Caracol (y V)
Había pasado media hora angustiosa hasta que pudimos entrar, y miraba y miraba el reloj y pensaba que todavía quedaban varios palés para recoger; sin duda, pensé, llegaría tarde a mi cita con Antonio.
Tras quedarnos fuera del supermercado de forma tan estúpida, lo único que supimos hacer fue, por orden, reírnos y maldecir desesperados nuestra mala suerte. Si no conseguíamos entrar, hubiera tocado llamar a alguno de los subjefes del súper o incluso al gerente, dando lugar a un más que probable despido.
Probamos varios métodos. Bajamos a través del portal a la entrada, la cual estaba cerrada a cal y canto.
- Podemos comprobar si sigue jodida alguna de las mamparas – apuntó Oscar.
Yo andaba forzando esas mismas mamparas que citaba con todas mis fuerzas, bajo la atenta mirada de unos cuantos oficinistas de juerga, los cuales no nos quitaban los ojos de encima, y bajaban el tono de voz cuando pasábamos a su lado.
Nada.
- Subamos a ver qué se nos ocurre – dije.
Arriba Israel y Hansa ni se hablaban, miraban cada uno a un lado, aunque supongo que el segundo habría intentado, sin éxito, establecer comunicación. Israel prometió que no volvería a hablar con Hansa por una pelea que hubo entre ellos.
- ¿Te acuerdas, que hace un par de semanas vinieron unos técnicos? Pues fueron a arreglar precisamente la puta puerta. No hemos podido hacer nada – protestó Oscar.
- Sí, y encima parecía que queríamos entrar a robar – apunté.
- Bueno, podemos romper el picaporte e intentar abrir la puerta – añadió Hansa, solícito.
Le miramos como si hubiera descubierto la vacuna del SIDA, esperanzados y algo incrédulos.
Se acercó a la puerta, agarró el picaporte bien fuerte y tiró con todas sus fuerzas; de vez en cuando soltaba un gruñido, y con el gruñido el picaporte cedía un poco más. ¿Cuántos malditos gruñidos le quedarían?
Al fin salió el picaporte, junto con la alargada pieza metálica en el interior, de forma rectangular, que encaja en el picaporte del lado contrario. Hansa cogió esa pieza y la introdujo de nuevo.
- Ya está. Ahora tenemos que girar esto como podamos. – Con los dedos apenas sí se podía coger algo tan fino y, para colmo, de metal, y lo intentamos pero las manos se resbalaban. – Venga, si esto ya lo he hecho yo alguna vez…
Israel, Oscar y yo nos quedamos observándole extrañados.
- ¿Qué?
- Nada, Hansa. Sigamos – dijo Oscar.
- ¿Y si metemos el picaporte? – señaló Israel -. Quizá así sea más fácil de girar.
Bendita luz de la razón.
Giramos el picaporte y…
- ¡¡HURRA JODER!! – gritamos al unísono.
Ellos entraron corriendo a “respirar”, mientras se sujetaban los pechos aliviados, como si sus vidas fueran a escaparse a través de las costillas. Pero yo tenía un problema.
Miré mi reloj y supe que llegaría trágicamente tarde a la cita: habíamos estado haciendo el imbécil tres cuartos de hora.
Tras quedarnos fuera del supermercado de forma tan estúpida, lo único que supimos hacer fue, por orden, reírnos y maldecir desesperados nuestra mala suerte. Si no conseguíamos entrar, hubiera tocado llamar a alguno de los subjefes del súper o incluso al gerente, dando lugar a un más que probable despido.
Probamos varios métodos. Bajamos a través del portal a la entrada, la cual estaba cerrada a cal y canto.
- Podemos comprobar si sigue jodida alguna de las mamparas – apuntó Oscar.
Yo andaba forzando esas mismas mamparas que citaba con todas mis fuerzas, bajo la atenta mirada de unos cuantos oficinistas de juerga, los cuales no nos quitaban los ojos de encima, y bajaban el tono de voz cuando pasábamos a su lado.
Nada.
- Subamos a ver qué se nos ocurre – dije.
Arriba Israel y Hansa ni se hablaban, miraban cada uno a un lado, aunque supongo que el segundo habría intentado, sin éxito, establecer comunicación. Israel prometió que no volvería a hablar con Hansa por una pelea que hubo entre ellos.
- ¿Te acuerdas, que hace un par de semanas vinieron unos técnicos? Pues fueron a arreglar precisamente la puta puerta. No hemos podido hacer nada – protestó Oscar.
- Sí, y encima parecía que queríamos entrar a robar – apunté.
- Bueno, podemos romper el picaporte e intentar abrir la puerta – añadió Hansa, solícito.
Le miramos como si hubiera descubierto la vacuna del SIDA, esperanzados y algo incrédulos.
Se acercó a la puerta, agarró el picaporte bien fuerte y tiró con todas sus fuerzas; de vez en cuando soltaba un gruñido, y con el gruñido el picaporte cedía un poco más. ¿Cuántos malditos gruñidos le quedarían?
Al fin salió el picaporte, junto con la alargada pieza metálica en el interior, de forma rectangular, que encaja en el picaporte del lado contrario. Hansa cogió esa pieza y la introdujo de nuevo.
- Ya está. Ahora tenemos que girar esto como podamos. – Con los dedos apenas sí se podía coger algo tan fino y, para colmo, de metal, y lo intentamos pero las manos se resbalaban. – Venga, si esto ya lo he hecho yo alguna vez…
Israel, Oscar y yo nos quedamos observándole extrañados.
- ¿Qué?
- Nada, Hansa. Sigamos – dijo Oscar.
- ¿Y si metemos el picaporte? – señaló Israel -. Quizá así sea más fácil de girar.
Bendita luz de la razón.
Giramos el picaporte y…
- ¡¡HURRA JODER!! – gritamos al unísono.
Ellos entraron corriendo a “respirar”, mientras se sujetaban los pechos aliviados, como si sus vidas fueran a escaparse a través de las costillas. Pero yo tenía un problema.
Miré mi reloj y supe que llegaría trágicamente tarde a la cita: habíamos estado haciendo el imbécil tres cuartos de hora.
Caracol (y IV)
Según entré a trabajar en el supermercado de mierda donde me tenían contratado, llamé a Antonio para decirle que sólo había venido un camión con mercancía, y que quedaríamos a las doce y media de la noche en la Plaza de Santa Ana, centro de botellones de la zona de Huertas. Era muy difícil, según mis cálculos, que llegara a tarde a la cita, porque según esos cálculos a las once ya estaría hecho todo el trabajo, y bastaría con esperar a las doce que es la hora acostumbrada de salida.
Poco pude imaginar que viviría el momento más ridículo de mi vida.
El supermercado constaba de dos plantas, y en la planta superior había una salida de emergencia. En esa salida había dos puertas, una que se abría por ambos lados y que daba a los fusibles del piso, y otra puerta que se abría por dentro y que daba al pasillo de la casa contigua. Y a eso de las once menos cuarto, se nos ocurrió descansar un rato. Entonces dijo uno de mis compañeros, Oscar:
- ¿Sabéis que la puerta de la salida de emergencias ya no se puede abrir por dentro?
- Qué dices Oscar, si el otro día te metiste ahí para grabarnos con la puta cámara del móvil – contesté. Desde que se había comprado el aparatito no cejaba en su intento de filmar videos estúpidos y fotos comprometedoras.
- Pero me sacasteis vosotros, ¿no? Tú abriste la puerta.
- A ver, Oscar… - dijo cansado Israel, el jefe y un par de años mayor que yo. Se dirigió a la salida de emergencias, abrió la puerta y se metió dentro, cerrándola a su paso. Por el cristal de la puerta observamos sus gestos mientras intentaba abrirla en vano.
- ¡No le abráis, no le abráis! Ja ja ja – rió Oscar, señalando con descaro la cara de agotamiento de Isra.
Hansa, el compañero que completaba la plantilla de los empleados de noche, se acercó tranquilo a la puerta y la abrió sin expresar ningún tipo de emoción. Isra se quedó dentro del cubículo, observando la segunda puerta.
- Tu eres tonto, Oscar – dijo, mientras intentaba abrir, infructuosamente, la puerta que daba al pasillo de la casa de al lado.
- ¿Eso da al portal éste, no? – inquirí curioso.
- Sí, el de las putas – contestó Oscar, no sé si con descaro. Lo llamaba así por las chicas que entraban y salían continuamente de él.
Con un último empujón Isra consiguió abrirla, revelando un pasillo con muchas escaleras que llevaba hasta el portal de al lado. Como buen fisgón, quise ver con mis propios ojos aquello: las paredes estaban pintadas de gris y parecían absorber la poca luz que entraba tanto por el portal como desde el supermercado; una rejilla que en teoría debería estar puesta para evitar que alguien forzara las puertas, se hallaba plegada y atada una de las paredes.
Detrás de mí pasó Oscar, y luego Isra para fisgar en el portal. Horrorizados, la puerta se cerró a nuestras espaldas, y lo único que pudimos hacer fue llamar a Hansa, espectador de nuestro estúpido espectáculo. Aporreamos la puerta metálica que carecía de cualquier tipo de pomo o asidero del lado en el que estábamos.
- ¡Hansa, ven a abrirnos! – gritó Isra.
Oscar y yo nos miramos y empezamos a reírnos un poco debido al ridículo de la situación. Israel se dio la vuelta y nos aclaró:
- Las llaves me las he dejado dentro, y creo que las puertas de entrada están cerradas.
Oímos a Hansa empujar la puerta, sin éxito.
- Tira de la barra hacia abajo y empuja, ¡vamos Hansa! – chilló Isra.
- Ya voy tíos, es que está atascada o algo. ¡Si lo intento con patadas y todo!
Supongo, el pensamiento corrió por la cabeza de los tres que estábamos en el pasillo, pero fui el primero en darle voz, casi titubeante, a modo de pregunta molesta.
- Oye Isra – dije tímidamente, porque la pregunta era algo disparatada y sugería una posibilidad no muy tranquilizadora -, si nosotros estamos aquí, y Hansa entre la primera y segunda puerta… bueno, y la primera puerta no se puede abrir desde dentro… ¿no estará Hansa encerrado?
Casi se le salen los ojos de las órbitas. Giró como una exhalación en dirección a la puerta y, aporreándola nervioso, retomó los gritos que había interrumpido para escucharme. Pero en lugar de pedir ayuda, gritó:
- ¡¡Hansa, dime que la puerta detrás de ti no está cerrada!!
Una pausa tensa y el sonido de empujones en otra dirección parecieron comprobar mi teoría. El silencio expectante de los tres, rezando porque aquello no hubiese ocurrido de verdad, devoraba cualquier ruido accesorio del ambiente, cualquier sonido que no viniese de Hansa.
- Sí, ¡¡estoy encerrado!! – contestó.
Miré a Oscar y luego a Isra, que había vuelto la cabeza hacia nosotros buscando algo de apoyo; nuestra risa estalló entre maldiciones. Israel se tranquilizó para afrontar de nuevo la puerta de emergencia, pero Oscar y yo nos sentimos tan desbordados que seguimos riéndonos, casi histéricos.
- Hansa, por lo menos ábrenos. Ya pensaremos algo cuando nos juntemos, ¡pero empuja bien, joder!
- Esperad, que voy a dar una patada – replicó Hansa.
Un golpe tremebundo abrió al fin la puerta, y los cuatro nos juntamos en aquel pasillo que olía a húmedo y estaba casi a oscuras. La puerta que nos separaba del supermercado estaba cerrada, con el picaporte roto e inútil, y parecía que lo único que podíamos hacer era ver por el cristal lo que había al otro lado. Yo pensaba en el pobre Antonio, que todo indicaba que le iba a tocar esperar. Habían tocado las once, teníamos que encontrar una forma de salir de la situación sin llamar a los trabajadores del súper y luego preocuparnos por la mercancía que había que recoger.
- Y ahora, ¿qué? – dijo Oscar.
Poco pude imaginar que viviría el momento más ridículo de mi vida.
El supermercado constaba de dos plantas, y en la planta superior había una salida de emergencia. En esa salida había dos puertas, una que se abría por ambos lados y que daba a los fusibles del piso, y otra puerta que se abría por dentro y que daba al pasillo de la casa contigua. Y a eso de las once menos cuarto, se nos ocurrió descansar un rato. Entonces dijo uno de mis compañeros, Oscar:
- ¿Sabéis que la puerta de la salida de emergencias ya no se puede abrir por dentro?
- Qué dices Oscar, si el otro día te metiste ahí para grabarnos con la puta cámara del móvil – contesté. Desde que se había comprado el aparatito no cejaba en su intento de filmar videos estúpidos y fotos comprometedoras.
- Pero me sacasteis vosotros, ¿no? Tú abriste la puerta.
- A ver, Oscar… - dijo cansado Israel, el jefe y un par de años mayor que yo. Se dirigió a la salida de emergencias, abrió la puerta y se metió dentro, cerrándola a su paso. Por el cristal de la puerta observamos sus gestos mientras intentaba abrirla en vano.
- ¡No le abráis, no le abráis! Ja ja ja – rió Oscar, señalando con descaro la cara de agotamiento de Isra.
Hansa, el compañero que completaba la plantilla de los empleados de noche, se acercó tranquilo a la puerta y la abrió sin expresar ningún tipo de emoción. Isra se quedó dentro del cubículo, observando la segunda puerta.
- Tu eres tonto, Oscar – dijo, mientras intentaba abrir, infructuosamente, la puerta que daba al pasillo de la casa de al lado.
- ¿Eso da al portal éste, no? – inquirí curioso.
- Sí, el de las putas – contestó Oscar, no sé si con descaro. Lo llamaba así por las chicas que entraban y salían continuamente de él.
Con un último empujón Isra consiguió abrirla, revelando un pasillo con muchas escaleras que llevaba hasta el portal de al lado. Como buen fisgón, quise ver con mis propios ojos aquello: las paredes estaban pintadas de gris y parecían absorber la poca luz que entraba tanto por el portal como desde el supermercado; una rejilla que en teoría debería estar puesta para evitar que alguien forzara las puertas, se hallaba plegada y atada una de las paredes.
Detrás de mí pasó Oscar, y luego Isra para fisgar en el portal. Horrorizados, la puerta se cerró a nuestras espaldas, y lo único que pudimos hacer fue llamar a Hansa, espectador de nuestro estúpido espectáculo. Aporreamos la puerta metálica que carecía de cualquier tipo de pomo o asidero del lado en el que estábamos.
- ¡Hansa, ven a abrirnos! – gritó Isra.
Oscar y yo nos miramos y empezamos a reírnos un poco debido al ridículo de la situación. Israel se dio la vuelta y nos aclaró:
- Las llaves me las he dejado dentro, y creo que las puertas de entrada están cerradas.
Oímos a Hansa empujar la puerta, sin éxito.
- Tira de la barra hacia abajo y empuja, ¡vamos Hansa! – chilló Isra.
- Ya voy tíos, es que está atascada o algo. ¡Si lo intento con patadas y todo!
Supongo, el pensamiento corrió por la cabeza de los tres que estábamos en el pasillo, pero fui el primero en darle voz, casi titubeante, a modo de pregunta molesta.
- Oye Isra – dije tímidamente, porque la pregunta era algo disparatada y sugería una posibilidad no muy tranquilizadora -, si nosotros estamos aquí, y Hansa entre la primera y segunda puerta… bueno, y la primera puerta no se puede abrir desde dentro… ¿no estará Hansa encerrado?
Casi se le salen los ojos de las órbitas. Giró como una exhalación en dirección a la puerta y, aporreándola nervioso, retomó los gritos que había interrumpido para escucharme. Pero en lugar de pedir ayuda, gritó:
- ¡¡Hansa, dime que la puerta detrás de ti no está cerrada!!
Una pausa tensa y el sonido de empujones en otra dirección parecieron comprobar mi teoría. El silencio expectante de los tres, rezando porque aquello no hubiese ocurrido de verdad, devoraba cualquier ruido accesorio del ambiente, cualquier sonido que no viniese de Hansa.
- Sí, ¡¡estoy encerrado!! – contestó.
Miré a Oscar y luego a Isra, que había vuelto la cabeza hacia nosotros buscando algo de apoyo; nuestra risa estalló entre maldiciones. Israel se tranquilizó para afrontar de nuevo la puerta de emergencia, pero Oscar y yo nos sentimos tan desbordados que seguimos riéndonos, casi histéricos.
- Hansa, por lo menos ábrenos. Ya pensaremos algo cuando nos juntemos, ¡pero empuja bien, joder!
- Esperad, que voy a dar una patada – replicó Hansa.
Un golpe tremebundo abrió al fin la puerta, y los cuatro nos juntamos en aquel pasillo que olía a húmedo y estaba casi a oscuras. La puerta que nos separaba del supermercado estaba cerrada, con el picaporte roto e inútil, y parecía que lo único que podíamos hacer era ver por el cristal lo que había al otro lado. Yo pensaba en el pobre Antonio, que todo indicaba que le iba a tocar esperar. Habían tocado las once, teníamos que encontrar una forma de salir de la situación sin llamar a los trabajadores del súper y luego preocuparnos por la mercancía que había que recoger.
- Y ahora, ¿qué? – dijo Oscar.
Caracol (y III)
Hay pocas personas dentro de mi círculo de amigos que conozcan a mi coleguilla Antonio. Veréis, Antonio es algo reservado, y apenas sale de casa más que para evitar que el culo se le vuelva plano. Sí, a veces le entra el sentido común en el interior de su guarida y sale a que le dé el sol, pero normalmente ese proceso tarda semanas y, si quieres quedar con él, no te queda más remedio que hacerle una visita.
Es un chico reservado en el sentido más estricto de la palabra. Se reserva a sí mismo mientras los años más despreocupados de su vida pasan delante de sus ojos, al otro lado de la ventana. Pero no le preocupa. No demasiado, al menos.
Arrinconado y con un pie en la separación con Lidia, razoné que la única forma de despejarme un poco la cabeza era pasar a buscar a Antonio y jugar un poco a la Xbox con él. Al día siguiente llamaría a Lidia, pero por el momento prefería dejar el cabreo a un lado, también hacerme de rogar; en definitiva, que las cosas se enfriaran antes de empezar a discutir.
Una llamada después, tenía el mando negro de la consola en las manos y me disponía a darle una paliza a un juego de disparos en vista subjetiva.
- ¿Qué tal te va, tío? – dije mirando la pantalla. Una selva quedaba profanada por armatostes y cables de tecnología puntera y cromada, de brillos multicolor. Oí unas pisadas detrás de mi personaje.
- Oh, bueno, lo de siempre – contestó tranquilo, sin inflexión en la voz. Es un remanso de paz, este Antonio. La horchata es cafeína comparado con lo que corre por sus venas. Agua destilada.
- Lo de siempre es lo que contesta todo el mundo, puntualiza, puntuali-za – el corte en mi voz fue debido a la impresión de encontrar al personaje de Antonio, subido en un risco con rifle francotirador. Un par de disparos certeros con mi pistola y sus sesos decoran la piedra a sus espaldas.
- Oh… bueno… ando un poco estresado por un trabajo de clase. La chica con quien tengo que hacerlo se pasa el día con su novio y trabajo solo… er, luego, ella ve los resultados – puntualizó ligeramente asustado. Sí, Antonio me conocía, sabía de mi sangre caliente y el enfado que seguiría a sus declaraciones.
- ¿Es que (ay) eres su puto esclavo (joder, joder)? – a pesar de la emboscada en un acantilado con lianas de cobre, sobrevivo gracias al azar con apenas un hálito de vida. Un paquete de salud cercano me deja listo para la acción.
- No… pero… - sabía como se sentía. Estaba asustado. No solo por mi desmesurada reacción, sino por la posibilidad de confrontarse a la puta vaga que le había tocado de compañera.
- Mira, no eres la marioneta de nadie. Mándala a tomar por culo y haz el trabajo tú solito. – Sentí algo de pena por regañarle de aquella manera. Casi podía sentir su cuello encogiéndose, retirando su cabeza como si fuera a alojarla entre los hombros. – No te preocupes. A veces la gente es muy caradura. Venga, ánimo, ¿vale?
- Oye… ¿haces algo este fin de semana?
- ¿Cuándo? ¿Por la noche?
- Sí. El sábado por la noche, por ejemplo.
- Un botellón por favor.
Antonio pidiéndome un botellón. Probablemente la hecatombe que predijo Manuel antes de ser sacrificado como un perro se refiriera a aquello. Me quedé en blanco, tanto que dentro del juego aprovechó para matarme en un claro donde se oían a siniestras aves tropicales. Reaparecí con un halo de luz violácea. De nuevo otro disparo, y otra vez muerto. No podía cabrearse conmigo cara a cara, pero en el juego era otro, un soldado inmisericorde.
- Que sea un botellón, pues – dije. En el fondo prefería algo de eso, poder charlar tranquilamente de tú a tú. No soy de los que van a una discoteca a hacer que el sonido entierre su vida, abandonar mi mente al cuerpo, mi suerte a la cara. En una discoteca me siento como una isla atómica en un archipiélago de gente.
- De acuerdo. Gracias.
A continuación cogí un lanzacohetes en una estación cercana y disparé con saña al suelo que pisaba el personaje de Antonio; disparar a un objetivo no es recomendable porque puede ver venir el misil y esquivarlo, pero un disparo en el suelo… eso acaba con casi cualquiera.
Antonio murió y volvimos a crear otro escenario de batalla.
Es un chico reservado en el sentido más estricto de la palabra. Se reserva a sí mismo mientras los años más despreocupados de su vida pasan delante de sus ojos, al otro lado de la ventana. Pero no le preocupa. No demasiado, al menos.
Arrinconado y con un pie en la separación con Lidia, razoné que la única forma de despejarme un poco la cabeza era pasar a buscar a Antonio y jugar un poco a la Xbox con él. Al día siguiente llamaría a Lidia, pero por el momento prefería dejar el cabreo a un lado, también hacerme de rogar; en definitiva, que las cosas se enfriaran antes de empezar a discutir.
Una llamada después, tenía el mando negro de la consola en las manos y me disponía a darle una paliza a un juego de disparos en vista subjetiva.
- ¿Qué tal te va, tío? – dije mirando la pantalla. Una selva quedaba profanada por armatostes y cables de tecnología puntera y cromada, de brillos multicolor. Oí unas pisadas detrás de mi personaje.
- Oh, bueno, lo de siempre – contestó tranquilo, sin inflexión en la voz. Es un remanso de paz, este Antonio. La horchata es cafeína comparado con lo que corre por sus venas. Agua destilada.
- Lo de siempre es lo que contesta todo el mundo, puntualiza, puntuali-za – el corte en mi voz fue debido a la impresión de encontrar al personaje de Antonio, subido en un risco con rifle francotirador. Un par de disparos certeros con mi pistola y sus sesos decoran la piedra a sus espaldas.
- Oh… bueno… ando un poco estresado por un trabajo de clase. La chica con quien tengo que hacerlo se pasa el día con su novio y trabajo solo… er, luego, ella ve los resultados – puntualizó ligeramente asustado. Sí, Antonio me conocía, sabía de mi sangre caliente y el enfado que seguiría a sus declaraciones.
- ¿Es que (ay) eres su puto esclavo (joder, joder)? – a pesar de la emboscada en un acantilado con lianas de cobre, sobrevivo gracias al azar con apenas un hálito de vida. Un paquete de salud cercano me deja listo para la acción.
- No… pero… - sabía como se sentía. Estaba asustado. No solo por mi desmesurada reacción, sino por la posibilidad de confrontarse a la puta vaga que le había tocado de compañera.
- Mira, no eres la marioneta de nadie. Mándala a tomar por culo y haz el trabajo tú solito. – Sentí algo de pena por regañarle de aquella manera. Casi podía sentir su cuello encogiéndose, retirando su cabeza como si fuera a alojarla entre los hombros. – No te preocupes. A veces la gente es muy caradura. Venga, ánimo, ¿vale?
- Oye… ¿haces algo este fin de semana?
- ¿Cuándo? ¿Por la noche?
- Sí. El sábado por la noche, por ejemplo.
- Un botellón por favor.
Antonio pidiéndome un botellón. Probablemente la hecatombe que predijo Manuel antes de ser sacrificado como un perro se refiriera a aquello. Me quedé en blanco, tanto que dentro del juego aprovechó para matarme en un claro donde se oían a siniestras aves tropicales. Reaparecí con un halo de luz violácea. De nuevo otro disparo, y otra vez muerto. No podía cabrearse conmigo cara a cara, pero en el juego era otro, un soldado inmisericorde.
- Que sea un botellón, pues – dije. En el fondo prefería algo de eso, poder charlar tranquilamente de tú a tú. No soy de los que van a una discoteca a hacer que el sonido entierre su vida, abandonar mi mente al cuerpo, mi suerte a la cara. En una discoteca me siento como una isla atómica en un archipiélago de gente.
- De acuerdo. Gracias.
A continuación cogí un lanzacohetes en una estación cercana y disparé con saña al suelo que pisaba el personaje de Antonio; disparar a un objetivo no es recomendable porque puede ver venir el misil y esquivarlo, pero un disparo en el suelo… eso acaba con casi cualquiera.
Antonio murió y volvimos a crear otro escenario de batalla.
Caracol (y II)
Dos días después, por la mañana, me despertó una llamada telefónica a las once. Era Lidia, y supuse que no había mejor despertar. Hasta que:
- Hoola – dijo mosqueada.
No sabía a que atenerme, así que contesté como si la cosa no fuera conmigo.
- Hola Lidia ¿qué tal estás cariño?
- No me vengas con esas, Adán.
- ¿Por? ¿Qué he hecho? – pregunté intrigado. En algún lugar, entre las cejas y la raíz del pelo, palpitaba la llamada de la noche anterior, aunque no dije nada para evitar equivocaciones e ir un paso por delante.
- ¿No has leído el periódico? – contestó enfadada.
- No.
- Pues léelo y luego me cuentas.
Colgó.
Rasqué mi cabeza como si la solución fuera a pasar de la raíz de mi pelo a la juntura de las uñas, y algo ofuscado por el sueño, me lavé la cara y me miré al espejo. Aquel día no tenía cara de mentiroso, no despreciaba mi cara como ocurría algunos días.
Con la boca seca tomé el desayuno y me puse a escribir un poco en mi blog, cuando entró mi padre en casa, periódico en ristre. Un saludo fugaz y un par de miradas furtivas, y él se quedó bebiendo cerveza en la cocina y yo leyendo el periódico en el sofá.
Lidia no me había dado una pista sobre qué página debía buscar, pero, si era lo que sospechaba, tendría que aparecer en las páginas del suplemento de Madrid. Buceé en crónicas infladas de lo que ocurre diariamente, llamadas de atención sobre el consumo de drogas o el incremento de las bandas juveniles, y llegué a la columna de otros sucesos, pequeños párrafos que en ocasiones cuentan historias bastante más interesantes que la portada.
Ahí estaba.
“Llamada de un desquiciado asegurando que el chico desparecido estaba en una perrera.”
Pues sí que debieron de pasar pocas cosas hasta ese cuatro de febrero para que publicaran semejante mierda.
- Dios, necesito un amigo – dije.
- Hoola – dijo mosqueada.
No sabía a que atenerme, así que contesté como si la cosa no fuera conmigo.
- Hola Lidia ¿qué tal estás cariño?
- No me vengas con esas, Adán.
- ¿Por? ¿Qué he hecho? – pregunté intrigado. En algún lugar, entre las cejas y la raíz del pelo, palpitaba la llamada de la noche anterior, aunque no dije nada para evitar equivocaciones e ir un paso por delante.
- ¿No has leído el periódico? – contestó enfadada.
- No.
- Pues léelo y luego me cuentas.
Colgó.
Rasqué mi cabeza como si la solución fuera a pasar de la raíz de mi pelo a la juntura de las uñas, y algo ofuscado por el sueño, me lavé la cara y me miré al espejo. Aquel día no tenía cara de mentiroso, no despreciaba mi cara como ocurría algunos días.
Con la boca seca tomé el desayuno y me puse a escribir un poco en mi blog, cuando entró mi padre en casa, periódico en ristre. Un saludo fugaz y un par de miradas furtivas, y él se quedó bebiendo cerveza en la cocina y yo leyendo el periódico en el sofá.
Lidia no me había dado una pista sobre qué página debía buscar, pero, si era lo que sospechaba, tendría que aparecer en las páginas del suplemento de Madrid. Buceé en crónicas infladas de lo que ocurre diariamente, llamadas de atención sobre el consumo de drogas o el incremento de las bandas juveniles, y llegué a la columna de otros sucesos, pequeños párrafos que en ocasiones cuentan historias bastante más interesantes que la portada.
Ahí estaba.
“Llamada de un desquiciado asegurando que el chico desparecido estaba en una perrera.”
Pues sí que debieron de pasar pocas cosas hasta ese cuatro de febrero para que publicaran semejante mierda.
- Dios, necesito un amigo – dije.
Hmmmfff...
Creo que soy insoportablemente vago. Sí, ale hop, hace mucho que no escribo nada de mi vida por aquí, y lo último que desearía es que esto quedara fuera de lugar, simplemente por haberse publicado ahora, que ando concentrado en tanta historia.... pero bueno, como se dice en la televisión:
Interrumpimos la programación...
Saludos, soy Adrián Álvarez y vosotros no.
Quería desahogarme para lanzar un grito (ahogado por los bits, que no alcanza ni mucho menos a superar un sonido) y no es de socorro, ni desesperación... es, en cuestión de mecanismos, más parecido a una auto colleja. Lo suelto y espero que al leerlo me dé en la nuca y me haga cambiar.
El motivo de este artículo no es más que expresar mi malestar por ser tan vago. O sedentario, pero cualquiera de las dos vale. A veces porque prefiero aislarme en mi casa a escribir y otras porque a veces quiero simplemente aislarme con la consola. Vago, vago, vago.
Y me estoy encontrando que tengo demasiados conocidos, pero que me es imposible dejar a ninguno atrás, porque con todos he llegado a intimar hasta un peldaño algo superior a la amistad. Me reconcome por dentro pensar que ahora, uno de ellos pueda necesitar una charla distendida con un colega (y pienso colega y se me hace nudo en la garganta; si razono que a lo mejor lo que necesitan es una charla CONMIGO no solo me siento egocéntrico sino además algo mal) y a mi se me olvide, como se me olvidan tantas cosas, hacerle una llamada.
No sé qué ocurre con mi memoria. Por qué retengo unos conocimientos casi enciclopédicos de cine americano actual y cómic desde que nació el medio, y sin embargo se me olvidan otras cosas mucho más importantes.
Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes...
Vete a tomar por culo, Yoda.
Seth Fortuyn "Stomponatus Cardinensis"
Interrumpimos la programación...
Saludos, soy Adrián Álvarez y vosotros no.
Quería desahogarme para lanzar un grito (ahogado por los bits, que no alcanza ni mucho menos a superar un sonido) y no es de socorro, ni desesperación... es, en cuestión de mecanismos, más parecido a una auto colleja. Lo suelto y espero que al leerlo me dé en la nuca y me haga cambiar.
El motivo de este artículo no es más que expresar mi malestar por ser tan vago. O sedentario, pero cualquiera de las dos vale. A veces porque prefiero aislarme en mi casa a escribir y otras porque a veces quiero simplemente aislarme con la consola. Vago, vago, vago.
Y me estoy encontrando que tengo demasiados conocidos, pero que me es imposible dejar a ninguno atrás, porque con todos he llegado a intimar hasta un peldaño algo superior a la amistad. Me reconcome por dentro pensar que ahora, uno de ellos pueda necesitar una charla distendida con un colega (y pienso colega y se me hace nudo en la garganta; si razono que a lo mejor lo que necesitan es una charla CONMIGO no solo me siento egocéntrico sino además algo mal) y a mi se me olvide, como se me olvidan tantas cosas, hacerle una llamada.
No sé qué ocurre con mi memoria. Por qué retengo unos conocimientos casi enciclopédicos de cine americano actual y cómic desde que nació el medio, y sin embargo se me olvidan otras cosas mucho más importantes.
Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes...
Vete a tomar por culo, Yoda.
Seth Fortuyn "Stomponatus Cardinensis"
Caracol
- Aquí 112, ¿dígame?
- Verá, quiero denunciar, hay un hombre muerto en una perrera.
- Señor, ¿lo dice en serio?
- Sí, por favor, vayan a verlo. Ahora les daré la dirección, no sé lo que han hecho con el cuerpo.
Imaginé el cuerpo de Manuel, acurrucado en una fría camilla, con un gesto de satisfacción en la cara. Un relámpago de felicidad que deformó sus mejillas antes de morir; comprimido para hacerse pasar por perro incluso entonces.
Di la dirección de la perrera, y esperé una media hora a que estuvieran allí para llamar de nuevo y guiarles.
- 112, ¿en qué puedo ayudarle?
- Euhm… hola. Llamé hace media hora, por el hombre muerto en la perrera.
- Sí. En estos momentos una unidad ha ido a comprobar. ¿Está allí?
- No, estoy cerca.
- Le advertimos señor que ese tipo de bromas están penadas por la ley.
- No es una broma… - dije hastiado. - ¡Hay un hombre! Que miren dónde está “Canelo” ¿vale?
- ¿”Canelo”? – preguntó entre la risa y el cinismo.
- Sí, es donde está el cuerpo, en su lugar.
- Muy bien, comunicaré a mis compañeros. (Unidad, aquí central 112, nos informan que el cuerpo está en algún sitio con etiqueta Canelo, repito… - dijo la señorita al fondo del auricular.)
- Esperaré.
- …
Un cuarto de hora después, la mujer al otro lado del teléfono parecía turbada, supuse que preocupada por el volumen de llamadas que puede recibir el servicio a las tantas de la noche.
- ¿Sigue ahí? – inquirió entre dientes, derritiendo las sílabas e incendiando cada una de ellas.
- Sí, aquí sigo – contesté tragando saliva, deseando una pregunta inquisitiva y no una amenaza.
- No se ha encontrado nada. Le advertimos que hemos localizado la llamada y una unidad móvil se dirige hacia allí. Haga el favor de esperar donde está.
- Oh, mierda. Se lo juro que es verdad, es el chaval desaparecido, Manuel. Seguro que conoce el caso, hay fotos en la mitad de las panaderías de Madrid… - traté de explicarme, subiendo la velocidad de las palabras -. Verá, se hizo pasar por perro y todos le creyeron, y ahora que ha muerto debería acabar la ilusión. Quiero decir, suena lógico, ¿no?
- Para nada.
- Pero es que…
- Es que nada, hijo de puta. Bastante ocupados andamos todos los días para que nos venga un payaso con una broma estúpida. Un momento (¿qué dice unidad? ¿Alguien ha escuchado las comunicaciones por un walkie talkie?).
- ¡Pero es Manuel! ¡Es (digo fue) una persona!
- (A veces pasa – susurró a su compañero) – centró su atención en mí -. Mire, han incinerado el cuerpo. Hemos contactado con el dueño de la perrera y nos lo ha explicado todo.
- Joder, joder, joder.
Colgué y salí corriendo con todas las fuerzas que mis temblorosas piernas pudieron darme, dada la hora que era (las cinco de la madrugada) y el creciente nerviosismo que anidaba en mi cabeza. Me sentía como un estúpido, ¿oh, por qué tuve que hacer esa llamada? Claro, Ernesto no me había vuelto a dirigir la palabra, y no me dijo que Canelo sería incinerado, en lugar de enterrado. Y yo, que no tenía ni idea…
¿Y así acabaría todo? Manuel desaparecido, más tarde dado por muerto, ¿y ya está? ¿Iba a dejar que se le olvidara? Pensé que sí. No tenía más sentido luchar, todas las pruebas habían desaparecido, y el único testigo fue tomado por imbécil. Fin del caso.
Sin embargo, me acosté con una sensación de paz. El caso Manuel había acabado.
- Verá, quiero denunciar, hay un hombre muerto en una perrera.
- Señor, ¿lo dice en serio?
- Sí, por favor, vayan a verlo. Ahora les daré la dirección, no sé lo que han hecho con el cuerpo.
Imaginé el cuerpo de Manuel, acurrucado en una fría camilla, con un gesto de satisfacción en la cara. Un relámpago de felicidad que deformó sus mejillas antes de morir; comprimido para hacerse pasar por perro incluso entonces.
Di la dirección de la perrera, y esperé una media hora a que estuvieran allí para llamar de nuevo y guiarles.
- 112, ¿en qué puedo ayudarle?
- Euhm… hola. Llamé hace media hora, por el hombre muerto en la perrera.
- Sí. En estos momentos una unidad ha ido a comprobar. ¿Está allí?
- No, estoy cerca.
- Le advertimos señor que ese tipo de bromas están penadas por la ley.
- No es una broma… - dije hastiado. - ¡Hay un hombre! Que miren dónde está “Canelo” ¿vale?
- ¿”Canelo”? – preguntó entre la risa y el cinismo.
- Sí, es donde está el cuerpo, en su lugar.
- Muy bien, comunicaré a mis compañeros. (Unidad, aquí central 112, nos informan que el cuerpo está en algún sitio con etiqueta Canelo, repito… - dijo la señorita al fondo del auricular.)
- Esperaré.
- …
Un cuarto de hora después, la mujer al otro lado del teléfono parecía turbada, supuse que preocupada por el volumen de llamadas que puede recibir el servicio a las tantas de la noche.
- ¿Sigue ahí? – inquirió entre dientes, derritiendo las sílabas e incendiando cada una de ellas.
- Sí, aquí sigo – contesté tragando saliva, deseando una pregunta inquisitiva y no una amenaza.
- No se ha encontrado nada. Le advertimos que hemos localizado la llamada y una unidad móvil se dirige hacia allí. Haga el favor de esperar donde está.
- Oh, mierda. Se lo juro que es verdad, es el chaval desaparecido, Manuel. Seguro que conoce el caso, hay fotos en la mitad de las panaderías de Madrid… - traté de explicarme, subiendo la velocidad de las palabras -. Verá, se hizo pasar por perro y todos le creyeron, y ahora que ha muerto debería acabar la ilusión. Quiero decir, suena lógico, ¿no?
- Para nada.
- Pero es que…
- Es que nada, hijo de puta. Bastante ocupados andamos todos los días para que nos venga un payaso con una broma estúpida. Un momento (¿qué dice unidad? ¿Alguien ha escuchado las comunicaciones por un walkie talkie?).
- ¡Pero es Manuel! ¡Es (digo fue) una persona!
- (A veces pasa – susurró a su compañero) – centró su atención en mí -. Mire, han incinerado el cuerpo. Hemos contactado con el dueño de la perrera y nos lo ha explicado todo.
- Joder, joder, joder.
Colgué y salí corriendo con todas las fuerzas que mis temblorosas piernas pudieron darme, dada la hora que era (las cinco de la madrugada) y el creciente nerviosismo que anidaba en mi cabeza. Me sentía como un estúpido, ¿oh, por qué tuve que hacer esa llamada? Claro, Ernesto no me había vuelto a dirigir la palabra, y no me dijo que Canelo sería incinerado, en lugar de enterrado. Y yo, que no tenía ni idea…
¿Y así acabaría todo? Manuel desaparecido, más tarde dado por muerto, ¿y ya está? ¿Iba a dejar que se le olvidara? Pensé que sí. No tenía más sentido luchar, todas las pruebas habían desaparecido, y el único testigo fue tomado por imbécil. Fin del caso.
Sin embargo, me acosté con una sensación de paz. El caso Manuel había acabado.
Un cuento sin supersticiones (y 4)
¿Por qué no había nadie en su casa a quien pedir ayuda? Su hermana, que parecía haberse recuperado del trauma de verse a sí misma muerta, volvía a temblar como hacía unas horas, presa del pánico; su hermano era dos y era carne y sangre, y se estaban dividiendo, había una membrana oleaginosa que impregnaba a ambos en la mitad por la cual habían estado unidos, y que se resquebrajaba y secaba con rapidez.
Terminado el proceso, con la hermana escondida en el armario como si jugara a que la cordura se divirtiera con el juego del escondite, lanzó una mano hacia su otro yo, y esa cosa, él, Caleb Segundo, también lo hizo. Pensó que era el original, pero cayó en la cuenta de que muy posiblemente, su doble también pensara lo mismo.
Se examinó a sí mismo con suspicacia y un profundo y lacerante desespero. Como el dolor fantasma de una pierna cercenada, la verdad le acuciaba en alguna parte de su subconsciente, la respuesta a sus preguntas, la voz de Dios escuchando sus plegarias.
Meditó la posibilidad de que la solución estuviera en las hojas, esos trozos blancos que tapaban su vida con aquella pesadilla. Fueron ellas quienes empezaron, tenía la certeza porque todo empezó al escribir en ellas.
Recibió la mirada triste de su doble como un mensaje, y no eran buenas noticias. Eructó una, dos veces, tres, a la cuarta estaba a punto de vomitar, y un espasmo violento, repentino, poderoso, recorrió su cuerpo de abajo a arriba, vaciando el contenido del estómago.
Un feto latía en el suelo, rodeado de sangre y trozos de comida. El pequeño grupúsculo de células nadaba en los fluidos expulsados del estómago, y luego los sorbió con rapidez, dejando picatostes resecos a su alrededor.
Sudor, muerte, sangre. Qué locura, y él en el centro de todo. Sin sus padres, a los que pedir ayuda, y su hermana loca mordiendo las toallas del armario para aplicar los nervios, ¿qué perspectiva adulta traería la paz a Caleb?
Caminó nervioso hacia el salón, hacia el guía espiritual de ondas hertzianas, las seiscientas veinticinco líneas iridiscentes de concentración, abstracción y sabiduría; en su camino, una docena de niños igual que él sonreían con la cabeza partida por la mitad, reproduciéndose como la fotocopia de una estrella de mar. La televisión emitía una imagen pura de cúpulas geodésicas en colores chillones, fotones calientes a la deriva que derritieron su soporte hasta depositar, lentamente y entre cenizas, al aparato en el suelo.
Caleb se arrodilló frente a la pantalla y sonrió al coger el mando. El cambio de canal traería la paz, podía sentirlo en sus huesos, sólo tenía que encontrar el programa adecuado. Al fin y al cabo, con tantos canales, ¿no habría uno que dijera la verdad?
-----------
Viene de:
http://www.carloscapote.com/cuentos/uncuentosinsupersticiones_seth_III
Terminado el proceso, con la hermana escondida en el armario como si jugara a que la cordura se divirtiera con el juego del escondite, lanzó una mano hacia su otro yo, y esa cosa, él, Caleb Segundo, también lo hizo. Pensó que era el original, pero cayó en la cuenta de que muy posiblemente, su doble también pensara lo mismo.
Se examinó a sí mismo con suspicacia y un profundo y lacerante desespero. Como el dolor fantasma de una pierna cercenada, la verdad le acuciaba en alguna parte de su subconsciente, la respuesta a sus preguntas, la voz de Dios escuchando sus plegarias.
Meditó la posibilidad de que la solución estuviera en las hojas, esos trozos blancos que tapaban su vida con aquella pesadilla. Fueron ellas quienes empezaron, tenía la certeza porque todo empezó al escribir en ellas.
Recibió la mirada triste de su doble como un mensaje, y no eran buenas noticias. Eructó una, dos veces, tres, a la cuarta estaba a punto de vomitar, y un espasmo violento, repentino, poderoso, recorrió su cuerpo de abajo a arriba, vaciando el contenido del estómago.
Un feto latía en el suelo, rodeado de sangre y trozos de comida. El pequeño grupúsculo de células nadaba en los fluidos expulsados del estómago, y luego los sorbió con rapidez, dejando picatostes resecos a su alrededor.
Sudor, muerte, sangre. Qué locura, y él en el centro de todo. Sin sus padres, a los que pedir ayuda, y su hermana loca mordiendo las toallas del armario para aplicar los nervios, ¿qué perspectiva adulta traería la paz a Caleb?
Caminó nervioso hacia el salón, hacia el guía espiritual de ondas hertzianas, las seiscientas veinticinco líneas iridiscentes de concentración, abstracción y sabiduría; en su camino, una docena de niños igual que él sonreían con la cabeza partida por la mitad, reproduciéndose como la fotocopia de una estrella de mar. La televisión emitía una imagen pura de cúpulas geodésicas en colores chillones, fotones calientes a la deriva que derritieron su soporte hasta depositar, lentamente y entre cenizas, al aparato en el suelo.
Caleb se arrodilló frente a la pantalla y sonrió al coger el mando. El cambio de canal traería la paz, podía sentirlo en sus huesos, sólo tenía que encontrar el programa adecuado. Al fin y al cabo, con tantos canales, ¿no habría uno que dijera la verdad?
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Viene de:
http://www.carloscapote.com/cuentos/uncuentosinsupersticiones_seth_III





