Caracol (y VII)
Me levanté a las dos y media del mediodía con las recriminaciones de mis padres pitándome en mis oídos. No tenía resaca, y lo agradecí bastante, pero había un ligero mareo. Cuando me quise dar cuenta, el telediario había empezado y ya me estaban bombardeando con el fin del mundo; todavía no había llegado, pero estaba al caer.
Y entre las noticias nacionales, con los políticos insultándose como monos drogados en una pelea a cuchillo dentro de un círculo de fuego, sale una de esas noticias para rellenar espacio: puede ser una familia de turcos andando a cuatro patas o la pésima influencia de los videojuegos; aquel día tocaba el de un secuestrador.
Miré las imágenes de una cámara de tráfico.
Una chica, rubia y de físico medio, se acerca a la ventanilla del copiloto de un Renault Mégane azul oscuro, limpio como una patena, modelo de hace un par de años. Supuestamente, el conductor le pregunta una calle o algo así, porque la víctima le hace unas señales.
Y ocurre.
En un segundo, el conductor se ha abalanzado sobre la muchacha y la introduce en el coche, en la parte de atrás. Es un movimiento ágil, de depredador, como el de una serpiente comiéndose una rata. Poco después el Renault sale disparado calle abajo, pero se puede apreciar a la joven retorciéndose en el asiento trasero.
Me desperté en un segundo.
- Cómo está el mundo, joder – digo en voz queda.
Y mi padre, que suele estar sordo como una tapia y nos tortura con la tele a todo volumen cuando hay algo que le interesa, me contestó:
- Ya no te puedes fiar de nada.
Sacudí la cabeza anonado, y fui a mirar mi bandeja de correo electrónico. Solo había basura y más basura, publicidad y un par de mails en cadena (resucitando el viejo mito de las cartas en cadena, aunque el chantaje esta vez no es la muerte sino la falta de amor), así que antes de ducharme decidí llamar a Antonio, para que me contara qué tal se encontraba.
- ¿Antonio? – dije al aparato, con la voz retorcida por el cansancio.
- Sí, soy yo, ¿eres tú Adán?
- Sí.
- ¿Qué es lo que quieres? – dijo en tono cordial.
- ¿Qué tal te encuentras? Ayer se te oía preocupado y eso… ¿estás bien? ¿Has pensado en lo que te dije?
- Oh, sí, eso te quería comentar, verás… ¿tú sabes cuál es esa cadena cutre que pone porno por las noches, y que sin embargo tiene algo de audiencia?
- El canal 14 dices, ¿no? ¿Vas a ir a un concurso allí?
- Sí, pero no es exactamente un concurso.
- Pero es una mierda tío, si tiene mazo de caspa esa mierda de emisora – recriminé.
- Ya… bueno, la cosa es ir subiendo de nivel, ¿no? Desde lo más bajo hasta arriba… así que me voy a apuntar a un nuevo programa que quieren sacar.
- ¿Un nuevo programa? Pero joder, ¿es que tienen dinero para eso?
- Sí… es de esos de enseñar algo que sabes hacer…
Traté de imaginar qué podía hacer Antonio especial, y no di con nada. Era el tipo de persona que cuando se deprime le dices que es especial, que tiene algo valioso en su interior, pero que en realidad le ves gris como la pared de un garaje. A lo mejor, como en las típicas pelis salidas adolescentes americanas, el más apocado es el más dotado…
- No te irás a desnudar en directo, ¿no? ¿No me obligarás a verte como Dios te trajo al mundo, a que no?
- ¡Claro que no, jolín! – en tan poca frase estaba encerrado parte de la razón de su ostracismo.
- Ah, bueno, me dejas MUCHO más tranquilo…
- De momento, estoy practicando, pero te juro que te vas a quedar con la boca abierta. ¿Y sabes lo mejor?
- Sorpréndeme – dije con una completa falta de entusiasmo. Me lo imaginaba haciendo malabares con manzanas ardiendo o alguna gilipollez parecida.
- Se pueden mandar comentarios por SMS y mandar mails al programa… también vale para hacer amigos y cosas de esas…
- Eso suena muy bien – contesté, con un tono opuesto a lo que corría por mi mente. Lo que menos necesitaba Antonio era conocer gente igual de retraída, gente que necesite escudarse en los SMS y la distancia para hacer amigos.
- Salgo en una semana, deséame suerte, ¿vale?
- Por supuesto, pero… ¿no vamos a quedar hasta entonces?
- Er… no – conocía ese tono de voz, y quería decir que se encerraría de nuevo en su cascarón -, es que… quiero preparar esto a conciencia ¿sabes? No quiero que nada salga mal y todo eso… y tengo que practicar.
- ¡Qué coño tienes que practicar! ¿¡Las voleas!? Venga tío, no vuelvas a encerrarte, ¿quieres?
- He dicho que no, entiéndeme, anda.
- Sigh.
- ¿Qué has dicho?
- Hmrf…
- ¿Qué?
- … vale. Pero nada más salir en el programa te vienes conmigo un día a dar una vuelta.
- De acuerdo.
- Nada de excusas.
- No tendré nada mejor que hacer, créeme.
- Más te vale – como estaba siendo duro con él, decidí suavizar el tono y añadí, imitando a un pirata -, o te colgaré de los pulgares en la vela de mesana, arr.
- Je, je… está bien, Adán. Venga, hasta luego.
- Hasta luego, Antonio, hasta luego…
- ¡Deséame suerte!
Y colgó.
¿Qué demonios era capaz de hacer alguien que se encerraba en su casa todo el día? Algo me decía que nada demasiado agradable…
Y entre las noticias nacionales, con los políticos insultándose como monos drogados en una pelea a cuchillo dentro de un círculo de fuego, sale una de esas noticias para rellenar espacio: puede ser una familia de turcos andando a cuatro patas o la pésima influencia de los videojuegos; aquel día tocaba el de un secuestrador.
Miré las imágenes de una cámara de tráfico.
Una chica, rubia y de físico medio, se acerca a la ventanilla del copiloto de un Renault Mégane azul oscuro, limpio como una patena, modelo de hace un par de años. Supuestamente, el conductor le pregunta una calle o algo así, porque la víctima le hace unas señales.
Y ocurre.
En un segundo, el conductor se ha abalanzado sobre la muchacha y la introduce en el coche, en la parte de atrás. Es un movimiento ágil, de depredador, como el de una serpiente comiéndose una rata. Poco después el Renault sale disparado calle abajo, pero se puede apreciar a la joven retorciéndose en el asiento trasero.
Me desperté en un segundo.
- Cómo está el mundo, joder – digo en voz queda.
Y mi padre, que suele estar sordo como una tapia y nos tortura con la tele a todo volumen cuando hay algo que le interesa, me contestó:
- Ya no te puedes fiar de nada.
Sacudí la cabeza anonado, y fui a mirar mi bandeja de correo electrónico. Solo había basura y más basura, publicidad y un par de mails en cadena (resucitando el viejo mito de las cartas en cadena, aunque el chantaje esta vez no es la muerte sino la falta de amor), así que antes de ducharme decidí llamar a Antonio, para que me contara qué tal se encontraba.
- ¿Antonio? – dije al aparato, con la voz retorcida por el cansancio.
- Sí, soy yo, ¿eres tú Adán?
- Sí.
- ¿Qué es lo que quieres? – dijo en tono cordial.
- ¿Qué tal te encuentras? Ayer se te oía preocupado y eso… ¿estás bien? ¿Has pensado en lo que te dije?
- Oh, sí, eso te quería comentar, verás… ¿tú sabes cuál es esa cadena cutre que pone porno por las noches, y que sin embargo tiene algo de audiencia?
- El canal 14 dices, ¿no? ¿Vas a ir a un concurso allí?
- Sí, pero no es exactamente un concurso.
- Pero es una mierda tío, si tiene mazo de caspa esa mierda de emisora – recriminé.
- Ya… bueno, la cosa es ir subiendo de nivel, ¿no? Desde lo más bajo hasta arriba… así que me voy a apuntar a un nuevo programa que quieren sacar.
- ¿Un nuevo programa? Pero joder, ¿es que tienen dinero para eso?
- Sí… es de esos de enseñar algo que sabes hacer…
Traté de imaginar qué podía hacer Antonio especial, y no di con nada. Era el tipo de persona que cuando se deprime le dices que es especial, que tiene algo valioso en su interior, pero que en realidad le ves gris como la pared de un garaje. A lo mejor, como en las típicas pelis salidas adolescentes americanas, el más apocado es el más dotado…
- No te irás a desnudar en directo, ¿no? ¿No me obligarás a verte como Dios te trajo al mundo, a que no?
- ¡Claro que no, jolín! – en tan poca frase estaba encerrado parte de la razón de su ostracismo.
- Ah, bueno, me dejas MUCHO más tranquilo…
- De momento, estoy practicando, pero te juro que te vas a quedar con la boca abierta. ¿Y sabes lo mejor?
- Sorpréndeme – dije con una completa falta de entusiasmo. Me lo imaginaba haciendo malabares con manzanas ardiendo o alguna gilipollez parecida.
- Se pueden mandar comentarios por SMS y mandar mails al programa… también vale para hacer amigos y cosas de esas…
- Eso suena muy bien – contesté, con un tono opuesto a lo que corría por mi mente. Lo que menos necesitaba Antonio era conocer gente igual de retraída, gente que necesite escudarse en los SMS y la distancia para hacer amigos.
- Salgo en una semana, deséame suerte, ¿vale?
- Por supuesto, pero… ¿no vamos a quedar hasta entonces?
- Er… no – conocía ese tono de voz, y quería decir que se encerraría de nuevo en su cascarón -, es que… quiero preparar esto a conciencia ¿sabes? No quiero que nada salga mal y todo eso… y tengo que practicar.
- ¡Qué coño tienes que practicar! ¿¡Las voleas!? Venga tío, no vuelvas a encerrarte, ¿quieres?
- He dicho que no, entiéndeme, anda.
- Sigh.
- ¿Qué has dicho?
- Hmrf…
- ¿Qué?
- … vale. Pero nada más salir en el programa te vienes conmigo un día a dar una vuelta.
- De acuerdo.
- Nada de excusas.
- No tendré nada mejor que hacer, créeme.
- Más te vale – como estaba siendo duro con él, decidí suavizar el tono y añadí, imitando a un pirata -, o te colgaré de los pulgares en la vela de mesana, arr.
- Je, je… está bien, Adán. Venga, hasta luego.
- Hasta luego, Antonio, hasta luego…
- ¡Deséame suerte!
Y colgó.
¿Qué demonios era capaz de hacer alguien que se encerraba en su casa todo el día? Algo me decía que nada demasiado agradable…





