Saltos sobre la cama
Marta salta sobre la cama, y su gata intenta cazarla como si fuera un pájaro con calcetines de colores.
Habían sido los dos peores años de su vida.
Su padre había caído enfermo sin motivo aparente, hasta que una visita al médico dado lo prolongado de su debilidad reveló una terrible verdad: cáncer terminal.
Durante dos años, el padre de Marta pasó de ser un hombretón fornido a una parodia marchita de sí mismo. Mientras su esposa le cuidaba lo mejor que podía, Marta buscaba excusas para no visitarle, pues temía que en cualquier momento tendría que despedirse; sentada en el bar cercano al apartamento de sus padres, pensaba en aquellos tiempos que nunca volverían, como cuando saltaba sobre la cama de matrimonio y entonces venía su padre y la cogía al vuelo. Un hombre fuerte, pensaba, antes de romper a llorar.
A veces el buen hombre parecía recuperarse, pero era como una bombilla a punto de fundirse: aquellos destellos de vida sólo eran la señal inequívoca de que se apagaría pronto.
Un día, aquello que madre e hija temían, sucedió. Lloraron juntas, prepararon el funeral y durante éste, Marta pidió disculpas a su madre por no haber estado más a menudo; ésta le puso una mano sobre el hombro y dijo:
- No has decepcionado a nadie, cielo. Se fue sabiendo que le querías, y eso basta.
Y cada una se fue a su casa, y Marta sintió un gran alivio. Su padre estaba muerto, sí, pero prefería su descanso antes que su agonía.
Ahora, el día después del funeral, Marta se viste con una camiseta verde de tirantes, unos pantalones de cuadros amarillo oscuro y calcetines de colores, y se dispone a seguir adelante.
De repente, por impulso, comienza a saltar sobre su cama, y la gata se une a su juego.
Y en el fondo, espera que alguien la coja volando en mitad de un salto…
Habían sido los dos peores años de su vida.
Su padre había caído enfermo sin motivo aparente, hasta que una visita al médico dado lo prolongado de su debilidad reveló una terrible verdad: cáncer terminal.
Durante dos años, el padre de Marta pasó de ser un hombretón fornido a una parodia marchita de sí mismo. Mientras su esposa le cuidaba lo mejor que podía, Marta buscaba excusas para no visitarle, pues temía que en cualquier momento tendría que despedirse; sentada en el bar cercano al apartamento de sus padres, pensaba en aquellos tiempos que nunca volverían, como cuando saltaba sobre la cama de matrimonio y entonces venía su padre y la cogía al vuelo. Un hombre fuerte, pensaba, antes de romper a llorar.
A veces el buen hombre parecía recuperarse, pero era como una bombilla a punto de fundirse: aquellos destellos de vida sólo eran la señal inequívoca de que se apagaría pronto.
Un día, aquello que madre e hija temían, sucedió. Lloraron juntas, prepararon el funeral y durante éste, Marta pidió disculpas a su madre por no haber estado más a menudo; ésta le puso una mano sobre el hombro y dijo:
- No has decepcionado a nadie, cielo. Se fue sabiendo que le querías, y eso basta.
Y cada una se fue a su casa, y Marta sintió un gran alivio. Su padre estaba muerto, sí, pero prefería su descanso antes que su agonía.
Ahora, el día después del funeral, Marta se viste con una camiseta verde de tirantes, unos pantalones de cuadros amarillo oscuro y calcetines de colores, y se dispone a seguir adelante.
De repente, por impulso, comienza a saltar sobre su cama, y la gata se une a su juego.
Y en el fondo, espera que alguien la coja volando en mitad de un salto…
Una turba (I)
He visto algo espantoso hoy.
He contemplado, atónito, como una turba de gente conseguía matar a un ciego.
Sin tocarlo.
Y yo no hice nada, aparte de quedarme sentado y contemplar la escena, mientras los vagones de metro reverberaban en los túneles como un puñado de animales extintos.
He contemplado, atónito, como una turba de gente conseguía matar a un ciego.
Sin tocarlo.
Y yo no hice nada, aparte de quedarme sentado y contemplar la escena, mientras los vagones de metro reverberaban en los túneles como un puñado de animales extintos.





