QUÉ ES LA BIBLIOTECONOMÍA
Bueno, como dijo el misionero delante de todos esos indígenas, dispuestos a ser instruidos en la fe de Dios y jodidos cuando se terciara: Pues ya estamos aquí.
Es como llegar a casa después de un gran viaje. Miras las paredes, el techo, la puta lámpara que prometiste arreglar algún día y un sándwich que te dejaste fuera y está tan mohoso que se ha autoproclamado territorio independiente, anexionándose la nevera y la coca cola que tanto quieres. No, no bebo cerveza, gracias.
- Pues vaya escritor de mierda, si no bebes cerveza.
- Que te jodan de lado amigo.
El caso es que llego a mi blog con un texto propio que para nada es un cuento, cuando hacía tiempo que no lo hacía. No lo recordaba, ¿para qué volver? Es divertido, crearte tus propios mundos, para qué negarlo.
Hoy, niños, hablaremos de la biblioteconomía. Hablaremos bien, hablaremos mal, y esos sarnosos pecadores saldrán de Tijuana con el culo en llamas.
La biblioteconomía, que es lo que estudio, es mi pértiga para llegar a una carrera interesante (porque no nos engañemos: ni ser bibliotecario es el mejor oficio del mundo ni el más emocionante). ¿Pero qué es exactamente?
Supongo que podría daros la brasa teórica sobre qué es la biblioteconomía, o como les gusta llamarlo a ellos, siempre a ellos, “ciencia de la documentación”. Entérate hijo: si hoy una disciplina no tiene la palabra ciencia por delante, es una mierda. Claro que añadir “ciencia” a algunas disciplinas es como anteponer Doña a la palabra mierda. ¿Demasiado escatológico? Antes de abandonar este desviado tren de pensamiento, piensa un hipotético futuro en que Filosofía pasara a llamarse Ciencias del Pensamiento; ¿te matricularías en la carrera? ¿Siendo un tipo de recursos humanos, contrarías a alguien con semejante término en su currículum? Sí. Pero pones Filosofía y ya puedes pedir empleo como cajero.
La biblioteconomía es como llegar al médico para vacunarte de tétanos, y encontrarte al buen galeno con una sonrisa amplia, una erección y unos guantes de látex. Es prepararte para el pinchazo y sentir martillazos en las rodillas para medir tus reflejos; un palo de madera a punto de provocarte el vómito para comprobar tu garganta; un estetoscopio frío y duro en la barriga y en la espalda; una voz desagradable y derretida por el éxtasis pidiéndote que repitas, una y otra vez, 33; un examen proctológico del tipo hard style (esto es, meter el puño y abrir la mano dentro) y, por fin, el pinchacito de marras.
Eso es la biblioteconomía.
Extrapolemos su caso a una palabra: maniobrar.
Sabes lo que es, aunque no como viene en el diccionario (hacer maniobras; y una maniobra puede ser:
• f. Cualquier operación material que se ejecuta con las manos.
• Manejo, intriga: fue víctima de una maniobra de su competidor.
• Conjunto de operaciones para dirigir un vehículo: maniobra de adelantamiento.
• pl. Simulacro de operaciones militares: el escuadrón salió de maniobras
, tal cual aparece en el diccionario). Y entonces llega un listillo y te dice: Maniobrar no es tan fácil. Además, hay muchos tipos, está la maniobra evasiva, la maniobra preventiva…
Cuando te quieres dar cuenta, tienes a un tío escribiendo un tratado con más de cuarenta formas de maniobrar, los precedentes, las consecuencias y los implicados. Y cuando crees que no puede ir a peor, te meten la Mimología, la Payasística, las Técnicas Psicológicas de Impermeabilidad Empática, asignaturas de Filología (o Ciencia del Lenguaje Español), Historia…, y todo envuelto en un precioso paquete para que te matricules, apruebes y consigas el título.
¿Cómo se llamaría la carrera? Maniobrabilística y Movilidad, o Ciencias del Movimiento Humano. Antes siquiera de poder quejarte, la facultad estará abierta y habrá catedráticos dispuestos a pelarse los nudillos por una oportunidad de hacer el vago, o hacerse el cabrón, todos ellos jodiéndose a machetazos en el patio dentro de un aro de fuego.
De nada.
Es como llegar a casa después de un gran viaje. Miras las paredes, el techo, la puta lámpara que prometiste arreglar algún día y un sándwich que te dejaste fuera y está tan mohoso que se ha autoproclamado territorio independiente, anexionándose la nevera y la coca cola que tanto quieres. No, no bebo cerveza, gracias.
- Pues vaya escritor de mierda, si no bebes cerveza.
- Que te jodan de lado amigo.
El caso es que llego a mi blog con un texto propio que para nada es un cuento, cuando hacía tiempo que no lo hacía. No lo recordaba, ¿para qué volver? Es divertido, crearte tus propios mundos, para qué negarlo.
Hoy, niños, hablaremos de la biblioteconomía. Hablaremos bien, hablaremos mal, y esos sarnosos pecadores saldrán de Tijuana con el culo en llamas.
La biblioteconomía, que es lo que estudio, es mi pértiga para llegar a una carrera interesante (porque no nos engañemos: ni ser bibliotecario es el mejor oficio del mundo ni el más emocionante). ¿Pero qué es exactamente?
Supongo que podría daros la brasa teórica sobre qué es la biblioteconomía, o como les gusta llamarlo a ellos, siempre a ellos, “ciencia de la documentación”. Entérate hijo: si hoy una disciplina no tiene la palabra ciencia por delante, es una mierda. Claro que añadir “ciencia” a algunas disciplinas es como anteponer Doña a la palabra mierda. ¿Demasiado escatológico? Antes de abandonar este desviado tren de pensamiento, piensa un hipotético futuro en que Filosofía pasara a llamarse Ciencias del Pensamiento; ¿te matricularías en la carrera? ¿Siendo un tipo de recursos humanos, contrarías a alguien con semejante término en su currículum? Sí. Pero pones Filosofía y ya puedes pedir empleo como cajero.
La biblioteconomía es como llegar al médico para vacunarte de tétanos, y encontrarte al buen galeno con una sonrisa amplia, una erección y unos guantes de látex. Es prepararte para el pinchazo y sentir martillazos en las rodillas para medir tus reflejos; un palo de madera a punto de provocarte el vómito para comprobar tu garganta; un estetoscopio frío y duro en la barriga y en la espalda; una voz desagradable y derretida por el éxtasis pidiéndote que repitas, una y otra vez, 33; un examen proctológico del tipo hard style (esto es, meter el puño y abrir la mano dentro) y, por fin, el pinchacito de marras.
Eso es la biblioteconomía.
Extrapolemos su caso a una palabra: maniobrar.
Sabes lo que es, aunque no como viene en el diccionario (hacer maniobras; y una maniobra puede ser:
• f. Cualquier operación material que se ejecuta con las manos.
• Manejo, intriga: fue víctima de una maniobra de su competidor.
• Conjunto de operaciones para dirigir un vehículo: maniobra de adelantamiento.
• pl. Simulacro de operaciones militares: el escuadrón salió de maniobras
, tal cual aparece en el diccionario). Y entonces llega un listillo y te dice: Maniobrar no es tan fácil. Además, hay muchos tipos, está la maniobra evasiva, la maniobra preventiva…
Cuando te quieres dar cuenta, tienes a un tío escribiendo un tratado con más de cuarenta formas de maniobrar, los precedentes, las consecuencias y los implicados. Y cuando crees que no puede ir a peor, te meten la Mimología, la Payasística, las Técnicas Psicológicas de Impermeabilidad Empática, asignaturas de Filología (o Ciencia del Lenguaje Español), Historia…, y todo envuelto en un precioso paquete para que te matricules, apruebes y consigas el título.
¿Cómo se llamaría la carrera? Maniobrabilística y Movilidad, o Ciencias del Movimiento Humano. Antes siquiera de poder quejarte, la facultad estará abierta y habrá catedráticos dispuestos a pelarse los nudillos por una oportunidad de hacer el vago, o hacerse el cabrón, todos ellos jodiéndose a machetazos en el patio dentro de un aro de fuego.
De nada.
EGOISTA
Egoísta, siempre quisiste ser el centro
Y cuando no podías hablar por unos
Te encerrabas y escribías para el resto.
Desollando tu cerebro
En extensas capas de oraciones
Formando novelas, poemas, canciones.
Qué más dará expresarlo todo
Si después nadie irá a leerlo
Sólo buscas ser ese sonriente Sol en el centro
De un tosco mapa del Universo.
Robas libros no-natos
De nuestra biblioteca colectiva
Te zambulles en sueños, sea dormido o despierto
Buscando la idea sobre la que partir de cero.
¿Por qué malgastar fuerzas
Viviendo una vida a través de la palabra escrita?
¿Pudiendo vivirla, por qué imaginarla?
El escritor es el GRAN EGOCÉNTRICO,
No busca morir y volverse etéreo
Sino eterno.
Y cuando no podías hablar por unos
Te encerrabas y escribías para el resto.
Desollando tu cerebro
En extensas capas de oraciones
Formando novelas, poemas, canciones.
Qué más dará expresarlo todo
Si después nadie irá a leerlo
Sólo buscas ser ese sonriente Sol en el centro
De un tosco mapa del Universo.
Robas libros no-natos
De nuestra biblioteca colectiva
Te zambulles en sueños, sea dormido o despierto
Buscando la idea sobre la que partir de cero.
¿Por qué malgastar fuerzas
Viviendo una vida a través de la palabra escrita?
¿Pudiendo vivirla, por qué imaginarla?
El escritor es el GRAN EGOCÉNTRICO,
No busca morir y volverse etéreo
Sino eterno.
Realidad (Final)
La situación seguía siendo muy tensa. No había nada que Joaquín pudiera decir para tranquilizar al hombre nervioso, espástico, que amenazaba al joven.
- Tch. NI te acerques – contestó el delincuente. Joaquín había intentado acercarse; la navaja estaba a menos de cinco centímetros del atracado.
Todo o nada, pero el chico tenía que vivir.
Joaquín se abalanzó sobre el ratero, tratando de quitarle la navaja sobre todo. Que le dieran puñetazos o patadas le daba igual, pero le daba un miedo tremendo tener aquella cuchilla cerca de sí.
El chaval se alejó un metro, refugiándose en un portal cercano de aspecto robusto, al tiempo que seguía con la mirada la pelea, la maraña de brazos, piernas y torsos plegados que conformaban aquella lucha. Se dio cuenta de que podía, por fin, empezar a respirar, y acabó por relajarse tanto que se meó en los pantalones.
Al final, Joaquín quedó tumbado en el suelo, agarrándose la tripa con una cara desencajada por el dolor; el caco, veloz, limpió la navaja con la camiseta, la tiró a una papelera y salió corriendo sin mirar atrás.
El chico se acercó a Joaquín, y vio su cara de terror. Estaba muy asustado, como si acabara de ver un terrible accidente o al peor de los monstruos, y el chico pensó que el miedo era porque pensaba que iba a morir.
- No vas a morir, tranquilo – dijo, conciliador. Había olvidado lo vergonzoso de la mancha en sus pantalones blancos y de marca.
- No es eso. No es eso. Noeseso – recusó Joaquín, rápido y desquiciado.
Hubo un momento de silencio. Como Joaquín vio que no se le entendía, añadió con un hilo de voz:
- ¡El mundo! ¡El mundo se acaba!
Sintió un profundo cansancio, y un abotargamiento general que comenzó en las extremidades. Se tumbó en el suelo, mirando hacia arriba. La vista se le estaba llenando de nubes, y supo que de un momento a otro moriría.
Y el universo desaparecería. Ya estaba difuminándose en aquel momento…
No supo cuánto tiempo había estado tirado en el suelo, pero seguía viendo a pesar de las nubes, las cuales crecían de tamaño, pugnaban por ocupar su campo de visión, sin terminar de coparlo.
Entonces, vio la cara de otro joven, éste treintañero, enfermero de una ambulancia. Joaquín supo, al atisbar la expresión del auxiliar de medicina con su deteriorada vista, que ambos compartían creencias, y que le salvaría la vida para que el mundo siguiese, al menos hasta que hubiera un sustituto para él.
- Ya me ocupo yo de todo – dijo con una cara llena de ternura.
El indigente se tomó la afirmación como un disgusto, al poco con serenidad. Así que iba a palmarla… Pues haría las paces consigo mismo, y moriría tranquilo, ya que tenía sustituto. Él se lo había dicho: se encargaría de todo. No tenía sentido seguir velando por los demás, así que veló por sí mismo y se relajó, recordando los grandes y tiernos momentos de la infancia.
La vista volvió a su estado normal, y Joaquín apreció con claridad cuanto le rodeaba antes de morir. Y sin cerrar los ojos, todo se volvió negro.
El universo siguió adelante.
- Tch. NI te acerques – contestó el delincuente. Joaquín había intentado acercarse; la navaja estaba a menos de cinco centímetros del atracado.
Todo o nada, pero el chico tenía que vivir.
Joaquín se abalanzó sobre el ratero, tratando de quitarle la navaja sobre todo. Que le dieran puñetazos o patadas le daba igual, pero le daba un miedo tremendo tener aquella cuchilla cerca de sí.
El chaval se alejó un metro, refugiándose en un portal cercano de aspecto robusto, al tiempo que seguía con la mirada la pelea, la maraña de brazos, piernas y torsos plegados que conformaban aquella lucha. Se dio cuenta de que podía, por fin, empezar a respirar, y acabó por relajarse tanto que se meó en los pantalones.
Al final, Joaquín quedó tumbado en el suelo, agarrándose la tripa con una cara desencajada por el dolor; el caco, veloz, limpió la navaja con la camiseta, la tiró a una papelera y salió corriendo sin mirar atrás.
El chico se acercó a Joaquín, y vio su cara de terror. Estaba muy asustado, como si acabara de ver un terrible accidente o al peor de los monstruos, y el chico pensó que el miedo era porque pensaba que iba a morir.
- No vas a morir, tranquilo – dijo, conciliador. Había olvidado lo vergonzoso de la mancha en sus pantalones blancos y de marca.
- No es eso. No es eso. Noeseso – recusó Joaquín, rápido y desquiciado.
Hubo un momento de silencio. Como Joaquín vio que no se le entendía, añadió con un hilo de voz:
- ¡El mundo! ¡El mundo se acaba!
Sintió un profundo cansancio, y un abotargamiento general que comenzó en las extremidades. Se tumbó en el suelo, mirando hacia arriba. La vista se le estaba llenando de nubes, y supo que de un momento a otro moriría.
Y el universo desaparecería. Ya estaba difuminándose en aquel momento…
No supo cuánto tiempo había estado tirado en el suelo, pero seguía viendo a pesar de las nubes, las cuales crecían de tamaño, pugnaban por ocupar su campo de visión, sin terminar de coparlo.
Entonces, vio la cara de otro joven, éste treintañero, enfermero de una ambulancia. Joaquín supo, al atisbar la expresión del auxiliar de medicina con su deteriorada vista, que ambos compartían creencias, y que le salvaría la vida para que el mundo siguiese, al menos hasta que hubiera un sustituto para él.
- Ya me ocupo yo de todo – dijo con una cara llena de ternura.
El indigente se tomó la afirmación como un disgusto, al poco con serenidad. Así que iba a palmarla… Pues haría las paces consigo mismo, y moriría tranquilo, ya que tenía sustituto. Él se lo había dicho: se encargaría de todo. No tenía sentido seguir velando por los demás, así que veló por sí mismo y se relajó, recordando los grandes y tiernos momentos de la infancia.
La vista volvió a su estado normal, y Joaquín apreció con claridad cuanto le rodeaba antes de morir. Y sin cerrar los ojos, todo se volvió negro.
El universo siguió adelante.
Realidad
Cuento con tintes K. Dickianos, con cierto toque paranoico al que no puedo resistirme. No lo considero muy bueno, pero me apetecía exhibirlo; aquí está la primera parte:
----------------
El carrito de supermercado lleno de basura de Joaquín traqueteaba por la desvencijada calle de Embajadores. Era de noche y tendría que encontrar un buen lugar para dejar todo con el mínimo riesgo (nunca se podía estar seguro del todo), porque los soportales de los edificios municipales que había en la Gran Vía de San Francisco se encontraban cerrados con verjas. Para él, todo lo que fuera dormir lejos de aquello era terreno amenazador, y andaba con un ojo en cada esquina.
Le distraía el ruido de su carrito, y de la mercancía que saltaba en su interior: un par de zapatos viejos, dos tallas superiores a su número; un viejo trozo de soga que encontró cerca de una obra; unas cuantas latas de cerveza y una bolsa con frutas y verduras regalado todo ello por los chavales que trabajaban en el supermercado de la calle Toledo; un par de viejas mantas encontradas en un container, un peine y una percha.
Prefería ir atento en calles silenciosas y vacías como aquellas, porque cada farola parecía arrojar la sombra de una persona escondida, y con la escandalera que montaba su carrito, no quería hacerse notar.
- Maldita sea – bramó preocupado, cuando una de sus ruedas pareció encallarse en un adoquín. Se la quedó mirando como si esperara que se fuera a arreglar sola, hasta que acabó por sentarse en el suelo a coger fuerzas, y ánimos, y desear aceite y un destornillador con que arreglarla.
Siguió respirando pesadamente, con tiempo y con calma, procurando no excitarse y vigilando la pequeña parcela con tierra que había a su lado. No le iba a ocurrir nada al mundo, sólo porque perdiera un poco los estribos, pero tampoco convenía tentar a la suerte.
Lo mismo el hombre que sustentaba cada átomo en su sitio no era él, era un tipo situado a muchos kilómetros de distancia. ¿Convenía asustarse?
Sí, pensó con determinación, rascándose las rodillas. Por eso, mientras viviera, no dejaría que nadie muriera delante de él. La vida, por el bien del mundo, era sagrada.
El carrito cliqueteaba demasiado, se lamentó Joaquín. Alguien se daría cuenta, lo notaba en los huesos.
Bajó la calle Embajadores y luego se metió al Pasillo Verde, un enorme carril para bicis rodeado de pequeños árboles, edificios y comercios. Se encontraba desierto, y en caso de ver a algún indeseable siempre podía salir corriendo en un momento; el Pasillo verde tenía aspecto seguro gracias a su fuerte iluminación, aunque el parque cercano últimamente se estaba llenando con cada gente…
Un par de nubes le taparon las estrellas, cuando hizo otro alto para reposar los pies. Los zapatos le hacían rozadura, los viejos mocasines que fueron de aquel pobre tipo… ése que aceptó un bocata de manos de un indeseable y acabó envenado… Cuando vino la ambulancia, ya había hecho el cambiazo; para paliar la profunda desesperanza de semejante acto rastrero, se conformaba pensando que ya no los iba a necesitar, y seguramente los tirarían.
Y así es la vida, dijo, siguiendo su camino. Había una puerta de garaje un par de calles más abajo que ya no se usaba y una vez durmió allí y lo hizo casi a gusto: estaría guarnecido medianamente del frío que azotaba aquella noche por rachas, la zona era tranquila y la pared en la que estaba apoyado tenía un taco templado y liso.
Cerró los ojos, rodeado de sus pocas pertenencias, se tapó con una vieja manta de franela que había cogido de una obra meses atrás.
No eran ni las cuatro y media de la mañana cuando un grito le despertó. Venía de cerca, y era el grito desesperado de un chico joven. Gritaba:
- ¡Socorro! ¡Me atracan! ¡Fuego!
Joaquín intentó hacerse el dormido pero su conciencia le impidió seguir tirado en el suelo. Tenía que actuar, y evitar que el joven sufriera cualquier daño. Si me pasa algo, pensó amargamente, ¿qué más da? Solo soy dueño de mi alma y de mi barba.
Se zafó de la frazada a cuadros y dejó toda su vida atrás. Nadie querría robarle.
El chaval había parado de aullar.
Cruzó la esquina siguiendo el recuerdo de los alaridos, y se encontró con el joven, de metro ochenta, pelo corto y ropa cara, con las manos en alto, mientras un hombre de unos cuarenta años, avejentado y encorvado, vestido con unos vaqueros raídos y una camiseta blanca con manchas de vino y una chupa de cuero negro, le apuntaba con una navaja. Parecía estar increpándole con cara de fastidio, y la navaja se acercaba cada vez más al vientre de la víctima.
Joaquín empezó a correr: por suerte, el agresor estaba de espaldas y sus propios zapatos estaban tan gastados, que apenas podían permitirse hacer algo de ruido al pisar el suelo.
El atracador se sorprendió.
- ¡Veeete vago! ¡Esto no es un puuto ashunto tuyo! – masculló despectivo. El aliento le olía a vino, y la mitad de los dientes se apreciaban rotos o picados, sumando al vino un olor a podredumbre. Como un muerto en vida, su piel carecía de cualquier brillo, y se limitaba a reflejar la luz de las farolas.
- Venga, suelta al muchacho, ¿no ves que está acojonado?
- Jodé, ¡shu ropa es cara! ¡Debe de tener la cartera llena!
El sin techo trató de calmar los ánimos, viendo que la navaja no se había movido de donde estaba, a escasos centímetros de su cuerpo. El joven le devolvió la mirada, suplicante, con lágrimas en los ojos pero temeroso de llorar.
- Yo tengo algo por ahí – añadió Joaquín.
- Él tendrá más – replicó el agresor.
Puede sonar estúpido, pero Joaquín creía fervientemente en que la realidad solo se sustenta en un puñado de personas: éstas mantienen incólume el mundo, imaginándolo, proyectándolo sobre la realidad, mientras el resto se limitan a habitarlo.
¿De dónde surgió esa creencia? No podía contestar. ¿Cuándo? El momento preciso no sabría, hace toda una vida, con comida caliente y diaria y sin mafias que controlaran lo que conseguía pidiendo.
Por tanto, para Joaquín toda vida era sagrada, y no en el sentido cristiano o moral, pues ni Dios ni ley alguna podría castigar el cercenar una vida. La posible condena para Joaquín era la desaparición del mundo: cualquiera podría ser un pilar de la realidad.
Al principio lo conjeturaba con sus amigos y familiares. Años más tarde, dejó su trabajo y su vida por buscar uno de esos seres increíbles, sin ninguna pista de por donde empezar. Vagó sin rumbo, y luego sin dinero, haciendo pruebas estúpidas y seguimientos de desconocidos. Con sus padres vivos, aquella obsesión se convirtió en una enfermedad mental, y ellos le mantuvieron cuando perdió todo, dándole un nombre a su particular credo, y un remedio a base de pastillas.
Al morir sus padres, Joaquín fue lanzado al arroyo.
Hacía mucho tiempo que la búsqueda la había abandonado por limitarse a la mera supervivencia, pero se juró que, con él vivo, nadie cercano moriría si podía evitarlo.
Para Joaquín, era cuestión de existencia o vacío.
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El carrito de supermercado lleno de basura de Joaquín traqueteaba por la desvencijada calle de Embajadores. Era de noche y tendría que encontrar un buen lugar para dejar todo con el mínimo riesgo (nunca se podía estar seguro del todo), porque los soportales de los edificios municipales que había en la Gran Vía de San Francisco se encontraban cerrados con verjas. Para él, todo lo que fuera dormir lejos de aquello era terreno amenazador, y andaba con un ojo en cada esquina.
Le distraía el ruido de su carrito, y de la mercancía que saltaba en su interior: un par de zapatos viejos, dos tallas superiores a su número; un viejo trozo de soga que encontró cerca de una obra; unas cuantas latas de cerveza y una bolsa con frutas y verduras regalado todo ello por los chavales que trabajaban en el supermercado de la calle Toledo; un par de viejas mantas encontradas en un container, un peine y una percha.
Prefería ir atento en calles silenciosas y vacías como aquellas, porque cada farola parecía arrojar la sombra de una persona escondida, y con la escandalera que montaba su carrito, no quería hacerse notar.
- Maldita sea – bramó preocupado, cuando una de sus ruedas pareció encallarse en un adoquín. Se la quedó mirando como si esperara que se fuera a arreglar sola, hasta que acabó por sentarse en el suelo a coger fuerzas, y ánimos, y desear aceite y un destornillador con que arreglarla.
Siguió respirando pesadamente, con tiempo y con calma, procurando no excitarse y vigilando la pequeña parcela con tierra que había a su lado. No le iba a ocurrir nada al mundo, sólo porque perdiera un poco los estribos, pero tampoco convenía tentar a la suerte.
Lo mismo el hombre que sustentaba cada átomo en su sitio no era él, era un tipo situado a muchos kilómetros de distancia. ¿Convenía asustarse?
Sí, pensó con determinación, rascándose las rodillas. Por eso, mientras viviera, no dejaría que nadie muriera delante de él. La vida, por el bien del mundo, era sagrada.
El carrito cliqueteaba demasiado, se lamentó Joaquín. Alguien se daría cuenta, lo notaba en los huesos.
Bajó la calle Embajadores y luego se metió al Pasillo Verde, un enorme carril para bicis rodeado de pequeños árboles, edificios y comercios. Se encontraba desierto, y en caso de ver a algún indeseable siempre podía salir corriendo en un momento; el Pasillo verde tenía aspecto seguro gracias a su fuerte iluminación, aunque el parque cercano últimamente se estaba llenando con cada gente…
Un par de nubes le taparon las estrellas, cuando hizo otro alto para reposar los pies. Los zapatos le hacían rozadura, los viejos mocasines que fueron de aquel pobre tipo… ése que aceptó un bocata de manos de un indeseable y acabó envenado… Cuando vino la ambulancia, ya había hecho el cambiazo; para paliar la profunda desesperanza de semejante acto rastrero, se conformaba pensando que ya no los iba a necesitar, y seguramente los tirarían.
Y así es la vida, dijo, siguiendo su camino. Había una puerta de garaje un par de calles más abajo que ya no se usaba y una vez durmió allí y lo hizo casi a gusto: estaría guarnecido medianamente del frío que azotaba aquella noche por rachas, la zona era tranquila y la pared en la que estaba apoyado tenía un taco templado y liso.
Cerró los ojos, rodeado de sus pocas pertenencias, se tapó con una vieja manta de franela que había cogido de una obra meses atrás.
No eran ni las cuatro y media de la mañana cuando un grito le despertó. Venía de cerca, y era el grito desesperado de un chico joven. Gritaba:
- ¡Socorro! ¡Me atracan! ¡Fuego!
Joaquín intentó hacerse el dormido pero su conciencia le impidió seguir tirado en el suelo. Tenía que actuar, y evitar que el joven sufriera cualquier daño. Si me pasa algo, pensó amargamente, ¿qué más da? Solo soy dueño de mi alma y de mi barba.
Se zafó de la frazada a cuadros y dejó toda su vida atrás. Nadie querría robarle.
El chaval había parado de aullar.
Cruzó la esquina siguiendo el recuerdo de los alaridos, y se encontró con el joven, de metro ochenta, pelo corto y ropa cara, con las manos en alto, mientras un hombre de unos cuarenta años, avejentado y encorvado, vestido con unos vaqueros raídos y una camiseta blanca con manchas de vino y una chupa de cuero negro, le apuntaba con una navaja. Parecía estar increpándole con cara de fastidio, y la navaja se acercaba cada vez más al vientre de la víctima.
Joaquín empezó a correr: por suerte, el agresor estaba de espaldas y sus propios zapatos estaban tan gastados, que apenas podían permitirse hacer algo de ruido al pisar el suelo.
El atracador se sorprendió.
- ¡Veeete vago! ¡Esto no es un puuto ashunto tuyo! – masculló despectivo. El aliento le olía a vino, y la mitad de los dientes se apreciaban rotos o picados, sumando al vino un olor a podredumbre. Como un muerto en vida, su piel carecía de cualquier brillo, y se limitaba a reflejar la luz de las farolas.
- Venga, suelta al muchacho, ¿no ves que está acojonado?
- Jodé, ¡shu ropa es cara! ¡Debe de tener la cartera llena!
El sin techo trató de calmar los ánimos, viendo que la navaja no se había movido de donde estaba, a escasos centímetros de su cuerpo. El joven le devolvió la mirada, suplicante, con lágrimas en los ojos pero temeroso de llorar.
- Yo tengo algo por ahí – añadió Joaquín.
- Él tendrá más – replicó el agresor.
Puede sonar estúpido, pero Joaquín creía fervientemente en que la realidad solo se sustenta en un puñado de personas: éstas mantienen incólume el mundo, imaginándolo, proyectándolo sobre la realidad, mientras el resto se limitan a habitarlo.
¿De dónde surgió esa creencia? No podía contestar. ¿Cuándo? El momento preciso no sabría, hace toda una vida, con comida caliente y diaria y sin mafias que controlaran lo que conseguía pidiendo.
Por tanto, para Joaquín toda vida era sagrada, y no en el sentido cristiano o moral, pues ni Dios ni ley alguna podría castigar el cercenar una vida. La posible condena para Joaquín era la desaparición del mundo: cualquiera podría ser un pilar de la realidad.
Al principio lo conjeturaba con sus amigos y familiares. Años más tarde, dejó su trabajo y su vida por buscar uno de esos seres increíbles, sin ninguna pista de por donde empezar. Vagó sin rumbo, y luego sin dinero, haciendo pruebas estúpidas y seguimientos de desconocidos. Con sus padres vivos, aquella obsesión se convirtió en una enfermedad mental, y ellos le mantuvieron cuando perdió todo, dándole un nombre a su particular credo, y un remedio a base de pastillas.
Al morir sus padres, Joaquín fue lanzado al arroyo.
Hacía mucho tiempo que la búsqueda la había abandonado por limitarse a la mera supervivencia, pero se juró que, con él vivo, nadie cercano moriría si podía evitarlo.
Para Joaquín, era cuestión de existencia o vacío.
Ruinas
Vamos con una cancioncilla grungera que escribí hace un par de años. Se llama Ruinas:
Él debería decir la verdad.
Él debería dejar de mentir.
Apechugar con lo que se le da.
Porque debería poder notar,
Que su vida
es una ruina.
Que su vida
es una ruina.
Que su vida
es una ruina.
No ha hecho nunca nada,
y no le quedan esperanzas.
Sin suerte desde que nació:
es un eterno perdedor.
Y su vida
es una ruina.
Y su vida
es una ruina.
Y su vida
es una ruina.
No tiene tiempo que perder,
que aprenda a moverse de una vez.
Debe despegarse del sillón,
salir a la calle y tomar el sol.
Porque su vida
es una ruina.
Porque su vida
es una ruina.
Porque su vida
es una ruina.





