Estimado Lector Constante:
Sí, tú, que esperas el siguiente artículo de este blog, si es que existes o de verdad muestras tanta dedicación por este espacio; me dirijo a ti para avisarte que ya están habilitados los comentarios, algo que por culpa de mi torpeza no se ha podido hacer desde hace un buen tiempo.
Sí, a ti, que te gustan las historias de este sitio. Quiero decirte que, a pesar de la ausencia, de estar cuatro meses sin dar ni palo en este espacio, agradezco enormemente tu apoyo, y el que de vez en cuando pasaras a echar un vistazo, sólo por si el vago hacía algo. Lamento los chascos habidos por el momento.
Y así, querido Lector Constante, te invito a que dejes aquí los comentarios que quisiste soltar en su momento y no se te dejó. Si te acuerdas, si quieres.
Ante todo, muchas gracias. Espero que nunca seas un Lector Aburrido, un Lector Decepcionado, o un Lector Tránsfuga, y poder contar con tu compañía hasta que, ¡vete a saber! Esta afición mía llegue a alguna parte.
Hasta entonces, nos veremos por aquí.
Un abrazo:
Seth Fortuyn
Sí, a ti, que te gustan las historias de este sitio. Quiero decirte que, a pesar de la ausencia, de estar cuatro meses sin dar ni palo en este espacio, agradezco enormemente tu apoyo, y el que de vez en cuando pasaras a echar un vistazo, sólo por si el vago hacía algo. Lamento los chascos habidos por el momento.
Y así, querido Lector Constante, te invito a que dejes aquí los comentarios que quisiste soltar en su momento y no se te dejó. Si te acuerdas, si quieres.
Ante todo, muchas gracias. Espero que nunca seas un Lector Aburrido, un Lector Decepcionado, o un Lector Tránsfuga, y poder contar con tu compañía hasta que, ¡vete a saber! Esta afición mía llegue a alguna parte.
Hasta entonces, nos veremos por aquí.
Un abrazo:
Seth Fortuyn
La vida del Señor A.
De El Mundo, 15 de Noviembre de 2006 (pág. 3 de la sección de Madrid):
EXPLOSIÓN EN LA CALLE EMBAJADORES
La casa en la cual residía Eduardo Á., de 29 años, ardió a las 19:00 horas de ayer por lo que los investigadores han apuntado, parece ser un fallo en uno de los fogones de la cocina. Por lo visto, el gas llenó el piso, y al llegar el joven y encender la luz de la entrada, prendió, provocando una tremenda explosión de la que sólo hay que lamentar la muerte del inquilino.
Mentirosos.
En el incendio murieron, al menos, un centenar. Yo salí malherido, y no sé si llegaré a recuperarme del todo. Supongo que es cuestión de suerte. Respecto al chico, bueno, no tengáis en cuenta su muerte, por favor. Oh, claro, os parecerá cruel, pero hacedme el favor de no dedicarle ni una lágrima. Las razones se irán desvelando a lo largo de mi relato.
Recuerdo el día en que nací. Fue hace algo así como dos años y medio, en la parte centro de Madrid.
¡El caso! Que nada más aparecer en este mundo, tuve que compartir mi vida con Eduardo. Fue él quien trajo a mis padres: mi padre se llamaba Sundborn, era alto y muy ancho, y se convirtió en el segundo mejor amigo de Eduardo; mi madre por su parte, Leksvik, no tuvo tanta suerte, porque era ignorada todo el rato, aunque se hacía notar de vez en cuando, lo que le ponía de los nervios.
No eran malos tiempos.
Luego ya vinieron otros dos hermanos de mi padre, y a partir de ahí fue una auténtica vorágine. Laxne, Glasholm, Jules, Askedal... joder, tantos nombres que no podrías nombrarlos de seguido de los abundantes que eran.
Es gracioso. Mis padres fueron Sundborn y Leksvik, pero sólo porque llegaron los primeros. Como todos, me imagino cómo habría salido yo si mis padres hubieran sido otros, como Jules, o Robin, o Husar, y me asusta la idea de sólo pensar en capullos como Lysboj.
El tiempo pasaba, y el entusiasmo de Eduardo por muchos de nosotros se fue rebajando hasta convertirse en pura indiferencia. Y eso, si había suerte, que a algunos los odiaba y se preguntaba cómo es que todavía no los había abandonado.
Por supuesto, me acabé hartando ante semejante individuo. El colmo fueron los maltratos que recibió mi madre, como si no hubiera tenido bastante con la fractura que la marcó para siempre, dejándola lisiada.
¿Iba a dejar que mi madre fuera maltratada?
¿Que amigos y parientes tuvieran un aspecto más y más sucio con cada mes que pasaba? ¿Y que no se hiciera nada?
Es algo que no puedes permitir.
Admito que mis métodos resultaron algo... drásticos, no sé si me entendéis, pero echadle la culpa a Faktum: vivía en la cocina y fue de los primeros en morir, despedazado y quemado hasta convertirse en cenizas.
Roberto se había ido y volvería al día siguiente, y le digo a Faktum, tenemos que librarnos de él como sea, y me responde, ¿qué hago?, y le contesto, no sé, sorpréndeme, no quiero saber lo que tienes pensado. ¡Y montó una explosión de gas! ¡Qué tío!
Ha sido un mal trago, observar la manera en que murieron todos ellos, ya fueran amigos o familiares, y cómo sacaban sus restos carbonizados. Pocos han sobrevivido. Dios, tuvieron que descuartizar a mi padre para que cupiera por la puerta.
Volvamos a Eduardo.
Reconozco que disfruté con su muerte, y que si pudiera, lo volvería a hacer. Pero no lloréis por él, ya os lo he dicho.
No tenía personalidad.
Llorad por cada uno de sus muebles, que sí tenían personalidad, y muy marcada y diferenciada unos de otros.
Llorad por mí, porque cuando me vuelvan a amueblar, no volveré a ser el mismo.
EXPLOSIÓN EN LA CALLE EMBAJADORES
La casa en la cual residía Eduardo Á., de 29 años, ardió a las 19:00 horas de ayer por lo que los investigadores han apuntado, parece ser un fallo en uno de los fogones de la cocina. Por lo visto, el gas llenó el piso, y al llegar el joven y encender la luz de la entrada, prendió, provocando una tremenda explosión de la que sólo hay que lamentar la muerte del inquilino.
Mentirosos.
En el incendio murieron, al menos, un centenar. Yo salí malherido, y no sé si llegaré a recuperarme del todo. Supongo que es cuestión de suerte. Respecto al chico, bueno, no tengáis en cuenta su muerte, por favor. Oh, claro, os parecerá cruel, pero hacedme el favor de no dedicarle ni una lágrima. Las razones se irán desvelando a lo largo de mi relato.
Recuerdo el día en que nací. Fue hace algo así como dos años y medio, en la parte centro de Madrid.
¡El caso! Que nada más aparecer en este mundo, tuve que compartir mi vida con Eduardo. Fue él quien trajo a mis padres: mi padre se llamaba Sundborn, era alto y muy ancho, y se convirtió en el segundo mejor amigo de Eduardo; mi madre por su parte, Leksvik, no tuvo tanta suerte, porque era ignorada todo el rato, aunque se hacía notar de vez en cuando, lo que le ponía de los nervios.
No eran malos tiempos.
Luego ya vinieron otros dos hermanos de mi padre, y a partir de ahí fue una auténtica vorágine. Laxne, Glasholm, Jules, Askedal... joder, tantos nombres que no podrías nombrarlos de seguido de los abundantes que eran.
Es gracioso. Mis padres fueron Sundborn y Leksvik, pero sólo porque llegaron los primeros. Como todos, me imagino cómo habría salido yo si mis padres hubieran sido otros, como Jules, o Robin, o Husar, y me asusta la idea de sólo pensar en capullos como Lysboj.
El tiempo pasaba, y el entusiasmo de Eduardo por muchos de nosotros se fue rebajando hasta convertirse en pura indiferencia. Y eso, si había suerte, que a algunos los odiaba y se preguntaba cómo es que todavía no los había abandonado.
Por supuesto, me acabé hartando ante semejante individuo. El colmo fueron los maltratos que recibió mi madre, como si no hubiera tenido bastante con la fractura que la marcó para siempre, dejándola lisiada.
¿Iba a dejar que mi madre fuera maltratada?
¿Que amigos y parientes tuvieran un aspecto más y más sucio con cada mes que pasaba? ¿Y que no se hiciera nada?
Es algo que no puedes permitir.
Admito que mis métodos resultaron algo... drásticos, no sé si me entendéis, pero echadle la culpa a Faktum: vivía en la cocina y fue de los primeros en morir, despedazado y quemado hasta convertirse en cenizas.
Roberto se había ido y volvería al día siguiente, y le digo a Faktum, tenemos que librarnos de él como sea, y me responde, ¿qué hago?, y le contesto, no sé, sorpréndeme, no quiero saber lo que tienes pensado. ¡Y montó una explosión de gas! ¡Qué tío!
Ha sido un mal trago, observar la manera en que murieron todos ellos, ya fueran amigos o familiares, y cómo sacaban sus restos carbonizados. Pocos han sobrevivido. Dios, tuvieron que descuartizar a mi padre para que cupiera por la puerta.
Volvamos a Eduardo.
Reconozco que disfruté con su muerte, y que si pudiera, lo volvería a hacer. Pero no lloréis por él, ya os lo he dicho.
No tenía personalidad.
Llorad por cada uno de sus muebles, que sí tenían personalidad, y muy marcada y diferenciada unos de otros.
Llorad por mí, porque cuando me vuelvan a amueblar, no volveré a ser el mismo.





