¿ÚNICO SUPERVIVIENTE? (Final)
Cuando terminó la historia, sólo el silencio le contestó. Sergio no esperaba otra cosa, si bien se sintió decepcionado al no observar ninguna anotación en la libreta con la que esperaba comunicarse a un mundo que le era constantemente negado por sus sentidos.
Dejó la libreta más cerca del lugar donde esperaba que se encontrara el psiquiatra, la señaló un par de veces y se dio la vuelta, para asegurarse a sí mismo que no era él quien contestaba, representando una obra de teatro paranoica y desquiciada, sino una persona de verdad.
- Nunca hay pistas suficientes – dijo en voz alta -. Con tanta soledad, ya no puedo fiarme de mí mismo. Al fin y al cabo, si mi mente me engaña para hacer desaparecer a las personas, ¿qué me garantiza que en realidad me ha estado engañando para hacerme creer que vivo rodeado de ellas?
Cerró los ojos y concentró todo su ser en las sensaciones que recibía a través de los pies, focalizando su inmovilidad con el fin de no despertar su locura. Esperó el tiempo que creyó conveniente y se acercó a la silla del especialista.
- ¿Es grave, doctor? – dijo con tono despectivo. Desde que empezó su problema, Sergio no dejaba de hablar solo para no soportar el silencio. Le reconfortaba escuchar el sonido de su voz, del mismo modo que un trago de agua reconforta a un sediento caminante del desierto.
Aunque seguía sin haber rastro alguno de un psiquiatra, y Sergio se aseguró de ello, pues había golpeado levemente todos los asientos de la consulta (aunque no confiaba tampoco en su tacto), la libreta mostraba una nueva hoja plagada de aquella letra picuda que leyó al llegar a la consulta, una letra que convertía una hoja manuscrita en una escarpada cordillera con peligrosos picos en forma de l. A Sergio también se le ocurrió esa misma descripción, y se dijo a sus adentros lo fácil que era delirar siendo la última persona existente. En la hoja se decía:
“Una conducta extremadamente egoísta le ha llevado a una fractura extrema con la realidad, gracias a la cual pasa por una experiencia delirante y disociativa en la que es el único hombre vivo, máximo exponente de la egolatría, pues ya no existe nadie a quien pueda compararse o que pueda superarle. La fantasía llega a tal punto que no sólo su vista, sino al parecer el resto de sus sentidos, niega cualquier contacto humano. Lo único que se me ocurre para poner fin a tan singular trastorno, es crear un conflicto catártico con la gente, obligándola a reintroducirse en su experiencia sensitiva personal”.
Demasiada cháchara, y no muy técnica. Puede que el supuesto doctor no quisiera aburrirle, pero con la nota no consiguió convencer del todo a Sergio de que no era él quien escribía. Sin embargo, la idea estaba bien: tenía que obligar a la gente a interactuar con él. A lo bestia, y a ser posible, cuanta más gente mejor.
- Dada la pasividad de las personas que van por la calle, pedir ayuda a grito pelado no serviría de mucho, ¿eh? – apuntilló.
La solución que más rápido le vino a la mente fue coger un arma y matar gente. O golpearla. Coger uno de los bastones de madera que guardaba en casa de cuando se rompió el pie, y andar por la acera golpeando de un lado a otro, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Por fortuna, cualquier remedio violento acabó desechado para evitar ser atrapado por las autoridades (en el caso de que todavía existieran).
Y así, dio con la situación perfecta para reintroducirse en el mundo.
Sergio dio muchas vueltas a lo que estaba a punto de hacer antes de abrir la puerta de su casa con las llaves en una mano y su libreta en la otra. Se encontraba desnudo y tenía intención de corretear por la calle de esa guisa, de modo que la gente que no le estuviera gritando o mirando sorprendida, intentara detenerla o, por lo menos, vestirla. La libreta sólo era una medida de emergencia.
Si había más gente en el mundo, las diversas reacciones ante un tabú tan arraigado como el de la desnudez integral provocarían que su cerebro no tuviera más remedio que recoger las miradas de la gente, escuchar sus voces y risas, sentir sus manos deseando detenerle lo antes posible. Si era el último ejemplar de ser humano, nadie se daría cuenta de la tontería que iba a hacer.
Salió a la calle con una sonrisa de oreja a oreja.
En un principio se dedicó simplemente a pasear, pero pasado un minuto, creyó que sería más divertido ponerse a correr y a saludar con la mano. Lo hizo en todo momento por la acera, pues su estado aparentemente alucinado ya no le permitía ver los coches en movimiento, en un intento de negar con furia a sus semejantes. Y aunque siempre le quedaría la duda de si su cerebro hubiera terminado rehuyendo también aparatos y edificios, no se arrepintió de su osadía.
Del mismo modo que habían desaparecido, las personas de su alrededor volvieron a ser visibles, y sus voces audibles. Y a pesar de ver caras rojas, de risa o de vergüenza ajena, y de escuchar numerosas carcajadas, estaba contento de haber vuelto al mundo.
Cerró los ojos y corrió con los brazos en alto, claro que sí, como si estuviera en la parte final de un musical y faltara el último gran número. Los abrió en cuanto sintió cuatro firmes manos sujetándole ambos brazos. Detrás de los brazos, había dos atónitos agentes de policía que, entre carcajadas, trataban de reducir a Sergio para detenerlo.
- ¡Me alegro de veros, amigos! – dijo Sergio, exultante.
- ¿Qué coño dice este? – dijo un policía.
- ¡Yo que coño sé! ¡Andará drogado, como todos estos flipaillos que se meten un chute y ven no-sé-qué hostias en vinagre! – le contestó su compañero.
- No, verán, es que… - comenzó a decir Sergio. Se interrumpió al constatar lo inverosímil de su historia. Le harían chequeos para comprobar si había drogas o alcohol en su sangre, y al estar limpio como una patena podría achacar todo a una enajenación mental transitoria. En breve, podría continuar su vida en el punto en el que la había dejado.
Y de repente, volvió a ocurrir. Las personas que hacían corrillo alrededor de los policías comenzaron a esfumarse, sus voces disueltas en el ululante viento de verano. Sergio se preguntó qué estaba haciendo mal para volver a pasar por aquello, hasta que uno de los agentes le dijo al otro:
- ¡Mi- mierda! ¡Estoy desapareciendo! ¿¡Ayúdame, me oyes!? ¡¡Ayúdame!!
Sergió cayó al suelo en el momento en que los policías se licuaron en millones de partículas dispersas. La situación, aunque parecida, era totalmente diferente. Su mente no podía haber imaginado diálogos falsos, ni aquellas caras de horror al intuir un destino presumiblemente peor que la muerte. ¿O sí? ¿Hasta ahí podía llegar su capacidad por encerrarse en sí mismo, hasta el punto de inventar una situación crítica como excusa para su alucinación?
Se sentó en el suelo, indeciso ante el rumbo a seguir. Finalmente, cogió su libreta, que gracias a Dios no le dio tiempo a la policía a confiscársela, y escribió, en letras muy grandes:
“¿HAY ALGUIEN AHÍ?”
Apoyó la hoja contra las pantorrillas.
Y esperó.
Dejó la libreta más cerca del lugar donde esperaba que se encontrara el psiquiatra, la señaló un par de veces y se dio la vuelta, para asegurarse a sí mismo que no era él quien contestaba, representando una obra de teatro paranoica y desquiciada, sino una persona de verdad.
- Nunca hay pistas suficientes – dijo en voz alta -. Con tanta soledad, ya no puedo fiarme de mí mismo. Al fin y al cabo, si mi mente me engaña para hacer desaparecer a las personas, ¿qué me garantiza que en realidad me ha estado engañando para hacerme creer que vivo rodeado de ellas?
Cerró los ojos y concentró todo su ser en las sensaciones que recibía a través de los pies, focalizando su inmovilidad con el fin de no despertar su locura. Esperó el tiempo que creyó conveniente y se acercó a la silla del especialista.
- ¿Es grave, doctor? – dijo con tono despectivo. Desde que empezó su problema, Sergio no dejaba de hablar solo para no soportar el silencio. Le reconfortaba escuchar el sonido de su voz, del mismo modo que un trago de agua reconforta a un sediento caminante del desierto.
Aunque seguía sin haber rastro alguno de un psiquiatra, y Sergio se aseguró de ello, pues había golpeado levemente todos los asientos de la consulta (aunque no confiaba tampoco en su tacto), la libreta mostraba una nueva hoja plagada de aquella letra picuda que leyó al llegar a la consulta, una letra que convertía una hoja manuscrita en una escarpada cordillera con peligrosos picos en forma de l. A Sergio también se le ocurrió esa misma descripción, y se dijo a sus adentros lo fácil que era delirar siendo la última persona existente. En la hoja se decía:
“Una conducta extremadamente egoísta le ha llevado a una fractura extrema con la realidad, gracias a la cual pasa por una experiencia delirante y disociativa en la que es el único hombre vivo, máximo exponente de la egolatría, pues ya no existe nadie a quien pueda compararse o que pueda superarle. La fantasía llega a tal punto que no sólo su vista, sino al parecer el resto de sus sentidos, niega cualquier contacto humano. Lo único que se me ocurre para poner fin a tan singular trastorno, es crear un conflicto catártico con la gente, obligándola a reintroducirse en su experiencia sensitiva personal”.
Demasiada cháchara, y no muy técnica. Puede que el supuesto doctor no quisiera aburrirle, pero con la nota no consiguió convencer del todo a Sergio de que no era él quien escribía. Sin embargo, la idea estaba bien: tenía que obligar a la gente a interactuar con él. A lo bestia, y a ser posible, cuanta más gente mejor.
- Dada la pasividad de las personas que van por la calle, pedir ayuda a grito pelado no serviría de mucho, ¿eh? – apuntilló.
La solución que más rápido le vino a la mente fue coger un arma y matar gente. O golpearla. Coger uno de los bastones de madera que guardaba en casa de cuando se rompió el pie, y andar por la acera golpeando de un lado a otro, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Por fortuna, cualquier remedio violento acabó desechado para evitar ser atrapado por las autoridades (en el caso de que todavía existieran).
Y así, dio con la situación perfecta para reintroducirse en el mundo.
Sergio dio muchas vueltas a lo que estaba a punto de hacer antes de abrir la puerta de su casa con las llaves en una mano y su libreta en la otra. Se encontraba desnudo y tenía intención de corretear por la calle de esa guisa, de modo que la gente que no le estuviera gritando o mirando sorprendida, intentara detenerla o, por lo menos, vestirla. La libreta sólo era una medida de emergencia.
Si había más gente en el mundo, las diversas reacciones ante un tabú tan arraigado como el de la desnudez integral provocarían que su cerebro no tuviera más remedio que recoger las miradas de la gente, escuchar sus voces y risas, sentir sus manos deseando detenerle lo antes posible. Si era el último ejemplar de ser humano, nadie se daría cuenta de la tontería que iba a hacer.
Salió a la calle con una sonrisa de oreja a oreja.
En un principio se dedicó simplemente a pasear, pero pasado un minuto, creyó que sería más divertido ponerse a correr y a saludar con la mano. Lo hizo en todo momento por la acera, pues su estado aparentemente alucinado ya no le permitía ver los coches en movimiento, en un intento de negar con furia a sus semejantes. Y aunque siempre le quedaría la duda de si su cerebro hubiera terminado rehuyendo también aparatos y edificios, no se arrepintió de su osadía.
Del mismo modo que habían desaparecido, las personas de su alrededor volvieron a ser visibles, y sus voces audibles. Y a pesar de ver caras rojas, de risa o de vergüenza ajena, y de escuchar numerosas carcajadas, estaba contento de haber vuelto al mundo.
Cerró los ojos y corrió con los brazos en alto, claro que sí, como si estuviera en la parte final de un musical y faltara el último gran número. Los abrió en cuanto sintió cuatro firmes manos sujetándole ambos brazos. Detrás de los brazos, había dos atónitos agentes de policía que, entre carcajadas, trataban de reducir a Sergio para detenerlo.
- ¡Me alegro de veros, amigos! – dijo Sergio, exultante.
- ¿Qué coño dice este? – dijo un policía.
- ¡Yo que coño sé! ¡Andará drogado, como todos estos flipaillos que se meten un chute y ven no-sé-qué hostias en vinagre! – le contestó su compañero.
- No, verán, es que… - comenzó a decir Sergio. Se interrumpió al constatar lo inverosímil de su historia. Le harían chequeos para comprobar si había drogas o alcohol en su sangre, y al estar limpio como una patena podría achacar todo a una enajenación mental transitoria. En breve, podría continuar su vida en el punto en el que la había dejado.
Y de repente, volvió a ocurrir. Las personas que hacían corrillo alrededor de los policías comenzaron a esfumarse, sus voces disueltas en el ululante viento de verano. Sergio se preguntó qué estaba haciendo mal para volver a pasar por aquello, hasta que uno de los agentes le dijo al otro:
- ¡Mi- mierda! ¡Estoy desapareciendo! ¿¡Ayúdame, me oyes!? ¡¡Ayúdame!!
Sergió cayó al suelo en el momento en que los policías se licuaron en millones de partículas dispersas. La situación, aunque parecida, era totalmente diferente. Su mente no podía haber imaginado diálogos falsos, ni aquellas caras de horror al intuir un destino presumiblemente peor que la muerte. ¿O sí? ¿Hasta ahí podía llegar su capacidad por encerrarse en sí mismo, hasta el punto de inventar una situación crítica como excusa para su alucinación?
Se sentó en el suelo, indeciso ante el rumbo a seguir. Finalmente, cogió su libreta, que gracias a Dios no le dio tiempo a la policía a confiscársela, y escribió, en letras muy grandes:
“¿HAY ALGUIEN AHÍ?”
Apoyó la hoja contra las pantorrillas.
Y esperó.
¿ÚNICO SUPERVIVIENTE? (y II)
La calle estaba concurrida, como era habitual, a las siete de la mañana. Mareas de gente deambulaban por los meandros de la ciudad, dispuestos a ocupar sus puestos en el trabajo. Sergio transitaba junto al resto, aunque no prestaba gran atención a lo que le rodeaba: ni a los coches que formaban largas y ruidosas hileras frente a semáforos puteros, ni a la gente de su alrededor, y apenas al mobiliario urbano.
Prefería no pensar en ellos. Eran como buzones, pero con patas. Farolas que hablan. Bancos que estornudan justo al lado de tu hombro.
La acera presentaba un aspecto congestionado, aunque poco a poco la densidad de gente comenzó a descender. Qué raro, pensó Sergio, a estas horas la calle debería seguir abarrotada de gente. No he abandonado la zona de negocios; esto debería seguir lleno de oficinistas. Efectivamente, en aquel momento de extrañeza, podía ir haciendo eses sin chocarse con nadie.
Pero no le dio mucha importancia. Alguna empresa habrá dado vacaciones o estarán con un cursillo, se dijo a sí mismo. Sin embargo, se encontraba inquieto. La situación no era normal, y temía que, de algún modo, fuera un problema de su percepción, y no de la gente que debía estar caminando a su lado.
Sus sospechas cobraron forma cuando fijó su vista en los pechos de una guapa ejecutiva, pelirroja y con el traje a medida; poco a poco, la mujer desapareció de su vista, como si nunca hubiera existido.
- ¿Qué está pasando? – dijo en voz alta.
- ¿Pasa algo am – inquirió un joven a su lado, mientras se disolvía en el aire como una columna de humo bajo una ráfaga de viento.
Y cuanto más interactuaba con las personas que todavía existían, antes desaparecían.
Se detuvo, cerró los ojos y esperó el momento en que él también se desvaneciera, por cualquiera que fuese el motivo que provocara la extinción de la humanidad. No pensó en su mujer, Clara, ni en sus amigos. Tan sólo esperaba su desaparición. Pensó rápido en la ciencia, que probablemente hubiera desatado el aniquilamiento de su raza por tratar de llegar demasiado lejos, demasiado aprisa.
- Estos científicos – masculló con los ojos tapados por sus manos y el miedo que atenazaba su cuerpo -. Me cago en ellos, ¡joder!
Estuvo media hora de pie, preguntándose qué se sentiría al morir y blasfemando contra el progreso. Pero cuando abrió los ojos pudo darse cuenta de que él no iba a esfumarse.
Que él sería, con toda probabilidad, el único superviviente.
Durante el resto del día se dedicó a seguir la rutina habitual. Aunque ya no había jefe ante el que responder, hizo el papeleo que se debía esperar de él. Cogió el coche y comprobó, atónito, que el tráfico, lejos de reducirse a cero, seguía del mismo modo que siempre, solo que con vehículos sin conductor.
Al llegar a casa, saludó a la nada y se sentó en el sillón a ver la televisión. Las personas también habían desaparecido de allí, incluso de las películas que tenía grabadas, por lo que no tardó en aburrirse. Un poco más tarde volvió a intentarlo, pero el asunto seguía igual.
Fue a la cocina y sacó una cerveza. La lata chisporroteó en sus manos mientras clavaba la mirada en la pizarra donde se apuntaba la compra que había que hacer. Acarició la idea de dejar algún mensaje a su mujer, pero una rápida comprobación de la casa le quitó la iniciativa.
- ¿De qué serviría? – se dijo a sí mismo – Si no la veo, no estará por aquí.
Volvió al sofá, nervioso por la posibilidad, siempre presente, de que todo fuera cosa de su vista. Escrutó la ventana, y su vista seguía igual de bien que siempre: podía contar los ladrillos de la fachada de enfrente, y distinguir cada una de las hojas que enarbolaban los árboles plantados a lo largo de la calle.
- No es mi vista. Eso seguro. Veo bien.
Reflexionó sobre la situación que le había llevado hasta ese punto. Sería el protagonista de su propia vida, pero Sergio Moreno no tenía nada especial, y lo sabía. Fue un estudiante mediocre, y era un trabajador decente y un marido. Los fines de semana veía el fútbol, y sólo compraba el periódico los domingos, por el suplemento, y el lunes por los resultados deportivos. Como muchos millones de personas.
- A lo mejor quieren volverme loco – dijo.
¿Pero quién? ¿Los izquierdosos? ¿Las multinacionales?
Se levantó otra vez y fue a la cocina. La cerveza, en su estado de nervios, le había durado poco, y la ansiedad le hacía creer que tenía la garganta llena de tierra. Abrió el frigorífico, sacó otra lata y volvió a mirar la pizarra de los recados.
Alguien había escrito “Te quiero”. Y debajo, con una letra considerablemente más emocionada, apuntillaba “Deberías hacer algo con esto”.
En el momento de leerlo, Sergio soltó la lata en la pila y corrió por cada una de las habitaciones de la casa en busca de Clara, sin éxito. Por si acaso, comprobó el tendedero, a pesar de encontrarse en un séptimo piso. Nada.
Mejor dicho, nadie. Seguía sin haber nadie.
Prefería no pensar en ellos. Eran como buzones, pero con patas. Farolas que hablan. Bancos que estornudan justo al lado de tu hombro.
La acera presentaba un aspecto congestionado, aunque poco a poco la densidad de gente comenzó a descender. Qué raro, pensó Sergio, a estas horas la calle debería seguir abarrotada de gente. No he abandonado la zona de negocios; esto debería seguir lleno de oficinistas. Efectivamente, en aquel momento de extrañeza, podía ir haciendo eses sin chocarse con nadie.
Pero no le dio mucha importancia. Alguna empresa habrá dado vacaciones o estarán con un cursillo, se dijo a sí mismo. Sin embargo, se encontraba inquieto. La situación no era normal, y temía que, de algún modo, fuera un problema de su percepción, y no de la gente que debía estar caminando a su lado.
Sus sospechas cobraron forma cuando fijó su vista en los pechos de una guapa ejecutiva, pelirroja y con el traje a medida; poco a poco, la mujer desapareció de su vista, como si nunca hubiera existido.
- ¿Qué está pasando? – dijo en voz alta.
- ¿Pasa algo am – inquirió un joven a su lado, mientras se disolvía en el aire como una columna de humo bajo una ráfaga de viento.
Y cuanto más interactuaba con las personas que todavía existían, antes desaparecían.
Se detuvo, cerró los ojos y esperó el momento en que él también se desvaneciera, por cualquiera que fuese el motivo que provocara la extinción de la humanidad. No pensó en su mujer, Clara, ni en sus amigos. Tan sólo esperaba su desaparición. Pensó rápido en la ciencia, que probablemente hubiera desatado el aniquilamiento de su raza por tratar de llegar demasiado lejos, demasiado aprisa.
- Estos científicos – masculló con los ojos tapados por sus manos y el miedo que atenazaba su cuerpo -. Me cago en ellos, ¡joder!
Estuvo media hora de pie, preguntándose qué se sentiría al morir y blasfemando contra el progreso. Pero cuando abrió los ojos pudo darse cuenta de que él no iba a esfumarse.
Que él sería, con toda probabilidad, el único superviviente.
Durante el resto del día se dedicó a seguir la rutina habitual. Aunque ya no había jefe ante el que responder, hizo el papeleo que se debía esperar de él. Cogió el coche y comprobó, atónito, que el tráfico, lejos de reducirse a cero, seguía del mismo modo que siempre, solo que con vehículos sin conductor.
Al llegar a casa, saludó a la nada y se sentó en el sillón a ver la televisión. Las personas también habían desaparecido de allí, incluso de las películas que tenía grabadas, por lo que no tardó en aburrirse. Un poco más tarde volvió a intentarlo, pero el asunto seguía igual.
Fue a la cocina y sacó una cerveza. La lata chisporroteó en sus manos mientras clavaba la mirada en la pizarra donde se apuntaba la compra que había que hacer. Acarició la idea de dejar algún mensaje a su mujer, pero una rápida comprobación de la casa le quitó la iniciativa.
- ¿De qué serviría? – se dijo a sí mismo – Si no la veo, no estará por aquí.
Volvió al sofá, nervioso por la posibilidad, siempre presente, de que todo fuera cosa de su vista. Escrutó la ventana, y su vista seguía igual de bien que siempre: podía contar los ladrillos de la fachada de enfrente, y distinguir cada una de las hojas que enarbolaban los árboles plantados a lo largo de la calle.
- No es mi vista. Eso seguro. Veo bien.
Reflexionó sobre la situación que le había llevado hasta ese punto. Sería el protagonista de su propia vida, pero Sergio Moreno no tenía nada especial, y lo sabía. Fue un estudiante mediocre, y era un trabajador decente y un marido. Los fines de semana veía el fútbol, y sólo compraba el periódico los domingos, por el suplemento, y el lunes por los resultados deportivos. Como muchos millones de personas.
- A lo mejor quieren volverme loco – dijo.
¿Pero quién? ¿Los izquierdosos? ¿Las multinacionales?
Se levantó otra vez y fue a la cocina. La cerveza, en su estado de nervios, le había durado poco, y la ansiedad le hacía creer que tenía la garganta llena de tierra. Abrió el frigorífico, sacó otra lata y volvió a mirar la pizarra de los recados.
Alguien había escrito “Te quiero”. Y debajo, con una letra considerablemente más emocionada, apuntillaba “Deberías hacer algo con esto”.
En el momento de leerlo, Sergio soltó la lata en la pila y corrió por cada una de las habitaciones de la casa en busca de Clara, sin éxito. Por si acaso, comprobó el tendedero, a pesar de encontrarse en un séptimo piso. Nada.
Mejor dicho, nadie. Seguía sin haber nadie.
¿ÚNICO SUPERVIVIENTE?
Sergio Moreno se sentó en el diván, y dijo:
- No se moleste.
Sólo por si alguien, en la vacía consulta del psiquiatra, pudiera escucharle.
Miró por la ventana. Nadie. No había nadie, y las calles parecían circuitos de coches de radiocontrol, con vehículos moviéndose sin conductor; y los edificios emulaban a gran escala las casas de muñecas, con mecanismos automáticos para encender o apagar luces, bajar persianas, abrir el frigorífico… Sergio no podía evitar pensar que la ciudad no era un gran juguete con el que poder jugar, sino que él era el único muñeco que moraba en ella.
Sacó su libreta, y escribió en grandes letras, sólo por si alguien pudiera leerlas:
“Desde hace un par de días, no veo a nadie. Creo que estoy solo. No siento el contacto de los demás, ni oigo sus voces, ni huelo el sudor en el metro. ¿Estoy sólo, estoy loco o ambas cosas?”
Se recostó en el diván, dejando la libreta en la mesilla cercana junto con un lápiz, y esperó. Ocurría constantemente. Escribía un mensaje y al poco algo escribía en su propia libreta, con una letra diferente. Sin embargo, no podía ver a nadie, y a todos los efectos no había ni una sola persona en kilómetros a la redonda, por lo que siempre tenía la duda de que fuera él mismo el que se respondía, en busca de una falsa sensación de compañía.
Miró al techo, igual de estimulante que lo demás. Ni siquiera en el cine podía ver personas, porque todo parecía una sucesión de paisajes sin ningún tipo de sentido. Dos días llevaba así, y no creía poder durar mucho más. No con la permanente paranoia de que no se encontraba solo. ¿Era todo un cortocircuito de su mente, o de verdad era el único superviviente de la raza humana? Tampoco llevaba tanto tiempo siendo un solitario como para apreciar cambios grandes, desajustes como la falta de electricidad que evidenciaran el cataclismo.
Volvió a por la libreta y leyó un conciso “Cuénteme”, en letras alargadas, picudas, agresivas, como un juego de cuchillos de cocina apelotonados en un trozo de papel.
Y se puso a hablar, solo por si alguien pudiera escucharle.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
He vuelto, con un pequeño relato paranoico en tres partes (presumiblemente). Añado que los comentarios vuelven a estar disponibles, para que desateis vuestros insultos o alabanzas.
Vuelvo de vacaciones, con las pilas bien puestas.
Un saludo
Seth Fortuyn
Eterno egoista mutante adolescente
- No se moleste.
Sólo por si alguien, en la vacía consulta del psiquiatra, pudiera escucharle.
Miró por la ventana. Nadie. No había nadie, y las calles parecían circuitos de coches de radiocontrol, con vehículos moviéndose sin conductor; y los edificios emulaban a gran escala las casas de muñecas, con mecanismos automáticos para encender o apagar luces, bajar persianas, abrir el frigorífico… Sergio no podía evitar pensar que la ciudad no era un gran juguete con el que poder jugar, sino que él era el único muñeco que moraba en ella.
Sacó su libreta, y escribió en grandes letras, sólo por si alguien pudiera leerlas:
“Desde hace un par de días, no veo a nadie. Creo que estoy solo. No siento el contacto de los demás, ni oigo sus voces, ni huelo el sudor en el metro. ¿Estoy sólo, estoy loco o ambas cosas?”
Se recostó en el diván, dejando la libreta en la mesilla cercana junto con un lápiz, y esperó. Ocurría constantemente. Escribía un mensaje y al poco algo escribía en su propia libreta, con una letra diferente. Sin embargo, no podía ver a nadie, y a todos los efectos no había ni una sola persona en kilómetros a la redonda, por lo que siempre tenía la duda de que fuera él mismo el que se respondía, en busca de una falsa sensación de compañía.
Miró al techo, igual de estimulante que lo demás. Ni siquiera en el cine podía ver personas, porque todo parecía una sucesión de paisajes sin ningún tipo de sentido. Dos días llevaba así, y no creía poder durar mucho más. No con la permanente paranoia de que no se encontraba solo. ¿Era todo un cortocircuito de su mente, o de verdad era el único superviviente de la raza humana? Tampoco llevaba tanto tiempo siendo un solitario como para apreciar cambios grandes, desajustes como la falta de electricidad que evidenciaran el cataclismo.
Volvió a por la libreta y leyó un conciso “Cuénteme”, en letras alargadas, picudas, agresivas, como un juego de cuchillos de cocina apelotonados en un trozo de papel.
Y se puso a hablar, solo por si alguien pudiera escucharle.
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He vuelto, con un pequeño relato paranoico en tres partes (presumiblemente). Añado que los comentarios vuelven a estar disponibles, para que desateis vuestros insultos o alabanzas.
Vuelvo de vacaciones, con las pilas bien puestas.
Un saludo
Seth Fortuyn
Eterno egoista mutante adolescente





