Golpe de Calor
Hacía tanto calor que parecía que la tierra se fuera a abrir, para tragarse a todos los que lo sufrían.
Como podía, la gente se refrescaba. Improvisaba abanicos con cualquier papel, se rascaba el bolsillo para comprar alguna bebida o un helado… La ropa era una molestia, y si no fuera por la vergüenza y las leyes, por lo menos la mitad caminaría desnudo.
José Pizarro, abogado por vocación y gordo de nacimiento, sudaba como un cerdo mientras supuraba y se quejaba y rezaba para que aquel sol se ocultara.
No había suerte, ni nubes, en el horizonte.
Por si fuera poco, tenía que trotar como pudiera (pues su elevado peso machacaba sus rodillas con cada zancada) para llegar a tiempo a la reunión. Vestido con un estúpido traje de verano que, lejos de aislarle del calor, le asaba más todavía.
Sentía la barriga como un enorme horno.
Un retortijón le despertó de su estupor diario; como si hubiera sido más veloz que el sonido, las quejumbrosas tripas de José gruñeron poco después de sentir la sacudida en su interior.
Cruzó los brazos como pudo por delante de su orondo abdomen y flexionó la espalda para que el dolor remitiera, sin éxito. Respiró con fuerza, haciéndosele cualquier acto un triunfo de la fuerza de voluntad. Demasiado tarde, pensó en llamar a una ambulancia con el móvil; había confiado demasiado de su fortaleza física: ya se estaba desplomando, con su mente al borde de un abismo.
Con el último pensamiento que pudo concederse, deseó que alguien le ayudara pronto.
El hombre había entrado víctima de un golpe de calor: su temperatura corportal era de 42ºC, mantenía el pulso muy débil y estaba inconsciente. Le dejaron en una camilla de urgencias, conectado a suero frío y con apósitos húmedos para que la temperatura bajara.
Una hora después, una peste herrumbrosa inundó el pasillo, y se comprobó que la víctima del sol, llamada José Pizarro, en la cuarentena y con obesidad muy destacada, sufría diarreas incontroladas.
El hombre siguió inconsciente, y siguió con sus diarreas hasta que, casi un día después, una última gran cagada y murió, sin un motivo aparente.
El forense no podía creérselo cuando abrió a José Pizarro como si fuera una flor de carne a punto de brotar.
- Joder – dijo. Y había visto muchas cosas en su oficio, víctimas realmente desgraciadas de atropellos, de asesinatos, pero nada como aquello.
José Pizarro había sufrido tanto calor que sus órganos acabaron fundiéndose lentamente.
Y ahora, estaba hueco.
Como podía, la gente se refrescaba. Improvisaba abanicos con cualquier papel, se rascaba el bolsillo para comprar alguna bebida o un helado… La ropa era una molestia, y si no fuera por la vergüenza y las leyes, por lo menos la mitad caminaría desnudo.
José Pizarro, abogado por vocación y gordo de nacimiento, sudaba como un cerdo mientras supuraba y se quejaba y rezaba para que aquel sol se ocultara.
No había suerte, ni nubes, en el horizonte.
Por si fuera poco, tenía que trotar como pudiera (pues su elevado peso machacaba sus rodillas con cada zancada) para llegar a tiempo a la reunión. Vestido con un estúpido traje de verano que, lejos de aislarle del calor, le asaba más todavía.
Sentía la barriga como un enorme horno.
Un retortijón le despertó de su estupor diario; como si hubiera sido más veloz que el sonido, las quejumbrosas tripas de José gruñeron poco después de sentir la sacudida en su interior.
Cruzó los brazos como pudo por delante de su orondo abdomen y flexionó la espalda para que el dolor remitiera, sin éxito. Respiró con fuerza, haciéndosele cualquier acto un triunfo de la fuerza de voluntad. Demasiado tarde, pensó en llamar a una ambulancia con el móvil; había confiado demasiado de su fortaleza física: ya se estaba desplomando, con su mente al borde de un abismo.
Con el último pensamiento que pudo concederse, deseó que alguien le ayudara pronto.
El hombre había entrado víctima de un golpe de calor: su temperatura corportal era de 42ºC, mantenía el pulso muy débil y estaba inconsciente. Le dejaron en una camilla de urgencias, conectado a suero frío y con apósitos húmedos para que la temperatura bajara.
Una hora después, una peste herrumbrosa inundó el pasillo, y se comprobó que la víctima del sol, llamada José Pizarro, en la cuarentena y con obesidad muy destacada, sufría diarreas incontroladas.
El hombre siguió inconsciente, y siguió con sus diarreas hasta que, casi un día después, una última gran cagada y murió, sin un motivo aparente.
El forense no podía creérselo cuando abrió a José Pizarro como si fuera una flor de carne a punto de brotar.
- Joder – dijo. Y había visto muchas cosas en su oficio, víctimas realmente desgraciadas de atropellos, de asesinatos, pero nada como aquello.
José Pizarro había sufrido tanto calor que sus órganos acabaron fundiéndose lentamente.
Y ahora, estaba hueco.
Comentario:
Hay demasiada gente hueca....





