Gente extraña
Me levanto a las siete de la mañana y oigo el despertador.
Es el único quejido no humano que escucho en todo el día.
Luego me voy a trabajar, al DIA, a joderme la espalda. Empieza el concierto.
El inicio es suave, como teclas de piano acariciadas. Las señoras mayores y no tan mayores pasan a mi lado, sonríen, piden permiso o directamente me clavan el carrito en la espalda. Pedirán modales, pero no tengo, de eso no queda en la tienda.
Lentamente, sube un tenue murmullo. Se eleva, flota y llega a mis oídos. No encuentran nada, nada que les satisfaga, ni lo encontrarán nunca. No están buscando un puto bote de tomate.
Dejo las conversaciones interiores metafísicas cuando cada quince minutos, alguien me viene y se me queja.
Y no queda leche.
y no quedan plátanos. Y cuando hay, están muy verdes.
Ni palos de fregona.
Ni chocolates, ni escobas.
No hay cereales, no hay lechugas.
Los tomates están podridos.
Ni jodidas magdalenas.
Todos se largan con una expresión de disgusto en la cara.
Y no me importa nada.
Salgo, como casi siempre, medio averiado. Con mareos por el hambre y la sed, con los pies dando alaridos por las incómodas botas de trabajo, algo más grandes que mi pie y de plástico (y las que son un número menor, me quedan pequeñas).
Me siento en la parada del autobús. En cinco minutos llega el bus, y junto a mí, un hombrecillo rumano masculla lo mal que está el transporte público con un acento casi de comedia.
Pasan otros cinco minutos dentro. La orquesta sube el volumen, y el sector de avanzada edad habla en voz normal, con breves despuntes en voz queda que señalan la presencia de rumores.
Chismosas.
Yo estoy de pie, y a mi lado una señora sentada alza la cabeza, la cara enrojecida y los ojos achinados y grita:
¡Cállense!
Grita:
¡Por favor!
Sigue gritando:
¿¡Es que no pueden hablar más bajito!? ¡Es un escándalo lo que están montando!
Pongo los ojos en blanco.
Por la tarde, estoy visitando el centro de Madrid con mi novia. Ella me coge del brazo, me dice que me quiere y me lo dice hablando, y susurra promesas de amor a mi oído que yo respondo siempre.
Un poco más adelante, entre la gente corriendo, como hormigas asediadas por una lupa gigante, encontramos a un pobre hombre. Un hombre alto, muy delgado, con manchas en la piel.
No tiene brazos.
Grita, con un vaso en la boca lleno de monedas: pide ayuda como puede, y la gente pasa a su alrededor. Es invisible a su pesar, cumple un sueño de Welles.
Qué metáfora tan estúpida.
Sigo caminando, cogido del brazo de mi novia, y a veces creo que si me descuelgo volveré a estar furioso.
Y empezaré a gritar, yo también.
Es el único quejido no humano que escucho en todo el día.
Luego me voy a trabajar, al DIA, a joderme la espalda. Empieza el concierto.
El inicio es suave, como teclas de piano acariciadas. Las señoras mayores y no tan mayores pasan a mi lado, sonríen, piden permiso o directamente me clavan el carrito en la espalda. Pedirán modales, pero no tengo, de eso no queda en la tienda.
Lentamente, sube un tenue murmullo. Se eleva, flota y llega a mis oídos. No encuentran nada, nada que les satisfaga, ni lo encontrarán nunca. No están buscando un puto bote de tomate.
Dejo las conversaciones interiores metafísicas cuando cada quince minutos, alguien me viene y se me queja.
Y no queda leche.
y no quedan plátanos. Y cuando hay, están muy verdes.
Ni palos de fregona.
Ni chocolates, ni escobas.
No hay cereales, no hay lechugas.
Los tomates están podridos.
Ni jodidas magdalenas.
Todos se largan con una expresión de disgusto en la cara.
Y no me importa nada.
Salgo, como casi siempre, medio averiado. Con mareos por el hambre y la sed, con los pies dando alaridos por las incómodas botas de trabajo, algo más grandes que mi pie y de plástico (y las que son un número menor, me quedan pequeñas).
Me siento en la parada del autobús. En cinco minutos llega el bus, y junto a mí, un hombrecillo rumano masculla lo mal que está el transporte público con un acento casi de comedia.
Pasan otros cinco minutos dentro. La orquesta sube el volumen, y el sector de avanzada edad habla en voz normal, con breves despuntes en voz queda que señalan la presencia de rumores.
Chismosas.
Yo estoy de pie, y a mi lado una señora sentada alza la cabeza, la cara enrojecida y los ojos achinados y grita:
¡Cállense!
Grita:
¡Por favor!
Sigue gritando:
¿¡Es que no pueden hablar más bajito!? ¡Es un escándalo lo que están montando!
Pongo los ojos en blanco.
Por la tarde, estoy visitando el centro de Madrid con mi novia. Ella me coge del brazo, me dice que me quiere y me lo dice hablando, y susurra promesas de amor a mi oído que yo respondo siempre.
Un poco más adelante, entre la gente corriendo, como hormigas asediadas por una lupa gigante, encontramos a un pobre hombre. Un hombre alto, muy delgado, con manchas en la piel.
No tiene brazos.
Grita, con un vaso en la boca lleno de monedas: pide ayuda como puede, y la gente pasa a su alrededor. Es invisible a su pesar, cumple un sueño de Welles.
Qué metáfora tan estúpida.
Sigo caminando, cogido del brazo de mi novia, y a veces creo que si me descuelgo volveré a estar furioso.
Y empezaré a gritar, yo también.





