El mundo es un lugar mejor...
... ahora que las rebajas de la primavera post-nuclear han vuelto.
Después de un período de inactividad propiciado por otro relato de este blog (el Cuento Navideño partes 1, 2, 3 y 4), los exámenes, y la preparación, deprisa y corriendo, de los relatos que he mandado al Booket 2007, he visto conveniente continuar, de una vez, la historia, que lleva dos meses congelada.
Por si alguien vuelve al último episodio, he cambiado un par de cosas. En aras de que el cuerpo general del relato sea fluido, añadí una pequeña entradilla a una de las largas explicaciones de Carlos, pues me di cuenta de que se notaba mucho el desarrollo episódico si leías de seguido el final del episodio III y el principio del IV.
Por otro lado, y tal y como ha señalado mi buen amigo Pedro Escudero, esta escena con Carlos supone todo un capítulo completo. Sin embargo, el desarrollo episódico en el blog (que me da bastantes ventajas, que luego detallaré) me obliga a dividir capítulos para que la lectura sea cómoda; más o menos, tengo fijo que más de hoja y media a letra 12, con Times New Roman, en el Word es harto de incómodo de leer en el blog, dada su longitud. Por fortuna, cada parte se ajusta a esta medida, si bien de vez en cuando hay un exceso o un defecto, como hemos visto tanto en el primer episodio como en el segundo.
El desarrollo episódico está bastante bien, no lo voy a negar. Te permite relajarte, atarte y a la vez ir soltando el hilo a la velocidad que precisas, ajustando el tempo narrativo y las revelaciones a tu ritmo. Además, me permite practicar e idear un nuevo cliffhanger casi para cada episodio, bien un cliffhanger flojito, como la explicación de Carlos, como un gran cliffhanger en torno al enigma planteado y su reciente destino, narrados en el episodio V.
Otra de las ventajas del desarrollo episódico es que un escritor DEBE leer. Es más, debe procesar las lecturas e incorporarlas, si lo estima necesario, a su particular acerbo, de modo que en su cabeza pueda sacarle provecho conjugando ideas nuevas con ideas recicladas. No se trata de rapiña literaria, pero casi, y no hay escritor que se libre de esto. Pues bien, este desarrollo episódico me permite experimentar con nuevos recursos, ampliar mi estilo sin romperlo, de tal modo que, aun notándose una leve progresión desde el primer episodio hasta el último, las diferencias se repartan entre el continente y el contenido. Me permite practicar con lo aprendido en la lectura de otros autores. Como he dicho varias veces, el blog es un campo de experimentación; más tarde, esos cuentos son revisados en su totalidad para revisar la coherencia interna y la fluidez, y si se tercia, se edita el blog con los nuevos cambios.
Así que nada, espero que os esté gustando el relato. Le estoy cogiendo mucho cariño a este mundo opresivo, supongo que porque es de las primeras veces que me molesto en crear un transfondo más complejo que la simple mención de un marco narrativo. Ojalá os estéis divirtiendo tanto leyéndolo como yo escribiéndolo.
Sin nada más, estimado lector constante, me despido hasta la próxima entrega. Si todo va bien, si las cosas se desarrollan como quiero que se desarrollen (saberlo a ciencia cierta es imposible porque el final del relato le sé, pero sólo está bosquejado el camino hasta él), quedan todavía 5 entregas. Y si esto os está provocando un nudo en el estómago... ya veréis, ya. Las dos últimas entregas van a ser de infarto.
Atentamente,
Seth Fortuyn
Después de un período de inactividad propiciado por otro relato de este blog (el Cuento Navideño partes 1, 2, 3 y 4), los exámenes, y la preparación, deprisa y corriendo, de los relatos que he mandado al Booket 2007, he visto conveniente continuar, de una vez, la historia, que lleva dos meses congelada.
Por si alguien vuelve al último episodio, he cambiado un par de cosas. En aras de que el cuerpo general del relato sea fluido, añadí una pequeña entradilla a una de las largas explicaciones de Carlos, pues me di cuenta de que se notaba mucho el desarrollo episódico si leías de seguido el final del episodio III y el principio del IV.
Por otro lado, y tal y como ha señalado mi buen amigo Pedro Escudero, esta escena con Carlos supone todo un capítulo completo. Sin embargo, el desarrollo episódico en el blog (que me da bastantes ventajas, que luego detallaré) me obliga a dividir capítulos para que la lectura sea cómoda; más o menos, tengo fijo que más de hoja y media a letra 12, con Times New Roman, en el Word es harto de incómodo de leer en el blog, dada su longitud. Por fortuna, cada parte se ajusta a esta medida, si bien de vez en cuando hay un exceso o un defecto, como hemos visto tanto en el primer episodio como en el segundo.
El desarrollo episódico está bastante bien, no lo voy a negar. Te permite relajarte, atarte y a la vez ir soltando el hilo a la velocidad que precisas, ajustando el tempo narrativo y las revelaciones a tu ritmo. Además, me permite practicar e idear un nuevo cliffhanger casi para cada episodio, bien un cliffhanger flojito, como la explicación de Carlos, como un gran cliffhanger en torno al enigma planteado y su reciente destino, narrados en el episodio V.
Otra de las ventajas del desarrollo episódico es que un escritor DEBE leer. Es más, debe procesar las lecturas e incorporarlas, si lo estima necesario, a su particular acerbo, de modo que en su cabeza pueda sacarle provecho conjugando ideas nuevas con ideas recicladas. No se trata de rapiña literaria, pero casi, y no hay escritor que se libre de esto. Pues bien, este desarrollo episódico me permite experimentar con nuevos recursos, ampliar mi estilo sin romperlo, de tal modo que, aun notándose una leve progresión desde el primer episodio hasta el último, las diferencias se repartan entre el continente y el contenido. Me permite practicar con lo aprendido en la lectura de otros autores. Como he dicho varias veces, el blog es un campo de experimentación; más tarde, esos cuentos son revisados en su totalidad para revisar la coherencia interna y la fluidez, y si se tercia, se edita el blog con los nuevos cambios.
Así que nada, espero que os esté gustando el relato. Le estoy cogiendo mucho cariño a este mundo opresivo, supongo que porque es de las primeras veces que me molesto en crear un transfondo más complejo que la simple mención de un marco narrativo. Ojalá os estéis divirtiendo tanto leyéndolo como yo escribiéndolo.
Sin nada más, estimado lector constante, me despido hasta la próxima entrega. Si todo va bien, si las cosas se desarrollan como quiero que se desarrollen (saberlo a ciencia cierta es imposible porque el final del relato le sé, pero sólo está bosquejado el camino hasta él), quedan todavía 5 entregas. Y si esto os está provocando un nudo en el estómago... ya veréis, ya. Las dos últimas entregas van a ser de infarto.
Atentamente,
Seth Fortuyn
Rebajas de la primavera post-nuclear (V)
Como el resto de las instalaciones, la sala comedor olía a hormigón. Olía también a comida, como era lógico, y también a microondas y a latas de comida. La iluminación se volvía más tenue según pasaba el día, transmitiendo la sensación de anochecer que tanto faltaba bajo tierra, y Sebastián volvió a hacerse una pregunta familiar para él.
- Sebastián, te has quedado en blanco... ¿pasa algo?
Sacudió la cabeza e hizo un gesto de despreocupación con la mano, al tiempo que se echaba un pedazo de atún en salsa de tomate a la boca.
- Es curioso Carlos, pero justo antes del anuncio de hoy estaba preguntándome cómo sería el cielo... y ver este falso ocaso... me trae de nuevo la sensación de que mañana seré libre.
De nuevo, Sebastián pudo apreciar en su amigo un leve gesto que indicaba de forma muy clara que se guardaba algo para sí, pero en el fondo lo único que conseguía era esconder una pelota negra detrás de una sábana blanca; su preocupación y su secreto traslucían a través de sus ojos, de sus poros abiertos, de una boca reseca que, al terminar Sebastián, corrió a llenarse de vino para evitar decir algo de lo que se arrepentiría.
Carlos debió de notar la mirada acuciante de Sebastián, que le observaba inquieto desde el otro lado de la mesa, entornando los ojos como si pudiera ver más en el interior de sus pensamientos. Por suerte para ambos, pensó, ya sabía que algo parecido ocurriría, y extrajo de un bolsillo un sobre, meticulosamente cerrado, con el nombre de su amigo como destinatario.
- Toma - dijo, su tono sacudido por la urgencia y cierto paternalismo -. Prométeme que no lo abrirás hasta mañana por la tarde. O por la noche.
- ¿Qué es? - preguntó Sebastián, mientras miraba el exterior del sobre con intriga. Intentó leer su interior situándolo al trasluz, pero la letra de Carlos, o lo que fuera que imprimió en la hoja de su interior no se transparentaba o se veía tapado por más papel. Derrotado, lo situó a su lado, encima de la mesa, y retomó el plato que se encontraba comiendo.
Su amigo no había probado un bocado, y a medida que pasaba el tiempo una turbadora lividez invadía progresivamente su rostro.
- Prométemelo - suplicó Carlos.
- Te lo prometo, ¿ves? - sacó las palmas al descubierto y las mantuvo abiertas por delante de su cara. - No hay dedos cruzados. Ni piernas.
- Está bien.
- ¿Qué te ocurre, Carlos? ¿No te alegras de lo de mañana?
- Oh, claro que sí - contestó -. Sólo pensaba en lo que me has dicho, ¿has leído el cuerpo principal de los poemas del Beato?
- ¿Otra vez con el tema, colega?
- No, no, no te hablaré de mí... ¿qué sabes del Beato?
- Pues... que el tal Agustín fue un astrónomo joven y desconocido que, de la noche a la mañana, escuchó demasiado a un cura, o leyó demasiado la Biblia, o algo así. Y se hizo famoso sólo por hablar de lo que había fuera, en la superficie, en lugar de contarnos historias de aquí dentro o en el espacio exterior, aunque su producción se reduce a unos cuantos poemas.
Una sonrisa asomó por la comisura de la boca de Carlos, pero distaba mucho de ser una sonrisa amigable; era amarga, un mordisco a un grano de café, como si hubiera un mensaje que sólo él veía de momento, y Sebastián se preocupó aún más por su amigo.
- ¿Es una nota de suicidio, esto? - inquirió, al borde de una crisis. No quería perderle.
- ¡Claro que no! Pero te ayudará en el Nuevo Mundo, claro que sí - le guiñó el ojo. Luego miró los platos sucios y vacíos encima de la mesa y añadió: ¿No crees que es hora de irse a dormir? ¡Fíjate cómo ha anochecido! - dijo, entre risas.
Ambos rieron, con ganas y sobre todo, mucho esfuerzo. Sebastián por culpa de la punzante preocupación por Carlos, que le empujaba a velar por él como si fuera su hijo; respecto a Carlos, tenía que ver con algo mucho más horrible y oscuro de lo que Sebastián podría imaginarse, algo que no podía decirle en ese momento porque no quería alterar su reacción al día siguiente.
Más tarde, cuando las luces principales se apagaron y todo se hallaba iluminado por los tenues brillos de las lámparas auxiliares, Carlos se levantó de la cama. No podía dormir y, de hecho, estaba resuelto a no volver a dormir más. En la habitación de al lado, su mujer, Marga, soñaba abrazada al recuerdo de sus hijos fallecidos, y él se preguntó qué clase de vida tendría a partir de aquella noche crucial; como hizo con Sebastián, se mantuvo opaco en la angustia que le oprimía el pecho, convirtiéndose en el contenedor de los problemas del mundo, si bien también la preparó un sobre con lo que él sabía.
Su vida, reflexionó, había sufrido un vuelco importante desde que el fundido de la estación OSO - Alfa le llevara a imaginarse lo peor. La noticia se había ocultado convenientemente, pero la escalada de suicidios entre la gente enterada de la noticia aumentaba a un ritmo exponencial según se acercaba la Gran Vuelta.
Y sin nada más que pensar, y sin ganas de hablar, Carlos echó toda su voluntad en un último salto, subiendo la silla de su escritorio a la cama, encaramándose a ella y saltando de cabeza contra el suelo. Quería algo inmediato, un sólo golpe que le llevara al olvido, no la lentitud de un ahorcamiento o el tedioso papeleo burocrático de la solicitud de un kit de suicidio que, seguro, le concederían dado su estatus de pareja demasiado mayor para la reproducción. Miró al hormigón, que lo rodeaba todo, y cerró los ojos para extraer el entorno de su mente durante su caída, dejando únicamente su férrea voluntad de morir.
Tuvo suerte, y su fallecimiento fue inmediato.
- Sebastián, te has quedado en blanco... ¿pasa algo?
Sacudió la cabeza e hizo un gesto de despreocupación con la mano, al tiempo que se echaba un pedazo de atún en salsa de tomate a la boca.
- Es curioso Carlos, pero justo antes del anuncio de hoy estaba preguntándome cómo sería el cielo... y ver este falso ocaso... me trae de nuevo la sensación de que mañana seré libre.
De nuevo, Sebastián pudo apreciar en su amigo un leve gesto que indicaba de forma muy clara que se guardaba algo para sí, pero en el fondo lo único que conseguía era esconder una pelota negra detrás de una sábana blanca; su preocupación y su secreto traslucían a través de sus ojos, de sus poros abiertos, de una boca reseca que, al terminar Sebastián, corrió a llenarse de vino para evitar decir algo de lo que se arrepentiría.
Carlos debió de notar la mirada acuciante de Sebastián, que le observaba inquieto desde el otro lado de la mesa, entornando los ojos como si pudiera ver más en el interior de sus pensamientos. Por suerte para ambos, pensó, ya sabía que algo parecido ocurriría, y extrajo de un bolsillo un sobre, meticulosamente cerrado, con el nombre de su amigo como destinatario.
- Toma - dijo, su tono sacudido por la urgencia y cierto paternalismo -. Prométeme que no lo abrirás hasta mañana por la tarde. O por la noche.
- ¿Qué es? - preguntó Sebastián, mientras miraba el exterior del sobre con intriga. Intentó leer su interior situándolo al trasluz, pero la letra de Carlos, o lo que fuera que imprimió en la hoja de su interior no se transparentaba o se veía tapado por más papel. Derrotado, lo situó a su lado, encima de la mesa, y retomó el plato que se encontraba comiendo.
Su amigo no había probado un bocado, y a medida que pasaba el tiempo una turbadora lividez invadía progresivamente su rostro.
- Prométemelo - suplicó Carlos.
- Te lo prometo, ¿ves? - sacó las palmas al descubierto y las mantuvo abiertas por delante de su cara. - No hay dedos cruzados. Ni piernas.
- Está bien.
- ¿Qué te ocurre, Carlos? ¿No te alegras de lo de mañana?
- Oh, claro que sí - contestó -. Sólo pensaba en lo que me has dicho, ¿has leído el cuerpo principal de los poemas del Beato?
- ¿Otra vez con el tema, colega?
- No, no, no te hablaré de mí... ¿qué sabes del Beato?
- Pues... que el tal Agustín fue un astrónomo joven y desconocido que, de la noche a la mañana, escuchó demasiado a un cura, o leyó demasiado la Biblia, o algo así. Y se hizo famoso sólo por hablar de lo que había fuera, en la superficie, en lugar de contarnos historias de aquí dentro o en el espacio exterior, aunque su producción se reduce a unos cuantos poemas.
Una sonrisa asomó por la comisura de la boca de Carlos, pero distaba mucho de ser una sonrisa amigable; era amarga, un mordisco a un grano de café, como si hubiera un mensaje que sólo él veía de momento, y Sebastián se preocupó aún más por su amigo.
- ¿Es una nota de suicidio, esto? - inquirió, al borde de una crisis. No quería perderle.
- ¡Claro que no! Pero te ayudará en el Nuevo Mundo, claro que sí - le guiñó el ojo. Luego miró los platos sucios y vacíos encima de la mesa y añadió: ¿No crees que es hora de irse a dormir? ¡Fíjate cómo ha anochecido! - dijo, entre risas.
Ambos rieron, con ganas y sobre todo, mucho esfuerzo. Sebastián por culpa de la punzante preocupación por Carlos, que le empujaba a velar por él como si fuera su hijo; respecto a Carlos, tenía que ver con algo mucho más horrible y oscuro de lo que Sebastián podría imaginarse, algo que no podía decirle en ese momento porque no quería alterar su reacción al día siguiente.
Más tarde, cuando las luces principales se apagaron y todo se hallaba iluminado por los tenues brillos de las lámparas auxiliares, Carlos se levantó de la cama. No podía dormir y, de hecho, estaba resuelto a no volver a dormir más. En la habitación de al lado, su mujer, Marga, soñaba abrazada al recuerdo de sus hijos fallecidos, y él se preguntó qué clase de vida tendría a partir de aquella noche crucial; como hizo con Sebastián, se mantuvo opaco en la angustia que le oprimía el pecho, convirtiéndose en el contenedor de los problemas del mundo, si bien también la preparó un sobre con lo que él sabía.
Su vida, reflexionó, había sufrido un vuelco importante desde que el fundido de la estación OSO - Alfa le llevara a imaginarse lo peor. La noticia se había ocultado convenientemente, pero la escalada de suicidios entre la gente enterada de la noticia aumentaba a un ritmo exponencial según se acercaba la Gran Vuelta.
Y sin nada más que pensar, y sin ganas de hablar, Carlos echó toda su voluntad en un último salto, subiendo la silla de su escritorio a la cama, encaramándose a ella y saltando de cabeza contra el suelo. Quería algo inmediato, un sólo golpe que le llevara al olvido, no la lentitud de un ahorcamiento o el tedioso papeleo burocrático de la solicitud de un kit de suicidio que, seguro, le concederían dado su estatus de pareja demasiado mayor para la reproducción. Miró al hormigón, que lo rodeaba todo, y cerró los ojos para extraer el entorno de su mente durante su caída, dejando únicamente su férrea voluntad de morir.
Tuvo suerte, y su fallecimiento fue inmediato.