El libro de los cabrones
El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención; físicamente, el volumen era un montón de cuero avejentado y mohoso, y las páginas amarillas como orín. Un par de pasos detrás de mí, el dependiente reía en voz queda, como si estuviera prohibido hacerlo en un lugar tan serio como su tienda.
- Viejo, ¿cuánto es el libro? – le pregunté. Señalé el puñado de páginas que trataban de correr por separado en mis manos.
- Je, je, je… sabía que vendrías a por él. Está escrito – dijo, con ese sentido del humor que caracteriza a los que no tienen sentido del humor, y hacen un chiste sin tener ni puta gracia, cuando ellos se parten de risa por dentro. Dejó ver el solitario archipiélago de dientes que nadaba a la deriva en el agitado mar de sus encías, aunque de vez en cuando se tapaba la boca con sus viejos guantes de lana, casi tatuados a su piel.
- Va, va, va… ¿entonces por cuánto lo compro? –contesté sin paciencia -. ¿Eso también está escrito, no? Espero que valga menos euros que dientes hay en tu boca.
Se calló por un momento. Me puso mala cara, tal y como esperaba, y se encaminó a la caja. La tienda estaba llena de películas VHS, discos viejos, algún que otro póster y un par de cuadros pintados por una mente infantil atrapada en los torpes dedos de un hombre viejo. Miré alrededor distraído, y luego mis ojos se posaron en la caja registradora, y en el pequeño hueco de debajo lleno de billetes.
- ¿Tienes muchas ventas, no? – pregunté, por decir algo. Agarré mi supuesta adquisición por el lomo, con fuerza, para probar la consistencia de la encuadernación.
- Vendo libros viejos. Hay coleccionistas. Rellena lo que ocurre si eres tan listo…
- Sí – puso cara de esperanzado, como si estuviera empezando a comprender su oficio y no sólo su déficit dental -, que hay gente a la que le sobra el dinero.
- Un libro – arguyó a la desesperada – es un amigo, un confidente… es papel transmutado en oro y vino que nunca se pica. Es una ayuda y un arma para la humanidad. Es historia antigua, presente… y futura – y volvió a reírse. Me estaba poniendo de los nervios.
- Calla ya, hostias – harto del numerito, tiré el libro de mi mano, saqué la pistola y apunté al viejo con ella -. ¡Ahora dame toda la pasta, YA!
Sin perder la compostura, sacó a puñados los billetes de la caja, los del hueco, y un gran libro de debajo del mostrador.
- El resto del dinero está dentro – dijo ufano, mientras levantaba las manos. Así pudo hacer ver que no haría ninguna tontería.
Mi vista siguió fija en él, por si tenía algún truco en la manga, y dirigí mi mano al viejo libro que me había colocado. Abrí las tapas con cuidado, y al pasar las hojas no descubrí ni un billete; sólo conseguí un ligero escozor en los dedos.
De repente, mi cuerpo se atenazó y solté el arma. Me puse de rodillas, incapaz de soportar el dolor que se acumulaba en mi cuerpo, y el viejo se acercó, riéndose de nuevo. Odié esa risa, y la odiaré para siempre. Vino y me dijo:
- Son un arma. Pueden adiestrar la mente, o envenenar a quien lo merece – y cogió el libro que había captado mi atención al principio, y me lo acercó a la cara -. Y si alguien sabe el futuro, puede transmitirlo. Por ejemplo, puede hablar del asesinato de un viejo librero… y de cómo podría reaccionar éste en consecuencia para evitarlo. Cómo envenenar unas hojas. Cómo devorar a tus enemigos.
El dolor siguió retorciéndome por dentro, pero una leve sensación de alivio se produjo con el libro cerca de mí. Tardé demasiado en darme cuenta de que esto era así porque estaba devorando mi alma. Leyéndome, y asimilándome en su interior.
- Los libros, en definitiva, son una extensión de nosotros mismos. Buen viaje, gilipollas.
Mi vida acabó convertida en páginas, y mi final es éste: ser un capítulo más en “Los que intentaron joderme”. Curioso título.
Y os digo por experiencia que no somos pocos capítulos aquí dentro.
- Viejo, ¿cuánto es el libro? – le pregunté. Señalé el puñado de páginas que trataban de correr por separado en mis manos.
- Je, je, je… sabía que vendrías a por él. Está escrito – dijo, con ese sentido del humor que caracteriza a los que no tienen sentido del humor, y hacen un chiste sin tener ni puta gracia, cuando ellos se parten de risa por dentro. Dejó ver el solitario archipiélago de dientes que nadaba a la deriva en el agitado mar de sus encías, aunque de vez en cuando se tapaba la boca con sus viejos guantes de lana, casi tatuados a su piel.
- Va, va, va… ¿entonces por cuánto lo compro? –contesté sin paciencia -. ¿Eso también está escrito, no? Espero que valga menos euros que dientes hay en tu boca.
Se calló por un momento. Me puso mala cara, tal y como esperaba, y se encaminó a la caja. La tienda estaba llena de películas VHS, discos viejos, algún que otro póster y un par de cuadros pintados por una mente infantil atrapada en los torpes dedos de un hombre viejo. Miré alrededor distraído, y luego mis ojos se posaron en la caja registradora, y en el pequeño hueco de debajo lleno de billetes.
- ¿Tienes muchas ventas, no? – pregunté, por decir algo. Agarré mi supuesta adquisición por el lomo, con fuerza, para probar la consistencia de la encuadernación.
- Vendo libros viejos. Hay coleccionistas. Rellena lo que ocurre si eres tan listo…
- Sí – puso cara de esperanzado, como si estuviera empezando a comprender su oficio y no sólo su déficit dental -, que hay gente a la que le sobra el dinero.
- Un libro – arguyó a la desesperada – es un amigo, un confidente… es papel transmutado en oro y vino que nunca se pica. Es una ayuda y un arma para la humanidad. Es historia antigua, presente… y futura – y volvió a reírse. Me estaba poniendo de los nervios.
- Calla ya, hostias – harto del numerito, tiré el libro de mi mano, saqué la pistola y apunté al viejo con ella -. ¡Ahora dame toda la pasta, YA!
Sin perder la compostura, sacó a puñados los billetes de la caja, los del hueco, y un gran libro de debajo del mostrador.
- El resto del dinero está dentro – dijo ufano, mientras levantaba las manos. Así pudo hacer ver que no haría ninguna tontería.
Mi vista siguió fija en él, por si tenía algún truco en la manga, y dirigí mi mano al viejo libro que me había colocado. Abrí las tapas con cuidado, y al pasar las hojas no descubrí ni un billete; sólo conseguí un ligero escozor en los dedos.
De repente, mi cuerpo se atenazó y solté el arma. Me puse de rodillas, incapaz de soportar el dolor que se acumulaba en mi cuerpo, y el viejo se acercó, riéndose de nuevo. Odié esa risa, y la odiaré para siempre. Vino y me dijo:
- Son un arma. Pueden adiestrar la mente, o envenenar a quien lo merece – y cogió el libro que había captado mi atención al principio, y me lo acercó a la cara -. Y si alguien sabe el futuro, puede transmitirlo. Por ejemplo, puede hablar del asesinato de un viejo librero… y de cómo podría reaccionar éste en consecuencia para evitarlo. Cómo envenenar unas hojas. Cómo devorar a tus enemigos.
El dolor siguió retorciéndome por dentro, pero una leve sensación de alivio se produjo con el libro cerca de mí. Tardé demasiado en darme cuenta de que esto era así porque estaba devorando mi alma. Leyéndome, y asimilándome en su interior.
- Los libros, en definitiva, son una extensión de nosotros mismos. Buen viaje, gilipollas.
Mi vida acabó convertida en páginas, y mi final es éste: ser un capítulo más en “Los que intentaron joderme”. Curioso título.
Y os digo por experiencia que no somos pocos capítulos aquí dentro.
Ajustable (4º y última parte)
Cada una de las acometidas de Fernando estremecía el interior de Pilar, quien no sabía qué hacer. Por un lado, tenía ganas de salir de allí, vestirse y huir, olvidar aquella locura de crecimiento sin fin; por el otro, sentía que era un reto que tenía que superar. Así que se llevó las manos a la cabeza, tapándose los oídos mientras su compañero gruñía encima de ella.
En cuanto a Fernando, estaba más que satisfecho. La chica seguía haciendo música con su sexo, y si antes había manejado su polla como un instrumento de viento y a la vez de percusión, la sensación actual era semejante a la de un instrumento de cuerda, un violín. La verga era a la vez arco y puente, produciendo y recibiendo placer al mismo tiempo, mientras Pilar vibraba de placer.
De repente, un breve e intenso mareo sacudió a Fernando, y supo que estaba a punto de correrse. Su excitación no parecía tener límites, y por tanto su pene siguió creciendo y creciendo, absorbiendo sangre, robándosela casi, hasta tal punto que sintió que podía llegar a morir de hipovolemia. Su pulso se aceleró. Y sin embargo, el susto no disminuyó su libido, muy al contrario: pareció encontrar excitante que la sangre entrara en el cuerpo cavernoso del pene, sin encontrar una salida a través de las venas.
En cuanto a Pilar, llegó un punto en que no pudo más. Paró en seco los movimientos circulares con la pelvis, detuvo a Fernando y le gritó:
- ¡Sal, por Dios! ¡Vas a matarme!
Pero Fernando no le hizo caso. Estaba demasiado ocupado. Tenía un plan.
- ¡Para cabrón! – dijo Pilar. El pene crecía y crecía, y sentía una enorme presión en su interior que superaba la incomodidad para convertirse en un calvario. Sus labios estaban a punto de desgarrarse -. ¡Por favor, te lo suplico! ¡¡Para!! – gimió.
- No… n-no puedo – contestó Fernando, ahíto de sexo y, aún así, embistiendo sin control - ¡No baja! – chilló desesperado.
- ¿¡Qué!? – preguntó preocupada Pilar. Y si hubiera podido ver a través de su vientre, habría encontrado un motivo para preocuparse.
- Yo… me fallan las fuerzas, pero esto sigue creciendo y… ¡joder, la única solución es que me corra! ¡Entonces se me bajará!
La joven puta escuchó la declaración e intentó, en primer lugar, desacoplarse. Le fue imposible. Su propio miedo atenazaba el miembro de su cliente y los dejaba a ambos unidos. Así fue como tomó la decisión de moverse como nunca había hecho, hilar la más preciosa de las melodías de cuantas había tocado con su coño, con tal de librarse de la situación. Y mientras, Fernando se lamentaba por creer a alguien como el Diablo. Es un tipo experto en darte lo que deseas sin ser realmente lo que quieres, pensó amargamente, y sentenció en voz alta:
- Cuando tomas sopa con el diablo, deber tener una cuchara muy larga.
Rió con apenas un hálito de vida.
- Larga… jeh… muy larga – su vida se escapaba de entre sus dedos mientras alimentaba a la poderosa herramienta con la que taladraba a la chica - ¡No! Mejor… ajustable…
Dicho esto, percibió un inmenso dolor en su polla. El límite de la carne, aquel donde no puede más y se desgarra como tela avejentada por la lejía, había sido alcanzado. Había llegado, al fin, el clímax, pero no sobreviviría a él.
Ninguno de los dos.
Su pene sufrió un desgarro desde la base hasta la punta de la piel, que no pudo contener la contínua hinchazón del cuerpo cavernoso. Éste siguió expandiéndose, sin la piel dándole forma, hasta llegar a su propio límite.
Ambos chillaron, de dolor y de placer. De vidas rotas y orgasmos cumplidos, solapados por la promesa de una muerte segura.
El resultado fue una explosión de su verga que hizo trizas el interior de Pilar. Ella acabó con su interior hecho papilla, y él murió desangrado casi al instante, acostado en los pechos firmes de su pareja.
Y en algún lugar del Universo, el Diablo se la meneaba, pensando en lo divertido que era joder a los humanos.
En cuanto a Fernando, estaba más que satisfecho. La chica seguía haciendo música con su sexo, y si antes había manejado su polla como un instrumento de viento y a la vez de percusión, la sensación actual era semejante a la de un instrumento de cuerda, un violín. La verga era a la vez arco y puente, produciendo y recibiendo placer al mismo tiempo, mientras Pilar vibraba de placer.
De repente, un breve e intenso mareo sacudió a Fernando, y supo que estaba a punto de correrse. Su excitación no parecía tener límites, y por tanto su pene siguió creciendo y creciendo, absorbiendo sangre, robándosela casi, hasta tal punto que sintió que podía llegar a morir de hipovolemia. Su pulso se aceleró. Y sin embargo, el susto no disminuyó su libido, muy al contrario: pareció encontrar excitante que la sangre entrara en el cuerpo cavernoso del pene, sin encontrar una salida a través de las venas.
En cuanto a Pilar, llegó un punto en que no pudo más. Paró en seco los movimientos circulares con la pelvis, detuvo a Fernando y le gritó:
- ¡Sal, por Dios! ¡Vas a matarme!
Pero Fernando no le hizo caso. Estaba demasiado ocupado. Tenía un plan.
- ¡Para cabrón! – dijo Pilar. El pene crecía y crecía, y sentía una enorme presión en su interior que superaba la incomodidad para convertirse en un calvario. Sus labios estaban a punto de desgarrarse -. ¡Por favor, te lo suplico! ¡¡Para!! – gimió.
- No… n-no puedo – contestó Fernando, ahíto de sexo y, aún así, embistiendo sin control - ¡No baja! – chilló desesperado.
- ¿¡Qué!? – preguntó preocupada Pilar. Y si hubiera podido ver a través de su vientre, habría encontrado un motivo para preocuparse.
- Yo… me fallan las fuerzas, pero esto sigue creciendo y… ¡joder, la única solución es que me corra! ¡Entonces se me bajará!
La joven puta escuchó la declaración e intentó, en primer lugar, desacoplarse. Le fue imposible. Su propio miedo atenazaba el miembro de su cliente y los dejaba a ambos unidos. Así fue como tomó la decisión de moverse como nunca había hecho, hilar la más preciosa de las melodías de cuantas había tocado con su coño, con tal de librarse de la situación. Y mientras, Fernando se lamentaba por creer a alguien como el Diablo. Es un tipo experto en darte lo que deseas sin ser realmente lo que quieres, pensó amargamente, y sentenció en voz alta:
- Cuando tomas sopa con el diablo, deber tener una cuchara muy larga.
Rió con apenas un hálito de vida.
- Larga… jeh… muy larga – su vida se escapaba de entre sus dedos mientras alimentaba a la poderosa herramienta con la que taladraba a la chica - ¡No! Mejor… ajustable…
Dicho esto, percibió un inmenso dolor en su polla. El límite de la carne, aquel donde no puede más y se desgarra como tela avejentada por la lejía, había sido alcanzado. Había llegado, al fin, el clímax, pero no sobreviviría a él.
Ninguno de los dos.
Su pene sufrió un desgarro desde la base hasta la punta de la piel, que no pudo contener la contínua hinchazón del cuerpo cavernoso. Éste siguió expandiéndose, sin la piel dándole forma, hasta llegar a su propio límite.
Ambos chillaron, de dolor y de placer. De vidas rotas y orgasmos cumplidos, solapados por la promesa de una muerte segura.
El resultado fue una explosión de su verga que hizo trizas el interior de Pilar. Ella acabó con su interior hecho papilla, y él murió desangrado casi al instante, acostado en los pechos firmes de su pareja.
Y en algún lugar del Universo, el Diablo se la meneaba, pensando en lo divertido que era joder a los humanos.
Ajustable (3º Parte)
Llamaron a la puerta, con un sonido que conseguía transmitir timidez. Fernando dejó lo que se traía entre manos, en ese momento de algo más que un palmo, se lo guardó en el pantalón y caminó hacia la puerta, rebosando confianza en sí mismo; antes de abrir, comprobó en su cartera que había dinero suficiente, y se colocó una gran sonrisa en la cara.
Al otro lado estaba la tal Pilar. En la veintena, tenía el pelo de color negro azulado, con una cara de niña asomando bajo un inquieto flequillo asimétrico. No tenía anillos ni alhajas ni tatuajes, e iba vestida con una blusa verde y una falda vaquera desgastada, rematado el conjunto con un pequeño bolso negro y unas botas de caña alta negras y lisas. Su cuerpo, de metro sesenta, transmitía el mismo aire infantil que el rostro, salvo por los pechos, abultados y muy firmes u operados; las piernas eran robustas, y al caminar se la marcaban algunos de los músculos bajo la falda; el culo era redondo y respingón. En definitiva, transmitía una idea de carnalidad, de sexo, irrefenable.
Pilar entró como una ráfaga de aire caliente, dejando rápidamente la puerta atrás y tocando el paquete de Fernando por el camino. Fue hasta el salón y se sentó en uno de los sofás de viejo cuero, con las piernas bien abiertas para lucir que no llevaba bragas.
- ¿Cuándo empezamos? – dijo, con la misma confianza que su cliente sentía en su interior.
- Cuando quieras – contestó Fernando, y se bajó los pantalones.
Caminó como pudo, los pantalones en los tobillos, hasta la joven puta, y le colocó la entrepierna delante de la boca. Ésta no dudó en agarrarle el miembro, y masajearlo hasta que alcanzara una media erección. No lucía muy grande, pero Fernando sabía que con el tiempo, aquella joven se llevaría una sorpresa…
Un minuto después, él estaba tumbado en el sofá, ella de cuclillas enfrente, el pene alojado en su boca. Y entonces, Fernando descubrió que el anuncio no se mentía, y que aquella chica SABÍA tocar música con el pene. Era cuestión de talento, más que de práctica; eso, o que Pilar lo había hecho tantas veces que la técnica entró a formar parte de sí misma, de su alma. El caso es que, tomando como DO la base del pene, y un DO agudo para la punta del glande, la fulana se montaba su propio pentagrama en su cabeza, con un DO más grave si venía acompañado de una presión en los testículos y uno más agudo si los pellizcaba. Las corcheas las hacía con la boca. Con esa base, tocaba una deliciosa armonía que poco tenía que ver con la música clásica: no era una simple transposición de alguna pieza maestra, la 9º Sinfonía de Beethoven o alguna partitura para clavecín de Bach, no, aquello tenía que ver con la conjunción de dolor, placer, tacto, humedad, presión, músculos, piel, nervios, dientes y uñas, con una miríada de sensaciones que, combinadas, daban lugar a un apabullante concierto de orgasmos completos, interrumpidos, intensos, leves e incluso anecdóticos. Dos y hasta tres orgasmos simultáneos, y luego un masaje para templar el instrumento y prepararle para otro tema. Y aunque en un pentagrama normal aquello sonaría, con toda probabilidad, a un director de orquesta borracho y epiléptico, en la pija erecta y cada vez más grande de Fernando le hacía temblar la cabeza y pitar los oídos. Podía sentir cada músculo de su cuerpo invadido por una tormenta cuyo epicentro se hallaba en sus genitales, y le encantaba aquello y pensaba que no había dinero suficiente en el mundo para pagar aquello.
Y sólo estaba empezando.
Hasta que Pilar, que se encontró con un pene tan grande que le era imposible llegar al DO con la boca, sintió una corriente de excitación ante tamaño reto. Nunca, en sus tres años de oficio, había visto nada igual, y lo mejor es que no dejaba de crecer. De sólo imaginarse a Fernando dentro de ella, un placer fantasma, futuro y casi palpable, mojó su vagina.
Arrastró a Fernando fuera del sofá, se tumbó en su lugar y tiró de su cliente hacia ella. Se sorprendió al darse cuenta que no podía mirarle a los ojos, que todo su ser reclamaba la verga, así que acercó su boca a la oreja de él y susurró:
- Fóllame.
Le soltó y dejó que se manejara solito. Y cuando sintió la punta, casi del tamaño de su puño, meterse en ella, dijo en voz alta, al borde del gemido animal:
- ¡Fóllame!
Y cuando al fin sintió, cuan larga era, aquella desproporcionada longitud y anchura desafiando la elasticidad de su vagina, gritó:
- ¡¡Fóllame!!
Al otro lado estaba la tal Pilar. En la veintena, tenía el pelo de color negro azulado, con una cara de niña asomando bajo un inquieto flequillo asimétrico. No tenía anillos ni alhajas ni tatuajes, e iba vestida con una blusa verde y una falda vaquera desgastada, rematado el conjunto con un pequeño bolso negro y unas botas de caña alta negras y lisas. Su cuerpo, de metro sesenta, transmitía el mismo aire infantil que el rostro, salvo por los pechos, abultados y muy firmes u operados; las piernas eran robustas, y al caminar se la marcaban algunos de los músculos bajo la falda; el culo era redondo y respingón. En definitiva, transmitía una idea de carnalidad, de sexo, irrefenable.
Pilar entró como una ráfaga de aire caliente, dejando rápidamente la puerta atrás y tocando el paquete de Fernando por el camino. Fue hasta el salón y se sentó en uno de los sofás de viejo cuero, con las piernas bien abiertas para lucir que no llevaba bragas.
- ¿Cuándo empezamos? – dijo, con la misma confianza que su cliente sentía en su interior.
- Cuando quieras – contestó Fernando, y se bajó los pantalones.
Caminó como pudo, los pantalones en los tobillos, hasta la joven puta, y le colocó la entrepierna delante de la boca. Ésta no dudó en agarrarle el miembro, y masajearlo hasta que alcanzara una media erección. No lucía muy grande, pero Fernando sabía que con el tiempo, aquella joven se llevaría una sorpresa…
Un minuto después, él estaba tumbado en el sofá, ella de cuclillas enfrente, el pene alojado en su boca. Y entonces, Fernando descubrió que el anuncio no se mentía, y que aquella chica SABÍA tocar música con el pene. Era cuestión de talento, más que de práctica; eso, o que Pilar lo había hecho tantas veces que la técnica entró a formar parte de sí misma, de su alma. El caso es que, tomando como DO la base del pene, y un DO agudo para la punta del glande, la fulana se montaba su propio pentagrama en su cabeza, con un DO más grave si venía acompañado de una presión en los testículos y uno más agudo si los pellizcaba. Las corcheas las hacía con la boca. Con esa base, tocaba una deliciosa armonía que poco tenía que ver con la música clásica: no era una simple transposición de alguna pieza maestra, la 9º Sinfonía de Beethoven o alguna partitura para clavecín de Bach, no, aquello tenía que ver con la conjunción de dolor, placer, tacto, humedad, presión, músculos, piel, nervios, dientes y uñas, con una miríada de sensaciones que, combinadas, daban lugar a un apabullante concierto de orgasmos completos, interrumpidos, intensos, leves e incluso anecdóticos. Dos y hasta tres orgasmos simultáneos, y luego un masaje para templar el instrumento y prepararle para otro tema. Y aunque en un pentagrama normal aquello sonaría, con toda probabilidad, a un director de orquesta borracho y epiléptico, en la pija erecta y cada vez más grande de Fernando le hacía temblar la cabeza y pitar los oídos. Podía sentir cada músculo de su cuerpo invadido por una tormenta cuyo epicentro se hallaba en sus genitales, y le encantaba aquello y pensaba que no había dinero suficiente en el mundo para pagar aquello.
Y sólo estaba empezando.
Hasta que Pilar, que se encontró con un pene tan grande que le era imposible llegar al DO con la boca, sintió una corriente de excitación ante tamaño reto. Nunca, en sus tres años de oficio, había visto nada igual, y lo mejor es que no dejaba de crecer. De sólo imaginarse a Fernando dentro de ella, un placer fantasma, futuro y casi palpable, mojó su vagina.
Arrastró a Fernando fuera del sofá, se tumbó en su lugar y tiró de su cliente hacia ella. Se sorprendió al darse cuenta que no podía mirarle a los ojos, que todo su ser reclamaba la verga, así que acercó su boca a la oreja de él y susurró:
- Fóllame.
Le soltó y dejó que se manejara solito. Y cuando sintió la punta, casi del tamaño de su puño, meterse en ella, dijo en voz alta, al borde del gemido animal:
- ¡Fóllame!
Y cuando al fin sintió, cuan larga era, aquella desproporcionada longitud y anchura desafiando la elasticidad de su vagina, gritó:
- ¡¡Fóllame!!
Ajustable (2º Parte)
Hay una gran cantidad de porno en Internet. De hecho, a veces navegar por la red es como estar en un pequeño lago de datos, rodeado de inmensas montañas de porno. Tienes la cordillera del Hardcore, las modestas colinas de sexo falso (penes protésicos enormes y tetas demasiado grandes para ser saludables), el pico de la Zoofilia, la emergente montaña de sexo con maduras… y ríos de lascivia y falsa pasión regando cada palmo.
Y a Fernando le encantaba pasear por allí. Clic, vídeo de treinta segundos. Clic, foto. Clic, clic, clic.
Cerró la conversación y siguió su búsqueda de pornografía. Rubia cabalgando la verga de un negro ciego de coca: clic; dos bomberos encendiendo el fuego en una pequeña asiática de tetas operadas: clic.
El bulto de su entrepierna comenzó a crecer, ante el inminente festín cuando terminara de navegar y procediera a masturbarse con el fruto de su empeño.
Clic.
Cuando no pudo aguantarse más, y sintió a su pene palpitar de excitación, se lo sacó para dejar que creciera sin los límites de la ropa interior. Al principio no se dio cuenta, pues siguió haciendo clic ante una joven de pelo negro y pechos turgentes de eterna sonrisa (y eso, a pesar de la brutalidad con que se la estaban follando); entonces miró abajo y no reconoció lo que anidaba entre los muslos.
Su pene, de unos discretos quince centímetros en plena erección, superaba en aquel momento el palmo, y no parecía haber un límite para aquello. Se tocó con curiosidad, pensando en un principio en algún tipo de enfermedad. No fue hasta segundos más tarde, cuando su polla había alcanzado un grosor superior al de la circunferencia formada por su mano, que se acordó de la extraña conversación con Dador de Luz, y del pacto que había adquirido.
Pero se suponía que era un majadero, ¿no?
Vale, sí, que conste en acta que el tipo sabía de lo que hablaba, y sabía lo que Fernando pensaba… pero de ahí a cumplir su palabra… bueno, había un impedimento físico, ¿no? Te quedas con lo que naces, y si no, ahorras.
El crecimiento se detuvo.
- ¿Será este mi límite? – susurró asombrado.
Abarcar su apéndice con las dos manos era imposible a lo largo: estimó necesaria una tercera. Y a lo ancho, sólo cabía la posibilidad de juntar las dos, rodeándolo de tal forma que las yemas de una mano tocaban los nudillos de la otra. Al cogerse el pene, éste encogió ligeramente pero ganó dureza, y esa dureza, que le tiraba del pubis, le llamó a hacer algo más que masturbarse.
Con la polla enhiesta, corrió a por el periódico y consultó la sección de contactos. No tenía novia, ni paciencia para echarse un ligue de una noche. Pasó de travestís, transexuales, chaperos e, incluso, una puta que “jugaba” con ácido de batería. Por fin, encontró un mensaje interesante, el cual rezaba:
Pilar, 25 años, tocaré música con tu polla. Llámame, y no te arrepentirás.
Corrió a por el teléfono, llamó a la tal Pilar, concertó una hora y se sentó en la cama. Y acabó la faena que tenía entre manos antes de que llegara la puta.
Y a Fernando le encantaba pasear por allí. Clic, vídeo de treinta segundos. Clic, foto. Clic, clic, clic.
Cerró la conversación y siguió su búsqueda de pornografía. Rubia cabalgando la verga de un negro ciego de coca: clic; dos bomberos encendiendo el fuego en una pequeña asiática de tetas operadas: clic.
El bulto de su entrepierna comenzó a crecer, ante el inminente festín cuando terminara de navegar y procediera a masturbarse con el fruto de su empeño.
Clic.
Cuando no pudo aguantarse más, y sintió a su pene palpitar de excitación, se lo sacó para dejar que creciera sin los límites de la ropa interior. Al principio no se dio cuenta, pues siguió haciendo clic ante una joven de pelo negro y pechos turgentes de eterna sonrisa (y eso, a pesar de la brutalidad con que se la estaban follando); entonces miró abajo y no reconoció lo que anidaba entre los muslos.
Su pene, de unos discretos quince centímetros en plena erección, superaba en aquel momento el palmo, y no parecía haber un límite para aquello. Se tocó con curiosidad, pensando en un principio en algún tipo de enfermedad. No fue hasta segundos más tarde, cuando su polla había alcanzado un grosor superior al de la circunferencia formada por su mano, que se acordó de la extraña conversación con Dador de Luz, y del pacto que había adquirido.
Pero se suponía que era un majadero, ¿no?
Vale, sí, que conste en acta que el tipo sabía de lo que hablaba, y sabía lo que Fernando pensaba… pero de ahí a cumplir su palabra… bueno, había un impedimento físico, ¿no? Te quedas con lo que naces, y si no, ahorras.
El crecimiento se detuvo.
- ¿Será este mi límite? – susurró asombrado.
Abarcar su apéndice con las dos manos era imposible a lo largo: estimó necesaria una tercera. Y a lo ancho, sólo cabía la posibilidad de juntar las dos, rodeándolo de tal forma que las yemas de una mano tocaban los nudillos de la otra. Al cogerse el pene, éste encogió ligeramente pero ganó dureza, y esa dureza, que le tiraba del pubis, le llamó a hacer algo más que masturbarse.
Con la polla enhiesta, corrió a por el periódico y consultó la sección de contactos. No tenía novia, ni paciencia para echarse un ligue de una noche. Pasó de travestís, transexuales, chaperos e, incluso, una puta que “jugaba” con ácido de batería. Por fin, encontró un mensaje interesante, el cual rezaba:
Corrió a por el teléfono, llamó a la tal Pilar, concertó una hora y se sentó en la cama. Y acabó la faena que tenía entre manos antes de que llegara la puta.





