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Diario de un sociópata
El mundo es absurdo y nos gusta tal y como está
Acerca de
Estoy loco, lo descubrí cuando rompí el espejo, porque no reflejaba mi cara sino la de todos los demás.
Sindicación
 
Rebajas de la primavera post-nuclear (III)
Se puso en marcha después de mandar un breve teletipo a Carlos, su colega dentro de la comunidad científica. En los cinco minutos que tardó en contestar, Sebastián no apartó la mirada de la máquina de mensajes instantáneos que todos disponían para comunicarse entre ellos, pues tal era su impaciencia y grado de excitación; la respuesta de Carlos fue afirmativa y amable, invitándole a pasar por el módulo científico en cuanto pudiera.
Ni un minuto después Sebastián se encontraba atravesando la puerta de su habitación y siguiendo la raya roja del suelo para orientarse. Sin venir a cuento, Sebastián recordó que antes la gente solía mirar al cielo para buscar la estrella polar, y se llamó estúpido al racionalizar el procedimiento a seguir hoy día de mirar justo al extremo contrario, como si el acto de bajar la cabeza para seguir las cinco líneas del suelo (una para el módulo científico, otra para el comedor, la del salón de actos, otra más para el módulo de viviendas y la que quedaba para la zona de recreo) fuera un acto de arrepentimiento por lo que la humanidad se había hecho a sí misma. En cierto modo, acabó pensando, buscarle un sentido a todo lo que hacemos es algo normal, por lo que se sintió menos idiota por una reflexión tan peregrina.
Siguió mirando la pintura antideslizante del suelo, inmerso en el último relato que estaba escribiendo, sobre un explorador lunar que creaba un territorio independiente en la Luna con el objetivo de fundar su propia comunidad, libre del sometimiento a las leyes de la Tierra. No era gran cosa, lo sabía, y tenía por seguro que cientos de autores habían hecho algo parecido antes, pero eso no le restaba empeño y con los minutos que robaba aquí y allá, componía su historia mientras sus dedos se deslizaban sobre el teclado con una facilidad pasmosa. De no ser porque su curiosidad sobre el reciente anuncio de Tomás García era más poderosa que sus ganas de escribir, habría vuelto a su cuarto.
Una vez en el módulo científico, cruzó las puertas marcando su clave personal, un pequeño seguro para tener controlada a la gente. Puede que fueran demasiadas precauciones las que se tomaban, pero si jugaban el papel de los últimos seres vivos sobre la Tierra toda medida de seguridad resultaba escasa por preservar la especie.
Su amigo Carlos le esperaba al otro lado, vistiendo una distintiva bata blanca, con su particular gesto melancólico y la mano extendida esperando respuesta a su saludo. Carlos fue amigo de los padres de Sebastián, y padre de dos hijos que idolatraban al Beato Agustín y que acabaron quitándose la vida también tras la muerte de éste; de ese modo, la vida de Carlos se había convertido en una espiral de decadencia que afrontaba con su mujer, ambos demasiado mayores para tener descendencia sin correr ningún riesgo y sabiéndose inútiles para una sociedad que necesitaba, más que nunca, prole: el gesto melancólico, pensó Sebastián, era un enorme eufemismo para el dolor constante en que vivía su amigo.
- Buenos días, Carlos, ¿cómo va hoy? – dijo Sebastián, devolviendo el saludo.
- Todo bien. ¿Qué es lo que te intriga muchacho? Se notaba tu nerviosismo en el teletipo que me mandaste – había cierta ansiedad en su voz. Su frente estaba perlada de sudor y sus cejas mostraban un arco de preocupación algo inusual en él.
- Oh, nada muy serio, de verdad. Ya sabes cómo son las cosas por aquí, tan aburridas que en cuanto surge una novedad, por pequeña que ésta sea, te lanzas a por ella.
- Menos mal, la verdad – sacó un pañuelo de uno de los bolsillos de la bata y se secó la frente y las mejillas. El rubor desapareció lentamente y en ese momento Sebastián cayó en la cuenta sobre el nerviosismo de Carlos.
- No pensarías que…
- Claro que sí, hijo. Y sería ya lo que faltaba, si permites que te lo diga – supo añadir a sus palabras un tono de fatalidad tan amargo, que Carlos se sintió avergonzado de su comportamiento.
- Lo siento, Carlos. Me dejé llevar.
- ¡No te precupes, hombre! Estás bien, mais non? – inquirió con ligereza. Solía añadir pequeñas expresiones francesas cuando se sentía de buen humor.
- Sí, sí… - contestó Sebastián. Ambos fueron relajándose y de camino al laboratorio se restableció la normalidad. Sebastián sintió que podía empezar su interrogatorio -. ¿Cómo limpiáis el aire?
 
Acojonado: Indagando en la mente de un sociópata
Este artículo, no lo voy a negar, no empezó como tal. Empezó como un comentario en la siempre interesante web de Viruete.com, donde el anfitrión que da nombre a la página, nombraba con motivo de Halloween tres películas que le dieron pavor y le marcaron cuando era pequeño.

Pues por partes. Parte de mi infancia ha quedado marcada por el Chuache y por los ojos. Me explico.
Cuando era pequeñin, mis padres, mu permisivos ellos, nos dejaban ver Terminator (tengo 22 años ahora, hagan cálculos). En la primera, cuando se saca el ojo en aquel cuartucho mal iluminado, sentí un escalofrío tremendo. Siempre he tendido a identificarme con los personajes de las películas, sean malos, buenos o mutantes, así que no podía evitar pensar cómo sería arrancarme un ojo de esa manera.
Más tarde, vi Desafío Total, y eso sí que fue apoteósico. Mi padre la alquiló en el videoclub y nos la puso, y yo no podía despegar los ojos de la pantalla. Claro que no entendí demasiado, pero algo sí me quedó claro: ¡se les salían los ojos! De nuevo, mi miedo, relacionado con cualquier aspecto ocular y que provocó que me costara Dios y ayuda acostumbrarme a las lentillas, se ponía de manifiesto. Además, estaba aquella careta que usaba el chuache que explotaba, que me daba dentera. Total, que cuando me acosté ese día, me acerqué a mi hermano, pues por entonces dormíamos en el mismo cuarto, las luces apagadas y el tenue brillo del salón derramándose debajo de la puerta, y le toqué la cara. Acojonadísimo, pregunté:
- ¿Se te han salido ya los ojos?
Pero sin duda, el mayor miedo que he tenido y que sigo teniendo de vez en cuando es de que caiga un pepino nuclear por aquí. El origen vino de una de las películas de Alucine, que mi padre gustaba de grabar y luego proyectar durante la comida; la película se llamaba, si no me equivoco, 72 horas para morir. Protagonizada por Anthony Edwards, el de Urgencias, trataba de un tío que cogía una llamada de un teléfono público y le desvelaban que iba a haber un ataque nuclear en esa ciudad; llamba a ese número porque se supone que alli vivía su familia o algo así.
El caso es que el buen hombre intenta emprender la huida con una chica que le mola, y por una serie de desdichas, acaban subidos a un helicóptero mientras los misiles vuelan a la ciudad. Un tío loco, joder, esto no se me olvidará nunca, gritaba que se iba a joder pingüinos con el capitán Custeau. Al final, la parejita se hundía en un pozo de brea mientras la ciudad se desmoronaba a su alrededor, y él la consolaba diciendo que a lo mejor sobrevivían, y que mutaban y podrían convertir el carbón en diamante.
Traumatizado me dejó la película. En Madrid, y antes más que ahora, era bastante común oir reactores en el cielo, y ver la estela blanca. Pues cada vez que oía uno de esos, pensaba en los putos misiles y hacía las paces conmigo mismo porque pensaba que iba a morir.
Aún hoy me pongo nervioso escuchando un puto trasto de esos.
Siguiendo con el tema, había un programa de viejos videoclips en TVE1, presentado por Guillermo Summers y el otro afable vejete, donde vi un videoclip de un matrimonio con un bebé que ven cómo las autoridades acordonan calles y tal y más tarde salen imágenes de explosiones nucleares.
El tema nuclear siempre me ha obsesionado, hasta el punto de provocarme numerosas paranoias. Vi un corto anime en un especial dedicado al manga de La 2 donde una explosion atómica convertía a la gente en seres fangosos, y al principio un niño lanzaba un avión de papel y el corto terminaba con el avión sobrevolando la ciudad en ruinas. (Si alguien lo recuerda, también salió el excelente corto de Osamu Tezuka Jump, o Jumper, o algo parecido).
Y para terminar, el cómic de Cuando el viento sopla, y su adaptacion a dibujos, que conseguían ponerme la piel de gallina con su historia cruda y de apariencia realista sobre un matrimonio de viejunos que sobreviven a una explosión nuclear y degeneran lentamente por culpa de la radiación.
En fin, después de todo esto, ¿a alguien le extraña que haya salido un completo paranoico de la guerra nuclear?