Ahogar al pez que no bebe en el río
A Marcos Beltrán no le gustaba nada la Navidad, y cada año menos. Lo que empezaba siendo una picazón molesta acababa en una conducta irritable ante las numerosas señales de la época: esos Papá Noel colgados de los balcones, como niños ahorcados por haberse portado mal; esas sonrisas tan vacías, con gente en su interior gritando de angustia, golpeando los barrotes de los dientes; Reyes Magos demenciales bajo cuyas túnicas y betún se encontraban alcohólicos y adictos al juego y a la mano floja; esa demencia consumista que consumía a mayores y pequeños por igual.
No había manera. Cada año empezaba antes, aunque siempre acababa por las mismas fechas; un pequeño consuelo, hasta que se sacaran alguna estupidez que poder enlazar con San Valentín.
Sin embargo, este año Marcos tenía un plan. Unirse a la Navidad, por una vez, y usarla para sus propios fines: vestido con ropa interior amarilla, y dada del revés, para cumplir su deseo; con cada uva que pensaba comerse, de las cuales seis son amarillas y seis moradas, repetiría el mismo deseo; y por si acaso todo aquello funcionaba, dinero en los zapatos para asegurarse dinero y una vela azul encendida para conseguir paz. Las campanadas estaban a punto de comenzar.
Cuartos…
¡DONG!
Marcos empezó a comer las uvas atropelladamente, deseando con todas sus fuerzas que todas las personas del mundo que disfrutan y hacen la Navidad desaparecieran. Se evaporaran, sin dejar rastro ni recuerdo.
Y con la última campanada Marcos quedó borrado de la existencia. Oyera quien oyese sus palabras, consideraba más práctico, aunque menos ético, eliminar a una persona que odiaba lo que le rodeaba que a las millones de personas que conformaban el entorno.
Pero no todo son malas noticias en esta historia: por una vez, si Marcos siguiera existiendo claro, podría decir sin género de dudas o paranoias que la gente estaba celebrando la Navidad a su costa.
Seth Fortuyn - A mí no me miréis, que a mí me gusta la Navidad.
No había manera. Cada año empezaba antes, aunque siempre acababa por las mismas fechas; un pequeño consuelo, hasta que se sacaran alguna estupidez que poder enlazar con San Valentín.
Sin embargo, este año Marcos tenía un plan. Unirse a la Navidad, por una vez, y usarla para sus propios fines: vestido con ropa interior amarilla, y dada del revés, para cumplir su deseo; con cada uva que pensaba comerse, de las cuales seis son amarillas y seis moradas, repetiría el mismo deseo; y por si acaso todo aquello funcionaba, dinero en los zapatos para asegurarse dinero y una vela azul encendida para conseguir paz. Las campanadas estaban a punto de comenzar.
Cuartos…
¡DONG!
Marcos empezó a comer las uvas atropelladamente, deseando con todas sus fuerzas que todas las personas del mundo que disfrutan y hacen la Navidad desaparecieran. Se evaporaran, sin dejar rastro ni recuerdo.
Y con la última campanada Marcos quedó borrado de la existencia. Oyera quien oyese sus palabras, consideraba más práctico, aunque menos ético, eliminar a una persona que odiaba lo que le rodeaba que a las millones de personas que conformaban el entorno.
Pero no todo son malas noticias en esta historia: por una vez, si Marcos siguiera existiendo claro, podría decir sin género de dudas o paranoias que la gente estaba celebrando la Navidad a su costa.
Seth Fortuyn - A mí no me miréis, que a mí me gusta la Navidad.





