Caracol (y IV)
Según entré a trabajar en el supermercado de mierda donde me tenían contratado, llamé a Antonio para decirle que sólo había venido un camión con mercancía, y que quedaríamos a las doce y media de la noche en la Plaza de Santa Ana, centro de botellones de la zona de Huertas. Era muy difícil, según mis cálculos, que llegara a tarde a la cita, porque según esos cálculos a las once ya estaría hecho todo el trabajo, y bastaría con esperar a las doce que es la hora acostumbrada de salida.
Poco pude imaginar que viviría el momento más ridículo de mi vida.
El supermercado constaba de dos plantas, y en la planta superior había una salida de emergencia. En esa salida había dos puertas, una que se abría por ambos lados y que daba a los fusibles del piso, y otra puerta que se abría por dentro y que daba al pasillo de la casa contigua. Y a eso de las once menos cuarto, se nos ocurrió descansar un rato. Entonces dijo uno de mis compañeros, Oscar:
- ¿Sabéis que la puerta de la salida de emergencias ya no se puede abrir por dentro?
- Qué dices Oscar, si el otro día te metiste ahí para grabarnos con la puta cámara del móvil – contesté. Desde que se había comprado el aparatito no cejaba en su intento de filmar videos estúpidos y fotos comprometedoras.
- Pero me sacasteis vosotros, ¿no? Tú abriste la puerta.
- A ver, Oscar… - dijo cansado Israel, el jefe y un par de años mayor que yo. Se dirigió a la salida de emergencias, abrió la puerta y se metió dentro, cerrándola a su paso. Por el cristal de la puerta observamos sus gestos mientras intentaba abrirla en vano.
- ¡No le abráis, no le abráis! Ja ja ja – rió Oscar, señalando con descaro la cara de agotamiento de Isra.
Hansa, el compañero que completaba la plantilla de los empleados de noche, se acercó tranquilo a la puerta y la abrió sin expresar ningún tipo de emoción. Isra se quedó dentro del cubículo, observando la segunda puerta.
- Tu eres tonto, Oscar – dijo, mientras intentaba abrir, infructuosamente, la puerta que daba al pasillo de la casa de al lado.
- ¿Eso da al portal éste, no? – inquirí curioso.
- Sí, el de las putas – contestó Oscar, no sé si con descaro. Lo llamaba así por las chicas que entraban y salían continuamente de él.
Con un último empujón Isra consiguió abrirla, revelando un pasillo con muchas escaleras que llevaba hasta el portal de al lado. Como buen fisgón, quise ver con mis propios ojos aquello: las paredes estaban pintadas de gris y parecían absorber la poca luz que entraba tanto por el portal como desde el supermercado; una rejilla que en teoría debería estar puesta para evitar que alguien forzara las puertas, se hallaba plegada y atada una de las paredes.
Detrás de mí pasó Oscar, y luego Isra para fisgar en el portal. Horrorizados, la puerta se cerró a nuestras espaldas, y lo único que pudimos hacer fue llamar a Hansa, espectador de nuestro estúpido espectáculo. Aporreamos la puerta metálica que carecía de cualquier tipo de pomo o asidero del lado en el que estábamos.
- ¡Hansa, ven a abrirnos! – gritó Isra.
Oscar y yo nos miramos y empezamos a reírnos un poco debido al ridículo de la situación. Israel se dio la vuelta y nos aclaró:
- Las llaves me las he dejado dentro, y creo que las puertas de entrada están cerradas.
Oímos a Hansa empujar la puerta, sin éxito.
- Tira de la barra hacia abajo y empuja, ¡vamos Hansa! – chilló Isra.
- Ya voy tíos, es que está atascada o algo. ¡Si lo intento con patadas y todo!
Supongo, el pensamiento corrió por la cabeza de los tres que estábamos en el pasillo, pero fui el primero en darle voz, casi titubeante, a modo de pregunta molesta.
- Oye Isra – dije tímidamente, porque la pregunta era algo disparatada y sugería una posibilidad no muy tranquilizadora -, si nosotros estamos aquí, y Hansa entre la primera y segunda puerta… bueno, y la primera puerta no se puede abrir desde dentro… ¿no estará Hansa encerrado?
Casi se le salen los ojos de las órbitas. Giró como una exhalación en dirección a la puerta y, aporreándola nervioso, retomó los gritos que había interrumpido para escucharme. Pero en lugar de pedir ayuda, gritó:
- ¡¡Hansa, dime que la puerta detrás de ti no está cerrada!!
Una pausa tensa y el sonido de empujones en otra dirección parecieron comprobar mi teoría. El silencio expectante de los tres, rezando porque aquello no hubiese ocurrido de verdad, devoraba cualquier ruido accesorio del ambiente, cualquier sonido que no viniese de Hansa.
- Sí, ¡¡estoy encerrado!! – contestó.
Miré a Oscar y luego a Isra, que había vuelto la cabeza hacia nosotros buscando algo de apoyo; nuestra risa estalló entre maldiciones. Israel se tranquilizó para afrontar de nuevo la puerta de emergencia, pero Oscar y yo nos sentimos tan desbordados que seguimos riéndonos, casi histéricos.
- Hansa, por lo menos ábrenos. Ya pensaremos algo cuando nos juntemos, ¡pero empuja bien, joder!
- Esperad, que voy a dar una patada – replicó Hansa.
Un golpe tremebundo abrió al fin la puerta, y los cuatro nos juntamos en aquel pasillo que olía a húmedo y estaba casi a oscuras. La puerta que nos separaba del supermercado estaba cerrada, con el picaporte roto e inútil, y parecía que lo único que podíamos hacer era ver por el cristal lo que había al otro lado. Yo pensaba en el pobre Antonio, que todo indicaba que le iba a tocar esperar. Habían tocado las once, teníamos que encontrar una forma de salir de la situación sin llamar a los trabajadores del súper y luego preocuparnos por la mercancía que había que recoger.
- Y ahora, ¿qué? – dijo Oscar.
Poco pude imaginar que viviría el momento más ridículo de mi vida.
El supermercado constaba de dos plantas, y en la planta superior había una salida de emergencia. En esa salida había dos puertas, una que se abría por ambos lados y que daba a los fusibles del piso, y otra puerta que se abría por dentro y que daba al pasillo de la casa contigua. Y a eso de las once menos cuarto, se nos ocurrió descansar un rato. Entonces dijo uno de mis compañeros, Oscar:
- ¿Sabéis que la puerta de la salida de emergencias ya no se puede abrir por dentro?
- Qué dices Oscar, si el otro día te metiste ahí para grabarnos con la puta cámara del móvil – contesté. Desde que se había comprado el aparatito no cejaba en su intento de filmar videos estúpidos y fotos comprometedoras.
- Pero me sacasteis vosotros, ¿no? Tú abriste la puerta.
- A ver, Oscar… - dijo cansado Israel, el jefe y un par de años mayor que yo. Se dirigió a la salida de emergencias, abrió la puerta y se metió dentro, cerrándola a su paso. Por el cristal de la puerta observamos sus gestos mientras intentaba abrirla en vano.
- ¡No le abráis, no le abráis! Ja ja ja – rió Oscar, señalando con descaro la cara de agotamiento de Isra.
Hansa, el compañero que completaba la plantilla de los empleados de noche, se acercó tranquilo a la puerta y la abrió sin expresar ningún tipo de emoción. Isra se quedó dentro del cubículo, observando la segunda puerta.
- Tu eres tonto, Oscar – dijo, mientras intentaba abrir, infructuosamente, la puerta que daba al pasillo de la casa de al lado.
- ¿Eso da al portal éste, no? – inquirí curioso.
- Sí, el de las putas – contestó Oscar, no sé si con descaro. Lo llamaba así por las chicas que entraban y salían continuamente de él.
Con un último empujón Isra consiguió abrirla, revelando un pasillo con muchas escaleras que llevaba hasta el portal de al lado. Como buen fisgón, quise ver con mis propios ojos aquello: las paredes estaban pintadas de gris y parecían absorber la poca luz que entraba tanto por el portal como desde el supermercado; una rejilla que en teoría debería estar puesta para evitar que alguien forzara las puertas, se hallaba plegada y atada una de las paredes.
Detrás de mí pasó Oscar, y luego Isra para fisgar en el portal. Horrorizados, la puerta se cerró a nuestras espaldas, y lo único que pudimos hacer fue llamar a Hansa, espectador de nuestro estúpido espectáculo. Aporreamos la puerta metálica que carecía de cualquier tipo de pomo o asidero del lado en el que estábamos.
- ¡Hansa, ven a abrirnos! – gritó Isra.
Oscar y yo nos miramos y empezamos a reírnos un poco debido al ridículo de la situación. Israel se dio la vuelta y nos aclaró:
- Las llaves me las he dejado dentro, y creo que las puertas de entrada están cerradas.
Oímos a Hansa empujar la puerta, sin éxito.
- Tira de la barra hacia abajo y empuja, ¡vamos Hansa! – chilló Isra.
- Ya voy tíos, es que está atascada o algo. ¡Si lo intento con patadas y todo!
Supongo, el pensamiento corrió por la cabeza de los tres que estábamos en el pasillo, pero fui el primero en darle voz, casi titubeante, a modo de pregunta molesta.
- Oye Isra – dije tímidamente, porque la pregunta era algo disparatada y sugería una posibilidad no muy tranquilizadora -, si nosotros estamos aquí, y Hansa entre la primera y segunda puerta… bueno, y la primera puerta no se puede abrir desde dentro… ¿no estará Hansa encerrado?
Casi se le salen los ojos de las órbitas. Giró como una exhalación en dirección a la puerta y, aporreándola nervioso, retomó los gritos que había interrumpido para escucharme. Pero en lugar de pedir ayuda, gritó:
- ¡¡Hansa, dime que la puerta detrás de ti no está cerrada!!
Una pausa tensa y el sonido de empujones en otra dirección parecieron comprobar mi teoría. El silencio expectante de los tres, rezando porque aquello no hubiese ocurrido de verdad, devoraba cualquier ruido accesorio del ambiente, cualquier sonido que no viniese de Hansa.
- Sí, ¡¡estoy encerrado!! – contestó.
Miré a Oscar y luego a Isra, que había vuelto la cabeza hacia nosotros buscando algo de apoyo; nuestra risa estalló entre maldiciones. Israel se tranquilizó para afrontar de nuevo la puerta de emergencia, pero Oscar y yo nos sentimos tan desbordados que seguimos riéndonos, casi histéricos.
- Hansa, por lo menos ábrenos. Ya pensaremos algo cuando nos juntemos, ¡pero empuja bien, joder!
- Esperad, que voy a dar una patada – replicó Hansa.
Un golpe tremebundo abrió al fin la puerta, y los cuatro nos juntamos en aquel pasillo que olía a húmedo y estaba casi a oscuras. La puerta que nos separaba del supermercado estaba cerrada, con el picaporte roto e inútil, y parecía que lo único que podíamos hacer era ver por el cristal lo que había al otro lado. Yo pensaba en el pobre Antonio, que todo indicaba que le iba a tocar esperar. Habían tocado las once, teníamos que encontrar una forma de salir de la situación sin llamar a los trabajadores del súper y luego preocuparnos por la mercancía que había que recoger.
- Y ahora, ¿qué? – dijo Oscar.





