¡El exorcismo! (I)
Malena estaba a punto de salir a correr, con su chándal y sus zapatillas de deporte, cuando se vio impelida por una fuerza extraña a quedarse en casa. Primero se quedó paralizada, de pie, junto a la puerta de su habitación; luego empezó a sufrir espasmos a lo largo del cuerpo, y mientras corría por todo el cuarto sin salir de él, comenzó a gritar:
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
En un principio sus padres no se dieron cuenta; la niña solía ponerse la música alta o ella misma cantaba algunas estrofas para deleite de su garganta y tortura de los demás. Sin embargo, cuando ya pasaron veinte minutos desde que la oyeran por primera vez, cayeron en la cuenta de que algo malo podría estar sucediéndole a su hija.
Subieron a toda velocidad a la planta superior, y se quedaron observando la puerta de Malena, llena de fotos recortadas y un cartel de prohibido el paso, con cierto temor reverencial a superarla. Los gritos sonaban todavía más atroces a una distancia tan cercana, y si bien su hija no se andaba con chiquitas a la hora de echarles de lo que consideraba sus dominios, no temieron como en otras ocasiones abrir la puerta sin el permiso de Malena. Al abrirla, su madre, Susana, inició una serie de grititos histéricos que culminaron con un chillido en la cocina; dentro, Malena, su niñita, corría en círculos congestionada, sudorosa, con el chándal hecho jirones debido a la desesperación por quitárselo, las uñas rotas por los sucesivos intentos de rasgar la ropa, la boca sangrante por haber sustituido a las uñas y una mirada suplicante en el interior de su cara, la cual indicaba a las claras que era una víctima descontrolada de algo que no comprendía.
Cuando Susana se largó corriendo, Gonzalo, que así se llamaba su padre, se acercó a Malena. La mirada de víctima persistió, pero no tardó en desaparecer bajo un gesto firme y hasta despectivo por aquellos seres incapaces de hacer deporte. La chica escupió al suelo un par de dientes.
- ¡Pero cariño, ¿qué te pasa?! – gimió Gonzalo.
Y entonces Malena corrió hacia él, le empujó con una fuerza sobrehumana fuera de la habitación plagada de medallas, pósters, armarios y una alacena con cuatro libros, y se encerró.
Gonzalo se vio impotente, y acompañó a su mujer con más lloros y alguna súplica. De fondo, y hasta que se cansara, pudieron oírse los aullidos continuados de Malena:
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
Era casi de noche, la hora a la que le gustaba aparecer. El sol se ocultaba lo más deprisa que podía, sabiendo que aquella no era su estación, el invierno, y un manto de estrellas iba devorando la luz derramada en el horizonte. La casa de los García arrojaba luz artificial a la acera, y silueteaba la figura del Padre Lucas, experto en exorcismos.
El párroco suspiró. Había tanto mal en el mundo, y tan poca gente capaz, devota y humilde como él…
Ya en el marco de la entrada, los gritos de Malena se hacían dolorosamente ciertos: una posesión sin duda alguna. A lo largo de su carrera, el Padre Lucas se había enfrentado a varios demonios, y siempre había salido indemne, bien por su entereza y obstinación o por su habilidad para golpear con el pesado crucifijo que solía llevar encima. Pero no sintió miedo, ni entonces, ni nunca; jamás le permitiría a un diablo saborearlo.
La puerta se abrió. Gonzalo y Susana aparecieron al otro lado, abrazados, con ojeras y aspecto de haber comido poco. Se notaba la tragedia en sus rostros, consumiendo sus esperanzas y su fuerza física. ¿Cuánto estuvieron soportando la presencia del demonio en casa hasta que le llamaron? Decidió preguntárselo, aunque por su aspecto podía adivinar que habían pasado un par de semanas:
- Todo sucedió esta mañana – dijo Gonzalo.
- Estamos… - sollozó Susana. Rompió a llorar, y el Padre pudo observar lo hinchados que tenía los ojos de tanto llanto. -… estamos tan preocupados…
Padres protectores. Le cayeron bien al cura. Sin que le invitaran a pasar, dio un paso a delante y cruzó el umbral; miró a su espalda y le gustó pensar que una sombra se movía sospechosa al otro lado de la calle.
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
- ¡No se calla nunca! – protestó Gonzalo.
- ¿No lo hace en otros idiomas? – preguntó esperanzado el Padre Lucas.
- Si acaso en inglés – añadió Susana, solícita -. Pero no tenemos mucha idea, así que no podemos decir exactamente qué grita en inglés. Algo así como… “duuuit”.
El Padre Lucas quedó ligeramente decepcionado. Le encantaba escuchar el arameo en boca del demonio.
Un estrépito interrumpió la conversación: Malena acababa de salir de su cuarto. La chica, harapienta, se asomó a la escalera e inició su descenso dando volteretas, para acabar justo enfrente del párroco, quien la propinó un sonoro puñetazo que la dejó inconsciente.
- ¡¡Pero qué hace, ANIMAL!! – aulló Gonzalo, a punto de lanzarse sobre el Padre Lucas.
- Ahora mismo, no siente nada, salvo vacío. Su cuerpo no la pertenece, porque el diablo habita en él – se excusó el Padre -. Pero no se preocupen. Nunca fallo – sentenció, henchido de orgullo; del tipo de orgullo más humilde que pudo sentir, eso por descontado.
- Eso espero – espetó Gonzalo – o le juro por el bendito Escrivá de Balaguer que le mandaré de una patada al Vaticano.
- Perdone… - masculló el Padre Lucas.
- ¿Sí? – contestó Gonzalo.
El Padre Lucas se arrimó a su oído y susurró: Vuélvame a decir eso y le excomulgo.
Gonzalo tragó saliva, y se quedó en la planta inferior con su mujer, rezando. Mientras, el Padre Lucas se preparó para el exorcismo.
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
En un principio sus padres no se dieron cuenta; la niña solía ponerse la música alta o ella misma cantaba algunas estrofas para deleite de su garganta y tortura de los demás. Sin embargo, cuando ya pasaron veinte minutos desde que la oyeran por primera vez, cayeron en la cuenta de que algo malo podría estar sucediéndole a su hija.
Subieron a toda velocidad a la planta superior, y se quedaron observando la puerta de Malena, llena de fotos recortadas y un cartel de prohibido el paso, con cierto temor reverencial a superarla. Los gritos sonaban todavía más atroces a una distancia tan cercana, y si bien su hija no se andaba con chiquitas a la hora de echarles de lo que consideraba sus dominios, no temieron como en otras ocasiones abrir la puerta sin el permiso de Malena. Al abrirla, su madre, Susana, inició una serie de grititos histéricos que culminaron con un chillido en la cocina; dentro, Malena, su niñita, corría en círculos congestionada, sudorosa, con el chándal hecho jirones debido a la desesperación por quitárselo, las uñas rotas por los sucesivos intentos de rasgar la ropa, la boca sangrante por haber sustituido a las uñas y una mirada suplicante en el interior de su cara, la cual indicaba a las claras que era una víctima descontrolada de algo que no comprendía.
Cuando Susana se largó corriendo, Gonzalo, que así se llamaba su padre, se acercó a Malena. La mirada de víctima persistió, pero no tardó en desaparecer bajo un gesto firme y hasta despectivo por aquellos seres incapaces de hacer deporte. La chica escupió al suelo un par de dientes.
- ¡Pero cariño, ¿qué te pasa?! – gimió Gonzalo.
Y entonces Malena corrió hacia él, le empujó con una fuerza sobrehumana fuera de la habitación plagada de medallas, pósters, armarios y una alacena con cuatro libros, y se encerró.
Gonzalo se vio impotente, y acompañó a su mujer con más lloros y alguna súplica. De fondo, y hasta que se cansara, pudieron oírse los aullidos continuados de Malena:
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
Era casi de noche, la hora a la que le gustaba aparecer. El sol se ocultaba lo más deprisa que podía, sabiendo que aquella no era su estación, el invierno, y un manto de estrellas iba devorando la luz derramada en el horizonte. La casa de los García arrojaba luz artificial a la acera, y silueteaba la figura del Padre Lucas, experto en exorcismos.
El párroco suspiró. Había tanto mal en el mundo, y tan poca gente capaz, devota y humilde como él…
Ya en el marco de la entrada, los gritos de Malena se hacían dolorosamente ciertos: una posesión sin duda alguna. A lo largo de su carrera, el Padre Lucas se había enfrentado a varios demonios, y siempre había salido indemne, bien por su entereza y obstinación o por su habilidad para golpear con el pesado crucifijo que solía llevar encima. Pero no sintió miedo, ni entonces, ni nunca; jamás le permitiría a un diablo saborearlo.
La puerta se abrió. Gonzalo y Susana aparecieron al otro lado, abrazados, con ojeras y aspecto de haber comido poco. Se notaba la tragedia en sus rostros, consumiendo sus esperanzas y su fuerza física. ¿Cuánto estuvieron soportando la presencia del demonio en casa hasta que le llamaron? Decidió preguntárselo, aunque por su aspecto podía adivinar que habían pasado un par de semanas:
- Todo sucedió esta mañana – dijo Gonzalo.
- Estamos… - sollozó Susana. Rompió a llorar, y el Padre pudo observar lo hinchados que tenía los ojos de tanto llanto. -… estamos tan preocupados…
Padres protectores. Le cayeron bien al cura. Sin que le invitaran a pasar, dio un paso a delante y cruzó el umbral; miró a su espalda y le gustó pensar que una sombra se movía sospechosa al otro lado de la calle.
- ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO! ¡HAZLO! ¡SÓLO HAZLO!
- ¡No se calla nunca! – protestó Gonzalo.
- ¿No lo hace en otros idiomas? – preguntó esperanzado el Padre Lucas.
- Si acaso en inglés – añadió Susana, solícita -. Pero no tenemos mucha idea, así que no podemos decir exactamente qué grita en inglés. Algo así como… “duuuit”.
El Padre Lucas quedó ligeramente decepcionado. Le encantaba escuchar el arameo en boca del demonio.
Un estrépito interrumpió la conversación: Malena acababa de salir de su cuarto. La chica, harapienta, se asomó a la escalera e inició su descenso dando volteretas, para acabar justo enfrente del párroco, quien la propinó un sonoro puñetazo que la dejó inconsciente.
- ¡¡Pero qué hace, ANIMAL!! – aulló Gonzalo, a punto de lanzarse sobre el Padre Lucas.
- Ahora mismo, no siente nada, salvo vacío. Su cuerpo no la pertenece, porque el diablo habita en él – se excusó el Padre -. Pero no se preocupen. Nunca fallo – sentenció, henchido de orgullo; del tipo de orgullo más humilde que pudo sentir, eso por descontado.
- Eso espero – espetó Gonzalo – o le juro por el bendito Escrivá de Balaguer que le mandaré de una patada al Vaticano.
- Perdone… - masculló el Padre Lucas.
- ¿Sí? – contestó Gonzalo.
El Padre Lucas se arrimó a su oído y susurró: Vuélvame a decir eso y le excomulgo.
Gonzalo tragó saliva, y se quedó en la planta inferior con su mujer, rezando. Mientras, el Padre Lucas se preparó para el exorcismo.
Comentario:
Es la leche este relato. Me ha encantado, y tu foto también, sigue escribiendo. Yo también lo hago siempre que puedo, pero no muy regularmente, por eso no tengo blog. Un beso... todo el mundo está loco...
Comentario:
¡¡¡¡ que miedo ¡¡¡¡....por dios.
Comentario:
ya





