El jersey
Ángel mira la ropa planchada de su padre
Amontonada en su mano,
Y sabe que está muerto.
Esa ropa
Que siempre le había parecido sin importancia
Y nada remarcable
Es ahora
Una dolorosa huella que queda de su padre,
Porque esa ropa anodina
Estaba llena de una persona
Hace sólo unos días.
Y Ángel, que no sabe si guardar o tirar la ropa
Piensa
En todos los días compartidos
Los cariños, la indiferencia, los castigos
Y a priori piensa, pudo haber sido mejor padre.
Y recuerda
Cuando era pequeño, las veces que dijo:
De mayor no pienso ser como él, seré mejor.
Trataré como se merece a mi propio hijo.
Cuando vuelve al presente
Con la ropa arrugada de su padre en sus rodillas
Cae en la cuenta
De que no pudo tener un padre mejor
Para llegar a ser la buena persona que es ahora.
Pero eso
No le alivia para nada y le atenaza el corazón
Añadiendo kilos de pérdida a la presión a la que está sometido.
Mira la camisa, el jersey de viejo, los pantalones, los zapatos,
Oh dios,
Los zapatos, tan vacíos…
Entonces
Un rayo de esperanza aterriza en su cerebro
Y baja como corriente hacia sus brazos.
Porque en ese momento
Sabe que no hubo nadie como su papá.
Proyecta en su mente
A sus hijos, y cómo era su padre con ellos:
Tan alegre, tan jovial, tan distinto pero a la vez él mismo…
Y comprende
Que a lo largo de la vida, ciertos hechos marcan el futuro,
Ese futuro perfecto que sólo pensamos más allá de nuestra muerte,
Y que éste es uno de esos momentos.
Vuelve a mirar la ropa, desfrunce el entrecejo
Y comienza a ponerse ese jersey de viejo
Verde, deshilachado que tanto odiaba.
Y piensa,
Antes de decírselo con acciones, que no con palabras, a sus hijos
Que el abuelo ha muerto
Pero llegado el día
Llegará uno nuevo.
Amontonada en su mano,
Y sabe que está muerto.
Esa ropa
Que siempre le había parecido sin importancia
Y nada remarcable
Es ahora
Una dolorosa huella que queda de su padre,
Porque esa ropa anodina
Estaba llena de una persona
Hace sólo unos días.
Y Ángel, que no sabe si guardar o tirar la ropa
Piensa
En todos los días compartidos
Los cariños, la indiferencia, los castigos
Y a priori piensa, pudo haber sido mejor padre.
Y recuerda
Cuando era pequeño, las veces que dijo:
De mayor no pienso ser como él, seré mejor.
Trataré como se merece a mi propio hijo.
Cuando vuelve al presente
Con la ropa arrugada de su padre en sus rodillas
Cae en la cuenta
De que no pudo tener un padre mejor
Para llegar a ser la buena persona que es ahora.
Pero eso
No le alivia para nada y le atenaza el corazón
Añadiendo kilos de pérdida a la presión a la que está sometido.
Mira la camisa, el jersey de viejo, los pantalones, los zapatos,
Oh dios,
Los zapatos, tan vacíos…
Entonces
Un rayo de esperanza aterriza en su cerebro
Y baja como corriente hacia sus brazos.
Porque en ese momento
Sabe que no hubo nadie como su papá.
Proyecta en su mente
A sus hijos, y cómo era su padre con ellos:
Tan alegre, tan jovial, tan distinto pero a la vez él mismo…
Y comprende
Que a lo largo de la vida, ciertos hechos marcan el futuro,
Ese futuro perfecto que sólo pensamos más allá de nuestra muerte,
Y que éste es uno de esos momentos.
Vuelve a mirar la ropa, desfrunce el entrecejo
Y comienza a ponerse ese jersey de viejo
Verde, deshilachado que tanto odiaba.
Y piensa,
Antes de decírselo con acciones, que no con palabras, a sus hijos
Que el abuelo ha muerto
Pero llegado el día
Llegará uno nuevo.
Vuelta al tajo
Después de la época de exámenes, donde me prometí (y joder si me ha dolido) concentrarme en los estudios y dejar de escribir compulsivamente, me encontré con el relato más largo que he firmado, y estaba exhausto.
Necesitaba descansar, necesitaba leer.
Así que me he ido a la playa, he vagueado, y he distraído mi mente de la narración formal con un guión de cómic en el que he puesto mucha ilusión y el visionado de películas.
Y aquí estoy, de nuevo.
Bienvenido, dice mi pantalla.
Eso espero.
Necesitaba descansar, necesitaba leer.
Así que me he ido a la playa, he vagueado, y he distraído mi mente de la narración formal con un guión de cómic en el que he puesto mucha ilusión y el visionado de películas.
Y aquí estoy, de nuevo.
Bienvenido, dice mi pantalla.
Eso espero.
Luces
Oscar disfrutaba de su trabajo como encargado de las luces de la discoteca, y lo consideraba incluso más importante que el de pinchadiscos; después de todo, los monos que veía siempre danzar delante de él bailaban cualquier mierda que pasase por sus abotargados sentidos, pero la luz, sin que se dieran cuenta, les empujaba a éxtasis cíclicos con cada tamborileo grave de la música. Luces blancas parpadeando a brevísimos intervalos para dar la impresión de movimientos mecánicos, luces girando a gran velocidad para transmitir velocidad... el catálogo de trucos es bien amplio y le era conocido.
Un día acudió al trabajo nervioso, mirando con desconfianza de un lado a otro mientras se distendía el cuello de la camisa y se secaba el sudor de la frente. Ninguno de sus compañeros pudo saber a qué se debía su comportamiento, pero lo achacaron a alguna sustancia de la cual, si eran sinceros, cualquiera de ellos andaba cerca.
- Joder – dijo, con las manos a punto de empezar. Se consideraba a sí mismo vital, y su trabajo por tanto tenía cierta aureola sagrada que se le impregnaba a cada hora que pasaba a los controles. Afligido por las circunstancias, tuvo que dar lo mejor de sí para que los nervios no se transmitieran a la luz -. Concéntrate, ¡coño!
Y estaba siendo un día raro; no hubo disturbios de ningún tipo y parecía que la gente se hubiera puesto de acuerdo para transmitirle la mansedumbre que necesitaba. Dicho y hecho, comenzó a relajarse y las luces parpadearon en diferentes colores sobre el centro cuando la luz ultravioleta destacó las ropas blancas.
Sí, pensó rascándose los genitales, aquel iba a ser un buen día de trabajo como otro cualquiera; el público estaba en catarsis cíclicas, y él volvía a apreciar la mesa de controles sin presiones.
No escuchó disparo alguno, ni alcanzó a ver a su atacante, pero en un momento se encontró sin aliento, con un lacerante dolor acusándole el pecho y extendiéndose con tentáculos invisibles por todo el cuerpo, cargando las extremidades de cansancio y concentrando en el torso una tremenda aflicción. Cerró sus ojos con su cuerpo desplomándose sobre los controles de las luces…
Las luces se encendían y apagaban en pequeños y rápidos intervalos, convirtiendo la pista de baile en una congregación de robots bailongos. Luego el sistema enloqueció y con él, el público, que acogió con gritos de entusiasmo la sinfonía de luces que se orquestaba ante sus narices.
El azul daba vueltas en círculo mientras rojo y amarillo se enfrentaban perpendicularmente en el centro de la pista. El blanco destellaba con cautela, dejándose ver en los momentos más oportunos y destacando la oscuridad que había con su ausencia.
La sangre de Oscar siguió corriendo por la mesa y haciendo saltar los circuitos, y el pinchadiscos, palpando la euforia del público, colocó una canción famosa y machacona con un sampler repetitivo y muy grave que casi empujaba a la gente a saltar.
Si de algo se enorgullecía Oscar era que su trabajo influía mucho a la gente sin destacar. Por eso nadie se preocupó por él, viendo el magnífico trabajo que supuestamente estaba realizando.
El ambiente era de puro éxtasis, y en plena catarsis, con la canción en su máximo apogeo y las luces cada vez más locas, los circuitos saltaron y con ellos los plomos, dejando todo a oscuras.
Poco después de volver la luz, encontraron a Oscar tendido sobre la mesa, completamente calcinado.
Un día acudió al trabajo nervioso, mirando con desconfianza de un lado a otro mientras se distendía el cuello de la camisa y se secaba el sudor de la frente. Ninguno de sus compañeros pudo saber a qué se debía su comportamiento, pero lo achacaron a alguna sustancia de la cual, si eran sinceros, cualquiera de ellos andaba cerca.
- Joder – dijo, con las manos a punto de empezar. Se consideraba a sí mismo vital, y su trabajo por tanto tenía cierta aureola sagrada que se le impregnaba a cada hora que pasaba a los controles. Afligido por las circunstancias, tuvo que dar lo mejor de sí para que los nervios no se transmitieran a la luz -. Concéntrate, ¡coño!
Y estaba siendo un día raro; no hubo disturbios de ningún tipo y parecía que la gente se hubiera puesto de acuerdo para transmitirle la mansedumbre que necesitaba. Dicho y hecho, comenzó a relajarse y las luces parpadearon en diferentes colores sobre el centro cuando la luz ultravioleta destacó las ropas blancas.
Sí, pensó rascándose los genitales, aquel iba a ser un buen día de trabajo como otro cualquiera; el público estaba en catarsis cíclicas, y él volvía a apreciar la mesa de controles sin presiones.
No escuchó disparo alguno, ni alcanzó a ver a su atacante, pero en un momento se encontró sin aliento, con un lacerante dolor acusándole el pecho y extendiéndose con tentáculos invisibles por todo el cuerpo, cargando las extremidades de cansancio y concentrando en el torso una tremenda aflicción. Cerró sus ojos con su cuerpo desplomándose sobre los controles de las luces…
Las luces se encendían y apagaban en pequeños y rápidos intervalos, convirtiendo la pista de baile en una congregación de robots bailongos. Luego el sistema enloqueció y con él, el público, que acogió con gritos de entusiasmo la sinfonía de luces que se orquestaba ante sus narices.
El azul daba vueltas en círculo mientras rojo y amarillo se enfrentaban perpendicularmente en el centro de la pista. El blanco destellaba con cautela, dejándose ver en los momentos más oportunos y destacando la oscuridad que había con su ausencia.
La sangre de Oscar siguió corriendo por la mesa y haciendo saltar los circuitos, y el pinchadiscos, palpando la euforia del público, colocó una canción famosa y machacona con un sampler repetitivo y muy grave que casi empujaba a la gente a saltar.
Si de algo se enorgullecía Oscar era que su trabajo influía mucho a la gente sin destacar. Por eso nadie se preocupó por él, viendo el magnífico trabajo que supuestamente estaba realizando.
El ambiente era de puro éxtasis, y en plena catarsis, con la canción en su máximo apogeo y las luces cada vez más locas, los circuitos saltaron y con ellos los plomos, dejando todo a oscuras.
Poco después de volver la luz, encontraron a Oscar tendido sobre la mesa, completamente calcinado.





