El Perro Manuel (y XV, Final)
Las dos semanas han pasado ya, y en ese tiempo no pude despedirme de Manuel ni convencer a Ernesto de mi “disparatada” teoría; Ernesto me había llamado poco después del incidente que costaría la vida a su perro, para avisarme de que no volvería a pisar su casa ni ver a Canelo, y que más me valía no intentar nada raro, porque me veía venir.
No me perdonaría. Nunca.
Pero yo no iba a hacer nada.
En esas dos semanas tuve tiempo de pensar, si todo era una pesadilla, y no podía cambiar el rumbo de los sucesos que perlaban mi vida, no tenía por qué intentar cambiar el sacrificio de Manuel. Era decisión suya palmarla como un perro, y no era quién para oponerme. De ahí que acatara su decisión.
Además, cada vez que luchaba contra el tejido de mi angustiosa realidad, ésta se revolvía devolviéndome el golpe, y no hubiera soportado otro más. Había perdido dos amigos y casi a mi novia. Con mi novia podía seguir, pero tenía que cargar el resto de mi vida con el recuerdo de Manuel, y el odio de Ernesto.
Y hoy, me he levantado y no había una sola nube en el cielo, solo finas hebras de humo de reactor, y el sol brillaba y apenas había sitio donde esconderse de él. La vida sigue, pensé, sigue y se burla del que fue mi amigo.
He imaginado su tristeza, viendo por última vez la puerta de Ernesto cerrada detrás de él, tocando con las palmas de las manos el suelo y mirando alrededor. ¿Creería que merecía la pena? ¿Habría pensado en volver a ser humano o decidiría que era un buen día para ser sacrificado? ¿Miedo? ¿Pena? La mitad del día se lo he dedicado a Manuel, de un modo u otro, recordando anécdotas hasta su fatal desenlace.
Se hizo de noche, y no tuve noticias. Hasta que, hace un par de horas, Ernesto me llamó a pesar de su enfado:
- Canelo ha muerto ya – dijo apesumbrado.
- ¿Luchó? – pregunté inquieto.
- NO. No tenía ni idea de qué le iba a pasar.
Si supiera.
- Fue rápido, ¿no?
- Sí… nos miró con cara de pena, antes de cerrar los ojos. Y se recostó y no volvió a levantarse.
Y colgó.
He decidido que llamaré a la policía. Denunciaré que un hombre está enterrado en la tumba de un perro, y dejaré que hagan sus pesquisas. Me imagino, Ernesto tendrá problemas. Luego, los tendré yo, cuando descubran que el cadáver es Manuel, y alguien, da igual si Ernesto o Guzmán, cuente mi historia.
Que Manuel está allí, porque se hizo pasar por Canelo.
Nadie me creerá y me dejarán en paz; así que voy a escribirlo todo. Para que no me olvide, para que no se pierda entre las leyendas urbanas y la nada. Y esperaré la catástrofe que anunció Manuel.
Quizá, esto sólo sea el principio.
No me perdonaría. Nunca.
Pero yo no iba a hacer nada.
En esas dos semanas tuve tiempo de pensar, si todo era una pesadilla, y no podía cambiar el rumbo de los sucesos que perlaban mi vida, no tenía por qué intentar cambiar el sacrificio de Manuel. Era decisión suya palmarla como un perro, y no era quién para oponerme. De ahí que acatara su decisión.
Además, cada vez que luchaba contra el tejido de mi angustiosa realidad, ésta se revolvía devolviéndome el golpe, y no hubiera soportado otro más. Había perdido dos amigos y casi a mi novia. Con mi novia podía seguir, pero tenía que cargar el resto de mi vida con el recuerdo de Manuel, y el odio de Ernesto.
Y hoy, me he levantado y no había una sola nube en el cielo, solo finas hebras de humo de reactor, y el sol brillaba y apenas había sitio donde esconderse de él. La vida sigue, pensé, sigue y se burla del que fue mi amigo.
He imaginado su tristeza, viendo por última vez la puerta de Ernesto cerrada detrás de él, tocando con las palmas de las manos el suelo y mirando alrededor. ¿Creería que merecía la pena? ¿Habría pensado en volver a ser humano o decidiría que era un buen día para ser sacrificado? ¿Miedo? ¿Pena? La mitad del día se lo he dedicado a Manuel, de un modo u otro, recordando anécdotas hasta su fatal desenlace.
Se hizo de noche, y no tuve noticias. Hasta que, hace un par de horas, Ernesto me llamó a pesar de su enfado:
- Canelo ha muerto ya – dijo apesumbrado.
- ¿Luchó? – pregunté inquieto.
- NO. No tenía ni idea de qué le iba a pasar.
Si supiera.
- Fue rápido, ¿no?
- Sí… nos miró con cara de pena, antes de cerrar los ojos. Y se recostó y no volvió a levantarse.
Y colgó.
He decidido que llamaré a la policía. Denunciaré que un hombre está enterrado en la tumba de un perro, y dejaré que hagan sus pesquisas. Me imagino, Ernesto tendrá problemas. Luego, los tendré yo, cuando descubran que el cadáver es Manuel, y alguien, da igual si Ernesto o Guzmán, cuente mi historia.
Que Manuel está allí, porque se hizo pasar por Canelo.
Nadie me creerá y me dejarán en paz; así que voy a escribirlo todo. Para que no me olvide, para que no se pierda entre las leyendas urbanas y la nada. Y esperaré la catástrofe que anunció Manuel.
Quizá, esto sólo sea el principio.





