Caracol (y II)
Dos días después, por la mañana, me despertó una llamada telefónica a las once. Era Lidia, y supuse que no había mejor despertar. Hasta que:
- Hoola – dijo mosqueada.
No sabía a que atenerme, así que contesté como si la cosa no fuera conmigo.
- Hola Lidia ¿qué tal estás cariño?
- No me vengas con esas, Adán.
- ¿Por? ¿Qué he hecho? – pregunté intrigado. En algún lugar, entre las cejas y la raíz del pelo, palpitaba la llamada de la noche anterior, aunque no dije nada para evitar equivocaciones e ir un paso por delante.
- ¿No has leído el periódico? – contestó enfadada.
- No.
- Pues léelo y luego me cuentas.
Colgó.
Rasqué mi cabeza como si la solución fuera a pasar de la raíz de mi pelo a la juntura de las uñas, y algo ofuscado por el sueño, me lavé la cara y me miré al espejo. Aquel día no tenía cara de mentiroso, no despreciaba mi cara como ocurría algunos días.
Con la boca seca tomé el desayuno y me puse a escribir un poco en mi blog, cuando entró mi padre en casa, periódico en ristre. Un saludo fugaz y un par de miradas furtivas, y él se quedó bebiendo cerveza en la cocina y yo leyendo el periódico en el sofá.
Lidia no me había dado una pista sobre qué página debía buscar, pero, si era lo que sospechaba, tendría que aparecer en las páginas del suplemento de Madrid. Buceé en crónicas infladas de lo que ocurre diariamente, llamadas de atención sobre el consumo de drogas o el incremento de las bandas juveniles, y llegué a la columna de otros sucesos, pequeños párrafos que en ocasiones cuentan historias bastante más interesantes que la portada.
Ahí estaba.
“Llamada de un desquiciado asegurando que el chico desparecido estaba en una perrera.”
Pues sí que debieron de pasar pocas cosas hasta ese cuatro de febrero para que publicaran semejante mierda.
- Dios, necesito un amigo – dije.
- Hoola – dijo mosqueada.
No sabía a que atenerme, así que contesté como si la cosa no fuera conmigo.
- Hola Lidia ¿qué tal estás cariño?
- No me vengas con esas, Adán.
- ¿Por? ¿Qué he hecho? – pregunté intrigado. En algún lugar, entre las cejas y la raíz del pelo, palpitaba la llamada de la noche anterior, aunque no dije nada para evitar equivocaciones e ir un paso por delante.
- ¿No has leído el periódico? – contestó enfadada.
- No.
- Pues léelo y luego me cuentas.
Colgó.
Rasqué mi cabeza como si la solución fuera a pasar de la raíz de mi pelo a la juntura de las uñas, y algo ofuscado por el sueño, me lavé la cara y me miré al espejo. Aquel día no tenía cara de mentiroso, no despreciaba mi cara como ocurría algunos días.
Con la boca seca tomé el desayuno y me puse a escribir un poco en mi blog, cuando entró mi padre en casa, periódico en ristre. Un saludo fugaz y un par de miradas furtivas, y él se quedó bebiendo cerveza en la cocina y yo leyendo el periódico en el sofá.
Lidia no me había dado una pista sobre qué página debía buscar, pero, si era lo que sospechaba, tendría que aparecer en las páginas del suplemento de Madrid. Buceé en crónicas infladas de lo que ocurre diariamente, llamadas de atención sobre el consumo de drogas o el incremento de las bandas juveniles, y llegué a la columna de otros sucesos, pequeños párrafos que en ocasiones cuentan historias bastante más interesantes que la portada.
Ahí estaba.
“Llamada de un desquiciado asegurando que el chico desparecido estaba en una perrera.”
Pues sí que debieron de pasar pocas cosas hasta ese cuatro de febrero para que publicaran semejante mierda.
- Dios, necesito un amigo – dije.
Comentario:
Vaya, continuación del perro Manuel...espero que no se cumpla aquello de "segundas partes nunca fueron buenas" ;)





