Caracol (y VI)
- Mi problema, tío, es que no ligo nada. Y el único amigo que tengo de verdad eres tú – masculló afligido, ahogado por el problema. Los ojos seguían fijos en el vaso, como si no se atreviera a mirarme, como si estuviera retirado en el fondo del vaso, y subiera lentamente con las burbujas del refresco.
- No sé, tienes que ser un poco más abierto, Antonio. Que no puedes ir por la vida arrastrándote, con la cabeza agachada y huyendo de cualquier problema. – El Gran Arreglador, ése era yo. ¡Ja! El hombre que no tiene problemas propios, me recriminaba hacia mis adentros…
- No puedo, ¿vale? Tengo un pánico atroz a todo el mundo. Soy... no sé, algo raro, ¿no? Me acuerdo… cuando empezamos el instituto… ¿recuerdas a Tomás?
- Sí, menudo patán, je je je – reí nervioso. Tomás fue amigo mío durante un tiempo, y luego… le mandé a tomar por culo antes de empezar segundo de Bachillerato. Él parecía tener amigos más malotes, y puede que mi vida se hubiera encaminado más hacia las fiestas si hubiera seguido con él. Me pregunté en su día si mereció la pena sacrificar popularidad por otras amistades menos fiesteras. Y en esa noche miré a Antonio, e intenté adivinar quién estaría hablando con él en ese momento tan trágico.
- Cuando llegó al instituto dijo que follaba seguro. Que con dieciséis años ya era hora de
- … de quitarse las telarañas de la polla, ya. Si era su amigo, no me estás diciendo nada nuevo; según nos acercábamos al instituto, más me lo comentaba… - interrumpí.
- Y no lo consiguió hasta pasado un tiempo.
- ¿Y?
- ¿Por qué él sí y yo no? – gimió entristecido. Observé el vaso que tenía en la mano y se encontraba casi vacío… ¡estaba dando unos buenos tragos! Dudé por un momento si servirle más para que se lo bebiera en apenas unos minutos o si debería obligarle a caminar.
Esperaré un poco más, quizá a que pida otro vaso, acordé conmigo mismo.
- Porque la vida está llena de injusticia. Yo he tenido suerte – dije, pensando en mi guapa novia -, puede que demasiada. Pero coño, si yo la he tenido… ¿Qué te impide a ti tenerla? Todos tenemos suerte alguna vez en la vida. Seguro que encontramos algo que hacer.
- Podemos ir a algún local a ver si pillamos.
- Euhmm… no. Primero que no vamos todo lo maqueados que deberíamos, y segundo que no hay tantas posibilidades de conseguir una chica de las que te pueden gustar…
- ¿Y cuáles son las que me pueden gustar? ¿Y si a mí me gustan todas?
Respiré hondo e hice acopio de valor para lo que tenía que decir. Tenía que procurar ser suave, pero firme y brutalmente sincero.
- Bien… el caso es que en un mundo tan jodidamente superficial como éste… en el momento que tengas a una chica, no la deberías soltar ni de coña. Seamos sinceros, ¿vale? – las palabras se agolpaban en mi boca, obstruyéndola y empujando el paladar. No pude ni mirarle a los ojos -. No eres ningún guaperas, no creo que vayas a conseguir una tía de las que te gustan, en plan modelo de lencería. Ninguno de los dos lo somos.
Vi cómo su mente asimilaba esas palabras. Me di cuenta de que nunca habían sido sinceros con él, que vivía en un mundo aparte del resto, donde su madre y su padre, sus tíos, sus abuelos… todos, le decían lo guapo que era. Un buen partido. Y ese muro, construido a lo largo de los meses y pintado con bonitas palabras, se lo estaba derribando con mi diatriba.
- Lo siento, pero es verdad.
- P-pero…
- Mira tío, a mí también me costó un poco asimilarlo, ¿vale? Se dirá mucho de que lo importante es el interior y todo eso pero… ¿tú crees que esas buenorras que menean las caderas por la calle, y saben lo tremendas que están, tú crees que probarán un bombón que no tenga buena pinta?
- …
- Claro que también puedo ser un pesimista pero… bueno, la experiencia me lo ha dejado así de claro – añadí, lleno de determinación. Hacía un año o así, un poco más a lo mejor, casi hace una vida, alguien me dijo estas mismas palabras en un botellón... un poco más parecidas, algo más amables creo.
- Está bien – dijo algo hundido; ¿tan engañado se tenía? ¿Es que nunca se comparaba con alguno de los tíos que salían en las revistas?
- A ver… no lo entiendo tío, ¿a qué viene esa cara? Yo pensaba que algo de esto ya lo tenías pensado… no creo que te haya abierto ninguna puerta, ¿no? – miré sus ojos, casi ocultos en las sombras de su cara -. ¿Me equivoco?
Qué contradictorio este Antonio, me dije. Pensé que la timidez se debía a su falta de autoestima, pero había averiguado que, simplemente, tenía miedo de las mujeres. Él era guapo en su cabeza, y algo raro, pero si no tenía novia era porque no se le acercaban hembras fértiles lo suficiente.
Suspiré. Luego le di unas palmadas en la espalda.
Decidí entonces que seguiría su tren de pensamiento, a ver cómo salía de aquello. Lo mejor, pensé antes de abrir la boca, sería llevarle a lo que yo pensaba con hechos, no con mis palabras.
- Tengo una idea, tío, no te pongas así, ¿vale?
- Así cómo – contestó átono.
- Triste.
- No estoy…
- Calla un momento, verás… tienes que sacudirte esa vergüenza, ¿vale? Eres un tío inteligente, así que coge valor y preséntate a un concurso de la tele o algo cualquiera. Yo hace mucho que no la veo entre mi curro y mis estudios, pero seguro que algún concurso de culturilla general habrá que te llame la atención; así que coges, llamas y te presentas, te quitas la timidez de encima con eso de salir en la tele y a lo mejor hasta ganas dinero, genial, ¿no? – No. No me podía permitir el lujo de respirar en aquel momento.
- Miraré a ver – dijo, no del todo convencido.
- ¡Así me gusta! – exclamé con ternura.
La noche soltaba rachas de viento fresco aquí y allá, y Antonio y yo decidimos entonces dar un laargo paseo hasta casa. Hablamos de los viejos tiempos, de levantarse por la mañana para ver dibujos animados y no preocuparse de nada más, cuando la mayor preocupación era hacer catorce ejercicios de lengua para el día siguiente.
- No sé, tienes que ser un poco más abierto, Antonio. Que no puedes ir por la vida arrastrándote, con la cabeza agachada y huyendo de cualquier problema. – El Gran Arreglador, ése era yo. ¡Ja! El hombre que no tiene problemas propios, me recriminaba hacia mis adentros…
- No puedo, ¿vale? Tengo un pánico atroz a todo el mundo. Soy... no sé, algo raro, ¿no? Me acuerdo… cuando empezamos el instituto… ¿recuerdas a Tomás?
- Sí, menudo patán, je je je – reí nervioso. Tomás fue amigo mío durante un tiempo, y luego… le mandé a tomar por culo antes de empezar segundo de Bachillerato. Él parecía tener amigos más malotes, y puede que mi vida se hubiera encaminado más hacia las fiestas si hubiera seguido con él. Me pregunté en su día si mereció la pena sacrificar popularidad por otras amistades menos fiesteras. Y en esa noche miré a Antonio, e intenté adivinar quién estaría hablando con él en ese momento tan trágico.
- Cuando llegó al instituto dijo que follaba seguro. Que con dieciséis años ya era hora de
- … de quitarse las telarañas de la polla, ya. Si era su amigo, no me estás diciendo nada nuevo; según nos acercábamos al instituto, más me lo comentaba… - interrumpí.
- Y no lo consiguió hasta pasado un tiempo.
- ¿Y?
- ¿Por qué él sí y yo no? – gimió entristecido. Observé el vaso que tenía en la mano y se encontraba casi vacío… ¡estaba dando unos buenos tragos! Dudé por un momento si servirle más para que se lo bebiera en apenas unos minutos o si debería obligarle a caminar.
Esperaré un poco más, quizá a que pida otro vaso, acordé conmigo mismo.
- Porque la vida está llena de injusticia. Yo he tenido suerte – dije, pensando en mi guapa novia -, puede que demasiada. Pero coño, si yo la he tenido… ¿Qué te impide a ti tenerla? Todos tenemos suerte alguna vez en la vida. Seguro que encontramos algo que hacer.
- Podemos ir a algún local a ver si pillamos.
- Euhmm… no. Primero que no vamos todo lo maqueados que deberíamos, y segundo que no hay tantas posibilidades de conseguir una chica de las que te pueden gustar…
- ¿Y cuáles son las que me pueden gustar? ¿Y si a mí me gustan todas?
Respiré hondo e hice acopio de valor para lo que tenía que decir. Tenía que procurar ser suave, pero firme y brutalmente sincero.
- Bien… el caso es que en un mundo tan jodidamente superficial como éste… en el momento que tengas a una chica, no la deberías soltar ni de coña. Seamos sinceros, ¿vale? – las palabras se agolpaban en mi boca, obstruyéndola y empujando el paladar. No pude ni mirarle a los ojos -. No eres ningún guaperas, no creo que vayas a conseguir una tía de las que te gustan, en plan modelo de lencería. Ninguno de los dos lo somos.
Vi cómo su mente asimilaba esas palabras. Me di cuenta de que nunca habían sido sinceros con él, que vivía en un mundo aparte del resto, donde su madre y su padre, sus tíos, sus abuelos… todos, le decían lo guapo que era. Un buen partido. Y ese muro, construido a lo largo de los meses y pintado con bonitas palabras, se lo estaba derribando con mi diatriba.
- Lo siento, pero es verdad.
- P-pero…
- Mira tío, a mí también me costó un poco asimilarlo, ¿vale? Se dirá mucho de que lo importante es el interior y todo eso pero… ¿tú crees que esas buenorras que menean las caderas por la calle, y saben lo tremendas que están, tú crees que probarán un bombón que no tenga buena pinta?
- …
- Claro que también puedo ser un pesimista pero… bueno, la experiencia me lo ha dejado así de claro – añadí, lleno de determinación. Hacía un año o así, un poco más a lo mejor, casi hace una vida, alguien me dijo estas mismas palabras en un botellón... un poco más parecidas, algo más amables creo.
- Está bien – dijo algo hundido; ¿tan engañado se tenía? ¿Es que nunca se comparaba con alguno de los tíos que salían en las revistas?
- A ver… no lo entiendo tío, ¿a qué viene esa cara? Yo pensaba que algo de esto ya lo tenías pensado… no creo que te haya abierto ninguna puerta, ¿no? – miré sus ojos, casi ocultos en las sombras de su cara -. ¿Me equivoco?
Qué contradictorio este Antonio, me dije. Pensé que la timidez se debía a su falta de autoestima, pero había averiguado que, simplemente, tenía miedo de las mujeres. Él era guapo en su cabeza, y algo raro, pero si no tenía novia era porque no se le acercaban hembras fértiles lo suficiente.
Suspiré. Luego le di unas palmadas en la espalda.
Decidí entonces que seguiría su tren de pensamiento, a ver cómo salía de aquello. Lo mejor, pensé antes de abrir la boca, sería llevarle a lo que yo pensaba con hechos, no con mis palabras.
- Tengo una idea, tío, no te pongas así, ¿vale?
- Así cómo – contestó átono.
- Triste.
- No estoy…
- Calla un momento, verás… tienes que sacudirte esa vergüenza, ¿vale? Eres un tío inteligente, así que coge valor y preséntate a un concurso de la tele o algo cualquiera. Yo hace mucho que no la veo entre mi curro y mis estudios, pero seguro que algún concurso de culturilla general habrá que te llame la atención; así que coges, llamas y te presentas, te quitas la timidez de encima con eso de salir en la tele y a lo mejor hasta ganas dinero, genial, ¿no? – No. No me podía permitir el lujo de respirar en aquel momento.
- Miraré a ver – dijo, no del todo convencido.
- ¡Así me gusta! – exclamé con ternura.
La noche soltaba rachas de viento fresco aquí y allá, y Antonio y yo decidimos entonces dar un laargo paseo hasta casa. Hablamos de los viejos tiempos, de levantarse por la mañana para ver dibujos animados y no preocuparse de nada más, cuando la mayor preocupación era hacer catorce ejercicios de lengua para el día siguiente.





