Lázaro
¿Quién se creía que era?
Lázaro estaba en su tumba, muerto, abandonado; los gusanos y demás bichos estaban empezando a tomar su parte del festín, cuando llegó él; ese mal llamado salvador, a quien su hermana María tuvo a bien lavarle los pies con su cabello, y al que todo el mundo miraba como si fuera el Sol, caminando por la tierra.
Y sus intenciones eran buenas.
Eso era lo peor.
Porque cualquiera diría que hizo adrede eso de levantarle.
En efecto, Lázaro despertó, y no sentía nada. No había rastro de la agonía que había vivido en los últimos días, claro, pero tampoco podía asegurar que ponía los pies en el suelo, de ahí que caminara renqueante, como un niño pequeño.
Pero conservaba el olfato, y olía muy mal. Más que de costumbre, como si le faltaran dos o tres baños de arena. Y la piel se le caía a pedazos, y a veces se fijaba en el brazo, o en una pierna, y descubría nidos de insectos que procuraba quitarse cuanto antes.
¡Sus intenciones eran buenas!
¡Claro!
Y así, cuando Lázaro salió de la cueva, la cara de esperanza de los testigos pasó a denotar un profundo asco, y miedo, y su propia hermana vomitó sobre sus enmugrecidos pies.
Al del milagro se lo llevaron, acusado de nigromancia, y Lázaro se alegró. Deseó que le colgaran, y le hicieran mucho daño.
Y mientras se preguntaba qué hacer con su nueva vida, sólo podía pensar en una cosa.
Cerebros.
-----------------------------
Son 250 palabras justas, pero creía que hoy era lunes. Y es martes.
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Lázaro estaba en su tumba, muerto, abandonado; los gusanos y demás bichos estaban empezando a tomar su parte del festín, cuando llegó él; ese mal llamado salvador, a quien su hermana María tuvo a bien lavarle los pies con su cabello, y al que todo el mundo miraba como si fuera el Sol, caminando por la tierra.
Y sus intenciones eran buenas.
Eso era lo peor.
Porque cualquiera diría que hizo adrede eso de levantarle.
En efecto, Lázaro despertó, y no sentía nada. No había rastro de la agonía que había vivido en los últimos días, claro, pero tampoco podía asegurar que ponía los pies en el suelo, de ahí que caminara renqueante, como un niño pequeño.
Pero conservaba el olfato, y olía muy mal. Más que de costumbre, como si le faltaran dos o tres baños de arena. Y la piel se le caía a pedazos, y a veces se fijaba en el brazo, o en una pierna, y descubría nidos de insectos que procuraba quitarse cuanto antes.
¡Sus intenciones eran buenas!
¡Claro!
Y así, cuando Lázaro salió de la cueva, la cara de esperanza de los testigos pasó a denotar un profundo asco, y miedo, y su propia hermana vomitó sobre sus enmugrecidos pies.
Al del milagro se lo llevaron, acusado de nigromancia, y Lázaro se alegró. Deseó que le colgaran, y le hicieran mucho daño.
Y mientras se preguntaba qué hacer con su nueva vida, sólo podía pensar en una cosa.
Cerebros.
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Son 250 palabras justas, pero creía que hoy era lunes. Y es martes.
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Fe Volante
El cura estaba loco, eso pensaban sus habituales parroquianos. Porque por motivos que no quiso aclarar, ni siquiera en la última misa que ofició antes de partir, decidió batir el récord de permanencia en el aire con mil globos de fiesta.
La gente, los medios de comunicación, abarrotaron la pequeña plaza mayor de la ciudad, deseosos de ver volar al cura y, a ser posible, para arrancarle una confesión.
Pero fue imposible, porque el párroco era experto en sacar confesiones, no en darlas.
- ¿Y no teme que sea incapaz de manejar la trayectoria de su vuelo? – inquirió uno de sus habituales en misa.
- Dios guiará mi vuelo, ¡sin duda alguna!
Con esas palabras mandó que le soltaran con los globos, y subió y subió en el cielo estúpido y meteorológicamente desequilibrado, y fue alejándose cada vez más, arropado por los vítores y ánimos de los allí presentes.
Dos días más tarde, poco se supo de él, salvo que Dios había tenido a bien despojarle de unos cuantos globos.
Y ahora, sinceramente, ni Dios sabe dónde está el cura.
Ni por qué lo hizo.
La gente, los medios de comunicación, abarrotaron la pequeña plaza mayor de la ciudad, deseosos de ver volar al cura y, a ser posible, para arrancarle una confesión.
Pero fue imposible, porque el párroco era experto en sacar confesiones, no en darlas.
- ¿Y no teme que sea incapaz de manejar la trayectoria de su vuelo? – inquirió uno de sus habituales en misa.
- Dios guiará mi vuelo, ¡sin duda alguna!
Con esas palabras mandó que le soltaran con los globos, y subió y subió en el cielo estúpido y meteorológicamente desequilibrado, y fue alejándose cada vez más, arropado por los vítores y ánimos de los allí presentes.
Dos días más tarde, poco se supo de él, salvo que Dios había tenido a bien despojarle de unos cuantos globos.
Y ahora, sinceramente, ni Dios sabe dónde está el cura.
Ni por qué lo hizo.
Lento
Era normal verle andando por la calle a eso de las once de la mañana, porque bajaba escrupulosamente puntual a las diez para comprar el pan. Antonio caminaba lento, muy lento, debido a una acumulación de achaques propios de la edad, que le obligaban a caminar pasito a pasito, como si caminara por una cuerda floja y estuviera a punto de caer al vacío. Y aunque la panadería se encontraba a sólo cinco minutos de distancia al paso de una persona normal, para él el trayecto se convertía en una odisea de más de una hora llena de dolor.
De vez en cuando, algún chaval pasaba a su lado y se burlaba de él. Le llamaban lentorro, y tortuga, y caracol, pero no les solía hacer caso porque los niños ahora son unos maleducados. Ni disciplina, ni cultura. Se avergonzaba de haber vivido una Guerra Civil que se llevó por delante a su hermano Sergio, y todo para dejar un país en manos de borregos e ignorantes. Ya nadie apreciaba las ideas, ni sentía pasión por ellas. Sólo compraban, insultaban…
Un día, sin embargo, las cosas se pusieron un poco más duras. Un chiquillo de no más de quince años se le acercó y, sin venir a cuento, lo empujó al suelo con brusquedad. Tenía en el pelo una estúpida coronilla, acné y una forma de hablar que arrastraba las palabras, como si odiara todas y cada una de las que tuvieran más de una sílaba. Y el estúpido primate se le acercó, le arrebató la cartera con brusquedad, y salió corriendo.
Antonio se quedó tirado, en el suelo, a punto de llorar. Él, que había corrido, que había vivido tanto… quiso permanecer allí, listo para morir. Era el ridículo, y la indefensión, y lo absurdo de la situación que le abatieron por completo. Aunque le ayudaron a levantarse, y todo fueron palabras amables y brazos que le ofrecían apoyo para volver a casa, de poco le sirvió. Porque conocía al chaval, y todos le tenían miedo y nadie haría nada. Y él jamás le hubiera alcanzado corriendo, él que tenía el valor de perseguirle.
En los sucesivos días, su mente se centró en la venganza. En el odio por una generación destinada a la vacuidad. Él no había luchado por aquello, volvió a repetirse. Y mientras, calibraba el revólver en sus manos, una vieja Luger que se encontró tirada en el suelo en Madrid (¿o fue en Segovia? Aquellos detalles se escurrían de su mente como mercurio a través de un sumidero). Sólo la disparó una vez, pero mató a su objetivo.
No recordaba qué sintió cuando el estampido, y el retroceso, y la figura delante de él, que caía al suelo vacía, se sucedieron en el minuto más violento de su vida.
Atacar a un viejo. Era indigno, y que él supiera, hasta impensable en la época que le vio nacer.
Tampoco recordaba que el arma pesara tanto.
Dos meses más tarde, cuando el chico volvió al barrio tras cumplir una pequeña condena por robo con intimidación, Antonio volvía de comprar el pan. Había salido de casa a las diez en punto, y ya eran las once menos cuarto.
De repente, sintió una mano que se escurría en su bolsillo y Antonio, con su velocidad sumamente mermada, no pudo impedirlo. El ladronzuelo, al que reconoció como el perpetrador de su anterior humillación, empezó a correr recto, y tenía mucha calle por delante antes de verse obligado a girar.
Antonio dirigió su mano derecha al bolsillo interior de su chaqueta de pana.
Un joven se acercó, de pelo largo y una mirada tan valiente que Antonio se reconoció en ella, y le ofreció ayuda.
- Puedo correr tras él. Sé dónde vive.
- No te molestes, él corre demasiado – dijo Antonio, hirviendo de furia.
Sacó la Luger delante de todos los vecinos y, lentamente, procedió a apuntar hacia delante. El hijo de perra seguía a lo lejos, y pudo reconocerle porque su vista apenas había empeorado en sus más de ochenta años de vida. El pulso se le estabilizó, como si el odio que tenía dentro le endureciera la pose, y el cañón del arma se quedó quieto, fijo sobre el objetivo.
- Pero esto corre más – apostilló el anciano.
Un disparo más tarde, el delincuente estaba en el suelo, y Antonio desconocía si vivo o muerto. La gente gritaba; el buen samaritano huyó envuelto en miedo. Le daba igual. En serio. Era viejo, y no le iban a condenar. Diablos, tal y como era el chico, hasta le aplaudirían. Pero le dejarían en paz, y él conseguiría enviar un poderoso mensaje a cualquier matón que se le acercara. No estaba indefenso. Él no correría demasiado, pero sus balas lo harían por él.
Y el revólver… bueno, la Luger ya no pesaba tanto.
De vez en cuando, algún chaval pasaba a su lado y se burlaba de él. Le llamaban lentorro, y tortuga, y caracol, pero no les solía hacer caso porque los niños ahora son unos maleducados. Ni disciplina, ni cultura. Se avergonzaba de haber vivido una Guerra Civil que se llevó por delante a su hermano Sergio, y todo para dejar un país en manos de borregos e ignorantes. Ya nadie apreciaba las ideas, ni sentía pasión por ellas. Sólo compraban, insultaban…
Un día, sin embargo, las cosas se pusieron un poco más duras. Un chiquillo de no más de quince años se le acercó y, sin venir a cuento, lo empujó al suelo con brusquedad. Tenía en el pelo una estúpida coronilla, acné y una forma de hablar que arrastraba las palabras, como si odiara todas y cada una de las que tuvieran más de una sílaba. Y el estúpido primate se le acercó, le arrebató la cartera con brusquedad, y salió corriendo.
Antonio se quedó tirado, en el suelo, a punto de llorar. Él, que había corrido, que había vivido tanto… quiso permanecer allí, listo para morir. Era el ridículo, y la indefensión, y lo absurdo de la situación que le abatieron por completo. Aunque le ayudaron a levantarse, y todo fueron palabras amables y brazos que le ofrecían apoyo para volver a casa, de poco le sirvió. Porque conocía al chaval, y todos le tenían miedo y nadie haría nada. Y él jamás le hubiera alcanzado corriendo, él que tenía el valor de perseguirle.
En los sucesivos días, su mente se centró en la venganza. En el odio por una generación destinada a la vacuidad. Él no había luchado por aquello, volvió a repetirse. Y mientras, calibraba el revólver en sus manos, una vieja Luger que se encontró tirada en el suelo en Madrid (¿o fue en Segovia? Aquellos detalles se escurrían de su mente como mercurio a través de un sumidero). Sólo la disparó una vez, pero mató a su objetivo.
No recordaba qué sintió cuando el estampido, y el retroceso, y la figura delante de él, que caía al suelo vacía, se sucedieron en el minuto más violento de su vida.
Atacar a un viejo. Era indigno, y que él supiera, hasta impensable en la época que le vio nacer.
Tampoco recordaba que el arma pesara tanto.
Dos meses más tarde, cuando el chico volvió al barrio tras cumplir una pequeña condena por robo con intimidación, Antonio volvía de comprar el pan. Había salido de casa a las diez en punto, y ya eran las once menos cuarto.
De repente, sintió una mano que se escurría en su bolsillo y Antonio, con su velocidad sumamente mermada, no pudo impedirlo. El ladronzuelo, al que reconoció como el perpetrador de su anterior humillación, empezó a correr recto, y tenía mucha calle por delante antes de verse obligado a girar.
Antonio dirigió su mano derecha al bolsillo interior de su chaqueta de pana.
Un joven se acercó, de pelo largo y una mirada tan valiente que Antonio se reconoció en ella, y le ofreció ayuda.
- Puedo correr tras él. Sé dónde vive.
- No te molestes, él corre demasiado – dijo Antonio, hirviendo de furia.
Sacó la Luger delante de todos los vecinos y, lentamente, procedió a apuntar hacia delante. El hijo de perra seguía a lo lejos, y pudo reconocerle porque su vista apenas había empeorado en sus más de ochenta años de vida. El pulso se le estabilizó, como si el odio que tenía dentro le endureciera la pose, y el cañón del arma se quedó quieto, fijo sobre el objetivo.
- Pero esto corre más – apostilló el anciano.
Un disparo más tarde, el delincuente estaba en el suelo, y Antonio desconocía si vivo o muerto. La gente gritaba; el buen samaritano huyó envuelto en miedo. Le daba igual. En serio. Era viejo, y no le iban a condenar. Diablos, tal y como era el chico, hasta le aplaudirían. Pero le dejarían en paz, y él conseguiría enviar un poderoso mensaje a cualquier matón que se le acercara. No estaba indefenso. Él no correría demasiado, pero sus balas lo harían por él.
Y el revólver… bueno, la Luger ya no pesaba tanto.
No me mudo...
... pero casi. Este blog se queda SOLO para relatos. Mi blog personal será, a partir de ahora, este.
Me encanta Wordpress.
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