El Perro Manuel (y XIV)
Ernesto llamó a su madre por teléfono para tranquilizarse, tras vendar la profunda herida de mi antebrazo. De verdad semejaba las mordeduras de un pastor alemán adulto. Mi ex amigo me oteó por encima del hombro, visiblemente disgustado, y se marchó a su despacho.
Manuel vino con un trote inseguro, la cabeza gacha, hacia el sofá donde estaba sentado.
- No eres un animal, ¿sabes?
- Ahora sí – contestó, y le costaba entonar como una persona. Llevaba cinco meses como un perro, que al cambio venían a ser treinta y cinco meses, es decir, casi tres años.
- Puedes dejarlo cuando quieras.
- Pero es que no quiero, ¿nunca lo has entendido?
- Ni lo haré jamás, quiero que conste – dije, añadiendo el mayor peso a unas palabras vacilantes, fruto del profundo miedo que sentía hacia Manuel y por Manuel. Podría haberme matado. ¡Podría haberme arrancado el cuello de cuajo!
- Pienso apechugar con esto.
- ¿Qué? ¡Estarás de broma!
- NO.
No valía la pena conversar con él. Estaba loco. Si quería que lo mataran, allá él, pensé. Él intentó lo mismo conmigo. Y su oportunidad venía con erguirse de nuevo y recibir su antigua vida.
- Escucha. Antes era un mierda. Eso no lo pude cambiar, ni podré. Yo ya andaba pensando en quitarme la vida, ¿sabes? Tú alguna vez… alguna vez lo dijiste. Que era metamorfo, me amoldaba a cualquier situación. Para ello, no apechugaba con mis problemas. La culpa era siempre de los demás.
Los llantos de Ernesto se filtraban por el yeso, las maldiciones y una serie de ruidos de trastos rompiéndose. Afuera el sol brillaba sin ninguna nube en el horizonte, pero la posición del edificio no permitía la entrada directa de la luz; aún así, el fulgor de su sombra inundaba el salón.
- Bien, éste es mi problema y saldré de la única manera que se me ofrece.
- Con los pies por delante – añadí.
- Sí. Hay una última cosa – susurró -, y es que oigo igual que un perro y tengo el mismo olfato. Igual que un chucho. – Hizo una pausa divertida.- Mola, ¿eh?
- Si te…
- No, calla, - hubo gravedad en su voz - Ernesto ha colgado y está respirando hondo antes de venir aquí. Hay una cosa que quiero contarte. – Cogió aire y acompañando el gesto de miedo con un tono susurrante, dijo -: H-he sentido algo mal. Ya sabes que los animales tienen un sexto sentido para las catástrofes y eso ¿no? Pues bien, he notado algo.
- ¿Qué?
- No puedo explicarlo… - se volvió en dirección al cuarto de Ernesto; había notado cómo se disponía a entrar en el salón. - Ahora calla y disimula. Ernesto viene – y se alejó rápidamente.
Entró Ernesto, secándose las lágrimas con las mangas del pijama.
- En dos semanas le sacrificaremos – dijo.
Manuel vino con un trote inseguro, la cabeza gacha, hacia el sofá donde estaba sentado.
- No eres un animal, ¿sabes?
- Ahora sí – contestó, y le costaba entonar como una persona. Llevaba cinco meses como un perro, que al cambio venían a ser treinta y cinco meses, es decir, casi tres años.
- Puedes dejarlo cuando quieras.
- Pero es que no quiero, ¿nunca lo has entendido?
- Ni lo haré jamás, quiero que conste – dije, añadiendo el mayor peso a unas palabras vacilantes, fruto del profundo miedo que sentía hacia Manuel y por Manuel. Podría haberme matado. ¡Podría haberme arrancado el cuello de cuajo!
- Pienso apechugar con esto.
- ¿Qué? ¡Estarás de broma!
- NO.
No valía la pena conversar con él. Estaba loco. Si quería que lo mataran, allá él, pensé. Él intentó lo mismo conmigo. Y su oportunidad venía con erguirse de nuevo y recibir su antigua vida.
- Escucha. Antes era un mierda. Eso no lo pude cambiar, ni podré. Yo ya andaba pensando en quitarme la vida, ¿sabes? Tú alguna vez… alguna vez lo dijiste. Que era metamorfo, me amoldaba a cualquier situación. Para ello, no apechugaba con mis problemas. La culpa era siempre de los demás.
Los llantos de Ernesto se filtraban por el yeso, las maldiciones y una serie de ruidos de trastos rompiéndose. Afuera el sol brillaba sin ninguna nube en el horizonte, pero la posición del edificio no permitía la entrada directa de la luz; aún así, el fulgor de su sombra inundaba el salón.
- Bien, éste es mi problema y saldré de la única manera que se me ofrece.
- Con los pies por delante – añadí.
- Sí. Hay una última cosa – susurró -, y es que oigo igual que un perro y tengo el mismo olfato. Igual que un chucho. – Hizo una pausa divertida.- Mola, ¿eh?
- Si te…
- No, calla, - hubo gravedad en su voz - Ernesto ha colgado y está respirando hondo antes de venir aquí. Hay una cosa que quiero contarte. – Cogió aire y acompañando el gesto de miedo con un tono susurrante, dijo -: H-he sentido algo mal. Ya sabes que los animales tienen un sexto sentido para las catástrofes y eso ¿no? Pues bien, he notado algo.
- ¿Qué?
- No puedo explicarlo… - se volvió en dirección al cuarto de Ernesto; había notado cómo se disponía a entrar en el salón. - Ahora calla y disimula. Ernesto viene – y se alejó rápidamente.
Entró Ernesto, secándose las lágrimas con las mangas del pijama.
- En dos semanas le sacrificaremos – dijo.
Comentario:
una catastrofe?! :O!!! ay ay!!!
Comentario:
Aprovecho para decir que me llama la atención que haya tanta gente que se escandaliza con la eutanasia y sin embargo "sacrifica" a sus mascotas de nada que se les rompe una pezuña.





