Codificación
El profesor Steelman toqueteaba el gran aparato defensivo cuando sus colegas llegaron al laboratorio. La máquina en cuestión, una estructura metálica rematada a ambos lados por una especie de trombones sujetos y cubiertos por cables, despertó en sus compañeros extrañeza, reticencia y alguna carcajada.
- ¿Y pretende usted, majadero – comenzó Klein, llenándose la boca con aquella falta de respeto -, solucionar así el “problema” que descubrió después de consumir peyote?
Me lo merezco, pensó Steelman con amargura; aunque todos los presentes, físicos cuánticos de probada excelencia, estiraban igual los límites de la realidad con o sin drogas, jamás admitirían consumirlas para alimentar sus teorías. Un científico, pensaban unánimemente, sólo tiene tres constantes: pelo, prestigio y cerebro; y sólo el primero podía aproximarse a cero sin ser catastrófico.
- Como sabrán – rememoró Steelman -, un grupo de seres ultradimensionales ha alcanzado nuestro universo. Dada la naturaleza de su universo, apenas pueden interactuar con nosotros; pero pueden espiarnos incluso en el interior de nuestras cabezas. Mi invento es sencillo: codifica la frecuencia vibratoria de nuestro universo de tal forma que resulte ininteligible para estos “intrusos curiosos”.
- ¡Pero es una locura! – maldijo Fredrikks, antes de echarse a reír -. ¿Y cuándo piensa activar esa máquina infernal, para que veamos el ridículo que ha hecho?
- Ya lo he hecho – aseveró Steelman -. En estz misni monwbri se wbxywbrep a okwbi ewbsunuwbri.
T pau dyw xini wk vywb sixrie kifei au nwra, t oie wai bi oywswa wbrwbswe wari.
DUB
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
- ¿Y pretende usted, majadero – comenzó Klein, llenándose la boca con aquella falta de respeto -, solucionar así el “problema” que descubrió después de consumir peyote?
Me lo merezco, pensó Steelman con amargura; aunque todos los presentes, físicos cuánticos de probada excelencia, estiraban igual los límites de la realidad con o sin drogas, jamás admitirían consumirlas para alimentar sus teorías. Un científico, pensaban unánimemente, sólo tiene tres constantes: pelo, prestigio y cerebro; y sólo el primero podía aproximarse a cero sin ser catastrófico.
- Como sabrán – rememoró Steelman -, un grupo de seres ultradimensionales ha alcanzado nuestro universo. Dada la naturaleza de su universo, apenas pueden interactuar con nosotros; pero pueden espiarnos incluso en el interior de nuestras cabezas. Mi invento es sencillo: codifica la frecuencia vibratoria de nuestro universo de tal forma que resulte ininteligible para estos “intrusos curiosos”.
- ¡Pero es una locura! – maldijo Fredrikks, antes de echarse a reír -. ¿Y cuándo piensa activar esa máquina infernal, para que veamos el ridículo que ha hecho?
- Ya lo he hecho – aseveró Steelman -. En estz misni monwbri se wbxywbrep a okwbi ewbsunuwbri.
T pau dyw xini wk vywb sixrie kifei au nwra, t oie wai bi oywswa wbrwbswe wari.
SinDios
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© del autor.
El Busca
Fernando volvió a casa después de un duro día de trabajo. Atravesó el portal del edificio de apartamentos en el que vivía y se acercó al buzón. Preparó las llaves para sacar las cartas y en el momento que abrió la casilla su busca comenzó a sonar: en la oficina se le necesitaba inmediatamente después de comer.
Con fastidio, recogió las cartas y sin advertirlo, dejó el busca en el interior del buzón. No volvió a interesarse por él hasta que estuvo en la oficina, y ya era demasiado tarde.
Concentrémonos en el busca.
Es un pequeño aparato de forma rectangular con una pantalla de cristal líquido por el que desfilan mensajes distribuidos en dos líneas. En la parte superior, una luz verde avisa que el dispositivo está en marcha.
Fue esta luz verde la que llamó la atención del conserje del edificio. Por desgracia, justo en el momento en que el hombre metió las narices en el buzón la batería del aparato comenzó a agonizar, y la luz verde cambió a roja; a punto de llorar, con la sensación de una espada de Damocles sobre su cabeza, llamó a la policía.
Fernando volvió a casa después de una dura tarde de trabajo. En el portal había veinte policías enfurruñados y un robot frustrado, que le miraron con el ceño fruncido, y no había cartas que sacar del buzón porque todos los casilleros estaban reventados.
- Otra vez no – pensó, mientras consideraba la posibilidad de comprarse un móvil.
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
Con fastidio, recogió las cartas y sin advertirlo, dejó el busca en el interior del buzón. No volvió a interesarse por él hasta que estuvo en la oficina, y ya era demasiado tarde.
Concentrémonos en el busca.
Es un pequeño aparato de forma rectangular con una pantalla de cristal líquido por el que desfilan mensajes distribuidos en dos líneas. En la parte superior, una luz verde avisa que el dispositivo está en marcha.
Fue esta luz verde la que llamó la atención del conserje del edificio. Por desgracia, justo en el momento en que el hombre metió las narices en el buzón la batería del aparato comenzó a agonizar, y la luz verde cambió a roja; a punto de llorar, con la sensación de una espada de Damocles sobre su cabeza, llamó a la policía.
Fernando volvió a casa después de una dura tarde de trabajo. En el portal había veinte policías enfurruñados y un robot frustrado, que le miraron con el ceño fruncido, y no había cartas que sacar del buzón porque todos los casilleros estaban reventados.
- Otra vez no – pensó, mientras consideraba la posibilidad de comprarse un móvil.
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
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Sábado de Juego (y VI; FINAL)
El primero sonrió tras efectuar el disparo, reconfortado de que no hubiera bala.
CLAC!
El segundo se desmayó después de apoyar delicadamente la pistola en la mesa, y todos oímos cómo se meaba encima.
CLAC!
¡Oh, vaya! ¡Eso sí que era suerte! Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo; me juré que jamás volvería a jugar, a menos que fuera el parchís o al Monopoly con mi hijo. La deuda estaba saldada, yo limpio, y el mundo iba a seguir girando. Por supuesto, no podía levantarme hasta que alguien se volara la cabeza, pero el hecho de que no fuera yo ese patán le quitaba mucho contenido emocional.
El revólver llegó al experto que tenía a mi derecha, y volvió a sonar hueco, y por un breve tiempo llegué a soñar que la bala había desaparecido y que nadie moriría, iluso de mí. Resulta que el tipo ese tan nervioso, el del tizón en el culo y todo eso, empuñó el arma y apuntó a la cabeza de uno de los tipos que había en la parte superior. La situación pasó de tensa a grave y el resto de los que nos hallábamos en la mesa nos apartamos prudencialmente, dejando que el loco se atreviera a hacer lo que fuera que tenía en mente. Arriba se oían murmullos, y se distinguía el particular sonido de varias armas que están siendo amartilladas. Abajo, los que no parecíamos tan locos nos susurrábamos unos a otros.
- ¿Qué hacemos? – farfulló el experto que tuve a mi derecha y que ahora estaba pegado a la pared, apenas metro y medio a mi izquierda.
- No lo sé –apunté. Luego hice un leve mohín -. Pero tenemos que hacer algo.
- ¡Venga ya! – contestó contrariado el primero en probar suerte. - ¿Por qué deberíamos hacer nada? Ese mamón se ha metido sólo en este problema y por mí, saldría solo de él.
- ¿Sí? – dije, clavando la mirada más amenazadora que pude llegar a hacer. – Y dime una cosa...
- ¿El qué?
- Bien, ¿has visto quién hay arriba?
- No, no dejan subir bajo peligro de muerte.
- Ajá... y ¿alguna vez has mirado a través del agujero?
- Sí, pero joder, ¿a qué viene este puto interrogatorio?
- Viste a unos tíos trajeados, pues.
- Puesss... sí.
- Bueno, ¿y crees que ellos se mancharían de sangre?
- ¿Uh?
- Lo plantearé mejor... NO sabes CUÁNTOS hay en el piso superior ni CÓMO están ARMADOS, ni tampoco sabes si ellos SE MOLESTARÁN en APUNTAR a ese loco o directamente MATARÁN a todos los que estemos aquí debajo. ¿Así mejor?
El muy imbécil estaba pálido del susto, y se aferraba como podía a los tablones que conformaban la pared de la cabaña. Sin embargo, aunque me reportó gran satisfacción asustar a ese pringado contándole lo que de verdad pasaba allí, suponía una victoria pírrica respecto a lo que podía pasar. Al fin y al cabo, yo sólo quería escapar.
Decidí entonces acercarme al loco e intentar razonar con él, usar la poderosa sugestión que hay en las palabras para confundirle lo suficiente y entonces arrebatarle el arma y eliminar la amenaza. A quién quería engañar, creyéndome uno de esos indestructibles héroes de acción que desayunan, comen y cenan teflón como si fuera parte importante de su dieta y que consiguen negociar con cualquier terrorista saliendo mínimamente herido, y con la situación controlada. Lenta, pesadamente, caminé hacia el sujeto, que apuntaba a los de arriba sin terminar de decidirse, como un cazador de video-consola que tiene que elegir entre un pato digital u otro. Me di a conocer cuando estaba a medio metro de él, e intenté hablar mientras con el brazo derecho extendido pretendía traspasarle cierta calma.
- Amigo, no hag-
BLAM!
La vida de mi esposo acabó, según dice la policía, cuando merodeaba por un descampado y le intentaron atracar, con tan mala fortuna que quien fuera que le atracara prefirió registrar un cadáver que vérselas con una persona viva. Es lo que tienen, se disculpan, esos hijoputas heroinómanos que merodean como fantasmas en pena buscando pelas con las que comprar una nueva dosis.
Murió solo.
Mentira.
La Rusa tiene la culpa. Ella y la maldita cabaña donde se jugaba. Pero si abro la boca, tendré problemas por el lado de la policía y el de los tipos de la cabaña. La policía puede estar, hasta donde yo sé, untada, y lo menos que necesito son multas innecesarias y detenciones aleatorias y registros injustificados porque, a lo mejor, mi cara es muy común y es fácil que se me confunda. Y bueno, qué podría decir de los cabrones detrás de ese pequeño habitáculo de madera que no se pueda sacar de esta historia.
Decido callarme.
Los problemas se esfuman cuando con gran pesar, más por la pérdida de pasta que por la pérdida de un cliente, los del seguro me dan dinero suficiente como para que mi hijo tenga un futuro asegurado, y yo, una vida cómoda.
No es un final feliz. No hay asesino por ninguna parte, mi esposo está muerto y el caso lo han cerrado lo más deprisa que han podido, presionados por algún gordo bañado en pasta al que medio departamento debe favores. Pero mi hijo y yo podremos vivir sin tiranteces una buena temporada, y en el fondo sé que mi amor se esforzó por conseguir el desenlace que más nos convenía.
Y eso ya es más de lo que consiguen algunos.
CLAC!
El segundo se desmayó después de apoyar delicadamente la pistola en la mesa, y todos oímos cómo se meaba encima.
CLAC!
¡Oh, vaya! ¡Eso sí que era suerte! Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo; me juré que jamás volvería a jugar, a menos que fuera el parchís o al Monopoly con mi hijo. La deuda estaba saldada, yo limpio, y el mundo iba a seguir girando. Por supuesto, no podía levantarme hasta que alguien se volara la cabeza, pero el hecho de que no fuera yo ese patán le quitaba mucho contenido emocional.
El revólver llegó al experto que tenía a mi derecha, y volvió a sonar hueco, y por un breve tiempo llegué a soñar que la bala había desaparecido y que nadie moriría, iluso de mí. Resulta que el tipo ese tan nervioso, el del tizón en el culo y todo eso, empuñó el arma y apuntó a la cabeza de uno de los tipos que había en la parte superior. La situación pasó de tensa a grave y el resto de los que nos hallábamos en la mesa nos apartamos prudencialmente, dejando que el loco se atreviera a hacer lo que fuera que tenía en mente. Arriba se oían murmullos, y se distinguía el particular sonido de varias armas que están siendo amartilladas. Abajo, los que no parecíamos tan locos nos susurrábamos unos a otros.
- ¿Qué hacemos? – farfulló el experto que tuve a mi derecha y que ahora estaba pegado a la pared, apenas metro y medio a mi izquierda.
- No lo sé –apunté. Luego hice un leve mohín -. Pero tenemos que hacer algo.
- ¡Venga ya! – contestó contrariado el primero en probar suerte. - ¿Por qué deberíamos hacer nada? Ese mamón se ha metido sólo en este problema y por mí, saldría solo de él.
- ¿Sí? – dije, clavando la mirada más amenazadora que pude llegar a hacer. – Y dime una cosa...
- ¿El qué?
- Bien, ¿has visto quién hay arriba?
- No, no dejan subir bajo peligro de muerte.
- Ajá... y ¿alguna vez has mirado a través del agujero?
- Sí, pero joder, ¿a qué viene este puto interrogatorio?
- Viste a unos tíos trajeados, pues.
- Puesss... sí.
- Bueno, ¿y crees que ellos se mancharían de sangre?
- ¿Uh?
- Lo plantearé mejor... NO sabes CUÁNTOS hay en el piso superior ni CÓMO están ARMADOS, ni tampoco sabes si ellos SE MOLESTARÁN en APUNTAR a ese loco o directamente MATARÁN a todos los que estemos aquí debajo. ¿Así mejor?
El muy imbécil estaba pálido del susto, y se aferraba como podía a los tablones que conformaban la pared de la cabaña. Sin embargo, aunque me reportó gran satisfacción asustar a ese pringado contándole lo que de verdad pasaba allí, suponía una victoria pírrica respecto a lo que podía pasar. Al fin y al cabo, yo sólo quería escapar.
Decidí entonces acercarme al loco e intentar razonar con él, usar la poderosa sugestión que hay en las palabras para confundirle lo suficiente y entonces arrebatarle el arma y eliminar la amenaza. A quién quería engañar, creyéndome uno de esos indestructibles héroes de acción que desayunan, comen y cenan teflón como si fuera parte importante de su dieta y que consiguen negociar con cualquier terrorista saliendo mínimamente herido, y con la situación controlada. Lenta, pesadamente, caminé hacia el sujeto, que apuntaba a los de arriba sin terminar de decidirse, como un cazador de video-consola que tiene que elegir entre un pato digital u otro. Me di a conocer cuando estaba a medio metro de él, e intenté hablar mientras con el brazo derecho extendido pretendía traspasarle cierta calma.
- Amigo, no hag-
BLAM!
La vida de mi esposo acabó, según dice la policía, cuando merodeaba por un descampado y le intentaron atracar, con tan mala fortuna que quien fuera que le atracara prefirió registrar un cadáver que vérselas con una persona viva. Es lo que tienen, se disculpan, esos hijoputas heroinómanos que merodean como fantasmas en pena buscando pelas con las que comprar una nueva dosis.
Murió solo.
Mentira.
La Rusa tiene la culpa. Ella y la maldita cabaña donde se jugaba. Pero si abro la boca, tendré problemas por el lado de la policía y el de los tipos de la cabaña. La policía puede estar, hasta donde yo sé, untada, y lo menos que necesito son multas innecesarias y detenciones aleatorias y registros injustificados porque, a lo mejor, mi cara es muy común y es fácil que se me confunda. Y bueno, qué podría decir de los cabrones detrás de ese pequeño habitáculo de madera que no se pueda sacar de esta historia.
Decido callarme.
Los problemas se esfuman cuando con gran pesar, más por la pérdida de pasta que por la pérdida de un cliente, los del seguro me dan dinero suficiente como para que mi hijo tenga un futuro asegurado, y yo, una vida cómoda.
No es un final feliz. No hay asesino por ninguna parte, mi esposo está muerto y el caso lo han cerrado lo más deprisa que han podido, presionados por algún gordo bañado en pasta al que medio departamento debe favores. Pero mi hijo y yo podremos vivir sin tiranteces una buena temporada, y en el fondo sé que mi amor se esforzó por conseguir el desenlace que más nos convenía.
Y eso ya es más de lo que consiguen algunos.
"Metaliteratura"
Había tres personas en la habitación. Dos miraban al otro.
- Está muerto – dijo Bernardo.
Estaba en lo cierto. El cadáver, su amigo Luís, mantenía una mueca de disgusto, como si la muerte hubiera venido en el peor momento posible; sin embargo, mantenía los pantalones subidos.
- ¿Quién habrá sido? – preguntó Bernardo al amigo que quedaba vivo, Santiago.
- Has sido tú.
- ¿Cómo que he sido yo?
- Claro que sí. Luís estaba vivo hace un momento. Dijiste eso y entonces murió.
- Pero si estaba muerto cuando lo he dicho, ¡por eso lo he dicho! ¡El narrador fue el que dijo que estaba muerto!
No, sólo lo corroboré.
- ¿Qué narrador? – inquirió Santiago.
- ¡Ése! ¡Es el culpable! ¡El que ha dicho “inquirió Santiago…”
- No le oigo.
- Espera, hablará.
- Joder, ahora no habla. Vale; dime: ¿cómo, supuestamente, he podido matarle?
- Pues… no sé. Con tus palabras. No me lo creería si me lo contaran, pero he sido testigo.
- Es culpa del narrador: seguro que al principio pensó desarrollar una trama criminal hasta que encontráramos al culpable.
Claro que no.
- ¡Oh, venga!
- ¿Otra vez el narrador?
- Sí: me ha tendido una trampa. En vez de seguir adelante con la historia, prefiere hacer “metaliteratura”.
- ¡Vaya excusas me das! ¿Qué coño significa eso?
- ¡Es difícil de explicar!
- ¿Pero es que no sabes qué inventarte? ¡Estás loco!
Y Santiago tenía toda la razón.
- ¡NO! – gimió Bernardo.
SÍ.
FIN
SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.
- Está muerto – dijo Bernardo.
Estaba en lo cierto. El cadáver, su amigo Luís, mantenía una mueca de disgusto, como si la muerte hubiera venido en el peor momento posible; sin embargo, mantenía los pantalones subidos.
- ¿Quién habrá sido? – preguntó Bernardo al amigo que quedaba vivo, Santiago.
- Has sido tú.
- ¿Cómo que he sido yo?
- Claro que sí. Luís estaba vivo hace un momento. Dijiste eso y entonces murió.
- Pero si estaba muerto cuando lo he dicho, ¡por eso lo he dicho! ¡El narrador fue el que dijo que estaba muerto!
No, sólo lo corroboré.
- ¿Qué narrador? – inquirió Santiago.
- ¡Ése! ¡Es el culpable! ¡El que ha dicho “inquirió Santiago…”
- No le oigo.
- Espera, hablará.
- Joder, ahora no habla. Vale; dime: ¿cómo, supuestamente, he podido matarle?
- Pues… no sé. Con tus palabras. No me lo creería si me lo contaran, pero he sido testigo.
- Es culpa del narrador: seguro que al principio pensó desarrollar una trama criminal hasta que encontráramos al culpable.
Claro que no.
- ¡Oh, venga!
- ¿Otra vez el narrador?
- Sí: me ha tendido una trampa. En vez de seguir adelante con la historia, prefiere hacer “metaliteratura”.
- ¡Vaya excusas me das! ¿Qué coño significa eso?
- ¡Es difícil de explicar!
- ¿Pero es que no sabes qué inventarte? ¡Estás loco!
Y Santiago tenía toda la razón.
- ¡NO! – gimió Bernardo.
SÍ.
SinDios
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Los burros son la más dulce de las bestias
Aquello nada tenía que ver con la ciudad. El Sol se levantaba orgulloso en el horizonte, sin nada gris en el cielo para hacerle frente o multiplicar su calor, y contra el cielo se recortaba una hermosa y rústica estampa donde cualquier hombre de ciudad podía poner los hombros en jarra y exclamar, excitado:
- ¡Esto sí es vida!
El hombre de los brazos en jarra, Antonio, que se había despertado, no con el sonido de un gallo, sino con el temprano e insistente rebuzno de un asno, venía de la ciudad de Madrid, y tal y como le habían aconsejado sus amigos y su terapeuta, volvió reticente y desconfiado al campo, aquel al que solía ir de pequeño. No obstante, cuando contaba con diez años había comprobado atónito cómo un lugareño fornicaba indistintamente con gallinas y corderos, y aunque al principio su mente infantil intentaba tapar los hechos con vivencias más agradables y juegos, comenzó a tener pesadillas recurrentes de pollos con cabeza humana, y jerseys de lana procedente de paletos peludos; antes de cumplir veinte años, decidió no volver nunca a aquellos parajes, ni a cualquiera que se les pareciera, dejó de comer pollo asado y cordero y empezó a considerar la ingesta de huevos como un acto de piedad. Sin embargo, ahora tenía treinta y cinco años y aunque había dejado el tabaco, tosía con frecuencia; el cabello se le caía a puñados, que a veces tiraba al retrete con desprecio y otras veces acariciaba como si cada uno fuera un hijo; y las pocas horas de sueño que tenía no eran provechosas y resultaban poco saludables. El diagnóstico fue demoledor: estrés. Demasiado estrés.
Fue la insistencia de su novia y algunos de sus amigos más cercanos por lo que cedió. No contó la noticia a sus padres, pues estaban seguros de que Antonio no volvería a la tierra de sus abuelos y no quería estropearles aquel pensamiento que habían tardado varios años en asumir. Tratar de explicarles el súbito cambio de parecer, motivado por media hora frente a un médico, podría parecerles injusto si se tenía en cuenta que ellos habían hablado del tema mucho más tiempo.
Y cogió las maletas, condujo dos horas con un par de discos de Fleetwood Mac y acabó en medio de Castilla y León, y antes de que se diera cuenta estaba desempacando sus cosas en la pequeña casa que hacía años le vio jugar. Nada había cambiado en aquel pueblo, y tuvo un ataque de ansiedad al ver una vaca pasar frente a su casa; se encerró en la vetusta casa de sus bisabuelos y respiró hondo: había venido para tener algo de descanso, no para rememorar viejos y malos momentos.
Así, en aquella gloriosa mañana, Antonio creyó volverse a reconciliar con las raíces familiares, e inflado de valor y optimismo, se lanzó a un temerario paseo por los tranquilos campos que se encontraban a apenas diez minutos de camino agreste. Como no sabía dónde ir, decidió rastrear los rebuznos que le habían despertado, y encontró una pequeña granja, con un pequeño granjero de unos cincuenta años a sus puertas, subido a un taburete y peinando al asno, que se había tranquilizado. A su lado había un plato con mantequilla, y aunque el olor no era el ideal, Antonio pensó que un desayuno al lado de un burro siempre podría ser mejor que en una ciudad llena de contaminación.
- Bonito ejemplar – dijo Antonio, contento.
- ¿Eh? – el lugareño trató de encontrar un significado a aquella palabra, como quien busca el significado a la palabra “kadapaloulos”.
- Digo que el burro es muy bonito.
- Ya ve, ¿eh? – contestó, palmeando con orgullo los cuartos traseros del animal -. ¿Quién es usted?
- Antonio Moreno, el hijo de Hernán Moreno…
- … el Gamusino.
- No, Hernán Moreno – contestó airado Antonio. No soportaba los motes de pueblo, ni que le recordaran que su padre era bajito y de actitud esquiva.
- Coño, el Gamusino.
- ¡Que no, que es Hernán Moreno!
- ¡EL GAMUSINO, ES EL JODÍO GAMUSINO COÑO!
Antonio desistió. No necesitaba hacer entrar en razón al lugareño; ya se creía lo suficientemente superior a él.
- Vale. Ése – suspiró.
- ¿Y qué le trae aquí, Gamusinillo?
Su mente se tomó un poco de tiempo para pedir tranquilidad, pues abortó un golpe de estado de su boca para gritar su nombre. La parte reptil de su cerebro, director de orquesta del golpe, se negaba a dar su brazo a partir, por mucho que pudiera regenerarlo, pero acabó recapitulando y volvió a sus tareas habituales. Al final, Antonio explicó con voz átona: El estrés. Tengo muchos nervios, y pensé que esto sería lo mejor.
- Pues ha acertao de pleno. ¿Sabe cuál es mi remedio?
La mente urbanita de Antonio soñó con paseos en mitad del campo, la apacible rutina de una vida al margen de las prisas inventadas por el mundo civilizado, la comunión con la naturaleza y esas cosas.
- Sorpréndame – replicó ufano.
- Hágaselo con el burro. Le dejo, pero no se envicie, ¿eh?
- ¿¡Qué!? – gimió Antonio. Viejos traumas no sólo se desenterraron, sino que amenazaron con erguirse y darle un bocado en la pierna.
- Oh, al principio son algo ariscos, pero enseguida se dejan, ¿sabe? Son la más dulce de las bestias, no como dicen de la mujer, que uno nunca sabe a qué atenerse, porque les duele la cabeza o te atizan con la sartén si les insistes un poquito…
- ¿Cómo será un poquito para este hombre? – pensó Antonio.
- … pero aquí ve a éste, que todas las mañanas me levanta a rebuznos para que le dé lo suyo.
- Oh Dios, y me dirá que la manquilla es para él, ¿no?
- No, ¡es para mí! Je, je, je. Es que me ha interrumpío, ¿sabe?
Antonio salió corriendo hacia la casa de sus bisabuelos, volvió a hacer las maletas y salió escopeteado de allí. El lugareño contempló su huída entre risas de satisfacción.
- Estos de ciudad – dijo a su compañero équido sin soltar su grupa -, se piensan que nos lo hacemos con todo. ¡Un burro! ¿Quién sería tan bestia? Todo el mundo sabe lo fáciles y placenteras que son las gallinas.
El burro rebuznó furiosamente un par de veces.
- No te pongas así, ¿vale? Sabes que no puedo dejarte mirar.
- ¡Esto sí es vida!
El hombre de los brazos en jarra, Antonio, que se había despertado, no con el sonido de un gallo, sino con el temprano e insistente rebuzno de un asno, venía de la ciudad de Madrid, y tal y como le habían aconsejado sus amigos y su terapeuta, volvió reticente y desconfiado al campo, aquel al que solía ir de pequeño. No obstante, cuando contaba con diez años había comprobado atónito cómo un lugareño fornicaba indistintamente con gallinas y corderos, y aunque al principio su mente infantil intentaba tapar los hechos con vivencias más agradables y juegos, comenzó a tener pesadillas recurrentes de pollos con cabeza humana, y jerseys de lana procedente de paletos peludos; antes de cumplir veinte años, decidió no volver nunca a aquellos parajes, ni a cualquiera que se les pareciera, dejó de comer pollo asado y cordero y empezó a considerar la ingesta de huevos como un acto de piedad. Sin embargo, ahora tenía treinta y cinco años y aunque había dejado el tabaco, tosía con frecuencia; el cabello se le caía a puñados, que a veces tiraba al retrete con desprecio y otras veces acariciaba como si cada uno fuera un hijo; y las pocas horas de sueño que tenía no eran provechosas y resultaban poco saludables. El diagnóstico fue demoledor: estrés. Demasiado estrés.
Fue la insistencia de su novia y algunos de sus amigos más cercanos por lo que cedió. No contó la noticia a sus padres, pues estaban seguros de que Antonio no volvería a la tierra de sus abuelos y no quería estropearles aquel pensamiento que habían tardado varios años en asumir. Tratar de explicarles el súbito cambio de parecer, motivado por media hora frente a un médico, podría parecerles injusto si se tenía en cuenta que ellos habían hablado del tema mucho más tiempo.
Y cogió las maletas, condujo dos horas con un par de discos de Fleetwood Mac y acabó en medio de Castilla y León, y antes de que se diera cuenta estaba desempacando sus cosas en la pequeña casa que hacía años le vio jugar. Nada había cambiado en aquel pueblo, y tuvo un ataque de ansiedad al ver una vaca pasar frente a su casa; se encerró en la vetusta casa de sus bisabuelos y respiró hondo: había venido para tener algo de descanso, no para rememorar viejos y malos momentos.
Así, en aquella gloriosa mañana, Antonio creyó volverse a reconciliar con las raíces familiares, e inflado de valor y optimismo, se lanzó a un temerario paseo por los tranquilos campos que se encontraban a apenas diez minutos de camino agreste. Como no sabía dónde ir, decidió rastrear los rebuznos que le habían despertado, y encontró una pequeña granja, con un pequeño granjero de unos cincuenta años a sus puertas, subido a un taburete y peinando al asno, que se había tranquilizado. A su lado había un plato con mantequilla, y aunque el olor no era el ideal, Antonio pensó que un desayuno al lado de un burro siempre podría ser mejor que en una ciudad llena de contaminación.
- Bonito ejemplar – dijo Antonio, contento.
- ¿Eh? – el lugareño trató de encontrar un significado a aquella palabra, como quien busca el significado a la palabra “kadapaloulos”.
- Digo que el burro es muy bonito.
- Ya ve, ¿eh? – contestó, palmeando con orgullo los cuartos traseros del animal -. ¿Quién es usted?
- Antonio Moreno, el hijo de Hernán Moreno…
- … el Gamusino.
- No, Hernán Moreno – contestó airado Antonio. No soportaba los motes de pueblo, ni que le recordaran que su padre era bajito y de actitud esquiva.
- Coño, el Gamusino.
- ¡Que no, que es Hernán Moreno!
- ¡EL GAMUSINO, ES EL JODÍO GAMUSINO COÑO!
Antonio desistió. No necesitaba hacer entrar en razón al lugareño; ya se creía lo suficientemente superior a él.
- Vale. Ése – suspiró.
- ¿Y qué le trae aquí, Gamusinillo?
Su mente se tomó un poco de tiempo para pedir tranquilidad, pues abortó un golpe de estado de su boca para gritar su nombre. La parte reptil de su cerebro, director de orquesta del golpe, se negaba a dar su brazo a partir, por mucho que pudiera regenerarlo, pero acabó recapitulando y volvió a sus tareas habituales. Al final, Antonio explicó con voz átona: El estrés. Tengo muchos nervios, y pensé que esto sería lo mejor.
- Pues ha acertao de pleno. ¿Sabe cuál es mi remedio?
La mente urbanita de Antonio soñó con paseos en mitad del campo, la apacible rutina de una vida al margen de las prisas inventadas por el mundo civilizado, la comunión con la naturaleza y esas cosas.
- Sorpréndame – replicó ufano.
- Hágaselo con el burro. Le dejo, pero no se envicie, ¿eh?
- ¿¡Qué!? – gimió Antonio. Viejos traumas no sólo se desenterraron, sino que amenazaron con erguirse y darle un bocado en la pierna.
- Oh, al principio son algo ariscos, pero enseguida se dejan, ¿sabe? Son la más dulce de las bestias, no como dicen de la mujer, que uno nunca sabe a qué atenerse, porque les duele la cabeza o te atizan con la sartén si les insistes un poquito…
- ¿Cómo será un poquito para este hombre? – pensó Antonio.
- … pero aquí ve a éste, que todas las mañanas me levanta a rebuznos para que le dé lo suyo.
- Oh Dios, y me dirá que la manquilla es para él, ¿no?
- No, ¡es para mí! Je, je, je. Es que me ha interrumpío, ¿sabe?
Antonio salió corriendo hacia la casa de sus bisabuelos, volvió a hacer las maletas y salió escopeteado de allí. El lugareño contempló su huída entre risas de satisfacción.
- Estos de ciudad – dijo a su compañero équido sin soltar su grupa -, se piensan que nos lo hacemos con todo. ¡Un burro! ¿Quién sería tan bestia? Todo el mundo sabe lo fáciles y placenteras que son las gallinas.
El burro rebuznó furiosamente un par de veces.
- No te pongas así, ¿vale? Sabes que no puedo dejarte mirar.
Etiquetas: bestialismo broma
Sábado de Juego (V)
Si hay algo que se me ha quedado grabado fue el último día que jugué con la Rusa. Hasta entonces, mi suerte era invariablemente superior a la del resto de los mortales, y estaba dispuesto a agarrarme a ella, por poco que me quedara ya por esas alturas, con el fin de liquidar de una vez mi deuda. Recuerdo la noche previa, intentando dormir entre los diligentes brazos de mi esposa, y la inocente mirada de mi hijo, que ya por entonces seguro que había deducido buena parte de lo que me sucedía (es un chico muy listo), y que me hablaba como si fuera lo último que me iba a poder decirme, y yo le consolaba alzándole por encima de mi cabeza y recordándole que yo siempre estaría con él.
Haciendo balance de esos días, tan lejanos, tan fríos, creo que hubiera podido hacer lo que me viniese en gana sin recibir un leve carraspeo de reproche por parte de mi mujer: ella también pensaba que no volvería nunca, y que esos últimos días que parecían quedarme los debía pasar en completa tranquilidad y reposo; no la llegué a engañar, pero me juego un brazo a que si un día me hubiera visto por la ventana follando con una furcia en el portal, no habría dicho nada. Ella era sin duda la gran afectada, y su frugalidad a la hora de comer rayó la anorexia, y su tono de voz solía apagarse al final de cada frase que pronunciaba; yo, sin embargo, había decidido vivir todas los días como si fueran el último, y me entusiasmaba cualquier cosa que me dijeran, sobre todo mi hijo. Je, no me tuve que collejear mentalmente veces ni nada, para evitar mirarle como un huérfano...
El último día, salí de casa a eso de las siete de la tarde. Me esperaba un largo trayecto a pie.
Normalmente, el camino hacia la vieja cabaña en las afueras me llevaba tres cuartos de hora, quizá un poco más si me detenía por el camino, pues estaba a una distancia considerable y yo ya no tenía coche. En cierto modo me gustaba ese trayecto, porque nunca sufrí ningún incidente, y me quedaba embobado observando el paisaje, las vías del tren, o incluso esa nube gris que está siempre encima de Madrid y que la acompañará hasta que el aire vuelva a ser limpio de nuevo... si soy sincero, la mayoría de los planes ecologistas me suenan muy cogidos por los pelos, casi utópicos, no sé, puede que por las noticias que leo y veo y que aseguran que sólo es una pequeña molestia, esto de la contaminación, y que minimizan cualquier riesgo respecto al peligro que pueda causar ese cáncer en los cielos de la ciudad.
La casa estaba hecha con tablones nuevos, y parecía estar construida por gente que sabía lo que hacía y no por simples parias que buscan hacerse un hogar. No llego a imaginarme quién pudo llegar a levantarla, pero creo que ya desde el prinicipio estaba concebida como el hogar de la Rusa, o al menos eso es lo que me daba a entender su diseño: en el piso inferior tenías una mesa grande y redonda, con varias sillas alrededor, y al fondo a la derecha, según se entraba, había unas escaleras que conectaban con un segundo piso al que nunca subí y que tenía un agujero, de modo que los que había en ese piso podían ver perfectamente a los que estaban debajo jugando; observaban desde allí gentes oscuras, de voz rota, que reían al unísono cuando alguien se saltaba la tapa de los sesos y que nunca llegué a conocer, como si la influencia de los de debajo provocase aversión a los que permanecían arriba y procurasen establecer un mínimo contacto con ellos
Abrí la puerta y procedí a sentarme, analizando la escena: había cinco personas en total en el piso de abajo, y por lo que percibí, había otras cuatro personas más arriba. El viejo y polvoriento revólver reposaba encima de la mesa, con el tambor abierto, para que pudiéramos apreciar que sólo había una bala y que no había tongo. El que estaba a mi derecha lo cogió y lo preparó, girando el tambor para que no se supiera en qué posición quedaría la bala y pasándoselo a continuación al que tenía delante, lo que venía a significar que yo sería el tercero en reposar el metal junto a mi sien. En ese momento previo, antes de empezar la partida, recordaba con un asco especial la primera vez que vi cómo una de esas personas se abría la cabeza; algunos apuntaban a la sien, pero otro se la metían en la boca: en el primer “suicidio” que presencié, la víctima eligió esa última forma de colocar la pistola. Con decisión, arrebató aquella antigualla a quien tenía a su izquierda y se la introdujo en la boca con las dos manos sujetándola, cerrando los ojos y reposando los índices en el gatillo: al disparar, los sesos se desperdigaron por toda la pared que había detrás, y el pobre cabrón soltó la pistola en lo que sin duda fue su último acto con vida; a continuación se quedó quieto, en equilibrio, sobre la silla, mirando hacia delante con cara de imbécil y la boca mostrando un túnel pegajoso y sangriento. Un curioso se acercó por detrás y vomitó al ver el cráneo abierto y astillado, con los sesos goteando poco a poco, precipitándose al suelo al mismo tiempo el curioso y lo que restaba de masa cerebral.
El cadáver siempre suponía todo un engorro a la hora de ser transportado y de intentar borrar, aunque fuera superficialmente, las huellas de su muerte. A lo primero, los que organizaban éste tipo de cosas transportaban (por supuesto no personalmente) el cuerpo lejos, donde no pudiera ser relacionado con la caseta; a lo segundo, con una manguera mojaban el suelo y las paredes, moviendo los pedacitos de seso hasta fuera y dejando unas terribles manchas, por lo que significaban, en la pared. Eso era lo que ponía más nervioso: la cantidad de manchas que había por toda la parte inferior de la desvencijada cabaña, recordándonos a cada uno de nosotros que el siguiente en decorar las paredes podíamos ser cualquiera de los allí sentados. Ese último día, dos sillas a mi derecha, había un tipo con ojos grandes y saltones de color oscuro, que debía estar muy nervioso y que con toda seguridad se enfrentaba por primera vez a aquella terrible experiencia: con sólo fijarme en su cara, podía adivinar su historia, y pude enterarme que, si salía vivo aquella jornada, volvería la próxima semana; poseía ese rictus de profundo terror y agitado nerviosismo, que refleja ese miedo primigenio que se te acumula en el culo, y que te retuerce las tripas a través del ano como si te hubieran metido un tizón al rojo vivo bien puntiagudo, mientras que el dolor y el sofoco te recorren de abajo a arriba por el cuerpo, para llegar a la cabeza, donde finalmente explota en tu mente, como un disparo que nadie ve pero que sólo tú sientes...
CLAC!
Haciendo balance de esos días, tan lejanos, tan fríos, creo que hubiera podido hacer lo que me viniese en gana sin recibir un leve carraspeo de reproche por parte de mi mujer: ella también pensaba que no volvería nunca, y que esos últimos días que parecían quedarme los debía pasar en completa tranquilidad y reposo; no la llegué a engañar, pero me juego un brazo a que si un día me hubiera visto por la ventana follando con una furcia en el portal, no habría dicho nada. Ella era sin duda la gran afectada, y su frugalidad a la hora de comer rayó la anorexia, y su tono de voz solía apagarse al final de cada frase que pronunciaba; yo, sin embargo, había decidido vivir todas los días como si fueran el último, y me entusiasmaba cualquier cosa que me dijeran, sobre todo mi hijo. Je, no me tuve que collejear mentalmente veces ni nada, para evitar mirarle como un huérfano...
El último día, salí de casa a eso de las siete de la tarde. Me esperaba un largo trayecto a pie.
Normalmente, el camino hacia la vieja cabaña en las afueras me llevaba tres cuartos de hora, quizá un poco más si me detenía por el camino, pues estaba a una distancia considerable y yo ya no tenía coche. En cierto modo me gustaba ese trayecto, porque nunca sufrí ningún incidente, y me quedaba embobado observando el paisaje, las vías del tren, o incluso esa nube gris que está siempre encima de Madrid y que la acompañará hasta que el aire vuelva a ser limpio de nuevo... si soy sincero, la mayoría de los planes ecologistas me suenan muy cogidos por los pelos, casi utópicos, no sé, puede que por las noticias que leo y veo y que aseguran que sólo es una pequeña molestia, esto de la contaminación, y que minimizan cualquier riesgo respecto al peligro que pueda causar ese cáncer en los cielos de la ciudad.
La casa estaba hecha con tablones nuevos, y parecía estar construida por gente que sabía lo que hacía y no por simples parias que buscan hacerse un hogar. No llego a imaginarme quién pudo llegar a levantarla, pero creo que ya desde el prinicipio estaba concebida como el hogar de la Rusa, o al menos eso es lo que me daba a entender su diseño: en el piso inferior tenías una mesa grande y redonda, con varias sillas alrededor, y al fondo a la derecha, según se entraba, había unas escaleras que conectaban con un segundo piso al que nunca subí y que tenía un agujero, de modo que los que había en ese piso podían ver perfectamente a los que estaban debajo jugando; observaban desde allí gentes oscuras, de voz rota, que reían al unísono cuando alguien se saltaba la tapa de los sesos y que nunca llegué a conocer, como si la influencia de los de debajo provocase aversión a los que permanecían arriba y procurasen establecer un mínimo contacto con ellos
Abrí la puerta y procedí a sentarme, analizando la escena: había cinco personas en total en el piso de abajo, y por lo que percibí, había otras cuatro personas más arriba. El viejo y polvoriento revólver reposaba encima de la mesa, con el tambor abierto, para que pudiéramos apreciar que sólo había una bala y que no había tongo. El que estaba a mi derecha lo cogió y lo preparó, girando el tambor para que no se supiera en qué posición quedaría la bala y pasándoselo a continuación al que tenía delante, lo que venía a significar que yo sería el tercero en reposar el metal junto a mi sien. En ese momento previo, antes de empezar la partida, recordaba con un asco especial la primera vez que vi cómo una de esas personas se abría la cabeza; algunos apuntaban a la sien, pero otro se la metían en la boca: en el primer “suicidio” que presencié, la víctima eligió esa última forma de colocar la pistola. Con decisión, arrebató aquella antigualla a quien tenía a su izquierda y se la introdujo en la boca con las dos manos sujetándola, cerrando los ojos y reposando los índices en el gatillo: al disparar, los sesos se desperdigaron por toda la pared que había detrás, y el pobre cabrón soltó la pistola en lo que sin duda fue su último acto con vida; a continuación se quedó quieto, en equilibrio, sobre la silla, mirando hacia delante con cara de imbécil y la boca mostrando un túnel pegajoso y sangriento. Un curioso se acercó por detrás y vomitó al ver el cráneo abierto y astillado, con los sesos goteando poco a poco, precipitándose al suelo al mismo tiempo el curioso y lo que restaba de masa cerebral.
El cadáver siempre suponía todo un engorro a la hora de ser transportado y de intentar borrar, aunque fuera superficialmente, las huellas de su muerte. A lo primero, los que organizaban éste tipo de cosas transportaban (por supuesto no personalmente) el cuerpo lejos, donde no pudiera ser relacionado con la caseta; a lo segundo, con una manguera mojaban el suelo y las paredes, moviendo los pedacitos de seso hasta fuera y dejando unas terribles manchas, por lo que significaban, en la pared. Eso era lo que ponía más nervioso: la cantidad de manchas que había por toda la parte inferior de la desvencijada cabaña, recordándonos a cada uno de nosotros que el siguiente en decorar las paredes podíamos ser cualquiera de los allí sentados. Ese último día, dos sillas a mi derecha, había un tipo con ojos grandes y saltones de color oscuro, que debía estar muy nervioso y que con toda seguridad se enfrentaba por primera vez a aquella terrible experiencia: con sólo fijarme en su cara, podía adivinar su historia, y pude enterarme que, si salía vivo aquella jornada, volvería la próxima semana; poseía ese rictus de profundo terror y agitado nerviosismo, que refleja ese miedo primigenio que se te acumula en el culo, y que te retuerce las tripas a través del ano como si te hubieran metido un tizón al rojo vivo bien puntiagudo, mientras que el dolor y el sofoco te recorren de abajo a arriba por el cuerpo, para llegar a la cabeza, donde finalmente explota en tu mente, como un disparo que nadie ve pero que sólo tú sientes...
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