¡El exorcismo! (I)
Malena estaba a punto de salir a correr, con su chándal y sus zapatillas de deporte, cuando se vio impelida por una fuerza extraña a quedarse en casa. Primero se quedó paralizada, de pie, junto a la puerta de su habitación; luego empezó a sufrir espasmos a lo largo del cuerpo, y mientras corría por todo el cuarto sin salir de él, comenzó a gritar:
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
En un principio sus padres no se dieron cuenta; la niña solía ponerse la música alta o ella misma cantaba algunas estrofas para deleite de su garganta y tortura de los demás. Sin embargo, cuando ya pasaron veinte minutos desde que la oyeran por primera vez, cayeron en la cuenta de que algo malo podría estar sucediéndole a su hija.
Subieron a toda velocidad a la planta superior, y se quedaron observando la puerta de Malena, llena de fotos recortadas y un cartel de prohibido el paso, con cierto temor reverencial a superarla. Los gritos sonaban todavía más atroces a una distancia tan cercana, y si bien su hija no se andaba con chiquitas a la hora de echarles de lo que consideraba sus dominios, no temieron como en otras ocasiones abrir la puerta sin el permiso de Malena. Al abrirla, su madre, Susana, inició una serie de grititos histéricos que culminaron con un chillido en la cocina; dentro, Malena, su niñita, corría en círculos congestionada, sudorosa, con el chándal hecho jirones debido a la desesperación por quitárselo, las uñas rotas por los sucesivos intentos de rasgar la ropa, la boca sangrante por haber sustituido a las uñas y una mirada suplicante en el interior de su cara, la cual indicaba a las claras que era una víctima descontrolada de algo que no comprendía.
Cuando Susana se largó corriendo, Gonzalo, que así se llamaba su padre, se acercó a Malena. La mirada de víctima persistió, pero no tardó en desaparecer bajo un gesto firme y hasta despectivo por aquellos seres incapaces de hacer deporte. La chica escupió al suelo un par de dientes.
- ¡Pero cariño, ¿qué te pasa?! – gimió Gonzalo.
Y entonces Malena corrió hacia él, le empujó con una fuerza sobrehumana fuera de la habitación plagada de medallas, pósters, armarios y una alacena con cuatro libros, y se encerró.
Gonzalo se vio impotente, y acompañó a su mujer con más lloros y alguna súplica. De fondo, y hasta que se cansara, pudieron oírse los aullidos continuados de Malena:
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
Era casi de noche, la hora a la que le gustaba aparecer. El sol se ocultaba lo más deprisa que podía, sabiendo que aquella no era su estación, el invierno, y un manto de estrellas iba devorando la luz derramada en el horizonte. La casa de los García arrojaba luz artificial a la acera, y silueteaba la figura del Padre Lucas, experto en exorcismos.
El párroco suspiró. Había tanto mal en el mundo, y tan poca gente capaz, devota y humilde como él…
Ya en el marco de la entrada, los gritos de Malena se hacían dolorosamente ciertos: una posesión sin duda alguna. A lo largo de su carrera, el Padre Lucas se había enfrentado a varios demonios, y siempre había salido indemne, bien por su entereza y obstinación o por su habilidad para golpear con el pesado crucifijo que solía llevar encima. Pero no sintió miedo, ni entonces, ni nunca; jamás le permitiría a un diablo saborearlo.
La puerta se abrió. Gonzalo y Susana aparecieron al otro lado, abrazados, con ojeras y aspecto de haber comido poco. Se notaba la tragedia en sus rostros, consumiendo sus esperanzas y su fuerza física. ¿Cuánto estuvieron soportando la presencia del demonio en casa hasta que le llamaron? Decidió preguntárselo, aunque por su aspecto podía adivinar que habían pasado un par de semanas:
- Todo sucedió esta mañana – dijo Gonzalo.
- Estamos… - sollozó Susana. Rompió a llorar, y el Padre pudo observar lo hinchados que tenía los ojos de tanto llanto. -… estamos tan preocupados…
Padres protectores. Le cayeron bien al cura. Sin que le invitaran a pasar, dio un paso a delante y cruzó el umbral; miró a su espalda y le gustó pensar que una sombra se movía sospechosa al otro lado de la calle.
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
- ¡No se calla nunca! – protestó Gonzalo.
- ¿No lo hace en otros idiomas? – preguntó esperanzado el Padre Lucas.
- Si acaso en inglés – añadió Susana, solícita -. Pero no tenemos mucha idea, así que no podemos decir exactamente qué grita en inglés. Algo así como… “duuuit”.
El Padre Lucas quedó ligeramente decepcionado. Le encantaba escuchar el arameo en boca del demonio.
Un estrépito interrumpió la conversación: Malena acababa de salir de su cuarto. La chica, harapienta, se asomó a la escalera e inició su descenso dando volteretas, para acabar justo enfrente del párroco, quien la propinó un sonoro puñetazo que la dejó inconsciente.
- ¡¡Pero qué hace, ANIMAL!! – aulló Gonzalo, a punto de lanzarse sobre el Padre Lucas.
- Ahora mismo, no siente nada, salvo vacío. Su cuerpo no la pertenece, porque el diablo habita en él – se excusó el Padre -. Pero no se preocupen. Nunca fallo – sentenció, henchido de orgullo; del tipo de orgullo más humilde que pudo sentir, eso por descontado.
- Eso espero – espetó Gonzalo – o le juro por el bendito Escrivá de Balaguer que le mandaré de una patada al Vaticano.
- Perdone… - masculló el Padre Lucas.
- ¿Sí? – contestó Gonzalo.
El Padre Lucas se arrimó a su oído y susurró: Vuélvame a decir eso y le excomulgo.
Gonzalo tragó saliva, y se quedó en la planta inferior con su mujer, rezando. Mientras, el Padre Lucas se preparó para el exorcismo.
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
En un principio sus padres no se dieron cuenta; la niña solía ponerse la música alta o ella misma cantaba algunas estrofas para deleite de su garganta y tortura de los demás. Sin embargo, cuando ya pasaron veinte minutos desde que la oyeran por primera vez, cayeron en la cuenta de que algo malo podría estar sucediéndole a su hija.
Subieron a toda velocidad a la planta superior, y se quedaron observando la puerta de Malena, llena de fotos recortadas y un cartel de prohibido el paso, con cierto temor reverencial a superarla. Los gritos sonaban todavía más atroces a una distancia tan cercana, y si bien su hija no se andaba con chiquitas a la hora de echarles de lo que consideraba sus dominios, no temieron como en otras ocasiones abrir la puerta sin el permiso de Malena. Al abrirla, su madre, Susana, inició una serie de grititos histéricos que culminaron con un chillido en la cocina; dentro, Malena, su niñita, corría en círculos congestionada, sudorosa, con el chándal hecho jirones debido a la desesperación por quitárselo, las uñas rotas por los sucesivos intentos de rasgar la ropa, la boca sangrante por haber sustituido a las uñas y una mirada suplicante en el interior de su cara, la cual indicaba a las claras que era una víctima descontrolada de algo que no comprendía.
Cuando Susana se largó corriendo, Gonzalo, que así se llamaba su padre, se acercó a Malena. La mirada de víctima persistió, pero no tardó en desaparecer bajo un gesto firme y hasta despectivo por aquellos seres incapaces de hacer deporte. La chica escupió al suelo un par de dientes.
- ¡Pero cariño, ¿qué te pasa?! – gimió Gonzalo.
Y entonces Malena corrió hacia él, le empujó con una fuerza sobrehumana fuera de la habitación plagada de medallas, pósters, armarios y una alacena con cuatro libros, y se encerró.
Gonzalo se vio impotente, y acompañó a su mujer con más lloros y alguna súplica. De fondo, y hasta que se cansara, pudieron oírse los aullidos continuados de Malena:
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
Era casi de noche, la hora a la que le gustaba aparecer. El sol se ocultaba lo más deprisa que podía, sabiendo que aquella no era su estación, el invierno, y un manto de estrellas iba devorando la luz derramada en el horizonte. La casa de los García arrojaba luz artificial a la acera, y silueteaba la figura del Padre Lucas, experto en exorcismos.
El párroco suspiró. Había tanto mal en el mundo, y tan poca gente capaz, devota y humilde como él…
Ya en el marco de la entrada, los gritos de Malena se hacían dolorosamente ciertos: una posesión sin duda alguna. A lo largo de su carrera, el Padre Lucas se había enfrentado a varios demonios, y siempre había salido indemne, bien por su entereza y obstinación o por su habilidad para golpear con el pesado crucifijo que solía llevar encima. Pero no sintió miedo, ni entonces, ni nunca; jamás le permitiría a un diablo saborearlo.
La puerta se abrió. Gonzalo y Susana aparecieron al otro lado, abrazados, con ojeras y aspecto de haber comido poco. Se notaba la tragedia en sus rostros, consumiendo sus esperanzas y su fuerza física. ¿Cuánto estuvieron soportando la presencia del demonio en casa hasta que le llamaron? Decidió preguntárselo, aunque por su aspecto podía adivinar que habían pasado un par de semanas:
- Todo sucedió esta mañana – dijo Gonzalo.
- Estamos… - sollozó Susana. Rompió a llorar, y el Padre pudo observar lo hinchados que tenía los ojos de tanto llanto. -… estamos tan preocupados…
Padres protectores. Le cayeron bien al cura. Sin que le invitaran a pasar, dio un paso a delante y cruzó el umbral; miró a su espalda y le gustó pensar que una sombra se movía sospechosa al otro lado de la calle.
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
- ¡No se calla nunca! – protestó Gonzalo.
- ¿No lo hace en otros idiomas? – preguntó esperanzado el Padre Lucas.
- Si acaso en inglés – añadió Susana, solícita -. Pero no tenemos mucha idea, así que no podemos decir exactamente qué grita en inglés. Algo así como… “duuuit”.
El Padre Lucas quedó ligeramente decepcionado. Le encantaba escuchar el arameo en boca del demonio.
Un estrépito interrumpió la conversación: Malena acababa de salir de su cuarto. La chica, harapienta, se asomó a la escalera e inició su descenso dando volteretas, para acabar justo enfrente del párroco, quien la propinó un sonoro puñetazo que la dejó inconsciente.
- ¡¡Pero qué hace, ANIMAL!! – aulló Gonzalo, a punto de lanzarse sobre el Padre Lucas.
- Ahora mismo, no siente nada, salvo vacío. Su cuerpo no la pertenece, porque el diablo habita en él – se excusó el Padre -. Pero no se preocupen. Nunca fallo – sentenció, henchido de orgullo; del tipo de orgullo más humilde que pudo sentir, eso por descontado.
- Eso espero – espetó Gonzalo – o le juro por el bendito Escrivá de Balaguer que le mandaré de una patada al Vaticano.
- Perdone… - masculló el Padre Lucas.
- ¿Sí? – contestó Gonzalo.
El Padre Lucas se arrimó a su oído y susurró: Vuélvame a decir eso y le excomulgo.
Gonzalo tragó saliva, y se quedó en la planta inferior con su mujer, rezando. Mientras, el Padre Lucas se preparó para el exorcismo.
Y la pereza parió una montaña (fábula a razón del 11-M)
Había una vez tres mercaderes que partieron a la ciudad de Huevo, donde serían recibidos en el tiempo de una semana, tal y como llevaban haciendo durante ocho años; traían suministros que, si bien no eran del todo necesarios, proporcionarían algo de comodidad y bienestar a sus clientes, y por eso se les esperaba con impaciencia.
Sin embargo, los mercaderes, que eran algo vagos, decidieron hacer numerosos descansos durante el camino aun a sabiendas de que, si llegaban tarde, todos sus clientes se les echarían encima. Y no les preocupaba, no demasiado al menos, traicionar la confianza de las gentes de Huevo.
Diez días tardaron en llegar a su destino, tres días más tarde de lo esperado. Al cruzar el arco de entrada de la ciudad, nadie pareció fijarse en ellos, y los mercaderes dieron con el motivo: sus clientes potenciales ya tenían los productos que ellos se acercaban a vender.
No les dio tiempo a ponerse furiosos porque alguien gritó:
- ¡Han llegado!
En apenas diez minutos más de un centenar de personas se congregaron alrededor de los diez camellos que los comerciantes traían consigo. En sus caras se dibujaban el odio y el resentimiento por su deliberada tardanza.
Uno de los hombres sabios del pueblo, Jamal, se acercó al jefe de los tratantes, llamado Alhib, y se propuso hablar en nombre de todos.
- ¿Cómo os atrevéis? – espetó, hinchado por el fervor de la población.
- Nosotros no hemos hecho nada malo, viejo. Déjanos ejercer nuestro trabajo – contestó altivo Alhib.
- Me temo que no podéis porque, como habéis visto, hemos encontrado a alguien que os supla. Y creemos que son mejores – replicó raudo Jamal, con un deje de victoria en su voz. Y es que aquellos hombres nunca fueron de su agrado.
- Ahora soy yo quien pregunta cómo os habéis atrevido, ¡llevamos ocho años proveyéndoos! ¿Y así se nos paga?
- Siempre se os ha pagado como merecéis. Deberíais haber tenido más respeto por nosotros, dado que confiamos en vosotros, y en vuestra palabra. Ingratos – susurró.
- ¡El problema no es nuestro! – gritó Alhib a la desesperada. Si alguno de los presentes hubiera escuchado con verdadera atención y objetividad sus palabras, habrían deducido que gritaba más para convencerse a sí mismo que a los demás.
- ¿Ah, no? – Jamal parecía dispuesto a desterrarles de una vez, siempre sonriente. Contestó de forma inmediata, tratando de quitar el mayor tiempo posible a Alhib para que se inventara una respuesta.
- ¡Claro que no, viejo! – volvió a subir la voz Alhib. – Hubo muchos obstáculos en el camino. Aquí, los únicos ingratos sois vosotros. – Y señaló al corazón de todos los curiosos que le rodeaban con miradas inquisitivas o directamente enfadadas, cambiando muchas de ellas por un gesto parecido a la conmiseración. - ¡Os habéis dejado embaucar por esos mercachifles que nos han sustituido!
La multitud sintió cierta culpabilidad y desconfianza a partes iguales; no había forma de comprobar que era mentira lo que decían, pero tampoco de que fuera verdad, más allá de la indignación de Alhib, la cual podría venir de la sincera indignación o de una actuación digna de elogio.
Fue en ese momento que Alhib usó sus peores artes, en forma de uno de sus amigos, Abdul, escondido entre la multitud. Le hizo Alhib una seña y Abdul comenzó a vociferar.
- ¡Se les engañó! Yo conozco a este hombre y sé que no nos mentiría. Me temo que todo esto ha sido una malvada conspiración para quitarles su puesto de favor…
Abdul era otro hombre respetado en Huevo, y su palabra era ley para algunos y motivo de reflexión para otros tantos. Una reputación que se ganó hacía unos años, pero que como no tiene nada que ver con este relato, no merece la pena sacar a colación.
La ira de la gente se desvió de objetivo. Por si hacía falta señalarlos, Abdul nombró a los nuevos mercaderes como culpables.
- ¡Ellos sabían de los problemas de Alhib y sus hombres, lo sé! – chilló, con una sonrisa en su fuero interno que nunca sería capaz de admitir ni mostrar.
- ¡Sí, había muchos obstáculos por el camino! ¡Ay de nosotros! – se lamentó Alhib.
Y así quedaron las cosas en Huevo tras aquella muestra de cinismo y mísera confabulación: la población volvió a congraciarse con los hombres caídos en desgracia apenas una hora antes; Jamal quedó desacreditado y al borde del exilio; los mercaderes nuevos eran objeto de constantes vejaciones; Alhib y sus hombres, a pesar de tener que ganarse la confianza de ciertos grupos de gente recelosa, pudieron respirar tranquilos, y se relajaron sin tener conciencia alguna de peligro. Por si acaso, y en los días sucesivos, Alhib fue magnificando la supuesta mala suerte que vivieron, y lo que empezó como un océano de montículos acabó como una montaña cuya ladera tuvieron que bordear, pues la cima era impracticable.
Jamal asistió demolido moralmente a algo tan absurdo como fue que la pereza pariera una montaña, y si aquella historia no se derrumbó fue porque las gentes de Huevo no salieron a investigar, ni se molestaron en contrastar semejante versión. Convencido de su inteligencia, buscó una solución al problema, pero sin salir a encontrarla fuera de Huevo. Al fin y al cabo, era un filósofo, un pensador, un cerebro potente capaz de resolver complicados problemas matemáticos y éticos, y si contaba con que la montaña no existía (de facto, había asistido a su nacimiento), sólo tenía que dar con la forma de lanzar las propias palabras de Alhib en su contra. Y sin embargo, hallar la solución no era el mayor de sus problemas; su respetabilidad cayó en picado desde el día en que Alhib y sus hombres volvieron, y para alguien como él, que había construido año tras año su fama, no podía permitir tal deshonor.
La forma de desatar el nudo gordiano de la situación vino tajante a su mente, y se apresuró a comunicarla; para que le creyeran, Jamal tendría que jugarse su permanencia en Huevo, porque era lo único que le quedaba. Hizo correr la voz de que desacreditaría definitivamente a Alhib en la plaza mayor de Huevo, y en un par de horas los mismos curiosos que cambiaron de opinión al fragor de las imprecaciones de los cínicos mercaderes y Abdul, alterarían de nuevo su parecer, o eso le gustaba pensar.
Las gentes de Huevo asistieron al cruce de miradas entre Alhib, acompañado de su séquito y asistidos por Abdul, y Jamal, quien no dejaba de sonreír. Alhib se preguntó a qué venía aquella sardónica sonrisa, y la invulnerabilidad de la que creía haberse imbuido no le permitió ver los motivos ocultos en la sonrisa de su adversario. Sólo al final, cuando Jamal se dispuso a abrir la boca, humedeciendo los labios y frunciendo el ceño, pudo Alhib sentir cierta inquietud.
Demasiado tarde. Jamal preguntó, con una voz fuerte y profunda, la cual llegó a lapidar al silencio con cada sílaba pronunciada, la pregunta que acabaría desterrando a Alhib, Abdul y compañía de Huevo:
- ¿¡Y CÓMO DEMONIOS NO FUISTEIS CAPACES DE VER LA MONTAÑA!?
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Dedicado a conspiranoicos e intoxicadores informativos.
UN saludo de:
Seth Fortuyn
Azote de nadie y zote para todos
Sin embargo, los mercaderes, que eran algo vagos, decidieron hacer numerosos descansos durante el camino aun a sabiendas de que, si llegaban tarde, todos sus clientes se les echarían encima. Y no les preocupaba, no demasiado al menos, traicionar la confianza de las gentes de Huevo.
Diez días tardaron en llegar a su destino, tres días más tarde de lo esperado. Al cruzar el arco de entrada de la ciudad, nadie pareció fijarse en ellos, y los mercaderes dieron con el motivo: sus clientes potenciales ya tenían los productos que ellos se acercaban a vender.
No les dio tiempo a ponerse furiosos porque alguien gritó:
- ¡Han llegado!
En apenas diez minutos más de un centenar de personas se congregaron alrededor de los diez camellos que los comerciantes traían consigo. En sus caras se dibujaban el odio y el resentimiento por su deliberada tardanza.
Uno de los hombres sabios del pueblo, Jamal, se acercó al jefe de los tratantes, llamado Alhib, y se propuso hablar en nombre de todos.
- ¿Cómo os atrevéis? – espetó, hinchado por el fervor de la población.
- Nosotros no hemos hecho nada malo, viejo. Déjanos ejercer nuestro trabajo – contestó altivo Alhib.
- Me temo que no podéis porque, como habéis visto, hemos encontrado a alguien que os supla. Y creemos que son mejores – replicó raudo Jamal, con un deje de victoria en su voz. Y es que aquellos hombres nunca fueron de su agrado.
- Ahora soy yo quien pregunta cómo os habéis atrevido, ¡llevamos ocho años proveyéndoos! ¿Y así se nos paga?
- Siempre se os ha pagado como merecéis. Deberíais haber tenido más respeto por nosotros, dado que confiamos en vosotros, y en vuestra palabra. Ingratos – susurró.
- ¡El problema no es nuestro! – gritó Alhib a la desesperada. Si alguno de los presentes hubiera escuchado con verdadera atención y objetividad sus palabras, habrían deducido que gritaba más para convencerse a sí mismo que a los demás.
- ¿Ah, no? – Jamal parecía dispuesto a desterrarles de una vez, siempre sonriente. Contestó de forma inmediata, tratando de quitar el mayor tiempo posible a Alhib para que se inventara una respuesta.
- ¡Claro que no, viejo! – volvió a subir la voz Alhib. – Hubo muchos obstáculos en el camino. Aquí, los únicos ingratos sois vosotros. – Y señaló al corazón de todos los curiosos que le rodeaban con miradas inquisitivas o directamente enfadadas, cambiando muchas de ellas por un gesto parecido a la conmiseración. - ¡Os habéis dejado embaucar por esos mercachifles que nos han sustituido!
La multitud sintió cierta culpabilidad y desconfianza a partes iguales; no había forma de comprobar que era mentira lo que decían, pero tampoco de que fuera verdad, más allá de la indignación de Alhib, la cual podría venir de la sincera indignación o de una actuación digna de elogio.
Fue en ese momento que Alhib usó sus peores artes, en forma de uno de sus amigos, Abdul, escondido entre la multitud. Le hizo Alhib una seña y Abdul comenzó a vociferar.
- ¡Se les engañó! Yo conozco a este hombre y sé que no nos mentiría. Me temo que todo esto ha sido una malvada conspiración para quitarles su puesto de favor…
Abdul era otro hombre respetado en Huevo, y su palabra era ley para algunos y motivo de reflexión para otros tantos. Una reputación que se ganó hacía unos años, pero que como no tiene nada que ver con este relato, no merece la pena sacar a colación.
La ira de la gente se desvió de objetivo. Por si hacía falta señalarlos, Abdul nombró a los nuevos mercaderes como culpables.
- ¡Ellos sabían de los problemas de Alhib y sus hombres, lo sé! – chilló, con una sonrisa en su fuero interno que nunca sería capaz de admitir ni mostrar.
- ¡Sí, había muchos obstáculos por el camino! ¡Ay de nosotros! – se lamentó Alhib.
Y así quedaron las cosas en Huevo tras aquella muestra de cinismo y mísera confabulación: la población volvió a congraciarse con los hombres caídos en desgracia apenas una hora antes; Jamal quedó desacreditado y al borde del exilio; los mercaderes nuevos eran objeto de constantes vejaciones; Alhib y sus hombres, a pesar de tener que ganarse la confianza de ciertos grupos de gente recelosa, pudieron respirar tranquilos, y se relajaron sin tener conciencia alguna de peligro. Por si acaso, y en los días sucesivos, Alhib fue magnificando la supuesta mala suerte que vivieron, y lo que empezó como un océano de montículos acabó como una montaña cuya ladera tuvieron que bordear, pues la cima era impracticable.
Jamal asistió demolido moralmente a algo tan absurdo como fue que la pereza pariera una montaña, y si aquella historia no se derrumbó fue porque las gentes de Huevo no salieron a investigar, ni se molestaron en contrastar semejante versión. Convencido de su inteligencia, buscó una solución al problema, pero sin salir a encontrarla fuera de Huevo. Al fin y al cabo, era un filósofo, un pensador, un cerebro potente capaz de resolver complicados problemas matemáticos y éticos, y si contaba con que la montaña no existía (de facto, había asistido a su nacimiento), sólo tenía que dar con la forma de lanzar las propias palabras de Alhib en su contra. Y sin embargo, hallar la solución no era el mayor de sus problemas; su respetabilidad cayó en picado desde el día en que Alhib y sus hombres volvieron, y para alguien como él, que había construido año tras año su fama, no podía permitir tal deshonor.
La forma de desatar el nudo gordiano de la situación vino tajante a su mente, y se apresuró a comunicarla; para que le creyeran, Jamal tendría que jugarse su permanencia en Huevo, porque era lo único que le quedaba. Hizo correr la voz de que desacreditaría definitivamente a Alhib en la plaza mayor de Huevo, y en un par de horas los mismos curiosos que cambiaron de opinión al fragor de las imprecaciones de los cínicos mercaderes y Abdul, alterarían de nuevo su parecer, o eso le gustaba pensar.
Las gentes de Huevo asistieron al cruce de miradas entre Alhib, acompañado de su séquito y asistidos por Abdul, y Jamal, quien no dejaba de sonreír. Alhib se preguntó a qué venía aquella sardónica sonrisa, y la invulnerabilidad de la que creía haberse imbuido no le permitió ver los motivos ocultos en la sonrisa de su adversario. Sólo al final, cuando Jamal se dispuso a abrir la boca, humedeciendo los labios y frunciendo el ceño, pudo Alhib sentir cierta inquietud.
Demasiado tarde. Jamal preguntó, con una voz fuerte y profunda, la cual llegó a lapidar al silencio con cada sílaba pronunciada, la pregunta que acabaría desterrando a Alhib, Abdul y compañía de Huevo:
- ¿¡Y CÓMO DEMONIOS NO FUISTEIS CAPACES DE VER LA MONTAÑA!?
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Dedicado a conspiranoicos e intoxicadores informativos.
UN saludo de:
Seth Fortuyn
Azote de nadie y zote para todos
Hola Nabogordo!
He podido ver que me has llamado gilipollas en un comentario. En fin, si tienes COJONES u OVARIOS para mostrar tu nombre, ponlo. Prometo no insultarte, que para algo existe la libertad de expresión.
Porque por ejemplo, cuando yo insulté a un bloguero (algo que no se volverá a repetir) porque su blog me parecía nauseabundo, dejé mi seudónimo famoso, Seth Fortuyn, y la dirección de esta página. Luego me contestaron, pero al menos tuvieron el valor de dejar nombres u direcciones.
Respaldarte en el anonimato no te hace ningún favor: eres un cobarde. Si tienes algo que decir, tienes este post para explayarte con lo que te dé la gana. No voy a borrar tu comentario, por supuesto, de eso no te preocupes.
Y si tienes ganas, dime también por qué soy gilipollas.
Arrivederci o como coño se diga.
Porque por ejemplo, cuando yo insulté a un bloguero (algo que no se volverá a repetir) porque su blog me parecía nauseabundo, dejé mi seudónimo famoso, Seth Fortuyn, y la dirección de esta página. Luego me contestaron, pero al menos tuvieron el valor de dejar nombres u direcciones.
Respaldarte en el anonimato no te hace ningún favor: eres un cobarde. Si tienes algo que decir, tienes este post para explayarte con lo que te dé la gana. No voy a borrar tu comentario, por supuesto, de eso no te preocupes.
Y si tienes ganas, dime también por qué soy gilipollas.
Arrivederci o como coño se diga.
El DIA de Iglesia (y II)
Durante las tres horas en las que estuve con Marcial, hablamos un poco de todo, y todo acerca de un tema: el peldaño inferior en el que nos encontrábamos. Hay gente que dice que cualquier trabajo es respetable, pero es evidente que no han trabajado en todo lo que existe.
- ¿Sabes lo que más me revienta de aquí?
- No Marcial, ¿el qué? ¿Que no haya personal de limpieza, que se explote a los trabajadores?
- No. Darío, no sé si le conoces.
- Me temo que no tengo el placer – contesté suspirando. Por lo menos había empezado a quejarse de personas. Quizá, con algo de paciencia (pensé), puedo hacer que deje de hablar de odio.
Trabajando con nosotros, aparte de las otras dos chicas del DIA, la cajera, la encargada, Marcial y yo, estaban dos personas más. Un tipo estirado, que solía mirarme con asco, aunque sospecho que simplemente es que estaba medio bizco, y un vejete de metro sesenta, dentadura desgastada y la piel de la cara apergaminada y arrugada en grandes cordilleras de tanto sonreír. Ambos estaban reponiendo la fruta que tanto temía.
- ¿Qué pasa con el tal Darío? – dije, mientras nos dirigíamos al almacén a por más mercancía que colocar.
- Que es un plasta, el puto pesado. Se pasa todo el día hablando con los demás y no da ni palo al agua. Es un vago, eso es lo que pasa. De verdad, que me revienta que en vez de trabajar se ponga a hablar con el primero que pilla, sin parar.
En eso mismo estaba pensando yo, en Marcial largando sin parar. La parrafada que acabo de citar la dijo sin salir apenas a respirar. Debía tener por lo menos tres pulmones. Y un estómago bien fuerte.
- Espero que no me pille a mí – contesté. Me dije a mí mismo que ya tenía bastante con mi actual compañía, pero también me recomendé no comentarlo en voz alta.
- Si te pilla, ¡ja! No te suelta.
El caso es que la sensación me sonaba.
Apareció el hombrecillo de mirada espantosa, me dedicó uno de sus más exquisitos gestos de desprecio y se puso a hablar un momento con Marcial sobre lo que había que hacer en la tienda. Se me ocurrió que podría ser el tal Darío, dando la brasa como siempre, por lo que me quedé observando, a ver si empezaba algo interesante. Como cuando un rumano me preguntó en el anterior DIA si teníamos coca-colas y le repliqué que los chinos tenían la culpa; el tipo salió corriendo, jurando venganza. Lástima que no pude salir a la calle.
Empezaba a caerme muy mal Darío.
Al día siguiente, me cambié y suspiré por el día que tenía por delante. Deseaba quedarme en aquel sitio donde apenas se hacía algo. Llegué a preguntar cómo es que no venía camión ni nada de eso, alguna tarea pesada que conllevara otras tareas pesadas.
- Viene camión una vez a la semana.
Se me iluminaron los ojos, aunque no en el sentido estricto: si no, me quedaría ciego. Asentí con un gesto adusto y unas palabras de eficiencia forzada:
- Bueno, pues se hará lo que se pueda.
Comencé a trabajar y no tardó en aparecer Marcial para comerme la oreja. Diablos, ese tío SÍ que odiaba el mundo. Hay gente que se conforma con quejarse de las cosas mientras vive su propia vida; Marcial era de los que se conformaban con vivir mientras se quejaban de las cosas.
- Un día… ¡ja! – dijo en un tono seco, cortando el aire que había alrededor. Me alegré de no estar en el pasillo de la leche.
Hice lo mejor que pude hacer: con la excusa de trabajar me fui a la otra punta del local. Estuve frenteando un rato, apretándome con ambas manos las sienes para que todo el pus que me había transmitido Marcial saliera disparado.
Seguía embotado cuando apareció Darío. Y descubrí que me había equivocado: el pequeño vejete era Darío. El otro, sólo un gilipollas del que nunca me molesté en aprender su nombre.
- Aguachipú, lerelerelerele, apuntamiste ristaculpá mismoas culunaguendelaes, asouturneasmodeao, ¡requeteasbusnit! ¡guetal! – farfulló.
Sin conocerle a fondo, intuí por qué Marcial odiaba a Darío del mismo modo que un viajero descubre un montículo de kilómetros de altura y sabe, de alguna manera, que lo que tiene delante es una montaña.
La retahíla de palabras sin sentido, escupidas sin piedad y masticadas por más encías que dientes y una verborrea a prueba de bombas, me venían a mi cabeza, ya de por sí inflada. En cualquier momento, sentí que podría salir flotando directo a la estratosfera. Y tendría la suerte de acabar alojado en el reactor de un avión.
Al principio, desconcertado como me hallaba, no dejé de preocuparme por lo que Darío ladraba (o cuaqueaba, o refunfuñaba…). Le preguntaba una y otra vez qué me estaba diciendo y en alguna ocasión conseguí descifrar sus sílabas. Como que había trabajado en un Simago, y que venía de un pueblo.
Tuve la sensación de estar en una parodia de Star Wars, con un chewaca pequeño, calvo, desdentado y plasta largando y largando sin descanso un esperanto atroz de palabras rotas y afiladas. Debió de tener una vida tan azarosa como un personaje de Tolstoi, pero ni le entendí ni, sinceramente, me importó un bledo.
Como en toda guerra, y charlar con Darío era toda una guerra a los sentidos y la lucidez, adopté un plan de batalla, consistente en sonreír y repetir aleatoriamente, “ajá”, “sí”, “¿no me digas?”, “no me lo puedo creer” y “mmh”. Lo hice con la esperanza de desconectar, pero en cuanto intentaba evadirme, Darío me perseguía hablando todavía más deprisa.
- Aguachipúlerelerelereleapuntamis tristaculpámismoasculuna guendelaesasouturneasmodeaotereteuas loraoricasmentimenticulpaspinohdejarteyuu.
De repente, desapareció. Cuando ya estaba respirando tranquilo, y suspirando por los treinta minutos que me quedaban de jornada, el hombre reapareció, trajeado, sonriente y todavía más hablador. En apenas cinco minutos dijo un más de un millar de sílabas y sólo entendí algo de un pueblo. Se iría al pueblo.
Nunca he deseado tanto que una persona tuviera su pueblo en una isla desierta.
Y Darío se marchó.
La media hora que restaba fue más agradable, aunque sólo fuera porque a Marcial, mientras se quejaba, se le podía entender. Se le separaban los ojos y se le dilataban las pupilas con cada protesta, pero lo hacía en castellano.
Luego mi turno acabó, y me alegré muchísimo de no tener que volver allí. Era el típico ejemplo que te pondría un cura para decirte que no peques de pereza: no había nada que hacer, pero TODO lo demás bastaba para volverte loco. Digo TODO porque Darío y Marcial eran las típicas personas capaces de llenar una habitación su presencia.
En fin, que ahora me doy cuenta de un error: antes dije que nunca había deseado que una persona tuviera su pueblo en una isla desierta. Es mentira. Lo que deseé, en el mismo momento en que crucé la puerta para no volver nunca más, es que Darío tuviese un pueblo en una isla desierta, y Marcial acabara naufragando allí.
Y que alguien me lo contara, porque malditas las ganas que tenía de verlo.
Seth Fortuyn
- ¿Sabes lo que más me revienta de aquí?
- No Marcial, ¿el qué? ¿Que no haya personal de limpieza, que se explote a los trabajadores?
- No. Darío, no sé si le conoces.
- Me temo que no tengo el placer – contesté suspirando. Por lo menos había empezado a quejarse de personas. Quizá, con algo de paciencia (pensé), puedo hacer que deje de hablar de odio.
Trabajando con nosotros, aparte de las otras dos chicas del DIA, la cajera, la encargada, Marcial y yo, estaban dos personas más. Un tipo estirado, que solía mirarme con asco, aunque sospecho que simplemente es que estaba medio bizco, y un vejete de metro sesenta, dentadura desgastada y la piel de la cara apergaminada y arrugada en grandes cordilleras de tanto sonreír. Ambos estaban reponiendo la fruta que tanto temía.
- ¿Qué pasa con el tal Darío? – dije, mientras nos dirigíamos al almacén a por más mercancía que colocar.
- Que es un plasta, el puto pesado. Se pasa todo el día hablando con los demás y no da ni palo al agua. Es un vago, eso es lo que pasa. De verdad, que me revienta que en vez de trabajar se ponga a hablar con el primero que pilla, sin parar.
En eso mismo estaba pensando yo, en Marcial largando sin parar. La parrafada que acabo de citar la dijo sin salir apenas a respirar. Debía tener por lo menos tres pulmones. Y un estómago bien fuerte.
- Espero que no me pille a mí – contesté. Me dije a mí mismo que ya tenía bastante con mi actual compañía, pero también me recomendé no comentarlo en voz alta.
- Si te pilla, ¡ja! No te suelta.
El caso es que la sensación me sonaba.
Apareció el hombrecillo de mirada espantosa, me dedicó uno de sus más exquisitos gestos de desprecio y se puso a hablar un momento con Marcial sobre lo que había que hacer en la tienda. Se me ocurrió que podría ser el tal Darío, dando la brasa como siempre, por lo que me quedé observando, a ver si empezaba algo interesante. Como cuando un rumano me preguntó en el anterior DIA si teníamos coca-colas y le repliqué que los chinos tenían la culpa; el tipo salió corriendo, jurando venganza. Lástima que no pude salir a la calle.
Empezaba a caerme muy mal Darío.
Al día siguiente, me cambié y suspiré por el día que tenía por delante. Deseaba quedarme en aquel sitio donde apenas se hacía algo. Llegué a preguntar cómo es que no venía camión ni nada de eso, alguna tarea pesada que conllevara otras tareas pesadas.
- Viene camión una vez a la semana.
Se me iluminaron los ojos, aunque no en el sentido estricto: si no, me quedaría ciego. Asentí con un gesto adusto y unas palabras de eficiencia forzada:
- Bueno, pues se hará lo que se pueda.
Comencé a trabajar y no tardó en aparecer Marcial para comerme la oreja. Diablos, ese tío SÍ que odiaba el mundo. Hay gente que se conforma con quejarse de las cosas mientras vive su propia vida; Marcial era de los que se conformaban con vivir mientras se quejaban de las cosas.
- Un día… ¡ja! – dijo en un tono seco, cortando el aire que había alrededor. Me alegré de no estar en el pasillo de la leche.
Hice lo mejor que pude hacer: con la excusa de trabajar me fui a la otra punta del local. Estuve frenteando un rato, apretándome con ambas manos las sienes para que todo el pus que me había transmitido Marcial saliera disparado.
Seguía embotado cuando apareció Darío. Y descubrí que me había equivocado: el pequeño vejete era Darío. El otro, sólo un gilipollas del que nunca me molesté en aprender su nombre.
- Aguachipú, lerelerelerele, apuntamiste ristaculpá mismoas culunaguendelaes, asouturneasmodeao, ¡requeteasbusnit! ¡guetal! – farfulló.
Sin conocerle a fondo, intuí por qué Marcial odiaba a Darío del mismo modo que un viajero descubre un montículo de kilómetros de altura y sabe, de alguna manera, que lo que tiene delante es una montaña.
La retahíla de palabras sin sentido, escupidas sin piedad y masticadas por más encías que dientes y una verborrea a prueba de bombas, me venían a mi cabeza, ya de por sí inflada. En cualquier momento, sentí que podría salir flotando directo a la estratosfera. Y tendría la suerte de acabar alojado en el reactor de un avión.
Al principio, desconcertado como me hallaba, no dejé de preocuparme por lo que Darío ladraba (o cuaqueaba, o refunfuñaba…). Le preguntaba una y otra vez qué me estaba diciendo y en alguna ocasión conseguí descifrar sus sílabas. Como que había trabajado en un Simago, y que venía de un pueblo.
Tuve la sensación de estar en una parodia de Star Wars, con un chewaca pequeño, calvo, desdentado y plasta largando y largando sin descanso un esperanto atroz de palabras rotas y afiladas. Debió de tener una vida tan azarosa como un personaje de Tolstoi, pero ni le entendí ni, sinceramente, me importó un bledo.
Como en toda guerra, y charlar con Darío era toda una guerra a los sentidos y la lucidez, adopté un plan de batalla, consistente en sonreír y repetir aleatoriamente, “ajá”, “sí”, “¿no me digas?”, “no me lo puedo creer” y “mmh”. Lo hice con la esperanza de desconectar, pero en cuanto intentaba evadirme, Darío me perseguía hablando todavía más deprisa.
- Aguachipúlerelerelereleapuntamis tristaculpámismoasculuna guendelaesasouturneasmodeaotereteuas loraoricasmentimenticulpaspinohdejarteyuu.
De repente, desapareció. Cuando ya estaba respirando tranquilo, y suspirando por los treinta minutos que me quedaban de jornada, el hombre reapareció, trajeado, sonriente y todavía más hablador. En apenas cinco minutos dijo un más de un millar de sílabas y sólo entendí algo de un pueblo. Se iría al pueblo.
Nunca he deseado tanto que una persona tuviera su pueblo en una isla desierta.
Y Darío se marchó.
La media hora que restaba fue más agradable, aunque sólo fuera porque a Marcial, mientras se quejaba, se le podía entender. Se le separaban los ojos y se le dilataban las pupilas con cada protesta, pero lo hacía en castellano.
Luego mi turno acabó, y me alegré muchísimo de no tener que volver allí. Era el típico ejemplo que te pondría un cura para decirte que no peques de pereza: no había nada que hacer, pero TODO lo demás bastaba para volverte loco. Digo TODO porque Darío y Marcial eran las típicas personas capaces de llenar una habitación su presencia.
En fin, que ahora me doy cuenta de un error: antes dije que nunca había deseado que una persona tuviera su pueblo en una isla desierta. Es mentira. Lo que deseé, en el mismo momento en que crucé la puerta para no volver nunca más, es que Darío tuviese un pueblo en una isla desierta, y Marcial acabara naufragando allí.
Y que alguien me lo contara, porque malditas las ganas que tenía de verlo.
Seth Fortuyn
El DIA de Iglesia
El DIA en el que yo estaba currando cerró por reformas. Apenas me dio tiempo a sentir nostalgia porque, afortunadamente, recordé lo mal que lo pasé allí, y me sentí extrañado de lo que empezaba a sentir por aquel lugar, donde no podía salir a la hora que me correspondía y trabajaba sin descanso; es como los buenos recuerdos de tus profesores cuando tienes cinco años, que te pones a pensar y ya no son tan buenos, a saber: te tiraban de las orejas, te gritaban y humillaban delante de toda la clase, te castigaban contra la pared…
Cuando entré en el nuevo comercio, aun sabiendo que estaría sólo dos días allí, tuve una extraña sensación. No me apetecía estar allí. Era como si me fuera a pasar la vida entre tiendas de limpieza insuficiente.
Sin embargo, todo parecía perfecto en aquel lugar. El espacio era amplio, sin demasiadas estanterías, y por lo tanto más fácil de recoger, y limpio, y eso sí que me llamó la atención. Contemplé con horror la frutería, pues yo había trabajado antes de frutero y me entraban sudores fríos viendo su amplitud. Continué hasta que vi a la encargada, una mujer de mediana edad y tono suave, vestida con el traje de elfo mayor característico de la empresa.
- Hola, soy el nuevo – dije, tímidamente.
- Muy bien, te estábamos esperando. Pasa a la oficina a cambiarte y cuando salgas te explico, ¿de acuerdo? – replicó sin apartar la vista de las estanterías que estaba frenteando. Frentear es colocar la mercancía alineada con el borde de la estantería.
Abrí la puerta de la oficina tan tembloroso, que las bisagras sonaron con un tono de disculpa. Dos días y me iría. Sólo dos días.
Un cambio de ropa después, me uní al alegre gremio de los ayudantes de Santa Claus. Busqué a la señora Noel, y di con ella en la entrada, donde daba la bienvenida a otro par de supervivientes de la tienda de la que yo venía: una chica delgada, con coletas y pelo negro, bien parecida y poco amiga de los desodorantes, y una mujer de metro y medio, sudamericana y regordeta que endulzaba la mitad de las palabras que salían por su boca. Las dos fueron a cambiarse y me quedé con la jefa, esperando órdenes.
- Ponte con Marcial, que está en el almacén buscando algún combi que sacar – los combis son armatostes metálicos donde viene la mercancía -. Aunque no hay mucho que hacer, aparte de frentear: no es que esta tienda venda mucho.
Asentí sobrio, si bien por dentro estaba contento como un ratón con su queso. No había mucho trabajo. Palabras mágicas capaces de infundir ánimo en el trabajador.
Busqué entonces al tal Marcial, y no fue difícil localizarle, bastaba con escuchar un poco y localizar una queja. Marcial también venía de los supermercados Champion, pero no se lo tomaba con la misma filosofía que yo.
- Estos de DIA son unos mierdas – fue lo primero que me dijo.
- Ya – contesté yo, sin tener muchas opciones para responder -. Yo vengo del Champion y ni punto de comparación.
- Pues como yo. Por eso digo que esto es una mierda.
Al menos tenía algo de que hablar con mi compañero, y poder evitar de ese modo la soledad. En una ciudad de cinco millones de habitantes censados, y varios millares a los que no se tiene en cuenta, es fácil sentirse solo. Basta con notar la relación. Todos contra uno. Pero había algo que no me gustaba de ese tipo.
Dos horas hablando con él, y trabajando poco a poco, me acabaron dando la razón. Estábamos hablando del cambio de empresa cuando me dijo:
- Te lo juro. Un día me voy a hartar, y se van a cagar.
Tragué saliva.
- De verdad, se enterarán de lo que es bueno.
Volví a tragar saliva. Casi podía bebérmela.
Y ése fue el principal motivo por el que quise irme del DIA situado cerca del Metro de Iglesia: Marcial tenía la pinta de ser de ese tipo de gente que sólo necesita una escopeta y un revólver con una bala en la recámara para montarse una gran fiesta de despedida.
Apenas había acabado mi jornada. Para cuando pasaran los dos días, tendría más motivos para salir corriendo.
Cuando entré en el nuevo comercio, aun sabiendo que estaría sólo dos días allí, tuve una extraña sensación. No me apetecía estar allí. Era como si me fuera a pasar la vida entre tiendas de limpieza insuficiente.
Sin embargo, todo parecía perfecto en aquel lugar. El espacio era amplio, sin demasiadas estanterías, y por lo tanto más fácil de recoger, y limpio, y eso sí que me llamó la atención. Contemplé con horror la frutería, pues yo había trabajado antes de frutero y me entraban sudores fríos viendo su amplitud. Continué hasta que vi a la encargada, una mujer de mediana edad y tono suave, vestida con el traje de elfo mayor característico de la empresa.
- Hola, soy el nuevo – dije, tímidamente.
- Muy bien, te estábamos esperando. Pasa a la oficina a cambiarte y cuando salgas te explico, ¿de acuerdo? – replicó sin apartar la vista de las estanterías que estaba frenteando. Frentear es colocar la mercancía alineada con el borde de la estantería.
Abrí la puerta de la oficina tan tembloroso, que las bisagras sonaron con un tono de disculpa. Dos días y me iría. Sólo dos días.
Un cambio de ropa después, me uní al alegre gremio de los ayudantes de Santa Claus. Busqué a la señora Noel, y di con ella en la entrada, donde daba la bienvenida a otro par de supervivientes de la tienda de la que yo venía: una chica delgada, con coletas y pelo negro, bien parecida y poco amiga de los desodorantes, y una mujer de metro y medio, sudamericana y regordeta que endulzaba la mitad de las palabras que salían por su boca. Las dos fueron a cambiarse y me quedé con la jefa, esperando órdenes.
- Ponte con Marcial, que está en el almacén buscando algún combi que sacar – los combis son armatostes metálicos donde viene la mercancía -. Aunque no hay mucho que hacer, aparte de frentear: no es que esta tienda venda mucho.
Asentí sobrio, si bien por dentro estaba contento como un ratón con su queso. No había mucho trabajo. Palabras mágicas capaces de infundir ánimo en el trabajador.
Busqué entonces al tal Marcial, y no fue difícil localizarle, bastaba con escuchar un poco y localizar una queja. Marcial también venía de los supermercados Champion, pero no se lo tomaba con la misma filosofía que yo.
- Estos de DIA son unos mierdas – fue lo primero que me dijo.
- Ya – contesté yo, sin tener muchas opciones para responder -. Yo vengo del Champion y ni punto de comparación.
- Pues como yo. Por eso digo que esto es una mierda.
Al menos tenía algo de que hablar con mi compañero, y poder evitar de ese modo la soledad. En una ciudad de cinco millones de habitantes censados, y varios millares a los que no se tiene en cuenta, es fácil sentirse solo. Basta con notar la relación. Todos contra uno. Pero había algo que no me gustaba de ese tipo.
Dos horas hablando con él, y trabajando poco a poco, me acabaron dando la razón. Estábamos hablando del cambio de empresa cuando me dijo:
- Te lo juro. Un día me voy a hartar, y se van a cagar.
Tragué saliva.
- De verdad, se enterarán de lo que es bueno.
Volví a tragar saliva. Casi podía bebérmela.
Y ése fue el principal motivo por el que quise irme del DIA situado cerca del Metro de Iglesia: Marcial tenía la pinta de ser de ese tipo de gente que sólo necesita una escopeta y un revólver con una bala en la recámara para montarse una gran fiesta de despedida.
Apenas había acabado mi jornada. Para cuando pasaran los dos días, tendría más motivos para salir corriendo.
El gafe
Llovía como si no fuera a llover nunca más, era el maldito Diluvio Universal. Acababa de salir del trabajo y por una vez, tenía un paraguas bajo el que protegerme; los días anteriores el paraguas siempre se me olvidaba en casa, o lo dejaba pensando que no caería ni una gota. Podré valer para cien tareas estúpidas, pero imposible la de zahorí.
Como pasa siempre con los paraguas, uno nunca se libra del todo del agua. Los pantalones empezaron a calárseme y el viento hacía que las gotas esquivaran el paraguas y se estrellaran alegremente contra mi cuerpo. La gente no se molestaba en esquivarme, y se formaban colas en las calles estrechas para poder pasar todos bien secos. Quise tirar aquel alambre cubierto de tela, pero tenía dos libros en los bolsillos de la cazadora y me daba pena que se mojaran.
Llegué a la parada del autobús. No había nadie, y eso me gustó. Me encantan las personas, pero odio a la gente; una enfermedad común en una urbe llena de almas desesperadas por sobrevivir, que no vivir. Quedaban cinco minutos para que se inaugurara el servicio nocturno que sustituye al metro, así que me quedé de pie, con el paraguas plegado, al solaz de la parada. Iluso de mí, pensaba estar en casa en veinte minutos.
Un par de minutos después, llegó un hombre con un paraguas enorme. Al principio no le di importancia, pero no tardó en inquietarme el hecho de que no cerrara el paraguas bajo el techo de la parada. Por si no fuera suficiente, el hombre miraba en dirección contraria al tráfico, por lo que se chocaba con los ocasionales vistazos que echaba a la carretera para comprobar la llegada del bus. La cara le cambió. Parecía enfadarse más y más, pero no le hice caso.
Luego apareció una pareja, la cual inició una charla ligera con el hombre acerca de su enorme paraguas; el tipo empezó a hincharse como una paloma que hubiera comido un alka sheltzer, y a sonreír de forma estúpida y triunfal hacia mí. Hasta esperando el autobús te encuentras con una competición de pollas, pensé.
A los diez minutos, un escuálido personaje embutido en ropas negras y ajustadas hizo su aparición, sin nada con lo que protegerse y con gesto de dolor constante. Era fácil, imaginarle bajo las ruedas de un coche o en un pulmón de acero. Seguí a lo mío, que era desesperarme y desear que los políticos dejaran el coche oficial y compartieran el transporte público con la plebe. Nunca funcionaría: jamás sabrían usar un ticket de metro. Preguntarían: ¿Y esto lo uso yo o mi chofer?
El reloj daba vueltas y el minutero escupía minutos con la misma facilidad con que el cielo nos escupía a nosotros. Había seis personas en la parada, apiñadas como náufragos en una isla desierta, y de cuando en cuando surgían charlas ligeras, sobre la lluvia o el tamaño de los paraguas: el hombre volvió a sonreír estúpidamente en mi dirección; por mi parte, intenté hablar de otra cosa que no fuera lluvia, pero no se me ocurrió nada y pensé que tampoco me harían mucho caso. Uno ya no puede luchar ni contra las conversaciones intrascendentes. Y entonces, con veinte minutos de retraso, el pellejo de negro se dirigió al resto con ademanes de actor de teatro.
- Les voy a hacer un gran favor a todos ustedes – sentenció. El dolor en su rostro se vio solapado por una sonrisa de caballerosidad. El tipo creía en serio que nos estaba ayudando -. Me voy, y SEGURO que el autobús que esperan no tardará en aparecer.
Se adentró en la lluvia y giró una esquina próxima, encogiéndose poco a poco como si el agua le empequeñeciera. Le tomamos por loco, y la charla ligera encontró un nuevo tema con el que sobrevivir.
A los treinta segundos, la lluvia arreció, y el estruendo del agua chocando contra todo lo que alcanzaba la vista inundaba mis oídos. El olor a mojado se incrementó, al igual que un aire frío y casi palpable en su humedad. Consideré el hacerme una piragua con un par de cartones para volver a casa.
A los sesenta segundos, apareció el autobús. Aquel hombre no era un loco, era un gafe. Me senté cerca de la puerta y miré a través de la ventana, sin ver nada. Al fin volvería a casa. Un buen gafe, sí. Mi cabeza comenzó a imaginarse gilipolleces como que el pellejudo lavaba el coche en Murcia y cosas así, y el autobús arrancó.
De repente, oí un par de golpes, unos gritos desesperados, y encontré la fuente en el gafe al que daba por ahogado: como si pretendiera engañar el destino, había simulado que se iba. Ahora corría, sin éxito, paralelo al autobús. Pocos metros más adelante, resbaló con algo y cayó al suelo, y lo último que vi fue su cuerpo inerte en el suelo, alejándose más y más…
Vaya loco, pensé. Y la lluvia amainó.
Seth Fortuyn, de nuevo en la calle por cuarta vez
Como pasa siempre con los paraguas, uno nunca se libra del todo del agua. Los pantalones empezaron a calárseme y el viento hacía que las gotas esquivaran el paraguas y se estrellaran alegremente contra mi cuerpo. La gente no se molestaba en esquivarme, y se formaban colas en las calles estrechas para poder pasar todos bien secos. Quise tirar aquel alambre cubierto de tela, pero tenía dos libros en los bolsillos de la cazadora y me daba pena que se mojaran.
Llegué a la parada del autobús. No había nadie, y eso me gustó. Me encantan las personas, pero odio a la gente; una enfermedad común en una urbe llena de almas desesperadas por sobrevivir, que no vivir. Quedaban cinco minutos para que se inaugurara el servicio nocturno que sustituye al metro, así que me quedé de pie, con el paraguas plegado, al solaz de la parada. Iluso de mí, pensaba estar en casa en veinte minutos.
Un par de minutos después, llegó un hombre con un paraguas enorme. Al principio no le di importancia, pero no tardó en inquietarme el hecho de que no cerrara el paraguas bajo el techo de la parada. Por si no fuera suficiente, el hombre miraba en dirección contraria al tráfico, por lo que se chocaba con los ocasionales vistazos que echaba a la carretera para comprobar la llegada del bus. La cara le cambió. Parecía enfadarse más y más, pero no le hice caso.
Luego apareció una pareja, la cual inició una charla ligera con el hombre acerca de su enorme paraguas; el tipo empezó a hincharse como una paloma que hubiera comido un alka sheltzer, y a sonreír de forma estúpida y triunfal hacia mí. Hasta esperando el autobús te encuentras con una competición de pollas, pensé.
A los diez minutos, un escuálido personaje embutido en ropas negras y ajustadas hizo su aparición, sin nada con lo que protegerse y con gesto de dolor constante. Era fácil, imaginarle bajo las ruedas de un coche o en un pulmón de acero. Seguí a lo mío, que era desesperarme y desear que los políticos dejaran el coche oficial y compartieran el transporte público con la plebe. Nunca funcionaría: jamás sabrían usar un ticket de metro. Preguntarían: ¿Y esto lo uso yo o mi chofer?
El reloj daba vueltas y el minutero escupía minutos con la misma facilidad con que el cielo nos escupía a nosotros. Había seis personas en la parada, apiñadas como náufragos en una isla desierta, y de cuando en cuando surgían charlas ligeras, sobre la lluvia o el tamaño de los paraguas: el hombre volvió a sonreír estúpidamente en mi dirección; por mi parte, intenté hablar de otra cosa que no fuera lluvia, pero no se me ocurrió nada y pensé que tampoco me harían mucho caso. Uno ya no puede luchar ni contra las conversaciones intrascendentes. Y entonces, con veinte minutos de retraso, el pellejo de negro se dirigió al resto con ademanes de actor de teatro.
- Les voy a hacer un gran favor a todos ustedes – sentenció. El dolor en su rostro se vio solapado por una sonrisa de caballerosidad. El tipo creía en serio que nos estaba ayudando -. Me voy, y SEGURO que el autobús que esperan no tardará en aparecer.
Se adentró en la lluvia y giró una esquina próxima, encogiéndose poco a poco como si el agua le empequeñeciera. Le tomamos por loco, y la charla ligera encontró un nuevo tema con el que sobrevivir.
A los treinta segundos, la lluvia arreció, y el estruendo del agua chocando contra todo lo que alcanzaba la vista inundaba mis oídos. El olor a mojado se incrementó, al igual que un aire frío y casi palpable en su humedad. Consideré el hacerme una piragua con un par de cartones para volver a casa.
A los sesenta segundos, apareció el autobús. Aquel hombre no era un loco, era un gafe. Me senté cerca de la puerta y miré a través de la ventana, sin ver nada. Al fin volvería a casa. Un buen gafe, sí. Mi cabeza comenzó a imaginarse gilipolleces como que el pellejudo lavaba el coche en Murcia y cosas así, y el autobús arrancó.
De repente, oí un par de golpes, unos gritos desesperados, y encontré la fuente en el gafe al que daba por ahogado: como si pretendiera engañar el destino, había simulado que se iba. Ahora corría, sin éxito, paralelo al autobús. Pocos metros más adelante, resbaló con algo y cayó al suelo, y lo último que vi fue su cuerpo inerte en el suelo, alejándose más y más…
Vaya loco, pensé. Y la lluvia amainó.
Seth Fortuyn, de nuevo en la calle por cuarta vez





