Un Cuento sin Supersticiones (y II)
La primera parte se halla publicada en la siguiente dirección:
http://www.carloscapote.com/cuentos/uncuentosinsupersticiones
Os dejo pues, con la segunda parte:
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No podía creerse lo que su joven lápiz había hecho. Sin ningún tipo de calidad literaria ni pretensiones, había logrado matar, de un plumazo y nunca mejor dicho, a su propia hermana.
Era un sueño. Tenía que serlo. Demonios, ni se acordaba de su propio nombre. ¿Uno tiene que recordar su nombre, no? Aunque sea para evitar convertirse en otra persona. No hay problema. Siempre quiso llamarse Caleb por el protagonista de un videojuego y vio su oportunidad bautizándose de ese modo en sus hojas.
Así que había algo raro en las hojas. Lo que había en ellas se hacía realidad.
Por lo tanto ¡su hermana no tendría que estar muerta!
Corrió extasiado hacia su cuarto y cerró la puerta. Necesitaba concentrarse, pensar una buena solución y una buena excusa… sin embargo, el daña ya estaba hecho, descubrió poco después. En las páginas constaba que estaba muerta y así se quedaría a menos de que destruyera el documento.
Y ahí tenía otro problema, porque si lo que se reflejaba en el documento se hacía realidad, al quedar éste destruido, ¿no estaría eliminando todo lo existente?
Movió la cabeza de un lado a otro confuso, absorto por la oscuridad de sus pensamientos y la forma oblonga y luminosa que escupía ideas tan retorcidas en su joven mente. Caleb deseó haberse puesto con los videojuegos antes de crear semejante monstruosidad, tamaño dolor de cabeza.
El gato pasó rozando sus pies, acariciando los tobillos con la sensación fría de pelo erizado. Incluso él notaba que algo malo estaba pasando, pensó Caleb. El viejo felino corrió entonces fuera de su vista, como si le hubiera dado un mensaje importante y secreto y tuviera que volver a esconderse, lejos de ojos nada amistosos.
Pasaría un tiempo hasta que aprendiera la palabra paranoia, pero estaba empezando a descubrir su significado con cada segundo que pasaba. Las hojas seguían llamándole, pedían ser escarificadas con la punta del lapicero, marcadas de por vida con la existencia y todas las posibilidades que pudieran caber en ellas. Caleb sintió miedo de esas hojas terribles que dibujaban muecas, sólo visibles al trasluz, de burla y desespero; que engullirían, eso lo sabía bien, cada una de las palabras que quisiese otorgarlas.
No tendrían piedad.
Caleb acordó ser más listo que ellas. Porque Caleb no era el niño de nueve años, era OTRO niño de nueve años que vivía en su casa. Casualidades de la vida, también tenía una hermana, igual que la del niño de nueve años en todo, incluido el nombre. Retomó la escritura donde la dejó y escuchó el grito de su hermana en la cocina.
¡Había funcionado!
Se contuvo durante un momento para retocar un par de detalles. No podían ganar, esas malditas hojas. Las depositó furioso sobre la cama, arrojó el lápiz encima despreciativamente, y corrió hacia la cocina, ansioso de ver a su hermana de nuevo.
En la cocina, se puso a llorar. Su hermana había encontrado el cadáver de sí misma y permanecía acurrucada en un rincón, temblando de puro miedo. Los ojos se le salían de las órbitas y el sudor perlaba su cara con reflejos del fluorescente del techo, mientras susurraba oraciones que, Caleb supuso, iban dirigidas al cadáver de la adolescente.
http://www.carloscapote.com/cuentos/uncuentosinsupersticiones
Os dejo pues, con la segunda parte:
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No podía creerse lo que su joven lápiz había hecho. Sin ningún tipo de calidad literaria ni pretensiones, había logrado matar, de un plumazo y nunca mejor dicho, a su propia hermana.
Era un sueño. Tenía que serlo. Demonios, ni se acordaba de su propio nombre. ¿Uno tiene que recordar su nombre, no? Aunque sea para evitar convertirse en otra persona. No hay problema. Siempre quiso llamarse Caleb por el protagonista de un videojuego y vio su oportunidad bautizándose de ese modo en sus hojas.
Así que había algo raro en las hojas. Lo que había en ellas se hacía realidad.
Por lo tanto ¡su hermana no tendría que estar muerta!
Corrió extasiado hacia su cuarto y cerró la puerta. Necesitaba concentrarse, pensar una buena solución y una buena excusa… sin embargo, el daña ya estaba hecho, descubrió poco después. En las páginas constaba que estaba muerta y así se quedaría a menos de que destruyera el documento.
Y ahí tenía otro problema, porque si lo que se reflejaba en el documento se hacía realidad, al quedar éste destruido, ¿no estaría eliminando todo lo existente?
Movió la cabeza de un lado a otro confuso, absorto por la oscuridad de sus pensamientos y la forma oblonga y luminosa que escupía ideas tan retorcidas en su joven mente. Caleb deseó haberse puesto con los videojuegos antes de crear semejante monstruosidad, tamaño dolor de cabeza.
El gato pasó rozando sus pies, acariciando los tobillos con la sensación fría de pelo erizado. Incluso él notaba que algo malo estaba pasando, pensó Caleb. El viejo felino corrió entonces fuera de su vista, como si le hubiera dado un mensaje importante y secreto y tuviera que volver a esconderse, lejos de ojos nada amistosos.
Pasaría un tiempo hasta que aprendiera la palabra paranoia, pero estaba empezando a descubrir su significado con cada segundo que pasaba. Las hojas seguían llamándole, pedían ser escarificadas con la punta del lapicero, marcadas de por vida con la existencia y todas las posibilidades que pudieran caber en ellas. Caleb sintió miedo de esas hojas terribles que dibujaban muecas, sólo visibles al trasluz, de burla y desespero; que engullirían, eso lo sabía bien, cada una de las palabras que quisiese otorgarlas.
No tendrían piedad.
Caleb acordó ser más listo que ellas. Porque Caleb no era el niño de nueve años, era OTRO niño de nueve años que vivía en su casa. Casualidades de la vida, también tenía una hermana, igual que la del niño de nueve años en todo, incluido el nombre. Retomó la escritura donde la dejó y escuchó el grito de su hermana en la cocina.
¡Había funcionado!
Se contuvo durante un momento para retocar un par de detalles. No podían ganar, esas malditas hojas. Las depositó furioso sobre la cama, arrojó el lápiz encima despreciativamente, y corrió hacia la cocina, ansioso de ver a su hermana de nuevo.
En la cocina, se puso a llorar. Su hermana había encontrado el cadáver de sí misma y permanecía acurrucada en un rincón, temblando de puro miedo. Los ojos se le salían de las órbitas y el sudor perlaba su cara con reflejos del fluorescente del techo, mientras susurraba oraciones que, Caleb supuso, iban dirigidas al cadáver de la adolescente.
Mensaje:
Bien.
El Perro Manuel ha acabado. Sin embargo, la historia no va a quedar ahí. Mi plan es continuar, a ver qué sale. Algo tengo pensado, así que entre todos, descubriremos qué ocurre.
La mala noticia es que no voy a continuar ahora. Tengo exámenes de la universidad y no puedo dedicarme a escribir. Por ello, hasta dentro de un par de semanas no se iniciará la historia que se llamará:
CARACOL
Y por si se echaba de menos, también tengo preparada una historia de realismo sucio, llamada, provisionalmente:
POR UN PUÑADO DE EUROS
En fin, permaneced en sintonía, los pocos que estáis.
Un saludo de vuestro anfitrión:
Seth Fortuyn
El Perro Manuel ha acabado. Sin embargo, la historia no va a quedar ahí. Mi plan es continuar, a ver qué sale. Algo tengo pensado, así que entre todos, descubriremos qué ocurre.
La mala noticia es que no voy a continuar ahora. Tengo exámenes de la universidad y no puedo dedicarme a escribir. Por ello, hasta dentro de un par de semanas no se iniciará la historia que se llamará:
CARACOL
Y por si se echaba de menos, también tengo preparada una historia de realismo sucio, llamada, provisionalmente:
POR UN PUÑADO DE EUROS
En fin, permaneced en sintonía, los pocos que estáis.
Un saludo de vuestro anfitrión:
Seth Fortuyn
El Perro Manuel (y XV, Final)
Las dos semanas han pasado ya, y en ese tiempo no pude despedirme de Manuel ni convencer a Ernesto de mi “disparatada” teoría; Ernesto me había llamado poco después del incidente que costaría la vida a su perro, para avisarme de que no volvería a pisar su casa ni ver a Canelo, y que más me valía no intentar nada raro, porque me veía venir.
No me perdonaría. Nunca.
Pero yo no iba a hacer nada.
En esas dos semanas tuve tiempo de pensar, si todo era una pesadilla, y no podía cambiar el rumbo de los sucesos que perlaban mi vida, no tenía por qué intentar cambiar el sacrificio de Manuel. Era decisión suya palmarla como un perro, y no era quién para oponerme. De ahí que acatara su decisión.
Además, cada vez que luchaba contra el tejido de mi angustiosa realidad, ésta se revolvía devolviéndome el golpe, y no hubiera soportado otro más. Había perdido dos amigos y casi a mi novia. Con mi novia podía seguir, pero tenía que cargar el resto de mi vida con el recuerdo de Manuel, y el odio de Ernesto.
Y hoy, me he levantado y no había una sola nube en el cielo, solo finas hebras de humo de reactor, y el sol brillaba y apenas había sitio donde esconderse de él. La vida sigue, pensé, sigue y se burla del que fue mi amigo.
He imaginado su tristeza, viendo por última vez la puerta de Ernesto cerrada detrás de él, tocando con las palmas de las manos el suelo y mirando alrededor. ¿Creería que merecía la pena? ¿Habría pensado en volver a ser humano o decidiría que era un buen día para ser sacrificado? ¿Miedo? ¿Pena? La mitad del día se lo he dedicado a Manuel, de un modo u otro, recordando anécdotas hasta su fatal desenlace.
Se hizo de noche, y no tuve noticias. Hasta que, hace un par de horas, Ernesto me llamó a pesar de su enfado:
- Canelo ha muerto ya – dijo apesumbrado.
- ¿Luchó? – pregunté inquieto.
- NO. No tenía ni idea de qué le iba a pasar.
Si supiera.
- Fue rápido, ¿no?
- Sí… nos miró con cara de pena, antes de cerrar los ojos. Y se recostó y no volvió a levantarse.
Y colgó.
He decidido que llamaré a la policía. Denunciaré que un hombre está enterrado en la tumba de un perro, y dejaré que hagan sus pesquisas. Me imagino, Ernesto tendrá problemas. Luego, los tendré yo, cuando descubran que el cadáver es Manuel, y alguien, da igual si Ernesto o Guzmán, cuente mi historia.
Que Manuel está allí, porque se hizo pasar por Canelo.
Nadie me creerá y me dejarán en paz; así que voy a escribirlo todo. Para que no me olvide, para que no se pierda entre las leyendas urbanas y la nada. Y esperaré la catástrofe que anunció Manuel.
Quizá, esto sólo sea el principio.
No me perdonaría. Nunca.
Pero yo no iba a hacer nada.
En esas dos semanas tuve tiempo de pensar, si todo era una pesadilla, y no podía cambiar el rumbo de los sucesos que perlaban mi vida, no tenía por qué intentar cambiar el sacrificio de Manuel. Era decisión suya palmarla como un perro, y no era quién para oponerme. De ahí que acatara su decisión.
Además, cada vez que luchaba contra el tejido de mi angustiosa realidad, ésta se revolvía devolviéndome el golpe, y no hubiera soportado otro más. Había perdido dos amigos y casi a mi novia. Con mi novia podía seguir, pero tenía que cargar el resto de mi vida con el recuerdo de Manuel, y el odio de Ernesto.
Y hoy, me he levantado y no había una sola nube en el cielo, solo finas hebras de humo de reactor, y el sol brillaba y apenas había sitio donde esconderse de él. La vida sigue, pensé, sigue y se burla del que fue mi amigo.
He imaginado su tristeza, viendo por última vez la puerta de Ernesto cerrada detrás de él, tocando con las palmas de las manos el suelo y mirando alrededor. ¿Creería que merecía la pena? ¿Habría pensado en volver a ser humano o decidiría que era un buen día para ser sacrificado? ¿Miedo? ¿Pena? La mitad del día se lo he dedicado a Manuel, de un modo u otro, recordando anécdotas hasta su fatal desenlace.
Se hizo de noche, y no tuve noticias. Hasta que, hace un par de horas, Ernesto me llamó a pesar de su enfado:
- Canelo ha muerto ya – dijo apesumbrado.
- ¿Luchó? – pregunté inquieto.
- NO. No tenía ni idea de qué le iba a pasar.
Si supiera.
- Fue rápido, ¿no?
- Sí… nos miró con cara de pena, antes de cerrar los ojos. Y se recostó y no volvió a levantarse.
Y colgó.
He decidido que llamaré a la policía. Denunciaré que un hombre está enterrado en la tumba de un perro, y dejaré que hagan sus pesquisas. Me imagino, Ernesto tendrá problemas. Luego, los tendré yo, cuando descubran que el cadáver es Manuel, y alguien, da igual si Ernesto o Guzmán, cuente mi historia.
Que Manuel está allí, porque se hizo pasar por Canelo.
Nadie me creerá y me dejarán en paz; así que voy a escribirlo todo. Para que no me olvide, para que no se pierda entre las leyendas urbanas y la nada. Y esperaré la catástrofe que anunció Manuel.
Quizá, esto sólo sea el principio.
El Perro Manuel (y XIV)
Ernesto llamó a su madre por teléfono para tranquilizarse, tras vendar la profunda herida de mi antebrazo. De verdad semejaba las mordeduras de un pastor alemán adulto. Mi ex amigo me oteó por encima del hombro, visiblemente disgustado, y se marchó a su despacho.
Manuel vino con un trote inseguro, la cabeza gacha, hacia el sofá donde estaba sentado.
- No eres un animal, ¿sabes?
- Ahora sí – contestó, y le costaba entonar como una persona. Llevaba cinco meses como un perro, que al cambio venían a ser treinta y cinco meses, es decir, casi tres años.
- Puedes dejarlo cuando quieras.
- Pero es que no quiero, ¿nunca lo has entendido?
- Ni lo haré jamás, quiero que conste – dije, añadiendo el mayor peso a unas palabras vacilantes, fruto del profundo miedo que sentía hacia Manuel y por Manuel. Podría haberme matado. ¡Podría haberme arrancado el cuello de cuajo!
- Pienso apechugar con esto.
- ¿Qué? ¡Estarás de broma!
- NO.
No valía la pena conversar con él. Estaba loco. Si quería que lo mataran, allá él, pensé. Él intentó lo mismo conmigo. Y su oportunidad venía con erguirse de nuevo y recibir su antigua vida.
- Escucha. Antes era un mierda. Eso no lo pude cambiar, ni podré. Yo ya andaba pensando en quitarme la vida, ¿sabes? Tú alguna vez… alguna vez lo dijiste. Que era metamorfo, me amoldaba a cualquier situación. Para ello, no apechugaba con mis problemas. La culpa era siempre de los demás.
Los llantos de Ernesto se filtraban por el yeso, las maldiciones y una serie de ruidos de trastos rompiéndose. Afuera el sol brillaba sin ninguna nube en el horizonte, pero la posición del edificio no permitía la entrada directa de la luz; aún así, el fulgor de su sombra inundaba el salón.
- Bien, éste es mi problema y saldré de la única manera que se me ofrece.
- Con los pies por delante – añadí.
- Sí. Hay una última cosa – susurró -, y es que oigo igual que un perro y tengo el mismo olfato. Igual que un chucho. – Hizo una pausa divertida.- Mola, ¿eh?
- Si te…
- No, calla, - hubo gravedad en su voz - Ernesto ha colgado y está respirando hondo antes de venir aquí. Hay una cosa que quiero contarte. – Cogió aire y acompañando el gesto de miedo con un tono susurrante, dijo -: H-he sentido algo mal. Ya sabes que los animales tienen un sexto sentido para las catástrofes y eso ¿no? Pues bien, he notado algo.
- ¿Qué?
- No puedo explicarlo… - se volvió en dirección al cuarto de Ernesto; había notado cómo se disponía a entrar en el salón. - Ahora calla y disimula. Ernesto viene – y se alejó rápidamente.
Entró Ernesto, secándose las lágrimas con las mangas del pijama.
- En dos semanas le sacrificaremos – dijo.
Manuel vino con un trote inseguro, la cabeza gacha, hacia el sofá donde estaba sentado.
- No eres un animal, ¿sabes?
- Ahora sí – contestó, y le costaba entonar como una persona. Llevaba cinco meses como un perro, que al cambio venían a ser treinta y cinco meses, es decir, casi tres años.
- Puedes dejarlo cuando quieras.
- Pero es que no quiero, ¿nunca lo has entendido?
- Ni lo haré jamás, quiero que conste – dije, añadiendo el mayor peso a unas palabras vacilantes, fruto del profundo miedo que sentía hacia Manuel y por Manuel. Podría haberme matado. ¡Podría haberme arrancado el cuello de cuajo!
- Pienso apechugar con esto.
- ¿Qué? ¡Estarás de broma!
- NO.
No valía la pena conversar con él. Estaba loco. Si quería que lo mataran, allá él, pensé. Él intentó lo mismo conmigo. Y su oportunidad venía con erguirse de nuevo y recibir su antigua vida.
- Escucha. Antes era un mierda. Eso no lo pude cambiar, ni podré. Yo ya andaba pensando en quitarme la vida, ¿sabes? Tú alguna vez… alguna vez lo dijiste. Que era metamorfo, me amoldaba a cualquier situación. Para ello, no apechugaba con mis problemas. La culpa era siempre de los demás.
Los llantos de Ernesto se filtraban por el yeso, las maldiciones y una serie de ruidos de trastos rompiéndose. Afuera el sol brillaba sin ninguna nube en el horizonte, pero la posición del edificio no permitía la entrada directa de la luz; aún así, el fulgor de su sombra inundaba el salón.
- Bien, éste es mi problema y saldré de la única manera que se me ofrece.
- Con los pies por delante – añadí.
- Sí. Hay una última cosa – susurró -, y es que oigo igual que un perro y tengo el mismo olfato. Igual que un chucho. – Hizo una pausa divertida.- Mola, ¿eh?
- Si te…
- No, calla, - hubo gravedad en su voz - Ernesto ha colgado y está respirando hondo antes de venir aquí. Hay una cosa que quiero contarte. – Cogió aire y acompañando el gesto de miedo con un tono susurrante, dijo -: H-he sentido algo mal. Ya sabes que los animales tienen un sexto sentido para las catástrofes y eso ¿no? Pues bien, he notado algo.
- ¿Qué?
- No puedo explicarlo… - se volvió en dirección al cuarto de Ernesto; había notado cómo se disponía a entrar en el salón. - Ahora calla y disimula. Ernesto viene – y se alejó rápidamente.
Entró Ernesto, secándose las lágrimas con las mangas del pijama.
- En dos semanas le sacrificaremos – dijo.
El Perro Manuel (XIII)
Me presenté una tarde en casa de Ernesto sin llamarle antes por teléfono. El portal estaba abierto, y me adentré dispuesto a un último enfrentamiento. Cuando subí las escaleras, oí los ladridos de Manuel.
Me acordé de Canelo. De cómo deseé oírle una última vez ladrando tras la pared de la casa de Ernesto, y poder despedirme del animal. No me gustaba para vivir con él, pero me encantaba ver de vez en cuando al perro. Corretear, y jugar, y traerte la pelota.
¿Cómo se las había arreglado Manuel para saber que subía?
Llamé a la puerta, primero con la mano sobre la chapa de madera que recubría la lámina metálica de seguridad, luego al timbre. Oí a Manuel trotar, jadear y ladrar tras la puerta, hasta que un ruido de cerrojos evidenció la llegada de Ernesto.
- Buenas, ¿qué haces por aquí? – dijo, abriendo la puerta despacio. Estaba en pijama y tenía aspecto de haberse levantado hacía poco.
- Me he saltado la clase y me he dicho, “vamos a hacer una visita a Ernesto” – mentí.
- Oh, pasa, pasa. Pues… no sé, me pillas en bragas. Por suerte no tengo que hacer nada hoy, me pulí anoche unas cuantas cosas… de ahí que esté en pijama todavía… - se acercó a la televisión y encendió la consola. De una estantería cercana, sacó un videojuego de fútbol. – Doce horas he dormido hoy, ¡me siento genial! ¿Te apetece unos partidos? He…
Me di la vuelta y clavé los ojos en Manuel. Hacía meses que no llevaba nada de ropa encima, se paseaba desnudo con la piel llena de escamas de mierda; el cuerpo estaba cubierto de pequeñas cicatrices, rozaduras, algún que otro moratón y cúmulos de carne sobrante en piernas y brazos, amoratada y varicosa. Me fijé que tenía abundante pelo en los hombros y en el abdomen, y las piernas deformadas estaban negras por el pelo y el barro.
- … estado…
Corrí hacia Manuel, el cual intentó escapar en vano. De un salto le tenía cogido del cuello con una mano, y con la otra retorcía uno de sus brazos en la espalda. Me quedé en cuclillas haciéndole la presa, y él de rodillas con la lengua fuera.
- … practicando mucho, ¿pero qué? ¡Hijoputa!
En el tiempo en que Ernesto tardó en acercarse a nosotros, Manuel ya me había lanzado hacia detrás y acorralado contra la pared. Arqueó la espalda en posición de ataque, con pies y manos apoyados en el suelo, la boca abierta y llena de babas, casi espumarajos.
- ¡Estás loco cabrón! ¡Déjale en paz! ¡Canelo, quieto…!
Observé las cejas de Manuel, y los ojos nada humanos exudando ira. Ernesto estaba a cinco metros, pero no llegaría a tiempo. Estaba aterrorizado, el miedo me envolvía como una manta que absorbía mi amigo-perro, convirtiendo su ira en placer enfermo. Manuel me embistió en primer término, y empujándome con la cabeza el torso contra la pared, se afanó en mi brazo izquierdo con bocados superficiales primero, con dolorosas dentelladas después.
- ¡No! ¡¡Joder no!!
Ernesto nos separó, salvándome la vida, cuando su hocico husmeaba y tanteaba mi cuello.
- ¡Maníaco! ¡Una vez prueban la sangre humana, no la olvidan! Oh, no, oh… ¡mierda! – Su mano derecha arrastró el sudor de su frente hacia las cejas. Gañó -: ¡Vamos a tener que sacrificarle!
Me acordé de Canelo. De cómo deseé oírle una última vez ladrando tras la pared de la casa de Ernesto, y poder despedirme del animal. No me gustaba para vivir con él, pero me encantaba ver de vez en cuando al perro. Corretear, y jugar, y traerte la pelota.
¿Cómo se las había arreglado Manuel para saber que subía?
Llamé a la puerta, primero con la mano sobre la chapa de madera que recubría la lámina metálica de seguridad, luego al timbre. Oí a Manuel trotar, jadear y ladrar tras la puerta, hasta que un ruido de cerrojos evidenció la llegada de Ernesto.
- Buenas, ¿qué haces por aquí? – dijo, abriendo la puerta despacio. Estaba en pijama y tenía aspecto de haberse levantado hacía poco.
- Me he saltado la clase y me he dicho, “vamos a hacer una visita a Ernesto” – mentí.
- Oh, pasa, pasa. Pues… no sé, me pillas en bragas. Por suerte no tengo que hacer nada hoy, me pulí anoche unas cuantas cosas… de ahí que esté en pijama todavía… - se acercó a la televisión y encendió la consola. De una estantería cercana, sacó un videojuego de fútbol. – Doce horas he dormido hoy, ¡me siento genial! ¿Te apetece unos partidos? He…
Me di la vuelta y clavé los ojos en Manuel. Hacía meses que no llevaba nada de ropa encima, se paseaba desnudo con la piel llena de escamas de mierda; el cuerpo estaba cubierto de pequeñas cicatrices, rozaduras, algún que otro moratón y cúmulos de carne sobrante en piernas y brazos, amoratada y varicosa. Me fijé que tenía abundante pelo en los hombros y en el abdomen, y las piernas deformadas estaban negras por el pelo y el barro.
- … estado…
Corrí hacia Manuel, el cual intentó escapar en vano. De un salto le tenía cogido del cuello con una mano, y con la otra retorcía uno de sus brazos en la espalda. Me quedé en cuclillas haciéndole la presa, y él de rodillas con la lengua fuera.
- … practicando mucho, ¿pero qué? ¡Hijoputa!
En el tiempo en que Ernesto tardó en acercarse a nosotros, Manuel ya me había lanzado hacia detrás y acorralado contra la pared. Arqueó la espalda en posición de ataque, con pies y manos apoyados en el suelo, la boca abierta y llena de babas, casi espumarajos.
- ¡Estás loco cabrón! ¡Déjale en paz! ¡Canelo, quieto…!
Observé las cejas de Manuel, y los ojos nada humanos exudando ira. Ernesto estaba a cinco metros, pero no llegaría a tiempo. Estaba aterrorizado, el miedo me envolvía como una manta que absorbía mi amigo-perro, convirtiendo su ira en placer enfermo. Manuel me embistió en primer término, y empujándome con la cabeza el torso contra la pared, se afanó en mi brazo izquierdo con bocados superficiales primero, con dolorosas dentelladas después.
- ¡No! ¡¡Joder no!!
Ernesto nos separó, salvándome la vida, cuando su hocico husmeaba y tanteaba mi cuello.
- ¡Maníaco! ¡Una vez prueban la sangre humana, no la olvidan! Oh, no, oh… ¡mierda! – Su mano derecha arrastró el sudor de su frente hacia las cejas. Gañó -: ¡Vamos a tener que sacrificarle!
El Perro Manuel (y XII)
Pasó un mes, y Lidia llamó para hacer las paces:
- ¿Se te ha pasado ya lo del perro?
Asentí, pensando en el pacto con Manuel.
Y mi vida volvió a ser muy parecida a como era antes. Tenía una novia que me quería y me lo demostraba en cuanto podía, y tenía amigos, y uno era Ernesto, veintiséis años, independizado, y otro era Manuel, su pastor alemán, también llamado Canelo. Tenía unos estudios que atender, una carrera que sacar, y no me podía quejar porque no era demasiado difícil. Tenía un buen trabajo con unos compañeros agradables y un sueldo medianamente decente.
Sin embargo, no podía sentirme feliz. En realidad, era una pesadilla.
¿No habéis tenido nunca una pesadilla en la que todo es perfecto, y sin embargo TODO esta mal? Es una sensación, tras la nuca, que se mezcla con el sudor como el agua y el cemento. Te impeles a sonreír y hay una sombra que te acecha, un torso humano con la cabeza en constante éxtasis, un vagón de metro lleno de caras tristes y suplicantes. Un ruido de alas de palomas al abrir los ojos, un constante jadeo animal escondido debajo de la cama. Una nube, negra, que te persigue a cada ventana que te asomas.
Cualquier cosa que hacía, cualquier cosa que decía, parecía externa a mí. Ajeno a mis pensamientos, distanciado de mis deseos, me sentía más que nunca un espectador de mi propia vida. He dicho esto muchas veces, antes, pero nunca tuvo mayor significado como entonces. Abría los ojos y me duchaba y aparecía en la universidad, después de haber estudiado y comido, y en un parpadeo estaba de vuelta en casa o soltando paridas con mis compañeros de trabajo. Dormía, y soñaba, y volvía el ciclo.
Parecía haber excepciones, y al quedar con mi novia la rutina se escondía, esperando de nuevo su oportunidad en cuanto dejara a Lidia en casa. Y ella me susurraba cosas bonitas al oído, y me tocaba la mano o me acariciaba tumbados sobre la cama, y cada palabra que la devolvía, cada gesto y caricia, sí provenían de mí.
Me estaba volviendo loco.
Y la solución del problema, determiné un día de insomnio, con la estática de la televisión marcando chanzas en mis oídos, era Manuel. Habían pasado ya cinco meses desde su metamorfosis en Canelo.
El ruido blanco pintado en la televisión mostró una hilera de pequeños y numerosos dientes sonriendo.
- ¿Se te ha pasado ya lo del perro?
Asentí, pensando en el pacto con Manuel.
Y mi vida volvió a ser muy parecida a como era antes. Tenía una novia que me quería y me lo demostraba en cuanto podía, y tenía amigos, y uno era Ernesto, veintiséis años, independizado, y otro era Manuel, su pastor alemán, también llamado Canelo. Tenía unos estudios que atender, una carrera que sacar, y no me podía quejar porque no era demasiado difícil. Tenía un buen trabajo con unos compañeros agradables y un sueldo medianamente decente.
Sin embargo, no podía sentirme feliz. En realidad, era una pesadilla.
¿No habéis tenido nunca una pesadilla en la que todo es perfecto, y sin embargo TODO esta mal? Es una sensación, tras la nuca, que se mezcla con el sudor como el agua y el cemento. Te impeles a sonreír y hay una sombra que te acecha, un torso humano con la cabeza en constante éxtasis, un vagón de metro lleno de caras tristes y suplicantes. Un ruido de alas de palomas al abrir los ojos, un constante jadeo animal escondido debajo de la cama. Una nube, negra, que te persigue a cada ventana que te asomas.
Cualquier cosa que hacía, cualquier cosa que decía, parecía externa a mí. Ajeno a mis pensamientos, distanciado de mis deseos, me sentía más que nunca un espectador de mi propia vida. He dicho esto muchas veces, antes, pero nunca tuvo mayor significado como entonces. Abría los ojos y me duchaba y aparecía en la universidad, después de haber estudiado y comido, y en un parpadeo estaba de vuelta en casa o soltando paridas con mis compañeros de trabajo. Dormía, y soñaba, y volvía el ciclo.
Parecía haber excepciones, y al quedar con mi novia la rutina se escondía, esperando de nuevo su oportunidad en cuanto dejara a Lidia en casa. Y ella me susurraba cosas bonitas al oído, y me tocaba la mano o me acariciaba tumbados sobre la cama, y cada palabra que la devolvía, cada gesto y caricia, sí provenían de mí.
Me estaba volviendo loco.
Y la solución del problema, determiné un día de insomnio, con la estática de la televisión marcando chanzas en mis oídos, era Manuel. Habían pasado ya cinco meses desde su metamorfosis en Canelo.
El ruido blanco pintado en la televisión mostró una hilera de pequeños y numerosos dientes sonriendo.
El Perro Manuel (y XI)
Una semana sin Lidia, y sin Ernesto y sin Manuel. Me sentía fatal, como nunca antes. Porque lo de mi novia… sabía que dolería como una herida de bala; al principio, impactado por el choque, mis nervios no sabrían procesar el dolor, por dónde empezar. Pero tarde o temprano, me daría cuenta, del ardor, la lacerante aflicción. Respecto a Ernesto y Manuel, un amigo es más amigo cuando no lo tienes cerca.
Echaba de menos, mi vida antes.
Y todo, era por culpa de Manuel. Por mi empeño en demostrar al mundo que algo no iba bien. Que sus intenciones de hacerse pasar por Canelo no solo eran descabelladas, sino imposibles.
Llamé a Ernesto otra vez y quedamos e hicimos las paces. Me advirtió que no volvería a admitir la necedad de Manuel transformado en Canelo: Canelo era un perro y ya estaba. Acepté de mala gana, para poder visitar en otra ocasión a Manuel.
Y volvió a dejarme con el perro, y en cuanto cerró la puerta, abordé a mi amigo Homo Canidus.
- Tú ganas – dije entristecido.
- ¿Rourf? – torció la cabeza a un lado. Tenía la barba crecida e hirsuta.
- Sí, te dejaré hacer de perro. Me he hartado ya. Casi pierdo a mi novia y a Ernesto por esta… esta… locura. No dejaré que me destruya, eso es todo. Porque a Ernesto ya le he convencido de que se me ha pasado, pero con Lidia falta mucho por andar.
- Rourf, af, af, af, af… - contestó, las ropas hechas jirones balanceándose con su paseo en mitad del salón. Se estaba regodeando con mis palabras, como si le rodearan y bailara con ellas.
- Sólo quiero saber… ¿por qué? Tus padres andan removiendo cielo y tierra en tu búsqueda. Algunos amigos se han ofrecido a pegar carteles con tu foto, ¿ves? – Saqué uno de los carteles, con una foto carné de Manuel y un mensaje de sus padres, junto al número de teléfono de su casa.
- Soy más libre – ladró. Llevaba, según sus retorcidos cálculos, unos cuatro meses transformado. Creo que no se molestaba en desentumecer los músculos por la noche, cuando nadie lo viera. Creo que aceptó su rol sin más, esperando ver a qué le llevaba.
- Pero tu vida es más insulsa…
- Nadie me dice lo que tengo que hacer, y si pido algo me lo dan. Y puedo ver películas que disfruto mucho porque paladeo cada segundo, y mi única responsabilidad es seguir viviendo.
- No sé… piensa en… ¡en el sexo! Ya no podrás follar con nadie, y si una chica te gusta… pues no hay tu tía.
- La puedo manosear lo que quiera y siempre pareceré un perro juguetón y no un salido. De todas formas, tampoco es que tenga mucho éxito con las mujeres.
- Pero…
- Escucha, esto es algo temporal, casi estoy seguro. En cuanto pasen un par de años lo dejaré. Hasta entonces, haré de Canelo.
- ¡Dos años! ¡Eso es mucho tiempo!
- A mí me parecerá más – gruñó, rascándose la oreja con la pierna trasera. Se hizo una pequeña herida con las zapatillas, las cuales llevaba puestas todavía.
- Sólo quería decirte que no te molestaré más. Dejaré que vayas a tu bola y no daré la tabarra a nadie sobre tu caso… total, nadie me va a creer.
- Está bien… amigo.
Y jadeando se fue a dar una pequeña vuelta por la casa. Después, pareció oler a Ernesto antes de que apareciera por la puerta, pues le esperó unos treinta segundos en el recibidor hasta que se oyó la llave hurgando en la cerradura.
Ernesto acarició a su fiel amigo.
Yo le di la mano y salí de aquel lugar apestoso.
Echaba de menos, mi vida antes.
Y todo, era por culpa de Manuel. Por mi empeño en demostrar al mundo que algo no iba bien. Que sus intenciones de hacerse pasar por Canelo no solo eran descabelladas, sino imposibles.
Llamé a Ernesto otra vez y quedamos e hicimos las paces. Me advirtió que no volvería a admitir la necedad de Manuel transformado en Canelo: Canelo era un perro y ya estaba. Acepté de mala gana, para poder visitar en otra ocasión a Manuel.
Y volvió a dejarme con el perro, y en cuanto cerró la puerta, abordé a mi amigo Homo Canidus.
- Tú ganas – dije entristecido.
- ¿Rourf? – torció la cabeza a un lado. Tenía la barba crecida e hirsuta.
- Sí, te dejaré hacer de perro. Me he hartado ya. Casi pierdo a mi novia y a Ernesto por esta… esta… locura. No dejaré que me destruya, eso es todo. Porque a Ernesto ya le he convencido de que se me ha pasado, pero con Lidia falta mucho por andar.
- Rourf, af, af, af, af… - contestó, las ropas hechas jirones balanceándose con su paseo en mitad del salón. Se estaba regodeando con mis palabras, como si le rodearan y bailara con ellas.
- Sólo quiero saber… ¿por qué? Tus padres andan removiendo cielo y tierra en tu búsqueda. Algunos amigos se han ofrecido a pegar carteles con tu foto, ¿ves? – Saqué uno de los carteles, con una foto carné de Manuel y un mensaje de sus padres, junto al número de teléfono de su casa.
- Soy más libre – ladró. Llevaba, según sus retorcidos cálculos, unos cuatro meses transformado. Creo que no se molestaba en desentumecer los músculos por la noche, cuando nadie lo viera. Creo que aceptó su rol sin más, esperando ver a qué le llevaba.
- Pero tu vida es más insulsa…
- Nadie me dice lo que tengo que hacer, y si pido algo me lo dan. Y puedo ver películas que disfruto mucho porque paladeo cada segundo, y mi única responsabilidad es seguir viviendo.
- No sé… piensa en… ¡en el sexo! Ya no podrás follar con nadie, y si una chica te gusta… pues no hay tu tía.
- La puedo manosear lo que quiera y siempre pareceré un perro juguetón y no un salido. De todas formas, tampoco es que tenga mucho éxito con las mujeres.
- Pero…
- Escucha, esto es algo temporal, casi estoy seguro. En cuanto pasen un par de años lo dejaré. Hasta entonces, haré de Canelo.
- ¡Dos años! ¡Eso es mucho tiempo!
- A mí me parecerá más – gruñó, rascándose la oreja con la pierna trasera. Se hizo una pequeña herida con las zapatillas, las cuales llevaba puestas todavía.
- Sólo quería decirte que no te molestaré más. Dejaré que vayas a tu bola y no daré la tabarra a nadie sobre tu caso… total, nadie me va a creer.
- Está bien… amigo.
Y jadeando se fue a dar una pequeña vuelta por la casa. Después, pareció oler a Ernesto antes de que apareciera por la puerta, pues le esperó unos treinta segundos en el recibidor hasta que se oyó la llave hurgando en la cerradura.
Ernesto acarició a su fiel amigo.
Yo le di la mano y salí de aquel lugar apestoso.
El Perro Manuel (X)
Pregunté a Ernesto si podía visitarle acompañado por mi novia Lidia. Llevaba ya más de un año saliendo con ella, pero extrañamente nunca fuimos los dos a visitarle, por lo que cualquier día parecía idóneo para hacer las presentaciones. Además, apenas sí se habían visto un par de veces.
Sonaba lógico.
Aparecimos por la tarde con un par de películas bajo el brazo. Oí a Manuel ladrar cuando llamábamos a la puerta, pero esta vez me guardé los comentarios para evitar que pasara como con Guzmán.
- Buenas – nos dijo a los dos, arreglado con unos vaqueros y una camiseta blanca con la cara de un soldado sonriente; encima del casco, aparecía escrito “La guerra puede esperar, ¡mastúrbate!”.
- Hola Ernesto… creo que te la he presentado en alguna ocasión… ella es Lidia.
Se acercó a darla un par de besos, y nos invitó a pasar.
Manuel corrió a la terraza en cuanto pasamos el marco de la puerta.
- ¿Qué os apetece hacer? – preguntó Ernesto. Nosotros nos habíamos sentado en el sofá del salón, pero el siguió de pie, esperando el plan.
- No sé – dijo Lidia, mirándome.
- Podemos ver una peli – dije yo, mirando de soslayo la puerta a la terraza. Me imaginé a Manuel temiendo que alguien descubriera su embuste.
- Sí, hemos traído un par – añadió Lidia. Me volvió a mirar, esta vez con los ojos endurecidos por un enfado en gestación, y reclamó ver a ese supuesto “perro Manuel”.
Pensé en algo que permitiera ratos libres a quien no quisiera prestar atención, para que ella se pudiera escaquear y ver a Manuel. Una película nos mantendría atados al sofá una hora y media como mínimo y no era plan.
Un mes después de empezar a salir juntos o así, Lidia y yo fuimos a unos recreativos, y ella me dio una buena paliza con un juego de lucha, aunque no había jugado en su vida.
- ¿Y si pones la consola?
- Sí, pon el juego ese de lucha – dijo Lidia, leyéndome la mente.
- Sí, vamos a dar hostias.
Pusimos cinco rondas por combate y un rey de la pista, para alargar un poco las partidas. Al tercer combate ganado, Lidia aflojó y la cosa pasó a ser entre Ernesto y yo, con interminables rondas llenas de combos y amagos y empates… Mi novia aprovechó para escurrirse y saludar al perro.
No estuvo ni diez segundos con Manuel. Volvió enfadada y en cuanto acabó el combate, me llevó aparte ante la atónita mirada de Ernesto.
- Me has mentido.
- ¿No te parece Manuel?
- No es Manuel. Es un puto perro. Es Canelo, joder.
- Pero…
- No me vengas con gilipolleces, ¿vale? No la cagues, ¿eh?
- Escucha… no es lo que parece…
- ¿No parece un perro?
- Mírale, joder, si hasta…
Me quedé paralizado, con Manuel mirándome triunfal. Seguía vestido. ¡Eso era!
Todavía tenía la ropa de cuando se transformó en perro. Estaba sucia y rota, y apestaba, pero era la misma de hacía una semana y media. ¿Ya había pasado tanto?
- Te lo mostraré, Lidia. Te enseñaré que es Manuel.
- ¿Ya estás con eso tarado? – dijo Ernesto encrespado. Se levantó del sofá de un salto con las cejas en v; estaba hecho un puto demonio y daba miedo.
Pasé entre sus brazos, los cuales seguro querían atizarme, y agarré a Manuel por el cuello de la camisa, intentando arrancársela.
- ¡Dios mío! – Lidia se echó las manos a la boca y apartó la vista horrorizada.
Ernesto corrió hacia mí a tiempo de evitar que la camiseta cediera.
- ¡Por Dios! ¿Te has vuelto loco? – chilló a mi oído.
- Está vestido, ¡lo juro que es cierto! – Me justifiqué como pude, pero me imaginaba lo que habían visto: un psicópata a punto de desollar a un perro.
- ¡Pero si parecía que le estuvieras arrancando la piel! – confirmó Ernesto, la cara roja y la saliva ardiendo.
Lidia se marchó entre sollozos.
Me disculpé como pude de Ernesto, el cual decidió que tampoco quería verme por una temporada, y salí cabizbajo, tras perder a dos amigos y a mi novia.
Al salir a la calle desenfundé el móvil, para ver si podía hablar con Lidia. Marqué su número y me dio tono, y cuando parecía que ya no iba a aceptar la llamada, descolgó. Oí un par de sollozos antes de que dijera:
- ¿Qué quieres?
Podía imaginar su decepción, su profunda tristeza por el lamentable espectáculo que su novio había organizado. Las palabras inundadas por lágrimas salidas de ojos tristes.
- Cariño, lo siento.
- ¡No! Déjame en paz, ¿vale?
- Eh, venga, yo… no me lo esperaba…
- ¡Era un puto perro, joder! ¡Me miraste a los ojos y me mentiste! ¡Y casi despellejas al pobre animal, Adán! – Lloró.
- Lo siento de veras, perdóname, por favor, perdóname…
- N-no me lo e-esperaba de ti, Adán… de verdad que no, es… vale. No conocía esta faceta tuya y no me gusta nada.
- ¿Qué faceta? ¿Qué quieres decir?
- Me has decepcionado. M-me ha dolido, ¿entiendes? Me soltaste una gilipollez enorme y encima te creí. ¡Creí por un momento que Manuel se hacía pasar por perro, de tanto que te quería! Pero mira… no, no – se trabaron sus palabras -, no volverá a pasar.
- ¡No!
- ¡Sí, joder! ¡Sí! –Afirmó furiosa.- V-vamos a dejarlo un tiempo, ¿de acuerdo? Vamos a estar un tiempo separados, y pensaré si… si merece la pena, seguir contigo.
- …
- ¿Tienes algo que decir?
- …
- Pues ya está. ¡Ahora déjame en paz!
Colgó, y no volvería verla hasta pasado un mes.
Sonaba lógico.
Aparecimos por la tarde con un par de películas bajo el brazo. Oí a Manuel ladrar cuando llamábamos a la puerta, pero esta vez me guardé los comentarios para evitar que pasara como con Guzmán.
- Buenas – nos dijo a los dos, arreglado con unos vaqueros y una camiseta blanca con la cara de un soldado sonriente; encima del casco, aparecía escrito “La guerra puede esperar, ¡mastúrbate!”.
- Hola Ernesto… creo que te la he presentado en alguna ocasión… ella es Lidia.
Se acercó a darla un par de besos, y nos invitó a pasar.
Manuel corrió a la terraza en cuanto pasamos el marco de la puerta.
- ¿Qué os apetece hacer? – preguntó Ernesto. Nosotros nos habíamos sentado en el sofá del salón, pero el siguió de pie, esperando el plan.
- No sé – dijo Lidia, mirándome.
- Podemos ver una peli – dije yo, mirando de soslayo la puerta a la terraza. Me imaginé a Manuel temiendo que alguien descubriera su embuste.
- Sí, hemos traído un par – añadió Lidia. Me volvió a mirar, esta vez con los ojos endurecidos por un enfado en gestación, y reclamó ver a ese supuesto “perro Manuel”.
Pensé en algo que permitiera ratos libres a quien no quisiera prestar atención, para que ella se pudiera escaquear y ver a Manuel. Una película nos mantendría atados al sofá una hora y media como mínimo y no era plan.
Un mes después de empezar a salir juntos o así, Lidia y yo fuimos a unos recreativos, y ella me dio una buena paliza con un juego de lucha, aunque no había jugado en su vida.
- ¿Y si pones la consola?
- Sí, pon el juego ese de lucha – dijo Lidia, leyéndome la mente.
- Sí, vamos a dar hostias.
Pusimos cinco rondas por combate y un rey de la pista, para alargar un poco las partidas. Al tercer combate ganado, Lidia aflojó y la cosa pasó a ser entre Ernesto y yo, con interminables rondas llenas de combos y amagos y empates… Mi novia aprovechó para escurrirse y saludar al perro.
No estuvo ni diez segundos con Manuel. Volvió enfadada y en cuanto acabó el combate, me llevó aparte ante la atónita mirada de Ernesto.
- Me has mentido.
- ¿No te parece Manuel?
- No es Manuel. Es un puto perro. Es Canelo, joder.
- Pero…
- No me vengas con gilipolleces, ¿vale? No la cagues, ¿eh?
- Escucha… no es lo que parece…
- ¿No parece un perro?
- Mírale, joder, si hasta…
Me quedé paralizado, con Manuel mirándome triunfal. Seguía vestido. ¡Eso era!
Todavía tenía la ropa de cuando se transformó en perro. Estaba sucia y rota, y apestaba, pero era la misma de hacía una semana y media. ¿Ya había pasado tanto?
- Te lo mostraré, Lidia. Te enseñaré que es Manuel.
- ¿Ya estás con eso tarado? – dijo Ernesto encrespado. Se levantó del sofá de un salto con las cejas en v; estaba hecho un puto demonio y daba miedo.
Pasé entre sus brazos, los cuales seguro querían atizarme, y agarré a Manuel por el cuello de la camisa, intentando arrancársela.
- ¡Dios mío! – Lidia se echó las manos a la boca y apartó la vista horrorizada.
Ernesto corrió hacia mí a tiempo de evitar que la camiseta cediera.
- ¡Por Dios! ¿Te has vuelto loco? – chilló a mi oído.
- Está vestido, ¡lo juro que es cierto! – Me justifiqué como pude, pero me imaginaba lo que habían visto: un psicópata a punto de desollar a un perro.
- ¡Pero si parecía que le estuvieras arrancando la piel! – confirmó Ernesto, la cara roja y la saliva ardiendo.
Lidia se marchó entre sollozos.
Me disculpé como pude de Ernesto, el cual decidió que tampoco quería verme por una temporada, y salí cabizbajo, tras perder a dos amigos y a mi novia.
Al salir a la calle desenfundé el móvil, para ver si podía hablar con Lidia. Marqué su número y me dio tono, y cuando parecía que ya no iba a aceptar la llamada, descolgó. Oí un par de sollozos antes de que dijera:
- ¿Qué quieres?
Podía imaginar su decepción, su profunda tristeza por el lamentable espectáculo que su novio había organizado. Las palabras inundadas por lágrimas salidas de ojos tristes.
- Cariño, lo siento.
- ¡No! Déjame en paz, ¿vale?
- Eh, venga, yo… no me lo esperaba…
- ¡Era un puto perro, joder! ¡Me miraste a los ojos y me mentiste! ¡Y casi despellejas al pobre animal, Adán! – Lloró.
- Lo siento de veras, perdóname, por favor, perdóname…
- N-no me lo e-esperaba de ti, Adán… de verdad que no, es… vale. No conocía esta faceta tuya y no me gusta nada.
- ¿Qué faceta? ¿Qué quieres decir?
- Me has decepcionado. M-me ha dolido, ¿entiendes? Me soltaste una gilipollez enorme y encima te creí. ¡Creí por un momento que Manuel se hacía pasar por perro, de tanto que te quería! Pero mira… no, no – se trabaron sus palabras -, no volverá a pasar.
- ¡No!
- ¡Sí, joder! ¡Sí! –Afirmó furiosa.- V-vamos a dejarlo un tiempo, ¿de acuerdo? Vamos a estar un tiempo separados, y pensaré si… si merece la pena, seguir contigo.
- …
- ¿Tienes algo que decir?
- …
- Pues ya está. ¡Ahora déjame en paz!
Colgó, y no volvería verla hasta pasado un mes.
El Perro Manuel (y IX)
Se me dio bien, ocultar mi nerviosismo por Manuel. Tanto a mi familia como a mis amigos, incluidos los del curro que más de una vez me habían ayudado a sobrellevar malos momentos, prestándome sus orejas. Pero lo de Manuel era diferente a un problema de estudios, o a una discusión con mi pareja. Me carcomía por dentro, me removía las entrañas con un tizón al rojo vivo y aún así, nadie advertía mis ganas de sudar, chillar y salir corriendo.
Hasta que un día mi novia, Lidia…
- ¿Qué te pasa?
- ¿Yo? Nada. – Estábamos tomando algo en un bar, charlando distraídos de nuestras cosas alejados del otro. Claro que había algo que me guardaba, hasta que me vio el plumero.
- Te lo noto.
- ¿El qué? No hay nada.
- Venga.
- No, en serio.
- Te lo noto. Es eso… estás… raro.
- Anda… que no, no es nada…
- Así que es algo.
- No.
- Sólo digo que no te callas. Hablas hasta debajo del agua. Y ahora estás callado. No es normal.
- No se me ocurre que decir.
- No, te callas algo. Normalmente dirías alguna parida, si no tuvieras nada que decir.
- No siempre digo paridas.
- Cuando no tienes nada que decir, sí.
- Eso no es cierto – notaba el sudor acumulándose en mi pecho, recorriendo mis muslos mientras la temperatura de mi cuerpo subía y subía. A esas alturas, debía parecer un semáforo de boca para arriba.
- Es verdad mi vida – sus ojos pardos brillaban, titilaban preocupación. La mirada se enterneció todavía más -: ¿es que no le vas a contar a tu novia qué te pasa?
Estallé, ante el chantaje emocional. Me hubiera sentido indignado si no hiciera yo lo mismo.
- No me creerías, eso es todo.
- Ajá, no te creería…
- Sí, es muy difícil de explicar.
- ¿Y?
- Pues…
- No me voy a ir.
- ¿Qué?
- No voy a salir corriendo. No voy a decir que me tengo que ir. Me voy a quedar y escucharé hasta el final lo que tengas que decirme.
- Es ridículo, más que largo de explicar.
- Prueba.
- Tiene que ver con… bueno, es por… ay… - me froté la frente y arrastré las manos por encima de los ojos hasta los labios, prensándolos con un fuerte suspiro.
- Eh – cogió mi mano y clavó sus ojos en los míos, dándome la seguridad que necesitaba. Quizá, pensé, quizá no se ría, quizá lo acepte y me ayude y… - venga.
- Es Manuel.
- ¿El que desapareció?
- Exacto. Manuel… pero… no ha desaparecido, ¿sabes? O sea, sé dónde está y eso…
- ¿Y por qué no dices nada?
- No es fácil, verás… se cree un perro ¿vale? Se cree el perro de Ernesto…
- ¿Canelo? – dijo medio riéndose.
- Sí, Canelo. Es… era el perro de Ernesto y se murió…
- ¿Cómo?
- Bueno, quizá lo matamos.
- ¿Qué?
- No, o sea… el portal de Ernesto es muy pesado ¿sabes? Y lo sacamos a pasear, Ernesto estaba enfermo y dimos una vuelta… y al volver, su cuerpo quedó aplastado por la puerta – cada vez me estaba poniendo más nervioso.
- Ajá, porque era muy pesada. Y se murió, ¿y qué dijo Ernesto? – de la risa había pasado a la preocupación, a las cejas arqueadas pidiendo respuestas, el gesto severo de alguien intrigado.
- No dijo nada, porque no sabe que está muerto… y aquí es donde vienen las curvas, porque Manuel, bueno, Manuel APRECIA mucho la amistad y cogió y… - las palabras dolían, cada sílaba empujaba mis dientes y apuñalaba mis labios antes de salir – se hizo pasar por Canelo.
Lidia puso una cara que no había visto en mi vida. Con los ojos bien abiertos, la boca también, su pequeña boca dibujaba una o grande de sorpresa, estaba congelada en su asiento. Literalmente.
Ahora que lo pienso, nunca había visto a una persona congelada por una sorpresa hasta ese momento.
- Es broma, ¿no?
- No, me lo guardo porque sé que todo el mundo diría lo mismo.
- No es posible… es… una broma, ¿a que sí? ¿Qué te pasa de verdad?
- El padre de Manuel me llamó gilipollas por este motivo.
- Con razón – dijo, algo enfadada. Era normal, teniendo en cuenta que esperaba un problema de verdad y no una gilipollez kafkiana de ese calibre.
- Es cierto, joder… de pocas cosas he estado tan seguro en mi vida.
- ¿Qué te pasa?
- Esto es lo que me pasa, me… está carcomiendo por dentro.
- Mira, cuando quieras decirme qué ocurre, me lo dices, pero no me cuentes tonterías. – El tono de su voz comenzó a subir.
- No es una tontería. Te lo juro, se ha hecho pasar por Canelo y TODO el mundo se lo cree.
- Menos tú.
- Sí. Menos yo. No sé el motivo… puede que fuera porque vi cómo murió Canelo y cómo Manuel se transformó en perro, ya le he dado muchas vueltas y es el único motivo.
- No me tomes por tonta.
- No, espera, ¡cariño! Venga, espera, ¿vale? No te vayas.
Estaba guardando sus cosas en el bolso, disparando una mirada de desprecio de vez en cuando. Levantaba la vista, se indignaba al verme la cara y volvía al bolso, a la cartera de donde sacaría un billete de cinco euros.
- Mira, si te pasa algo y no me lo quieres contar, vale. ¡Pero que me cuentes gilipolleces, porque tu historia lo es, no te lo aguanto, vale? ¡Es lo más tonto que he oído nunca!
- Tengo una idea, eh, Lidia, venga – me levanté también de la mesa. Ella había pagado la cuenta y no se molestaría en recoger las vueltas, estaba casi en la salida, hablándome de espaldas. Afuera, la paré y me puse delante de ella, mirándola a los ojos - . TE JURO que es verdad. Si… mira, se me ha ocurrido, si no te lo crees, vente un día a casa de Ernesto. Te lo enseñaré.
- Yo… - se quedó pensativa, carcomida por la sorpresa estúpida que su novio le había preparado.
- Te lo demostraré, cariño.
Vio sinceridad en mis ojos, casi llorosos. Sólo pedía que alguien me comprendiera, dejar de tener la sensación de que todo el mundo conspiraba contra mí. Un apoyo en esa situación pesadillesca del amigo transformado en mejor amigo del hombre. Leyó mis pupilas.
Me miró de soslayo, guardándose la razón que la gritaba que mi relato era imposible, y aceptó mi ruego con un poco de mala gana. Eso sí, añadió. – Pero a casa vuelvo sola, ¿lo has entendido?
- Si.
La acompañé al metro, en lugar de a su casa.
Temí por nuestra relación. Si, al igual que los demás, Lidia tragaba con la pantomima del perro, sería una brecha difícil de reparar.
Hasta que un día mi novia, Lidia…
- ¿Qué te pasa?
- ¿Yo? Nada. – Estábamos tomando algo en un bar, charlando distraídos de nuestras cosas alejados del otro. Claro que había algo que me guardaba, hasta que me vio el plumero.
- Te lo noto.
- ¿El qué? No hay nada.
- Venga.
- No, en serio.
- Te lo noto. Es eso… estás… raro.
- Anda… que no, no es nada…
- Así que es algo.
- No.
- Sólo digo que no te callas. Hablas hasta debajo del agua. Y ahora estás callado. No es normal.
- No se me ocurre que decir.
- No, te callas algo. Normalmente dirías alguna parida, si no tuvieras nada que decir.
- No siempre digo paridas.
- Cuando no tienes nada que decir, sí.
- Eso no es cierto – notaba el sudor acumulándose en mi pecho, recorriendo mis muslos mientras la temperatura de mi cuerpo subía y subía. A esas alturas, debía parecer un semáforo de boca para arriba.
- Es verdad mi vida – sus ojos pardos brillaban, titilaban preocupación. La mirada se enterneció todavía más -: ¿es que no le vas a contar a tu novia qué te pasa?
Estallé, ante el chantaje emocional. Me hubiera sentido indignado si no hiciera yo lo mismo.
- No me creerías, eso es todo.
- Ajá, no te creería…
- Sí, es muy difícil de explicar.
- ¿Y?
- Pues…
- No me voy a ir.
- ¿Qué?
- No voy a salir corriendo. No voy a decir que me tengo que ir. Me voy a quedar y escucharé hasta el final lo que tengas que decirme.
- Es ridículo, más que largo de explicar.
- Prueba.
- Tiene que ver con… bueno, es por… ay… - me froté la frente y arrastré las manos por encima de los ojos hasta los labios, prensándolos con un fuerte suspiro.
- Eh – cogió mi mano y clavó sus ojos en los míos, dándome la seguridad que necesitaba. Quizá, pensé, quizá no se ría, quizá lo acepte y me ayude y… - venga.
- Es Manuel.
- ¿El que desapareció?
- Exacto. Manuel… pero… no ha desaparecido, ¿sabes? O sea, sé dónde está y eso…
- ¿Y por qué no dices nada?
- No es fácil, verás… se cree un perro ¿vale? Se cree el perro de Ernesto…
- ¿Canelo? – dijo medio riéndose.
- Sí, Canelo. Es… era el perro de Ernesto y se murió…
- ¿Cómo?
- Bueno, quizá lo matamos.
- ¿Qué?
- No, o sea… el portal de Ernesto es muy pesado ¿sabes? Y lo sacamos a pasear, Ernesto estaba enfermo y dimos una vuelta… y al volver, su cuerpo quedó aplastado por la puerta – cada vez me estaba poniendo más nervioso.
- Ajá, porque era muy pesada. Y se murió, ¿y qué dijo Ernesto? – de la risa había pasado a la preocupación, a las cejas arqueadas pidiendo respuestas, el gesto severo de alguien intrigado.
- No dijo nada, porque no sabe que está muerto… y aquí es donde vienen las curvas, porque Manuel, bueno, Manuel APRECIA mucho la amistad y cogió y… - las palabras dolían, cada sílaba empujaba mis dientes y apuñalaba mis labios antes de salir – se hizo pasar por Canelo.
Lidia puso una cara que no había visto en mi vida. Con los ojos bien abiertos, la boca también, su pequeña boca dibujaba una o grande de sorpresa, estaba congelada en su asiento. Literalmente.
Ahora que lo pienso, nunca había visto a una persona congelada por una sorpresa hasta ese momento.
- Es broma, ¿no?
- No, me lo guardo porque sé que todo el mundo diría lo mismo.
- No es posible… es… una broma, ¿a que sí? ¿Qué te pasa de verdad?
- El padre de Manuel me llamó gilipollas por este motivo.
- Con razón – dijo, algo enfadada. Era normal, teniendo en cuenta que esperaba un problema de verdad y no una gilipollez kafkiana de ese calibre.
- Es cierto, joder… de pocas cosas he estado tan seguro en mi vida.
- ¿Qué te pasa?
- Esto es lo que me pasa, me… está carcomiendo por dentro.
- Mira, cuando quieras decirme qué ocurre, me lo dices, pero no me cuentes tonterías. – El tono de su voz comenzó a subir.
- No es una tontería. Te lo juro, se ha hecho pasar por Canelo y TODO el mundo se lo cree.
- Menos tú.
- Sí. Menos yo. No sé el motivo… puede que fuera porque vi cómo murió Canelo y cómo Manuel se transformó en perro, ya le he dado muchas vueltas y es el único motivo.
- No me tomes por tonta.
- No, espera, ¡cariño! Venga, espera, ¿vale? No te vayas.
Estaba guardando sus cosas en el bolso, disparando una mirada de desprecio de vez en cuando. Levantaba la vista, se indignaba al verme la cara y volvía al bolso, a la cartera de donde sacaría un billete de cinco euros.
- Mira, si te pasa algo y no me lo quieres contar, vale. ¡Pero que me cuentes gilipolleces, porque tu historia lo es, no te lo aguanto, vale? ¡Es lo más tonto que he oído nunca!
- Tengo una idea, eh, Lidia, venga – me levanté también de la mesa. Ella había pagado la cuenta y no se molestaría en recoger las vueltas, estaba casi en la salida, hablándome de espaldas. Afuera, la paré y me puse delante de ella, mirándola a los ojos - . TE JURO que es verdad. Si… mira, se me ha ocurrido, si no te lo crees, vente un día a casa de Ernesto. Te lo enseñaré.
- Yo… - se quedó pensativa, carcomida por la sorpresa estúpida que su novio le había preparado.
- Te lo demostraré, cariño.
Vio sinceridad en mis ojos, casi llorosos. Sólo pedía que alguien me comprendiera, dejar de tener la sensación de que todo el mundo conspiraba contra mí. Un apoyo en esa situación pesadillesca del amigo transformado en mejor amigo del hombre. Leyó mis pupilas.
Me miró de soslayo, guardándose la razón que la gritaba que mi relato era imposible, y aceptó mi ruego con un poco de mala gana. Eso sí, añadió. – Pero a casa vuelvo sola, ¿lo has entendido?
- Si.
La acompañé al metro, en lugar de a su casa.
Temí por nuestra relación. Si, al igual que los demás, Lidia tragaba con la pantomima del perro, sería una brecha difícil de reparar.
El Perro Manuel (y VIII)
Mi vida perfecta siguió adelante. Había conseguido nuevos ánimos para la universidad que al principio tanto odiaba, y mi trabajo en el supermercado no podría llamarse trabajo y la relación con mi novia se mantenía dulce y apetitosa como una manzana de caramelo.
Y luego pienso que un amigo mío se está haciendo pasar por un perro, y al único al que no creen es a mí, y aprecio el resto de cosas. Las aprecio con toda su forma, como eventos aparentemente inconexos, pero mi vida al fin y al cabo. Mi existencia se vacía cuando voy de un lugar a otro, en ocasiones me encuentro en la clase sin acordarme de lo que he hecho antes, o aparezco en casa de Ernesto, quejándome de Manuel, incapaz de explicar qué me llevó allí.
Total, que tras mi última visita a Ernesto, dejé que un par de días se me escaparan de los dedos para ver si Manuel creería cierto que, cuando cruzas los dedos delante de un perro, éste no puede cagar. Puede que fuera un poco putada, porque alterando su comportamiento parece haberse trastocado la percepción del tiempo, pero estaba seguro que dos semanas sin cagar serían un hartón de reír tarde o temprano.
Al tercer día por la mañana, cuando dormía a las doce, me despertó la llamada de… ¿Ernesto? Creí que a esas horas estaba trabajando…
- ¿Diga? – contesté, desechando la pereza mientras me deshacía de las sábanas y enfilaba la cocina.
- Adán, soy yo, Manuel.
- ¡Hombre! En ti no paro de pensar últimamente, y no porque me gustes…
- Quería hablarte…
- Lo sé.
- ¡Ah! ¡Con que es cosa tuya, cabrón! – gritó enfurecido, enrabietado.
- Por supuesto, ¿o creías que era un capricho de Roberto? – contesté cínico.
- ¡No puedo cagar! – El pobre estaba DESESPERADO de verdad.
- Ahora puedes. Si tienes su móvil es que se ha ido a alguna parte…
- No, no puedo… tengo un horario, ¿sabes?
- No, no lo tienes porque no eres un perro.
- Pero lo simulo.
- Y bastante bien, por cierto… pero, o abandonas tu fachada, o tendremos jirones de tus intestinos para mañana, pues se cumplirán…
- Un mes sin cagar, bastardo.
- Tú eliges.
Me colgó indignado. Mi desayuno, el cual había preparado durante la conversación con mimo, gracias al agradable puteo me supo mejor que de costumbre. Lo tomé pensativo con mis acostumbradas preguntas a mi fuero interno.
Sentí lástima por él. Un tío de mi edad que, como encuentra su vida aburrida, decide meterse en la piel de un perro no es una grata experiencia. Diablos, pensaba, sí que debe odiar su vida para dar la espalda a todos de esa manera. ¿Creería que era temporal, el cambio? ¿Pensaría volver a ser él, tarde o temprano, o haría de Canelo hasta las últimas consecuencias?
Había un millón de preguntas que hacerle. Pero por ahora, sólo contestaba con ladridos.
En la tarde, a poco de haber vuelto de clase, llamó Ernesto desde su casa.
- Tío, ¡no te lo vas a creer!
Manuel. Manuel se ha derrumbado, por fin. Se acabó la pesadilla.
- Sorpréndeme – dije juguetón.
- ¡He entrado en mi casa y he visto a Canelo CAGANDO en el VÁTER!
Y luego pienso que un amigo mío se está haciendo pasar por un perro, y al único al que no creen es a mí, y aprecio el resto de cosas. Las aprecio con toda su forma, como eventos aparentemente inconexos, pero mi vida al fin y al cabo. Mi existencia se vacía cuando voy de un lugar a otro, en ocasiones me encuentro en la clase sin acordarme de lo que he hecho antes, o aparezco en casa de Ernesto, quejándome de Manuel, incapaz de explicar qué me llevó allí.
Total, que tras mi última visita a Ernesto, dejé que un par de días se me escaparan de los dedos para ver si Manuel creería cierto que, cuando cruzas los dedos delante de un perro, éste no puede cagar. Puede que fuera un poco putada, porque alterando su comportamiento parece haberse trastocado la percepción del tiempo, pero estaba seguro que dos semanas sin cagar serían un hartón de reír tarde o temprano.
Al tercer día por la mañana, cuando dormía a las doce, me despertó la llamada de… ¿Ernesto? Creí que a esas horas estaba trabajando…
- ¿Diga? – contesté, desechando la pereza mientras me deshacía de las sábanas y enfilaba la cocina.
- Adán, soy yo, Manuel.
- ¡Hombre! En ti no paro de pensar últimamente, y no porque me gustes…
- Quería hablarte…
- Lo sé.
- ¡Ah! ¡Con que es cosa tuya, cabrón! – gritó enfurecido, enrabietado.
- Por supuesto, ¿o creías que era un capricho de Roberto? – contesté cínico.
- ¡No puedo cagar! – El pobre estaba DESESPERADO de verdad.
- Ahora puedes. Si tienes su móvil es que se ha ido a alguna parte…
- No, no puedo… tengo un horario, ¿sabes?
- No, no lo tienes porque no eres un perro.
- Pero lo simulo.
- Y bastante bien, por cierto… pero, o abandonas tu fachada, o tendremos jirones de tus intestinos para mañana, pues se cumplirán…
- Un mes sin cagar, bastardo.
- Tú eliges.
Me colgó indignado. Mi desayuno, el cual había preparado durante la conversación con mimo, gracias al agradable puteo me supo mejor que de costumbre. Lo tomé pensativo con mis acostumbradas preguntas a mi fuero interno.
Sentí lástima por él. Un tío de mi edad que, como encuentra su vida aburrida, decide meterse en la piel de un perro no es una grata experiencia. Diablos, pensaba, sí que debe odiar su vida para dar la espalda a todos de esa manera. ¿Creería que era temporal, el cambio? ¿Pensaría volver a ser él, tarde o temprano, o haría de Canelo hasta las últimas consecuencias?
Había un millón de preguntas que hacerle. Pero por ahora, sólo contestaba con ladridos.
En la tarde, a poco de haber vuelto de clase, llamó Ernesto desde su casa.
- Tío, ¡no te lo vas a creer!
Manuel. Manuel se ha derrumbado, por fin. Se acabó la pesadilla.
- Sorpréndeme – dije juguetón.
- ¡He entrado en mi casa y he visto a Canelo CAGANDO en el VÁTER!
El Perro Manuel (y VII)
Al día siguiente, llamé a Ernesto para quedar un rato. El motivo era excusarme, de nuevo, de lo sucedido con el padre de Manuel y mi paranoia con el perro, pero la verdadera razón era para ver a Manuel. Que se hiciera pasar por un perro y colara para todo el mundo seguía haciéndoseme difícil, porque el resto de las cosas del mundo seguían normales, la vida normal y corriente e insulsa de cada hoja del calendario.
- Ah, eres tú – dijo Ernesto, desganado. No sé a quién estaría esperando, pero parecía decepcionado de que en su puerta “solo” estuviese yo.
- Sí, venía a hacerte una visita.
- Pues yo en cuanto termine de arreglarme me iré a hacer la compra ¿te vas a venir?
Ernesto era un fanático de la independencia. Desde que se fuera a vivir solo, no dejaba que nadie le ayudara con las tareas de la casa, como si fuera un hámster, celoso hasta la enfermedad de la limpieza y mantenimiento de su hogar. Así, se iba a hacer la compra, como era este caso, y podías acompañarle (sin ayudarle) o quedarte en su casa a esperar que volviera, que se fiaba de ti.
Tenía que hablar con Manuel.
- No, deja, me quedaré aquí.
- Está bien. Volveré en media hora o así.
- Aquí te espero.
La puerta apenas se había cerrado, cuando me abalancé sobre Manuel, el cual dormía encogido en la esquina llena de cojines, antaño propiedad de Canelo, vestido con las ropas del día anterior.
- Tú, despierta – dije enfadado.
- Ah, ah, aaaaah – bostezó Manuel, rascándose detrás de una oreja. Seguía adaptando a Canelo en los gestos.
- Deja esa mierda, Ernesto se ha ido.
Se levantó como una persona normal y corriente, rodeado de crujidos provocados por músculos desentumecidos, huesos y cartílagos puestos de nuevo en su posición correcta, y piel que volvía a donde siempre debería estar.
- ¿Cómo has tardado tanto? – replicó enfadado.
- ¿Qué? ¡Ayer estuve aquí, montando el pollo! ¡Ayer decidiste ser Canelo!
- No puede ser, hace una semana que no te veo – añadió visiblemente enfadado.
Mi risa estalló, conmocionando mis pulmones.
- ¿Qué te hace tanta gracia? – ladró Manuel, encogido en un parpadeo hasta la forma de Canelo, en posición agresiva.
El motivo de mi desquiciada risa era que Manuel estaba llevando demasiado lejos su papel de perro. Es de cultura popular que para los perros, un año nuestro son siete suyos. Sin embargo, la percepción del tiempo, con una vida media de una docena de años, no puede ser igual que la de una persona.
- Déjalo.
Pensé malicioso una forma de joderle bien, para compensar el ridículo del otro día, ya sabéis.
- ¿Por qué sigues haciendo esto?
- ¿Por qué no?
- Esto no es un examen de filosofía joder, estoy hablando en serio. Tienes una vida.
- Dormir, estudiar, comer, joder, beber, dormir. No la veo muy diferente, al menos no tengo que estudiar.
- Pues deja los estudios.
- No me dejarán.
- ¿Quiénes?
- Todos. Toda mi familia.
El tono reproducía a la perfección el de un colegial suicida, que no ve más allá de los libros y piensa en matarse. Manuel había encontrado su particular suicidio.
- ¿Y por eso haces de perro? ¿Para tener una vida diferente a la de los demás?
- Sí – dijo sin duda, tajante.
- ¿Y cómo lo haces?
- No lo sé, me basta con que funcione.
Ernesto entró entonces con la compra, acarició a Manuel y le llevé aparte. Como no sabía si nos podía escuchar Manuel (¿hasta qué punto podía transformarse?), cerré la puerta de la cocina y le fui explicando las cosas con la pizarra de las compras.
Le pedí que mantuviera un par de días los dedos cruzados, SOBRETODO cuando sacara a pasear a Manuel, digo a Canelo. Extrañado, aceptó mi petición.
Salí sonriendo de su casa.
Si Manuel conocía cierta leyenda urbana, y actuaba exhaustivamente como un perro, no podría cagar: que Ernesto tuviera los dedos cruzados delante de Manuel un par de días auguraba un estreñimiento doloroso que, dentro de la deformada perspectiva temporal del segundo, duraría dos semanas.
- A ver cuánto te dura la fachada cuando tu culo explote – dije en voz alta. Un hombre extremadamente obeso pasó a mi lado haciendo footing, y me echó una mirada asesina.
- Ah, eres tú – dijo Ernesto, desganado. No sé a quién estaría esperando, pero parecía decepcionado de que en su puerta “solo” estuviese yo.
- Sí, venía a hacerte una visita.
- Pues yo en cuanto termine de arreglarme me iré a hacer la compra ¿te vas a venir?
Ernesto era un fanático de la independencia. Desde que se fuera a vivir solo, no dejaba que nadie le ayudara con las tareas de la casa, como si fuera un hámster, celoso hasta la enfermedad de la limpieza y mantenimiento de su hogar. Así, se iba a hacer la compra, como era este caso, y podías acompañarle (sin ayudarle) o quedarte en su casa a esperar que volviera, que se fiaba de ti.
Tenía que hablar con Manuel.
- No, deja, me quedaré aquí.
- Está bien. Volveré en media hora o así.
- Aquí te espero.
La puerta apenas se había cerrado, cuando me abalancé sobre Manuel, el cual dormía encogido en la esquina llena de cojines, antaño propiedad de Canelo, vestido con las ropas del día anterior.
- Tú, despierta – dije enfadado.
- Ah, ah, aaaaah – bostezó Manuel, rascándose detrás de una oreja. Seguía adaptando a Canelo en los gestos.
- Deja esa mierda, Ernesto se ha ido.
Se levantó como una persona normal y corriente, rodeado de crujidos provocados por músculos desentumecidos, huesos y cartílagos puestos de nuevo en su posición correcta, y piel que volvía a donde siempre debería estar.
- ¿Cómo has tardado tanto? – replicó enfadado.
- ¿Qué? ¡Ayer estuve aquí, montando el pollo! ¡Ayer decidiste ser Canelo!
- No puede ser, hace una semana que no te veo – añadió visiblemente enfadado.
Mi risa estalló, conmocionando mis pulmones.
- ¿Qué te hace tanta gracia? – ladró Manuel, encogido en un parpadeo hasta la forma de Canelo, en posición agresiva.
El motivo de mi desquiciada risa era que Manuel estaba llevando demasiado lejos su papel de perro. Es de cultura popular que para los perros, un año nuestro son siete suyos. Sin embargo, la percepción del tiempo, con una vida media de una docena de años, no puede ser igual que la de una persona.
- Déjalo.
Pensé malicioso una forma de joderle bien, para compensar el ridículo del otro día, ya sabéis.
- ¿Por qué sigues haciendo esto?
- ¿Por qué no?
- Esto no es un examen de filosofía joder, estoy hablando en serio. Tienes una vida.
- Dormir, estudiar, comer, joder, beber, dormir. No la veo muy diferente, al menos no tengo que estudiar.
- Pues deja los estudios.
- No me dejarán.
- ¿Quiénes?
- Todos. Toda mi familia.
El tono reproducía a la perfección el de un colegial suicida, que no ve más allá de los libros y piensa en matarse. Manuel había encontrado su particular suicidio.
- ¿Y por eso haces de perro? ¿Para tener una vida diferente a la de los demás?
- Sí – dijo sin duda, tajante.
- ¿Y cómo lo haces?
- No lo sé, me basta con que funcione.
Ernesto entró entonces con la compra, acarició a Manuel y le llevé aparte. Como no sabía si nos podía escuchar Manuel (¿hasta qué punto podía transformarse?), cerré la puerta de la cocina y le fui explicando las cosas con la pizarra de las compras.
Le pedí que mantuviera un par de días los dedos cruzados, SOBRETODO cuando sacara a pasear a Manuel, digo a Canelo. Extrañado, aceptó mi petición.
Salí sonriendo de su casa.
Si Manuel conocía cierta leyenda urbana, y actuaba exhaustivamente como un perro, no podría cagar: que Ernesto tuviera los dedos cruzados delante de Manuel un par de días auguraba un estreñimiento doloroso que, dentro de la deformada perspectiva temporal del segundo, duraría dos semanas.
- A ver cuánto te dura la fachada cuando tu culo explote – dije en voz alta. Un hombre extremadamente obeso pasó a mi lado haciendo footing, y me echó una mirada asesina.
El Perro Manuel (y VI)
Fue un día embarazoso para mí. Por poco, conseguí que Guzmán no me denunciara por hacer algo inexplicable con su hijo, y que Ernesto no dejara de ser mi amigo. Entre vagas excusas, intenté colar que era una broma pesada, y que Manuel se había ido sin decirme dónde, seguramente con alguno de sus amigos del barrio o algo de eso.
Cuando me fui de la casa, media hora después de Guzmán, Ernesto me paró en el quicio de la puerta, y preguntó preocupado:
- Pero no era una broma, ¿verdad?
No supe responderle, porque no sabía quién la estaba haciendo, ni por qué.
Cuando me fui de la casa, media hora después de Guzmán, Ernesto me paró en el quicio de la puerta, y preguntó preocupado:
- Pero no era una broma, ¿verdad?
No supe responderle, porque no sabía quién la estaba haciendo, ni por qué.
El Perro Manuel (y V)
- ¿Qué ha pasado? – dijo Guzmán, turbado. Las palabras vibraban tristes entre sus dientes.
- Nada, le entró un desmayo y está tiritando de fiebre en el sofá de Ernesto.
- ¿Y no tomó nada?
- Nada de nada. Ocurrió de repente.
Por los ojos se le escapaban dudas y preguntas guardadas para su fuero interno. Era posible que se reservara, por una cuestión de modales, sus temores a que el hijo hubiera tomado drogas. No temía verle enfermo; temía verle con sobredosis o un mal viaje.
Al llegar a la puerta de Ernesto, oí los ladridos de Manuel. No parecían para nada los de un perro.
- ¿Ha oído eso? – pregunté.
- ¿El qué? ¿El perro?
Y ahí me di cuenta de que iba a hacer el mayor de los ridículos de mi estúpida y corta vida.
Ernesto nos abrió la puerta con los ojos embolsados en carne grisácea. Pensé que Guzmán, al verle, llegaría a la conclusión de que andábamos todos drogados y flipados, sin nada que hacer.
- ¿Dónde está mi hijo? – preguntó indignado.
- No lo sé – contestó Ernesto, desde el marco de la puerta. Obstaculizaba el paso a la casa y no parecía deseoso de dejarnos pasar.
- Está dentro Guzmán, pase conmigo.
Empujé a un lado a Ernesto y comencé a buscar a Manuel por la casa, primero oteando inane y luego desplazándome de cuarto en cuarto. Detrás, mi amigo replicaba y pedía disculpas.
- Le aseguro que Manuel no anda por aquí – dijo, callándose por amistad mi “locura” de que su perro era Manuel.
- Pero… es lo que me ha dicho Adán – contestó preocupado. Quizá molesto, se debía de pensar que estábamos jugando con él.
- ¿Qué te ha dicho?
Yo iba a mi bola, desesperado. ¿Dónde se podía haber escondido? Guzmán y Ernesto discutían en el salón uno contra el otro, hasta que alcanzaron la saludable decisión de insultarme en exclusiva a mí.
- Pues me dijo que estaba aquí, sudando o no sé qué.
- No, de hecho, desapareció después de que él y Adán salieran a pasear a mi perro Canelo.
Manuel andaba en el baño, meando de pie en el váter. Al menos eso conservaba.
- He traído a tu padre para que te buscara.
- Serás cabrón – realmente le dolía aquello.
- Acaba con esta locura, porque no sé cómo lo haces que todos se lo creen menos yo, y me están tomando por loco – rogué.
- No – dijo tajante.
- Vamos cabrón – gruñí, agarrándole por el cuello con las dos manos. De nuevo, arqueó la espalda y emitió una serie de cortos y agresivos ladridos a modo de protesta - . Tu familia espera.
Arrastrándole por el pasillo hacia el salón, Manuel pataleaba con las piernas (¿o sería mejor decir, a estas alturas, patas?) y los brazos, replegados con colgajos de carne sobrante en los codos, arañaban el aire espasmódicamente. Cerca del salón, un último gruñido, y una cara de pena.
- Aquí le tiene, Guzmán. Aquí tiene a Manuel.
Miró a su hijo con desprecio, y luego me miró a mí con todavía más desprecio. Con asco.
- Eres gilipollas – dijo.
- Nada, le entró un desmayo y está tiritando de fiebre en el sofá de Ernesto.
- ¿Y no tomó nada?
- Nada de nada. Ocurrió de repente.
Por los ojos se le escapaban dudas y preguntas guardadas para su fuero interno. Era posible que se reservara, por una cuestión de modales, sus temores a que el hijo hubiera tomado drogas. No temía verle enfermo; temía verle con sobredosis o un mal viaje.
Al llegar a la puerta de Ernesto, oí los ladridos de Manuel. No parecían para nada los de un perro.
- ¿Ha oído eso? – pregunté.
- ¿El qué? ¿El perro?
Y ahí me di cuenta de que iba a hacer el mayor de los ridículos de mi estúpida y corta vida.
Ernesto nos abrió la puerta con los ojos embolsados en carne grisácea. Pensé que Guzmán, al verle, llegaría a la conclusión de que andábamos todos drogados y flipados, sin nada que hacer.
- ¿Dónde está mi hijo? – preguntó indignado.
- No lo sé – contestó Ernesto, desde el marco de la puerta. Obstaculizaba el paso a la casa y no parecía deseoso de dejarnos pasar.
- Está dentro Guzmán, pase conmigo.
Empujé a un lado a Ernesto y comencé a buscar a Manuel por la casa, primero oteando inane y luego desplazándome de cuarto en cuarto. Detrás, mi amigo replicaba y pedía disculpas.
- Le aseguro que Manuel no anda por aquí – dijo, callándose por amistad mi “locura” de que su perro era Manuel.
- Pero… es lo que me ha dicho Adán – contestó preocupado. Quizá molesto, se debía de pensar que estábamos jugando con él.
- ¿Qué te ha dicho?
Yo iba a mi bola, desesperado. ¿Dónde se podía haber escondido? Guzmán y Ernesto discutían en el salón uno contra el otro, hasta que alcanzaron la saludable decisión de insultarme en exclusiva a mí.
- Pues me dijo que estaba aquí, sudando o no sé qué.
- No, de hecho, desapareció después de que él y Adán salieran a pasear a mi perro Canelo.
Manuel andaba en el baño, meando de pie en el váter. Al menos eso conservaba.
- He traído a tu padre para que te buscara.
- Serás cabrón – realmente le dolía aquello.
- Acaba con esta locura, porque no sé cómo lo haces que todos se lo creen menos yo, y me están tomando por loco – rogué.
- No – dijo tajante.
- Vamos cabrón – gruñí, agarrándole por el cuello con las dos manos. De nuevo, arqueó la espalda y emitió una serie de cortos y agresivos ladridos a modo de protesta - . Tu familia espera.
Arrastrándole por el pasillo hacia el salón, Manuel pataleaba con las piernas (¿o sería mejor decir, a estas alturas, patas?) y los brazos, replegados con colgajos de carne sobrante en los codos, arañaban el aire espasmódicamente. Cerca del salón, un último gruñido, y una cara de pena.
- Aquí le tiene, Guzmán. Aquí tiene a Manuel.
Miró a su hijo con desprecio, y luego me miró a mí con todavía más desprecio. Con asco.
- Eres gilipollas – dijo.





