Golpe de Calor
Hacía tanto calor que parecía que la tierra se fuera a abrir, para tragarse a todos los que lo sufrían.
Como podía, la gente se refrescaba. Improvisaba abanicos con cualquier papel, se rascaba el bolsillo para comprar alguna bebida o un helado… La ropa era una molestia, y si no fuera por la vergüenza y las leyes, por lo menos la mitad caminaría desnudo.
José Pizarro, abogado por vocación y gordo de nacimiento, sudaba como un cerdo mientras supuraba y se quejaba y rezaba para que aquel sol se ocultara.
No había suerte, ni nubes, en el horizonte.
Por si fuera poco, tenía que trotar como pudiera (pues su elevado peso machacaba sus rodillas con cada zancada) para llegar a tiempo a la reunión. Vestido con un estúpido traje de verano que, lejos de aislarle del calor, le asaba más todavía.
Sentía la barriga como un enorme horno.
Un retortijón le despertó de su estupor diario; como si hubiera sido más veloz que el sonido, las quejumbrosas tripas de José gruñeron poco después de sentir la sacudida en su interior.
Cruzó los brazos como pudo por delante de su orondo abdomen y flexionó la espalda para que el dolor remitiera, sin éxito. Respiró con fuerza, haciéndosele cualquier acto un triunfo de la fuerza de voluntad. Demasiado tarde, pensó en llamar a una ambulancia con el móvil; había confiado demasiado de su fortaleza física: ya se estaba desplomando, con su mente al borde de un abismo.
Con el último pensamiento que pudo concederse, deseó que alguien le ayudara pronto.
El hombre había entrado víctima de un golpe de calor: su temperatura corportal era de 42ºC, mantenía el pulso muy débil y estaba inconsciente. Le dejaron en una camilla de urgencias, conectado a suero frío y con apósitos húmedos para que la temperatura bajara.
Una hora después, una peste herrumbrosa inundó el pasillo, y se comprobó que la víctima del sol, llamada José Pizarro, en la cuarentena y con obesidad muy destacada, sufría diarreas incontroladas.
El hombre siguió inconsciente, y siguió con sus diarreas hasta que, casi un día después, una última gran cagada y murió, sin un motivo aparente.
El forense no podía creérselo cuando abrió a José Pizarro como si fuera una flor de carne a punto de brotar.
- Joder – dijo. Y había visto muchas cosas en su oficio, víctimas realmente desgraciadas de atropellos, de asesinatos, pero nada como aquello.
José Pizarro había sufrido tanto calor que sus órganos acabaron fundiéndose lentamente.
Y ahora, estaba hueco.
Como podía, la gente se refrescaba. Improvisaba abanicos con cualquier papel, se rascaba el bolsillo para comprar alguna bebida o un helado… La ropa era una molestia, y si no fuera por la vergüenza y las leyes, por lo menos la mitad caminaría desnudo.
José Pizarro, abogado por vocación y gordo de nacimiento, sudaba como un cerdo mientras supuraba y se quejaba y rezaba para que aquel sol se ocultara.
No había suerte, ni nubes, en el horizonte.
Por si fuera poco, tenía que trotar como pudiera (pues su elevado peso machacaba sus rodillas con cada zancada) para llegar a tiempo a la reunión. Vestido con un estúpido traje de verano que, lejos de aislarle del calor, le asaba más todavía.
Sentía la barriga como un enorme horno.
Un retortijón le despertó de su estupor diario; como si hubiera sido más veloz que el sonido, las quejumbrosas tripas de José gruñeron poco después de sentir la sacudida en su interior.
Cruzó los brazos como pudo por delante de su orondo abdomen y flexionó la espalda para que el dolor remitiera, sin éxito. Respiró con fuerza, haciéndosele cualquier acto un triunfo de la fuerza de voluntad. Demasiado tarde, pensó en llamar a una ambulancia con el móvil; había confiado demasiado de su fortaleza física: ya se estaba desplomando, con su mente al borde de un abismo.
Con el último pensamiento que pudo concederse, deseó que alguien le ayudara pronto.
El hombre había entrado víctima de un golpe de calor: su temperatura corportal era de 42ºC, mantenía el pulso muy débil y estaba inconsciente. Le dejaron en una camilla de urgencias, conectado a suero frío y con apósitos húmedos para que la temperatura bajara.
Una hora después, una peste herrumbrosa inundó el pasillo, y se comprobó que la víctima del sol, llamada José Pizarro, en la cuarentena y con obesidad muy destacada, sufría diarreas incontroladas.
El hombre siguió inconsciente, y siguió con sus diarreas hasta que, casi un día después, una última gran cagada y murió, sin un motivo aparente.
El forense no podía creérselo cuando abrió a José Pizarro como si fuera una flor de carne a punto de brotar.
- Joder – dijo. Y había visto muchas cosas en su oficio, víctimas realmente desgraciadas de atropellos, de asesinatos, pero nada como aquello.
José Pizarro había sufrido tanto calor que sus órganos acabaron fundiéndose lentamente.
Y ahora, estaba hueco.
SED
Echas en falta el agua.
Tienes sed, y sed, y sed.
Casi muerto, llorarías por una gota.
Te arrodillarías.
Suplicarías.
Es una lástima que ese hombre esté en llamas.
Tienes sed, y sed, y sed.
Casi muerto, llorarías por una gota.
Te arrodillarías.
Suplicarías.
Es una lástima que ese hombre esté en llamas.
CASTORES
En uno de esos documentales de la televisión
vi un grupo de castores,
y pensé: qué animales más listos.
Veréis.
Los castores hacen diques
cuando el agua no llega a donde quieren.
Me sorprendió ver entre estos roedores,
que aunque la obligación les ahogue,
nunca verás que pase hambre una de estas bestias
porque necesite construir
otra puta presa.
vi un grupo de castores,
y pensé: qué animales más listos.
Veréis.
Los castores hacen diques
cuando el agua no llega a donde quieren.
Me sorprendió ver entre estos roedores,
que aunque la obligación les ahogue,
nunca verás que pase hambre una de estas bestias
porque necesite construir
otra puta presa.
Entrevista al Sociópata
A continuación voy a transcribir la entrevista hecha a mi persona para el periódico universitario Menos25.
“Adrián, con 21 años, es uno de los finalistas más jóvenes de la edición de este años del certamen Jóvenes Talentos.
“¿Qué te impulsa a escribir y presentarte a concursos literarios?
“Me paso todo el día con ideas en la cabeza, es como andar medio drogado, y tengo ganas de plasmarlas. Unas veces escribo lo que vivo y otras de pura ficción.
Lo de presentarme a los concursos es más por ego, por ver que se reconoce mi trabajo. Porque claro, es fácil que tu tía te diga que escribes muy bien, pero igualmente te dice lo guapo que eres y luego te escupen por feo en el Metro. En los concursos te puedes medir con los demás, saber que tienes buen nivel. Por ejemplo, en el certamen Jóvenes Talentos sé que por lo menos he quedado por delante de otras 240 personas, ya es algo. Por supuesto, también me presento por el dinero.
“¿Tienes algún método para escribir tus relatos?
”Soy muy errático, no tengo realmente método. Tengo relatos que he escrito directamente en clase. Hay veces que la profesora es aburridísima y prefiero ponerme a escribir. En otras ocasiones se me ocurre una idea en cualquier momento, en el trabajo o en el Metro, y la voy madurando, dándole vueltas, hasta que puedo sentarme a escribirla.
“Para algunos autores los blogs son campos de pruebas, ¿lo es el tuyo (blogs.ya.com/diariodeunsociopata)?
“Al principio lo creé para soltar mi vena furiosa, para criticar a la gente que me cae mal, que viviendo en una ciudad como Madrid no son pocos. Más adelante sí que se ha convertido en un campo de pruebas donde la gente puede leer mis relatos y opinar. Ahora estoy probando unas historias para hacer una novela.”
“Adrián, con 21 años, es uno de los finalistas más jóvenes de la edición de este años del certamen Jóvenes Talentos.
“¿Qué te impulsa a escribir y presentarte a concursos literarios?
“Me paso todo el día con ideas en la cabeza, es como andar medio drogado, y tengo ganas de plasmarlas. Unas veces escribo lo que vivo y otras de pura ficción.
Lo de presentarme a los concursos es más por ego, por ver que se reconoce mi trabajo. Porque claro, es fácil que tu tía te diga que escribes muy bien, pero igualmente te dice lo guapo que eres y luego te escupen por feo en el Metro. En los concursos te puedes medir con los demás, saber que tienes buen nivel. Por ejemplo, en el certamen Jóvenes Talentos sé que por lo menos he quedado por delante de otras 240 personas, ya es algo. Por supuesto, también me presento por el dinero.
“¿Tienes algún método para escribir tus relatos?
”Soy muy errático, no tengo realmente método. Tengo relatos que he escrito directamente en clase. Hay veces que la profesora es aburridísima y prefiero ponerme a escribir. En otras ocasiones se me ocurre una idea en cualquier momento, en el trabajo o en el Metro, y la voy madurando, dándole vueltas, hasta que puedo sentarme a escribirla.
“Para algunos autores los blogs son campos de pruebas, ¿lo es el tuyo (blogs.ya.com/diariodeunsociopata)?
“Al principio lo creé para soltar mi vena furiosa, para criticar a la gente que me cae mal, que viviendo en una ciudad como Madrid no son pocos. Más adelante sí que se ha convertido en un campo de pruebas donde la gente puede leer mis relatos y opinar. Ahora estoy probando unas historias para hacer una novela.”
Trrr---ppas---aspfjj----asjf---hyhh---interrumpimos la programación...
¿Qué coño pasa?
Se interrumpe la programación habitual.
No he podido resistirme.
No sé si lo habré dicho antes, pero tengo una xbox y una xbox360. He tenido que soportar el ninguneo de las principales revistas del sector (con esa magnífica revista de desinformación general que es Hobby Consolas, que prefiere analizar cuatro juegos mediocres de PlayStation 2 antes de dignarse a mirar al Far Cry Predator), las chanzas de usuarios de Play que decían que la 360 sería la nueva Dreamcast (para los no enterados, una consola masacrada sin piedad, que fracasó, y de la que por cierto, Sony copió un par de cosillas para su consola), que si ambas consolas son muy pesadas, que no hay juegos de calidad.
Hoy me he levantado y he sonreído.
Por fin, tras años haciendo ruido, se ha visto que los grandes cocos de Sony eran en realidad pequeñas nueces marchitas. Es el problema de pensar mucho y hacer poco, de gritar a voz en grito cuando con las manos apenas nos dignamos a mover, un poco, los dedos: tarde o temprano el truco de los trileros se nos va de las manos, y se nos descubre.
A Sony se le ha visto el plumero.
Después de vender que su consola sería capaz, casi, de hacer la compra por nosotros, y de aplicar el Dual Shock mientras compartimos cama con la pareja, de anunciar que se verían las películas de su supuesto nuevo formato de discos ópticos (el Blue-Ray, o la historia de “fracasamos con el Betamax, con el Minidisc… ¡demonios, vamos a fracasar a lo grande!”), disco duro, conexión a Internet con servicios gratuitos, mando revolucionario, conectar más de 6 mandos, precio asequible…
¿Y qué tenemos?
Una tostadora de cinco kilos que, a pesar del apelativo, no me va a servir de gran cosa por las mañanas. De 600 euros, nada menos, si quiero conexión en red inalámbrica y que me valga para ver películas en la nueva y cacareada resolución del futuro; un trasto además, que no se puede ampliar, a la manera de la Xbox360. El mando sigue siendo EL MISMO que el de PlayStation 1 y 2 (¿por qué se pusieron tan plastas a la hora de enterrar el verdadero nombre de la primera máquina por PSOne?), es decir, una incomodidad manifiesta a la hora de jugar a shooters (juegos de disparos en vista subjetiva), que además no vibra, y que copia de forma gitana las características del mando de Wii (nueva consola de Nintendo, con un mando con giroscopios tridimensionales, para manejar el mando dentro del juego; por ejemplo, juegas al béisbol, pues tienes que batear igual). Se ha descubierto también que habrá contenidos que no sean gratuitos por internet, y que no se pueden conectar más de 4 mandos.
Un amigo me informó de la estrategia de Sony: si PlayStation vende tanto es porque satura el mercado con juegos mediocres, sacando sus joyas de vez en cuando para parecer que tiene un catálogo gigantesco, qué digo, GARGANTUESCO, de juegos de excelente calidad; nada más lejos de la verdad. Saturando el mercado, el resto de las consolas se tienen que conformar con menos estantes para su producto. Y el cliente, cuando llegue y vea tanto juego de Play pensará: caramba, ¡recórcholis! ¡Esta marca es grande!
De momento la están cagando con la PSP, aunque ya están empezando a saturar el mercado. Las películas no les están saliendo bien, y muchas productoras ya están sacando menos películas en formato UMD (llamado a ser el Mini Disc de los videojuegos). Pensaron en sacar una línea de películas clásicas, pero imagina la cara de los directivos de Sony (y la de las productoras de cine), al comprobar que una de las películas más vendidas en UMD es “Dos Colgaos muy Fumaos”. Cine de calidad. Desde luego.
Lo que me fastidia no es eso, por supuesto.
A pesar de semejante despropósito, van a metérsela doblada a un montón de gente, ésa que sólo busca un nombre que lucir, siguiendo el mismo leit motiv tanto en ropa, como en música, como en películas… vamos, gente sin criterio. Después de chulear a sus clientes, de prometer el oro y el moro y venir con unos guantes de látex y nada de vaselina, de cubrir las revistas de información con montañas de humo (que a muchos ya nos olía a chamusquina)… habrá gente que siga confiando en ellos.
A lo mejor, para que la PlayStation 4 sea mejor.
Veréis, empezarán diciendo que su nueva consola puede llevarte hasta las estrellas… ¡y eso que todavía no sabes el precio!
Se interrumpe la programación habitual.
No he podido resistirme.
No sé si lo habré dicho antes, pero tengo una xbox y una xbox360. He tenido que soportar el ninguneo de las principales revistas del sector (con esa magnífica revista de desinformación general que es Hobby Consolas, que prefiere analizar cuatro juegos mediocres de PlayStation 2 antes de dignarse a mirar al Far Cry Predator), las chanzas de usuarios de Play que decían que la 360 sería la nueva Dreamcast (para los no enterados, una consola masacrada sin piedad, que fracasó, y de la que por cierto, Sony copió un par de cosillas para su consola), que si ambas consolas son muy pesadas, que no hay juegos de calidad.
Hoy me he levantado y he sonreído.
Por fin, tras años haciendo ruido, se ha visto que los grandes cocos de Sony eran en realidad pequeñas nueces marchitas. Es el problema de pensar mucho y hacer poco, de gritar a voz en grito cuando con las manos apenas nos dignamos a mover, un poco, los dedos: tarde o temprano el truco de los trileros se nos va de las manos, y se nos descubre.
A Sony se le ha visto el plumero.
Después de vender que su consola sería capaz, casi, de hacer la compra por nosotros, y de aplicar el Dual Shock mientras compartimos cama con la pareja, de anunciar que se verían las películas de su supuesto nuevo formato de discos ópticos (el Blue-Ray, o la historia de “fracasamos con el Betamax, con el Minidisc… ¡demonios, vamos a fracasar a lo grande!”), disco duro, conexión a Internet con servicios gratuitos, mando revolucionario, conectar más de 6 mandos, precio asequible…
¿Y qué tenemos?
Una tostadora de cinco kilos que, a pesar del apelativo, no me va a servir de gran cosa por las mañanas. De 600 euros, nada menos, si quiero conexión en red inalámbrica y que me valga para ver películas en la nueva y cacareada resolución del futuro; un trasto además, que no se puede ampliar, a la manera de la Xbox360. El mando sigue siendo EL MISMO que el de PlayStation 1 y 2 (¿por qué se pusieron tan plastas a la hora de enterrar el verdadero nombre de la primera máquina por PSOne?), es decir, una incomodidad manifiesta a la hora de jugar a shooters (juegos de disparos en vista subjetiva), que además no vibra, y que copia de forma gitana las características del mando de Wii (nueva consola de Nintendo, con un mando con giroscopios tridimensionales, para manejar el mando dentro del juego; por ejemplo, juegas al béisbol, pues tienes que batear igual). Se ha descubierto también que habrá contenidos que no sean gratuitos por internet, y que no se pueden conectar más de 4 mandos.
Un amigo me informó de la estrategia de Sony: si PlayStation vende tanto es porque satura el mercado con juegos mediocres, sacando sus joyas de vez en cuando para parecer que tiene un catálogo gigantesco, qué digo, GARGANTUESCO, de juegos de excelente calidad; nada más lejos de la verdad. Saturando el mercado, el resto de las consolas se tienen que conformar con menos estantes para su producto. Y el cliente, cuando llegue y vea tanto juego de Play pensará: caramba, ¡recórcholis! ¡Esta marca es grande!
De momento la están cagando con la PSP, aunque ya están empezando a saturar el mercado. Las películas no les están saliendo bien, y muchas productoras ya están sacando menos películas en formato UMD (llamado a ser el Mini Disc de los videojuegos). Pensaron en sacar una línea de películas clásicas, pero imagina la cara de los directivos de Sony (y la de las productoras de cine), al comprobar que una de las películas más vendidas en UMD es “Dos Colgaos muy Fumaos”. Cine de calidad. Desde luego.
Lo que me fastidia no es eso, por supuesto.
A pesar de semejante despropósito, van a metérsela doblada a un montón de gente, ésa que sólo busca un nombre que lucir, siguiendo el mismo leit motiv tanto en ropa, como en música, como en películas… vamos, gente sin criterio. Después de chulear a sus clientes, de prometer el oro y el moro y venir con unos guantes de látex y nada de vaselina, de cubrir las revistas de información con montañas de humo (que a muchos ya nos olía a chamusquina)… habrá gente que siga confiando en ellos.
A lo mejor, para que la PlayStation 4 sea mejor.
Veréis, empezarán diciendo que su nueva consola puede llevarte hasta las estrellas… ¡y eso que todavía no sabes el precio!
El mundo se colapsa
Continuación de El Perro Manuel y Caracol.
------------------------------------------------------------------------------------------------
Lloré, reí, lloré, me recuperé, recaí… los días pasaron después del trágico asesinato de mi amigo Antonio a manos de aquel cazador de personas. Todo parecía apuntar a un simple rapto, pero no podía evitar relacionarlo con el vaticinio de Manuel, antes de morir.
Bueno, de ser sacrificado.
Y nos metíamos de lleno en la primavera, pero seguía haciendo frío, bastante frío, aquí en Madrid. En el resto de las comunidades, la primavera florecía obedeciendo al calendario, pero en la capital sólo teníamos noticias de ella por los periódicos.
Unido al frío, se respiraba un ambiente áspero y malsano. Como si todo, bajo la superficie, hubiera cambiado de una forma horrible. Todo el mundo seguía corriendo a ninguna parte, seguía con sus vidas y sus carreras, y sus coches, sus trabajos, sus amigos que no eran amigos y sus motivos para estar contento. Pero había algo, que florecería.
No sería la primavera, desde luego.
A mediados de abril, mi rutina seguía intacta entre semana. Me levantaba pronto, iba a trabajar y a joderme la espalda, y a la vuelta descansaba un poco en casa, comía y partía a la universidad. Estudiaba, o hacía como que estudiaba mientras escribía cualquier cosa o jugaba al mus con mis amigos, y luego me iba a casa, a descansar de nuevo, y a pasar de limpio todo lo que se me ocurría por la tarde.
El metro no era ningún problema. Era un pequeño santuario donde podía leer tranquilo, media hora a la ida y media a la vuelta; me colocaba mi reproductor de MP3 y me abstraía del mundo, obviando lo que había a mi alrededor. Como en casa.
Pero como he dicho antes, las cosas estaban cambiando.
Un día fui a coger el metro. Me estaba retrasando para ir a clase, así que me camuflé entre el resto de personas normales, que siempre van corriendo a ninguna parte en concreto, o eso me parece porque no trato de vislumbrar qué les impulsa a correr, ni me importa. Para mí, corren sin sentido.
Como siempre, los vigilantes charlaban animadamente entre ellos.
Como siempre, el tren salía de la estación justo al llegar yo.
Como siempre, abrí mi libro y me puse a leer. Con la música a todo trapo, con la cabeza en otra parte mejor.
Entonces escuché un rugido, proveniente de los túneles. Cojo la estación de Delicias, y el rugido, apagado, venía del túnel que llevaba a Legazpi. La línea, entre ambas estaciones, estaba cerrada, así que no le di mucha importancia. Estarían de pruebas con algún tren. Algo de eso.
Seguí leyendo. El mundo se reducía a unas palabras sobre papel y una melodía en mi cabeza. Para distraerme, suelo escuchar algo de rock, o algo melodioso. Para escribir, suelo necesitar silencio.
El rugido aumentó, convirtiéndose en un estrépito importante. El sonido, aun así, parecía alojarse exclusivamente en aquel túnel que tenía a mi izquierda. Como un dragón, que viviera oculto allí. Fue tan desconcertante, que dejé la lectura, sólo para esperar expectante el siguiente rugido.
La gente hacía como si no hubiera oído nada. O disimulaban muy bien.
Me asomé un poco al borde, con mucho cuidado; tengo el temor de caerme a las vías, o de que alguien me empuje. Siempre procuro ponerme contra la pared, pero hice una excepción porque la curiosidad así me dictaba.
Vi algo, en la boca del túnel. Una bruma, un cúmulo de gases visibles a la perfección, sin forma definida. Me quedé mirándola un rato, esperando adivinar alguna figura que apoyara el rugido.
En otro tiempo me habría sentido estúpido por buscar animales en nubes de polvo, pero un amigo había conseguido hacerse pasar por perro hasta las últimas consecuencias, y otro había muerto tras descubrir una asquerosa habilidad. Me apunté en la cabeza la idea de los animales, algo relacionado con ellos.
A punto de desistir, parecido a un volcán en erupción, un gorgoteo comenzó a hervir al fondo. La bruma se revolvía sobre sí misma, abriendo pozos en mitad de su ser y absorbiéndose a sí misma, dándose la vuelta como un calcetín. Un bucle que se repitió, cada vez más deprisa, hasta que se detuvo en seco. El aullido, que no puedo más que catalogarlo como de bestia, partió de allí.
Pero no se quedó en el túnel.
Al igual que hacen los trenes, el aullido recorrió el túnel, de una punta a otra, retumbando y erizando mi vello, asustándome como nada que hubiera sentido antes. Invisible, podías sentir su mirada, un collar de mordiscos que atravesaban tu alma, tentándote.
Decía: sé.
Y el rugido se marchó, reverberando por el andén hasta alcanzar el túnel de mi derecha, cruzándolo. Una enorme locomotora de sonido en bruto, que pocos parecimos captar. El resto mantenía una mirada bovina, poco menos que estúpida.
El trayecto fue de todo menos normal. Aquel sonido que recorriera la estación de Delicias, hasta desaparecer siguiendo las vías del metro, no dio visos de repetirse.
No necesitaba una segunda oportunidad.
Supuse muchas cosas, de aquel suceso. Recorrería Madrid a través de todas las líneas de Metro, llamando a todas las personas susceptibles. Al igual que un virus, se debió de propagar por aquellas arterias de Madrid, repiqueteando en túneles, garajes, sótanos. En la superficie, como si de un vapor se tratara, subiría atenuado.
¿Me estaba volviendo loco?, pensé. ¿Cómo puedo concebir cosas tan descabelladas? ¿No sería todo un engaño de mi mente?
No.
Había más personas como yo que, atónitas, no podían explicarse lo que acabara de pasar. Pero parecíamos rodeados de ganado.
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Lloré, reí, lloré, me recuperé, recaí… los días pasaron después del trágico asesinato de mi amigo Antonio a manos de aquel cazador de personas. Todo parecía apuntar a un simple rapto, pero no podía evitar relacionarlo con el vaticinio de Manuel, antes de morir.
Bueno, de ser sacrificado.
Y nos metíamos de lleno en la primavera, pero seguía haciendo frío, bastante frío, aquí en Madrid. En el resto de las comunidades, la primavera florecía obedeciendo al calendario, pero en la capital sólo teníamos noticias de ella por los periódicos.
Unido al frío, se respiraba un ambiente áspero y malsano. Como si todo, bajo la superficie, hubiera cambiado de una forma horrible. Todo el mundo seguía corriendo a ninguna parte, seguía con sus vidas y sus carreras, y sus coches, sus trabajos, sus amigos que no eran amigos y sus motivos para estar contento. Pero había algo, que florecería.
No sería la primavera, desde luego.
A mediados de abril, mi rutina seguía intacta entre semana. Me levantaba pronto, iba a trabajar y a joderme la espalda, y a la vuelta descansaba un poco en casa, comía y partía a la universidad. Estudiaba, o hacía como que estudiaba mientras escribía cualquier cosa o jugaba al mus con mis amigos, y luego me iba a casa, a descansar de nuevo, y a pasar de limpio todo lo que se me ocurría por la tarde.
El metro no era ningún problema. Era un pequeño santuario donde podía leer tranquilo, media hora a la ida y media a la vuelta; me colocaba mi reproductor de MP3 y me abstraía del mundo, obviando lo que había a mi alrededor. Como en casa.
Pero como he dicho antes, las cosas estaban cambiando.
Un día fui a coger el metro. Me estaba retrasando para ir a clase, así que me camuflé entre el resto de personas normales, que siempre van corriendo a ninguna parte en concreto, o eso me parece porque no trato de vislumbrar qué les impulsa a correr, ni me importa. Para mí, corren sin sentido.
Como siempre, los vigilantes charlaban animadamente entre ellos.
Como siempre, el tren salía de la estación justo al llegar yo.
Como siempre, abrí mi libro y me puse a leer. Con la música a todo trapo, con la cabeza en otra parte mejor.
Entonces escuché un rugido, proveniente de los túneles. Cojo la estación de Delicias, y el rugido, apagado, venía del túnel que llevaba a Legazpi. La línea, entre ambas estaciones, estaba cerrada, así que no le di mucha importancia. Estarían de pruebas con algún tren. Algo de eso.
Seguí leyendo. El mundo se reducía a unas palabras sobre papel y una melodía en mi cabeza. Para distraerme, suelo escuchar algo de rock, o algo melodioso. Para escribir, suelo necesitar silencio.
El rugido aumentó, convirtiéndose en un estrépito importante. El sonido, aun así, parecía alojarse exclusivamente en aquel túnel que tenía a mi izquierda. Como un dragón, que viviera oculto allí. Fue tan desconcertante, que dejé la lectura, sólo para esperar expectante el siguiente rugido.
La gente hacía como si no hubiera oído nada. O disimulaban muy bien.
Me asomé un poco al borde, con mucho cuidado; tengo el temor de caerme a las vías, o de que alguien me empuje. Siempre procuro ponerme contra la pared, pero hice una excepción porque la curiosidad así me dictaba.
Vi algo, en la boca del túnel. Una bruma, un cúmulo de gases visibles a la perfección, sin forma definida. Me quedé mirándola un rato, esperando adivinar alguna figura que apoyara el rugido.
En otro tiempo me habría sentido estúpido por buscar animales en nubes de polvo, pero un amigo había conseguido hacerse pasar por perro hasta las últimas consecuencias, y otro había muerto tras descubrir una asquerosa habilidad. Me apunté en la cabeza la idea de los animales, algo relacionado con ellos.
A punto de desistir, parecido a un volcán en erupción, un gorgoteo comenzó a hervir al fondo. La bruma se revolvía sobre sí misma, abriendo pozos en mitad de su ser y absorbiéndose a sí misma, dándose la vuelta como un calcetín. Un bucle que se repitió, cada vez más deprisa, hasta que se detuvo en seco. El aullido, que no puedo más que catalogarlo como de bestia, partió de allí.
Pero no se quedó en el túnel.
Al igual que hacen los trenes, el aullido recorrió el túnel, de una punta a otra, retumbando y erizando mi vello, asustándome como nada que hubiera sentido antes. Invisible, podías sentir su mirada, un collar de mordiscos que atravesaban tu alma, tentándote.
Decía: sé.
Y el rugido se marchó, reverberando por el andén hasta alcanzar el túnel de mi derecha, cruzándolo. Una enorme locomotora de sonido en bruto, que pocos parecimos captar. El resto mantenía una mirada bovina, poco menos que estúpida.
El trayecto fue de todo menos normal. Aquel sonido que recorriera la estación de Delicias, hasta desaparecer siguiendo las vías del metro, no dio visos de repetirse.
No necesitaba una segunda oportunidad.
Supuse muchas cosas, de aquel suceso. Recorrería Madrid a través de todas las líneas de Metro, llamando a todas las personas susceptibles. Al igual que un virus, se debió de propagar por aquellas arterias de Madrid, repiqueteando en túneles, garajes, sótanos. En la superficie, como si de un vapor se tratara, subiría atenuado.
¿Me estaba volviendo loco?, pensé. ¿Cómo puedo concebir cosas tan descabelladas? ¿No sería todo un engaño de mi mente?
No.
Había más personas como yo que, atónitas, no podían explicarse lo que acabara de pasar. Pero parecíamos rodeados de ganado.





