¡El Exorcismo! (y III)
Susana y Gonzalo tenían muchas ideas preconcebidas acerca de lo que un exorcismo debía ser. Al poseído se le cae la piel a trozos, quedándose con un nada saludable aspecto desértico, y suelta improperios en su idioma y en lenguas ya no muertas, sino podridas, mientras, implacable, vomita inhumanas cantidades de bilis y se dedica a corretear por ahí como si Dios no le hubiese dado articulaciones. Respecto al cura, sobriedad, respeto, eficiencia… y arrojo. Porque de sólo pensar en abalanzarse sobre Malena crucifijo en ristre les ponía los pelos como un campo de girasoles al mediodía.
Su cara, cuando el Padre Lucas bajó corriendo en busca de una bolsa de patatas fritas y dos pilas de tamaño medio, comenzó a desencajarse. No era habitual, al menos cinematográficamente hablando.
Empujados por la curiosidad, la cual parecía darles golpecitos en la espalda con ánimo de que siguieran al buen pastor, se atrevieron a asomarse al atroz cuarto de Malena. Esperaban encontrar un escenario de pesadilla, algo así como una guerra de cuarto de estar entre uno de los más poderosos creyentes y el gran negador, donde el frío parecería extenderse como mantequilla en una tostada y la energía psíquica saltara a borbotones, con ánimo de salpicar a cualquier curioso.
Oyeron un espantoso gemido como sacado de las profundidades del infierno, que tenían en Malena su representación terrenal.
Y al entrar…
El Padre Lucas se había vuelto a sentar en el escritorio. Los pies sobre la mesa, las manos ocupando dedos entre la bolsa de patatas, el crucifijo y una pera de agua bendita, la mirada puesta en la televisión, recién encendida. Al principio había buscado un canal eclesiástico, pero viendo que un programa de prensa rosa impelía a la criatura a exhalar los más exquisitos alaridos de angustia, decidió dejarlo en ese canal de pecadores y rameras. Nueva Sodoma, en directo y para todos los espectadores.
En su cama, Malena se retorcía de dolor. Había probado a arrastrar al sacerdote a correr un rato, aunque fuera a que la pegara un poco para que se moviera, pero éste sólo la respondía con crujidos sonoros de patatas, y constantes bostezos.
El demonio estaba a punto de salir, no había duda. Lucas lo sabía e intensificó su inactividad con minimalistas estiramientos. De vez en cuando, asperjaba el agua bendita con gesto cansado.
- Pasen y siéntense en el suelo, por favor – invitó el capellán al matrimonio, fijos como alcayatas a las paredes -, pero ante todo, no salgan corriendo. No hagan nada que pueda fatigarles, ni siquiera un poco.
- ¡¡CORRED CABRONES!! – chilló Malena.
- En el cuerpo de Cristo… - dijo con desinterés Lucas, arrojando algo más de agua bendita a Malena. Volvió a centrar su atención en los padres de la cría -: Si quieren, quédense ahí, pero ya me han oído, ¿de acuerdo? Estoy a punto de acabar…
La barrita de volumen del televisor indicaba cómo iba subiendo. Y a mayor volumen, más gritaba el demonio por aferrarse a Malena. Miró el engendro alrededor, y vio que no había nada que pudiera hacer para que se hiciera ejercicio en aquella casa cristiana.
Y la piel de Malena volvió a su color habitual, completamente curada, y su voz ya no parecía la de un rastrillo sobre un campo de grava.
Sin embargo, no todo había acabado. Con las blasfemas palabras del diablo pitándole en los oídos, el cura, cuya atención estaba centrada en la televisión, vio un anuncio de zapatillas de deporte. Luego salió el lema, y la concordancia exacta con los sonidos que emitía Malena le hizo dudar de su oficio. Quizá, no era el diablo quien estaba tras aquello. Quizá la fe sacó al demonio, pero el demonio no pertenecía a su fe.
Veinte metros delante de la casa, una persona que estaba haciendo footing se alejó corriendo a una velocidad sobrehumana, con cara de poseso, mientras gritaba y babeaba, una y otra vez:
- JUST DOOO IT, JUST DOOO IT, JUST DOOO IT
Con los padres de la chica como séquito, el Padre Lucas se dirigió a la salida como víctima de una terrible broma, abochornado por la sesión de exorcismo. Sudó más por las ganas de salir de allí que cuando Malena estaba poseída. Cuando se dispuso a abrir la puerta, salir corriendo y dejar atrás tan absurda aventura, la mano de Gonzalo le detuvo en el vano.
- Padre, querríamos darle las gracias por todo… - dijo, con timidez y humildad en rostro y voz.
- No ha sido nada; si no le importa… - volvió a cruzar el vano, y de nuevo la mano de Gonzalo le detuvo. El párroco soltó un suspiro. - ¿Qué?
- ¿Cómo nos podemos asegurar de que no le vuelva a pasar algo como esto a nuestra hija?
- Que no haga ejercicio. Nada de marcas, sobre todo esa marca de la sonrisa torcida.
Gonzalo y Susana bufaron, casi al unísono.
- Perdone que le diga, páter, que es un consejo bastante lamentable.
- Bueno – se encogió de hombros hasta que pareció estar colgado de una percha -, es que éste es un cuento bastante lamentable.
Su cara, cuando el Padre Lucas bajó corriendo en busca de una bolsa de patatas fritas y dos pilas de tamaño medio, comenzó a desencajarse. No era habitual, al menos cinematográficamente hablando.
Empujados por la curiosidad, la cual parecía darles golpecitos en la espalda con ánimo de que siguieran al buen pastor, se atrevieron a asomarse al atroz cuarto de Malena. Esperaban encontrar un escenario de pesadilla, algo así como una guerra de cuarto de estar entre uno de los más poderosos creyentes y el gran negador, donde el frío parecería extenderse como mantequilla en una tostada y la energía psíquica saltara a borbotones, con ánimo de salpicar a cualquier curioso.
Oyeron un espantoso gemido como sacado de las profundidades del infierno, que tenían en Malena su representación terrenal.
Y al entrar…
El Padre Lucas se había vuelto a sentar en el escritorio. Los pies sobre la mesa, las manos ocupando dedos entre la bolsa de patatas, el crucifijo y una pera de agua bendita, la mirada puesta en la televisión, recién encendida. Al principio había buscado un canal eclesiástico, pero viendo que un programa de prensa rosa impelía a la criatura a exhalar los más exquisitos alaridos de angustia, decidió dejarlo en ese canal de pecadores y rameras. Nueva Sodoma, en directo y para todos los espectadores.
En su cama, Malena se retorcía de dolor. Había probado a arrastrar al sacerdote a correr un rato, aunque fuera a que la pegara un poco para que se moviera, pero éste sólo la respondía con crujidos sonoros de patatas, y constantes bostezos.
El demonio estaba a punto de salir, no había duda. Lucas lo sabía e intensificó su inactividad con minimalistas estiramientos. De vez en cuando, asperjaba el agua bendita con gesto cansado.
- Pasen y siéntense en el suelo, por favor – invitó el capellán al matrimonio, fijos como alcayatas a las paredes -, pero ante todo, no salgan corriendo. No hagan nada que pueda fatigarles, ni siquiera un poco.
- ¡¡CORRED CABRONES!! – chilló Malena.
- En el cuerpo de Cristo… - dijo con desinterés Lucas, arrojando algo más de agua bendita a Malena. Volvió a centrar su atención en los padres de la cría -: Si quieren, quédense ahí, pero ya me han oído, ¿de acuerdo? Estoy a punto de acabar…
La barrita de volumen del televisor indicaba cómo iba subiendo. Y a mayor volumen, más gritaba el demonio por aferrarse a Malena. Miró el engendro alrededor, y vio que no había nada que pudiera hacer para que se hiciera ejercicio en aquella casa cristiana.
Y la piel de Malena volvió a su color habitual, completamente curada, y su voz ya no parecía la de un rastrillo sobre un campo de grava.
Sin embargo, no todo había acabado. Con las blasfemas palabras del diablo pitándole en los oídos, el cura, cuya atención estaba centrada en la televisión, vio un anuncio de zapatillas de deporte. Luego salió el lema, y la concordancia exacta con los sonidos que emitía Malena le hizo dudar de su oficio. Quizá, no era el diablo quien estaba tras aquello. Quizá la fe sacó al demonio, pero el demonio no pertenecía a su fe.
Veinte metros delante de la casa, una persona que estaba haciendo footing se alejó corriendo a una velocidad sobrehumana, con cara de poseso, mientras gritaba y babeaba, una y otra vez:
- JUST DOOO IT, JUST DOOO IT, JUST DOOO IT
Con los padres de la chica como séquito, el Padre Lucas se dirigió a la salida como víctima de una terrible broma, abochornado por la sesión de exorcismo. Sudó más por las ganas de salir de allí que cuando Malena estaba poseída. Cuando se dispuso a abrir la puerta, salir corriendo y dejar atrás tan absurda aventura, la mano de Gonzalo le detuvo en el vano.
- Padre, querríamos darle las gracias por todo… - dijo, con timidez y humildad en rostro y voz.
- No ha sido nada; si no le importa… - volvió a cruzar el vano, y de nuevo la mano de Gonzalo le detuvo. El párroco soltó un suspiro. - ¿Qué?
- ¿Cómo nos podemos asegurar de que no le vuelva a pasar algo como esto a nuestra hija?
- Que no haga ejercicio. Nada de marcas, sobre todo esa marca de la sonrisa torcida.
Gonzalo y Susana bufaron, casi al unísono.
- Perdone que le diga, páter, que es un consejo bastante lamentable.
- Bueno – se encogió de hombros hasta que pareció estar colgado de una percha -, es que éste es un cuento bastante lamentable.





