Rebajas de la Primavera Post Nuclear (VI)
Al abrir los ojos, el negro del interior de sus párpados se convirtió en el gris deslucido de la habitación. La luz de la falsa mañana provenía de los fluorescentes y las lámparas artificiales, y salvo alguna voz pasajera, sólo había dos sonidos en toda la estancia: el pitido de sus nervios y el zumbido de la electricidad. Sebastián recordó durante un momento, mientras se aseaba, la pésima decisión de simular, mediante incrementos de luz y sonidos tranquilizantes, que aquellas mañanas ocultas bajo tierra eran en realidad el comienzo de un nuevo día en un mundo ajeno a las desgracias.
El ser humano siempre es obstinado en su desgracia, y cuanto más tratan de hacérsela olvidar, más se empeña en recordarla. Puede aceptar un destino aciago, pero luchará con uñas y dientes contra una vida perfecta, o la ilusión de esta. Tampoco lo sabía, ni lo había pensado demasiado ni llegaba a importarle. Sebastián sólo quería abrir los ojos; con eso bastaba.
Durante los primeros años de las estaciones OSO prácticamente todo estaba en período de pruebas. Sobre todo, las personas. Mediante el típico método de ensayo y error, los psicólogos descubrieron que cualquier intento de enmascarar la nueva situación de la humanidad como reyes de un puñado de cenizas venenosas significaba, invariablemente, un fracaso. La calamidad de un goteo constante de suicidios inducidos por felicidad impostada les llevó a echarse atrás, y convertir el búnker en lo que era realmente: un refugio adusto, gris, casi un castigo, una consecuencia lógica de las desmedidas ostentaciones de poder.
Ajeno al suicidio de Carlos, y hasta cierto punto despreocupado por la suerte de su amigo dadas las excepcionales circunstancias del día, Sebastián se dejó llevar hasta el gran evento: la salida al exterior. Sus dudas acerca de la veracidad del anuncio de Tomás García, presidente de las instalaciones, le habían llevado a una distendida charla con Carlos. Y lo único que sacó en claro fue aquel sobre, de aspecto insignificante, que casi parecía quemarle bajo la ropa mientras susurraba secretos que, por el momento, no tenía por qué saber.
Se entretuvo contemplando a los asistentes, en la espera del gran momento. A pesar de sus escasas dotes sociales, Sebastián conocía a casi todo el mundo, y su fama de taciturno le precedía. Eso no le impedía tener algún amigo, y alguna amiga, como Marta que, sentada cinco filas por delante de él, lo saludó con una amplia sonrisa.
Pero no esperó demasiado. Tomás se presentó radiante y sudoroso ante el enfervorecido público de la sala de reuniones y, sin prolegómenos, exclamó mientras levantaba las manos:
- ¡Salgamos ya!
Los últimos cien metros de pasillo hasta la puerta principal habían sido divididos entre varios cubículos, donde era obligatorio pasar y empaparse con los preparativos para la salida.
- Lo primero – dijo uno de los instructores -, es poneros esta crema solar. Aunque no hay restos de contaminación atmosférica, los problemas en la capa de ozono derivados de las bombas han dañado la capa de ozono. Aunque en breve podremos prescindir de ella, a menos que queráis sufrir todo tipo de melanomas os sugiero que os la echéis bien por todo el cuerpo. No miréis al sol. No aguantéis la mirada en los reflejos del sol sobre superficies pulidas. Si podéis andar por la sombra, mejor. Reducid vuestro tiempo de exposición y todo irá bien.
- Como un puto robot – señaló Sebastián.
Mientras el resto del mundo se dejaba embargar por la emoción, Sebastián se mostraba escéptico. No se trataba de la excesiva sudoración del presidente, ni de ese halo de ocultación y tristeza que mantenían los cuerpos de seguridad. La misma sensación de gato encerrado de hacía unas horas le seguía pellizcando por dentro de las tripas.
Acarició la carta de Carlos.
- Todavía no. Seguro que tengo que abrirla fuera – pensó Sebastián -; será un poema del beato o algo así.
Y cuando le vino a la mente la preocupación por su amigo, un ruido fuerte, apenas escuchado durante cuarenta años, reverberó a lo largo del pasillo. Los goznes de las robustas puertas chillaron de dolor, y en un segundo todas las cabezas apuntaron hacia allí, y no se volvieron a girar.
La luz del sol bajó con timidez las escaleras de salida, y sus rayos dieron paso a una auténtica mañana donde todo, por fin, parecía posible de nuevo.
El ser humano siempre es obstinado en su desgracia, y cuanto más tratan de hacérsela olvidar, más se empeña en recordarla. Puede aceptar un destino aciago, pero luchará con uñas y dientes contra una vida perfecta, o la ilusión de esta. Tampoco lo sabía, ni lo había pensado demasiado ni llegaba a importarle. Sebastián sólo quería abrir los ojos; con eso bastaba.
Durante los primeros años de las estaciones OSO prácticamente todo estaba en período de pruebas. Sobre todo, las personas. Mediante el típico método de ensayo y error, los psicólogos descubrieron que cualquier intento de enmascarar la nueva situación de la humanidad como reyes de un puñado de cenizas venenosas significaba, invariablemente, un fracaso. La calamidad de un goteo constante de suicidios inducidos por felicidad impostada les llevó a echarse atrás, y convertir el búnker en lo que era realmente: un refugio adusto, gris, casi un castigo, una consecuencia lógica de las desmedidas ostentaciones de poder.
Ajeno al suicidio de Carlos, y hasta cierto punto despreocupado por la suerte de su amigo dadas las excepcionales circunstancias del día, Sebastián se dejó llevar hasta el gran evento: la salida al exterior. Sus dudas acerca de la veracidad del anuncio de Tomás García, presidente de las instalaciones, le habían llevado a una distendida charla con Carlos. Y lo único que sacó en claro fue aquel sobre, de aspecto insignificante, que casi parecía quemarle bajo la ropa mientras susurraba secretos que, por el momento, no tenía por qué saber.
Se entretuvo contemplando a los asistentes, en la espera del gran momento. A pesar de sus escasas dotes sociales, Sebastián conocía a casi todo el mundo, y su fama de taciturno le precedía. Eso no le impedía tener algún amigo, y alguna amiga, como Marta que, sentada cinco filas por delante de él, lo saludó con una amplia sonrisa.
Pero no esperó demasiado. Tomás se presentó radiante y sudoroso ante el enfervorecido público de la sala de reuniones y, sin prolegómenos, exclamó mientras levantaba las manos:
- ¡Salgamos ya!
Los últimos cien metros de pasillo hasta la puerta principal habían sido divididos entre varios cubículos, donde era obligatorio pasar y empaparse con los preparativos para la salida.
- Lo primero – dijo uno de los instructores -, es poneros esta crema solar. Aunque no hay restos de contaminación atmosférica, los problemas en la capa de ozono derivados de las bombas han dañado la capa de ozono. Aunque en breve podremos prescindir de ella, a menos que queráis sufrir todo tipo de melanomas os sugiero que os la echéis bien por todo el cuerpo. No miréis al sol. No aguantéis la mirada en los reflejos del sol sobre superficies pulidas. Si podéis andar por la sombra, mejor. Reducid vuestro tiempo de exposición y todo irá bien.
- Como un puto robot – señaló Sebastián.
Mientras el resto del mundo se dejaba embargar por la emoción, Sebastián se mostraba escéptico. No se trataba de la excesiva sudoración del presidente, ni de ese halo de ocultación y tristeza que mantenían los cuerpos de seguridad. La misma sensación de gato encerrado de hacía unas horas le seguía pellizcando por dentro de las tripas.
Acarició la carta de Carlos.
- Todavía no. Seguro que tengo que abrirla fuera – pensó Sebastián -; será un poema del beato o algo así.
Y cuando le vino a la mente la preocupación por su amigo, un ruido fuerte, apenas escuchado durante cuarenta años, reverberó a lo largo del pasillo. Los goznes de las robustas puertas chillaron de dolor, y en un segundo todas las cabezas apuntaron hacia allí, y no se volvieron a girar.
La luz del sol bajó con timidez las escaleras de salida, y sus rayos dieron paso a una auténtica mañana donde todo, por fin, parecía posible de nuevo.
Tiempos Modernos
Junto a la Plaza Mayor, un acondroplásico con malformaciones en los brazos vendía ceniceros hechos a partir de latas de refresco; con gran esfuerzo, aplastaba las latas con sus diminutas extremidades y después procedía a cortar y doblar el resultado.
Obtenía así piezas de artesanía basura y urbana.
Se llamaba Antonio, y llevaba años viviendo de aquello.
Pero un día, un tipo, con pinta de haber recorrido mundo y gastado todo su dinero en el proceso, situó su puesto a pocos metros del de Antonio; por desgracia, aunque este último producía ceniceros a un ritmo vertiginoso, su competidor igualaba y superaba su oferta, y sin que se le viera aplastar una sola lata.
- ¿Con quién colaborará? – se preguntó Antonio, contestándose a la pregunta de cómo se las arreglaría el hippie.
Sabía que aplanar los envases era la parte más difícil del proceso, por lo que se dispuso a seguir a su rival hasta dar con su colaborador. Durante una hora, su rival recogió un saco de materia prima. Después, el hombre se sentó junto a una concurrida carretera, y esperó a que el semáforo detuviera la estampida de vehículos; una vez despejada, saltó a la carretera y dispuso varias latas sobre el pavimento.
El semáforo espoleó a los coches para continuar su carrera a ninguna parte.
Y así, de forma mecánica, las latas quedaron aplastadas, y sólo había que sacarles brillo y rechazar aquellas que no sirvieran.
La industrialización acababa de llegar al mundo de la mendicidad.
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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Obtenía así piezas de artesanía basura y urbana.
Se llamaba Antonio, y llevaba años viviendo de aquello.
Pero un día, un tipo, con pinta de haber recorrido mundo y gastado todo su dinero en el proceso, situó su puesto a pocos metros del de Antonio; por desgracia, aunque este último producía ceniceros a un ritmo vertiginoso, su competidor igualaba y superaba su oferta, y sin que se le viera aplastar una sola lata.
- ¿Con quién colaborará? – se preguntó Antonio, contestándose a la pregunta de cómo se las arreglaría el hippie.
Sabía que aplanar los envases era la parte más difícil del proceso, por lo que se dispuso a seguir a su rival hasta dar con su colaborador. Durante una hora, su rival recogió un saco de materia prima. Después, el hombre se sentó junto a una concurrida carretera, y esperó a que el semáforo detuviera la estampida de vehículos; una vez despejada, saltó a la carretera y dispuso varias latas sobre el pavimento.
El semáforo espoleó a los coches para continuar su carrera a ninguna parte.
Y así, de forma mecánica, las latas quedaron aplastadas, y sólo había que sacarles brillo y rechazar aquellas que no sirvieran.
La industrialización acababa de llegar al mundo de la mendicidad.
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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Dos niños
Juan y Santigo estaban en el patio de su colegio. Ambos tenían seis años, pero eso no les impidió discutir acaloradamente.
- ¡Que sí, te lo juro que es verdad! ¡Que se mueran mis padres si miento!
Mientras seguían gritando, Sole, su profesora, cruzó el patio y llegó hasta Santiago. Ella parecía haber estado llorando, y haberse tragado el llanto como el más amargo de los platos.
- Santigo. He de darte una mala noticia: tus padres han muerto.
Los tres se quedaron atónitos, sin saber qué decir.
Luego, Juan, visiblemente enfadado, frunció el ceño, apretó los labios, se acercó a Santiago y le propinó un puñetazo en la nariz con todas sus fuerzas; su víctima cayó al suelo, asediado por un inmenso dolor físico y mental.
Y mientras Santiago se retorcía, Juan gritó, antes de volver a clase:
- ¿Ves como los Reyes Magos no son los padres? ¡Mentiroso!
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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
- ¡Que sí, te lo juro que es verdad! ¡Que se mueran mis padres si miento!
Mientras seguían gritando, Sole, su profesora, cruzó el patio y llegó hasta Santiago. Ella parecía haber estado llorando, y haberse tragado el llanto como el más amargo de los platos.
- Santigo. He de darte una mala noticia: tus padres han muerto.
Los tres se quedaron atónitos, sin saber qué decir.
Luego, Juan, visiblemente enfadado, frunció el ceño, apretó los labios, se acercó a Santiago y le propinó un puñetazo en la nariz con todas sus fuerzas; su víctima cayó al suelo, asediado por un inmenso dolor físico y mental.
Y mientras Santiago se retorcía, Juan gritó, antes de volver a clase:
- ¿Ves como los Reyes Magos no son los padres? ¡Mentiroso!
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SinDios
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© del autor.





