realidad, no vivía solo, sino con su perro Canelo, un pastor alemán bonachón, como manda la tradición ya vista en películas y series de televisión. Su nombre era ridículo pero le encantaba a Ernesto, lo repetía constantemente mientras lo perseguía por los pasillos y habitaciones de su casa.
Llamamos a la puerta, y los ladridos del perro retumbaron a través, hasta que Ernesto, o unos cascotes parecidos a él, nos abrió en bata.
Parecía salido de una guerra. Ojeras sangrantes, pelo revuelto, la boca pastosa y el aliento avinagrado; caminó renqueando hacia el salón, pasado el pequeño hall de la entrada, con una de las manos sujetándose la cabeza. La otra se apoyaba en sillas, o en la cabeza misma de Canelo, que le seguía sin perdernos, suspicaz, el ojo.
- Buenas Ernesto, ¿qué tal andas?
- Ando, que no es poco, dado mi estado. Cof, cof. – Apenas un hilo de voz recorría su garganta. La tos impedía encadenar más de ocho palabras seguidas. - Me duele todo. Es una gripe bien, cof, fuerte y jodida.
- Canelo parece nervioso – apuntó Manuel.
- Sí, no he podido sacarle en todo el día, y el muy cabrón mira el retrete como una nave venida del espacio. Necesita echar una meada fuera. O un pastelito.
- Puaj.
La idea de recoger las deposiciones me punzaba la columna con gotas de sudor frías.
- Si podéis hacer el favor de sacarle por mí… Lo agradecería mucho. Mi casa también.
- De acuerdo, ¿qué es lo peor que puede pasar? – dijo Manuel, siempre solícito.
- Pero… - discrepé con balbuceos. Mis argumentos no resultaron convincentes.
Canelo observó a Manuel. Parecía listo, el chucho. Sí, un auténtico perro de película, de los que te traen el periódico y las zapatillas a la cama, aunque de momento sólo traía facturas (los perros no tienen Seguridad Social) y el escaso cariño que Ernesto necesitaba para seguir cuerdo.
El día que Ernesto se fue de casa, le mirabas a la cara y se le veía convencido de que una nueva y esplendorosa etapa se abría ante sus ojos. Tenía su dinero, suficiente para pagar el alquiler de una casa y algún que otro lujo, y sus amigos, y no parecía necesitar nada más.
Descubrió, dos días más tarde, que ni la ropa se lava sola, ni podíamos estar disponibles para él mientras curraba desde el hogar, todos los días. Y se deprimió. Se deprimió mucho. No se tiraba por el balcón porque vivía en un segundo, con vistas a un jardín de aspecto mullido, que le traía el olor de la hierba fresca en la primavera.
Su madre tuvo la idea, después de una visita de rutina, de que el chaval se sentía solo. La independización a lo bestia, de estar en un mar de gente a una isla pequeña, con las piernas encogidas en la arena. Se acercó a la tienda de animales y compró al cachorro Canelo.
Al principio no funcionó, pero un poco de práctica y las ganas de Canelo de cagar en sitios públicos convencieron a Ernesto lo suficiente. Más tarde, la idea le encantó hasta el punto de no concebir una vida sin el chucho.
Uña y carne.
Culo y mierda.
Ernesto y Canelo.
Me explico.
Hace unos seis meses, Manuel y yo fuimos a visitar a un amigo común, llamado Ernesto. Ernesto vivía solo y podía permitírselo gracias a un buen empleo como diseñador de páginas web o algo de eso; aunque en realidad, no vivía solo, sino con su perro Canelo, un pastor alemán bonachón, como manda la tradición ya vista en películas y series de televisión. Su nombre era ridículo pero le encantaba a Ernesto, lo repetía constantemente mientras lo perseguía por los pasillos y habitaciones de su casa.
Llamamos a la puerta, y los ladridos del perro retumbaron a través, hasta que Ernesto, o unos cascotes parecidos a él, nos abrió en bata.
Parecía salido de una guerra. Ojeras sangrantes, pelo revuelto, la boca pastosa y el aliento avinagrado; caminó renqueando hacia el salón, pasado el pequeño hall de la entrada, con una de las manos sujetándose la cabeza. La otra se apoyaba en sillas, o en la cabeza misma de Canelo, que le seguía sin perdernos, suspicaz, el ojo.
- Buenas Ernesto, ¿qué tal andas?
- Ando, que no es poco, dado mi estado. Cof, cof. – Apenas un hilo de voz recorría su garganta. La tos impedía encadenar más de ocho palabras seguidas. - Me duele todo. Es una gripe bien, cof, fuerte y jodida.
- Canelo parece nervioso – apuntó Manuel.
- Sí, no he podido sacarle en todo el día, y el muy cabrón mira el retrete como una nave venida del espacio. Necesita echar una meada fuera. O un pastelito.
- Puaj.
La idea de recoger las deposiciones me punzaba la columna con gotas de sudor frías.
- Si podéis hacer el favor de sacarle por mí… Lo agradecería mucho. Mi casa también.
- De acuerdo, ¿qué es lo peor que puede pasar? – dijo Manuel, siempre solícito.
- Pero… - discrepé con balbuceos. Mis argumentos no resultaron convincentes.
Canelo observó a Manuel. Parecía listo, el chucho. Sí, un auténtico perro de película, de los que te traen el periódico y las zapatillas a la cama, aunque de momento sólo traía facturas (los perros no tienen Seguridad Social) y el escaso cariño que Ernesto necesitaba para seguir cuerdo.
El día que Ernesto se fue de casa, le mirabas a la cara y se le veía convencido de que una nueva y esplendorosa etapa se abría ante sus ojos. Tenía su dinero, suficiente para pagar el alquiler de una casa y algún que otro lujo, y sus amigos, y no parecía necesitar nada más.
Descubrió, dos días más tarde, que ni la ropa se lava sola, ni podíamos estar disponibles para él mientras curraba desde el hogar, todos los días. Y se deprimió. Se deprimió mucho. No se tiraba por el balcón porque vivía en un segundo, con vistas a un jardín de aspecto mullido, que le traía el olor de la hierba fresca en la primavera.
Su madre tuvo la idea, después de una visita de rutina, de que el chaval se sentía solo. La independización a lo bestia, de estar en un mar de gente a una isla pequeña, con las piernas encogidas en la arena. Se acercó a la tienda de animales y compró al cachorro Canelo.
Al principio no funcionó, pero un poco de práctica y las ganas de Canelo de cagar en sitios públicos convencieron a Ernesto lo suficiente. Más tarde, la idea le encantó hasta el punto de no concebir una vida sin el chucho.
Uña y carne.
Culo y mierda.
Ernesto y Canelo.
Tocando los huevos
Estaba en el metro, abarrotado de gente el vagón y un persistente olor a sobaco cerca de mí. Monté en Sol y un olor a jazmín me hacía olvidar todas esas sudorosas personas alrededor mío; venía de una chica de no más de dieciséis años, pelo negro, aspecto infantil. Luego un tipo con sombrero ruso me tapó y sustituyó el jazmín por el de la lana sudada.
Hice lo mejor que uno puede hacer en el vagón si no se tiene libro: miré alrededor. Cuando echo estos vistazos, procuro no mirar a la gente (se mosquean, o sospechan o directamente te devuelven la mirada) y sí a los pequeños huecos entre sus cabezas, a esos retazos de vagón sin tapar.
Joder, noté después un leve roce en mis pelotas.
Claro que lo primero que pensé fue: vaya, somos mucha gente en el vagón. DEMASIADA. Es algo habitual. Como en las novelas de terror, lo primero que pensaba es que no era nada importante, algo casual.
Otro roce.
Miré al tipo del gorro ruso. Calvo, con un abrigo negro, sudaba bajo el gorro, las gotas de sudor perlaban su pelo corto y cano. No pareció importarle mi mirada inquisitiva. No sabía dónde mirar y acabé fijándome en sus hombros caídos, su pose desvirgada.
Más roces. Subía y bajaba el dedo, apretaba y soltaba contra mi paquete.
Lejos de pensar, agradecido, que debía tener un paquete legendario (y por lo tanto, digno de ser tocado por desconocidos), la sensación era muy desagradable y quería que acabara esa mierda. Sin embargo, no me parecía tan fácil, porque no quería montar un pollo en el vagón y, no me voy a engañar, el ruski tenía una pinta más respetable que la mía.
Llevaba gafas. Nunca pegues a un hombre con gafas. Quítale las gafas antes de pegarle.
Soy un hombre de inacción, no un héroe o un justiciero. Hablo de puñetazos y golpes, pero no he pegado a nadie en mi vida.
Llegamos a Embajadores, cinco minutos después del comienzo de la tocada de huevos.
El hombre se bajó, ni se digno a mirar ni nada. Se puso el primero en la cola para salir del vagón, y respiré hondo, agradeciendo que se marchara. No sabía dónde meterme y una estación más y hubiera estampado su cara contra el cristal.
Manda huevos, ir al centro de Madrid a por una pequeña compra de navidad y que te los toquen en el metro.
Seth Fortuyn, I wish ky a merry christmasss
Hice lo mejor que uno puede hacer en el vagón si no se tiene libro: miré alrededor. Cuando echo estos vistazos, procuro no mirar a la gente (se mosquean, o sospechan o directamente te devuelven la mirada) y sí a los pequeños huecos entre sus cabezas, a esos retazos de vagón sin tapar.
Joder, noté después un leve roce en mis pelotas.
Claro que lo primero que pensé fue: vaya, somos mucha gente en el vagón. DEMASIADA. Es algo habitual. Como en las novelas de terror, lo primero que pensaba es que no era nada importante, algo casual.
Otro roce.
Miré al tipo del gorro ruso. Calvo, con un abrigo negro, sudaba bajo el gorro, las gotas de sudor perlaban su pelo corto y cano. No pareció importarle mi mirada inquisitiva. No sabía dónde mirar y acabé fijándome en sus hombros caídos, su pose desvirgada.
Más roces. Subía y bajaba el dedo, apretaba y soltaba contra mi paquete.
Lejos de pensar, agradecido, que debía tener un paquete legendario (y por lo tanto, digno de ser tocado por desconocidos), la sensación era muy desagradable y quería que acabara esa mierda. Sin embargo, no me parecía tan fácil, porque no quería montar un pollo en el vagón y, no me voy a engañar, el ruski tenía una pinta más respetable que la mía.
Llevaba gafas. Nunca pegues a un hombre con gafas. Quítale las gafas antes de pegarle.
Soy un hombre de inacción, no un héroe o un justiciero. Hablo de puñetazos y golpes, pero no he pegado a nadie en mi vida.
Llegamos a Embajadores, cinco minutos después del comienzo de la tocada de huevos.
El hombre se bajó, ni se digno a mirar ni nada. Se puso el primero en la cola para salir del vagón, y respiré hondo, agradeciendo que se marchara. No sabía dónde meterme y una estación más y hubiera estampado su cara contra el cristal.
Manda huevos, ir al centro de Madrid a por una pequeña compra de navidad y que te los toquen en el metro.
Seth Fortuyn, I wish ky a merry christmasss
La Guerra. Capítulo 8: Final.
Al abrir los ojos, desaparece la niebla para dejar paso a un enorme dolor de cabeza. Como una resaca de Fairy. Estoy al lado de una ambulancia, con Andrés a mi lado. Él tiene unos rasguños, la frente está tapizada de sangre seca, tiene un diente menos, los nudillos rojos.
- Lo que te has perdido – dice.
- Una tragedia – digo.
- Ha quedado en tablas – su voz se apaga un poco al decirlo, como si hubiera esperado la completa aniquilación del “enemigo”.
- Como siempre.
- No, hay veces que nos ganan y otras que ganamos, pero ha sido un empate. La policía acabó con la pelea demasiado pronto.
Es un psicópata, ¿cómo no me he dado cuenta? Hago un amago de hablar pero me callo. Miro a Andrés con ternura, como un niño descarriado. Me siento terriblemente culpable de no haberle hecho más caso y evitar que se juntara a toda esta basura.
Ya no vale llorar. Sé que no le acompañaré más a cosas de estas.
- ¿Te han atendido?
Sonríe y veo la sonrisa mellada. Un niño al que se le ha caído un diente.
- Sí, pero el que más me ha asustado has sido tú. Saliste corriendo enseguida tío, y luego te descubrí en esta calle, inconsciente en el suelo. Conseguí llevarte hasta la ambulancia.
- Podría ser una conmoción. Tendrás que ir al hospital a que te hagan una revisión – recrimina el enfermero de la ambulancia. O médico. Da igual, el caso es que me mira como si estuviera a favor de sucesos como la guerra de hoy.
- Venga, vámonos. No quiero esperar a que me examinen la cabeza.
Igual tengo algo raro en ella.
Padezco una sensación extraña en la boca, cuando me sientan en el hospital y me dicen que espere a que me traigan los resultados. Pienso en Andrés y en toda la gente que le acompañó esta tarde y luego contrasto su imagen de tipos duros con la sonrisa mellada de mi amigo.
Son niños, todos, niños de dientes rotos.
Tiene gracia, que todos estén luchando por hacer un mundo mejor (SU mundo mejor) y lo único que hacen es empeorar el que ya tenemos. Y cómo ambos bandos se parecen enormemente. Es verdad, eso de que los extremos se tocan.
Andrés sigue a mi lado, dándome ánimos. Dice que no pasará nada, que ha sido un golpe fuerte en la cabeza sin importancia y que en seguida estaré bien. Pero no lo comprende. Ya no es Andrés. Está programado para pegar a la gente y criticar sin tener ninguna idea más allá de lo que le dictan desde vete a saber dónde.
Ya no es, por tanto, mi amigo.
Suena duro, lo sé. E intentaré que la transición sea tranquila.
Hoy he visto una cosa increíble: una guerra secreta. Y no por ser secreta, es menos absurda que las de verdad, porque es en realidad una guerra de juguete. Con soldados descerebrados e ideales caducos.
Que se queden con ella.
Yo me voy a escribir algo.
Algo como esto.
- Lo que te has perdido – dice.
- Una tragedia – digo.
- Ha quedado en tablas – su voz se apaga un poco al decirlo, como si hubiera esperado la completa aniquilación del “enemigo”.
- Como siempre.
- No, hay veces que nos ganan y otras que ganamos, pero ha sido un empate. La policía acabó con la pelea demasiado pronto.
Es un psicópata, ¿cómo no me he dado cuenta? Hago un amago de hablar pero me callo. Miro a Andrés con ternura, como un niño descarriado. Me siento terriblemente culpable de no haberle hecho más caso y evitar que se juntara a toda esta basura.
Ya no vale llorar. Sé que no le acompañaré más a cosas de estas.
- ¿Te han atendido?
Sonríe y veo la sonrisa mellada. Un niño al que se le ha caído un diente.
- Sí, pero el que más me ha asustado has sido tú. Saliste corriendo enseguida tío, y luego te descubrí en esta calle, inconsciente en el suelo. Conseguí llevarte hasta la ambulancia.
- Podría ser una conmoción. Tendrás que ir al hospital a que te hagan una revisión – recrimina el enfermero de la ambulancia. O médico. Da igual, el caso es que me mira como si estuviera a favor de sucesos como la guerra de hoy.
- Venga, vámonos. No quiero esperar a que me examinen la cabeza.
Igual tengo algo raro en ella.
Padezco una sensación extraña en la boca, cuando me sientan en el hospital y me dicen que espere a que me traigan los resultados. Pienso en Andrés y en toda la gente que le acompañó esta tarde y luego contrasto su imagen de tipos duros con la sonrisa mellada de mi amigo.
Son niños, todos, niños de dientes rotos.
Tiene gracia, que todos estén luchando por hacer un mundo mejor (SU mundo mejor) y lo único que hacen es empeorar el que ya tenemos. Y cómo ambos bandos se parecen enormemente. Es verdad, eso de que los extremos se tocan.
Andrés sigue a mi lado, dándome ánimos. Dice que no pasará nada, que ha sido un golpe fuerte en la cabeza sin importancia y que en seguida estaré bien. Pero no lo comprende. Ya no es Andrés. Está programado para pegar a la gente y criticar sin tener ninguna idea más allá de lo que le dictan desde vete a saber dónde.
Ya no es, por tanto, mi amigo.
Suena duro, lo sé. E intentaré que la transición sea tranquila.
Hoy he visto una cosa increíble: una guerra secreta. Y no por ser secreta, es menos absurda que las de verdad, porque es en realidad una guerra de juguete. Con soldados descerebrados e ideales caducos.
Que se queden con ella.
Yo me voy a escribir algo.
Algo como esto.
La Guerra. Capítulo 7: Tiempo de pelea
Hay miradas que matan y tensión en el aire, y cada bando se queda escrupulosamente detrás de una línea imaginaria, dejando un par de metros de separación entre ambos. En este momento, pienso cuándo demonios va a empezar la masacre de una vez para poder salir huyendo entre la confusión.
Dos grupos de unas doscientas personas cada uno, separados por unos metros… es una versión política y descerebrada de un musical. Parece que unos y otros van a empezar a bailar, y a rasgarse las camisetas y camisas y a cantar, y perderá el que se agote antes.
- No seas estúpido – digo en voz alta. Snake me mira mal, y observa el espectáculo en mitad de la pista.
Un tipo de Fuerza Nueva tira la pancarta, y todos la tiran. Dispuestos a matarse unos a otros, se están preparando. El traje se acerca al espacio vacío y avanza hasta un sharpero que posee la estatura media de una persona de hombro a hombro. Todo es tensión, y no sé si la estoy masticando o son mis propias flemas.
“…siempre te pasa algo.”
Suena tan melodramático… ¿volveré a ver a mi novia? Seré estúpido, claro que sí… si tienen la decencia de dejarme un ojo sano… Demonios, hoy es sábado, ¿es que ninguno de estos tarados tiene novia? ¿En vez de darse de hostias no sería mejor ir con ella, al cine, a un restaurante, a la cama?
Ese jefazo increpa al hombretón rojo.
- Eres basura.
El sharpero se ríe, y nadie sabe por qué. Luego le baja los pantalones al tipo… debe ser que lo andaba pensando. Todos reímos, incluso los skins y fascistas ante mí. Es un buen gag, eso hay que reconocerlo. Y por un segundo parece que todo se solucionará con unas risas y unas birras en algún bar de al lado.
Qué tonto, qué estúpido por mi parte pensar bien de semejante género humano.
Un skin, con unas cadenas liadas a la mano derecha, da un salto enorme cerca del humillado hombre de los pantalones en el suelo, y golpea furioso la cara del gran sharpero bromista, que cae redondo al suelo con la boca inundada de sangre.
Hay otro silencio, y las sonrisas se comban para dibujar el eterno gesto de desprecio entre ellos.
Yo digo: animales.
Stop.
Hagamos un pequeño inciso para analizar a esta violenta turba de neuronecesitados, para los cuales la inteligencia no es sólo esquiva, sino desconocida.
Porque por un lado tenemos a los skins y en general el neofascismo, que luchan por su mundo mejor de raza aria y pureza de sangre. Pero la mayoría de la gente no quiere eso. A la mayoría de los chavales les basta una consola. A los de mediana edad, un par de días de fiesta para poder descansar. A los mayores, un viaje a un sitio tranquilo o que nunca pudieron visitar antes. ¿A quién representan pues?
Y por el otro lado, los sharperos y punkis, que hablan con consignas como dinero gratis y papeles para todos sin saber realmente qué significan. Imponen la anarkía mediante pintadas y palizas a pijos y bakalas y skins, ¿y no es eso fascismo? Por no hablar de que la razón de ser de muchos es, simplemente, pegar a skins.
Es un mundo cerrado, y viéndolos a todos juntos en la calle te das cuenta. La guerra secreta está llevada a cabo por gente con demasiado tiempo libre y una imperiosa necesidad de imponer sus ideas, egocéntricos todos. Es una guerra que la mayoría de la gente no notamos, que se realiza en la oscuridad de las calles y que de vez en cuando nos salpica: porque a algún amigo le han pegado, en esta esquina hicieron la sonrisa del joker a un tipo que iba con su novia, en esta calle violaron a una amiga.
Son un puñado de gente, apenas llenan Princesa. El problema, como todo, es que se hacen notar demasiado.
Y como los políticos, se merecen los unos a los otros.
Pero nosotros no nos los merecemos.
Ambos grupos se abalanzan a la lucha, sedientos de sangre. Observo asustado -como nunca me he sentido- a la fila de skins abalanzándose sobre Andrés y sus amigos, a punto de cogerme a mí.
Adopto la compostura más adecuada para la situación.
Corro desesperado para alcanzar una salvadora bocacalle unos cincuenta metros delante de mí. A mi alrededor, veo golpes salvajes con los puños o con cadenas, amagos de coger una navaja, flipados intentando hacer patadas de kung-fu con escaso éxito… Snake, allí al fondo, se los va pelando de dos en dos, hasta que vienen tres y le tumban en el suelo y le dan patadas.
Aumento la velocidad, dando empujones sin importarme a quién empujo.
- ¡Soy un ESCRITOR maldita sea! ¡Soy un ESCRITOR! ¡No soy un PUTO HÉROE! ¡ESCRIBO sobre HÉROES pero NO SOY UNO de ellos! – grito desesperado entre el gentío.
Mierda.
Alcanzo la bocacalle y veo a un montón de policías, en trajes antidisturbios, con sus escudos de plástico y sus escopetas de balas de goma, observando el espectáculo, esperando el momento idóneo para entrar a saco y llevarse a todo el que encuentren por delante.
Les debe resultar amenazador ver a un histérico de metro setenta y pelo largo gritar y correr desesperado hacia ellos, porque me disparan una bola de goma casi en plena frente, y me dejan al borde de la inconsciencia. Mientras una mancha negra, sí, ésa en el ojo derecho, aumenta de tamaño, devorando mi campo de visión, compruebo su gran entrada a saco. El estruendo de las pelotas de goma rebotando sobre los cuerpos de la pelea repiquetea en mi cabeza cuando la vista ya se me ha ido. Escucho cinco segundos de guerra antes de caer desmayado.
Noto, agradecido, que alguien me echa a un lado para evitar ser aplastado por el cuerpo de policía.
Gracias, chicos.
“…siempre te pasa algo.”
Dos grupos de unas doscientas personas cada uno, separados por unos metros… es una versión política y descerebrada de un musical. Parece que unos y otros van a empezar a bailar, y a rasgarse las camisetas y camisas y a cantar, y perderá el que se agote antes.
- No seas estúpido – digo en voz alta. Snake me mira mal, y observa el espectáculo en mitad de la pista.
Un tipo de Fuerza Nueva tira la pancarta, y todos la tiran. Dispuestos a matarse unos a otros, se están preparando. El traje se acerca al espacio vacío y avanza hasta un sharpero que posee la estatura media de una persona de hombro a hombro. Todo es tensión, y no sé si la estoy masticando o son mis propias flemas.
“…siempre te pasa algo.”
Suena tan melodramático… ¿volveré a ver a mi novia? Seré estúpido, claro que sí… si tienen la decencia de dejarme un ojo sano… Demonios, hoy es sábado, ¿es que ninguno de estos tarados tiene novia? ¿En vez de darse de hostias no sería mejor ir con ella, al cine, a un restaurante, a la cama?
Ese jefazo increpa al hombretón rojo.
- Eres basura.
El sharpero se ríe, y nadie sabe por qué. Luego le baja los pantalones al tipo… debe ser que lo andaba pensando. Todos reímos, incluso los skins y fascistas ante mí. Es un buen gag, eso hay que reconocerlo. Y por un segundo parece que todo se solucionará con unas risas y unas birras en algún bar de al lado.
Qué tonto, qué estúpido por mi parte pensar bien de semejante género humano.
Un skin, con unas cadenas liadas a la mano derecha, da un salto enorme cerca del humillado hombre de los pantalones en el suelo, y golpea furioso la cara del gran sharpero bromista, que cae redondo al suelo con la boca inundada de sangre.
Hay otro silencio, y las sonrisas se comban para dibujar el eterno gesto de desprecio entre ellos.
Yo digo: animales.
Stop.
Hagamos un pequeño inciso para analizar a esta violenta turba de neuronecesitados, para los cuales la inteligencia no es sólo esquiva, sino desconocida.
Porque por un lado tenemos a los skins y en general el neofascismo, que luchan por su mundo mejor de raza aria y pureza de sangre. Pero la mayoría de la gente no quiere eso. A la mayoría de los chavales les basta una consola. A los de mediana edad, un par de días de fiesta para poder descansar. A los mayores, un viaje a un sitio tranquilo o que nunca pudieron visitar antes. ¿A quién representan pues?
Y por el otro lado, los sharperos y punkis, que hablan con consignas como dinero gratis y papeles para todos sin saber realmente qué significan. Imponen la anarkía mediante pintadas y palizas a pijos y bakalas y skins, ¿y no es eso fascismo? Por no hablar de que la razón de ser de muchos es, simplemente, pegar a skins.
Es un mundo cerrado, y viéndolos a todos juntos en la calle te das cuenta. La guerra secreta está llevada a cabo por gente con demasiado tiempo libre y una imperiosa necesidad de imponer sus ideas, egocéntricos todos. Es una guerra que la mayoría de la gente no notamos, que se realiza en la oscuridad de las calles y que de vez en cuando nos salpica: porque a algún amigo le han pegado, en esta esquina hicieron la sonrisa del joker a un tipo que iba con su novia, en esta calle violaron a una amiga.
Son un puñado de gente, apenas llenan Princesa. El problema, como todo, es que se hacen notar demasiado.
Y como los políticos, se merecen los unos a los otros.
Pero nosotros no nos los merecemos.
Ambos grupos se abalanzan a la lucha, sedientos de sangre. Observo asustado -como nunca me he sentido- a la fila de skins abalanzándose sobre Andrés y sus amigos, a punto de cogerme a mí.
Adopto la compostura más adecuada para la situación.
Corro desesperado para alcanzar una salvadora bocacalle unos cincuenta metros delante de mí. A mi alrededor, veo golpes salvajes con los puños o con cadenas, amagos de coger una navaja, flipados intentando hacer patadas de kung-fu con escaso éxito… Snake, allí al fondo, se los va pelando de dos en dos, hasta que vienen tres y le tumban en el suelo y le dan patadas.
Aumento la velocidad, dando empujones sin importarme a quién empujo.
- ¡Soy un ESCRITOR maldita sea! ¡Soy un ESCRITOR! ¡No soy un PUTO HÉROE! ¡ESCRIBO sobre HÉROES pero NO SOY UNO de ellos! – grito desesperado entre el gentío.
Mierda.
Alcanzo la bocacalle y veo a un montón de policías, en trajes antidisturbios, con sus escudos de plástico y sus escopetas de balas de goma, observando el espectáculo, esperando el momento idóneo para entrar a saco y llevarse a todo el que encuentren por delante.
Les debe resultar amenazador ver a un histérico de metro setenta y pelo largo gritar y correr desesperado hacia ellos, porque me disparan una bola de goma casi en plena frente, y me dejan al borde de la inconsciencia. Mientras una mancha negra, sí, ésa en el ojo derecho, aumenta de tamaño, devorando mi campo de visión, compruebo su gran entrada a saco. El estruendo de las pelotas de goma rebotando sobre los cuerpos de la pelea repiquetea en mi cabeza cuando la vista ya se me ha ido. Escucho cinco segundos de guerra antes de caer desmayado.
Noto, agradecido, que alguien me echa a un lado para evitar ser aplastado por el cuerpo de policía.
Gracias, chicos.
“…siempre te pasa algo.”
La Guerra. Capítulo 6: Guerra (Preludio)
Me levanto aterido, y temo que no es sólo el frío que se filtra a través de la sábana y la colcha. Me gustaría soltar algo muy en plan de novela antigua, del tipo: me encontraba inquieto en una mañana de otoño, sin acordarse siquiera mi consciencia que la guerra llamaba a mi puerta. Desde que abro los ojos, la constante sensación de involucrarme de forma peligrosa en un suceso violento y premeditado me asusta. Me agarra de las pelotas y tira de ellas hacia arriba, para dejarme con un dolor fantasma que me recorre todo el cuerpo.
El desayuno, como es lógico, se me atraganta. La leche con cacao entra por mal sitio cuando mi padre entra en casa con el periódico en la mano, anunciando la manifestación de la tarde y la peligrosidad que suponen no ya los medios y la policía, sino los propios convocantes. Irán, dicen, porque se les necesita en primera fila.
Supongo que huirán a la primera de cambio, y creo que no supongo mal. Dejarán que su ejército particular de descerebrados le parta la cara a Andrés y sus amigos. Y la mía, de mí tampoco se olvidarán. Me imagino perseguido como un perro por entre las calles por una horda de rapados, la rabia espumarajeando en su boca como el jabón bajo un grifo abierto.
De mi particular nube de violencia me baja la llamada de Andrés, para concertar la cita de la tarde.
- Hemos quedado a las cinco en Plaza de España, pero no cogeremos el metro. No al menos hasta allí.
- ¿Y eso?
- Pfff, es que ya pasó una vez, que los policías supieron que iba a haber movida, y nos pillaron a veinte colegas y a mí en uno de los andenes, y nos mandaron a todos para casa.
- Ah, vale, entonces…
- Cogeremos el 148, que se pilla cerca de tu casa, y vamos allá enseguida.
- Tío, tengo miedo.
- ¿Qué?
- Que tengo miedo.
- Yo también.
- No, yo MÁS que tú.
- No te creas, una baza…
- NO, lo sé bien, estoy aterrorizado joder. Tú ya has hecho alguna de estas cosas, pero yo no, yo soy un pelma y un escritor de mierda y no he dado un puñetazo en mi vida.
- Es fácil, si sabes cómo.
- No sé cómo – digo en tono burlón-. La ocasión más parecida a ésta que voy a sufrir esta tarde fue un día, que salí de currar del pub a dar un paseo. ¿Sabes qué paso?
- Sorpréndeme.
- Un borracho salió de la nada cerca del Palacio de Oriente ese, de donde se casaron los putos príncipes. Va el tío y emerge de la oscuridad ¡y me da un puñetazo! ¡En plena cara! ¡Tres días con el ojo hinchado!
- ¿¡Y no hiciste nada!?
- Le empujé y seguí mi camino, estaba demasiado borracho para incorporarse. Pero el caso es que eso es lo más cerca que he estado yo de una pelea.
- Bueno, eres escritor. Puedes hablar del asunto en tu blog o algo de eso que haces.
- ¡Ése es el problema! ¡Imagino las cosas, no las vivo!
- Pues no vengas. Ya te contaré yo lo que necesites para tu blog, ¿te parece?
- No te dejaré solo.
- Vale, pues entonces a las cuatro nos veremos en la parada del 148 de Jaime El Conquistador.
- Sigh, venga. Hasta dentro de un rato.
- Hasta luego… ¡ah! Y ánimo.
- Gracias…
A veces, tener planeado lo que vas a hacer en un día condiciona tu forma de actuar. Con esto quiero decir que, sabiendo la batalla campal que me espera por la tarde, me ducho y me visto y como lentamente, saboreando el momento. Suena melodramático, pero mi mente empezaba a divagar acerca de cuánto duraría mi cuerpo en una lluvia de golpes.
Con suerte, podría estar media hora antes de huir despavorido.
O convencer a Andrés que ir es un suicidio.
Cristo, ¿por qué me meto en estas cosas?
La respuesta la escupe mi cerebro en forma de recuerdo:
“…siempre te pasa algo.”
- Muchas gracias, sabiondo – me digo a mí mismo. Mi madre me mira como si estuviera loco, y no creo que ande mal encaminada.
Estoy en la parada del autobús, cuando veo a Andrés venir. Está solo, y me resulta extraño. Esperaba algún tipo de comando, una división roja comandada por mi amigo para lanzarse a las fauces de la pelea.
- Buenas – me dice.
- Hola Andrés, qué tal tío.
- Bien, ¿y tú?
- Aquí, muriéndome de miedo. ¿Y el resto del ejército?
- ¿Qué ejército?
- Tus amigos.
- Me esperan allí. Yo dije que iba con un par de colegas, y que ya me los encontraría.
- ¿Dos colegas? ¿Esperamos a alguien más?
- Sí, a Snake.
- ¿Snake? ¿Quién demonios es y por qué demonios se hace llamar así?
- Está detrás de ti.
- ¿¡Qué!? ¡Agh! – un sharpero, de dos metros de altura, está de pie a mi espalda, sin que yo me haya dado cuenta de su presencia; cabeza rapada, bómber con parches de anarkía y pintadas de rotulador, pantalones vaqueros de pitillo y botas militares. Es el tipo más grande y más sigiloso que he visto en mi vida, y no puedo esperar a ver al resto de la parada de los monstruos. Como sean la mitad de raros de lo ya visto en la casa okupa…
- Hola, tú eres el amigo de Andrés, ¿Adán?
- Sí, Adán Bobárez… aunque no creo que vaya a sobrevivir más allá de hoy.
- Pues Snake creo que ya sabes por qué es…
- Er… sí – miro a Andrés, casi suplicando ayuda de que me quite al gigantón de encima.
- Venga, subamos al autobús – dice -, éstos deben estar esperándonos.
Empezamos en el Parque de España, donde poco a poco, de entre bocacalles y paradas de metro, van saliendo más y más punkis, sharperos y algún que otro gafapasta, con su americana y pantalones vaqueros, queriéndose hacer el importante con sus amigos. La sensación es de poder, vamos por la calle y llenamos las aceras, hasta que ya no hay gente en las aceras y la calle está cortada al tráfico. Al fondo de Princesa tenemos a unas cuantas personas más, con pancartas.
La manifestación.
Nos estamos acercando poco a poco y los rumores y los vítores crecen.
- ¿Has visto? Los cerdos están ahí…
Un par de trajes delante, cabezas rapadas detrás. Todos unidos.
- Vamos a darles bien.
- Sí, se van a enterar.
La excitación es palpable, es una cortinilla húmeda que nos envuelve junto a nuestro propio sudor.
- Fíjate, si han venido un par de valientes.
- El resto cerdos de los de verdad.
- Todos son cerdos.
Cada vez estamos más cerca, y me coloco a la izquierda de la fila… me doy cuenta, horrorizado, de que estoy casi al lado de la primera fila. Es una locura y no puede estar pasando. Estoy frente a un montón de skins y cincuentones de bareto y tipos con traje y pancartas cantando el Cara al Sol, bien orgullosos, y se supone que voy a tener que pegarlos.
Es horrible, de lo estúpido que resulta.
Niñatos, pienso, niñatos jugando a la guerra, espoleados por los intereses de terceras personas, personas que ni siquiera se han dignado a venir.
A este campo de batalla.
Donde sólo puedo perder.
El desayuno, como es lógico, se me atraganta. La leche con cacao entra por mal sitio cuando mi padre entra en casa con el periódico en la mano, anunciando la manifestación de la tarde y la peligrosidad que suponen no ya los medios y la policía, sino los propios convocantes. Irán, dicen, porque se les necesita en primera fila.
Supongo que huirán a la primera de cambio, y creo que no supongo mal. Dejarán que su ejército particular de descerebrados le parta la cara a Andrés y sus amigos. Y la mía, de mí tampoco se olvidarán. Me imagino perseguido como un perro por entre las calles por una horda de rapados, la rabia espumarajeando en su boca como el jabón bajo un grifo abierto.
De mi particular nube de violencia me baja la llamada de Andrés, para concertar la cita de la tarde.
- Hemos quedado a las cinco en Plaza de España, pero no cogeremos el metro. No al menos hasta allí.
- ¿Y eso?
- Pfff, es que ya pasó una vez, que los policías supieron que iba a haber movida, y nos pillaron a veinte colegas y a mí en uno de los andenes, y nos mandaron a todos para casa.
- Ah, vale, entonces…
- Cogeremos el 148, que se pilla cerca de tu casa, y vamos allá enseguida.
- Tío, tengo miedo.
- ¿Qué?
- Que tengo miedo.
- Yo también.
- No, yo MÁS que tú.
- No te creas, una baza…
- NO, lo sé bien, estoy aterrorizado joder. Tú ya has hecho alguna de estas cosas, pero yo no, yo soy un pelma y un escritor de mierda y no he dado un puñetazo en mi vida.
- Es fácil, si sabes cómo.
- No sé cómo – digo en tono burlón-. La ocasión más parecida a ésta que voy a sufrir esta tarde fue un día, que salí de currar del pub a dar un paseo. ¿Sabes qué paso?
- Sorpréndeme.
- Un borracho salió de la nada cerca del Palacio de Oriente ese, de donde se casaron los putos príncipes. Va el tío y emerge de la oscuridad ¡y me da un puñetazo! ¡En plena cara! ¡Tres días con el ojo hinchado!
- ¿¡Y no hiciste nada!?
- Le empujé y seguí mi camino, estaba demasiado borracho para incorporarse. Pero el caso es que eso es lo más cerca que he estado yo de una pelea.
- Bueno, eres escritor. Puedes hablar del asunto en tu blog o algo de eso que haces.
- ¡Ése es el problema! ¡Imagino las cosas, no las vivo!
- Pues no vengas. Ya te contaré yo lo que necesites para tu blog, ¿te parece?
- No te dejaré solo.
- Vale, pues entonces a las cuatro nos veremos en la parada del 148 de Jaime El Conquistador.
- Sigh, venga. Hasta dentro de un rato.
- Hasta luego… ¡ah! Y ánimo.
- Gracias…
A veces, tener planeado lo que vas a hacer en un día condiciona tu forma de actuar. Con esto quiero decir que, sabiendo la batalla campal que me espera por la tarde, me ducho y me visto y como lentamente, saboreando el momento. Suena melodramático, pero mi mente empezaba a divagar acerca de cuánto duraría mi cuerpo en una lluvia de golpes.
Con suerte, podría estar media hora antes de huir despavorido.
O convencer a Andrés que ir es un suicidio.
Cristo, ¿por qué me meto en estas cosas?
La respuesta la escupe mi cerebro en forma de recuerdo:
“…siempre te pasa algo.”
- Muchas gracias, sabiondo – me digo a mí mismo. Mi madre me mira como si estuviera loco, y no creo que ande mal encaminada.
Estoy en la parada del autobús, cuando veo a Andrés venir. Está solo, y me resulta extraño. Esperaba algún tipo de comando, una división roja comandada por mi amigo para lanzarse a las fauces de la pelea.
- Buenas – me dice.
- Hola Andrés, qué tal tío.
- Bien, ¿y tú?
- Aquí, muriéndome de miedo. ¿Y el resto del ejército?
- ¿Qué ejército?
- Tus amigos.
- Me esperan allí. Yo dije que iba con un par de colegas, y que ya me los encontraría.
- ¿Dos colegas? ¿Esperamos a alguien más?
- Sí, a Snake.
- ¿Snake? ¿Quién demonios es y por qué demonios se hace llamar así?
- Está detrás de ti.
- ¿¡Qué!? ¡Agh! – un sharpero, de dos metros de altura, está de pie a mi espalda, sin que yo me haya dado cuenta de su presencia; cabeza rapada, bómber con parches de anarkía y pintadas de rotulador, pantalones vaqueros de pitillo y botas militares. Es el tipo más grande y más sigiloso que he visto en mi vida, y no puedo esperar a ver al resto de la parada de los monstruos. Como sean la mitad de raros de lo ya visto en la casa okupa…
- Hola, tú eres el amigo de Andrés, ¿Adán?
- Sí, Adán Bobárez… aunque no creo que vaya a sobrevivir más allá de hoy.
- Pues Snake creo que ya sabes por qué es…
- Er… sí – miro a Andrés, casi suplicando ayuda de que me quite al gigantón de encima.
- Venga, subamos al autobús – dice -, éstos deben estar esperándonos.
Empezamos en el Parque de España, donde poco a poco, de entre bocacalles y paradas de metro, van saliendo más y más punkis, sharperos y algún que otro gafapasta, con su americana y pantalones vaqueros, queriéndose hacer el importante con sus amigos. La sensación es de poder, vamos por la calle y llenamos las aceras, hasta que ya no hay gente en las aceras y la calle está cortada al tráfico. Al fondo de Princesa tenemos a unas cuantas personas más, con pancartas.
La manifestación.
Nos estamos acercando poco a poco y los rumores y los vítores crecen.
- ¿Has visto? Los cerdos están ahí…
Un par de trajes delante, cabezas rapadas detrás. Todos unidos.
- Vamos a darles bien.
- Sí, se van a enterar.
La excitación es palpable, es una cortinilla húmeda que nos envuelve junto a nuestro propio sudor.
- Fíjate, si han venido un par de valientes.
- El resto cerdos de los de verdad.
- Todos son cerdos.
Cada vez estamos más cerca, y me coloco a la izquierda de la fila… me doy cuenta, horrorizado, de que estoy casi al lado de la primera fila. Es una locura y no puede estar pasando. Estoy frente a un montón de skins y cincuentones de bareto y tipos con traje y pancartas cantando el Cara al Sol, bien orgullosos, y se supone que voy a tener que pegarlos.
Es horrible, de lo estúpido que resulta.
Niñatos, pienso, niñatos jugando a la guerra, espoleados por los intereses de terceras personas, personas que ni siquiera se han dignado a venir.
A este campo de batalla.
Donde sólo puedo perder.





