Caracol (y III)
Hay pocas personas dentro de mi círculo de amigos que conozcan a mi coleguilla Antonio. Veréis, Antonio es algo reservado, y apenas sale de casa más que para evitar que el culo se le vuelva plano. Sí, a veces le entra el sentido común en el interior de su guarida y sale a que le dé el sol, pero normalmente ese proceso tarda semanas y, si quieres quedar con él, no te queda más remedio que hacerle una visita.
Es un chico reservado en el sentido más estricto de la palabra. Se reserva a sí mismo mientras los años más despreocupados de su vida pasan delante de sus ojos, al otro lado de la ventana. Pero no le preocupa. No demasiado, al menos.
Arrinconado y con un pie en la separación con Lidia, razoné que la única forma de despejarme un poco la cabeza era pasar a buscar a Antonio y jugar un poco a la Xbox con él. Al día siguiente llamaría a Lidia, pero por el momento prefería dejar el cabreo a un lado, también hacerme de rogar; en definitiva, que las cosas se enfriaran antes de empezar a discutir.
Una llamada después, tenía el mando negro de la consola en las manos y me disponía a darle una paliza a un juego de disparos en vista subjetiva.
- ¿Qué tal te va, tío? – dije mirando la pantalla. Una selva quedaba profanada por armatostes y cables de tecnología puntera y cromada, de brillos multicolor. Oí unas pisadas detrás de mi personaje.
- Oh, bueno, lo de siempre – contestó tranquilo, sin inflexión en la voz. Es un remanso de paz, este Antonio. La horchata es cafeína comparado con lo que corre por sus venas. Agua destilada.
- Lo de siempre es lo que contesta todo el mundo, puntualiza, puntuali-za – el corte en mi voz fue debido a la impresión de encontrar al personaje de Antonio, subido en un risco con rifle francotirador. Un par de disparos certeros con mi pistola y sus sesos decoran la piedra a sus espaldas.
- Oh… bueno… ando un poco estresado por un trabajo de clase. La chica con quien tengo que hacerlo se pasa el día con su novio y trabajo solo… er, luego, ella ve los resultados – puntualizó ligeramente asustado. Sí, Antonio me conocía, sabía de mi sangre caliente y el enfado que seguiría a sus declaraciones.
- ¿Es que (ay) eres su puto esclavo (joder, joder)? – a pesar de la emboscada en un acantilado con lianas de cobre, sobrevivo gracias al azar con apenas un hálito de vida. Un paquete de salud cercano me deja listo para la acción.
- No… pero… - sabía como se sentía. Estaba asustado. No solo por mi desmesurada reacción, sino por la posibilidad de confrontarse a la puta vaga que le había tocado de compañera.
- Mira, no eres la marioneta de nadie. Mándala a tomar por culo y haz el trabajo tú solito. – Sentí algo de pena por regañarle de aquella manera. Casi podía sentir su cuello encogiéndose, retirando su cabeza como si fuera a alojarla entre los hombros. – No te preocupes. A veces la gente es muy caradura. Venga, ánimo, ¿vale?
- Oye… ¿haces algo este fin de semana?
- ¿Cuándo? ¿Por la noche?
- Sí. El sábado por la noche, por ejemplo.
- Un botellón por favor.
Antonio pidiéndome un botellón. Probablemente la hecatombe que predijo Manuel antes de ser sacrificado como un perro se refiriera a aquello. Me quedé en blanco, tanto que dentro del juego aprovechó para matarme en un claro donde se oían a siniestras aves tropicales. Reaparecí con un halo de luz violácea. De nuevo otro disparo, y otra vez muerto. No podía cabrearse conmigo cara a cara, pero en el juego era otro, un soldado inmisericorde.
- Que sea un botellón, pues – dije. En el fondo prefería algo de eso, poder charlar tranquilamente de tú a tú. No soy de los que van a una discoteca a hacer que el sonido entierre su vida, abandonar mi mente al cuerpo, mi suerte a la cara. En una discoteca me siento como una isla atómica en un archipiélago de gente.
- De acuerdo. Gracias.
A continuación cogí un lanzacohetes en una estación cercana y disparé con saña al suelo que pisaba el personaje de Antonio; disparar a un objetivo no es recomendable porque puede ver venir el misil y esquivarlo, pero un disparo en el suelo… eso acaba con casi cualquiera.
Antonio murió y volvimos a crear otro escenario de batalla.
Es un chico reservado en el sentido más estricto de la palabra. Se reserva a sí mismo mientras los años más despreocupados de su vida pasan delante de sus ojos, al otro lado de la ventana. Pero no le preocupa. No demasiado, al menos.
Arrinconado y con un pie en la separación con Lidia, razoné que la única forma de despejarme un poco la cabeza era pasar a buscar a Antonio y jugar un poco a la Xbox con él. Al día siguiente llamaría a Lidia, pero por el momento prefería dejar el cabreo a un lado, también hacerme de rogar; en definitiva, que las cosas se enfriaran antes de empezar a discutir.
Una llamada después, tenía el mando negro de la consola en las manos y me disponía a darle una paliza a un juego de disparos en vista subjetiva.
- ¿Qué tal te va, tío? – dije mirando la pantalla. Una selva quedaba profanada por armatostes y cables de tecnología puntera y cromada, de brillos multicolor. Oí unas pisadas detrás de mi personaje.
- Oh, bueno, lo de siempre – contestó tranquilo, sin inflexión en la voz. Es un remanso de paz, este Antonio. La horchata es cafeína comparado con lo que corre por sus venas. Agua destilada.
- Lo de siempre es lo que contesta todo el mundo, puntualiza, puntuali-za – el corte en mi voz fue debido a la impresión de encontrar al personaje de Antonio, subido en un risco con rifle francotirador. Un par de disparos certeros con mi pistola y sus sesos decoran la piedra a sus espaldas.
- Oh… bueno… ando un poco estresado por un trabajo de clase. La chica con quien tengo que hacerlo se pasa el día con su novio y trabajo solo… er, luego, ella ve los resultados – puntualizó ligeramente asustado. Sí, Antonio me conocía, sabía de mi sangre caliente y el enfado que seguiría a sus declaraciones.
- ¿Es que (ay) eres su puto esclavo (joder, joder)? – a pesar de la emboscada en un acantilado con lianas de cobre, sobrevivo gracias al azar con apenas un hálito de vida. Un paquete de salud cercano me deja listo para la acción.
- No… pero… - sabía como se sentía. Estaba asustado. No solo por mi desmesurada reacción, sino por la posibilidad de confrontarse a la puta vaga que le había tocado de compañera.
- Mira, no eres la marioneta de nadie. Mándala a tomar por culo y haz el trabajo tú solito. – Sentí algo de pena por regañarle de aquella manera. Casi podía sentir su cuello encogiéndose, retirando su cabeza como si fuera a alojarla entre los hombros. – No te preocupes. A veces la gente es muy caradura. Venga, ánimo, ¿vale?
- Oye… ¿haces algo este fin de semana?
- ¿Cuándo? ¿Por la noche?
- Sí. El sábado por la noche, por ejemplo.
- Un botellón por favor.
Antonio pidiéndome un botellón. Probablemente la hecatombe que predijo Manuel antes de ser sacrificado como un perro se refiriera a aquello. Me quedé en blanco, tanto que dentro del juego aprovechó para matarme en un claro donde se oían a siniestras aves tropicales. Reaparecí con un halo de luz violácea. De nuevo otro disparo, y otra vez muerto. No podía cabrearse conmigo cara a cara, pero en el juego era otro, un soldado inmisericorde.
- Que sea un botellón, pues – dije. En el fondo prefería algo de eso, poder charlar tranquilamente de tú a tú. No soy de los que van a una discoteca a hacer que el sonido entierre su vida, abandonar mi mente al cuerpo, mi suerte a la cara. En una discoteca me siento como una isla atómica en un archipiélago de gente.
- De acuerdo. Gracias.
A continuación cogí un lanzacohetes en una estación cercana y disparé con saña al suelo que pisaba el personaje de Antonio; disparar a un objetivo no es recomendable porque puede ver venir el misil y esquivarlo, pero un disparo en el suelo… eso acaba con casi cualquiera.
Antonio murió y volvimos a crear otro escenario de batalla.





