Un Cuento sin Supersticiones (y II)
La primera parte se halla publicada en la siguiente dirección:
http://www.carloscapote.com/cuentos/uncuentosinsupersticiones
Os dejo pues, con la segunda parte:
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No podía creerse lo que su joven lápiz había hecho. Sin ningún tipo de calidad literaria ni pretensiones, había logrado matar, de un plumazo y nunca mejor dicho, a su propia hermana.
Era un sueño. Tenía que serlo. Demonios, ni se acordaba de su propio nombre. ¿Uno tiene que recordar su nombre, no? Aunque sea para evitar convertirse en otra persona. No hay problema. Siempre quiso llamarse Caleb por el protagonista de un videojuego y vio su oportunidad bautizándose de ese modo en sus hojas.
Así que había algo raro en las hojas. Lo que había en ellas se hacía realidad.
Por lo tanto ¡su hermana no tendría que estar muerta!
Corrió extasiado hacia su cuarto y cerró la puerta. Necesitaba concentrarse, pensar una buena solución y una buena excusa… sin embargo, el daña ya estaba hecho, descubrió poco después. En las páginas constaba que estaba muerta y así se quedaría a menos de que destruyera el documento.
Y ahí tenía otro problema, porque si lo que se reflejaba en el documento se hacía realidad, al quedar éste destruido, ¿no estaría eliminando todo lo existente?
Movió la cabeza de un lado a otro confuso, absorto por la oscuridad de sus pensamientos y la forma oblonga y luminosa que escupía ideas tan retorcidas en su joven mente. Caleb deseó haberse puesto con los videojuegos antes de crear semejante monstruosidad, tamaño dolor de cabeza.
El gato pasó rozando sus pies, acariciando los tobillos con la sensación fría de pelo erizado. Incluso él notaba que algo malo estaba pasando, pensó Caleb. El viejo felino corrió entonces fuera de su vista, como si le hubiera dado un mensaje importante y secreto y tuviera que volver a esconderse, lejos de ojos nada amistosos.
Pasaría un tiempo hasta que aprendiera la palabra paranoia, pero estaba empezando a descubrir su significado con cada segundo que pasaba. Las hojas seguían llamándole, pedían ser escarificadas con la punta del lapicero, marcadas de por vida con la existencia y todas las posibilidades que pudieran caber en ellas. Caleb sintió miedo de esas hojas terribles que dibujaban muecas, sólo visibles al trasluz, de burla y desespero; que engullirían, eso lo sabía bien, cada una de las palabras que quisiese otorgarlas.
No tendrían piedad.
Caleb acordó ser más listo que ellas. Porque Caleb no era el niño de nueve años, era OTRO niño de nueve años que vivía en su casa. Casualidades de la vida, también tenía una hermana, igual que la del niño de nueve años en todo, incluido el nombre. Retomó la escritura donde la dejó y escuchó el grito de su hermana en la cocina.
¡Había funcionado!
Se contuvo durante un momento para retocar un par de detalles. No podían ganar, esas malditas hojas. Las depositó furioso sobre la cama, arrojó el lápiz encima despreciativamente, y corrió hacia la cocina, ansioso de ver a su hermana de nuevo.
En la cocina, se puso a llorar. Su hermana había encontrado el cadáver de sí misma y permanecía acurrucada en un rincón, temblando de puro miedo. Los ojos se le salían de las órbitas y el sudor perlaba su cara con reflejos del fluorescente del techo, mientras susurraba oraciones que, Caleb supuso, iban dirigidas al cadáver de la adolescente.
http://www.carloscapote.com/cuentos/uncuentosinsupersticiones
Os dejo pues, con la segunda parte:
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No podía creerse lo que su joven lápiz había hecho. Sin ningún tipo de calidad literaria ni pretensiones, había logrado matar, de un plumazo y nunca mejor dicho, a su propia hermana.
Era un sueño. Tenía que serlo. Demonios, ni se acordaba de su propio nombre. ¿Uno tiene que recordar su nombre, no? Aunque sea para evitar convertirse en otra persona. No hay problema. Siempre quiso llamarse Caleb por el protagonista de un videojuego y vio su oportunidad bautizándose de ese modo en sus hojas.
Así que había algo raro en las hojas. Lo que había en ellas se hacía realidad.
Por lo tanto ¡su hermana no tendría que estar muerta!
Corrió extasiado hacia su cuarto y cerró la puerta. Necesitaba concentrarse, pensar una buena solución y una buena excusa… sin embargo, el daña ya estaba hecho, descubrió poco después. En las páginas constaba que estaba muerta y así se quedaría a menos de que destruyera el documento.
Y ahí tenía otro problema, porque si lo que se reflejaba en el documento se hacía realidad, al quedar éste destruido, ¿no estaría eliminando todo lo existente?
Movió la cabeza de un lado a otro confuso, absorto por la oscuridad de sus pensamientos y la forma oblonga y luminosa que escupía ideas tan retorcidas en su joven mente. Caleb deseó haberse puesto con los videojuegos antes de crear semejante monstruosidad, tamaño dolor de cabeza.
El gato pasó rozando sus pies, acariciando los tobillos con la sensación fría de pelo erizado. Incluso él notaba que algo malo estaba pasando, pensó Caleb. El viejo felino corrió entonces fuera de su vista, como si le hubiera dado un mensaje importante y secreto y tuviera que volver a esconderse, lejos de ojos nada amistosos.
Pasaría un tiempo hasta que aprendiera la palabra paranoia, pero estaba empezando a descubrir su significado con cada segundo que pasaba. Las hojas seguían llamándole, pedían ser escarificadas con la punta del lapicero, marcadas de por vida con la existencia y todas las posibilidades que pudieran caber en ellas. Caleb sintió miedo de esas hojas terribles que dibujaban muecas, sólo visibles al trasluz, de burla y desespero; que engullirían, eso lo sabía bien, cada una de las palabras que quisiese otorgarlas.
No tendrían piedad.
Caleb acordó ser más listo que ellas. Porque Caleb no era el niño de nueve años, era OTRO niño de nueve años que vivía en su casa. Casualidades de la vida, también tenía una hermana, igual que la del niño de nueve años en todo, incluido el nombre. Retomó la escritura donde la dejó y escuchó el grito de su hermana en la cocina.
¡Había funcionado!
Se contuvo durante un momento para retocar un par de detalles. No podían ganar, esas malditas hojas. Las depositó furioso sobre la cama, arrojó el lápiz encima despreciativamente, y corrió hacia la cocina, ansioso de ver a su hermana de nuevo.
En la cocina, se puso a llorar. Su hermana había encontrado el cadáver de sí misma y permanecía acurrucada en un rincón, temblando de puro miedo. Los ojos se le salían de las órbitas y el sudor perlaba su cara con reflejos del fluorescente del techo, mientras susurraba oraciones que, Caleb supuso, iban dirigidas al cadáver de la adolescente.
Comentario:
Ya hay 3er capítulo...:
http://www.carloscapote.com/cuentos/uncuentosinsupersticiones_seth_III
http://www.carloscapote.com/cuentos/uncuentosinsupersticiones_seth_III
Comentario:
Interesante, cada uno en vuestro estilo os lo montáis muy bien. Me gusta, me gusta. Ahora que ya puedo volver a entrar a diario, os seguiré. Muac!





