Luces
Oscar disfrutaba de su trabajo como encargado de las luces de la discoteca, y lo consideraba incluso más importante que el de pinchadiscos; después de todo, los monos que veía siempre danzar delante de él bailaban cualquier mierda que pasase por sus abotargados sentidos, pero la luz, sin que se dieran cuenta, les empujaba a éxtasis cíclicos con cada tamborileo grave de la música. Luces blancas parpadeando a brevísimos intervalos para dar la impresión de movimientos mecánicos, luces girando a gran velocidad para transmitir velocidad... el catálogo de trucos es bien amplio y le era conocido.
Un día acudió al trabajo nervioso, mirando con desconfianza de un lado a otro mientras se distendía el cuello de la camisa y se secaba el sudor de la frente. Ninguno de sus compañeros pudo saber a qué se debía su comportamiento, pero lo achacaron a alguna sustancia de la cual, si eran sinceros, cualquiera de ellos andaba cerca.
- Joder – dijo, con las manos a punto de empezar. Se consideraba a sí mismo vital, y su trabajo por tanto tenía cierta aureola sagrada que se le impregnaba a cada hora que pasaba a los controles. Afligido por las circunstancias, tuvo que dar lo mejor de sí para que los nervios no se transmitieran a la luz -. Concéntrate, ¡coño!
Y estaba siendo un día raro; no hubo disturbios de ningún tipo y parecía que la gente se hubiera puesto de acuerdo para transmitirle la mansedumbre que necesitaba. Dicho y hecho, comenzó a relajarse y las luces parpadearon en diferentes colores sobre el centro cuando la luz ultravioleta destacó las ropas blancas.
Sí, pensó rascándose los genitales, aquel iba a ser un buen día de trabajo como otro cualquiera; el público estaba en catarsis cíclicas, y él volvía a apreciar la mesa de controles sin presiones.
No escuchó disparo alguno, ni alcanzó a ver a su atacante, pero en un momento se encontró sin aliento, con un lacerante dolor acusándole el pecho y extendiéndose con tentáculos invisibles por todo el cuerpo, cargando las extremidades de cansancio y concentrando en el torso una tremenda aflicción. Cerró sus ojos con su cuerpo desplomándose sobre los controles de las luces…
Las luces se encendían y apagaban en pequeños y rápidos intervalos, convirtiendo la pista de baile en una congregación de robots bailongos. Luego el sistema enloqueció y con él, el público, que acogió con gritos de entusiasmo la sinfonía de luces que se orquestaba ante sus narices.
El azul daba vueltas en círculo mientras rojo y amarillo se enfrentaban perpendicularmente en el centro de la pista. El blanco destellaba con cautela, dejándose ver en los momentos más oportunos y destacando la oscuridad que había con su ausencia.
La sangre de Oscar siguió corriendo por la mesa y haciendo saltar los circuitos, y el pinchadiscos, palpando la euforia del público, colocó una canción famosa y machacona con un sampler repetitivo y muy grave que casi empujaba a la gente a saltar.
Si de algo se enorgullecía Oscar era que su trabajo influía mucho a la gente sin destacar. Por eso nadie se preocupó por él, viendo el magnífico trabajo que supuestamente estaba realizando.
El ambiente era de puro éxtasis, y en plena catarsis, con la canción en su máximo apogeo y las luces cada vez más locas, los circuitos saltaron y con ellos los plomos, dejando todo a oscuras.
Poco después de volver la luz, encontraron a Oscar tendido sobre la mesa, completamente calcinado.
Un día acudió al trabajo nervioso, mirando con desconfianza de un lado a otro mientras se distendía el cuello de la camisa y se secaba el sudor de la frente. Ninguno de sus compañeros pudo saber a qué se debía su comportamiento, pero lo achacaron a alguna sustancia de la cual, si eran sinceros, cualquiera de ellos andaba cerca.
- Joder – dijo, con las manos a punto de empezar. Se consideraba a sí mismo vital, y su trabajo por tanto tenía cierta aureola sagrada que se le impregnaba a cada hora que pasaba a los controles. Afligido por las circunstancias, tuvo que dar lo mejor de sí para que los nervios no se transmitieran a la luz -. Concéntrate, ¡coño!
Y estaba siendo un día raro; no hubo disturbios de ningún tipo y parecía que la gente se hubiera puesto de acuerdo para transmitirle la mansedumbre que necesitaba. Dicho y hecho, comenzó a relajarse y las luces parpadearon en diferentes colores sobre el centro cuando la luz ultravioleta destacó las ropas blancas.
Sí, pensó rascándose los genitales, aquel iba a ser un buen día de trabajo como otro cualquiera; el público estaba en catarsis cíclicas, y él volvía a apreciar la mesa de controles sin presiones.
No escuchó disparo alguno, ni alcanzó a ver a su atacante, pero en un momento se encontró sin aliento, con un lacerante dolor acusándole el pecho y extendiéndose con tentáculos invisibles por todo el cuerpo, cargando las extremidades de cansancio y concentrando en el torso una tremenda aflicción. Cerró sus ojos con su cuerpo desplomándose sobre los controles de las luces…
Las luces se encendían y apagaban en pequeños y rápidos intervalos, convirtiendo la pista de baile en una congregación de robots bailongos. Luego el sistema enloqueció y con él, el público, que acogió con gritos de entusiasmo la sinfonía de luces que se orquestaba ante sus narices.
El azul daba vueltas en círculo mientras rojo y amarillo se enfrentaban perpendicularmente en el centro de la pista. El blanco destellaba con cautela, dejándose ver en los momentos más oportunos y destacando la oscuridad que había con su ausencia.
La sangre de Oscar siguió corriendo por la mesa y haciendo saltar los circuitos, y el pinchadiscos, palpando la euforia del público, colocó una canción famosa y machacona con un sampler repetitivo y muy grave que casi empujaba a la gente a saltar.
Si de algo se enorgullecía Oscar era que su trabajo influía mucho a la gente sin destacar. Por eso nadie se preocupó por él, viendo el magnífico trabajo que supuestamente estaba realizando.
El ambiente era de puro éxtasis, y en plena catarsis, con la canción en su máximo apogeo y las luces cada vez más locas, los circuitos saltaron y con ellos los plomos, dejando todo a oscuras.
Poco después de volver la luz, encontraron a Oscar tendido sobre la mesa, completamente calcinado.





