El ojo del tigre
Historia basada en un hecho real, en lo que respecta a la última parte del relato... Tan demencial, que no he podido resistirme a hacer un relato sobre ello.
Leído en los premios Darwin.
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Todo empezó cuando Miguel encontró unidos el rumor de que su novia era una puta y se estaba tirando a medio instituto y el de por qué Gonzalo, de su misma clase, era apodado El Gordo a pesar de que estuviera delgado, casi en la anorexia.
Respecto a lo primero, hacía oídos sordos porque María era su primera novia, era preciosa y le hacía de todo en la cama, incluido, ¡mamadas!, algo que le habían comentado, no todas hacían.
En cuanto a lo segundo le daba igual, pero era un rumor insistente entre algunas chicas de clase y un par de tíos envidiosos que compartían vestuario con Gonzalo en los entrenamientos de fútbol.
Y un día su novia se negó a quedar con Miguel por estar indispuesta, y Miguel quedó con los amigos, encontrándose a María, que así se llamaba la novia, cogida de la mano con Gonzalo y con la otra mano acariciando un bulto grande y sospechoso en la entrepierna de éste.
Al día siguiente, Miguel paseó por el instituto una insoportable cara de perros. Era un chaval fornido y bastante alto, cinturón negro de kárate y daba miedo a cualquiera que se cruzara en su camino. Después de atravesar un pasillo de caras giradas y murmullos, llegó a clase, cogió a Gonzalo y le dijo:
- Te espero a la salida.
Dijo, con los ojos inyectados en cólera, fuera de sí:
- TE VI AYER CON MI NOVIA; CABRÓN.
Gonzalo, lejos de amilanarse contestó distraído:
- Vale.
Dieron las dos del mediodía y la gente salió corriendo, pero en lugar de volver a sus casas se quedaron, esperando la segura y sonora paliza que Miguel daría a Gonzalo. Salieron los dos, jaleados como púgiles mientras los profesores hacían como que no veían nada. Se lanzaron miradas, se cruzaron insultos, hasta que al final, Miguel comenzó a hacer demostraciones de kárate.
Cinco minutos después, Gonzalo, que sabía pelear sin trucos de artes marciales, había reducido a Miguel con dos puñetazos en el estómago y uno en la cara. Casi indemne, se marchó a casa soplándose los nudillos.
Desde el suelo, Miguel pudo ver cómo María corría a hablar con Gonzalo.
Y no volvía.
- Fracasado – se recriminó a sí mismo Miguel, dando patadas al aire frente al espejo de su cuarto.
Se había saltado las clases durante una semana, y se había dedicado a correr y a practicar las mejores técnicas. No terminaba de creerse cómo había sido vencido por un fideo con ínfulas de matón, y encima el muy cabrón le había robado la novia.
Solo, humillado, dedicó una semana entera a buscar una forma de reinstaurar su honor. Ya nadie le temía, toda la fachada que había construido a su alrededor en los años de instituto estaba derrumbada, y hasta era el hazmerreír de algunos chicos.
Oh, ¿¡por qué tenía que pasarle aquello justo a él!?
Pensó en las formas de vengarse, en volver a retar a Gonzalo y machacarle la boca con una buena patada. No se contendría, nadie le pararía los pies y entonces, podría recuperar a María. Razonó que tampoco podía arriesgarse a perder otra vez.
Necesitaba una hazaña, algo que pasara de unas personas a otras como una tempestad de ego.
Entonces vio un artículo del zoo de Madrid y el resto vino solo.
Miguel, vestido con ropa deportiva y negra, se coló en el zoológico por la noche, a las dos de la madrugada. En la mochila llevaba una cuerda, unas tijeras de podar por si acaso había que cortar alambres y una cámara digital.
Miró de un lado a otro, buscando a alguien que se interpusiera en su camino, y cortó un par de cables que parecían los de las cámaras. De todas formas, las cámaras eran la menor de sus preocupaciones, porque acabara detenido, habrían visto su gesta.
La pelea contra un tigre.
Con cinturón negro, no podía perder. Si no, ¿para qué coño iba a servir el kárate? ¿Para la paz interior? El kárate no ayudó a que recuperara a su novia, pero tendría que valer para dar una paliza a un minino con esteroides, pensó.
Respiró hondo al llegar al foso de los tigres. Sacó la cámara, la dejó apuntando bien centrada y pasó a la plataforma de los tigres con la cuerda salvando el foso, por si acaso. Él, Miguel Salcedo, cinturón negro de kárate y amante humillado, demostraría a todo el mundo de lo que era capaz.
Los tigres estaban dormidos.
Bien.
El primer golpe sería suyo.
Cogió carrerilla, saltó y dio una fuerte patada voladora a uno de los cuatro tigres que había. El animal rugió furioso, sacudió la entumecida cabeza y se levantó casi despejado, despertando el instinto animal.
Miguel tensó los músculos, preparándose para la pelea. Adoptó una postura de ataque, desvió la mirada un segundo para comprobar la cámara y cuando se volvió, los cuatro tigres estaban despiertos, dispuestos para comérselo.
¡No era justo! ¡Cuatro contra él! Y seguro que no iban a atacar de uno en uno…
Intentó correr, pero le alcanzaron enseguida. Se revolvió, dio un par de golpes y acabó sobrepasado demasiado pronto.
Todo quedó filmado.
Leído en los premios Darwin.
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Todo empezó cuando Miguel encontró unidos el rumor de que su novia era una puta y se estaba tirando a medio instituto y el de por qué Gonzalo, de su misma clase, era apodado El Gordo a pesar de que estuviera delgado, casi en la anorexia.
Respecto a lo primero, hacía oídos sordos porque María era su primera novia, era preciosa y le hacía de todo en la cama, incluido, ¡mamadas!, algo que le habían comentado, no todas hacían.
En cuanto a lo segundo le daba igual, pero era un rumor insistente entre algunas chicas de clase y un par de tíos envidiosos que compartían vestuario con Gonzalo en los entrenamientos de fútbol.
Y un día su novia se negó a quedar con Miguel por estar indispuesta, y Miguel quedó con los amigos, encontrándose a María, que así se llamaba la novia, cogida de la mano con Gonzalo y con la otra mano acariciando un bulto grande y sospechoso en la entrepierna de éste.
Al día siguiente, Miguel paseó por el instituto una insoportable cara de perros. Era un chaval fornido y bastante alto, cinturón negro de kárate y daba miedo a cualquiera que se cruzara en su camino. Después de atravesar un pasillo de caras giradas y murmullos, llegó a clase, cogió a Gonzalo y le dijo:
- Te espero a la salida.
Dijo, con los ojos inyectados en cólera, fuera de sí:
- TE VI AYER CON MI NOVIA; CABRÓN.
Gonzalo, lejos de amilanarse contestó distraído:
- Vale.
Dieron las dos del mediodía y la gente salió corriendo, pero en lugar de volver a sus casas se quedaron, esperando la segura y sonora paliza que Miguel daría a Gonzalo. Salieron los dos, jaleados como púgiles mientras los profesores hacían como que no veían nada. Se lanzaron miradas, se cruzaron insultos, hasta que al final, Miguel comenzó a hacer demostraciones de kárate.
Cinco minutos después, Gonzalo, que sabía pelear sin trucos de artes marciales, había reducido a Miguel con dos puñetazos en el estómago y uno en la cara. Casi indemne, se marchó a casa soplándose los nudillos.
Desde el suelo, Miguel pudo ver cómo María corría a hablar con Gonzalo.
Y no volvía.
- Fracasado – se recriminó a sí mismo Miguel, dando patadas al aire frente al espejo de su cuarto.
Se había saltado las clases durante una semana, y se había dedicado a correr y a practicar las mejores técnicas. No terminaba de creerse cómo había sido vencido por un fideo con ínfulas de matón, y encima el muy cabrón le había robado la novia.
Solo, humillado, dedicó una semana entera a buscar una forma de reinstaurar su honor. Ya nadie le temía, toda la fachada que había construido a su alrededor en los años de instituto estaba derrumbada, y hasta era el hazmerreír de algunos chicos.
Oh, ¿¡por qué tenía que pasarle aquello justo a él!?
Pensó en las formas de vengarse, en volver a retar a Gonzalo y machacarle la boca con una buena patada. No se contendría, nadie le pararía los pies y entonces, podría recuperar a María. Razonó que tampoco podía arriesgarse a perder otra vez.
Necesitaba una hazaña, algo que pasara de unas personas a otras como una tempestad de ego.
Entonces vio un artículo del zoo de Madrid y el resto vino solo.
Miguel, vestido con ropa deportiva y negra, se coló en el zoológico por la noche, a las dos de la madrugada. En la mochila llevaba una cuerda, unas tijeras de podar por si acaso había que cortar alambres y una cámara digital.
Miró de un lado a otro, buscando a alguien que se interpusiera en su camino, y cortó un par de cables que parecían los de las cámaras. De todas formas, las cámaras eran la menor de sus preocupaciones, porque acabara detenido, habrían visto su gesta.
La pelea contra un tigre.
Con cinturón negro, no podía perder. Si no, ¿para qué coño iba a servir el kárate? ¿Para la paz interior? El kárate no ayudó a que recuperara a su novia, pero tendría que valer para dar una paliza a un minino con esteroides, pensó.
Respiró hondo al llegar al foso de los tigres. Sacó la cámara, la dejó apuntando bien centrada y pasó a la plataforma de los tigres con la cuerda salvando el foso, por si acaso. Él, Miguel Salcedo, cinturón negro de kárate y amante humillado, demostraría a todo el mundo de lo que era capaz.
Los tigres estaban dormidos.
Bien.
El primer golpe sería suyo.
Cogió carrerilla, saltó y dio una fuerte patada voladora a uno de los cuatro tigres que había. El animal rugió furioso, sacudió la entumecida cabeza y se levantó casi despejado, despertando el instinto animal.
Miguel tensó los músculos, preparándose para la pelea. Adoptó una postura de ataque, desvió la mirada un segundo para comprobar la cámara y cuando se volvió, los cuatro tigres estaban despiertos, dispuestos para comérselo.
¡No era justo! ¡Cuatro contra él! Y seguro que no iban a atacar de uno en uno…
Intentó correr, pero le alcanzaron enseguida. Se revolvió, dio un par de golpes y acabó sobrepasado demasiado pronto.
Todo quedó filmado.
Y hasta aquí...
¿Qué ha pasado en este blog hasta ahora?
Dejad que me explique.
Me gustan los escritores malditos, y todavía no tengo claro si seré uno de ellos. Sí sé que quiero escribir, cuanto más, mejor.
En este blog me desato el pelo y hablo de lo primero que se me pasa por la cabeza, pero también de historias calculadas.
Así, junto a artículos sobre lo bien que me lo paso trabajando, hay cuentos largos divididos en partes. Está Camarero, la historia de un chico metido a camarero, con apuntes salvajes y mala baba. Está La Guerra, un alegato contra punkis y skins. El Perro Manuel, primera parte de una saga que desarrollo en el blog, acerca de un chico que, ante la muerte del perro de su amigo, decide sustituirle hasta el final. Y Caracol, o la deformación de un chaval que vive apartado de todo.
Espero que os guste todo.
Sinceramente, vuestro anfitrión:
Seth Fortuyn
Dejad que me explique.
Me gustan los escritores malditos, y todavía no tengo claro si seré uno de ellos. Sí sé que quiero escribir, cuanto más, mejor.
En este blog me desato el pelo y hablo de lo primero que se me pasa por la cabeza, pero también de historias calculadas.
Así, junto a artículos sobre lo bien que me lo paso trabajando, hay cuentos largos divididos en partes. Está Camarero, la historia de un chico metido a camarero, con apuntes salvajes y mala baba. Está La Guerra, un alegato contra punkis y skins. El Perro Manuel, primera parte de una saga que desarrollo en el blog, acerca de un chico que, ante la muerte del perro de su amigo, decide sustituirle hasta el final. Y Caracol, o la deformación de un chaval que vive apartado de todo.
Espero que os guste todo.
Sinceramente, vuestro anfitrión:
Seth Fortuyn
Más de un año
En alguna parte de Madrid, alguien dice: Te quiero.
Me enorgullece pensar que a veces, puedo oírlo hacia mí.
Llevo ya un año y cuatro meses saliendo con Lidia, o Ady. Es increíble, y espero que haya más tiempo entre nosotros. Tiempo compartido. Segundos agazapados en nuestro particular rincón del universo, agrupados en minutos que gastamos en mirarnos con ternuras, que se juntan, formando horas de dos manos que se cogen.
Si algo me sorprende y que casi siempre se me olvida, es que nos conocimos por azar. Por un ataque benigno de la casualidad (aunque es un oxímoron expresarlo así), la conocí. Y no quiero soltarla.
Hace poco leí que segun la mecánica cuántica, si dos partículas se tocan, siempre queda un vínculo entre las dos, por mucha distancia que luego medie entre ambas. Que dos protones, (porque los electrones se lían con cualquiera), una vez toman contacto, no se van a separar del todo.
Sigo siendo feliz, eso es lo importante. Y aunque, como me ha dicho un pajarito, parezca no cansarme de estar siempre furioso, sigo estando cuerdo, a mi manera. Es gracias a ella, a Lidia, por lo que ya no tengo pesadillas por las noches. Por la que no tengo una úlcera, de tanta rabia que a veces llego a acumular por esta ciudad, Madrid, que tanto quiero y odio a la vez.
¡Oye! Me siento, ahora mismo, el protón más contento del universo.
Me enorgullece pensar que a veces, puedo oírlo hacia mí.
Llevo ya un año y cuatro meses saliendo con Lidia, o Ady. Es increíble, y espero que haya más tiempo entre nosotros. Tiempo compartido. Segundos agazapados en nuestro particular rincón del universo, agrupados en minutos que gastamos en mirarnos con ternuras, que se juntan, formando horas de dos manos que se cogen.
Si algo me sorprende y que casi siempre se me olvida, es que nos conocimos por azar. Por un ataque benigno de la casualidad (aunque es un oxímoron expresarlo así), la conocí. Y no quiero soltarla.
Hace poco leí que segun la mecánica cuántica, si dos partículas se tocan, siempre queda un vínculo entre las dos, por mucha distancia que luego medie entre ambas. Que dos protones, (porque los electrones se lían con cualquiera), una vez toman contacto, no se van a separar del todo.
Sigo siendo feliz, eso es lo importante. Y aunque, como me ha dicho un pajarito, parezca no cansarme de estar siempre furioso, sigo estando cuerdo, a mi manera. Es gracias a ella, a Lidia, por lo que ya no tengo pesadillas por las noches. Por la que no tengo una úlcera, de tanta rabia que a veces llego a acumular por esta ciudad, Madrid, que tanto quiero y odio a la vez.
¡Oye! Me siento, ahora mismo, el protón más contento del universo.
Gente extraña
Me levanto a las siete de la mañana y oigo el despertador.
Es el único quejido no humano que escucho en todo el día.
Luego me voy a trabajar, al DIA, a joderme la espalda. Empieza el concierto.
El inicio es suave, como teclas de piano acariciadas. Las señoras mayores y no tan mayores pasan a mi lado, sonríen, piden permiso o directamente me clavan el carrito en la espalda. Pedirán modales, pero no tengo, de eso no queda en la tienda.
Lentamente, sube un tenue murmullo. Se eleva, flota y llega a mis oídos. No encuentran nada, nada que les satisfaga, ni lo encontrarán nunca. No están buscando un puto bote de tomate.
Dejo las conversaciones interiores metafísicas cuando cada quince minutos, alguien me viene y se me queja.
Y no queda leche.
y no quedan plátanos. Y cuando hay, están muy verdes.
Ni palos de fregona.
Ni chocolates, ni escobas.
No hay cereales, no hay lechugas.
Los tomates están podridos.
Ni jodidas magdalenas.
Todos se largan con una expresión de disgusto en la cara.
Y no me importa nada.
Salgo, como casi siempre, medio averiado. Con mareos por el hambre y la sed, con los pies dando alaridos por las incómodas botas de trabajo, algo más grandes que mi pie y de plástico (y las que son un número menor, me quedan pequeñas).
Me siento en la parada del autobús. En cinco minutos llega el bus, y junto a mí, un hombrecillo rumano masculla lo mal que está el transporte público con un acento casi de comedia.
Pasan otros cinco minutos dentro. La orquesta sube el volumen, y el sector de avanzada edad habla en voz normal, con breves despuntes en voz queda que señalan la presencia de rumores.
Chismosas.
Yo estoy de pie, y a mi lado una señora sentada alza la cabeza, la cara enrojecida y los ojos achinados y grita:
¡Cállense!
Grita:
¡Por favor!
Sigue gritando:
¿¡Es que no pueden hablar más bajito!? ¡Es un escándalo lo que están montando!
Pongo los ojos en blanco.
Por la tarde, estoy visitando el centro de Madrid con mi novia. Ella me coge del brazo, me dice que me quiere y me lo dice hablando, y susurra promesas de amor a mi oído que yo respondo siempre.
Un poco más adelante, entre la gente corriendo, como hormigas asediadas por una lupa gigante, encontramos a un pobre hombre. Un hombre alto, muy delgado, con manchas en la piel.
No tiene brazos.
Grita, con un vaso en la boca lleno de monedas: pide ayuda como puede, y la gente pasa a su alrededor. Es invisible a su pesar, cumple un sueño de Welles.
Qué metáfora tan estúpida.
Sigo caminando, cogido del brazo de mi novia, y a veces creo que si me descuelgo volveré a estar furioso.
Y empezaré a gritar, yo también.
Es el único quejido no humano que escucho en todo el día.
Luego me voy a trabajar, al DIA, a joderme la espalda. Empieza el concierto.
El inicio es suave, como teclas de piano acariciadas. Las señoras mayores y no tan mayores pasan a mi lado, sonríen, piden permiso o directamente me clavan el carrito en la espalda. Pedirán modales, pero no tengo, de eso no queda en la tienda.
Lentamente, sube un tenue murmullo. Se eleva, flota y llega a mis oídos. No encuentran nada, nada que les satisfaga, ni lo encontrarán nunca. No están buscando un puto bote de tomate.
Dejo las conversaciones interiores metafísicas cuando cada quince minutos, alguien me viene y se me queja.
Y no queda leche.
y no quedan plátanos. Y cuando hay, están muy verdes.
Ni palos de fregona.
Ni chocolates, ni escobas.
No hay cereales, no hay lechugas.
Los tomates están podridos.
Ni jodidas magdalenas.
Todos se largan con una expresión de disgusto en la cara.
Y no me importa nada.
Salgo, como casi siempre, medio averiado. Con mareos por el hambre y la sed, con los pies dando alaridos por las incómodas botas de trabajo, algo más grandes que mi pie y de plástico (y las que son un número menor, me quedan pequeñas).
Me siento en la parada del autobús. En cinco minutos llega el bus, y junto a mí, un hombrecillo rumano masculla lo mal que está el transporte público con un acento casi de comedia.
Pasan otros cinco minutos dentro. La orquesta sube el volumen, y el sector de avanzada edad habla en voz normal, con breves despuntes en voz queda que señalan la presencia de rumores.
Chismosas.
Yo estoy de pie, y a mi lado una señora sentada alza la cabeza, la cara enrojecida y los ojos achinados y grita:
¡Cállense!
Grita:
¡Por favor!
Sigue gritando:
¿¡Es que no pueden hablar más bajito!? ¡Es un escándalo lo que están montando!
Pongo los ojos en blanco.
Por la tarde, estoy visitando el centro de Madrid con mi novia. Ella me coge del brazo, me dice que me quiere y me lo dice hablando, y susurra promesas de amor a mi oído que yo respondo siempre.
Un poco más adelante, entre la gente corriendo, como hormigas asediadas por una lupa gigante, encontramos a un pobre hombre. Un hombre alto, muy delgado, con manchas en la piel.
No tiene brazos.
Grita, con un vaso en la boca lleno de monedas: pide ayuda como puede, y la gente pasa a su alrededor. Es invisible a su pesar, cumple un sueño de Welles.
Qué metáfora tan estúpida.
Sigo caminando, cogido del brazo de mi novia, y a veces creo que si me descuelgo volveré a estar furioso.
Y empezaré a gritar, yo también.
Un buen día
El día parecía glorioso, y era de esos en los que uno aparta su momentáneo odio por la gente y el mundo en general: el sol picaba un poco en lugar de escocer, y si lo observabas el tiempo suficiente antes de quedarte ciego, parecía sonreír bajo una melena de destellos; las nubes te refugiaban de ese sol sin pedir nada a cambio, sin soltar una gota; el viento recogía moderadamente el calor que pudieras tener, dejándote templado.
En esa gran mañana, fui a currar al súper. Las personas rezumaban simpatía y amabilidad donde quiera que mirara. El carnicero me saluda, las compañeras me saludan, me llaman por mi diminutivo: Adri; el anciano que se queja de que nunca hay magdalenas encuentra sus putas magdalenas y se calla y se va a su casa a atragantarse con ellas, las viejas se apartan sin rechistar y sin poner mala cara cuando tengo la desfachatez de currar delante suyo y no había demasiado trabajo.
Demonios, pensé, el mundo debería girar así todos los días.
Acabó mi jornada laboral, me despedí de toda la gente del supermercado y salí a coger el autobús. Fue alcanzar la parada y el bus llegó, y me monté mientras me ponía algo de música para escuchar. Algo suave y emotivo, como la banda sonora de los Silent Hill. Por el camino, sentado en mi asiento, observé con detalle cómo en una calle estrecha y atestada, los coches se subían a la acera para dejar pasar una ambulancia, sin rechistar y lo mejor de todo: compenetrados.
¿Es que al mundo le habían cambiado de gente? Sonreí contestando aquella pregunta. El sol refulgía en los cristales del autobús pero no pasaba nada. Era sol. Buen tiempo. Mejor mundo. Y en ningún momento toqué periódico alguno.
Estaba aislado en aquel Madrid de fantasía.
Llegué a casa y sentía como si pudiera seguir de pie varias horas. Qué gran sensación, trabajar y darte cuenta que tu vida puede seguir después, y no hace falta aplatanarse sobre el sofá y beber algo. Para redondear tan maravillosa jornada, llamé a mi novia Lidia. Tenía unas ganas tremendas de escuchar su voz, así que fui a mi cuarto, me tumbé en la cama y marqué su número en el teléfono.
Estuvimos hablando un poco de cómo nos había ido el día. A los cinco minutos, y a modo de anécdota, me empezó a contar:
- Resulta que iba con una amiga en el autobús, y nos sentamos al fondo del todo, ya sabes, en los cuatro asientos esos que hay juntos. Delante de nosotras había un viejo, y al poco de sentarnos, ¡se la saca y empieza a meneársela!
Me quedé anonadado. ¿Cabía en mi mundo de irrealidad, en ese Madrid mágico lleno de gente sincera y simpática, un tío capaz de meneársela? ¿En el autobús? ¿¡Delante de mi novia y una amiga suya!?
Parecía ser que sí.
- No jodas cariño.
- Como lo oyes. Y no era un degenerado zarrapastroso, no, era un tipo con traje.
- Pero…
- Sí, sí, mira: estaba hablando con mi amiga, tan tranquilas, en la parte de atrás. El tío estaba sentado frente a nosotras, en esos asientos de espaldas al conductor. Sin mediar palabra, se mete la mano en el pantalón, desenfunda la polla ¡y se la casca ahí! Mi amiga estaba asqueada, y salió disparada hacia fuera, pero me quedé con las ganas de darle una buena patada en los cojones…
- Es lo que yo habría hecho – contesté sardónicamente.
Y Madrid volvió a ser la ciudad que es.
En esa gran mañana, fui a currar al súper. Las personas rezumaban simpatía y amabilidad donde quiera que mirara. El carnicero me saluda, las compañeras me saludan, me llaman por mi diminutivo: Adri; el anciano que se queja de que nunca hay magdalenas encuentra sus putas magdalenas y se calla y se va a su casa a atragantarse con ellas, las viejas se apartan sin rechistar y sin poner mala cara cuando tengo la desfachatez de currar delante suyo y no había demasiado trabajo.
Demonios, pensé, el mundo debería girar así todos los días.
Acabó mi jornada laboral, me despedí de toda la gente del supermercado y salí a coger el autobús. Fue alcanzar la parada y el bus llegó, y me monté mientras me ponía algo de música para escuchar. Algo suave y emotivo, como la banda sonora de los Silent Hill. Por el camino, sentado en mi asiento, observé con detalle cómo en una calle estrecha y atestada, los coches se subían a la acera para dejar pasar una ambulancia, sin rechistar y lo mejor de todo: compenetrados.
¿Es que al mundo le habían cambiado de gente? Sonreí contestando aquella pregunta. El sol refulgía en los cristales del autobús pero no pasaba nada. Era sol. Buen tiempo. Mejor mundo. Y en ningún momento toqué periódico alguno.
Estaba aislado en aquel Madrid de fantasía.
Llegué a casa y sentía como si pudiera seguir de pie varias horas. Qué gran sensación, trabajar y darte cuenta que tu vida puede seguir después, y no hace falta aplatanarse sobre el sofá y beber algo. Para redondear tan maravillosa jornada, llamé a mi novia Lidia. Tenía unas ganas tremendas de escuchar su voz, así que fui a mi cuarto, me tumbé en la cama y marqué su número en el teléfono.
Estuvimos hablando un poco de cómo nos había ido el día. A los cinco minutos, y a modo de anécdota, me empezó a contar:
- Resulta que iba con una amiga en el autobús, y nos sentamos al fondo del todo, ya sabes, en los cuatro asientos esos que hay juntos. Delante de nosotras había un viejo, y al poco de sentarnos, ¡se la saca y empieza a meneársela!
Me quedé anonadado. ¿Cabía en mi mundo de irrealidad, en ese Madrid mágico lleno de gente sincera y simpática, un tío capaz de meneársela? ¿En el autobús? ¿¡Delante de mi novia y una amiga suya!?
Parecía ser que sí.
- No jodas cariño.
- Como lo oyes. Y no era un degenerado zarrapastroso, no, era un tipo con traje.
- Pero…
- Sí, sí, mira: estaba hablando con mi amiga, tan tranquilas, en la parte de atrás. El tío estaba sentado frente a nosotras, en esos asientos de espaldas al conductor. Sin mediar palabra, se mete la mano en el pantalón, desenfunda la polla ¡y se la casca ahí! Mi amiga estaba asqueada, y salió disparada hacia fuera, pero me quedé con las ganas de darle una buena patada en los cojones…
- Es lo que yo habría hecho – contesté sardónicamente.
Y Madrid volvió a ser la ciudad que es.
Delirios de Ratón
Llegaba algo tarde al trabajo. Como siempre, mi jefa amenazó con, literalmente, mataaaarrrrme por ser impuntual, y corrí a cambiarme a los cuartos privados mientras me miraba. En cuanto pasé al cuarto de baño donde me pongo el uniforme del supermercado, con sus pantalones rojos, su polo verde, sus zapatones negros y los guantes blancos, reduje a la mitad la velocidad.
No me iba a matar ir más despacio a la hora de colgarme ese estúpido uniforme.
Al salir del privado, tenía por hacer ocho horrorosos combis de fruta y verdura. Los combis de ruedas oxidadas y sonidos estridentes, que me acaban provocando dolor de cabeza. Y la fruta y la verdura del día anterior, enmohecida, blanca y pulposa y si no fuera por los guantes, notaría cómo se deshace en mis manos.
Coger caja, quitar caja, quitar mierda, colocar comida.
Un par de horas.
Sin parar.
Una canción.
Una letanía de crujidos de metal, chasquidos de plástico y sonidos orgánicos de fruta pasada.
Sudaba como un cerdo. El estómago se me revolvía con la leche del desayuno y la cabeza se me iba de tanto subir y bajar peso, subir y bajar la cabeza y el torso. No veía la hora de acabar.
Desesperado es la palabra idónea. Las putas cajas verdes no se acababan nunca, y los pies me pesaban demasiado. Pensé en la retención de líquidos, y me vino a la cabeza la horrible idea de que en aquel momento estuviera hinchado por agua retenida. Como vivir recubierto de una capa de piel fina y líquido espeso.
Antes solía pensar durante el trabajo, pero a veces la rutina me borra cualquier cosa de la cabeza excepto el presente. Vivo en un eterno “sólo cinco minutos más”. Y mi cerebro buscó una salida a la interminable y dolorosa jornada. Me susurró, en la parte alta de la cabeza:
- Pareces un dibujo animado.
Me observé atentamente, bajo la mirada expectante de un hombre mayor que intentaba pasar por encima mío, sin éxito. Pantalones rojos. Grandes zapatos negros. Guantes blancos en brazos desnudos.
No me lo podía creer, era Mickey Mouse con un horrible polo verde.
Primero reí. Seguí trabajando, pero una caja de dieciséis kilos de naranjas casi se me cayó al suelo de la risa. Paré un instante, agazapado junto a una columna. La gente, ¡humanos!, pasaban por delante casi siempre corriendo, seguían sus insulsas vidas, y cuando tenían una duda me preguntaban a mí, ¡ratón!, sin extrañarse de mi naturaleza.
Guardé mi secreto y acabé mis cuatro horas de trabajo.
En el autocar para volver a mi agujero de pared, llamé a mi novia.
- ¡Cariño, soy Mickey Mouse! – dije en voz alta.
El resto de pasajeros me miraron sorprendidos, y no me quitaron el ojo hasta que me bajé. Ni me inmuté, puedo jurar que no se me movieron ni las orejas. Estaba muy contento.
Por fin era alguien importante.
Seth Fortuyn, el ratón del millón de dólares.
No me iba a matar ir más despacio a la hora de colgarme ese estúpido uniforme.
Al salir del privado, tenía por hacer ocho horrorosos combis de fruta y verdura. Los combis de ruedas oxidadas y sonidos estridentes, que me acaban provocando dolor de cabeza. Y la fruta y la verdura del día anterior, enmohecida, blanca y pulposa y si no fuera por los guantes, notaría cómo se deshace en mis manos.
Coger caja, quitar caja, quitar mierda, colocar comida.
Un par de horas.
Sin parar.
Una canción.
Una letanía de crujidos de metal, chasquidos de plástico y sonidos orgánicos de fruta pasada.
Sudaba como un cerdo. El estómago se me revolvía con la leche del desayuno y la cabeza se me iba de tanto subir y bajar peso, subir y bajar la cabeza y el torso. No veía la hora de acabar.
Desesperado es la palabra idónea. Las putas cajas verdes no se acababan nunca, y los pies me pesaban demasiado. Pensé en la retención de líquidos, y me vino a la cabeza la horrible idea de que en aquel momento estuviera hinchado por agua retenida. Como vivir recubierto de una capa de piel fina y líquido espeso.
Antes solía pensar durante el trabajo, pero a veces la rutina me borra cualquier cosa de la cabeza excepto el presente. Vivo en un eterno “sólo cinco minutos más”. Y mi cerebro buscó una salida a la interminable y dolorosa jornada. Me susurró, en la parte alta de la cabeza:
- Pareces un dibujo animado.
Me observé atentamente, bajo la mirada expectante de un hombre mayor que intentaba pasar por encima mío, sin éxito. Pantalones rojos. Grandes zapatos negros. Guantes blancos en brazos desnudos.
No me lo podía creer, era Mickey Mouse con un horrible polo verde.
Primero reí. Seguí trabajando, pero una caja de dieciséis kilos de naranjas casi se me cayó al suelo de la risa. Paré un instante, agazapado junto a una columna. La gente, ¡humanos!, pasaban por delante casi siempre corriendo, seguían sus insulsas vidas, y cuando tenían una duda me preguntaban a mí, ¡ratón!, sin extrañarse de mi naturaleza.
Guardé mi secreto y acabé mis cuatro horas de trabajo.
En el autocar para volver a mi agujero de pared, llamé a mi novia.
- ¡Cariño, soy Mickey Mouse! – dije en voz alta.
El resto de pasajeros me miraron sorprendidos, y no me quitaron el ojo hasta que me bajé. Ni me inmuté, puedo jurar que no se me movieron ni las orejas. Estaba muy contento.
Por fin era alguien importante.
Seth Fortuyn, el ratón del millón de dólares.
Caracol (Final)
Ésta es la reconstrucción de los hechos según datos de la Policía Nacional, acerca de la muerte de Antonio Quintana, de uno de sus amigos, y del asesino de ambos.
Antonio Quintana caminaba con sus amigos por la calle Jaime el Conquistador con sus cuatro amigos, Fernando, Isabel, Carlos y Jesús, a las once de la noche del día cuatro (4) de marzo de 2006, cuando un turismo aminoró la marcha al pasar a su lado.
Según Isabel, el conductor tenía una mirada extraña, y tras olfatear sonoramente (hecho que les hizo descubrir al coche, ya que hasta entonces ni se habían percatado de que venía) se estiró hasta Antonio. Desde el asiento del conductor, nadie sabe cómo, el torso superó la ventanilla del copiloto y los brazos pudieron, arañar a Isabel primero y agarrar a Antonio después.
Los amigos intentaron entonces correr a esconderse, pero fueron incapaces: aseguran tener un defecto que les impide correr. Por tanto, el conductor pudo estirarse una vez más y coger a Fernando, no sin antes desfigurar terriblemente de un zarpazo a Carlos. Tanto Isabel como Carlos juran que parecía una bestia salvaje sentada al volante.
Superados por el shock, lo último que vieron de sus amigos fue cómo gritaban en el asiento trasero del vehículo, que al parecer se estaba llenando de un líquido ácido y verdoso. El turismo desapareció de su vista.
Doscientos metros más adelante, el vehículo había alcanzado al menos doscientos kilómetros por hora, según cálculos del forense, hasta sufrir un pinchazo; en ese momento dio un bandazo, y acabó estrellándose contra una pared.
El conductor fue hallado muerte, y el choque y el incendio posterior parecían haber fundido sus piernas a la carrocería. De Antonio y Carlos se encontraron los cuerpos calcinados por el agente químico antes mencionado y las llamas del choque.
¿Qué coño pasó aquí? Leía la noticia en el periódico y no salía de mi asombro: el famoso asesino motorizado que había estado aterrorizando Madrid desde hacía un tiempo, se había topado con mi amigo Antonio, el caracol, y su grupo de babosos.
Y no había nada claro, y todo era asqueroso se mirara donde mirara.
El día que me enteré de la muerte de Antonio fue el segundo peor día de mi vida.
Nada más conocer los detalles fui al ordenador para relajarme un poco, y dejar constancia de lo que pasó con Antonio. Y mientras escribía, miraba mi correo y acabé encontrando una carta en cadena en mi buzón. El asunto rezaba “El perro hombre”.
En él se describía por encima la historia de Manuel, y yo no se lo había contado a nadie. Me puse nervioso, muy nervioso. Rememoré aquella llamada a la policía y a la operadora quejándose de que habían interceptado las comunicaciones. De algún modo, mi historia acabó filtrándose, y en esos momentos circulaba por Internet como una leyenda urbana.
Acabé siendo el protagonista de dos leyendas urbanas.
Lo leí, y creí que tenía que elegir, de nuevo, entre llorar y reír.
Decidí reír.
Como un histérico.
Antonio Quintana caminaba con sus amigos por la calle Jaime el Conquistador con sus cuatro amigos, Fernando, Isabel, Carlos y Jesús, a las once de la noche del día cuatro (4) de marzo de 2006, cuando un turismo aminoró la marcha al pasar a su lado.
Según Isabel, el conductor tenía una mirada extraña, y tras olfatear sonoramente (hecho que les hizo descubrir al coche, ya que hasta entonces ni se habían percatado de que venía) se estiró hasta Antonio. Desde el asiento del conductor, nadie sabe cómo, el torso superó la ventanilla del copiloto y los brazos pudieron, arañar a Isabel primero y agarrar a Antonio después.
Los amigos intentaron entonces correr a esconderse, pero fueron incapaces: aseguran tener un defecto que les impide correr. Por tanto, el conductor pudo estirarse una vez más y coger a Fernando, no sin antes desfigurar terriblemente de un zarpazo a Carlos. Tanto Isabel como Carlos juran que parecía una bestia salvaje sentada al volante.
Superados por el shock, lo último que vieron de sus amigos fue cómo gritaban en el asiento trasero del vehículo, que al parecer se estaba llenando de un líquido ácido y verdoso. El turismo desapareció de su vista.
Doscientos metros más adelante, el vehículo había alcanzado al menos doscientos kilómetros por hora, según cálculos del forense, hasta sufrir un pinchazo; en ese momento dio un bandazo, y acabó estrellándose contra una pared.
El conductor fue hallado muerte, y el choque y el incendio posterior parecían haber fundido sus piernas a la carrocería. De Antonio y Carlos se encontraron los cuerpos calcinados por el agente químico antes mencionado y las llamas del choque.
¿Qué coño pasó aquí? Leía la noticia en el periódico y no salía de mi asombro: el famoso asesino motorizado que había estado aterrorizando Madrid desde hacía un tiempo, se había topado con mi amigo Antonio, el caracol, y su grupo de babosos.
Y no había nada claro, y todo era asqueroso se mirara donde mirara.
El día que me enteré de la muerte de Antonio fue el segundo peor día de mi vida.
Nada más conocer los detalles fui al ordenador para relajarme un poco, y dejar constancia de lo que pasó con Antonio. Y mientras escribía, miraba mi correo y acabé encontrando una carta en cadena en mi buzón. El asunto rezaba “El perro hombre”.
En él se describía por encima la historia de Manuel, y yo no se lo había contado a nadie. Me puse nervioso, muy nervioso. Rememoré aquella llamada a la policía y a la operadora quejándose de que habían interceptado las comunicaciones. De algún modo, mi historia acabó filtrándose, y en esos momentos circulaba por Internet como una leyenda urbana.
Acabé siendo el protagonista de dos leyendas urbanas.
Lo leí, y creí que tenía que elegir, de nuevo, entre llorar y reír.
Decidí reír.
Como un histérico.
Caracol (X)
Empecé a creer que la rutina diaria me estaba matando. Despertarme, ir a currar, escribir, comer, ir a la universidad, ver la tele, dormir… el que fuera a arrancarme una pierna de un mordisco parecía un hecho inminente.
Además, estaba el inquietante sentimiento de que algo raro estaba pasando. Una sensación extraña, un molesto picor genital. Como cuando se te resbala un plato y percibes que caerá y se hará pedazos. Estaba también la profecía de Manuel.
El perro Manuel.
“H-he sentido algo mal. Ya sabes que los animales tienen un sexto sentido para las catástrofes y eso ¿no? Pues bien, he notado algo.”
Era incapaz de olvidar esa frase, pues estaba alcanzando, poco a poco, pleno sentido.
El perro profeta Manuel.
¿Y qué hacía yo para evitarlo? Mirar mi correo, como hago siempre que estoy nervioso; me dedico a ver mi correo, borrar mensajes, leer cartas en cadena ocasionales, y después ponerme a navegar por Internet.
Tenía la duda de si contar todo a Lidia o no. Con lo de Manuel me tomó por un lunático, y me había costado mucho esfuerzo que volviera a confiar en mí. Explicarle a mi novia todo lo ocurrido sin una prueba fehaciente de que Antonio podía convertirse en un símil de caracol, podía llevarme derecho a la cola de la soltería. Y las pruebas desaparecieron: nadie había grabado el programa, ni colgado de la red, y me imaginé que los nuevos amigos de Antonio no soltarían prenda.
Aguanté sin contar nada a Lidia por orgullo y por amor. Ni quería volver a quedar como un loco ni quería perderla. Gracias a lo de Manuel, supe más o menos cómo ocultarla lo ocurrido en el Canal 14.
- Cariño, ¿te pasa algo? – preguntaba preocupada.
- No, no te preocupes, es sólo el trabajo… ya sabes, con eso de que el Champion cierra y tal estoy muy nervioso sobre qué pasará con mi puesto…
Una buena excusa. El supermercado en el que estuve trabajando año y medio acababa de cerrar, y todos los empleados estábamos en una especie de impasse hasta que se nos llamara de la empresa Carrefour. ¿Seguiríamos trabajando? ¿Con las mismas condiciones? Lo dudábamos y hasta los sindicatos se frotaban las manos con nuestro caso.
Es fácil deducir que vivía en un constante estado de nervios, rodeado de putadas extrañas (porque un amigo convertido en perro y otro en caracol no es algo que pase todos los días) y otras más terrenales. Al menos seguía sin trabajar, y por las noches me tiraba viendo cualquier basura luego de ponerme alguna película de terror para animarme.
Una noche, a los diez días del espectáculo caracolense, volví a ver el Canal 14. Iba a ver los anuncios eróticos porque, ¡lo juro!, uno de ellos estaba rodado en Venecia, y para ser más concreto, en el mismo hotel en el que nos hospedamos Lidia y yo cuando fuimos de viaje a principios de enero. Salió el programa de los nuevos talentos, con el regidor sudando como un cerdo, tenía las perneras de los pantalones mojadas y la cara pálida y rojiza en partes iguales que palpitaban, y se mezclaban y se separaban entre sí.
El hombre se dirigió a cámara serio, recto, con las manos entrelazadas delante de su barriga, y su cara pasó a estar indignada a ojos vista. Apretó un poco los dedos, cortándoles la respiración.
- Quisiera aclarar una cosa…
Dijo.
- … ha habido… rumores… de que en este programa se emitió el espectáculo de un chico realmente repugnante. Son habladurías, pero desde Canal 14 queremos cortarlas con prontitud, pues no son ciertas. NUNCA se emitió algo así en este espacio, dedicado a que ustedes, los espectadores, nos enseñen a los demás lo que saben hacer. Y a pesar de nuestro horario intempestivo, es un programa que deberían poder ver todos los miembros de la familia. Por tanto, ningún participante capaz de hacer… las cosas repugnantes de las que se habla… tiene cabida aquí. Nada más, ahora empezaremos el programa habitual.
¡Un desmentido! ¡A partir de ese momento, me había convertido en el testigo de una leyenda urbana! Me sentí decepcionado, asqueado, temeroso… Es como si hubiera visto a la niña, al perro, la mermelada y a Ricky Martin en el armario, como si fuera el bombero que vio al submarinista en un incendio forestal…
No sabía si reír o llorar.
Decidí llorar.
Además, estaba el inquietante sentimiento de que algo raro estaba pasando. Una sensación extraña, un molesto picor genital. Como cuando se te resbala un plato y percibes que caerá y se hará pedazos. Estaba también la profecía de Manuel.
El perro Manuel.
“H-he sentido algo mal. Ya sabes que los animales tienen un sexto sentido para las catástrofes y eso ¿no? Pues bien, he notado algo.”
Era incapaz de olvidar esa frase, pues estaba alcanzando, poco a poco, pleno sentido.
El perro profeta Manuel.
¿Y qué hacía yo para evitarlo? Mirar mi correo, como hago siempre que estoy nervioso; me dedico a ver mi correo, borrar mensajes, leer cartas en cadena ocasionales, y después ponerme a navegar por Internet.
Tenía la duda de si contar todo a Lidia o no. Con lo de Manuel me tomó por un lunático, y me había costado mucho esfuerzo que volviera a confiar en mí. Explicarle a mi novia todo lo ocurrido sin una prueba fehaciente de que Antonio podía convertirse en un símil de caracol, podía llevarme derecho a la cola de la soltería. Y las pruebas desaparecieron: nadie había grabado el programa, ni colgado de la red, y me imaginé que los nuevos amigos de Antonio no soltarían prenda.
Aguanté sin contar nada a Lidia por orgullo y por amor. Ni quería volver a quedar como un loco ni quería perderla. Gracias a lo de Manuel, supe más o menos cómo ocultarla lo ocurrido en el Canal 14.
- Cariño, ¿te pasa algo? – preguntaba preocupada.
- No, no te preocupes, es sólo el trabajo… ya sabes, con eso de que el Champion cierra y tal estoy muy nervioso sobre qué pasará con mi puesto…
Una buena excusa. El supermercado en el que estuve trabajando año y medio acababa de cerrar, y todos los empleados estábamos en una especie de impasse hasta que se nos llamara de la empresa Carrefour. ¿Seguiríamos trabajando? ¿Con las mismas condiciones? Lo dudábamos y hasta los sindicatos se frotaban las manos con nuestro caso.
Es fácil deducir que vivía en un constante estado de nervios, rodeado de putadas extrañas (porque un amigo convertido en perro y otro en caracol no es algo que pase todos los días) y otras más terrenales. Al menos seguía sin trabajar, y por las noches me tiraba viendo cualquier basura luego de ponerme alguna película de terror para animarme.
Una noche, a los diez días del espectáculo caracolense, volví a ver el Canal 14. Iba a ver los anuncios eróticos porque, ¡lo juro!, uno de ellos estaba rodado en Venecia, y para ser más concreto, en el mismo hotel en el que nos hospedamos Lidia y yo cuando fuimos de viaje a principios de enero. Salió el programa de los nuevos talentos, con el regidor sudando como un cerdo, tenía las perneras de los pantalones mojadas y la cara pálida y rojiza en partes iguales que palpitaban, y se mezclaban y se separaban entre sí.
El hombre se dirigió a cámara serio, recto, con las manos entrelazadas delante de su barriga, y su cara pasó a estar indignada a ojos vista. Apretó un poco los dedos, cortándoles la respiración.
- Quisiera aclarar una cosa…
Dijo.
- … ha habido… rumores… de que en este programa se emitió el espectáculo de un chico realmente repugnante. Son habladurías, pero desde Canal 14 queremos cortarlas con prontitud, pues no son ciertas. NUNCA se emitió algo así en este espacio, dedicado a que ustedes, los espectadores, nos enseñen a los demás lo que saben hacer. Y a pesar de nuestro horario intempestivo, es un programa que deberían poder ver todos los miembros de la familia. Por tanto, ningún participante capaz de hacer… las cosas repugnantes de las que se habla… tiene cabida aquí. Nada más, ahora empezaremos el programa habitual.
¡Un desmentido! ¡A partir de ese momento, me había convertido en el testigo de una leyenda urbana! Me sentí decepcionado, asqueado, temeroso… Es como si hubiera visto a la niña, al perro, la mermelada y a Ricky Martin en el armario, como si fuera el bombero que vio al submarinista en un incendio forestal…
No sabía si reír o llorar.
Decidí llorar.
El nuevo Jean Valjean
Estoy currando en un DIA, uno de esos antros angostos de superdescuento con la mercancía y las prisas y los carteles de oferta apelotonándose en cada esquina. Llevo tres semanas allí, más o menos, y normalmente trabajo solo y eso me da tiempo para pensar en muchas cosas.
De hecho, cuando empecé andaba nervioso, en constante tensión, no sé bien por qué… esperaba una puñalada de un momento a otro, al igual que el resto de compañeros, y amigos, que han acabado recalando en DIA: a Israel, mi jefe del Champion, le insultaron en su centro. La puñalada no vino.
Y ahora ya soy uno más allí.
El caso es que tengo que descubrirme ante la pasmosa maquinaria de un DIA. Básicamente, si los productos son más baratos es por lo que se ahorran en personal. Una tienda que debería tener tres cajeras fijas y al menos tres reponedores, tira la mitad de la mañana con una cajera fija y tres reponedores, situación que no dura mucho pues en cuanto entran más clientes en seguida hay que abrir otra línea de cajas. Dejémoslo entonces en dos para cobrar y dos para poner la mercancía en su sitio y organizar el almacén. Así pasa: cuando entras a un DIA, ves a los empleados correteando de un lado a otro como electrones chiflados, y es que no tienen tiempo.
Reponiendo la fruta me sentía humilde ante tamaño plan, humilde como si estuviera frente a un Cristo con dos pistolas. Pensé: coño, ya estoy anestesiado. A base de trabajar duro, de tareas repetitivas, he acabado anestesiado, todo se sucede mecánicamente y no pienso en otra cosa que en la hora. Tic. Tac. La hora. Las once. Las doce. Tic. Son y media. Tac. Hora de salir. Plaf. No has acabado el trabajo…
Oh, y los clientes. Preguntándote cosas para las que basta responder: “Detrás suyo, señora.”; “Si no lo ve en la estantería, no se lo hemos escondido, es que NO NOS QUEDA, señora.”; “No soy un patán por ponerme a reponer en medio del pasillo, señora, soy un patán por seguir aquí currando.” Y tintinean sus llaves en sus bolsos, con la otra mano sujetan al marido al que han estado sujetando cincuenta años, y vienen y se van indignadas, correteando sin sentido como hace el resto del mundo afuera, en la calle. Una dijo, al no encontrar un estúpido brick de estúpida leche con calcio:
- No pienso venir nunca más – y jaleó al resto de clientes a que hicieran lo mismo.
Al día siguiente, allí estaba, comprando su estúpido brick.
Ya no pienso nada.
Lo he dicho, que estoy anestesiado.
El caso es que hoy había venido un tipo nuevo, un chico alto, sudamericano, con permanente expresión de drogado y una voz algo desagradable. No parecía muy trabajador, pero hizo un buen trabajo recogiendo los combis que no me daba la gana acometer: los combis son armazones de metal llenos de cajas a punto de caerse.
Cuando por fin terminé de recoger la fruta a mi velocidad estándar, suficiente para tragarse la mitad de mi jornada parcial (y eso en términos DIA es un fracaso, en una hora debería haberse hecho, pero paso como de fumar regaliz), fui a por un combi coronado con una caja llena de bolsas de magdalenas. Mi estómago rugía como una bestia mitológica, y la providencia quiso que la mitad de las cajas se vinieran abajo, no se rompiera nada capaz de pringar… y la bendita caja de magdalenas cayera al suelo, rompiéndose una de las bolsas.
Qué pena.
¡A rotura!
Mi estómago dejó de llamar la atención para ocultarme de miradas extrañas y convertirme en el dependiente invisible que suelo ser. Tantas magdalenas… sólo quería una, oh… Rápido, metí la mano en la bolsa rota y saqué una, y la guardé en el bolsillo y miré alrededor.
¡Mierda!
El nuevo me había visto.
A partir de entonces, la mañana se convirtió en el tipo de tiempo que sientes en el médico antes de que te digan por qué te sientes tan mal. En mi caso, suelo pensar continuamente en cáncer, pero no os cortéis e insertad la enfermedad que queráis.
El nuevo iba y venía y me miraba, me miraba con esos ojos carentes de vida, cubiertos por párpado en un sesenta por cierto, y mantenía una inexpresiva y tibia mueca. ¿Se lo diría a mi encargada?
Me imaginaba algo en plan:
- ¡Adán Bobárez! ¿Se puede saber qué coño haces?
- Nada señora, que desayuno deprisa y tenía hambre…
- ¡¿Y no sabes que está prohibido coger NADA, bajo pena de PERDER EL EMPLEO?!
- Sí, pero…
- ¡¡Nada de peros!! ¡Estás fulminantemente despedido, largo de mi vista y del éxito social que conlleva trabajar aquí!
Adán Bobárez, el nuevo Jean Valjean.
Pero no pasaba nada. Los minutos se arrastraban, se aferraban los unos a los otros y caían al pasado arrastrados en una larga y nerviosa cadena… Mi encargada tiene siempre unas llaves encima, y cada vez que oía unas llaves, pensaba que vendría a por mí. Volvía a imaginarme la conversación, una y otra vez.
- ¡Adán Bobárez!
…
Etc.
No veía el momento de comerme la magdalena. Me llamaba desde el bolsillo de mi pantalón, me sugería que fuese al baño y la degustara, pero no quería llamar la atención, y estaba ÉL, el de repuesto, seguro que en cuanto me fuera me delataría…
Una hora y media después, el hombrecillo se fue, arrastrando una mochila y caminando encorvado. Respiré mejor, pero no hondo: había hablado varias veces con la encargada… puede que la bronca viniera cuando quisiera salir. Pensé que no le gustarían las broncas, que no soportaría que me regañaran delante de él y había pedido que me amonestaran cuando él ya no estuviera.
Faltaban veinte minutos para pisar la calle. Recogí ocho cajas de aceite a velocidad de vértigo, metí armatostes de metal en el almacén de mala manera y saqué un enorme combi de media tonelada o más de leche: las ruedas estaban sucias, llenas de pelusas y roña, costras marrones de vete-tú-a-saber-qué-es-eso-pero-es-posible-que-la-vida-surgiera-en-algo-parecido. Delante de una veintena de personas, el hombrecillo bajo y peludo que soy yo exhibía su particular via crucis arrastrando la leche treinta angustiosos metros.
- Joven, no deberías abusar de tu fuerza… te puedes hacer daño – me dijo preocupada una señora mayor.
Callé todas las borderías que el cansancio dibujaba en mi mente, desde métase en su pensión a “su Dios hizo esto y le adora: déme al menos una moneda por el espectáculo”.
Tres minutos para salir. Ninguna queja, mucha gente haciendo cola, la encargada metida a caja… Todo me venía de cara. El tanque quedó aparcado en una esquina, y corrí a cambiarme.
Dentro del despacho (no hay vestidor en el DIA, y tengo que elegir entre baño y despacho), las manos me templaban al tiempo que sacaba la magdalena. No podía parar los espasmos, provocados por el esfuerzo de la leche, pero no importó, no realmente: la magdalena me supo a gloria, tras el cansancio, el hambre, la apatía, la monotonía del día en el DIA.
Oculté la prueba, salí corriendo y, ya fuera, la tiré en una papelera.
Quedaba mucho tiempo por delante.
De hecho, cuando empecé andaba nervioso, en constante tensión, no sé bien por qué… esperaba una puñalada de un momento a otro, al igual que el resto de compañeros, y amigos, que han acabado recalando en DIA: a Israel, mi jefe del Champion, le insultaron en su centro. La puñalada no vino.
Y ahora ya soy uno más allí.
El caso es que tengo que descubrirme ante la pasmosa maquinaria de un DIA. Básicamente, si los productos son más baratos es por lo que se ahorran en personal. Una tienda que debería tener tres cajeras fijas y al menos tres reponedores, tira la mitad de la mañana con una cajera fija y tres reponedores, situación que no dura mucho pues en cuanto entran más clientes en seguida hay que abrir otra línea de cajas. Dejémoslo entonces en dos para cobrar y dos para poner la mercancía en su sitio y organizar el almacén. Así pasa: cuando entras a un DIA, ves a los empleados correteando de un lado a otro como electrones chiflados, y es que no tienen tiempo.
Reponiendo la fruta me sentía humilde ante tamaño plan, humilde como si estuviera frente a un Cristo con dos pistolas. Pensé: coño, ya estoy anestesiado. A base de trabajar duro, de tareas repetitivas, he acabado anestesiado, todo se sucede mecánicamente y no pienso en otra cosa que en la hora. Tic. Tac. La hora. Las once. Las doce. Tic. Son y media. Tac. Hora de salir. Plaf. No has acabado el trabajo…
Oh, y los clientes. Preguntándote cosas para las que basta responder: “Detrás suyo, señora.”; “Si no lo ve en la estantería, no se lo hemos escondido, es que NO NOS QUEDA, señora.”; “No soy un patán por ponerme a reponer en medio del pasillo, señora, soy un patán por seguir aquí currando.” Y tintinean sus llaves en sus bolsos, con la otra mano sujetan al marido al que han estado sujetando cincuenta años, y vienen y se van indignadas, correteando sin sentido como hace el resto del mundo afuera, en la calle. Una dijo, al no encontrar un estúpido brick de estúpida leche con calcio:
- No pienso venir nunca más – y jaleó al resto de clientes a que hicieran lo mismo.
Al día siguiente, allí estaba, comprando su estúpido brick.
Ya no pienso nada.
Lo he dicho, que estoy anestesiado.
El caso es que hoy había venido un tipo nuevo, un chico alto, sudamericano, con permanente expresión de drogado y una voz algo desagradable. No parecía muy trabajador, pero hizo un buen trabajo recogiendo los combis que no me daba la gana acometer: los combis son armazones de metal llenos de cajas a punto de caerse.
Cuando por fin terminé de recoger la fruta a mi velocidad estándar, suficiente para tragarse la mitad de mi jornada parcial (y eso en términos DIA es un fracaso, en una hora debería haberse hecho, pero paso como de fumar regaliz), fui a por un combi coronado con una caja llena de bolsas de magdalenas. Mi estómago rugía como una bestia mitológica, y la providencia quiso que la mitad de las cajas se vinieran abajo, no se rompiera nada capaz de pringar… y la bendita caja de magdalenas cayera al suelo, rompiéndose una de las bolsas.
Qué pena.
¡A rotura!
Mi estómago dejó de llamar la atención para ocultarme de miradas extrañas y convertirme en el dependiente invisible que suelo ser. Tantas magdalenas… sólo quería una, oh… Rápido, metí la mano en la bolsa rota y saqué una, y la guardé en el bolsillo y miré alrededor.
¡Mierda!
El nuevo me había visto.
A partir de entonces, la mañana se convirtió en el tipo de tiempo que sientes en el médico antes de que te digan por qué te sientes tan mal. En mi caso, suelo pensar continuamente en cáncer, pero no os cortéis e insertad la enfermedad que queráis.
El nuevo iba y venía y me miraba, me miraba con esos ojos carentes de vida, cubiertos por párpado en un sesenta por cierto, y mantenía una inexpresiva y tibia mueca. ¿Se lo diría a mi encargada?
Me imaginaba algo en plan:
- ¡Adán Bobárez! ¿Se puede saber qué coño haces?
- Nada señora, que desayuno deprisa y tenía hambre…
- ¡¿Y no sabes que está prohibido coger NADA, bajo pena de PERDER EL EMPLEO?!
- Sí, pero…
- ¡¡Nada de peros!! ¡Estás fulminantemente despedido, largo de mi vista y del éxito social que conlleva trabajar aquí!
Adán Bobárez, el nuevo Jean Valjean.
Pero no pasaba nada. Los minutos se arrastraban, se aferraban los unos a los otros y caían al pasado arrastrados en una larga y nerviosa cadena… Mi encargada tiene siempre unas llaves encima, y cada vez que oía unas llaves, pensaba que vendría a por mí. Volvía a imaginarme la conversación, una y otra vez.
- ¡Adán Bobárez!
…
Etc.
No veía el momento de comerme la magdalena. Me llamaba desde el bolsillo de mi pantalón, me sugería que fuese al baño y la degustara, pero no quería llamar la atención, y estaba ÉL, el de repuesto, seguro que en cuanto me fuera me delataría…
Una hora y media después, el hombrecillo se fue, arrastrando una mochila y caminando encorvado. Respiré mejor, pero no hondo: había hablado varias veces con la encargada… puede que la bronca viniera cuando quisiera salir. Pensé que no le gustarían las broncas, que no soportaría que me regañaran delante de él y había pedido que me amonestaran cuando él ya no estuviera.
Faltaban veinte minutos para pisar la calle. Recogí ocho cajas de aceite a velocidad de vértigo, metí armatostes de metal en el almacén de mala manera y saqué un enorme combi de media tonelada o más de leche: las ruedas estaban sucias, llenas de pelusas y roña, costras marrones de vete-tú-a-saber-qué-es-eso-pero-es-posible-que-la-vida-surgiera-en-algo-parecido. Delante de una veintena de personas, el hombrecillo bajo y peludo que soy yo exhibía su particular via crucis arrastrando la leche treinta angustiosos metros.
- Joven, no deberías abusar de tu fuerza… te puedes hacer daño – me dijo preocupada una señora mayor.
Callé todas las borderías que el cansancio dibujaba en mi mente, desde métase en su pensión a “su Dios hizo esto y le adora: déme al menos una moneda por el espectáculo”.
Tres minutos para salir. Ninguna queja, mucha gente haciendo cola, la encargada metida a caja… Todo me venía de cara. El tanque quedó aparcado en una esquina, y corrí a cambiarme.
Dentro del despacho (no hay vestidor en el DIA, y tengo que elegir entre baño y despacho), las manos me templaban al tiempo que sacaba la magdalena. No podía parar los espasmos, provocados por el esfuerzo de la leche, pero no importó, no realmente: la magdalena me supo a gloria, tras el cansancio, el hambre, la apatía, la monotonía del día en el DIA.
Oculté la prueba, salí corriendo y, ya fuera, la tiré en una papelera.
Quedaba mucho tiempo por delante.
Caracol (y IX)
Hay veces en la vida en las que no deseas coger el teléfono, y te pasas el día temiendo el maldito timbre.
Cuando un familiar está a punto de morirse en un hospital, cuando tu pareja te dice que debe tomarse un tiempo para pensar acerca de vuestra relación, cuando faltas un par de días al trabajo sin motivo… hay muchas razones.
Por mi parte, tenía un amigo que se había convertido en un monstruo, y estaba literalmente cagado de miedo. No quería volver a verle, por lo menos durante un tiempo. Le temía, como si fuera un hombre del saco o, en aquel caso, el eslabón entre los caracoles y los humanos.
Lamentablemente, el hecho de que temas una cosa no significa que vaya a dejar de ocurrir. Con el tiempo, te comunican que tu familiar ha muerto, tu pareja te dice que es mejor dejarlo todo, el jefe te dice que no te va a despedir sino a suspender de empleo y sueldo…
Había pasado una semana de incomunicación entre el espectáculo del Canal 14.
Mi madre cogió el teléfono mientras yo permanecía en mi cuarto, tirado en la cama, leyendo un cómic. Crucé los dedos, deseé que la puta llamada fuera una de mis tías con el informe diario para mi madre, pero cuando oí los pasos hacia mi cuarto dejé la lectura a un lado y me preparé para lo peor.
La puerta de mi cuarto se abrió.
- Adán, es tu amigo Antonio, ponte – dijo mi madre con el teléfono en la mano. Alargó el brazo y yo me levanté de la cama y cogí el aparato.
Mi madre se fue, desconociendo el estado de nervios en el que me encontraba. Ni mi novia sabía qué me pasaba, aunque pensaba que mi embotamiento se debía al cierre de los supermercados Champion, donde curré en la mejor etapa laboral de mi vida, y la carencia absoluta de derechos a la hora de pasar a empleado de DIA.
- ¿D-diga? – pregunté horrorizado.
- Flsss, hola Adán, ssoy Antonio, ¿qué tal? – dijo, a través de una boca que presupuse llena de babas.
- Jodido… je je je – reí nervioso -, mi situación laboral ha empeorado muchos enteros. Estoy haciendo una mierda de cursillo para “Auxiliar de cajero” del DIA, y voy a entrar como la última mierda y solo quieren putearme.
- Puess yo estoy muy ffcontento, ¿sabess? Tengo nuevos amigos.
Recordé la Sonata de Medianoche, y los mensajes de móvil.
- ¿Y eso?
- Cuando acabé mi actuación… ¿la visste? Como no he hablado contigo desde entonces, no sé si la viste o no…
- Sí, sí la vi.
Y deseaba no haberlo hecho.
- Cuando acabé, me dieron una lissta de gente que había llamado dejando sus datos. Loss llame a todos, ¿sabes? Y sson todos igual que fyo.
- ¡Anda! Qué bien – contesté carente de entusiasmo. Una sensación parecida a la de arañar una pared de yeso me vino a la cabeza cuando me imaginé a Antonio y sus amigos con los labios cubriéndoles el cuerpo, sus bocas segregando saliva mientras giraban noventa grados…
- Sson muy simpáticos… un día te loss presentaré.
Intenté cambiar de tema para evitar la invitación de unirme a su grupo – Oye, ¿no te dijeron nada cuando acabaste tu actuación?
- Bueno, uno de loss cámaras vomitó, y creo que por eso la imagen se debió de mover un poco, pero siendo la hora que era, no le dieron importancia. Esso sí, evitaron mirarme a la cara…
Es lo que tenía Antonio. Hay gente que tiene destellos de lucidez, de creatividad… Antonio tenía destellos de estupidez.
- Esto… pues nada tío, te cuelgo que es que ando muy ocupado con los deberes de mi carrera y tal… - mentí sin pudor. Quería librarme de una vez por todas de Antonio, aunque me sentía fatal por ello. A los amigos sueles decirles que estarás cuando más lo necesiten, pero no te paras a pensar en la reacción que tendrías si descubrieras que uno de ellos es capaz de hacer cosas más allá del límite humano y del buen gusto.
- Essta tarde vamoss a ir al cine, todoss juntos, ¿te quieress venir?
Casi podía palpar la amistad en sus palabras, un ligero barniz de súplica, pero contesté negativamente y procedí a colgarle. Había muchas cosas en qué pensar.
Seamos sinceros: me sentía paranoico.
Con Manuel, nadie era capaz de detectar que era una persona haciéndose pasar por un perro. Ahora, con Antonio, no había una sola persona capaz de decirle que es imposible hacer lo de los labios sobre el cuerpo. Peor aún, ¡encima había gente que le comprendía, le apoyaba, y quería unirse a él!
Fui al salón, y ya estaban dando la noticia de más gente desaparecida en Madrid, a manos de un par de coches con conductores de goma.
El mundo era grotesco, así que me metí en mi cuarto a leer una revista de tías en bikini.
Cuando un familiar está a punto de morirse en un hospital, cuando tu pareja te dice que debe tomarse un tiempo para pensar acerca de vuestra relación, cuando faltas un par de días al trabajo sin motivo… hay muchas razones.
Por mi parte, tenía un amigo que se había convertido en un monstruo, y estaba literalmente cagado de miedo. No quería volver a verle, por lo menos durante un tiempo. Le temía, como si fuera un hombre del saco o, en aquel caso, el eslabón entre los caracoles y los humanos.
Lamentablemente, el hecho de que temas una cosa no significa que vaya a dejar de ocurrir. Con el tiempo, te comunican que tu familiar ha muerto, tu pareja te dice que es mejor dejarlo todo, el jefe te dice que no te va a despedir sino a suspender de empleo y sueldo…
Había pasado una semana de incomunicación entre el espectáculo del Canal 14.
Mi madre cogió el teléfono mientras yo permanecía en mi cuarto, tirado en la cama, leyendo un cómic. Crucé los dedos, deseé que la puta llamada fuera una de mis tías con el informe diario para mi madre, pero cuando oí los pasos hacia mi cuarto dejé la lectura a un lado y me preparé para lo peor.
La puerta de mi cuarto se abrió.
- Adán, es tu amigo Antonio, ponte – dijo mi madre con el teléfono en la mano. Alargó el brazo y yo me levanté de la cama y cogí el aparato.
Mi madre se fue, desconociendo el estado de nervios en el que me encontraba. Ni mi novia sabía qué me pasaba, aunque pensaba que mi embotamiento se debía al cierre de los supermercados Champion, donde curré en la mejor etapa laboral de mi vida, y la carencia absoluta de derechos a la hora de pasar a empleado de DIA.
- ¿D-diga? – pregunté horrorizado.
- Flsss, hola Adán, ssoy Antonio, ¿qué tal? – dijo, a través de una boca que presupuse llena de babas.
- Jodido… je je je – reí nervioso -, mi situación laboral ha empeorado muchos enteros. Estoy haciendo una mierda de cursillo para “Auxiliar de cajero” del DIA, y voy a entrar como la última mierda y solo quieren putearme.
- Puess yo estoy muy ffcontento, ¿sabess? Tengo nuevos amigos.
Recordé la Sonata de Medianoche, y los mensajes de móvil.
- ¿Y eso?
- Cuando acabé mi actuación… ¿la visste? Como no he hablado contigo desde entonces, no sé si la viste o no…
- Sí, sí la vi.
Y deseaba no haberlo hecho.
- Cuando acabé, me dieron una lissta de gente que había llamado dejando sus datos. Loss llame a todos, ¿sabes? Y sson todos igual que fyo.
- ¡Anda! Qué bien – contesté carente de entusiasmo. Una sensación parecida a la de arañar una pared de yeso me vino a la cabeza cuando me imaginé a Antonio y sus amigos con los labios cubriéndoles el cuerpo, sus bocas segregando saliva mientras giraban noventa grados…
- Sson muy simpáticos… un día te loss presentaré.
Intenté cambiar de tema para evitar la invitación de unirme a su grupo – Oye, ¿no te dijeron nada cuando acabaste tu actuación?
- Bueno, uno de loss cámaras vomitó, y creo que por eso la imagen se debió de mover un poco, pero siendo la hora que era, no le dieron importancia. Esso sí, evitaron mirarme a la cara…
Es lo que tenía Antonio. Hay gente que tiene destellos de lucidez, de creatividad… Antonio tenía destellos de estupidez.
- Esto… pues nada tío, te cuelgo que es que ando muy ocupado con los deberes de mi carrera y tal… - mentí sin pudor. Quería librarme de una vez por todas de Antonio, aunque me sentía fatal por ello. A los amigos sueles decirles que estarás cuando más lo necesiten, pero no te paras a pensar en la reacción que tendrías si descubrieras que uno de ellos es capaz de hacer cosas más allá del límite humano y del buen gusto.
- Essta tarde vamoss a ir al cine, todoss juntos, ¿te quieress venir?
Casi podía palpar la amistad en sus palabras, un ligero barniz de súplica, pero contesté negativamente y procedí a colgarle. Había muchas cosas en qué pensar.
Seamos sinceros: me sentía paranoico.
Con Manuel, nadie era capaz de detectar que era una persona haciéndose pasar por un perro. Ahora, con Antonio, no había una sola persona capaz de decirle que es imposible hacer lo de los labios sobre el cuerpo. Peor aún, ¡encima había gente que le comprendía, le apoyaba, y quería unirse a él!
Fui al salón, y ya estaban dando la noticia de más gente desaparecida en Madrid, a manos de un par de coches con conductores de goma.
El mundo era grotesco, así que me metí en mi cuarto a leer una revista de tías en bikini.





