Caracol (y V)
Había pasado media hora angustiosa hasta que pudimos entrar, y miraba y miraba el reloj y pensaba que todavía quedaban varios palés para recoger; sin duda, pensé, llegaría tarde a mi cita con Antonio.
Tras quedarnos fuera del supermercado de forma tan estúpida, lo único que supimos hacer fue, por orden, reírnos y maldecir desesperados nuestra mala suerte. Si no conseguíamos entrar, hubiera tocado llamar a alguno de los subjefes del súper o incluso al gerente, dando lugar a un más que probable despido.
Probamos varios métodos. Bajamos a través del portal a la entrada, la cual estaba cerrada a cal y canto.
- Podemos comprobar si sigue jodida alguna de las mamparas – apuntó Oscar.
Yo andaba forzando esas mismas mamparas que citaba con todas mis fuerzas, bajo la atenta mirada de unos cuantos oficinistas de juerga, los cuales no nos quitaban los ojos de encima, y bajaban el tono de voz cuando pasábamos a su lado.
Nada.
- Subamos a ver qué se nos ocurre – dije.
Arriba Israel y Hansa ni se hablaban, miraban cada uno a un lado, aunque supongo que el segundo habría intentado, sin éxito, establecer comunicación. Israel prometió que no volvería a hablar con Hansa por una pelea que hubo entre ellos.
- ¿Te acuerdas, que hace un par de semanas vinieron unos técnicos? Pues fueron a arreglar precisamente la puta puerta. No hemos podido hacer nada – protestó Oscar.
- Sí, y encima parecía que queríamos entrar a robar – apunté.
- Bueno, podemos romper el picaporte e intentar abrir la puerta – añadió Hansa, solícito.
Le miramos como si hubiera descubierto la vacuna del SIDA, esperanzados y algo incrédulos.
Se acercó a la puerta, agarró el picaporte bien fuerte y tiró con todas sus fuerzas; de vez en cuando soltaba un gruñido, y con el gruñido el picaporte cedía un poco más. ¿Cuántos malditos gruñidos le quedarían?
Al fin salió el picaporte, junto con la alargada pieza metálica en el interior, de forma rectangular, que encaja en el picaporte del lado contrario. Hansa cogió esa pieza y la introdujo de nuevo.
- Ya está. Ahora tenemos que girar esto como podamos. – Con los dedos apenas sí se podía coger algo tan fino y, para colmo, de metal, y lo intentamos pero las manos se resbalaban. – Venga, si esto ya lo he hecho yo alguna vez…
Israel, Oscar y yo nos quedamos observándole extrañados.
- ¿Qué?
- Nada, Hansa. Sigamos – dijo Oscar.
- ¿Y si metemos el picaporte? – señaló Israel -. Quizá así sea más fácil de girar.
Bendita luz de la razón.
Giramos el picaporte y…
- ¡¡HURRA JODER!! – gritamos al unísono.
Ellos entraron corriendo a “respirar”, mientras se sujetaban los pechos aliviados, como si sus vidas fueran a escaparse a través de las costillas. Pero yo tenía un problema.
Miré mi reloj y supe que llegaría trágicamente tarde a la cita: habíamos estado haciendo el imbécil tres cuartos de hora.
Tras quedarnos fuera del supermercado de forma tan estúpida, lo único que supimos hacer fue, por orden, reírnos y maldecir desesperados nuestra mala suerte. Si no conseguíamos entrar, hubiera tocado llamar a alguno de los subjefes del súper o incluso al gerente, dando lugar a un más que probable despido.
Probamos varios métodos. Bajamos a través del portal a la entrada, la cual estaba cerrada a cal y canto.
- Podemos comprobar si sigue jodida alguna de las mamparas – apuntó Oscar.
Yo andaba forzando esas mismas mamparas que citaba con todas mis fuerzas, bajo la atenta mirada de unos cuantos oficinistas de juerga, los cuales no nos quitaban los ojos de encima, y bajaban el tono de voz cuando pasábamos a su lado.
Nada.
- Subamos a ver qué se nos ocurre – dije.
Arriba Israel y Hansa ni se hablaban, miraban cada uno a un lado, aunque supongo que el segundo habría intentado, sin éxito, establecer comunicación. Israel prometió que no volvería a hablar con Hansa por una pelea que hubo entre ellos.
- ¿Te acuerdas, que hace un par de semanas vinieron unos técnicos? Pues fueron a arreglar precisamente la puta puerta. No hemos podido hacer nada – protestó Oscar.
- Sí, y encima parecía que queríamos entrar a robar – apunté.
- Bueno, podemos romper el picaporte e intentar abrir la puerta – añadió Hansa, solícito.
Le miramos como si hubiera descubierto la vacuna del SIDA, esperanzados y algo incrédulos.
Se acercó a la puerta, agarró el picaporte bien fuerte y tiró con todas sus fuerzas; de vez en cuando soltaba un gruñido, y con el gruñido el picaporte cedía un poco más. ¿Cuántos malditos gruñidos le quedarían?
Al fin salió el picaporte, junto con la alargada pieza metálica en el interior, de forma rectangular, que encaja en el picaporte del lado contrario. Hansa cogió esa pieza y la introdujo de nuevo.
- Ya está. Ahora tenemos que girar esto como podamos. – Con los dedos apenas sí se podía coger algo tan fino y, para colmo, de metal, y lo intentamos pero las manos se resbalaban. – Venga, si esto ya lo he hecho yo alguna vez…
Israel, Oscar y yo nos quedamos observándole extrañados.
- ¿Qué?
- Nada, Hansa. Sigamos – dijo Oscar.
- ¿Y si metemos el picaporte? – señaló Israel -. Quizá así sea más fácil de girar.
Bendita luz de la razón.
Giramos el picaporte y…
- ¡¡HURRA JODER!! – gritamos al unísono.
Ellos entraron corriendo a “respirar”, mientras se sujetaban los pechos aliviados, como si sus vidas fueran a escaparse a través de las costillas. Pero yo tenía un problema.
Miré mi reloj y supe que llegaría trágicamente tarde a la cita: habíamos estado haciendo el imbécil tres cuartos de hora.
Comentario:
Como he leído primero tu despedida... cuando se han quedado encerrados me ha recordado a la historia dentro de La Noche Del Oráculo, de Auster, donde el escritor (protagonista de la novela) se queda atascado con su persnaje encerrado... y a partir de ahí ocurren mil movidas en su vida. Maldito cuaderno azul.
PEnsaba que te había pasado lo mismo, jajaja. Veo que no, encontraron la salida....
Muy grande.
PEnsaba que te había pasado lo mismo, jajaja. Veo que no, encontraron la salida....
Muy grande.





