Caracol (y VIII)
Pasa siempre a lo largo de la vida. Cuando tus días están llenos de lo mismo, basta con señalar una fecha en el calendario para que el resto de días que la rodean se conviertan en meros satélites, horas accesorias de la monotonía diaria. De ese modo, mi vida dejó de girar alrededor de mí hasta que llegó el día del debut televisivo de Antonio, durando el efecto hasta una semana después, y ya se verá por qué.
Sobre la una de la mañana, mis padres y mi hermano estaban ya acostados. Solo quedaba yo, intentando vencer al sueño por haber madrugado; el supermercado en el que trabajé durante año y medio había sido comprado por una cadena de supermercados de barrio y me vi obligado a levantarme temprano e ir a clases para manejar una caja registradora.
Todo era irreal.
A lo que quiero llegar es a que las terribles imágenes que presencié en aquel momento supusieron el tercer peor momento de mi vida. Antonio hizo una demostración por la televisión que costaba digerir, no solo por ser ilógica en el sentido fisiológico, sino por ser pesadillesca. Mis parpados me pesaban, la consciencia parpadeaba como una lámpara con el cable pelado y el cansancio llenaba de fatiga cualquier hueco que quedase en mi cuerpo entre huesos, músculos, piel.
El programa me sorprendió por ser sorprendentemente cutre, y todo un trampolín para inadaptados sociales y rarezas, esa gente que comparte contigo autobús y que tiene un algo especial que revela en fiestas cuando está muy borracho. Antes de Antonio, habían “actuado” una mujer de obesidad mórbida, capaz de cantar en tonos altísimos pero siempre desafinados, y un oficinista que podía caminar sin inmutarse sobre clavos, brasas, cristales y agujas.
Luego, al escenario, formado por un plató color salmón y unas cortinas blancas a modo de telón, salió Antonio con una gran sonrisa en la cara. Al instante, y a pesar del cansancio, le notaba algo diferente. Como si tuviera la cabeza ligeramente más alargada, y el cuerpo un poco más encorvado que de costumbre; no le di mucha importancia por eso de que en televisión uno sale distinto de cómo es.
Y la música. Antonio había elegido la Sonata de Medianoche de Beethoven, con esos tonos, no sé si os suena, imaginadlos a partir de ahora, dadle al play en la cadena de música, lo que sea, pero escuchadla y comprenderéis levemente la sensación que experimenté.
La cabeza me seguía pesando, y apenas unos minutos antes me había refrescado la cabeza con algo de agua para despertarme. El agua forzaba a mis párpados a mantenerse abiertos con un ligero escozor. Antonio salió a escena, siguiendo el compás de la música.
Hizo unas reverencias. Miró fijamente a la cámara, y sentí como si me estuviera mirando a mí y solo a mí; estaba contestando aquellos pensamientos que tuve acerca de su incapacidad para distinguirse de los demás. Con un movimiento ligero, rasgando el aire, se metió las yemas de los dedos de ambas manos en la boca, y separó los dedos en una mueca grotesca. Ojala hubiera acabado ahí.
Pero siguió.
Subió los dedos apoyados en el labio inferior, y agarró con fuerza el superior. Comenzó a estirar hacia delante con todas sus fuerzas. El esfuerzo era visible porque los brazos estaban tensos, con las venas marcadas y los músculos haciendo un tímido intento por hacerse destacar. Al fin, consiguió separar el labio hasta que sus brazos quedaron completamente estirados, y acometió la tarea de cubrirse la cabeza con él, formándose una horrible y pegajosa capucha.
Después, vino el labio inferior, siguiendo el mismo procedimiento. Estiró hasta que los brazos se alejaron todo lo posible del torso y, aquí vino la diferencia, se agachó, para enganchar el labio en los tobillos, pisándolo con el fin de evitar que se soltara. El resultado fue una masa deforme agazapada en el suelo, de diversos tonos de rojo brillante, desde el tono pálido de la carne cubierta por saliva, hasta el tono intenso de las venas a punto de reventar.
Antonio, o la criatura en que se había convertido mi amigo, se irguió en más de metro ochenta de superficie vistosa y de aspecto oleaginoso. Sí, tirad del labio y comprobad cómo es lo que hay detrás, y tratad de imaginar a un ser humano recubierto por completo. En la parte superior, donde debería estar la cabeza, se apreciaba un sumidero.
Era la boca, dos filas de dientes rodeadas de la desagradable sábana con la que Antonio estaba cubierto.
Poco a poco, la figura empezó a moverse, primero con gestos imperceptibles, terminando con una violenta agitación semicircular que poblaba de estrías la enfermiza epidermis roja. Estrías que se movían en sentido horario, creando una ilusión casi hipnótica.
El estómago se me agitó, y el embotamiento se me fue por el shock.
Pero todo esto que cuento no fue lo peor. Cuando creí que la pesadilla había acabado, leí los mensajes que recibía Antonio. Le tildaban de monstruo, había exclamaciones y por fin, llegó un escueto mensaje:
Yo también puedo hacerlo.
Seguido por una docena más, de móviles distintos.
Sobre la una de la mañana, mis padres y mi hermano estaban ya acostados. Solo quedaba yo, intentando vencer al sueño por haber madrugado; el supermercado en el que trabajé durante año y medio había sido comprado por una cadena de supermercados de barrio y me vi obligado a levantarme temprano e ir a clases para manejar una caja registradora.
Todo era irreal.
A lo que quiero llegar es a que las terribles imágenes que presencié en aquel momento supusieron el tercer peor momento de mi vida. Antonio hizo una demostración por la televisión que costaba digerir, no solo por ser ilógica en el sentido fisiológico, sino por ser pesadillesca. Mis parpados me pesaban, la consciencia parpadeaba como una lámpara con el cable pelado y el cansancio llenaba de fatiga cualquier hueco que quedase en mi cuerpo entre huesos, músculos, piel.
El programa me sorprendió por ser sorprendentemente cutre, y todo un trampolín para inadaptados sociales y rarezas, esa gente que comparte contigo autobús y que tiene un algo especial que revela en fiestas cuando está muy borracho. Antes de Antonio, habían “actuado” una mujer de obesidad mórbida, capaz de cantar en tonos altísimos pero siempre desafinados, y un oficinista que podía caminar sin inmutarse sobre clavos, brasas, cristales y agujas.
Luego, al escenario, formado por un plató color salmón y unas cortinas blancas a modo de telón, salió Antonio con una gran sonrisa en la cara. Al instante, y a pesar del cansancio, le notaba algo diferente. Como si tuviera la cabeza ligeramente más alargada, y el cuerpo un poco más encorvado que de costumbre; no le di mucha importancia por eso de que en televisión uno sale distinto de cómo es.
Y la música. Antonio había elegido la Sonata de Medianoche de Beethoven, con esos tonos, no sé si os suena, imaginadlos a partir de ahora, dadle al play en la cadena de música, lo que sea, pero escuchadla y comprenderéis levemente la sensación que experimenté.
La cabeza me seguía pesando, y apenas unos minutos antes me había refrescado la cabeza con algo de agua para despertarme. El agua forzaba a mis párpados a mantenerse abiertos con un ligero escozor. Antonio salió a escena, siguiendo el compás de la música.
Hizo unas reverencias. Miró fijamente a la cámara, y sentí como si me estuviera mirando a mí y solo a mí; estaba contestando aquellos pensamientos que tuve acerca de su incapacidad para distinguirse de los demás. Con un movimiento ligero, rasgando el aire, se metió las yemas de los dedos de ambas manos en la boca, y separó los dedos en una mueca grotesca. Ojala hubiera acabado ahí.
Pero siguió.
Subió los dedos apoyados en el labio inferior, y agarró con fuerza el superior. Comenzó a estirar hacia delante con todas sus fuerzas. El esfuerzo era visible porque los brazos estaban tensos, con las venas marcadas y los músculos haciendo un tímido intento por hacerse destacar. Al fin, consiguió separar el labio hasta que sus brazos quedaron completamente estirados, y acometió la tarea de cubrirse la cabeza con él, formándose una horrible y pegajosa capucha.
Después, vino el labio inferior, siguiendo el mismo procedimiento. Estiró hasta que los brazos se alejaron todo lo posible del torso y, aquí vino la diferencia, se agachó, para enganchar el labio en los tobillos, pisándolo con el fin de evitar que se soltara. El resultado fue una masa deforme agazapada en el suelo, de diversos tonos de rojo brillante, desde el tono pálido de la carne cubierta por saliva, hasta el tono intenso de las venas a punto de reventar.
Antonio, o la criatura en que se había convertido mi amigo, se irguió en más de metro ochenta de superficie vistosa y de aspecto oleaginoso. Sí, tirad del labio y comprobad cómo es lo que hay detrás, y tratad de imaginar a un ser humano recubierto por completo. En la parte superior, donde debería estar la cabeza, se apreciaba un sumidero.
Era la boca, dos filas de dientes rodeadas de la desagradable sábana con la que Antonio estaba cubierto.
Poco a poco, la figura empezó a moverse, primero con gestos imperceptibles, terminando con una violenta agitación semicircular que poblaba de estrías la enfermiza epidermis roja. Estrías que se movían en sentido horario, creando una ilusión casi hipnótica.
El estómago se me agitó, y el embotamiento se me fue por el shock.
Pero todo esto que cuento no fue lo peor. Cuando creí que la pesadilla había acabado, leí los mensajes que recibía Antonio. Le tildaban de monstruo, había exclamaciones y por fin, llegó un escueto mensaje:
Yo también puedo hacerlo.
Seguido por una docena más, de móviles distintos.
Caracol (y VII)
Me levanté a las dos y media del mediodía con las recriminaciones de mis padres pitándome en mis oídos. No tenía resaca, y lo agradecí bastante, pero había un ligero mareo. Cuando me quise dar cuenta, el telediario había empezado y ya me estaban bombardeando con el fin del mundo; todavía no había llegado, pero estaba al caer.
Y entre las noticias nacionales, con los políticos insultándose como monos drogados en una pelea a cuchillo dentro de un círculo de fuego, sale una de esas noticias para rellenar espacio: puede ser una familia de turcos andando a cuatro patas o la pésima influencia de los videojuegos; aquel día tocaba el de un secuestrador.
Miré las imágenes de una cámara de tráfico.
Una chica, rubia y de físico medio, se acerca a la ventanilla del copiloto de un Renault Mégane azul oscuro, limpio como una patena, modelo de hace un par de años. Supuestamente, el conductor le pregunta una calle o algo así, porque la víctima le hace unas señales.
Y ocurre.
En un segundo, el conductor se ha abalanzado sobre la muchacha y la introduce en el coche, en la parte de atrás. Es un movimiento ágil, de depredador, como el de una serpiente comiéndose una rata. Poco después el Renault sale disparado calle abajo, pero se puede apreciar a la joven retorciéndose en el asiento trasero.
Me desperté en un segundo.
- Cómo está el mundo, joder – digo en voz queda.
Y mi padre, que suele estar sordo como una tapia y nos tortura con la tele a todo volumen cuando hay algo que le interesa, me contestó:
- Ya no te puedes fiar de nada.
Sacudí la cabeza anonado, y fui a mirar mi bandeja de correo electrónico. Solo había basura y más basura, publicidad y un par de mails en cadena (resucitando el viejo mito de las cartas en cadena, aunque el chantaje esta vez no es la muerte sino la falta de amor), así que antes de ducharme decidí llamar a Antonio, para que me contara qué tal se encontraba.
- ¿Antonio? – dije al aparato, con la voz retorcida por el cansancio.
- Sí, soy yo, ¿eres tú Adán?
- Sí.
- ¿Qué es lo que quieres? – dijo en tono cordial.
- ¿Qué tal te encuentras? Ayer se te oía preocupado y eso… ¿estás bien? ¿Has pensado en lo que te dije?
- Oh, sí, eso te quería comentar, verás… ¿tú sabes cuál es esa cadena cutre que pone porno por las noches, y que sin embargo tiene algo de audiencia?
- El canal 14 dices, ¿no? ¿Vas a ir a un concurso allí?
- Sí, pero no es exactamente un concurso.
- Pero es una mierda tío, si tiene mazo de caspa esa mierda de emisora – recriminé.
- Ya… bueno, la cosa es ir subiendo de nivel, ¿no? Desde lo más bajo hasta arriba… así que me voy a apuntar a un nuevo programa que quieren sacar.
- ¿Un nuevo programa? Pero joder, ¿es que tienen dinero para eso?
- Sí… es de esos de enseñar algo que sabes hacer…
Traté de imaginar qué podía hacer Antonio especial, y no di con nada. Era el tipo de persona que cuando se deprime le dices que es especial, que tiene algo valioso en su interior, pero que en realidad le ves gris como la pared de un garaje. A lo mejor, como en las típicas pelis salidas adolescentes americanas, el más apocado es el más dotado…
- No te irás a desnudar en directo, ¿no? ¿No me obligarás a verte como Dios te trajo al mundo, a que no?
- ¡Claro que no, jolín! – en tan poca frase estaba encerrado parte de la razón de su ostracismo.
- Ah, bueno, me dejas MUCHO más tranquilo…
- De momento, estoy practicando, pero te juro que te vas a quedar con la boca abierta. ¿Y sabes lo mejor?
- Sorpréndeme – dije con una completa falta de entusiasmo. Me lo imaginaba haciendo malabares con manzanas ardiendo o alguna gilipollez parecida.
- Se pueden mandar comentarios por SMS y mandar mails al programa… también vale para hacer amigos y cosas de esas…
- Eso suena muy bien – contesté, con un tono opuesto a lo que corría por mi mente. Lo que menos necesitaba Antonio era conocer gente igual de retraída, gente que necesite escudarse en los SMS y la distancia para hacer amigos.
- Salgo en una semana, deséame suerte, ¿vale?
- Por supuesto, pero… ¿no vamos a quedar hasta entonces?
- Er… no – conocía ese tono de voz, y quería decir que se encerraría de nuevo en su cascarón -, es que… quiero preparar esto a conciencia ¿sabes? No quiero que nada salga mal y todo eso… y tengo que practicar.
- ¡Qué coño tienes que practicar! ¿¡Las voleas!? Venga tío, no vuelvas a encerrarte, ¿quieres?
- He dicho que no, entiéndeme, anda.
- Sigh.
- ¿Qué has dicho?
- Hmrf…
- ¿Qué?
- … vale. Pero nada más salir en el programa te vienes conmigo un día a dar una vuelta.
- De acuerdo.
- Nada de excusas.
- No tendré nada mejor que hacer, créeme.
- Más te vale – como estaba siendo duro con él, decidí suavizar el tono y añadí, imitando a un pirata -, o te colgaré de los pulgares en la vela de mesana, arr.
- Je, je… está bien, Adán. Venga, hasta luego.
- Hasta luego, Antonio, hasta luego…
- ¡Deséame suerte!
Y colgó.
¿Qué demonios era capaz de hacer alguien que se encerraba en su casa todo el día? Algo me decía que nada demasiado agradable…
Y entre las noticias nacionales, con los políticos insultándose como monos drogados en una pelea a cuchillo dentro de un círculo de fuego, sale una de esas noticias para rellenar espacio: puede ser una familia de turcos andando a cuatro patas o la pésima influencia de los videojuegos; aquel día tocaba el de un secuestrador.
Miré las imágenes de una cámara de tráfico.
Una chica, rubia y de físico medio, se acerca a la ventanilla del copiloto de un Renault Mégane azul oscuro, limpio como una patena, modelo de hace un par de años. Supuestamente, el conductor le pregunta una calle o algo así, porque la víctima le hace unas señales.
Y ocurre.
En un segundo, el conductor se ha abalanzado sobre la muchacha y la introduce en el coche, en la parte de atrás. Es un movimiento ágil, de depredador, como el de una serpiente comiéndose una rata. Poco después el Renault sale disparado calle abajo, pero se puede apreciar a la joven retorciéndose en el asiento trasero.
Me desperté en un segundo.
- Cómo está el mundo, joder – digo en voz queda.
Y mi padre, que suele estar sordo como una tapia y nos tortura con la tele a todo volumen cuando hay algo que le interesa, me contestó:
- Ya no te puedes fiar de nada.
Sacudí la cabeza anonado, y fui a mirar mi bandeja de correo electrónico. Solo había basura y más basura, publicidad y un par de mails en cadena (resucitando el viejo mito de las cartas en cadena, aunque el chantaje esta vez no es la muerte sino la falta de amor), así que antes de ducharme decidí llamar a Antonio, para que me contara qué tal se encontraba.
- ¿Antonio? – dije al aparato, con la voz retorcida por el cansancio.
- Sí, soy yo, ¿eres tú Adán?
- Sí.
- ¿Qué es lo que quieres? – dijo en tono cordial.
- ¿Qué tal te encuentras? Ayer se te oía preocupado y eso… ¿estás bien? ¿Has pensado en lo que te dije?
- Oh, sí, eso te quería comentar, verás… ¿tú sabes cuál es esa cadena cutre que pone porno por las noches, y que sin embargo tiene algo de audiencia?
- El canal 14 dices, ¿no? ¿Vas a ir a un concurso allí?
- Sí, pero no es exactamente un concurso.
- Pero es una mierda tío, si tiene mazo de caspa esa mierda de emisora – recriminé.
- Ya… bueno, la cosa es ir subiendo de nivel, ¿no? Desde lo más bajo hasta arriba… así que me voy a apuntar a un nuevo programa que quieren sacar.
- ¿Un nuevo programa? Pero joder, ¿es que tienen dinero para eso?
- Sí… es de esos de enseñar algo que sabes hacer…
Traté de imaginar qué podía hacer Antonio especial, y no di con nada. Era el tipo de persona que cuando se deprime le dices que es especial, que tiene algo valioso en su interior, pero que en realidad le ves gris como la pared de un garaje. A lo mejor, como en las típicas pelis salidas adolescentes americanas, el más apocado es el más dotado…
- No te irás a desnudar en directo, ¿no? ¿No me obligarás a verte como Dios te trajo al mundo, a que no?
- ¡Claro que no, jolín! – en tan poca frase estaba encerrado parte de la razón de su ostracismo.
- Ah, bueno, me dejas MUCHO más tranquilo…
- De momento, estoy practicando, pero te juro que te vas a quedar con la boca abierta. ¿Y sabes lo mejor?
- Sorpréndeme – dije con una completa falta de entusiasmo. Me lo imaginaba haciendo malabares con manzanas ardiendo o alguna gilipollez parecida.
- Se pueden mandar comentarios por SMS y mandar mails al programa… también vale para hacer amigos y cosas de esas…
- Eso suena muy bien – contesté, con un tono opuesto a lo que corría por mi mente. Lo que menos necesitaba Antonio era conocer gente igual de retraída, gente que necesite escudarse en los SMS y la distancia para hacer amigos.
- Salgo en una semana, deséame suerte, ¿vale?
- Por supuesto, pero… ¿no vamos a quedar hasta entonces?
- Er… no – conocía ese tono de voz, y quería decir que se encerraría de nuevo en su cascarón -, es que… quiero preparar esto a conciencia ¿sabes? No quiero que nada salga mal y todo eso… y tengo que practicar.
- ¡Qué coño tienes que practicar! ¿¡Las voleas!? Venga tío, no vuelvas a encerrarte, ¿quieres?
- He dicho que no, entiéndeme, anda.
- Sigh.
- ¿Qué has dicho?
- Hmrf…
- ¿Qué?
- … vale. Pero nada más salir en el programa te vienes conmigo un día a dar una vuelta.
- De acuerdo.
- Nada de excusas.
- No tendré nada mejor que hacer, créeme.
- Más te vale – como estaba siendo duro con él, decidí suavizar el tono y añadí, imitando a un pirata -, o te colgaré de los pulgares en la vela de mesana, arr.
- Je, je… está bien, Adán. Venga, hasta luego.
- Hasta luego, Antonio, hasta luego…
- ¡Deséame suerte!
Y colgó.
¿Qué demonios era capaz de hacer alguien que se encerraba en su casa todo el día? Algo me decía que nada demasiado agradable…
Caracol (y VI)
- Mi problema, tío, es que no ligo nada. Y el único amigo que tengo de verdad eres tú – masculló afligido, ahogado por el problema. Los ojos seguían fijos en el vaso, como si no se atreviera a mirarme, como si estuviera retirado en el fondo del vaso, y subiera lentamente con las burbujas del refresco.
- No sé, tienes que ser un poco más abierto, Antonio. Que no puedes ir por la vida arrastrándote, con la cabeza agachada y huyendo de cualquier problema. – El Gran Arreglador, ése era yo. ¡Ja! El hombre que no tiene problemas propios, me recriminaba hacia mis adentros…
- No puedo, ¿vale? Tengo un pánico atroz a todo el mundo. Soy... no sé, algo raro, ¿no? Me acuerdo… cuando empezamos el instituto… ¿recuerdas a Tomás?
- Sí, menudo patán, je je je – reí nervioso. Tomás fue amigo mío durante un tiempo, y luego… le mandé a tomar por culo antes de empezar segundo de Bachillerato. Él parecía tener amigos más malotes, y puede que mi vida se hubiera encaminado más hacia las fiestas si hubiera seguido con él. Me pregunté en su día si mereció la pena sacrificar popularidad por otras amistades menos fiesteras. Y en esa noche miré a Antonio, e intenté adivinar quién estaría hablando con él en ese momento tan trágico.
- Cuando llegó al instituto dijo que follaba seguro. Que con dieciséis años ya era hora de
- … de quitarse las telarañas de la polla, ya. Si era su amigo, no me estás diciendo nada nuevo; según nos acercábamos al instituto, más me lo comentaba… - interrumpí.
- Y no lo consiguió hasta pasado un tiempo.
- ¿Y?
- ¿Por qué él sí y yo no? – gimió entristecido. Observé el vaso que tenía en la mano y se encontraba casi vacío… ¡estaba dando unos buenos tragos! Dudé por un momento si servirle más para que se lo bebiera en apenas unos minutos o si debería obligarle a caminar.
Esperaré un poco más, quizá a que pida otro vaso, acordé conmigo mismo.
- Porque la vida está llena de injusticia. Yo he tenido suerte – dije, pensando en mi guapa novia -, puede que demasiada. Pero coño, si yo la he tenido… ¿Qué te impide a ti tenerla? Todos tenemos suerte alguna vez en la vida. Seguro que encontramos algo que hacer.
- Podemos ir a algún local a ver si pillamos.
- Euhmm… no. Primero que no vamos todo lo maqueados que deberíamos, y segundo que no hay tantas posibilidades de conseguir una chica de las que te pueden gustar…
- ¿Y cuáles son las que me pueden gustar? ¿Y si a mí me gustan todas?
Respiré hondo e hice acopio de valor para lo que tenía que decir. Tenía que procurar ser suave, pero firme y brutalmente sincero.
- Bien… el caso es que en un mundo tan jodidamente superficial como éste… en el momento que tengas a una chica, no la deberías soltar ni de coña. Seamos sinceros, ¿vale? – las palabras se agolpaban en mi boca, obstruyéndola y empujando el paladar. No pude ni mirarle a los ojos -. No eres ningún guaperas, no creo que vayas a conseguir una tía de las que te gustan, en plan modelo de lencería. Ninguno de los dos lo somos.
Vi cómo su mente asimilaba esas palabras. Me di cuenta de que nunca habían sido sinceros con él, que vivía en un mundo aparte del resto, donde su madre y su padre, sus tíos, sus abuelos… todos, le decían lo guapo que era. Un buen partido. Y ese muro, construido a lo largo de los meses y pintado con bonitas palabras, se lo estaba derribando con mi diatriba.
- Lo siento, pero es verdad.
- P-pero…
- Mira tío, a mí también me costó un poco asimilarlo, ¿vale? Se dirá mucho de que lo importante es el interior y todo eso pero… ¿tú crees que esas buenorras que menean las caderas por la calle, y saben lo tremendas que están, tú crees que probarán un bombón que no tenga buena pinta?
- …
- Claro que también puedo ser un pesimista pero… bueno, la experiencia me lo ha dejado así de claro – añadí, lleno de determinación. Hacía un año o así, un poco más a lo mejor, casi hace una vida, alguien me dijo estas mismas palabras en un botellón... un poco más parecidas, algo más amables creo.
- Está bien – dijo algo hundido; ¿tan engañado se tenía? ¿Es que nunca se comparaba con alguno de los tíos que salían en las revistas?
- A ver… no lo entiendo tío, ¿a qué viene esa cara? Yo pensaba que algo de esto ya lo tenías pensado… no creo que te haya abierto ninguna puerta, ¿no? – miré sus ojos, casi ocultos en las sombras de su cara -. ¿Me equivoco?
Qué contradictorio este Antonio, me dije. Pensé que la timidez se debía a su falta de autoestima, pero había averiguado que, simplemente, tenía miedo de las mujeres. Él era guapo en su cabeza, y algo raro, pero si no tenía novia era porque no se le acercaban hembras fértiles lo suficiente.
Suspiré. Luego le di unas palmadas en la espalda.
Decidí entonces que seguiría su tren de pensamiento, a ver cómo salía de aquello. Lo mejor, pensé antes de abrir la boca, sería llevarle a lo que yo pensaba con hechos, no con mis palabras.
- Tengo una idea, tío, no te pongas así, ¿vale?
- Así cómo – contestó átono.
- Triste.
- No estoy…
- Calla un momento, verás… tienes que sacudirte esa vergüenza, ¿vale? Eres un tío inteligente, así que coge valor y preséntate a un concurso de la tele o algo cualquiera. Yo hace mucho que no la veo entre mi curro y mis estudios, pero seguro que algún concurso de culturilla general habrá que te llame la atención; así que coges, llamas y te presentas, te quitas la timidez de encima con eso de salir en la tele y a lo mejor hasta ganas dinero, genial, ¿no? – No. No me podía permitir el lujo de respirar en aquel momento.
- Miraré a ver – dijo, no del todo convencido.
- ¡Así me gusta! – exclamé con ternura.
La noche soltaba rachas de viento fresco aquí y allá, y Antonio y yo decidimos entonces dar un laargo paseo hasta casa. Hablamos de los viejos tiempos, de levantarse por la mañana para ver dibujos animados y no preocuparse de nada más, cuando la mayor preocupación era hacer catorce ejercicios de lengua para el día siguiente.
- No sé, tienes que ser un poco más abierto, Antonio. Que no puedes ir por la vida arrastrándote, con la cabeza agachada y huyendo de cualquier problema. – El Gran Arreglador, ése era yo. ¡Ja! El hombre que no tiene problemas propios, me recriminaba hacia mis adentros…
- No puedo, ¿vale? Tengo un pánico atroz a todo el mundo. Soy... no sé, algo raro, ¿no? Me acuerdo… cuando empezamos el instituto… ¿recuerdas a Tomás?
- Sí, menudo patán, je je je – reí nervioso. Tomás fue amigo mío durante un tiempo, y luego… le mandé a tomar por culo antes de empezar segundo de Bachillerato. Él parecía tener amigos más malotes, y puede que mi vida se hubiera encaminado más hacia las fiestas si hubiera seguido con él. Me pregunté en su día si mereció la pena sacrificar popularidad por otras amistades menos fiesteras. Y en esa noche miré a Antonio, e intenté adivinar quién estaría hablando con él en ese momento tan trágico.
- Cuando llegó al instituto dijo que follaba seguro. Que con dieciséis años ya era hora de
- … de quitarse las telarañas de la polla, ya. Si era su amigo, no me estás diciendo nada nuevo; según nos acercábamos al instituto, más me lo comentaba… - interrumpí.
- Y no lo consiguió hasta pasado un tiempo.
- ¿Y?
- ¿Por qué él sí y yo no? – gimió entristecido. Observé el vaso que tenía en la mano y se encontraba casi vacío… ¡estaba dando unos buenos tragos! Dudé por un momento si servirle más para que se lo bebiera en apenas unos minutos o si debería obligarle a caminar.
Esperaré un poco más, quizá a que pida otro vaso, acordé conmigo mismo.
- Porque la vida está llena de injusticia. Yo he tenido suerte – dije, pensando en mi guapa novia -, puede que demasiada. Pero coño, si yo la he tenido… ¿Qué te impide a ti tenerla? Todos tenemos suerte alguna vez en la vida. Seguro que encontramos algo que hacer.
- Podemos ir a algún local a ver si pillamos.
- Euhmm… no. Primero que no vamos todo lo maqueados que deberíamos, y segundo que no hay tantas posibilidades de conseguir una chica de las que te pueden gustar…
- ¿Y cuáles son las que me pueden gustar? ¿Y si a mí me gustan todas?
Respiré hondo e hice acopio de valor para lo que tenía que decir. Tenía que procurar ser suave, pero firme y brutalmente sincero.
- Bien… el caso es que en un mundo tan jodidamente superficial como éste… en el momento que tengas a una chica, no la deberías soltar ni de coña. Seamos sinceros, ¿vale? – las palabras se agolpaban en mi boca, obstruyéndola y empujando el paladar. No pude ni mirarle a los ojos -. No eres ningún guaperas, no creo que vayas a conseguir una tía de las que te gustan, en plan modelo de lencería. Ninguno de los dos lo somos.
Vi cómo su mente asimilaba esas palabras. Me di cuenta de que nunca habían sido sinceros con él, que vivía en un mundo aparte del resto, donde su madre y su padre, sus tíos, sus abuelos… todos, le decían lo guapo que era. Un buen partido. Y ese muro, construido a lo largo de los meses y pintado con bonitas palabras, se lo estaba derribando con mi diatriba.
- Lo siento, pero es verdad.
- P-pero…
- Mira tío, a mí también me costó un poco asimilarlo, ¿vale? Se dirá mucho de que lo importante es el interior y todo eso pero… ¿tú crees que esas buenorras que menean las caderas por la calle, y saben lo tremendas que están, tú crees que probarán un bombón que no tenga buena pinta?
- …
- Claro que también puedo ser un pesimista pero… bueno, la experiencia me lo ha dejado así de claro – añadí, lleno de determinación. Hacía un año o así, un poco más a lo mejor, casi hace una vida, alguien me dijo estas mismas palabras en un botellón... un poco más parecidas, algo más amables creo.
- Está bien – dijo algo hundido; ¿tan engañado se tenía? ¿Es que nunca se comparaba con alguno de los tíos que salían en las revistas?
- A ver… no lo entiendo tío, ¿a qué viene esa cara? Yo pensaba que algo de esto ya lo tenías pensado… no creo que te haya abierto ninguna puerta, ¿no? – miré sus ojos, casi ocultos en las sombras de su cara -. ¿Me equivoco?
Qué contradictorio este Antonio, me dije. Pensé que la timidez se debía a su falta de autoestima, pero había averiguado que, simplemente, tenía miedo de las mujeres. Él era guapo en su cabeza, y algo raro, pero si no tenía novia era porque no se le acercaban hembras fértiles lo suficiente.
Suspiré. Luego le di unas palmadas en la espalda.
Decidí entonces que seguiría su tren de pensamiento, a ver cómo salía de aquello. Lo mejor, pensé antes de abrir la boca, sería llevarle a lo que yo pensaba con hechos, no con mis palabras.
- Tengo una idea, tío, no te pongas así, ¿vale?
- Así cómo – contestó átono.
- Triste.
- No estoy…
- Calla un momento, verás… tienes que sacudirte esa vergüenza, ¿vale? Eres un tío inteligente, así que coge valor y preséntate a un concurso de la tele o algo cualquiera. Yo hace mucho que no la veo entre mi curro y mis estudios, pero seguro que algún concurso de culturilla general habrá que te llame la atención; así que coges, llamas y te presentas, te quitas la timidez de encima con eso de salir en la tele y a lo mejor hasta ganas dinero, genial, ¿no? – No. No me podía permitir el lujo de respirar en aquel momento.
- Miraré a ver – dijo, no del todo convencido.
- ¡Así me gusta! – exclamé con ternura.
La noche soltaba rachas de viento fresco aquí y allá, y Antonio y yo decidimos entonces dar un laargo paseo hasta casa. Hablamos de los viejos tiempos, de levantarse por la mañana para ver dibujos animados y no preocuparse de nada más, cuando la mayor preocupación era hacer catorce ejercicios de lengua para el día siguiente.
Puede que esto se acabe
La vida es lo que tiene, que como decía Heráclito, creo, es un contínuo devenir. Por eso, creo que dejaré el blog... ¿lo borraré? ¿dejaré colgado lo ya publicado? No lo sé, pero son cosas que me estoy replanteando.
Lo primero es porque vuelvo a estar paranoico... He de decir que tanto el Perro Manuel como Camarero (sin desmerecer los relatos cortos aquí y allí) son relatos de los que me siento muy orgulloso, y de los que puedo afirmar que forman de lo mejor que he hecho.
Sin embargo, desde que la historia de El Perro Manuel adquiriera un nuevo matiz, como una historia mucho más grande, dejé de ver conveniente publicar por entregas todo aquí. Y no es porque quiera verlo publicado algún día sobre papel (que también hay algo de eso, por supuesto), sino el temor a que "alguien", "casualmente" copie mis ideas. Me da pánico que después del esfuerzo vertido en esas historias, éstas queden inservibles gracias al copia y pega.
El segundo motivo es que parece que mi vida se ha vuelto más estable, más tranquila... sigo siendo el mismo sociópata, eso no cabe duda, pero puede que me haya moderado un poco. Me siento más maduro y si algo había caracterizado a mi blog es que era una ventana de liberación, una válvula de escape como el niño que se pasa puteado todo el día y justo en el supermercado, decide patalear y llorar hasta quedarse afónico por un paquete de caramelos.
Sigue habiendo esa rabia del principio, pero...
De todas formas, creo que dejaré el blog. Por si acaso. No obstante, gracias a él empezó la que es sin duda la etapa de mayor creatividad en mi carrera de escritor. Una carrera que espero que no se acabe y que algún día, pueda estar orgulloso y con la cabeza bien alta y afirmar: Sí, yo hice eso.
Por eso, la historia de Caracol (que no sé si la acabaré aquí o en privado) puede que sea la última. no descarto pequeñas reseñas, pero eso es todo.
Un saludo a todos.
Seth Fortuyn, anfitrión.
Lo primero es porque vuelvo a estar paranoico... He de decir que tanto el Perro Manuel como Camarero (sin desmerecer los relatos cortos aquí y allí) son relatos de los que me siento muy orgulloso, y de los que puedo afirmar que forman de lo mejor que he hecho.
Sin embargo, desde que la historia de El Perro Manuel adquiriera un nuevo matiz, como una historia mucho más grande, dejé de ver conveniente publicar por entregas todo aquí. Y no es porque quiera verlo publicado algún día sobre papel (que también hay algo de eso, por supuesto), sino el temor a que "alguien", "casualmente" copie mis ideas. Me da pánico que después del esfuerzo vertido en esas historias, éstas queden inservibles gracias al copia y pega.
El segundo motivo es que parece que mi vida se ha vuelto más estable, más tranquila... sigo siendo el mismo sociópata, eso no cabe duda, pero puede que me haya moderado un poco. Me siento más maduro y si algo había caracterizado a mi blog es que era una ventana de liberación, una válvula de escape como el niño que se pasa puteado todo el día y justo en el supermercado, decide patalear y llorar hasta quedarse afónico por un paquete de caramelos.
Sigue habiendo esa rabia del principio, pero...
De todas formas, creo que dejaré el blog. Por si acaso. No obstante, gracias a él empezó la que es sin duda la etapa de mayor creatividad en mi carrera de escritor. Una carrera que espero que no se acabe y que algún día, pueda estar orgulloso y con la cabeza bien alta y afirmar: Sí, yo hice eso.
Por eso, la historia de Caracol (que no sé si la acabaré aquí o en privado) puede que sea la última. no descarto pequeñas reseñas, pero eso es todo.
Un saludo a todos.
Seth Fortuyn, anfitrión.





