Caracol (y VIII)
Pasa siempre a lo largo de la vida. Cuando tus días están llenos de lo mismo, basta con señalar una fecha en el calendario para que el resto de días que la rodean se conviertan en meros satélites, horas accesorias de la monotonía diaria. De ese modo, mi vida dejó de girar alrededor de mí hasta que llegó el día del debut televisivo de Antonio, durando el efecto hasta una semana después, y ya se verá por qué.
Sobre la una de la mañana, mis padres y mi hermano estaban ya acostados. Solo quedaba yo, intentando vencer al sueño por haber madrugado; el supermercado en el que trabajé durante año y medio había sido comprado por una cadena de supermercados de barrio y me vi obligado a levantarme temprano e ir a clases para manejar una caja registradora.
Todo era irreal.
A lo que quiero llegar es a que las terribles imágenes que presencié en aquel momento supusieron el tercer peor momento de mi vida. Antonio hizo una demostración por la televisión que costaba digerir, no solo por ser ilógica en el sentido fisiológico, sino por ser pesadillesca. Mis parpados me pesaban, la consciencia parpadeaba como una lámpara con el cable pelado y el cansancio llenaba de fatiga cualquier hueco que quedase en mi cuerpo entre huesos, músculos, piel.
El programa me sorprendió por ser sorprendentemente cutre, y todo un trampolín para inadaptados sociales y rarezas, esa gente que comparte contigo autobús y que tiene un algo especial que revela en fiestas cuando está muy borracho. Antes de Antonio, habían “actuado” una mujer de obesidad mórbida, capaz de cantar en tonos altísimos pero siempre desafinados, y un oficinista que podía caminar sin inmutarse sobre clavos, brasas, cristales y agujas.
Luego, al escenario, formado por un plató color salmón y unas cortinas blancas a modo de telón, salió Antonio con una gran sonrisa en la cara. Al instante, y a pesar del cansancio, le notaba algo diferente. Como si tuviera la cabeza ligeramente más alargada, y el cuerpo un poco más encorvado que de costumbre; no le di mucha importancia por eso de que en televisión uno sale distinto de cómo es.
Y la música. Antonio había elegido la Sonata de Medianoche de Beethoven, con esos tonos, no sé si os suena, imaginadlos a partir de ahora, dadle al play en la cadena de música, lo que sea, pero escuchadla y comprenderéis levemente la sensación que experimenté.
La cabeza me seguía pesando, y apenas unos minutos antes me había refrescado la cabeza con algo de agua para despertarme. El agua forzaba a mis párpados a mantenerse abiertos con un ligero escozor. Antonio salió a escena, siguiendo el compás de la música.
Hizo unas reverencias. Miró fijamente a la cámara, y sentí como si me estuviera mirando a mí y solo a mí; estaba contestando aquellos pensamientos que tuve acerca de su incapacidad para distinguirse de los demás. Con un movimiento ligero, rasgando el aire, se metió las yemas de los dedos de ambas manos en la boca, y separó los dedos en una mueca grotesca. Ojala hubiera acabado ahí.
Pero siguió.
Subió los dedos apoyados en el labio inferior, y agarró con fuerza el superior. Comenzó a estirar hacia delante con todas sus fuerzas. El esfuerzo era visible porque los brazos estaban tensos, con las venas marcadas y los músculos haciendo un tímido intento por hacerse destacar. Al fin, consiguió separar el labio hasta que sus brazos quedaron completamente estirados, y acometió la tarea de cubrirse la cabeza con él, formándose una horrible y pegajosa capucha.
Después, vino el labio inferior, siguiendo el mismo procedimiento. Estiró hasta que los brazos se alejaron todo lo posible del torso y, aquí vino la diferencia, se agachó, para enganchar el labio en los tobillos, pisándolo con el fin de evitar que se soltara. El resultado fue una masa deforme agazapada en el suelo, de diversos tonos de rojo brillante, desde el tono pálido de la carne cubierta por saliva, hasta el tono intenso de las venas a punto de reventar.
Antonio, o la criatura en que se había convertido mi amigo, se irguió en más de metro ochenta de superficie vistosa y de aspecto oleaginoso. Sí, tirad del labio y comprobad cómo es lo que hay detrás, y tratad de imaginar a un ser humano recubierto por completo. En la parte superior, donde debería estar la cabeza, se apreciaba un sumidero.
Era la boca, dos filas de dientes rodeadas de la desagradable sábana con la que Antonio estaba cubierto.
Poco a poco, la figura empezó a moverse, primero con gestos imperceptibles, terminando con una violenta agitación semicircular que poblaba de estrías la enfermiza epidermis roja. Estrías que se movían en sentido horario, creando una ilusión casi hipnótica.
El estómago se me agitó, y el embotamiento se me fue por el shock.
Pero todo esto que cuento no fue lo peor. Cuando creí que la pesadilla había acabado, leí los mensajes que recibía Antonio. Le tildaban de monstruo, había exclamaciones y por fin, llegó un escueto mensaje:
Yo también puedo hacerlo.
Seguido por una docena más, de móviles distintos.
Sobre la una de la mañana, mis padres y mi hermano estaban ya acostados. Solo quedaba yo, intentando vencer al sueño por haber madrugado; el supermercado en el que trabajé durante año y medio había sido comprado por una cadena de supermercados de barrio y me vi obligado a levantarme temprano e ir a clases para manejar una caja registradora.
Todo era irreal.
A lo que quiero llegar es a que las terribles imágenes que presencié en aquel momento supusieron el tercer peor momento de mi vida. Antonio hizo una demostración por la televisión que costaba digerir, no solo por ser ilógica en el sentido fisiológico, sino por ser pesadillesca. Mis parpados me pesaban, la consciencia parpadeaba como una lámpara con el cable pelado y el cansancio llenaba de fatiga cualquier hueco que quedase en mi cuerpo entre huesos, músculos, piel.
El programa me sorprendió por ser sorprendentemente cutre, y todo un trampolín para inadaptados sociales y rarezas, esa gente que comparte contigo autobús y que tiene un algo especial que revela en fiestas cuando está muy borracho. Antes de Antonio, habían “actuado” una mujer de obesidad mórbida, capaz de cantar en tonos altísimos pero siempre desafinados, y un oficinista que podía caminar sin inmutarse sobre clavos, brasas, cristales y agujas.
Luego, al escenario, formado por un plató color salmón y unas cortinas blancas a modo de telón, salió Antonio con una gran sonrisa en la cara. Al instante, y a pesar del cansancio, le notaba algo diferente. Como si tuviera la cabeza ligeramente más alargada, y el cuerpo un poco más encorvado que de costumbre; no le di mucha importancia por eso de que en televisión uno sale distinto de cómo es.
Y la música. Antonio había elegido la Sonata de Medianoche de Beethoven, con esos tonos, no sé si os suena, imaginadlos a partir de ahora, dadle al play en la cadena de música, lo que sea, pero escuchadla y comprenderéis levemente la sensación que experimenté.
La cabeza me seguía pesando, y apenas unos minutos antes me había refrescado la cabeza con algo de agua para despertarme. El agua forzaba a mis párpados a mantenerse abiertos con un ligero escozor. Antonio salió a escena, siguiendo el compás de la música.
Hizo unas reverencias. Miró fijamente a la cámara, y sentí como si me estuviera mirando a mí y solo a mí; estaba contestando aquellos pensamientos que tuve acerca de su incapacidad para distinguirse de los demás. Con un movimiento ligero, rasgando el aire, se metió las yemas de los dedos de ambas manos en la boca, y separó los dedos en una mueca grotesca. Ojala hubiera acabado ahí.
Pero siguió.
Subió los dedos apoyados en el labio inferior, y agarró con fuerza el superior. Comenzó a estirar hacia delante con todas sus fuerzas. El esfuerzo era visible porque los brazos estaban tensos, con las venas marcadas y los músculos haciendo un tímido intento por hacerse destacar. Al fin, consiguió separar el labio hasta que sus brazos quedaron completamente estirados, y acometió la tarea de cubrirse la cabeza con él, formándose una horrible y pegajosa capucha.
Después, vino el labio inferior, siguiendo el mismo procedimiento. Estiró hasta que los brazos se alejaron todo lo posible del torso y, aquí vino la diferencia, se agachó, para enganchar el labio en los tobillos, pisándolo con el fin de evitar que se soltara. El resultado fue una masa deforme agazapada en el suelo, de diversos tonos de rojo brillante, desde el tono pálido de la carne cubierta por saliva, hasta el tono intenso de las venas a punto de reventar.
Antonio, o la criatura en que se había convertido mi amigo, se irguió en más de metro ochenta de superficie vistosa y de aspecto oleaginoso. Sí, tirad del labio y comprobad cómo es lo que hay detrás, y tratad de imaginar a un ser humano recubierto por completo. En la parte superior, donde debería estar la cabeza, se apreciaba un sumidero.
Era la boca, dos filas de dientes rodeadas de la desagradable sábana con la que Antonio estaba cubierto.
Poco a poco, la figura empezó a moverse, primero con gestos imperceptibles, terminando con una violenta agitación semicircular que poblaba de estrías la enfermiza epidermis roja. Estrías que se movían en sentido horario, creando una ilusión casi hipnótica.
El estómago se me agitó, y el embotamiento se me fue por el shock.
Pero todo esto que cuento no fue lo peor. Cuando creí que la pesadilla había acabado, leí los mensajes que recibía Antonio. Le tildaban de monstruo, había exclamaciones y por fin, llegó un escueto mensaje:
Yo también puedo hacerlo.
Seguido por una docena más, de móviles distintos.
Comentario:
?????????????????????????????'
lo de las cajas empieza a afectarte pero aun asi resulta interesante tus historias
lo de las cajas empieza a afectarte pero aun asi resulta interesante tus historias





