Demasiada Suerte (I)
- ¡Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse, ja ja ja! – rió Julián, el gigantón del dúo. Como ciertas convenciones hay que respetarlas, su inteligencia era inversamente proporcional a su tamaño y fuerza, y media casi dos metros de altura por uno de ancho. A partir de cierta distancia, uno sólo podía observar a Julián porque era lo único que aparecía en tu campo visual.
Frente a él, su amigo Fer ladeaba la cabeza, como si le hubieran contado un chiste muy bueno pero él estuviera en el entierro de su madre. Le conocí en una ocasión, en un bar donde nos contamos viejas anécdotas y nos revelamos algunos asesinatos, y aunque era el mejor (bueno, único) amigo de Julián, no solía perder la ocasión de meterse con él. “Mi retrasado”, le llamaba, con cierto deje de hastío.
Imagináoslos, sentados en la barra de un viejo pub de estilo irlandés, todo madera y sudor alcohólico en suspensión, bebiendo y siendo los más ruidosos del local. Pero nadie les miraba, ni se atrevía a apuntarles con una ligera elevación de la barbilla; paradojas de las personas: eres invisible por exceso o defecto de atención por parte de la gente.
¿Y yo? Yo esperaba mi momento para acabar con ellos. Y con suerte, llegar a casa a tiempo para una copa y la porno de alguna cadena autonómica. Puede que mi vida sea triste, pero al menos seguiría vivo a la mañana siguiente para seguir desperdiciándola…
Cada año hay más de cincuenta asesinatos en la Comunidad de Madrid. Quitando estúpidos gorilas y maltratadores, puedo atribuirme un pequeño porcentaje de ellas. Pero cerca del doble pertenecen a nuestra encantadora pareja, chapucera en lo referente a la planificación y ejecución del encargo, aunque concienzuda cuando se trata de no dejar pistas. Sobre todo, fíjate en su crueldad.
¿Asesinado en una terraza de un disparo en la cabeza? Error.
¿Huesos destrozados, ahogado en un cubo de basura? Bingo.
Dejando al lado el beneficio de los negocios, acabar con Julián y Fer destensará el ambiente de guerra entre Dólar García, mi jefe e histórico jefe del hampa madrileño, y Hung Soo, proveedor de droga para el primero, y uno de los pocos, junto a los nuevos de Oriente Medio, capaces de cortar la pasta de opio.
En realidad, el asunto es bastante tonto: un don nadie a las órdenes de Dólar, citado por uno de los traficantes de Soo, cerró un trato con tres balazos y el robo de cinco kilos de heroína y varios millones de las antiguas pesetas (Dólar no especifica esas cosas a curritos como yo). Luego vino el choque de voluntades: Dólar insistió en disciplinar él mismo al capullo, y Soo exigió ser el encargado de acabar con la estúpida vida del ladrón. Al final, Soo se adelantó, contratando a Julián y Fer, y aunque le devolvieron la pasta, Dólar se enfadó tanto que dio el siguiente ultimátum: si no se le dejaba matar a Julián y a Fer, empezaría a hacer tratos con los pakis, con todo lo que aquello suponía.
En un principio el chino se opuso, y casi podías oír el amartilleo de armas hasta en el puto váter, pero acabó acojonándose cuando la noche de un sábado no ganó ni un euro en el negocio, y algunos de sus chicos fueron arrestados. En parte gracias a mí, Dólar mantiene cierto colegueo con miembros de la policía.
Y hace una semana entré yo, improbable salvador violento de una paz de dientes apretados y dinero por encima de estados de ánimo y egos.
La noche se extendía como una manta negra sobre el cielo de Madrid, con un roto feo y asimétrico por el que se filtraba la luz de la Luna. El viento mordía las orejas y el frío, no muy intenso pero capaz de calar como si de agua se tratara, te hacía querer volver a casa. Las calles sólo la ocupaban los sonámbulos, los borrachos y algún valiente, y todo parecía indicar que era una noche idónea para un doble asesinato.
Oculto en portales y sombras convenientes, seguí a Julián y Fer hasta que ambos se despidieron en la casa del segundo, situada en una pequeña calle apartada de la fama de vías más históricas, donde las farolas dan la sensación de ser más pequeñas y estar más juntas, encogidas por el miedo a la noche que les esperaba. Hubo un apretón de manos y un asentimiento mutuo con la cabeza.
Sospeché de aquello, pero no les tenía en la suficiente estima como para considerarlo peligroso.
El armario ropero continuó su andadura por la calle, y yo le seguí, primero desde la acera de enfrente, luego a pocos metros detrás de él, evitando que mi sombra se adelantara demasiado y me delatara. Pasamos junto a un viejo garaje, donde un mendigo descansaba entre incómodas sábanas de papel y delirios de una vida mejor.
De repente, se paró, y me temí lo peor. De alguna manera, me habían descubierto. Nadie se para de repente en mitad de una calle, a las cuatro de la mañana, si no tiene un buen motivo. Que se parara porque yo iba a intentar asesinarle parecía razonable.
Oí al sin techo algunos balbuceos, quizá un ruego para que le dieran en sueños las monedas que no recibe en la vigilia, y al poco su vez quedó tapada por una pequeña risa de ratón.
Me di la vuelta, y Fer estaba allí empuñándome con un arma. No necesité mirar atrás para darme cuenta de que Julián se hacía a un lado, evitando que alguna de las balas que acabarían atravesándome le diera a él.
Hasta ese momento, el día parecía haber sido propicio para mí. Acerté un número de los seis de la Primitiva, algo nada habitual en mi historial, y el horóscopo me decía que tendría suerte en los negocios. Suerte.
Quizá esperé tener demasiada.
Frente a él, su amigo Fer ladeaba la cabeza, como si le hubieran contado un chiste muy bueno pero él estuviera en el entierro de su madre. Le conocí en una ocasión, en un bar donde nos contamos viejas anécdotas y nos revelamos algunos asesinatos, y aunque era el mejor (bueno, único) amigo de Julián, no solía perder la ocasión de meterse con él. “Mi retrasado”, le llamaba, con cierto deje de hastío.
Imagináoslos, sentados en la barra de un viejo pub de estilo irlandés, todo madera y sudor alcohólico en suspensión, bebiendo y siendo los más ruidosos del local. Pero nadie les miraba, ni se atrevía a apuntarles con una ligera elevación de la barbilla; paradojas de las personas: eres invisible por exceso o defecto de atención por parte de la gente.
¿Y yo? Yo esperaba mi momento para acabar con ellos. Y con suerte, llegar a casa a tiempo para una copa y la porno de alguna cadena autonómica. Puede que mi vida sea triste, pero al menos seguiría vivo a la mañana siguiente para seguir desperdiciándola…
Cada año hay más de cincuenta asesinatos en la Comunidad de Madrid. Quitando estúpidos gorilas y maltratadores, puedo atribuirme un pequeño porcentaje de ellas. Pero cerca del doble pertenecen a nuestra encantadora pareja, chapucera en lo referente a la planificación y ejecución del encargo, aunque concienzuda cuando se trata de no dejar pistas. Sobre todo, fíjate en su crueldad.
¿Asesinado en una terraza de un disparo en la cabeza? Error.
¿Huesos destrozados, ahogado en un cubo de basura? Bingo.
Dejando al lado el beneficio de los negocios, acabar con Julián y Fer destensará el ambiente de guerra entre Dólar García, mi jefe e histórico jefe del hampa madrileño, y Hung Soo, proveedor de droga para el primero, y uno de los pocos, junto a los nuevos de Oriente Medio, capaces de cortar la pasta de opio.
En realidad, el asunto es bastante tonto: un don nadie a las órdenes de Dólar, citado por uno de los traficantes de Soo, cerró un trato con tres balazos y el robo de cinco kilos de heroína y varios millones de las antiguas pesetas (Dólar no especifica esas cosas a curritos como yo). Luego vino el choque de voluntades: Dólar insistió en disciplinar él mismo al capullo, y Soo exigió ser el encargado de acabar con la estúpida vida del ladrón. Al final, Soo se adelantó, contratando a Julián y Fer, y aunque le devolvieron la pasta, Dólar se enfadó tanto que dio el siguiente ultimátum: si no se le dejaba matar a Julián y a Fer, empezaría a hacer tratos con los pakis, con todo lo que aquello suponía.
En un principio el chino se opuso, y casi podías oír el amartilleo de armas hasta en el puto váter, pero acabó acojonándose cuando la noche de un sábado no ganó ni un euro en el negocio, y algunos de sus chicos fueron arrestados. En parte gracias a mí, Dólar mantiene cierto colegueo con miembros de la policía.
Y hace una semana entré yo, improbable salvador violento de una paz de dientes apretados y dinero por encima de estados de ánimo y egos.
La noche se extendía como una manta negra sobre el cielo de Madrid, con un roto feo y asimétrico por el que se filtraba la luz de la Luna. El viento mordía las orejas y el frío, no muy intenso pero capaz de calar como si de agua se tratara, te hacía querer volver a casa. Las calles sólo la ocupaban los sonámbulos, los borrachos y algún valiente, y todo parecía indicar que era una noche idónea para un doble asesinato.
Oculto en portales y sombras convenientes, seguí a Julián y Fer hasta que ambos se despidieron en la casa del segundo, situada en una pequeña calle apartada de la fama de vías más históricas, donde las farolas dan la sensación de ser más pequeñas y estar más juntas, encogidas por el miedo a la noche que les esperaba. Hubo un apretón de manos y un asentimiento mutuo con la cabeza.
Sospeché de aquello, pero no les tenía en la suficiente estima como para considerarlo peligroso.
El armario ropero continuó su andadura por la calle, y yo le seguí, primero desde la acera de enfrente, luego a pocos metros detrás de él, evitando que mi sombra se adelantara demasiado y me delatara. Pasamos junto a un viejo garaje, donde un mendigo descansaba entre incómodas sábanas de papel y delirios de una vida mejor.
De repente, se paró, y me temí lo peor. De alguna manera, me habían descubierto. Nadie se para de repente en mitad de una calle, a las cuatro de la mañana, si no tiene un buen motivo. Que se parara porque yo iba a intentar asesinarle parecía razonable.
Oí al sin techo algunos balbuceos, quizá un ruego para que le dieran en sueños las monedas que no recibe en la vigilia, y al poco su vez quedó tapada por una pequeña risa de ratón.
Me di la vuelta, y Fer estaba allí empuñándome con un arma. No necesité mirar atrás para darme cuenta de que Julián se hacía a un lado, evitando que alguna de las balas que acabarían atravesándome le diera a él.
Hasta ese momento, el día parecía haber sido propicio para mí. Acerté un número de los seis de la Primitiva, algo nada habitual en mi historial, y el horóscopo me decía que tendría suerte en los negocios. Suerte.
Quizá esperé tener demasiada.
Comentario:
De momento, me gusta. Ahora, paso a leer la segunda parte..., bueno ahora no, cuando acabe la canción de REM. Gracias por regalárnosla. Me encanta.
Comentario:
vaya, brutal. desde luego algunas de tus descripciones son de lo mejorcito que he leído en cuentacuentos. Los personajes no son planos,y la historia siempre está bien hilada (aunque reconozco que me he quedado pillada con eso de los pakis...)
En fin, que es todo un lujo leerte.
Voy a por la siguiente parte.
En fin, que es todo un lujo leerte.
Voy a por la siguiente parte.





