Passage, un juego que probar al menos una vez en la vida

Leyendo la muy interesante página de Mondopixel, descubrí de la mano de John Tones (editor de Superjuegos Xtreme, la única revista de videojuegos que compro) uno de esos juegos que te hacen pensar que el videojuego puede ser un arte más, como el cine o la literatura o los cómics (que sí, que es el noveno arte, aunque alguno no se lo crea). Puede que siempre reverbere en mí cabeza aquellas declaraciones de Hideo Kojima, ese director frustrado de culebrón que, en un arranque de falsa modestia dijo que los videojuegos no eran arte. Sus declaraciones, lejos de tratar de desinflar un poco el halo que tenía a su alrededor, me parecieron interesadamente calculadas para que una legión de jugadores contestara al unísono: ¿Pero cómo no va a ser arte lo que tu haces?

Pero vamos, me estoy yendo por las ramas. Señor Kojima, le presento un videojuego que es una obra de arte. Tome nota, porque no dispone de cinemáticas de media hora, ni varias melodías, ni historia y, ni siquiera, unos gráficos bonitos. Pero todo, absolutamente todo lo que hay en pantalla está calculado.

El juego no consiste en nada más que controlar a un hombrecillo, que nuestra curiosidad, siempre desde el principio, le va a hacer avanzar hacia delante para descubrir lo que habrá a continuación. También puede descubrir lo que hay más abajo, pero la reacción inicial es hacerle caminar y descubrir el mundo. En este principio, el borde derecho de la pantalla presenta un emborronamiento donde apenas se puede entrever los paisajes que vienen a continuación. Por el camino, descubriremos a otro personaje, una mujer, que una vez se encuentren y surja un corazón entre ellos no se separará de nosotros ni un momento. También podemos pasar de ella y evitar la unión, pero que se junte con nuestro personaje propiciará una situación emotiva después.

El tiempo pasa, y la puntuación que tenemos en la parte superior aumenta sin ningún motivo en especial. Si exploramos la parte inferior, encontraremos tesoros que nos permitirán aumentar esa puntuación, pero en el fondo estos números no sirven de nada. De forma indefectible, imparable, fatal, los personajes emprenden esa huida hacia delante, y en su avance, el borde derecho de la pantalla se va aclarando y el izquierdo empieza a emborronarse; así mismo, la pareja enveceje.

Pasados unos cuatro minutos y medio, acostumbrados ya a la mujer que envejece a nuestro lado, descubrimos con estupor que ésta muere, dejando en su lugar una lápida. Yo, que suelo identificarme con los videojuegos a poco que haya una forma antropomórfica en la pantalla, solté una lagrimita, como si hubiera perdido a un ser querido. Es en ese momento cuando nuestro avatar ahora canoso, antaño un hombrecillo rubio y recto, encorva la espalda, superado por el peso de la edad.

En ese momento, no me atrevi a andar más, y esperé la muerte, que vino a los cinco minutos, para que la tumba de mi personaje quedara junto a la de su esposa.

Después el juego reinicia sin más, sin tener en cuenta tu puntuación o lo lejos que hayas llegado; simplemente, pone la pantalla en negro y vuelve al inicio.
Las particularidades de este juego vienen por su singular "realismo" y su capacidad de pensar no sólo en el ciclo vital y su jodido final, sino también en la forma en que uno puede plasmar ciertas cosas dentro de un juego. Acumular puntos no sirve para nada, pues el final es el mismo y es ineludible: la muerte. Además, alcanzar los tesoros resulta más difícil, en ocasiones imposible, con la mujer a nuestro lado, aportando otra singular metáfora. Escondido bajo la mecánica de un videojuego (que incluye un marcador y un scroll lateral que comienza mostrando un futuro difuso a la derecha y acaba con un pasado emborronado a la izquierda), se encuentra una curiosa visión de la vida, donde avanzamos sin descanso, solos o en compañía, acumulando puntos, donde NADA ayudará a esquivar a la Parca cuando pasen los cinco minutos.
Programado por Jason Rohrer, Passage es una experiencia de cinco minutos que debéis jugar.
Un Cuento Navideño (Final)
En algo más de una hora, el Suances había sido despedido gracias a la irrupción de un alumno, de nombre desconocido, que había contemplado las actividades extra escolares con Emma y se volvió irremediablemente idiota. Se comentaba en corrillos que la estampa también le sacó los ojos dos centímetros de sus cuencas, pero si nadie le había prestado atención para aprenderse su nombre, mucho menos para acordarse de su anterior cara y corroborar su historia.
En algo más de una hora, Luís había amenazado a Emma, saltado sobre el coche de Suances con una navaja en la boca y había sido disparado por la espalda y detenido por la policía cuando intentaba comprar una botella de gasolina para “encender una fogata”. Presentaba una sonrisa inusualmente grande, ocasionada por el puñetazo que el ex profesor de Lengua le había propinado en la boca en defensa propia.
En algo más de una hora, Jorge había extorsionado al director para aprobar holgadamente bachillerato gracias a su asombroso (y exacto, enfermizamente exacto) conocimiento sobre los actos de Suances y Emma; había consolado y extorsionado a la chica, consiguiendo sexo ocasional a cambio de apuntes con la condición de que llevara máscara; y se había ganado el respeto de los matones por su nuevo estatus como pareja de Emma, pues su ex novio no podría volver a pisar el instituto hasta que saliera de rehabilitación, cumpliera condena y el instituto construyera rampas y ascensores por todo el centro, por ese orden.
El gato del conserje se cruzó delante de Jorge mientras éste volvía triunfal a casa, feliz por encauzar su vida. Ambos se miraron con violencia, ya que uno sabía lo que el otro estaba a punto de hacer, y entonces el minino salió disparado de una patada contra una camioneta aparcada a medio metro.
En algo más de una hora, Fulgencio había seguido el recorrido triunfal de Jorge, y se encontraba a pocos metros por detrás en su salida del instituto. El ángel se paró delante de Johnny, Fran y Areces, quienes comentaban lo legal que era Jorge ahora que tenía una novia que estaba buena, y se volvió material cuando Renato maulló con todas sus fuerzas.
- Mira tío, ¡un enano con túnica! – dijo Johnny.
- ¡¡VAMOS A DARLE UNA PALIZA!! – gritó Fran.
- ¡¡¡GÑÉ!!! – balbució Areces.
Y Fulgencio subió al Cielo a hostias para recibir sus alas, donde todo eran nubes que se pegan a la carne viva como el algodón más recalcitrante y donde no había tiritas.
Pero era Navidad, así que sonrío un poco y de forma torcida.
En algo más de una hora, Luís había amenazado a Emma, saltado sobre el coche de Suances con una navaja en la boca y había sido disparado por la espalda y detenido por la policía cuando intentaba comprar una botella de gasolina para “encender una fogata”. Presentaba una sonrisa inusualmente grande, ocasionada por el puñetazo que el ex profesor de Lengua le había propinado en la boca en defensa propia.
En algo más de una hora, Jorge había extorsionado al director para aprobar holgadamente bachillerato gracias a su asombroso (y exacto, enfermizamente exacto) conocimiento sobre los actos de Suances y Emma; había consolado y extorsionado a la chica, consiguiendo sexo ocasional a cambio de apuntes con la condición de que llevara máscara; y se había ganado el respeto de los matones por su nuevo estatus como pareja de Emma, pues su ex novio no podría volver a pisar el instituto hasta que saliera de rehabilitación, cumpliera condena y el instituto construyera rampas y ascensores por todo el centro, por ese orden.
El gato del conserje se cruzó delante de Jorge mientras éste volvía triunfal a casa, feliz por encauzar su vida. Ambos se miraron con violencia, ya que uno sabía lo que el otro estaba a punto de hacer, y entonces el minino salió disparado de una patada contra una camioneta aparcada a medio metro.
En algo más de una hora, Fulgencio había seguido el recorrido triunfal de Jorge, y se encontraba a pocos metros por detrás en su salida del instituto. El ángel se paró delante de Johnny, Fran y Areces, quienes comentaban lo legal que era Jorge ahora que tenía una novia que estaba buena, y se volvió material cuando Renato maulló con todas sus fuerzas.
- Mira tío, ¡un enano con túnica! – dijo Johnny.
- ¡¡VAMOS A DARLE UNA PALIZA!! – gritó Fran.
- ¡¡¡GÑÉ!!! – balbució Areces.
Y Fulgencio subió al Cielo a hostias para recibir sus alas, donde todo eran nubes que se pegan a la carne viva como el algodón más recalcitrante y donde no había tiritas.
Pero era Navidad, así que sonrío un poco y de forma torcida.
Un Cuento Navideño (Parte III)
Unos minutos más tardes, el dúo navideño, visiblemente más pálidos que cuando comenzó esta historia, bajaron hasta la clase de geografía, esa clase que Jorge se estaba perdiendo mientras su cuerpo estaba sentado en la taza del váter y su alma recorría el instituto. Era una de las contadas ocasiones en que, sentados como estudiantes normales, Johnny, Fran y Areces atendían en clase. El motivo era que la profesora resultaba ser amiga de la madre del primero, y aunque los tres se las daban de duros sólo temían a sus madres y, mucho más abajo en la escala, a la policía.
Fulgencio dirigió la concentración de su protegido hacia los tres.
- ¿Qué quieres que haga? – preguntó Jorge con voz queda, aún impactado por las proezas de Emma y el Suances.
- Quiero que, como has estado haciendo antes con la pared durante cinco minutos, atravieses lentamente a este trío, para que descubras lo que portan.
Siguiendo aquellas órdenes, Jorge se colocó a la espalda de Fran y poco a poco, fue adelantándose hasta que sus ojos contemplaron una espina dorsal parecida a una S. Horrorizado por la complejidad del cuerpo humano, pues hasta ese momento siempre había pensado que Johnny, Fran y Areces eran macrobios, retrocedió con un respingo y dio con el cuchillo que Fran portaba entre el elástico del calzoncillo y su espalda.
Una rápida, y por el bien de su estabilidad mental, mejor calculada ojeada a los otros dos le llevó a localizar un pequeño arsenal. Si antes le atemorizaban las palizas que le pudieran propinar, Jorge había descubierto una nueva dimensión de terror. Si su alma seguía conectada con su cuerpo, agradeció estar sentado en el trono y no en clase.
- ¿Y ahora qué? ¿Me dices que mi vida corre peligro? ¿Que estos me matarán si, en uno de sus excesos matutinos con el MDMA, no lo hace antes Luís? – y Jorge comenzó a llorar.
- No. Lo que vas a hacer es usar la información que tienes, para… ¡¡AH!!
El ángel corrió a esconderse en el interior de Jorge, aunque la actual naturaleza trasluciente de ambos compuso una figura grotesca de joven patético con bebé malformado en su interior.
- ¿Qué pasa, Fulgencio? Sólo he oído el jodido maullido de Renato, el gato del conserje.
- Cuando un gato grita de esa manera, es que un ángel está siendo apalizado. Les encanta jalear a los agresores.
- ¿Pero cómo…? – Jorge se interrumpió, incrédulo –. Pero bueno, a ti no te está pasando nada, ¿no? Tranquilízate y sal de mi tripa, antes de que vomite.
- Bueno – dijo Fulgencio, situándose a la derecha de Jorge y sacudiendo motas de polvo imaginarias de su hombro -, espero que sea para el capullo de Clarence. Ese relamido nunca me gustó demasiado, con ese camisón.
- ¿Entonces ya está? ¿Mi gran misión navideña va a consistir en chivarme de toda esta gente para joderles la vida y que me dejen en paz?
- Una vez, unos bomberos le rociaron con su manguera para reírse de él; pensaron que era un loco escapado del psiquiátrico… Voló cinco metros, no te digo más.
- ¿Pero no es un poco lamentable?
- Oh vamos, la Navidad ya no es lo que era. Reconócelo.
- Bueno…
- Si lo estás deseando, alguna tontería del tipo “es una fiesta con afán capitalista que bla, bla, bla…”.
- No es eso… pero es que en el fondo, siempre creí en la Navidad… al viejo estilo, buen rollo y todo eso, ¿sabes?
- Oh, venga – y Fulgencio se puso a caminar junto a Jorge, de camino al baño donde se conocieron -, aunque no sea del todo lo correcto, te hará BIEN. Y eso cuenta, (o eso espero). Así que cree en MI tipo de Navidad.
- Pero sólo por esta vez, ¿vale?
Se detuvieron frente al tabique de los lavabos, y se despidieron con un firme apretón de manos.
- Vamos muchacho, atraviesa la pared – dijo Fulgencio.
Otra vez, Jorge estuvo a punto de dejarse la nariz entre el alicatado de la pared. La risa del ángel, semejante al estertor de un Papá Noel electrónico fundiéndose, resonó en las inmateriales orejas de su víctima, quien se prometió venganza mientras decía “no es nada, un dolorcillo inmaterial”.
Fulgencio se quedó para contemplar los frutos de su obra, mientras cruzaba los dedos de manos y pies.
Fulgencio dirigió la concentración de su protegido hacia los tres.
- ¿Qué quieres que haga? – preguntó Jorge con voz queda, aún impactado por las proezas de Emma y el Suances.
- Quiero que, como has estado haciendo antes con la pared durante cinco minutos, atravieses lentamente a este trío, para que descubras lo que portan.
Siguiendo aquellas órdenes, Jorge se colocó a la espalda de Fran y poco a poco, fue adelantándose hasta que sus ojos contemplaron una espina dorsal parecida a una S. Horrorizado por la complejidad del cuerpo humano, pues hasta ese momento siempre había pensado que Johnny, Fran y Areces eran macrobios, retrocedió con un respingo y dio con el cuchillo que Fran portaba entre el elástico del calzoncillo y su espalda.
Una rápida, y por el bien de su estabilidad mental, mejor calculada ojeada a los otros dos le llevó a localizar un pequeño arsenal. Si antes le atemorizaban las palizas que le pudieran propinar, Jorge había descubierto una nueva dimensión de terror. Si su alma seguía conectada con su cuerpo, agradeció estar sentado en el trono y no en clase.
- ¿Y ahora qué? ¿Me dices que mi vida corre peligro? ¿Que estos me matarán si, en uno de sus excesos matutinos con el MDMA, no lo hace antes Luís? – y Jorge comenzó a llorar.
- No. Lo que vas a hacer es usar la información que tienes, para… ¡¡AH!!
El ángel corrió a esconderse en el interior de Jorge, aunque la actual naturaleza trasluciente de ambos compuso una figura grotesca de joven patético con bebé malformado en su interior.
- ¿Qué pasa, Fulgencio? Sólo he oído el jodido maullido de Renato, el gato del conserje.
- Cuando un gato grita de esa manera, es que un ángel está siendo apalizado. Les encanta jalear a los agresores.
- ¿Pero cómo…? – Jorge se interrumpió, incrédulo –. Pero bueno, a ti no te está pasando nada, ¿no? Tranquilízate y sal de mi tripa, antes de que vomite.
- Bueno – dijo Fulgencio, situándose a la derecha de Jorge y sacudiendo motas de polvo imaginarias de su hombro -, espero que sea para el capullo de Clarence. Ese relamido nunca me gustó demasiado, con ese camisón.
- ¿Entonces ya está? ¿Mi gran misión navideña va a consistir en chivarme de toda esta gente para joderles la vida y que me dejen en paz?
- Una vez, unos bomberos le rociaron con su manguera para reírse de él; pensaron que era un loco escapado del psiquiátrico… Voló cinco metros, no te digo más.
- ¿Pero no es un poco lamentable?
- Oh vamos, la Navidad ya no es lo que era. Reconócelo.
- Bueno…
- Si lo estás deseando, alguna tontería del tipo “es una fiesta con afán capitalista que bla, bla, bla…”.
- No es eso… pero es que en el fondo, siempre creí en la Navidad… al viejo estilo, buen rollo y todo eso, ¿sabes?
- Oh, venga – y Fulgencio se puso a caminar junto a Jorge, de camino al baño donde se conocieron -, aunque no sea del todo lo correcto, te hará BIEN. Y eso cuenta, (o eso espero). Así que cree en MI tipo de Navidad.
- Pero sólo por esta vez, ¿vale?
Se detuvieron frente al tabique de los lavabos, y se despidieron con un firme apretón de manos.
- Vamos muchacho, atraviesa la pared – dijo Fulgencio.
Otra vez, Jorge estuvo a punto de dejarse la nariz entre el alicatado de la pared. La risa del ángel, semejante al estertor de un Papá Noel electrónico fundiéndose, resonó en las inmateriales orejas de su víctima, quien se prometió venganza mientras decía “no es nada, un dolorcillo inmaterial”.
Fulgencio se quedó para contemplar los frutos de su obra, mientras cruzaba los dedos de manos y pies.
Un Cuento Navideño (Parte II)
Atravesar una pared de forma inmaterial, descubrió Jorge, era una experiencia inquietante una vez se ponía a ello. Porque si andaba deprisa, sucedía poco más que un parpadeo en la mayoría de los muros; pero si ralentizaba el paso, sólo un poco, descubría una serie de infinitas secciones de la pared, y descubría, de paso, lo mal hecho que estaba todo. No hacía falta ser un especialista para ver que lo único que mantenía en pie aquellas paredes era la voluntad de sus dirigentes, y que sólo restaba un poco de ímpetu por parte de los alumnos para hacer que, con un pensamiento conjunto (o un soplido igualmente liviano), todo se viniera abajo.
Después de flotar un poco de aquí a allá, el ángel sarnoso, quien en sus múltiples diatribas contra un sistema meritocrático que apenas le había dado la oportunidad de ganarse las alas, aclaró llamarse Fulgencio, le enseñó a escalar las moléculas del aire para subir con facilidad a cualquier parte.
De este modo llegaron a uno de los laboratorios del instituto, donde iluminado por los mecheros Bunsen, el profesor Suances parecía un tiburón fuera del agua. Miraba su reloj con impaciencia, al tiempo que Jorge y Fulgencio atravesaban el suelo, invisibles, atentos a cada uno de sus movimientos.
Poco después llegó Emma, dispuesta a ganarse un aprobado. Se contoneó hasta el profesor, y entonces…
- Mira, hasta eso no sería capaz de llegar por unas buenas notas – dijo Jorge. Reflexionó y, tras una breve pausa, añadió: Con razón Emma ha estado (Fulgencio, ¿has visto eso? No, yo tampoco lo había visto nunca antes, ¿es legal?) sacando sobresalientes en Lengua, a pesar de que una vez (no, no, ni siquiera en el porno que veo salen haciendo eso, no… He dicho que no, ¡tampoco en el alemán!) estuvo a punto de tener una apoplejía leyendo los ingredientes de un Bollicao… ¿¡Pero esto no te cierra las puertas del Cielo!?
- Nunca han sido tan retorcidos para pensar en ello, la verdad – contestó Fulgencio.
- Deberían empezar a contemplarlo, aunque no creo que muchas personas lo hagan… ¿Tú crees que podré tomar una foto?
- En este instante la luz te atraviesa… agradece que puedas ver. – Fulgencio contempló incómodo el rostro sorprendido de Jorge e inquirió: P-pero… ¿a ti esto te gusta?
- ¿Qué?
- Los ángeles no tenemos sexo, ni siquiera estando de prácticas. ¿Esto… te la tendría que poner dura?
- No sé hasta que punto, viendo el movimiento que hacen esos dos… pero es casi como ver un documental. ¿A ti te dejan ver esto?
- Ya te digo que nunca pensamos en ello.
- Pues vaya, ¿nos vamos?
- ¿Te has cansado de verles?
- Uno nunca se cansa de ver esto… es como ver un cuadro de Bacon, sustituyendo la carne deforme por sexo explícito. Pero digo yo que algo más tendremos que hacer, ¿no?
- ¡Ah, sí! Sólo un momento más, ¿vale?
Después de flotar un poco de aquí a allá, el ángel sarnoso, quien en sus múltiples diatribas contra un sistema meritocrático que apenas le había dado la oportunidad de ganarse las alas, aclaró llamarse Fulgencio, le enseñó a escalar las moléculas del aire para subir con facilidad a cualquier parte.
De este modo llegaron a uno de los laboratorios del instituto, donde iluminado por los mecheros Bunsen, el profesor Suances parecía un tiburón fuera del agua. Miraba su reloj con impaciencia, al tiempo que Jorge y Fulgencio atravesaban el suelo, invisibles, atentos a cada uno de sus movimientos.
Poco después llegó Emma, dispuesta a ganarse un aprobado. Se contoneó hasta el profesor, y entonces…
- Mira, hasta eso no sería capaz de llegar por unas buenas notas – dijo Jorge. Reflexionó y, tras una breve pausa, añadió: Con razón Emma ha estado (Fulgencio, ¿has visto eso? No, yo tampoco lo había visto nunca antes, ¿es legal?) sacando sobresalientes en Lengua, a pesar de que una vez (no, no, ni siquiera en el porno que veo salen haciendo eso, no… He dicho que no, ¡tampoco en el alemán!) estuvo a punto de tener una apoplejía leyendo los ingredientes de un Bollicao… ¿¡Pero esto no te cierra las puertas del Cielo!?
- Nunca han sido tan retorcidos para pensar en ello, la verdad – contestó Fulgencio.
- Deberían empezar a contemplarlo, aunque no creo que muchas personas lo hagan… ¿Tú crees que podré tomar una foto?
- En este instante la luz te atraviesa… agradece que puedas ver. – Fulgencio contempló incómodo el rostro sorprendido de Jorge e inquirió: P-pero… ¿a ti esto te gusta?
- ¿Qué?
- Los ángeles no tenemos sexo, ni siquiera estando de prácticas. ¿Esto… te la tendría que poner dura?
- No sé hasta que punto, viendo el movimiento que hacen esos dos… pero es casi como ver un documental. ¿A ti te dejan ver esto?
- Ya te digo que nunca pensamos en ello.
- Pues vaya, ¿nos vamos?
- ¿Te has cansado de verles?
- Uno nunca se cansa de ver esto… es como ver un cuadro de Bacon, sustituyendo la carne deforme por sexo explícito. Pero digo yo que algo más tendremos que hacer, ¿no?
- ¡Ah, sí! Sólo un momento más, ¿vale?