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Diario de un sociópata
El mundo es absurdo y nos gusta tal y como está
Acerca de
Estoy loco, lo descubrí cuando rompí el espejo, porque no reflejaba mi cara sino la de todos los demás.
Sindicación
 
Suele pasar
Todos los veranos, desde que me aficioné a escribir como un aficionado, me digo:
Ahora que tendré tanto tiempo libre, escribiré y escribiré todo lo que tengo pensado.
Los guiones de cómic.
Las novelas.
Los cuentos de terror.
(¡Novedad!) Un par de cuentos eróticos.
Pero nada, que no me ha dado la puta gana. Por algún extraño motivo, estar de vacaciones ha supuesto para mí escribir mucho más relajado, abandonar las 40 páginas a letra 10 de los meses pretéritos y conformarme con poco.
Así que empiezo a pensar que servidor es muy tonto, por la sencilla razón de que podría aprovechar todo ese tiempo. Y que, por algún extraño motivo, tengo muchas mas ganas de escribir y escribo más y escribo mejor cuando apenas tengo tiempo de ello, cuando tengo que robarle tiempo a otras tareas para reflejar algo y ganar vanidad (en el caso de que se me comente el hecho, claro).
En fin, ahora que acaba el verano, me imagino que empezaré a escribir más. Para cuando empiecen las clases, servidor hará una nueva entrada casi cada dia, ya me conocéis. Y en febrero, y en mayo, y en junio, habrá mucho que leer.
Espero que algunos, (que no todos esos lectores casuales, más del 70% de Sudamérica, que me encuentran al buscar la palabra sociópata en el google y dedican algo de su tiempo a mis cosas) estéis allí.
Un saludo del fuckin sociópata.
 
Pesadilla
La noche estaba siendo entre tortuosa y divertida. Divertida porque la primera vez que me levanté, no sé si por el excesivo calor del ambiente o por alguna pesadilla olvidada al abrir los ojos, vi que mi reloj marcaba las cinco y media de la mañana – me quedaban todavía dos horas de sueño, sonreí y me decidí a aprovecharlas bien. La parte tortuosa vino cuando cada media hora me despertaba.
A las seis y media, oí a mi hermano encender el calentador del agua para ducharse. A las siete, oí a la puerta de la calle cerrándose con cuidado, pero haciendo aún así demasiado ruido: la puerta tiene una lámina metálica cubierta por placas de madera, y pesa tanto que es imposible cerrar sin hacer que la pared retumbe.
Y dieron las siete y media, y junto al despertador escuché al grifo de la cocina, soltando agua y bastante fuerte. Mitigado por el correr del agua, un suave llanto, casi una sugerencia de tristeza, se elevaba como podía.
Esperando que alguien lo oyera.
Me levanté ligeramente aturdido. No era la primera vez que pasaba una noche como aquella, pero había algo mal, y no sabía decirlo. Era como ver un dibujo ligeramente desproporcionado o brutalmente simétrico: a primera vista todo era normal, pero lo malo se encontraba por instinto o por una observación detallada. En mi caso, era más lo primero.
En calzoncillos, me senté en el borde de la cama y me rasqué los huevos. Eché la cabeza atrás, recordé que tenía que ir a trabajar y suspiré, y dije bajito:
- Joder con el puto dinero.
Llegó el momento más difícil de la mañana, que es levantarme por completo de la cama. Para que os hagáis una idea de lo que siento, es como si saliera del útero de mi madre mascando el cordón umbilical y abriéndome paso a golpes. Ya de pie, con los dedos llenos de ampollas por las botas del trabajo, me tambaleé descalzo hasta la cocina entre latigazos de dolor, y no hubo nada que pudiera despertarme del todo hasta entonces: ni siquiera cuando pisé un pequeño cristal, que el muy cabrón se quedó alojado en la planta del pie. Preferí cojear y quitármelo tranquilo en el baño que hacer malabares madrugadores en una casa semi a oscuras. Y si digo que no hubo nada que me despertara hasta el momento exacto en que entré en la cocina, me refiero al marco completo: al sueño, a la sensación de peligro, de melancolía, al dolor físico… En la cocina, era el Adrián que vivía a las siete de la tarde, o el que intentaba dormir a las doce de la noche. Adrián en su mejor momento.
Lo que me despejó la cabeza fue ver a mi hermano, con los codos apoyados en el borde del fregadero, limpiándose las manos una y otra vez, y luego haciendo un cuenco con ellas para echárselo en la cara. Y mientras, lloraba sin parar, desconsoladamente, y la escena deshilachó mi alma como nada que hubiera visto antes. Era mi hermano, mi tate, tan triste que parecía poder quedarse así durante años, lavándose la cara y las manos entre llantos hasta quedarse sin piel.
Empecé a comprender de qué iba todo aquello. Me sentí culpable de no haber podido hacer nada, de no haberme levantado a las seis y media o a las siete para distraerle un rato, lo suficiente, para que no le ocurriera nada. Quise llorar, no ha habido momento en mi vida que más deseara hacerlo, pero no pude: tenía que interpretar un papel conciliador en la medida en que me fuera posible.
- ¿Qué te ha pasado?
- Na-nada – gimió.
- Venga, algo te ha pasado.
Miré de nuevo su cara, traté de enfocarla pero la definición de su imagen se diluía adaptándose a mis esfuerzos y provocándome un dolor de cabeza de los que hacen época. Me conformé con apreciar su cara algo desdibujada, corrompida por la pena.
- Lo sé – dije.
Paró por un momento. Se me quedó mirando expectante.
- Tenías un buen trabajo, te pagaban bien y te lo pasabas bien. Tenías amigos, dinero y una novia a la que querer. Todo, después de pasarte años señalado por algunos profesores como una mierda de fracaso escolar, y de estar soltero a pesar de ajustarte al canon de belleza actual, y de ser rechazado u odiado por un par de chicas… Y ahora todo está perdido.
Retomó lo que estaba haciendo, a menor velocidad. Unos quejidos nacían de su garganta y salían apagados al aire de la cocina.
- Todos morimos. Piénsalo de este modo: algún día nos volveremos a ver.
Aumentó la velocidad, poco a poco, sobrepasando los límites humanos pasados un par de minutos. Yo seguía de pie, tragándome las lágrimas como si fueran aspirinas llenas de clavos y con un cristal jodiéndome la planta del pie a gusto. Demasiado patético, que los dos nos pusiéramos a llorar para terminar abrazados o algo de eso.
Trataba de hacerle comprender su muerte cuando yo apenas quería aceptar la mía.
Hipócrita.
El caso es que tenía la apariencia de una persona normal. Ni pálido, ni translúcido… sólo al acercarse, uno apreciaba una perturbación en su silueta; las líneas que le dibujaban en el espacio delante de mí vibraban con pesadez.
Di un paso.
Otro.
Él estaba a tres pasos, así que di medio paso extra, alargué la mano y cerré los ojos, a punto de tocarle. En el momento del contacto, todo lo que había vivido se proyectó en mi mente. Era un ser hecho de recuerdos, sin nada que lo sujetara al mundo salvo él mismo.
Di otro medio paso, y le abracé. Alojé la cabeza entre mis brazos y me despedí de él, tan frío y tembloroso, y empecé a llorar yo también… ¡sí, empecé a llorar! ¡Joder, ya sé que no era lo que quería hacer, pero dejadme en paz!
Estoy de luto.